BOLAS LLENAS, BOLAS PELIGROSASBOLAS LLENAS, BOLAS PELIGROSAS El se sentía seguro que de cualquier modo aquellos dos labios sedientos habrían venido a beber al manantial Felipe era un joven técnico, bien experto en el ramo informático, que en su tienda hacìa reparaciones de computadoras y de periféricas y aún a domicilio de los clientes para las averías menos graves. Asì un día encontrò una cliente, que hacìa estudios de mercado en su casa, una mujer muy bonita, una veneciana de nombre Julieta, que parecìa salida de un cuadro del Renacimiento con su rico pelo rojo ticianesco.
Fue un flechazo. Los dos se amaron, se casaron, y gracias al trabajo de ambos vivìan con desahogo, iban a menudo al teatro o al cine, más sobre todo les gustaba seguir en el salòn los programas televisivos italianos de Mediaset, de que ella estaba muy agradecida a su marido. Después iban a su cama y nunca dejaban de hacer el amor por una hora aproximadamente, dado que él era un gran productor de esperma y ella muy lenta excitándose, necesitando mil caricias y lametones, después de que se volvìa muy ávida y prodigaba sus encantos hasta desmayarse.
Pero el destino cruel quiso que la bella veneciana muriera por una enfermedad repentina en la flor de su juventud y su amoroso marido se volviese por dos años loco por su infinito dolor. Después de un par de años su cerebro volviò a razonar normalmente, pero los médicos descubrieron un singular trastorno psico-somàtico: sus organos genitales no producìan màs espermatozòides y los líquidos pertinentes: él estaba agotado.
Felipe se quedò casi indiferente: él pasaba el tiempo libre leyendo un libro en su balcón, más sobre todo viviendo de recuerdos. Un día tuvo la sorpresa de ver en el balcón de la casa de enfrente deshabitada una mujer negra llevando una bata verde, que tendìa la colada y canturreaba extrañas cantilenas ondulando el cuerpo. El mirò aquella cara sorprendido porque no imaginaba que una negra podìa ser tan bella y se sobresaltó cuando, por el movimiento de tender una sàbana la bata se abriò un poquito sobre el pecho y por un momento se vio parcialmente una mama, más sobre todo una aréola morena y un pezòn prominente casi negro.
Aquella noche Felipe soñò su veneciana diciendole a él: Querido, yo estoy bien donde estoy. Tù no sufras màs: no es bueno vivir solo. Al día siguiente él tuvo la mente fija en su Julieta: no quería olvidarla, pero cada vez que la negra aparecìa en el balcón él iba a mirarla. En su cara casi europea resaltaban sus dos labios bien delineados, más fuerte carnosos, que suscitaban en él intensas visiones sexuales que él intentaba rechazar.
Por fin empezaron a hablarse: él por su mismo trabajo conocìa algo de inglés, ella lo hablaba con fluidez, pero durante estas conversaciones ella echaba de vez en cuando una ojeada al interior de la casa como para cerciorarse que ninguno pudiese ver o escuchar. Ella, nigeriana del Sur se había casado con un jefe de tribu del Norte, ella cristiana, él musulmàn. Ahora vivían decorosamente en Valencia, donde él era
descubrimiento americano de un nuevo producto que hacìa parar las perdidas espontàneas nocturnas y aún el deseo de masturbarse al fin de conseguir una effusiòn màs rica y satisfactoria al cumbre de un perfecto coito. A través de Internet él se procurò aquel producto que hizo su efecto, pero después de dos o tres días no solo su aparato estaba tan inflado que él no podìa llevar ni calzoncillos ni pantalones, más le parecía que aquellos agraciados animalitos con su colita sutil y mòvil se derramasen por todas sus arterias y venas, en el intestino, estòmago, pulmones, corazòn. ¿Qué habría ocurrido si llegaban al cerebro?
Entretanto el agente musulmàn habìa ya mandado a una empresa local a cerrar completamente el balcón a fin que la mujer cristiana (las tres musulmanas no se asomaban tampoco a la ventana) no se exhibiese a la vista de varones. Pero la ùltima vez que los dos se habìan visto, ella demostró que había entendido su deseo, sus ganas y su necesidad, guiñando el ojo. El se sentìa seguro que de cualquier modo aquellos dos labios sedientos habrìan venido a beber al manantial. El desventurado Felipe ahora extendido sobre su cama no podìa tampoco salir de casa con un bulto inflado como una cúpula; quería llamar a un médico, pero tenìa miedo que lo hospitalizasen y lo castrasen en vez de desinflarlo jeringándolo. Muriéndose de sed gritaba ¡Ayuda! ¡Ayuda! y simultáneamente la puerta de su cuarto se abriò y
apareciò llevando una especie de burca la fatal negra: pero su cara estaba descubierta y él pudo ver aquellos dos labios aspiradores en que ponìa su salvaciòn. Ella se acercò y...
Cuando, después de una explosiòn, que fue oída por kilómetros, la gente acudió para buscar sus familiares vivos o muertos o para satisfacer su curiosidad, los dos edificios de enfrente estaban derrumbados y la guardia municipal habìa ya puesto un cordòn de seguridad alrededor de las ruinas, al interior del cual bomberos y voluntarios de Asociaciones no gubernativas sin finalidad de lucro iban extrayendo personas incólumes, heridas, muertas.
Verdad, el ùnico muerto fue el musulmàn, que, mientras su mujer cristiana escapaba del cuarto de Felipe, espantada por el potencial de aquella fuente a la cual debìa beber, entraba para matar aquel infiel, cochino, traidor, seductor de su mujer cristiana. Poco después al lugar de la catástrofe llegaron ambulancias, médicos, magistratos y en fin técnicos cada cual por su propia tarea,. Por supuesto la primera hipòtesis acerca de la causa de la catástrofe fue la explosiòn de una bòmbola de gas, de que los admistradores de la ciudad reprobaban la Compañìa del gas por su retraso en el abastecimiento del gas en cañerìa a todos los barrios de la ciudad. Peroy aquì estaba el misteriotodas las bòmbolas fueron buscadas intactas. La pùblica opinion y aún las Autoridades descartaron la idea de un atentado de parte de la E.T.A. o de Bin Laden, dado el escaso nùmero de muertos y ademàs un musulmàn. Al contrario este fue acusado de haber desequilibrado la estabilidad de los dos edificios por los trabajos para el cegamiento del balcón.
Entretanto el alcalde en persona habìa ya ido al hospital a visitar los heridos, entre quienes estaba Felipe que parecìa a primera vista ser el más estropeado de todos. En realidad las cosas se habìan desarrollado en manera totalmente diferente. A pesar de una extraña cuchillada a un brazo él habìa padecido sòlo abolladuras y excoriaciones por el derrumbe del cielo, lo que había matado al musulmàn, pero su zona púbica presentaba el desgarro total de la piel de los testículos.
El paciente en su estado de coma potencial oía lo que los cirujanos y los médicos debatìan entre sì mismos acerca de la naturaleza de la intervención que debían ha
PELIGROSAS - El se sentia seguro que de cualquier modo aquellos dos labios sedientos habrian venido a beber al manantial"> |