SEXO PARA ENAMORAMISTADOS
SEXO PARA ENAMORAMISTADOS
Serenas Historias de Sexo, hetero. Decidieron cambiarse los
papeles, sus formas de actuar, la ropa exterior e interior, él sería
una mujer bastante femenina y ella un hombre muy seductor
Humberto estaba nervioso cuando Elisa lo
beso en los labios. Era la tarde del catorce de noviembre y celebraban el día
de lo que ellos llamaban la enamoramistad, sentimiento éste que les unía
a medio camino entre la amistad y el enamoramiento, pero el sexo, desde siempre
y hasta ese día, había sido descartado de su relación pues
lo consideraban un riesgo que inevitablemente destruiría sus sentimientos.
Pero él, invirtiendo el papel de Eva para Adán, le dio a morder
la manzana prohibida. Se le ocurrió que nada correría peligro
si, del mismo modo que habían invertido el día de la celebración
de su sentimiento, invertían igualmente sus roles sexuales, de modo que
Humberto decidió experimentar su sexualidad femenina por vez primera
con Elisa. Ella se había recogido el pelo a lo garcon para la ceremonia
y él llegó a su casa con ropa interior femenina muy ajustada.
- He de ir al baño, -repuso él
cuando pudo despegarse de sus labios-.
- Bueno, pero no tardes..., estoy muy impaciente.
Frente al espejo se sintió extraño.
Recompuso su media melena castaña con la mano, como si en la extensión
de esa cascada capilar pudiera encontrar un indicio de su feminidad. Luego se
pintó los labios suavemente, y los mordió levemente como hacen
ellas en esos momentos. Se quitó el vaquero, que ya lo incomodaba, pero
dejó su camisa rosa cubriéndole hasta bien entrado el muslo. Tenía
las piernas hermosas y sin bello y eso, quizás por vez primera le gustaba.
Se puso su perfume, el de ella, ese fresco que se ponía a veces y salió
al pasillo. Ella estaba esperando, inquieta, pero segura de sí.
-Vaya, vaya, pero que piernas más bonitas...
Ven que te vea.
Estaba nervioso pero acudió al requerimiento
solícito. Ella le abrazó y lo besó profundamente saboreando
su propio carmín y oliendo su perfume con delectación. Al principio
lo besaba con dulzura, sujetándole por la espalda, echándole un
poco hacia atrás el cuello, diciéndole cosas al oído, pero
él sólo pudo apoyar sus manos en los hombros de Elisa que lo manejaba
con sabiduría. Al fin y al cabo, era eso lo que quería, anularse,
sentirse pasivo en el escenario, dejarse llevar por ella. Elisa reía
con dulzura cuando se descalzó. Aliviaba sentir el frescor del parqué
porque hacía calor dentro del piso. No en vano, había caldeado
la casa para aquella cita tan especial, ignorada por el marido. Lo atrajo hacia
sí uniendo sus cuerpos y luego lo hizo retroceder hasta la puerta de
la habitación.
-¿ Estas seguro?.
- Claro, pero olvídate de mi pene.
- Lo olvidaré, tenlo por seguro.
Le volvió a besar, esta vez con más ansia, envolviéndole
la lengua con la suya, enroscándose como una serpiente. Le desabrochó
los primeros botones de la camisa hasta intuir un sujetador negro de encaje
que cubría unos senos inexistentes. Le volvió a besar más
suavemente y luego le dijo que esperara. Mientras Elisa se dirigía al
salón él se introdujo en la habitación. Se trataba de una
habitación moderna con una cómoda que devoraba las imágenes
de los seres. Era un pupila vigilante se decía Humberto sentado en el
tocador, pero recomponiendo su melena. Elisa llegó despacio, sin ser
advertida, con el sigilo suficiente para descubrirle allí sentado, de
espaldas a ella, con las piernas más descubiertas, pero replegadas. Ni
siquiera la vio aproximarse cuando le envolvió el cuello con sus brazos.
Entonces empezó a sentirse un poco húmedo en esa parte que hasta
entonces él había ignorado que pudiera tener para él funcionalidad
sexual. Sentía el poder de su nuevo sexo acomodado en la butaca de la
cómoda, oculto tras la braga negra de encaje. Elisa siguió desabrochándole
con dulzura hasta dividir su camisa en dos partes, mientras él rehuía
la mirada con mohín avergonzado. Le palpo el pecho por encima del sujetador
extendiendo sus largas palmas paralelamente. Lueg
o le retiro la camisa hacia
atrás y le dejó contemplarse en el espejo. Pensó que estaba
hermoso, muy femenino, muy dúctil por primera vez y luego le atrajo izándolo
de la mano. " Quiero bailar contigo, ven". Y bailaron mientras ella
ocultaba en el bolso posterior del vaquero un pene artificial de color verde
que había comprado expresamente para la ocasión. Bailaron una
música inexistente mientras el pene giraba a merced del movimiento de
su dueña sin que él pudiera advertirlo. Elisa reía con
picardía mientras lo besaba y giraban como una peonza unida.
-¿ Estás enamoramistado de mí?,
-preguntó-
- Sí. Mucho. Te enamoraquiero.
- ¡ Qué divertido es el sexo de los enamoramistados! ¿ No
crees?.
- Por qué?
- Porque él es ella y ella es él. Noto algo que me crece Humberto.
- Sí?.
Entonces le llevo la mano suavemente a la nalga,
muy poco a poco, con misterio, parando unos centímetros antes de que
él pudiera tocar su bulto. Le puso la mano por encima de la suya y siguió
girando con él como una peonza. Luego lo besó profundamente, le
enredó de nuevo la lengua saboreándola como si fuera una fruta,
y poco a poco le fue llevando los dedos al pene de plástico.
- Es mi pene. ¿ A que no te lo esperabas?
- Menos aún antes de que te desnudaras, pero...es un poco grande ¿No?.
- Lo justo, lo que te mereces...cielo, lo que te mereces. Tócalo, tócame
ahí, excítame. Estoy deseando penetrarte. Palpa esa forma, acostúmbrate
a ella, olvida que delante existo con una vagina, piensa que ya tengo mi propia
prolongación, que puedo introducirme dentro de ti y que eso es hermoso,
o debe serlo.
Siguieron bailando un rato mientras Alejandro
tocaba el pene de Elisa hasta sentir que, al igual que el resto de su cuerpo,
era una parte natural de su cuerpo, quizás la más importante para
aquella tarde. Lo palpó hasta la base encontrándose en el fondo
del bolso con una caja redonda.
- ¿ Qué es?, -inquirió-
- ¿ Olvidas que necesitas jugos vaginales para hoy?
- Ah...¡ Qué tonto! Estás en todo.
- Te siento, te enamoro. ¿ Y estas tetitas que tienes?
Elisa no le dejó contestar. Le retiró
el corchete y le acarició la espalda provocándole mucha excitación.
Ese era su punto vulnerable. Entonces empezó a echar la cabeza hacia
tras dejando caer el pelo y ella lo besó en la barbilla con fruición,
saboreándola, devorando aquel fragmento partido y anguloso como si fuera
un melocotón. Le acarició el pelo que caía y el, por vez
primera, la rodeo por la cintura como deteniéndola. Estaba derritiéndose
de placer, ella lo sentía y lo quería así. Quizás
aquella tarde había decidido que fuera suya. Le retiró el sujetador
y le dejó caer sobre la cama. Terminó de desabrocharse la camisa
y se retiró su propio sujetador. Luego se quitó el vaquero y finalmente
la braga para mostrar su pubis castaño, pero abundante. Humberto se detuvo
en la contemplación de Elisa hincada de rodillas frente a él.
- Tienes tres piercing en el pubis.
- Ya lo sé cariño, me los he puesto para ti.
- ¿Para mí?, -repuso algo azorado-.
- Sí, observa...
Cogió el pene y cuidadosamente, muy cuidadosamente lo fue enganchando
a los tres piercing que se había operado en la parte baja del pubis.
Cuando el último, el que estaba situado más abajo del triángulo
púbico, se enganchó a la parte baja de los testículos de
plástico de Elisa, su imagen poderosamente erecta impactó la sensibilidad
de Alejandro. Estaba hermosa ocultando los labios de su sexo. Empezó
a sentir más humedad y se abandonó a ella. Entonces Elisa se tumbó
junto a su lado de costado dejando que el pene golpeara la parte lateral del
vientre de Humberto, dejó que lo sintiera, le enredó un poco con
una pierna y le alcanzó el oído con la boca moviendo los labios
imperceptiblemente.
- Te la voy a meter, ¿sabes?. Y no
te puedes ni imaginar el placer que estoy sintiendo por ello. Nunca hubiera
imaginado que me dejaras entrar dentro de ti y dominarte, tenerte a mi ritmo,
ver cómo te corres con los ojos cerrados. Yo estoy muy húmeda
amigo, pero esa humedad de hoy es distinta. Eres maravilloso y tienes ideas
hermosas que me ponen a cien.
Él calló. Todavía sentía
la sensibilidad de la braga cubriéndole el pubis, igualmente castaño
pero más oscuro, como una celosía. Elisa se fue adentrando por
entre la seda con los dedos, sintiendo su pelo extendido en la piel. Lo acarició
y le besó la oreja, pero no le tocó el pene, antes lo eludió
desviándose por detrás hasta alcanzar la nalga para luego ir retirando
la seda celosa y dejarlo desnudo, enteramente desnudo, excitado y temeroso.
Elisa buscó su propia vagina y se impregnó de su propia humedad
para luego hurtársela a él. Su dedo una y otra vez viajaba de
la vagina al esfínter de Humberto para dejarle su esencia, su olor profundo
de mujer como un símbolo expreso. Luego con dos dedos le impregnó
de vaselina con más profundidad mientras gemía dulcemente, con
levedad, mientras sentía aquellos dos dedos que lo penetraban incipientemente
dilatando el músculo, cultivándolo para algo mayor. Se subió
encima de él depositando su pene sobre el abdomen, besándolo poderosamente,
enredándose de nuevo a su lengua y luego besando sus labios, mordiéndolos
con leve y cariñoso sadismo. Después le abrió las piernas.
Las elevó depositándolas sobre sus hombros y separó dulcemente
sus nalgas sosteniendo el pene con la otra mano. Entonces, Elisa supo que había
llegado el momento. Humberto ladeó la cabeza relamiéndose los
labios, segregando saliva de la emoción. Ella ya no dudó porque,
ese desinteresarse lúdico y cohibido con respecto a lo que pudiera suceder,
constituía una puerta abierta para Elisa. Se fijó en el esfínter
ancho de Humberto medio abierto y lo hurgó con la mano libre acercándose
con su cuerpo hasta que el pene y su dedo se juntaron para abrir la gruta de
Humberto. Lo fue desflorando cariñosamente, con ternura, sin agresividad,
observando su gesto contraído que compartía el dolor y el placer.
Ladeaba la cabeza a ambos lados sin abrir los ojos, inclinaba su vientre hacia
ella para procurarse más placer y más penetración mientras
Elisa, la nueva Elisa, se depositaba en él y se fundía merced
a una simple prolongación de su cuerpo que antes no existía. Cuando
sus testículos de plástico rozaron la piel de Humberto él
se estremeció y ella se hundió más rasgándole el
último centímetro de su interior. Luego se fue retirando suavemente
para volver a entrar, para acostumbrarle y dilatarle por completo, para que
ese continuo entrar y salir pudiera ser más rápido. Parte de su
pene la rozaba el clítoris al moverse, y ella lo abría con sus
dedos para sentirse. Entonces cerró los ojos hasta excitarse mucho y
procurarse placer. Golpeaba a Humberto más y más, húmedo
de vaselina y de su propio líquido. Le llegó el orgasmo y se corrió.
Luego le acarició a él e igualmente se corrió. Rió
relajada, se desprendió del pene y se tumbó junto a él.
¿ Enamoramigos otra vez? . Vale dijo él.
[Indice
general] - [Sexo]
- [linux] - [humor]
- [hard] - [miscelanea] - [Novedades]
-
Para hacerme llegar tus comentarios, sugerencias
o si deseas colaborar con esta página, por favor, envíame
un E-mail a marqueze (arroba) marqueze.net
Web: http://www.marqueze.net