MONICA I - Ya, claro, maravilloso, una vida estupenda, mi esposo follando con tu mujer y yo follando contigoMONICA I Ya, claro, maravilloso, una vida estupenda, mi esposo follando con tu mujer y yo follando contigo Mónica atravesó apresuradamente el vestíbulo que daba acceso a la sala de proyecciones. Tal y como esperaba el documental de arte había comenzado y lamentó que el atasco de tráfico y las dificultades para encontrar aparcamiento le hubieran hecho retrasarse y perderse el principio. La sala estaba llena y no encontrando lugar para sentarse se situó de pie en uno de los laterales del local, detrás de la última fila de asientos.
Dando descanso a su cuerpo aún fatigado por la carrera, se concentró en la gran pantalla donde se sucedían las imágenes y comentarios sobre pinturas de la época del impresionismo francés.
Seguía entrando gente en el local y toda la zona posterior del mismo se fue poco a poco abarrotando. Mónica no se había percatado del grupo de jóvenes que se situaba justo alrededor de ella, hasta que, mientras se exponía una pintura de Edgar Degas, notó un ligero roce en su trasero, y poco después algo que se apoyaba más firmemente en él. Inicialmente no dio importancia al hecho, pensando que se debía a la aglomeración de gente a su alrededor, y adelantó un poco su posición, lo suficiente para evitar el contacto.
No había transcurrido un minuto cuando volvió a notar, ahora con toda claridad, como una mano se aferraba a sus posaderas y empezaba a palparlas con suavidad. Sorprendida e incrédula, Mónica giró la vista en busca del atrevido manoseador descubriendo justo detrás de ella a Toñete, que contemplaba con semblante serio y concentrado la pantalla.
Desconcertada se movió de nuevo hasta apoyarse sobre la silla que tenía justo delante, notando como la mano intrusa no solo la acompañaba en el desplazamiento sino que incluso aumentaba descaradamente la presión ejercida. Una nueva y airada mirada hacia atrás le permitió descubrir la sonrisa taimada de Toñete que ahora la observaba ya sin disimulo alguno y, pasándose la lengua lentamente por sus labios, le daba a entender lo que estaba disfrutando tanteándole el culo.
Sin espacio ya para escapar se quitó la mano del chico de encima con un limpio manotazo esperando acabar así con su osadía. La tranquilidad de los siguientes minutos parecían haberle dado la razón y ya había conseguido concentrarse en las extensas explicaciones de la obra de Monet, cuando de nuevo sintió en esta ocasión los dedos de Toñete acariciarle directamente la carne de los muslos que su falda corta dejaba al descubierto. Mónica pensó que aquello era ya demasiado, pero no queriendo molestar a la gente allí reunida, decidió que era mejor abandonar esa zona de la sala dejando para más adelante la adopción de las medidas necesarias para castigar al chico.
Cuando iba a iniciar la retirada se percató de que todo el grupo de chavales estaba demasiado concentrado a su alrededor, impidiendo un natural movimiento de huida, y que el que más se había acercado a ella era Toñete. Podía sentir su aliento justo sobre su hombro y su repugnante olor a sudor mientras las yemas de los dedos de su mano le recorrían los muslos como una araña, aproximándose lentamente y sin reparo alguno hacia sus nalgas.
Indecisa entre la inoportunidad de montar allí un escándalo o dejar que el chico siguiera metiéndole mano, su gesto instintivo y disimulado fue de nuevo apartar de un manotazo la mano agresora pero, ante su sorpresa, él le paró el movimiento agarrándole el brazo con la mano libre. De nada sirvió que ella repitiera el gesto con su otro brazo, éste fue igualmente atenazado con habilidad por el chico. De repente Mónica se encontró indefensa, igual que si estuviera esposada, con las muñecas sujetas a su espalda, por la fuerza de una de las manos de Toñete mientras que la otra seguía abriéndose paso por los muslos y alcanzaba sus bragas.
La inmovilización fue breve, el tiempo necesario para que él le recorriera un par de veces el trasero en toda su extensión y para que ella, en su forcejeo por desasirse de la sujeción, apoyara las palmas de sus manos sobre la entrepierna de Toñete y frotara involuntariamente el bulto provocado por su erección. Luego él la soltó y se retiró hacia atrás. <
br>Mónica, presa de un enfado mayúsculo, se contuvo para no darle el merecido bofetón allí mismo y, tras lanzarle una mirada desafiante, se abrió paso a empujones entre los demás chicos para buscar un lugar más tranquilo donde terminar de ver la proyección. No lo consiguió, su mente repasaba una y otra vez lo sucedido y se encendió de tal modo que se fue de allí antes del final con el firme propósito de tomar al día siguiente las medidas oportunas.
Noelia se sentó en su mesa de estudio y tras encender el ordenador, sacó de un libro una foto en la que posaban, perfectamente escalonadas, unas 30 personas, la mayoría de ellas sonrientes. Se ajustó las gafitas para contemplar la foto durante unos minutos, la colocó en el scanner y apenas unos minutos después ya tenía la imagen en la pantalla de su ordenador. Emocionada comenzó a manipular sobre el zoom ampliando la imagen, concentrándola en un único y bello rostro. Cuando consideró que el tamaño y el enfoque eran adecuados cogió un lápiz, abrió su cuaderno de pinturas y en una hoja en blanco comenzó a dibujar los primeros trazos.
Los rayos del sol de la tarde pugnaban por atravesar las persianas laminadas de las ventanas de la sala de profesores. Eran cerca de las 8 de la tarde y a mitad de Junio los días eran los más largos del año. Fuera, en la calle, había una temperatura inusualmente alta para esa época del año, pero allí dentro el aire acondicionado mantenía el ambiente agradablemente fresco.
Mónica sin embargo estaba muy acalorada. Junto a la máquina de bebidas sostenía un vaso de agua en una de sus manos y mantenía fija la vista en una de las ventanas de la habitación. Sobre la mesa, bien apilados, se veían los trabajos de fin de curso de sus alumnos de 4º de la ESO cuya propuesta consistía en el dibujo de un paisaje en el que se valoraría la combinación de colores y la correcta dimensión de objetos a distinto nivel.
Mónica acababa de analizar el trabajo de Toñete y sus sentimientos hacia él después de su sucia osadía de la semana anterior, le hacían dudar entre aplicar correctamente los cánones deontológicos de su profesión o castigarle sin más con un cate en la asignatura que ella impartía. Tenía casi olvidado el episodio, pero al contemplar el paisaje dibujado por él, un valle rodeado de altísimas montañas, no pudo evitar recordar las manos del chico paseándose sobre su trasero y el contacto de su verga apoyada sobre sus manos inmovilizadas. Le llevó al día siguiente al despacho del director del instituto pero Toñete argumentó que si la había tocado había sido sin querer y por culpa de la aglomeración de gente en la sala. Antonio, el director, no pudo sino aconsejarle que tuviera más cuidado en el futuro, lo que no contentó para nada a Mónica.
En realidad aquella no había sido la primera vez en la que Toñete se había sobrepasado, pero hasta entonces todo se había reducido a alguna que otra palabra más o menos desagradable cuchicheada a sus oídos. Era uno de los alumnos más problemáticos del instituto, había repetido curso dos veces y por eso su edad era superior a la del resto de los chicos de su clase. Era hijo de una familia gitana y, como para otros muchos chicos en iguales circunstancias, el desarrollo de su madurez personal no estaba siendo nada fácil. Era un chico corpulento, tirando a grueso y en la clase interrumpía continuamente las explicaciones y lideraba una camarilla de chavales del instituto más jóvenes que él.
Mónica volvió a revisar el trabajo de Toñete, sabedora de que el dibujo era más que aceptable y no podía calificarlo negativamente. Al final le dio un aprobado justo, algo menos de lo que se merecía, y pasó al análisis de los siguientes dibujos. Mientras centraba su atención en examinar el paisaje campestre expuesto en el trabajo de su mejor alumno sonó el móvil.
-Hei profe ¿Cómo le va? ¿Corrigió ya mi trabajo? Mónica se lo pensó unos instantes antes de contestar a Toñete y mintió.
-Todavía no, ¿Qué te pasa Toñete? ¿Crees que te voy a suspender por lo del otro día? -Vamos profe, usted sabe que fue una broma, tal vez fui un poco atrevido, pero no por ello me cateará el examen ¿Verdad? -Te pasaste de la raya, lo sabes, la
próxima vez no saldrás tan bien parado.
-¿Habrá una próxima, profe? Tras lanzar la pregunta Toñete colgó de inmediato dejando a Mónica inquieta y pensativa. El comportamiento del alumno había sido tan directo, que ella se quedó convencida de que si existía otra oportunidad el chico probablemente intentaría algo de nuevo y sus últimas palabras al teléfono parecían confirmarlo. Por suerte el curso estaba prácticamente acabado y ella esperaba no encontrarse el año siguiente con él, al menos en su clase. Mónica cogió los trabajos y los guardó en un carpetón. Se le habían quitado las ganas de corregir, tenía todo el fin de semana para hacerlo y prefería llegar a casa pronto y si era posible salir a cenar con su marido, tomarse una copa y terminar ese día con un buen polvo.
Al salir al vestíbulo vio a Antonio acudir hacia ella con buen paso.
-Mónica, espera, no te vayas. - Antonio le instó a distancia a detenerse.
Mónica esperó a que él la alcanzara antes de preguntar.
-¿Pasa algo Antonio? -Acaba de llamarme Ricky, le ha surgido un problema y le es imposible ir mañana a la visita programada. -¿Y? - Mónica no estaba muy segura de querer seguir escuchando.
-Pues quería pedirte que fueras tú en su lugar. - Antonio, como director del instituto, podía habérselo impuesto pero prefirió solicitárselo como un favor. -¿Queeeé? ¿Quieres que yo me ocupe de esa pandilla de degenerados? -Vamos Mónica, no te dejes llevar por lo del otro día. Sabes que algunos chicos son un poco problemáticos, pero la mayoría son estupendos y a ti te quieren mucho. Aquello fue un hecho aislado.
-¿Problemáticos dices? ¿Hecho aislado? Creo que alguno supera con creces ese calificativo. Toñete me metió mano descaradamente, no se trataba de un juego, sobrepasó los límites y no le importó un pimiento hacerlo. Y sus compis estaban allí con él, encubriéndole. -Oye, lleváis Ricky y tú todo el año dándome la lata con organizar un viaje cultural. Ahora que nos sale esta oportunidad ¿vas a poner pegas? ¿qué quieres? ¿que mande a un profesor de matemáticas a acompañarles? Sabes que lo ideal es que vayas tú, pero bueno, no quiero obligarte a ir contra tu voluntad. Tú decides, pero dímelo pronto para buscar a otra persona.
Mónica vio cómo Antonio mantenía su vista fija sobre ella, esperando la contestación, y no tuvo más remedio que asentir. Lo hizo con un leve gesto, pero manteniendo el rictus de disgusto que le había producido la noticia. Luego se dio la vuelta y sin mirarle se despidió lacónicamente de él.
Todos sus proyectos para esa noche se vinieron abajo. Cenó en casa, preparó la pequeña maleta de viaje y se acostó temprano, dejando a su esposo con las ganas.
Noelia había empezado su dibujo fijando su atención en el ordenador, pero apenas estuvo definido el contorno no le fue necesario seguir mirando la imagen. Lo que quería pintar lo tenía grabado en su mente de tal modo que los lápices dibujaron por si mismos un hermoso rostro de mujer, de figura ovalada y contornos muy dulces, pelo castaño oscuro salpicado de algunos tonos cobrizos y que caía por debajo de sus hombros con largas ondulaciones, ojos marrones del color de la miel encumbrados por unas espesas y arregladas cejas, labios simétricos y mentón redondeado. Su sonrisa remarcaba característicamente sus pómulos y creaba unos pequeños hoyuelos que hacían que el rostro fuera bello y atractivo a la vez. Dio los últimos retoques de color y por fin lo terminó. Tras contemplar su recién terminada obra cogió una tachuela y lo colgó en la pared sobre la almohada de su cama, justo al lado de otro retrato dibujado por ella años antes. Mientras se alejaba de la pared, Noelia se fijó en ese otro retrato y se preguntó de nuevo porqué diablos él se había tenido que marchar.
El viaje en el autocar había sido tranquilo al igual que la comida campestre a base de bocatas y bebidas. El lugar donde se iban a alojar esa noche era un pequeño hotel muy coqueto en un pueblo en la serranía de Cuenca rodeado por la florecida naturaleza de la primavera y con un pequeño lago cercano. Mónica se afanaba en la pesada tarea de registrar correctamente a los cerca de 20 alumnos a su cargo, cuando sintió en
el costado de su cintura la suave presión de unos dedos. No le hizo falta girarse para saber que Toñete estaba allí, justo detrás de ella, sentía su proximidad como el día de la proyección, y sobretodo el característico hedor que desprendía. Antes de que pudiera protestar escuchó sus palabras al oído.
-Hey profe, es realmente genial que usted se ocupe de nosotros ¿Que le parece el lugar? Guay ¿eh? ¿No le entran ganas de …? ¡Ya me entiende! Mónica se volteó y con una falsa sonrisa le replicó:
-Toñete, quita esa mano de ahí, ni se te ocurra tocarme. No hagas que tenga que ocuparme especialmente de ti. -Vamos - contestó Toñete retirando su mano - yo no quiero incordiarla, usted es mi profe preferida y me alegraría mucho que quisiera prestarme una atención especial.
Mónica notó como le subía la sangre mientras empezaba a arrepentirse de haber accedido a aquel viaje. Sin demasiada convicción volvió a dirigirse a Toñete ahora con su real e indignado semblante:
- Yo no he dicho eso, no tergiverses mis palabras. Si vuelves a intentar algo te arrepentirás.
Toñete ya no tuvo ocasión de contestar, pues en ese momento se organizó un gran revuelo en el pequeño hall del hotel. Al principio Mónica no entendió el motivo de tanta algarabía, pero luego, fijándose en la figura masculina que había aparecido allí desde la escalera y alrededor de la cual se arremolinaban todos sus alumnos entre gritos y risas, empezó a comprender. Aquel hombre alto, moreno, de pelo algo rizado y de vestuario tan informal como hortera, le resultaba familiar, aunque le veía sólo de espaldas.
Sus sospechas se confirmaron cuando él se giró y pudo verle el rostro. Era Juanma, ¿Que diablos hacía él allí? Hacía unos dos años que había abandonado el instituto en el que, como ella, era profesor de dibujo, y desde entonces no había vuelto a saber nada de él.
Casi todos los chicos le hablaban a la vez y él a duras penas podía atenderles, pero como siempre, derrochaba su simpatía natural que era arrolladora para ellos. Cuando cesó la inicial expectación y el bullicio comenzó a apagarse, Juanma la vio y, entre extrañado y gratamente sorprendido, se dirigió hacia ella en medio de la muchedumbre. Conforme se le iba acercando, inexplicablemente Mónica comenzó a sentir un nerviosismo desconcertante, un calor interior que sin lugar a dudas no era provocado por el caldeado ambiente del hall e incluso notó un ligero temblor de piernas.
-¡Vaya, vaya! Quién me lo iba a decir, Mónica, me alegro mucho de volver a verte. LEIDO HASTA AQUÍ ********************* -Hola, Juanma, yo también me alegro, es toda una sorpresa.
Un prolongado silencio siguió a los saludos. Ambos se miraban sonriendo pero con la típica timidez de aquellos que de repente no saben qué decirse. Fue el recepcionista del hotel quién, llamando la atención de Mónica para finalizar los trámites del registro, rompió el encanto del reencuentro.
Mónica se excusó ante Juanma y volvió su atención hacia el encargado de la recepción. Cuando, antes de marcharse, Juanma le preguntó si podían verse después y tomarse un refresco, Mónica le lanzó una mirada de falsa desconfianza adornada por la mejor de sus sonrisas para terminar citándole en el bar del hotel una hora más tarde.
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Noelia no podía creerlo. La noche anterior había puesto juntos los dos retratos dibujados por ella en épocas muy distantes en el tiempo y hoy se había encontrado con la sorpresa de verles a ambos, uno junto al otro. La magia existía, no había duda, y seguía porque ahora tenía que hacer un dibujo muy especial, antes de la noche, para el concurso. Sin dudarlo comenzó a trabajar en ello, iba a ser un trabajo genial.
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En su habitación Mónica se encontraba extrañamente contenta. Después de los últimos sinsabores vividos, encontrarse de nuevo con su compañero profesional era algo positivo que podía amenizar ese indeseado viaje. No es que Juanma fuera un personaje con el que hubiera tenido una armoniosa relación mientras compartieron su tiempo enseñando en el instituto, en realidad tenía unos sentimientos contradictorios hacia él. Por un lado apreciab
a sus conocimientos profesionales que unidos a su fácil diálogo y su perenne buen humor le hacían ser un compañero de charla excepcional. Además físicamente estaba muy bien, era alto, esbelto y fibroso, de pelo moreno rizado. Sus ojos saltones predominaban en un rostro en el que no desentonaba nada.
El problema de Juanma es que era un auténtico arrogante cada vez que se ponía a hablar, y lo hacía a menudo, de las excelencias de su vida personal, basada siempre en el amor a lo natural y en la plena libertad para hacer todo lo que quisiera, respetando sólo lo justo las normas convencionales de convivencia impuestas por la sociedad. Una especie de hippie de los 60, pero adaptado al nuevo siglo.
Esa fanfarronería alcanzaba los puntos más álgidos cada vez que relataba su disipada vida sentimental. Estaba casado desde muy joven y, según sus palabras, tanto él como su esposa se amaban pero los dos tenían plena libertad para tener aventuras sexuales puntuales de cualquier índole. Lo que más le molestaba a Mónica cuando él abordaba ese tema era el porte que se daba como amante, remarcando que era capaz de satisfacer a cualquier mujer, entre otras cosas, porque tenía un gran aguante producto de la vida natural que llevaba. Cuando Juanma abordaba esa faceta de enorgullecerse de si mismo, rompía todo su encanto natural y entonces aparecía como un auténtico cretino.
Lógicamente Juanma le había tirado los tejos bastantes veces, pero normalmente eso siempre había sucedido mientras le hablaba de las excelencias de su forma de vivir, justo cuando más le molestaba a Mónica. Cuanto más se indignaba ella con sus aventuradas proposiciones más parecía gustarle a él ese comportamiento suyo de chiquilla modosa y enrabietada.
Mónica se arregló para la ocasión y bajó al bar del hotel esperando encontrarse al encantador parlanchín Juanma y no al odioso petulante. Allí estaba él, sentado en uno de los sillones, con las largas piernas estiradas y el rostro agachado sobre la mesa intentando encender un cigarrillo. Llevaba puesta una camisa blanca que, en su opinión, le quedaba grandísima y unos pantalones vaqueros descoloridos y con más de un siete a la altura de los muslos. Remataba su vestimenta un par de zapatos negros alargados de suela y horma baja, más parecidos a unas alpargatas que a unos auténticos zapatos. Mónica de inmediato pensó que Juanma vestía tan hortera como siempre aunque, en el fondo, ese día hasta le parecía graciosa su indumentaria.
Se le acercó con cierto sigilo mientras él seguía pugnando por encender el cigarro, que desprendía continuas ondas de humo. El olorcillo que invadía el ambiente conforme se aproximaba a él no dejaba lugar a duda alguna. ¡Se estaba preparando para encenderse un canuto, allí en pleno bar! ¿Cómo era capaz de hacer algo así? Fue directa a él.
-¿Qué diablos estás haciendo, Juanma? ¿estás loco?
Juanma, sobresaltado por el tono reprendedor de ella, dio un respingo y la china, a medio encender, se le fue al suelo. La miró y contestó:
-¡Joder, Mónica, vaya susto que me has dado! -¿Susto? Ibas a encenderte un porro ¿o no? -Bueno, sí, ¿qué pasa? Aquí se puede fumar, y además no hay nadie.
Juanma, ya recuperado del susto inicial, le sonreía abiertamente y Mónica tuvo la impresión, como le sucedía a menudo en el instituto, que él se regodeaba ante su arrebato. Con la boca pequeña y medio susurrando le objetó:
-Pero no se puede fumar eso. No intentes volver a encenderla o me iré.
Y le desafió con otra sonrisa, no tan abierta como la de él, pero indudablemente cautivadora.
-De acuerdo, seré bueno - y guardándosela en un bolsillo se quedó contemplando fijamente a la bella hembra que tenía frente a él.
Comenzaron a charlar sobre cómo les había ido en los últimos años. Mónica fue más bien parca en detalles, al fin y al cabo su vida tenía pocos sobresaltos que no fueran los derivados de la enseñanza en el instituto y que el propio Juanma ya conocía perfectamente. Estuvo tentada de contarle lo de Toñete, pero prefirió dejar dormido de una vez ese asunto.
Juanma en cambio se extendió en contarle que tras dejar el instituto se había trasladado con su esposa a una pequeña aldea de no más de 20 habitantes en la sierr
a oeste de Guadalajara. Se había tomado un año sabático en las tareas de la enseñanza dedicándose exclusivamente a cultivar su pequeño huerto y a disfrutar de la naturaleza que allí se le ofrecía en todo su esplendor. Al siguiente año había retomado la enseñanza de dibujo en Guadalajara capital, pero seguía viviendo en su coqueta aldea.
Mónica seguía atentamente la pormenorizada narración de la forma de vida natural de Juanma, intentando imaginar si ella sería capaz de llevar una vida similar, ajena a las comodidades de la sociedad consumista actual. Se hizo una idea tal de esa forma de vida que, en un momento en que él dejó de hablar para beber su refresco, comentó, casi sin pensarlo:
-O sea, que vives en una especie de comuna.
Juanma, esbozando una sonrisa menos natural, permaneció unos momentos en silencio, el tiempo justo para que ella se diera cuenta del error cometido con semejante observación que abría las puertas para que él le mostrara el lado que más le desagradaba. Obviamente él mintió:
-Pues claro, ya sabes, los habitantes de la aldea lo compartimos todo, todo, todo: casa, comida, enseres. Y por supuesto, compartimos sexo. ¿No te parece perfecto? Piénsalo, ¿no te gustaría una vida así?
Mónica empezaba a sentirse atrapada. Intentó torpemente rebatir:
-Ya, claro, maravilloso, una vida estupenda, mi esposo follando con tu mujer y yo follando contigo.
-Yo me refería al modo de vida, no a quién se tira a quién.
-Juanma empezó a pasear su mirada por toda la figura de Mónica, deteniéndose en los muslos que su falda corta dejaban bastante al descubierto, y añadió:
-Claro que eso último que has dicho no estaría nada mal. Me resulta curioso que lo que más te haya llamado la atención de lo que te he contado sea el sexo.
Sintiéndose desnudada por él, Mónica cerró instintivamente sus piernas todo lo que pudo y escondió su ruborizado rostro en la bebida. Tenía que evitar seguir por esa vía, de modo que buscó la salida fácil cambiando de tema.
-Tengo que ocuparme de los chicos, no les veo desde que hemos llegado y tenía pensado pasear por la zona y que dibujaran un paisaje.
-No te preocupes por ellos, todos están ya ocupados - Juanma contestó sin dejar de mirarle ahora los pechos que realzaban la fina camiseta blanca de Mónica. -Cómo que están ocupados, ¿Cómo sabes tú lo que están haciendo? -Bueno, antes de que bajaras he hablado con ellos. Querían alguna actividad para entretenerse por la tarde, de modo que les he propuesto tanto a tus alumnos como a los míos un concurso de dibujo. Apropiado ¿no? -¿Qué tipo de concurso? - Conociendo a Juanma Mónica no se temía nada bueno. -Les he propuesto que dibujen una postura sexual a su propia elección y sin limitación alguna. -¿Queeeé? ¿les has empujado a dibujar sexo explícito? ¿pero en qué mundo vives? ¡si son casi críos! - Mónica empezaba realmente a indignarse y Juanma se regocijaba viéndola tan escandalizada.
-Venga Mónica, de críos nada, sabes que están en una edad en la que el sexo comienza a ser lo más importante para ellos. De hecho todos, sin excepción, han estado encantados por la idea y se han ido corriendo a empezar a trabajar en ello.
A pesar del mal humor, Mónica se dio cuenta de que Juanma estaba en lo cierto. ¡Mierda! El episodio con Toñete seguía ahí, vivo, y ella, de forma estúpida, había vuelto a creer que todos los alumnos eran como él. No pudo evitar contarle a Juanma lo que le había sucedido con su alumno más problemático y éste la escuchó atentamente. Luego se acercó a ella y, mientras acariciaba con ambas manos sus mejillas, intentó convencerla de que no le diera importancia, que era normal que una mujer bella como ella levantara algo más que pasiones entre su alumnado. Cuando Mónica se sintió mas serena, recibió de él un tierno beso en la frente. Juanma quiso animarla aún más:
-Por qué no nos unimos al concurso, nosotros también podríamos participar, aunque claro, nuestros trabajos deberán calificarlos ellos. Venga, nos vemos después, antes de la cena.
Y tras dar un último sorbo al refresco abandonó el bar dejándola confundida y sin saber qué contestar.
De nuevo
en su habitación Mónica tenía la sensación de haberse comportado como una tonta, escandalizándose por estupideces y consiguiendo que Juanma se sintiera plenamente en su salsa. Sin embargo en su interior había algo más, ese último gesto de Juanma antes de despedirse, tan cálido, tan natural, le había afectado y ahora, incomprensiblemente, no podía quitárselo de la cabeza.
Se dio una ducha fría y decidió salir al exterior y concentrar su atención en dibujar algo, por supuesto nada que tuviera que ver con el absurdo juego en el que estaban involucrados sus alumnos. Cogió su pequeño maletín de dibujo y se adentró por un camino rural hasta llegar a un pequeño claro atravesado por un riachuelo. Allí abrió el caballete y dispuso el resto de utensilios para iniciar el trabajo. Cuando estaba a punto de comenzar se sintió mal pensando que todos sus alumnos y Juanma estaban de acuerdo en abordar el mismo tema, por escabroso que fuera, y ella, asumiendo una actitud totalmente puritana, iba a retratar árboles y flores. Un repentino calor interior volvió a invadirla hasta transformarse en un impulso incontrolable. ¡Qué diablos!, ella también iba a participar en ese peculiar juego artístico.
Continúa...
Autor: Mariano mariancon15 (arroba) hotmail.com |