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MONICA I I - Juanma siguio unos instantes mas besandole el cuello y acariciandole suavemente el pecho sobre la tela de la camiseta, antes de retirarse

MONICA I I Juanma siguió unos instantes más besándole el cuello y acariciándole suavemente el pecho sobre la tela de la camiseta, antes de retirarse

Con la única ayuda del carboncillo dibujó muy rápidamente, sin apenas definición, los contornos del torso desnudo de una figura femenina apoyada en el suelo, boca arriba, sobre sus codos, para continuar con las caderas y acabar con las piernas ligeramente abiertas y combadas. La imagen aparecía, en perspectiva, como la prolongación en el lienzo del propio pintor, o sea de ella misma. Antes de perfilar a la mujer prefirió situar la figura de un hombre agachado sobre los muslos de la hembra y con el rostro a escasos centímetros del sexo de ésta. Mientras definía una alargada y sonriente cara masculina, coronada de rizados cabellos negros, y cuyos expresivos ojos miraban directamente a los de la mujer invitándola a gozar antes de comenzar a trabajarle el coño con su lengua, Mónica intentaba evitar, con escaso éxito, repasar de nuevo su charla con Juanma y los extraños sentimientos que le habían provocado.

Cuando su atención volvió al dibujo contempló estupefacta el rostro de Juanma en el papel dibujado mecánicamente por ella mientras sus pensamientos revoloteaban una y otra vez alrededor de él. Una reacción instintiva, fruto del miedo a que alguien pudiera ver el dibujo y del enfado propio ante la dificultad de auto-controlarse, hizo que arrancara bruscamente el papel de su soporte y lo guardara, hecho una bola, en su maletín. Decididamente ese concurso era una estupidez, y su inventor más estúpido todavía.

Recuperada la calma se propuso pintar algo bastante más bucólico. Al rato de iniciar un retrato paisajista del bosque que la rodeaba, sintió por detrás de ella una mano que la agarraba por la cintura y otra mano que se posaba sobre la que sostenía el lápiz y empezaba a guiarla por el papel.

-¿Te das cuenta cómo a ti también te inspira la naturaleza?

Mónica escuchó las palabras serenamente susurradas por Juanma y un inesperado estremecimiento recorrió todo su cuerpo. No contestó, no se quejó, no se rebeló contra él cómo hubiera hecho en cualquier otra circunstancia, simplemente dejó que el lápiz vagara libremente por el cuadro empujado con suavidad por las dos manos unidas que empezaban a dar realce al paisaje dibujado. Tampoco protestó cuando él le aproximó su cuerpo y ella notó que algo le apretaba molestamente la parte alta de su trasero. Fugazmente recordó un viejo comentario que le hizo una compañera suya sobre una clase de dibujo para profesores en la que, al parecer, Juanma se ofreció a posar desnudo. Ella había reído divertida por el escándalo que aquello debió suponer, pero la amiga rió aún más indicándole que lo que realmente llamó la atención de los presentes fue el tamaño de su rabo.

Ahora no le cabía duda alguna sobre la procedencia de la presión que sentía en su cuerpo, y aunque de Juanma era posible cualquier cosa, no le parecía probable que ante tan poca cosa él pudiera tener una erección. Inevitablemente su imaginación le traicionó desnudando al hombre que estaba junto a ella y concentrando la atención en su presunto gran miembro viril.

De vuelta a la realidad, sintió como él paseaba los labios sobre su cuello sincronizando con un largo beso el baile del lápiz sobre el lienzo. Un conflicto en su interior comenzó a abrirse paso entre detener el comportamiento del hombre que, besándola, la envolvía con su alto cuerpo o permanecer inmóvil, disfrutando de la sensualidad de ese mágico momento. Sólo cuando Juanma subió lentamente la mano que tenía en la cintura de Mónica hasta alcanzar el nacimiento de su pecho, ella comprendió que se estaban acercando peligrosamente al límite de lo permitido. Sin tratar de obstaculizar sus movimientos, giró levemente su cara, lo justo para no tener que mirarle a los ojos, y con voz entrecortada le dijo:

-Basta ya, Juanma, por favor.

Juanma siguió unos instantes más besándole el cuello y acariciándole suavemente el pecho sobre la tela de la camiseta, antes de retirarse.

-De Acuerdo. Creo que está suficientemente terminado.

-


Sí. Gracias por tu ayuda – contestó ella, ahora sí, mirándole.

Mónica agradeció realmente su correcto comportamiento, y es que en apenas pocas horas estaba descubriendo en ese hombre una sorprendente faceta totalmente ajena a lo que ella conocía o creía conocer de él.

Mientras regresaban juntos al hotel Juanma no paró de hablar de la exposición que verían al día siguiente con los alumnos. Mónica caminaba sorprendida por la naturalidad que él demostraba después del episodio, con la extraña sensación de que a él no le había afectado en absoluto mientras que su turbación era tan notoria, que estaba deseando refugiarse en su habitación para intentar poner en orden sus ideas.

Noelia les vio pasar junto a ella, sin que ninguno de los dos notara su presencia. Hacía un rato que había terminado su dibujo y necesitaba un poco de aire libre. Se preguntó si se enfadarían con ella al ver su trabajo, cayendo rápidamente en la cuenta de que nadie iba a saber quien era el autor, pero estaba convencida de que al día siguiente su cuadro sería el elegido como ganador del concurso.

La cena se desarrolló en un merendero cercano al pueblo, cerca del pequeño lago, donde tanto Mónica como sus alumnos compartieron una gran mesa pasándolo en grande gritando y bromeando. Mónica también se divirtió con todos los chavales y además la cena le vino muy bien para desviar, aún sin amortiguarlos totalmente, sus pensamientos de Juanma y de lo que había sucedido en el claro del bosque. Lo único negativo de la cena fueron las furtivas miradas de Toñete que descubrió en varias ocasiones, y que le hicieron sentirse algo intranquila.

Cuando, de vuelta al hotel, fue a recoger la llave de su habitación, el recepcionista le entregó un pequeño sobre cerrado. Le bastó leer la escueta nota, en la que Juanma le invitaba a pasarse por su habitación con el fin de enseñarle algo, para sentir que el corazón se le aceleraba, el nerviosismo volvía a hacer presa en ella y sus dudas se multiplicaban, no ya sobre la oportunidad o no de acudir a esa cita, sino sobre su propia capacidad de mantener la cordura y no dejarse llevar por unos sentimientos que incomprensiblemente tendían a conducirla hacia el camino de la prohibida infidelidad.

Intentando apaciguar su inquietud, llamó a su esposo y conversó con él durante unos minutos sobre asuntos banales de la excursión y de los chicos, evitando cualquier referencia al inesperado reencuentro, con su colega de profesión, no por la posible reacción de él ante la noticia de que su mujercita volviera a ver a un hombre con el que ella más de una vez, femeninamente, le había dado infundados celos, sino por una propia necesidad interna de no citarle.

La charla mantenida con su esposo sirvió de bálsamo para su agitación y, antes de que pudiera arrepentirse, se acercó a la habitación de Juanma. No pudo evitar lucir su encantadora sonrisa cuando el anfitrión la recibió vestido con un atuendo negro de estilo oriental, salpicado de pequeñas lunas amarillas y atado con un enorme cinturón, una especie de Kimono que no llegaba a cubrirle la totalidad de las pantorrillas. Juanma, percatándose de la mirada guasona de Mónica le obsequió con un pequeño remolino al viento de su cuerpo que provocó las risas de ella, y la invitó a sentarse.

-¿Y bien? – dijo ella - ¿Qué es eso que tienes que enseñarme? -Quería que vieras los trabajos de los chicos. Me los entregaron antes de ir a cenar.

Con cierto resquemor Mónica cogió los dibujos eróticos de los chavales y comenzó a repasarlos muy deprisa, sin encontrar nada que destacara particularmente. Cuando terminó de verlos los dejó a un lado.

-No están mal – dijo sin demasiado convencimiento.

-Vamos Mónica, no has puesto nada de atención, ¡Joder! ¿Tanto te molesta ver este tipo de cosas? – y esbozando una maliciosa sonrisa, continuó: -Quiero que te fijes en éste.

Mónica echó un primer vistazo al dibujo que le había entregado Juanma. Mirando hacia el dibujante aparecía una mujer arrodillada, con las piernas algo separadas, las palmas de las manos entrelazadas y apoyadas sobre unos cojines y la barbilla sobre éstas, mientras que un hombre también arrodillado, pero detrás de ella, la tenía sujeta por las caderas y le hacía el amor. Confo

rme se fue concentrando en los detalles, un sentimiento primero de incredulidad y después de rabia se fue adueñando de ella, al observar el inmenso parecido a Juanma y a ella misma de los rostros de los dos protagonistas y, sobretodo, la perfección con la que se expresaba la tensión y el disfrute sexual de ambos mientras el hombre penetraba a la mujer. Un último detalle que captó de la pintura, y que llamó su atención, fue el tamaño del pene masculino, la mitad de cuyo tronco permanecía fuera del cuerpo de ella mostrando un orgulloso grosor. No pudiendo contenerse por más tiempo se dirigió a Juanma con una mirada asesina:

-¿Qué demonios es esto? ¿Cómo se te ha ocurrido dibujarnos a los dos…… de ese modo? ¿Qué crees que vas a conseguir con este tipo de estúpidas estratagemas? ¿Follarme? ¡Pues ni lo sueñes!

Juanma le contestó sin dejar de esbozar esa perenne sonrisa que podía ser tan encantadora como hiriente, según el estado de ánimo de quien estuviera frente a él:

-Ya está de nuevo la escandalizada señora haciendo el numerito. Debo admitir que el parecido es asombroso y la postura está genialmente dibujada, pero el autor no soy yo.

-¡Y una mierda! Quien si no tú, con esa mente calenturienta propia de un arrogante y obseso sexual, podía haberlo hecho.

-Fíjate en los detalles, y sobretodo en las proporciones – esto último lo dijo Juanma con retintín y sin hacer caso del último comentario de ella - Son perfectas.

Mónica mantenía la vista fija en el dibujo que, muy a su pesar, había cobrado vida en su imaginación, y la estampa de ella follando con él y siendo penetrada por su gran verga, se le hizo tan viva, tan real, que en su cuerpo asomaron los síntomas de una excitación desconocida, algo insólito que, irracionalmente, la impulsaba a querer abalanzarse sobre el alto hombre que tenía a su lado. Él, como en el bosque, se había arrimado de nuevo a ella y, aprovechando su confusión mental, la había envuelto con su largo brazo, le acariciaba el pecho con una mano por encima del vestido de tirantes y con la otra, tras recorrer sus pantorrillas, se adentraba bajo la falda buscando sus redondos y calientes muslos.

Sólo un último arrebato de cordura hizo que Mónica se separara de él y, tras tirar al suelo en su huida, todos los trabajos de los alumnos, saliera de allí, no sin antes escuchar a Juanma decirle:

-Mónica, de verdad que yo no lo he pintado.

Ya en su habitación meditó sobre las últimas palabras de Juanma, llegando a la conclusión de que el dibujo sin duda había sido una maniobra suya para engatusarla y llevársela a la cama. Sólo conocía a una alumna capaz de pintar algo con tanta perfección, pero le parecía imposible, no ya que se hubiese atrevido a dibujar a los dos profesores, sino que incluso hubiese participado en ese disparatado juego, y además, como podía saber ella que Juanma tenía un pene de gran tamaño. Esta última reflexión la desconcertó. ¿Es que acaso lo sabía ella misma? No podía evitarlo, su mente había estado jugando con la imaginaria gran polla de él hasta hacerla real, tanto que ahora en sus pensamientos empezaba a ir más allá situándola dentro de ella, llenándola por completo, follándola salvajemente. Tuvo el impulso primario de aliviar su desazonada excitación tumbándose en la cama y masturbándose, pero apenas había introducido sus dedos bajo las bragas y recorrido un par de veces de arriba a abajo la húmeda raja de su sexo, la lucha existente en su interior entre continuar, lanzarse al pecado regresando al aposento de Juanma o recuperar la sensatez perdida, se decantó por esto último.

Se incorporó, se ajustó su vestido de tirantes, salió al exterior y, bajo la luz de la luna llena, echó a andar por el conocido caminito de la tarde, atravesó el claro junto al riachuelo y, tras caminar algo más, alcanzó el final del mismo junto al pequeño lago. Sentada sobre una piedra, en la silenciosa noche rota solo por los sonidos de los grillos, y contemplando el reflejo de la luna sobre las calmadas aguas de la laguna, su desazón se fue templando. El calor de la noche y la quietud del entorno invitaban a refrescarse en la laguna y Mónica, tras pensárselo un rato, se soltó el vestido y decidió aventurarse en un baño nocturno cubierta solo por su ropa interi

or negra.

Se mantuvo cerca de la orilla agradeciendo sobre su piel el agua fresca mientras nadaba o caminaba sobre el lodo. Cuando se disponía a salir escuchó el sonido de unos pasos acercándose por el camino y apareció Juanma. Dudando si lo suyo era mala suerte, si era el destino o si realmente él la estaba siguiendo, decidió adoptar la actitud de un cocodrilo al acecho, arrodillándose sobre el fango, sumergiéndose hasta el cuello en el agua y alejándose con lentitud, esperando ocultar su presencia.

Él llegó a la orilla, miró hacia el agua y sin pensárselo dos veces se despojó de las prendas que llevaba encima, realizó dos pequeños ejercicios gimnásticos de brazos y cintura y, totalmente desnudo, se metió en la laguna. Mónica, morbosamente atraída por la posibilidad de confirmar las proporciones de su verga, asumió el rol de mirona afanándose en poder conseguir ver la desnudez del hombre. Admiró el cuerpo atlético y fibroso de Juanma, pero la distancia y rapidez de sus movimientos le impidieron, muy a su pesar, apreciar lo que tanto deseaba aunque a la altura del pubis sí notó el contraste entre una densa mancha negra de vello y su piel blanquecina iluminada por la luna.

Mientras permanecía inmóvil lo vio nadar y chapotear e incluso, en un momento en que él se puso de pie, su vista pudo recrearse con las prietas formas de su trasero. Pese a empezar sentir los gélidos efectos de la prolongada estancia en el agua su mente volvió a dispararse y sus sentidos a calentarse imaginando ser una presa pescada por él, abrazada por sus largos brazos, acariciada por sus expertos dedos, devorada por sus risueños labios y sobretodo penetrada por su imponente polla. La excitación provocada por sus prohibidos pensamientos le llevó, casi sin querer, a introducir sus dedos bajo la mojada braga y reanudar ferozmente la masturbación iniciada en el hotel, hasta perder la noción de lo que realmente sucedía a su alrededor.

La repentina emersión la sacó de sus infieles imaginaciones. Juanma estaba de nuevo ante ella, de pie sobre el fondo de la laguna, al descubierto de cintura para arriba y sonriendo abiertamente. Mónica se sintió avergonzada no tanto por su condición de espía descubierta o por el hecho de estar bañándose en ropa interior, sino sobretodo por la incertidumbre de desconocer si él se había percatado de sus juegos masturbatorios.

-¿Que haces aquí? – le dijo presa del nerviosismo - ¿Cómo sabías que estaba aquí? Me has seguido ¿no? -No te seguí, yo ya conocía este sitio, esta tarde regresaba de aquí cuando te encontré pintando. Tu vestido y sandalias están en la orilla.
-Yo… estoy en ropa interior – Mónica, desconcertada por la cercanía de Juanma, se había cubierto instintivamente con los brazos pese a que él no podía distinguir su silueta bajo las oscuras aguas.

-En la aldea donde vivo – esta vez Juanma no mentía - es frecuente en los días y noches calurosas acudir a una charca cercana y refrescarnos sin ropa alguna. Un baño en bolas es uno de los mayores placeres que podemos darle al cuerpo. Deberías imitarme, pero, en fin, tratándose de ti ya es todo un éxito que no te hayas metido en el agua vestida.
-Piensas que soy una reprimida ¿verdad? – Mónica contestó molesta, más por sus incontrolables reacciones que por las palabras de él.

-Pienso que tienes demasiados tabúes personales y sexuales que liberar.

-Pues te sorprenderían algunas cosas que no sabes de mí -Pues no me importaría en absoluto averiguarlas.

Juanma se fue acercando a Mónica, mientras ella, en perfecta sincronía, iba dejando asomar del agua su cuerpo mojado hasta quedar ambos muy juntos, sin tocarse, mirándose fijamente a los ojos. Una suave caricia de él sobre el rostro de ella sirvió de preámbulo a la unión de sus labios, mientras él la rodeaba con sus brazos ofreciendo calor a su frío cuerpo recién emergido del agua. Mónica, aturdida por los contradictorios sentimientos de culpabilidad y deseo, se sintió esta vez incapaz de separarse. Estaba mojada, no ya por el agua que aún la cubría de cintura para abajo, sino por un alto grado de excitación que se agudizó cuando los labios dejaron paso a las lenguas en un largo e intenso beso y llegó a su máxima intensidad cuando al unir sus cuerpos sintió la piel de su vientre invadida p

or una barra de carne caliente que parecía hacer realidad todas sus fantasías sobre la magnitud de la virilidad de él.

Mientras seguían besándose con pasión, Mónica sintió como Juanma posaba las manos sobre sus nalgas, atrayéndola y haciéndola retroceder lentamente hacia la orilla, buscando un lugar más cómodo y menos húmedo para dar rienda suelta a todos sus deseos carnales. Llena de deseo iba a llevar sus manos a la erótica molestia que le hervía sobre el vientre, cuando empezaron a oírse unos gritos aún lejanos que se iban acercando.

Juanma reaccionó bruscamente separándose de ella y exclamando:

-¡Son los chicos!, ¡y vienen hacia acá!

Mónica, aún aturdida, tardó algo en darse cuenta de la delicada situación, aunque se movía al lado de él en dirección a la orilla.

-¡Coge tu ropa, escóndete y vuelve al hotel en cuanto pasen! Yo veré como les entretengo. – y dicho esto Juanma se volvió a meter en el agua.

Ella apenas había tenido tiempo de ponerse el vestido y esconderse entra los arbustos, cuando una docena de chicas y chicos pasaron a su lado riendo como locos y alcanzando la orilla. No quiso ver más, temerosa de ser descubierta se alejó entre la maleza hasta poder de nuevo tomar el camino y regresó al hotel con paso apresurado y esperando no encontrarse con algún alumno rezagado.

Mientras aliviaba con una ducha caliente la fría humedad de su cuerpo, tras el baño en la laguna, pensó en su marido y en su inacabada traición. En varias ocasiones los dos habían leído relatos eróticos que les habían puesto muy cachondos y les habían hecho disfrutar de momentos de sexo gloriosos. Siempre era su marido el que la incitaba a la lectura, siendo además frecuente que los relatos elegidos por él fueran sobre infidelidad. Ahora se preguntaba cual sería la reacción de él si lo que siempre habían tratado como pura fantasía se convertía en algo real y más aún si ésta se producía con el único hombre con el que, veladamente, había tratado de darle celos.

Por muy absurdo que fuera, en ese momento deseaba meterse en la cama con Juanma, sentir de nuevo el contacto de su cuerpo, poder tocarle y sentir directamente entre sus manos y luego dentro de ella ese pene de cuyo enorme volumen ya casi no tenía duda alguna. Tras una larga ducha se acicaló y, evitando la ropa interior, se puso un pijama compuesto por una estrecha camisola, bajo la que se dibujaban perfectamente sus senos, y un corto pantalón que dejaba los muslos al descubierto y remarcaba significativamente las formas de su pubis y de su trasero. Con los nervios a flor de piel por el suspense y la excitación ante lo prohibido intentó leer mientras esperaba, deseosa de que Juanma, antes o después, no la decepcionara y volviera a presentarse ante ella.

Apenas una media hora después unos golpes sonaron en la puerta. Con el corazón en vilo fue a abrir sorprendiéndose al encontrarse uno de sus alumnos con semblante serio que, antes de que pudiera hablar, le dijo:

-Señorita Mónica, corra, por favor, a Toñete le pasa algo malo.

No se lo pensó y siguió a toda prisa al chaval por el corredor hasta llegar a la habitación del alumno. Al entrar se encontró con Toñete, aparentemente sin problema alguno, y junto a él a Álvaro, uno de los de su cuadrilla. El chico que la había ido a buscar, ya había cerrado la puerta detrás de ellos.

Confundida, Mónica tardó un tiempo antes de preguntar:

-¿Qué diablos significa esto? ¿Por qué me habéis llamado de esta forma?

Ninguno de los tres contestó, y ella se percató de que allí no pasaba nada malo, aunque por la forma en que Toñete recorría con la mirada su cuerpo que sin duda se mostraba más que sugerente bajo la fina y apretada tela de su pequeño pijama, sí cabía la posibilidad de que pudiera suceder algo, y no bueno para ella.

-¡Quiero una explicación inmediatamente! – gritó ella intentando hacer valer su autoridad.

-Cálmese, profe – Toñete, como buen cabecilla de su banda, fue el que se dirigió a ella – ahora no pasa nada, pero imaginemos que hubiera pasado hace una hora. ¿hubiera usted podido acudir en auxilio de sus alumnos?

Mónica captó enseguida el mensaje del alumno. Ocupada en tratar de resolver sus propios enredos perso

nales había cometido un gran error alejándose de los alumnos, es más, recordando a los chicos que habían acudido al lago, sabía que debía haber hecho lo posible para no haberles permitido a ellos salir del hotel. Hondamente preocupada no supo replicar y Toñete prosiguió:

-Creo que no. Estaba muy ocupada en el lago retozando con su amigo el profesor ¿verdad?

Fue como una cuchillada trapera. Estaba claro que los tres chicos la habían visto con Juanma, probablemente ellos habían sido más espías que ella misma. Mónica empezaba a irritarse:

-¿A donde quieres ir a parar? -Bueno, allí, en el laguito, aparecía bastante excitante sin su vestido, pero con tan poca luz y a tanta distancia… nos quedamos con las ganas – Toñete sonrió burlonamente y siguió - Nos gustaría verla mejor ¿me comprende?

Mónica no podía dar crédito a lo que había escuchado. La estaba diciendo, con todo el descaro del mundo, que se desnudara delante de él y de los otros dos mocosos. La preocupación ya había dejado paso a una indignación que crecía por momentos y que acabó haciéndola explotar gritando: -¡Vosotros no estáis en vuestros cabales! ¿Me estáis pidiendo que me quite la ropa? No os dais cuenta de que os puedo meter un puro por esto ¿Qué creéis, que por haber abandonado un rato la guardia podéis obligarme a hacer algo así? -Vamos, seño, solo queremos verla en esa ropita interior oscura que llevaba allí. No le pedimos mucho – contestó de nuevo Toñete que ni la miraba a la cara, ocupado en recorrer su cuerpo con ojos libidinosos.

-¿Qué no me pedís mucho? ¿Qué no me pedís mucho? – Mónica, cada vez más ofendida y enfurecida, se repitió incrementando el volumen de sus chillidos – ¿Entonces qué es mucho para vosotros? ¿Qué os la chupe o qué?

Toñete, al oír esa última pregunta, amplió su sonrisa y contestó, ahora sí, cruzando sus ojos con los de ella:

-Eso sí que estaría bien ¿verdad chicos? –

Pero los chicos, más que asustados por lo que allí estaba pasando, no habían dejado de mirar al suelo durante toda la conversación. Mónica ya se había inútilmente arrepentido de su salida de tono, pero la habían sacado completamente de sus casillas y ahora buscaba la forma de contemporizar y acabar con esa incómoda situación.

-Mirad, vamos a imaginarnos que esto no ha sucedido ¿vale? Yo me vuelvo a mi cuarto y vosotros os quedáis en el vuestro – y dicho esto se giró hacia la puerta de salida mostrando su apretado y respingón culito.
-Y a esperar allí a Juanma ¿no? Creo que al director de la escuela no le va a gustar nada que le contemos lo que hemos visto hace un rato…… y a su marido seguramente le hará mucha menos gracia.

Toñete había vuelto a atravesarla con sus palabras y se volvió de nuevo hacia ellos con el rostro lleno de cólera. Era increíble, la estaban chantajeando por todo el morro y lo peor era que, ante su delicada situación, si ellos insistían en seguir adelante con aquello, no veía la manera de esquivarles. La reacción de su marido no le asustaba tanto, al fin y al cabo tampoco había pasado nada demasiado malo y él tenía un talante relativamente liberal. Lo que sí le preocupaba eran las consecuencias en su trabajo si llegaba a conocerse en el instituto su desliz y despreocupación hacia sus alumnos. Tuvo que contener sus ganas de coger al cabecilla por el cuello y estrangularlo, y con un fingido sosiego se dirigió a Toñete.

-Supongo que te has dado cuenta de que hay un problema.

-¿Cuál? – dijo Toñete un tanto perplejo.

A Mónica le parecía increíble que él, con sus continuas miradas a su cuerpo, no se hubiera percatado de que bajo su fino y ajustado pijama no llevaba ropa alguna. Contestó tranquilamente:

-No llevo ropa interior.

Toñete se quedó callado pensativo hasta que uno de los dos azorados alumnos que le acompañaban se dirigió a él:

-Oye, esto empieza a no gustarme, vamos a dejarlo.

-¡No! Si no lleva ropa interior peor para ella, y mejor para nosotros – y sonriendo de nuevo lascivamente a Mónica siguió - Ahora que lo pienso me apetece más verla desnuda. ¡Vamos! ¡Fuera la ropa! Luego la dejaremos en paz.

Noelia había oído los gritos en la habitación de al lado. No

entendía que podía estar haciendo ella allí, con esos salvajes y salidos ocupantes, pero era evidente que las cosas no iban bien. Debía hacer algo, y pronto, y se le ocurrió que lo mejor era buscarle a él. No tenía ni idea de donde encontrarle, pero ya se las arreglaría

Mónica había tenido finalmente que ceder a las pretensiones de su asqueroso alumno y acababa de despojarse del pequeño pantaloncito del pijama exponiendo su cuerpo totalmente desnudo a la vista de los tres chicos, bueno mejor dicho a la de Toñete porque los otros dos, al igual que ella misma, se mantenían cabizbajos, ella por vergüenza y ellos por la timidez propia de su edad y de la extraña aunque excitante situación en la que su “capo” les había metido. Estaba confusa, con la enorme duda de si estaba haciendo lo que debía o si tenía que terminar de una vez con ese absurdo strip-tease, pasara lo que pasara. Miró a su chantajista y le vio completamente absorto recreándose en su esbelta figura, en sus bonitas y torneadas piernas que invitaban al tacto, en sus pechos firmes, no muy voluminosos pero con aureolas y pezones oscuros y bien proporcionados, en su estrecha y delgada cintura bajo la que se abrían unas caderas perfectas, en su sobresaliente monte de venus en el que escondido bajo una densa y rizada selva de pelo negro latía intranquilo su sexo.

No sabía muy bien la causa, pero viendo al corpulento chaval tan ensimismado en observarla, como si jamás hubiera visto a una mujer desnuda, empezó a valorar la posibilidad de que en el fondo todo hubiera sido un farol, de que jamás se habría atrevido a ponerla en un aprieto, ni ante su esposo ni ante el director del instituto, y de que había obtenido un premio absolutamente inesperado para él mismo.

Continúa...

Autor: Mariano mariancon15 (arroba) hotmail.com

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