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02-01-2006 EL PUNTO R III Angel Control mental
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EL PUNTO R III

EL PUNTO R III Mi madre se sujeta con fuerza a la mesa y gime en voz alta mientras su amante la penetra, los dos respirando con fuerza y a la espera de su goce, que se produce casi al mismo tiempo, poco después me corro yo.

Han pasado tres días desde mi maratoniana sesión con la mujer de Didier. Ni he hablado con ellos (están en Francia) ni he salido de casa salvo para ir a trabajar. Alfredo se ha marchado a Madrid y antes me ha repetido hasta la saciedad todos sus consejos sobre el control mental, en especial que lo use para buen fin y no intente hacer daño a nadie. También me asegura que me queda mucho por aprender y practicar. Pues a ello pienso dedicarme con ganas.

Los adornos florales que se utilizan en el hotel-restaurante los preparan y elaboran en la floristería Maristán, de las hermanas Mayte y Malena, conocidas por ser dueñas de las más tradicionales tiendas del pueblo (mercería, pastelería, floristería, lanas, listas de bodas, souvenir, lencería, zapatería, colchonería, ropa de bebés, & el emporio Maristán) y porque son las cotillas oficiales. Todo lo saben, sea verdad o mentira, sobre todo el mundo.

Lo anterior viene a cuento de una conversación, medio en broma medio en serio, que a la hora del desayuno hemos tenido dos de mis hermanas y yo (mi hermana mayor está divorciada, tiene una niña pequeña y vive en una de las estaciones invernales andorranas, en dónde regenta un restaurante). Siempre nos hemos preguntado si mi madre tiene o no novio (quedó viuda hace más de veinte años) y si tendrá o no vida sexual activa. Dicen mis hermanas que se rumorea que tiene un rollete aquí en el pueblo y que hace más tiempo aún tuvo un romance con alguien de la capital, Huesca. Lo que no saben es quien o quienes son los posibles sujetos. Tengo curiosidad, todo sea dicho. Voy a intentar enterarme gracias al control mental.

Mayte y Malena (desde que tengo memoria todo el mundo se refiere a las hermanas así, como una pareja inseparable) casi siempre están juntas y ejercen su magisterio de cotillas oficiales en una de sus tiendas: la floristería, en dónde todas las tardes toman el té de las cinco y reciben a la legión de marujas y marujones que la gente bien de Jaca tiene en sus filas. Poco antes de las cinco me acerco a la tienda con la disculpa de que una factura está duplicada. Me hacen pasar al saloncito que tienen en la trastienda (cuánto bueno por aquí; ya era hora de que vinieras), deciden no abrir la tienda y dedicarme toda su atención; algo se huelen. Mientras tomo el café y mojo sus deliciosas pastas de almendra no hago más que mirar fijamente a sus ojos, hago el gesto de apretar el punto R y me concentro en intentar influir en sus mentes para que me cuenten lo que quiero saber. De repente Malena dice: ¿Y a ti que te parece lo de tu madre y Roberto?, es joven para ella, ¿verdad?; además con la fama de mariquilla que tiene por ahí. Por supuesto no te preocupes tengo que enterar de primera mano.

Los miércoles libra mi madre (curiosamente, también Roberto) y a menudo baja a Huesca en donde tenemos una gran casona que apenas visitamos salvo en verano, en las fiestas de San Lorenzo. Estoy muy atento a los pasos que da mi madre y en cuanto dice que va a ir a la capital me ofrezco a llevarla en coche con la disculpa de tener que pasar por la biblioteca de la Facultad. Durante el trayecto no me atrevo a intentar aplicar control mental sobre mi madre: ¿miedo a conocer la verdad o respeto por ella?En cuanto cierra el portal de la casa aparco algo lejos y vuelvo sobre mis pasos a tiempo de ver entrar a Roberto en casa. ¡El cabrón tiene llave! Por si necesitaba confirmación de que son rollo, ahí lo tengo. Quiero verlo con mis propios ojos. Diez minutos después entro por la puerta trasera, procuro no hacer ruido en el jardín y me dirijo a la puerta de la cocina. Doy un respingo mientras me oculto porque en la cocina veo una escena que primero me sorprende, después me cabrea y me pone muy nervioso y, desde luego, me excita.

Mi madre, está casi totalmente desnuda, doblada por la cintura, apoyada con los brazos sobre la mesa y Roberto le está metiendo un pollón que parece de película porno. Entra y sale del coño de mi madre a gran velocidad, la sujeta con sus grandes manos de las caderas mientras respira produciendo un sonido que parece una locomotora. Quiteria (no me apetece decir mi madre) se sujeta con fuerza a la mesa y gime en voz alta mientras recibe como unos veinte centímetros duros, tiesos, gruesos, rugosos, rojizos y brillantes por la cantid


ad de líquido vaginal. A cada golpe de caderas la mujer es empujada hacia delante y llega un momento en el que está con la cara y las tetas sobre la mesa, los ojos fuertemente cerrados y gimiendo sin control. Se corre dando un prolongado grito (aaaaahhh) y momentos después habla a su amante: para cariño, para, ya no más; espera un momento, espera, para, para. Se da la vuelta, se arrodilla en el suelo y empieza a mamar la polla del necesitado Roberto, que tras unos segundos, la agarra del pelo para sujetar la cabeza y empieza a follar la boca de su amante con un mete saca rápido y corto. Aguanta un par de minutos antes de correrse, saca el rabo y suelta media docena de chorros de semen que salpican la cara, las tetas y el pelo de Quiteria, mi madre, quien ahora lame y limpia con cuidado la polla de su follador.

Estoy un poco aturdido, excitado, con ganas de menearme el rabo y al mismo tiempo, un poco malhumorado. Mientras decido si me la meneo, Quiteria y Roberto se cogen de la mano, abandonan la cocina y se dirigen hacia un gran salón que hay en la planta baja. Entro por la puerta de la cocina y con cuidado me sitúo oculto junto a la puerta de la sala. Están hablando en voz baja y melosa, como dos novios.
Quiteria es una mujer que acaba de cumplir cincuenta y cuatro años, que está algo pasada de peso, pero que está muy buena: blanca de piel, media melena de color castaño y mechas rojizas, grandes ojos marrones, labios gruesos rojos, tetas grandes, llenas, blandas y suaves; caderas anchas redondeadas que cobijan un trasero grande y duro, piernas largas con muslos gruesos y, será amor de hijo, guapa, muy guapa; siempre arreglada, muy discreta, pero hecha un pincel. Bueno, ahora mismo tiene pinta de putón verbenero propia de las películas porno de la tele: desgreñada, sudorosa, con manchurrones de semen en la cara, el pecho y el pelo; lleva un sujetador rojo de un tamaño mínimo que en ningún momento ha tapado nada de sus grandes tetas; en la cintura lleva un liguero también rojo que descubre y remarca su culazo y el rizado peludo marrón; del liguero se sujetan las medias negras, casi transparentes, que le llegan muy arriba en los muslos. Está muy excitante reci&eacu callados respirando con fuerza y a la espera de su goce, que se produce casi al mismo tiempo: primero el hombre, que descarga toda su leche dentro del culo y después la mujer, que no ha dejado de acariciarse el clítoris mientras era enculada. Yo también me he corrido con ganas y apenas he tenido tiempo de eyacular sobre mi pañuelo. Joder, que pasote el de mi madre. Me retiro de la puerta del salón y me dirijo en silencio hacia la puerta. Hoy tampoco me ha hecho falta el poder del punto R.

Estoy mosqueado con mi madre, con las hermanas cotillas, con Roberto y hasta con Didier y Luisa, porque hace ya más de diez días que no se nada de ellos.

Autor: Angel

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