Mi querida Frida III

Llegamos al campus de la escuela al mediodía. Frida me miraba y se mordía los labios, yo sólo la miraba con su diminuta falda y su camisa negra. Sus piernas se veían increíbles con esa ropa y sus pezones se remarcaban en su camisa negra. Nos abrazamos, con tal de que en nuestros cuerpos se encendiera esa chispa que nos prende a ambos. El calor comenzó. Ella inició, tocándome el pene y frotando su mano en mi entrepierna. Yo en seguida de ella le acariciaba su enorme culo y le levantaba la falta con tal de meter mis manos entre sus nalgas. Llevaba una tanga blanca bien puesta y metida entre sus carnes. Jugueteé un poco con los hilos de su calzón, así como también sus pechos y luego proseguí a meter mi dedo medio en su ano ardiente; le pasé todo mi dedo en su ano… pero hubo una sorpresa más que obvia.

Frida comenzó a reírse . No estaba avergonzada por la forma tan vulgar de meterle mi dedo. Claro que le había pedido no bañarse ni depilarse, y los olores que su cuerpo expulsaba me eran deliciosos… No sentí nada desagradable porque sabía que esa suciedad provenía exclusivamente  de mi querida Frida. Ella tomó mi dedo y se lo llevó a la boca. Luego de chupármelo bien, me dijo: “¿Ya vamos a empezar?”. Empezamos a desnudarnos. Me liberé de mis pantalones y de mi ropa interior. Frida se quitó la camisa y sus pechos inmediatamente quedaron libres. Se quitó la falda y sólo quedó en tanga. La tanga era demasiado pequeña, y el simple trozo de tela por la cual se componía no le lograba tapar todo el vello púbico que se le extendía por toda su parte. Era increíble verle sus vellos; era lo mejor que había visto de ella hasta el momento. Era tanto su pelo vaginal, que ni los labios se le veían. Todas las ingles las tenía recubiertas de pelos curiosamente rizados. La tanga estaba muy sucia cuando se la quité. Estando hincado ante su vagina, desvié la mirada para tratar de respirar mejor hacia otra parte. Todo tipo de olores desagradables se liberaban de su panocha peluda… pero aun así continué con la aventura. Lentamente fui metiendo  mi lengua por esa maraña negra hasta llegar a las puertas de su intimidad. Mi lengua tocó sus labios y fue muy normal percibir inmediatamente el olor de sus orines y su salado sudor de semanas. Ella me sujetó la cabeza y me empujo la cara más hacia el fondo. Continué lamiendo como un loco todo rincón que estuviera a mi alcance; ninguno de sus vellos púbicos quedaron secos de mi saliva, ni mucho menos   dejaba de apretarle las nalga con mis palmas… Supe que lo estaba haciendo bien cuando empezó a gemir y a generar deliciosos jugos en sus interiores. El ano lo tenía caliente y húmedo por su sudor. Mi lengua nunca antes había sentido sabores tan desagradables y a la vez tan deliciosos como en ese momento. No me daba asco estar probando una vagina llena de pelos, sudada y a la vez salada… porque era de ella, de la única mujer a quien nunca le he tenido asco.

Luego de haberle lamido su parte, ella me pidió que me levantara y cuando lo hice inmediatamente dirigió sus manos a mi palpitante e hinchado pene para juguetear con él; yo hice lo mismo: le comencé a tallar con la palma toda la panocha como si se la estuviera sobando, y era genial sentir la fricción de su vello púbico contra mis palmas. Me empezó a masturbar con las mismas manos con las que nos habíamos saludado por primera vez, con las mismas manos que me me daba ligeros toques en el pene a propósito cuando todavía no entrábamos plenamente en confianza… Esas manos suaves y hábiles ahora me estaban masturbando, haciéndome babear hasta doblarme. No lo hacía nada mal, principalmente porque la mano la subía y la bajaba con un ritmo paciente y sabía cómo apretar el pene sin llegar a estrangularlo. Algo que también me gustaba es que con las yemas de los dedos me hacía cosquillas en los testículos o también optaba por apretarlos sólo un poco. También comenzaron también los apasionantes besos cuando nuestras lenguas se abatieron sin piedad, cuando su saliva la sentía pasar por mi garganta y su aliento recorría toda mi cara. A pesar de tener el aliento de su vagina a Frida no pareció importarle que la besara como en ese momento. Casi nos queríamos devorar a besos mientras que nuestras manos seguían haciendo lo mejor posible.

Sentir sus carnosos labios, así como su saliva en mi boca y sentir su cuerpo desnudo pegado al mío, fueron aspectos que comenzaron a hacerme expulsar las primeras gotas de semen por sus manos. Frida al notar mi lubricante natural, pegó mi pene en su vello y lo comenzó a pasar por todo su pubis. ¡Ah! ¡Qué placentera la forma que manipulaba mi pene! ¡Qué delicioso se sentían sus pelos vaginales al frotarse con mi glande! Cuando comencé a excitarme más, las gotas blancas de esperma que iba dejando pegadas en su maraña eran fácilmente distinguibles por lo grueso de sus vellos… Ahí fue cuando Frida lentamente condujo mi miembro a su hermosa caverna inmunda y comenzó la  penetración.

Debo decir que la segunda vez fue mejor que la primera, esto porque en la primera vez no disfruté en un todo a Frida ya que ella misma me ponía límites de lo que le podía hacer. Sí, la primera vez mientras se la metí sentado en el inodoro fue algo inolvidable… sin embargo, en este nuevo encuentro, ambos nos entregamos a nuestras perversidades  sin ningún límite. Ambos nos perdimos en los senderos de la lujuria, en lo repugnante. Ambos mostramos nuestros verdaderos deseos sexuales sin ponernos un alto. Para cuando penetré a Frida, ella soltó un ligero gemido, me sonrió y con sus brazos me rodeó el cuello fuertemente. Yo le sujeté ambas carnosas piernas y la levanté hasta que me enrolló la cintura con los pies. Me la empecé a coger con fuerza, todo  con tal de liberar las ganas que tanto le tenía. Su vagina por dentro  aún se sentía muy húmeda y muy caliente. Las penetradas eran perfectas por lo lubricados que ambos estábamos. Así seguimos hasta que ya no aguanté más y la recargué en el tronco de un árbol para seguir arrasado con ella. Frida gemía de una manera muy discreta porque sólo daba grandes inhaladas y ligeras exhaladas. Sus gemidos continuaron hasta que, cuando estuve a punto de eyacular, me atreví a hacer algo mejor. Ya sentía el momento exacto del desenlace; justo cuando ambos llegamos al punto máximo de excitación, saqué mi pene con tal de echarle mi semen en su vello púbico. Los chorros que salían fueron a dar en su panocha y Frida no hizo otra cosa que reír y expandir mi leche por todo su pubis.

Oh, fue hermosa la escena exacta donde mi semen salía y caía directamente en mi querida Frida.

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