SONIASONIA Ella lo amaba, era el único que la había tratado con respeto, hasta el momento en que le comunicó que tenía SIDA
Sonia, observa por la ventanilla del urbano que para en la esquina de su casa, sumida en sus pensamientos, preocupada por su vientre. Alejada de todo pensamiento real, solo imagina su destino, coloreando su futuro sin ser tan optimista.
Recordaba las palabras de Roberto, y las ubicas en su porvenir, las acomoda a su antojo, coloca una sílaba tras otra, provocándole felicidad al completar la frase, --Vente a vivir conmigo--, lee en su imaginación los labios de Roberto lo que nunca pronunció. Distraída, sigue un camino familiar para ella, después de bajarse del urbano, pensando ahora en las hirientes palabras de Roberto antes de dejar su casa:Pinche puta, ¿qué te crees?, ¡Suéltame!. Llega al fin del camino, un camino que depara a muchos, que ya por costumbre llevan los pies; la casa del Zorro en donde compra un poco de droga, después de todo que es una depresión sin un poco de éxtasis mareadora o un churro de marihuana para dejar que las ideas y sonidos te absorban los pocos sesos que te quedan, total ¿qué puede pasar?; aunque en casa le quedaba su reserva personal de coca y mota, para fumarse una bazuca que es lo que más le gustaba, pero nunca esta de más tener un poco más.
Le sobra un poco de dinero de la última vez con su jefe, así que al pasar por una tienda de ropa íntima se le antojo comprarse unas bragas color rojo con ligeros, que le quedarían muy bien en esos muslos bien definidos, además, el rojo contrastaba bien con la cabellera, negra como una noche sin luna, y su piel... candorosa piel que a sus 23 años estaba en plenitud, blanca como la leche, pero lo mas bello de su físico eran sus ojos verde claro, que con solo la mirada desarmaban a cualquier persona. Aún así, con toda esta belleza tan solo había podido conseguir el puesto de recepcionista en un despacho contable; estudio hasta sexto año de primaria, más eso no impidió que aprendiera a escribir a máquina y ganarse a los jefes mostrando sus encantos con faldas demasiado cortas y escotes que no dejaban nada a la imaginación, ganaba bastante bien para un puesto demasiado simple.
Se arrepintió de comprar la prenda, recordó que ya Roberto no está en cu vida, salió furiosa de la tienda dejando a la cajera sorprendida y con el cambio del billete de quinientos pesos con que había pagado. Tomo un taxi, para regresar más rápido a su casa y meterse la droga recién adquirida. Llegando, con manos temblorosas torpemente abrió la puerta, aventando la bolsa en un sillón y quitándose los zapatos de tacón mientras caminaba a brincos por la sala hacia su recámara, sacó la cajita de metal de jeringa antigua donde tenía su reserva personal y combinó todo junto con lo que compró en la casa del Zorro, con lágrimas en los ojos y sentimientos de rabia e impotencia, empezó a enrollar el papel convirtiéndolo en una bomba de droga que le proporcionaría placer por un buen tiempo, que la dejaría al borde de la delgad
que le comunicó que tenía SIDA, el no lo creyó; sabía que Sonia le gustaba sacarle dinero a los hombres y alguna que otra mujer, a cambio de sus servicios sexuales. No era un secreto que su padrastro la había violado a los once años y que su madre la forzó a trabajar para que ella pudiera emborracharse y drogarse, hasta que murió, no por la droga ni el alcohol, si no en una pelea de bar, al encontrar al padre de Sonia, Ángel, después de quince años, regenteando a varias muchachas, ahí la apuñalaron sin piedad, porque se atrevió a cortarle la cara ante las putas del bar con una botella.
Sonia desde ese día se había prometido no terminar como su madre, así que consiguió el trabajo de recepcionista, pero siempre para mantener su vicio (heredado), trabajó extra. Siempre traía dinero consigo, le encantaba ser el centro de atención en la colonia y en la oficina, supo defenderse de quien se quisiera propasar, mandándolo golpear o simplemente pidiendo a cambio de una noche de pasión que golpearán al tipo o la tipa que se metía con ella, era una superviviente de la baja vida. Pero, como siempre a todos nos llega ese sentimiento arrebatador, confuso, alucinador y mareador que nos embriaga de tristeza y de placer, de desesperación, angustia y al mismo tiempo de alegría, savia y anhelo. Llegó Roberto, con ese inconfundible caminar de quien se siente atractivo, la altivez de un pedante, tan irresistible para Sonia como para otras mujeres que gustan de los hombres altos, morenos de hombros anchos; lo mejor de todo era su manera de hablar, lenta, florida, convencía con las palabras más simples, por lo que se le hizo fácil llegar hasta Sonia, además, se dedicaba a vender cocaína en las escuelas secundarias, un mercado joven y prometedor.
Venció todas sus defensas, Sonia sucumbió a los encantos de Roberto, y por consiguiente no se previno y mucho menos se le ocurrió contagiarse de algo. Él ya no quería nada con ella, ni siquiera soportaba su presencia, Roberto presintió que algo andaba mal en los últimos días, esas constantes gripas y dolores de estómago, las diarreas que duraban semanas agobiando a Sonia, no eran normales,-¡Eres más puta que tu madre!- le había echado en cara, al sospechar lo que ya estaba dicho sin palabras. Comienza a sentir el efecto del churro que fumó, en el mismo instante sus problemas iban disminuyendo como un globo que se va desinflando, sintió que el mundo era mas grande y ella cabía en una bolsa de mano. Comodidad, relajamiento, comenzó a sentir sueño, un sueño pesado y profundo, busco un rincón oscuro en la bolsa de su irrealidad y se acurrucó. ¡Que descanso! Soñaba sin soñar, como el final de una cinta de 8 Mm., en blanco deslumbrante con basurillas en el proyector, el proyector de su embotada mente, no tenía el más mínimo sentimiento de culpa, estaba en el éxtasis de su mundo, donde su cuerpo descansaba y su mente tomaba unas vacaciones. No duró mucho esta sensación, como un golpe llegó la realidad, -¡Tengo SIDA!- gritó sin palabras, solo escuchó la soledad que rodeaba el pequeño espacio de su recámara.
Se levanta torpemente tirando todo a su alrededor, la televisión, su colección de ositos de peluche (dos), su maquillaje, el espejo que alguna vez compró Roberto en un tianguis callejero; se cortó los pies, pero su cuerpo no respondió ante el dolor, llegó a la cocina estando inconsciente, deambulando como un cuerpo embrujado, como si su mente la hubiera dejado en la recámara, tomo un cuchillo y juega con este, imagina que era una pluma pasando por todo su cuerpo, siente cosquillas, se funde
sospecha de contagiarse de algo raro.
Autor: mausil_2001 mausil_2001 ( arroba ) hotmail.com