EL PUNTO R IVEL PUNTO R IV Roberto y Didier están en un gran sofá, completamente desnudos, abrazados y comiéndose la boca con ganas, al cabo de poco tiempo los dos están muy excitados y con los rabos tiesos y duros; desde luego que el ambiente está que arde y a mí me resulta muy excitante, Decido practicar el poder mental y elijo como sujeto de mi experimento a Chiqui, una exnovia calienta pollas que siempre me puso a mil y de quién nada obtuve salvo algún magreo, dolor de testículos y matarme a pajas. De mi timidez siempre se cachondeó más de la cuenta y a todo el mundo le contaba que yo no me comía una rosca con ella. Aunque no lo reconocería abiertamente, he estado bastante resentido con Chiqui desde entonces.
Hace unos dos años que apenas tenemos trato aunque por el pueblo nos vemos a menudo. Me hago el encontradizo a la hora del aperitivo, me intereso por ella, charlamos y reímos, nos vamos a otro bar y poco a poco comienzo a mirar fijamente sus ojos, a darle órdenes que la predispongan a tener sexo conmigo y, tras morrearnos más o menos discretamente, me lleva a su piso. Nada más cerrar la puerta le ordeno que se desnude y que se exhiba para mí. Creo que tengo razones para estar cabreado con ella porque en su día nunca llegamos a follar; está buenísima: guapa, pelo muy negro y rapado como un soldado, ojos grises muy claros, poca estatura (siempre le dicen Chiqui aunque se llama Carmen), bonitas tetas pequeñas muy picudas, con areolas rosas muy redondas, un culo pequeño alto y prieto, piernas finas y completamente rasurado el pubis. Me está saliendo la vena sado (me da muy a menudo, la verdad) y creo que voy a castigar a la rubita. Me apetece.
Chiqui está encima de la mesa baja del salón, desnuda, a cuatro patas. He intentado llevar a su mente que olvide pronto la sesión de castigo que quiero propinarle, pero que se joda, ahora lo que quiero es disfrutar pasándome con ella todo lo que me apetezca. Llevo muchos minutos acariciando y lamiendo con manos, labios y lengua todo el cuerpo de la mujer. Me gusta mucho su coño afeitado, pero creo que nunca hasta ahora había mamado y mordisqueado unos pezones tan largos, gruesos, tiesos y duros; ¡qué maravilla!, ¡qué excitantes!, parecen pollas pequeñitas. Se los muerdo más fuerte de lo debido y los estiro con los dientes (por cierto, creo que no lo he dicho antes de ahora, pero a mí me fascinan los pezones de mujer, me gusta disfrutar de ellos suave y cariñosamente, pero también con dureza. Los pezones grandes y oscuros y esos otros semiocultos por la aureola que llaman en brioche son los dos tipos que me subyugan). Chiqui comienza a quejarse (me haces daño, pero me pones a mil; dame gusto, quiero correrme ya), al mismo tiempo empiezo a darle unos sonoros y fuertes cachetes en su culo ("aaaaayyyy, qué malo eres; aaaaayyyy, cómo me po
mesa, se queja y pide que le meta la polla (dame gusto, méteme la polla; no aguanto más, por favor; necesito correrme). La dejo cocerse en su propio jugo sin permitirle que se toque durante el rato que tardo en vestirme y luego le ordeno que se masturbe, lo que hace de manera frenética, con desesperación. Un fuerte y largo grito me da idea de la corrida de Chiqui, que se desploma hasta el suelo. Aquí ya no tengo nada que hacer, anoto mentalmente que esos prodigiosos pezones tengo que volverlos a mordisquear pronto y me marcho contento y satisfecho con mi pequeña venganza.
Cuando llego a casa tengo un mensaje de Didier en el contestador: ven mañana a cenar a casa. Tranquilo, no hay malos rollos por lo del polvo con Luisa. Estaremos tú y yo solos porque ella sigue en Marsella.
Inmediatamente me viene a la cabeza una idea que más o menos conscientemente me lleva rondando ya unos días, desde que vi a mi madre follar con su amante. Busco a Roberto, charlamos un rato de asuntos relacionados con su trabajo en el hotel y en un momento concreto le miro fijamente a los ojos, aprieto en la mano izquierda el punto R con mi dedo gordo y le ordeno que mañana vaya a las once de la noche a casa de Didier para acostarse con él. A ver si logro darle una sorpresa agradable a mi buen amigo y de paso puteo un poco al ligón portugués.
Son las nueve de la noche cuando me presento para cenar con Didier. Los primeros momentos parecen un poco tirantes hasta que empezamos a hablar con la habitual confianza y naturalidad: mira Ángel, el que te folles a mi mujer no me importa, pero es que en un primer momento me dio mal rollo y envidia. Sabes que tú siempre me has gustado también físicamen
te y supongo que me puso celoso ver contigo a la puta de Luisa. De todas las maneras, prefiero que tú seas quien se la folle (se que desde siempre le gustas mucho) y que no vaya por ahí de cama en cama como la perra salida qué es.
- ¿Vosotros dos nunca habéis tenido nada de sexo? - Yo intento ser un marica coherente y consecuente, aunque mi situación familiar y profesional me impide demostrarlo a las claras. Tengo que seguir dentro del armario y buscarme mis rollos cuando viajo por ahí. Aunque, no creas, soy muy caliente, aprecio a mi mujer y se lo excitante que es. Luisa ha conseguido darme gusto en algunas ocasiones (buenas mamadas y también penetro su culo) y en Marsella tenemos un amigo con el que nos montamos algún trío excitante y sabrosón.
- Vaya, pensaba que no te acercabas a ella en ninguna situación.
- A lo mejor nos podemos montar un trío contigo en alguna ocasión.
No contestó, son ya las once, miro a Didier a los ojos para ponerle bajo mi control y le transmito que dentro de un rato se va a tirar al guapo Roberto, que podrá disponer de él como crea conveniente y que en ningún momento me relacionará a mí con esa situación. Después seguimos hablando y apenas pasan unos minutos suena el timbre de la puerta, bajo a abrir y ahí está Roberto. Está guapo el portugués. Le hago pasar y subir hasta el comedor, se saluda amigablemente con Didier, se besan en la boca y yo, discretamente, desaparezco de la escena escondiéndome entre sombras al fondo de la sala y con una copa en la mano.
Roberto y Didier están en un gran sofá, completamente desnudos (dos cuerpos trabajados en el gimnasio, jóvenes y muy cuidados), abrazados y comiéndose la boca con ganas. El comentario de mi amigo al ver la polla de Roberto ha sido: joder; nunca me he comido una tan grande; y se ha puesto a acariciársela. Al cabo de poco tiempo los dos están muy excitados y con los rabos tiesos y duros; desde luego que el ambiente está que arde y a mí me resulta muy excitante desd
pollón lentamente para mantener la erección mientras su amante se recupera y en ese momento decido que mi calentón se tiene que acabar. Ordeno mentalmente que el portugués venga a mamármela, lo que hace en un instante. Lo hace bien el muy cabrón; se la mete entera en la boca, succiona y vuelve a sacarla para comenzar de nuevo. Voy a durar poco, cierro los ojos y veo ante mí a mi madre enculada por el pollón tremendo de quien ahora me chupa el rabo; qué morbazo. Pienso en darle por el culo, pero no aguanto más: me corro en silencio y me gusta que se trague hasta la última gota de semen; hasta que no tengo la polla flácida y limpia como una patena no quiero que acabe de lamerme el amante de mi madre. Roberto se corre momentos después dando una serie de fuertes resoplidos. Dejo a los dos hombres otra vez sentados en el sofá, Didier se agacha para chupar el cipotón del otro y yo me voy a casa. Por mí ya vale.
Han pasado varios días y creo que Didier y Roberto han comenzado una relación pasional que mantiene a mi madre un poco abandonada. Al menos el miércoles no ha ido a Huesca y se muestra irascible y molesta con el portugués. No sé si buscaba yo eso, pero me parece bien.
He hablado por teléfono con mi tío y dice que él también tuvo una temporada en la que se dedicaba a vengarse utilizando el poder del control mental. Mejor que no me pase en ningún sentido y tenga cuidado, es su consejo.
Autor: Angel |