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VACACIONES EN LA PLAYA III - Mientras leian aquel relato, Juan y Esteban no podian dejar de masturbarse, era increible que Irene hubiera escrito una historia de sadomasoquismo plena de morbo y lujuria

VACACIONES EN LA PLAYA III Mientras leían aquel relato, Juan y Esteban no podían dejar de masturbarse, era increíble que Irene hubiera escrito una historia de sadomasoquismo plena de morbo y lujuria

. El martirio de Silvia.

.

Dominacion

Juan y Esteban miraban anonadados los folios que había escrito Irene, estaban escritos a bolígrafo y con letra nerviosa así como muchas tachaduras, eso indicaba el talante febril de su autora mientras lo escribía. La historia decía así.

“Claudia se volvió repentinamente al griterío que provenía de la calle que pasaba junto al mercado. -¿Qué pasa ahí?-, preguntó a su esclava Hécuba. -No lo sé mi ama-. Los gritos iban in crescendo y muchas personas corrían hacia allí mientras las demás miraban intrigadas-Vamos a verlo, corre-. Claudia y su esclava negra se apresuraron a salir del foro. En la arcada de la calle se apelotonaba un gentío que vociferaba, pero Claudia no podía entender lo que decían. Al parecer, se acercaba un grupo armado que se abría paso por la calle atestada. Claudia no podía ver gran cosa. -Ven conmigo-, le dijo a Hécuba. Las dos muchachas se fueron colando entre la gente, soportando codazos y empujones. Finalmente, y con mucho esfuerzo, consiguieron llegar a la primera línea y ver algo más. -Parece un grupo de soldados-, dijo Hécuba, -¿qué pasará?-. -No lo sé-, contestó Claudia, -no veo nada-.

Dos filas de soldados iban haciendo pasillo con escudos y espadas, impidiendo que la gente se acercara demasiado. Entre los gritos se oía de vez en cuando el chasquido del látigo. Por fin, la comitiva se acercó lo suficiente a Claudia y Hécuba, como para que éstas pudieran ver lo que estaba pasando. Dos soldados obligaban a avanzar a una joven que llevaba con dificultad un pesado madero sobre sus brazos abiertos. Lo hacían con golpes de látigo y con un punzón de hierro situado en el final de un bastón. Claudia se horrorizó al ver la escena. Por su parte Hécuba reconoció el patíbulum, el madero transversal de la cruz que los condenados tenían que llevar hasta el lugar de su ejecución, así que miró a Claudia y le dijo consternada. -Creo que van a crucificar a esa mujer, mi ama-. A Claudia le recorrió el cuerpo un estremecimiento al oír esas terribles palabras.

La joven a la que iban a crucificar estaba completamente desnuda a excepción de un taparrabos que apenas cubría su sexo. Su cuerpo estaba surcado de decenas de marcas rojizas. Tenía los brazos abiertos y atados con cuerdas al patíbulum y una sucia mordaza compuesta por un palo de madera le impedía gritar o protestar por los latigazos o los pinchazos del punzón que le propinaban sus guardianes. Apenas podía andar, el madero de la cruz le debía pesar mucho y le obligaba a encorvar la espalda, doblar las piernas y dar pasos grandes y vacilantes. A cada paso la mujer tenía que asegurar el pie en el suelo para no perder el equilibrio y caerse. Lógicamente la pobre muchacha gemía y lloraba implorando piedad a sus sayones.

Claudia se quedó aterrorizada al ver la escena. -Pobre mujer-, pensó. -Qué horrible crimen habrá cometido para que la ejecuten así-. Pero cuando la comitiva llegó a su altura, la sangre se le heló en las venas pues reconoció a la condenada. –Silvia-, gritó sin querer. La prisionera se detuvo un instante y lentamente la miró en silencio. Tenía los ojos amoratados, por las lágrimas y la crispación producida por el dolor. El sudor y la suciedad la cubrían completamente. -Silvia, ¿por qué te hacen esto?, ¿qué has hecho?-, preguntó Claudia. Hécuba le tiraba del vestido muy inquieta. -Calla ama-, le susurró. -Viene el centurión.

Repentinamente una voz autoritaria dijo. -¿Por qué os paráis? Avanzad de una vez u os moleré a palos-. Como respuesta a esto un soldado dio un fuerte latigazo a la prisionera en la espalda. Esta mordió la mordaza y cerró los ojos. Como reacción al golpe se inclinó hacia atrás de manera que el peso del madero casi la hizo caerse de espaldas. Sin embargo, el soldado la sostuvo, le dio otro latigazo en los pechos y empujándola hacia delante dijo. -Vamos perra, camina, ya falta muy poc


o-. Silvia se tambaleó y prosiguió su penosa marcha hacia el infierno que le esperaba.

La voz que había dado la orden provenía de un centurión a caballo que estaba dirigiendo la operación. Era Cayo Sila, uno de los oficiales de la guarnición, muy conocido entre las tropas por su dureza y sadismo. Cayo se quedó mirando a Claudia con ferocidad por haber retrasado la ejecución. Sin embargo, pronto su rostro se fue trocando en un gesto de lujuria. Claudia era realmente bella. Rubia, con un cabello dorado y ligeramente ensortijado, era de corta estatura y delgada. Un pequeño vestido ligero dejaba ver su piel blanca y sedosa, los brazos delgados, su cuello y algo del escote y la espalda. Los pechos, tiesos y de mediano tamaño se podían adivinar perfectamente bajo la delgada tela. Cayo calculó que debía tener veinte años y por sus ropas se podía adivinar que era de buena familia, de esas que no estaban al alcance de un simple centurión. Claudia miró al centurión con sus ojos azules, pero no pudo sostener la mirada feroz de éste y bajó sumisamente la cabeza totalmente ruborizada.

El grupo continuó avanzando y Cayo espoleó el caballo para seguirlo, pero siguió con la mirada fija en Claudia hasta que hubo pasado completamente. Claudia no podía creer lo que estaba pasando. Su mejor amiga iba a sufrir una muerte atroz reservada a los peores criminales. -No puede ser-, pensó, - no ha podido hacer nada malo, Silvia es la personificación de la bondad y la inocencia-. Pero un grito le sacó repentinamente de este pensamiento. A la cruz con los cristianos, acabad con todos ellos-, respondió el gentío. Entonces Claudia comprendió. La persecución había comenzado por orden del César y Silvia era la primera víctima de la ciudad. En su inocencia, la joven se había entregado voluntariamente al pretor y había confesado su condición de cristiana y su deseo de sufrir el martirio. El pretor había intentado disuadirla de su alocada pretensión, primero con buenas palabras y después sometiéndola a brutales tormentos. Finalmente, debido a su tozudez, había sido condenada a morir en la cruz. Claudia y Hécuba se miraron horrorizadas. Ellas también eran cristianas.

-Vamos, dijo Claudia, no podemos dejarla sola. -Señora, vámonos a casa-, dijo Hécuba. -Tengo mucho miedo y ya no podemos hacer nada por ella. -Sí podemos-, dijo Claudia. –Ven conmigo.

Mientras seguía al gentío Claudia no dejaba de pensar en ella y en su amiga Silvia. Desde pequeñas habían vivido obsesionadas por la idea del martirio que les habían inculcado sus maestros. Muchas noches dormían solas, entonces las dos muchachas solían acostarse desnudas en la misma cama acariciándose y besándose y tanta excitación les había llevado más de una vez al orgasmo. Las jóvenes confundían entonces sus orgasmos con una especie de rapto divino, de ahí que pensaran que todo aquello era muy santo y que les conduciría directamente al cielo. Solemnemente se juraron una a la otra que si las persecuciones volvían se presentarían voluntarias ante el pretor para ser crucificadas y aceptarían gozosas su tortura y su muerte. Hasta que eso ocurriera Claudia había decidido mantenerse virtuosa a pesar de que muchos hombres ricos le habían propuesto en matrimonio. Ahora su amiga había cumplido su promesa y ya estaba sufriendo su castigo, pero Claudia seguía libre y eso le hacía sentirse culpable.

En los últimos años había sido testigo del cruel suplicio de la cruz más de una vez y se había dado cuenta de lo que verdaderamente significaba, de tal modo que ya no se sentía tan ansiosa de entregarse a sus verdugos. Mientras pensaba en esto, las dos mujeres siguieron al gentío vociferante que se encaminó hacia la puerta norte de la ciudad, el lugar habitual de las ejecuciones. Acompasado por los gritos del pueblo, los relinchos de los caballos y el chasquido del látigo, el grupo formado por los soldados y la prisionera salió lentamente por la puerta de la ciudad hacia el lugar de la ejecución. El populacho les siguió hasta que llegaron al pie de un pequeño montículo. Allí había un poste largo como de cuatro metros, clavado sólidamente en el suelo, se trataba del estipe, el brazo largo de la cruz. Y al pie de él esperaba el verdugo que miraba sonriente a su víctima.

Silvia, totalmente agotada, apenas tenía fuerzas para subir el

montículo, y daba un traspié tras otro. Por fin, al ver el verdugo y el poste, un escalofrío recorrió su cuerpo y cayó de rodillas en el suelo llorando y balbuciendo algo incomprensible. El soldado del látigo le propinó varios golpes, pero la mujer no se levantó, sino que se dejó caer en el suelo. No ascendería ese montículo por su propio pie, ya no podía soportar más. La voz de Cayo volvió a resonar. -Para, imbécil, la vas a matar con el látigo y tiene que llegar viva a la cruz-. Dos soldados cogieron entonces el madero por sus extremos y arrastraron a Silvia hasta lo alto del montículo. Allí la obligaron a tumbarse en el suelo boca arriba.

Entretanto los soldados impedían con sus armas que el pueblo se acercara demasiado. Claudia y Hécuba corrieron todo lo que pudieron hasta llegar a la parte inferior del altozano. Desde allí Claudia podía ver perfectamente a Silvia, de espaldas en el suelo y con los brazos aún atados al leño. Su cuerpo brillaba por el sudor y su pecho lacerado por los latigazos, ascendía agitadamente al ritmo de la respiración.

-Haz tu trabajo, verdugo-, dijo Cayo mirando sádicamente a la prisionera. Cuatro soldados inmovilizaron las piernas de Silvia, mientras el verdugo afilaba los clavos en una piedra. El sonido del metal contra la piedra, atrajo la atención de la joven condenada que miraba todos estos preparativos aterrorizada. Su respiración se hacía cada vez más agitada y convulsa a medida que se acercaba el fatídico momento del suplicio.

El verdugo no se daba ninguna prisa y hacía todos los preparativos lenta y concienzudamente. Le gustaba hacer esperar a sus víctimas, especialmente si eran jóvenes bonitas como aquélla viendo impasible sus muecas de terror y sus súplicas desesperadas ahogadas por la mordaza. Además tenía que hacer su trabajo bien para que la agonía de la mujer fuera lo más larga y dolorosa posible. Al fin y al cabo le pagaban para eso. Por fin, Claudia vio cómo el verdugo se arrodillaba junto al brazo derecho de Silvia, con un clavo largo de unos diez centímetros atravesado a un taco de madera y un gran martillo. Situó la punta del clavo en la muñeca derecha de la joven y levantó el martillo dispuesto a asestar el primer golpe. Silvia cerró los ojos y volvió la cabeza hacia el lado izquierdo llorando y balbuciendo palabras incomprensibles.

El populacho se cayó para poder oír los gritos de la prisionera. Por fin el martillo cayó sobre el taco de madera y el clavo penetró limpiamente en la muñeca de la joven. Silvia lanzó un fuerte alarido que se oyó a pesar de la mordaza. Su cuerpo se arqueó en un movimiento convulso e involuntario y los soldados tuvieron que emplearse a fondo para evitar que pataleara. A Claudia se le rompió el corazón al ver el tremendo gesto de dolor y sufrimiento de su amiga. Silvia apretaba los dientes con todas sus fuerzas, sus ojos se abrieron y se pusieron en blanco durante unos segundos y lanzó espumarajos de baba por la boca. El verdugo continuó dando martillazos de manera que el clavo fue penetrando lentamente en la madera. Silvia movía su cabeza hacia los lados frenéticamente, con una mueca que revelaba el sufrimiento inhumano al que le estaban sometiendo.

Entretanto, el ruido de los martillazos resonaba en la cabeza de Claudia. Su corazón latía fuertemente y un sudor frío perlaba su frente. Cuando terminó con el brazo derecho el verdugo se levantó trabajosamente. Estaba sudando y cansado por el esfuerzo. De todos modos, fue por otro clavo y se arrodilló junto a la muñeca izquierda de la joven. Allí se puso a afilar la punta del clavo con una piedra. Mientras hacía esto sonreía complacido al ver la otra muñeca sólidamente clavada en el madero y el gesto de dolor de Silvia que miraba angustiada al verdugo y suplicaba piedad a través de su mordaza. Cuando terminó de afilar el clavo, el verdugo se lo puso en la muñeca y levantó otra vez el martillo. Demoró un poco el golpe mientras sonreía diabólicamente a la muchacha. Esta negó con la cabeza sollozando, pero en respuesta a esto el verdugo dejó caer el martillo sobre el clavo con toda la fuerza. Esta vez Claudia no quiso verlo y volvió la cabeza enterrándola en el cuello de Hécuba, sin embargo, no pudo evitar oír el desgarrador grito de Silvia. Tras dos o tres martillazos volvió a mirar y vio el cuerpo de su amiga que se retorcía de dolo

r en el suelo.

El verdugo cogió entonces un cuchillo y con tajos certeros cortó las cuerdas con las que habían atado los brazos de Silvia al madero. Una vez hecho esto se levantó y observó complacido su trabajo, mientras la mujer se debatía como una serpiente a la que hubiera ensartado con su bastón. Tenía la cara roja y desencajada por el dolor y sus músculos estaban en tensión cubiertos de sudor. Los soldados fueron por unas cuerdas y las ataron a los extremos del patíbulum, y las tiraron para que pasaran por encima del travesaño de un alto caballete que habían apoyado en el estipe. En cuanto las cuerdas lo superaron, y a una señal del verdugo, varios soldados empezaron a tirar de ellas. Inmediatamente Silvia sintió que alguien tiraba del patíbulum hacia atrás y hacia arriba. Para evitar el dolor en sus muñecas intentó incorporarse con sus piernas. Pero la fuerza la arrastraba hacia atrás. Trabajosamente consiguió ponerse de rodillas y por fin levantarse. Al final se encontró de pie en la base del poste.

Entonces Cayo se acercó a ella y pasándole una cuerda por el cuello le colgó un pequeño cartel de madera en el que había escrito la palabra: Traidora. Tras esto le arrancó el taparrabos de un tirón y a una señal suya los soldados empezaron a izarla con todas sus fuerzas, jurando y resoplando por el esfuerzo. El dolor en las muñecas era terrible, de modo que Silvia se puso a gemir y patalear. Pero todo era inútil, los soldados la subían a tirones. Desesperada, sus pies buscaban un apoyo en el poste para aliviar el dolor en las muñecas. Al fin, cuando su trasero se encontraba a dos metros del suelo se pudo apoyar precariamente en el sedile y eso le permitió aliviar algo su dolor. El verdugo supervisó la operación de una manera experta. Basta, dijo, cuando calculó que la habían izado hasta una altura adecuada a su estatura, éste es el punto exacto. Una vez hecho esto, otro soldado que estaba subido a la escalera se dedicó a atar el patíbulum al estipe con una gruesa soga.

Claudia tenía los ojos arrasados en lágrimas al ver cómo ascendían a tirones a su desgraciada amiga que ahora exponía su cuerpo desnudo a aquel pueblo cruel que disfrutaba del bárbaro espectáculo. Las marcas que exhibía revelaban que había sido salvajemente torturada antes de crucificarla. Y Claudia se preguntó a sí misma el por qué de tanta crueldad. Sin embargo, repentinamente se dio cuenta de algo extraño. Notaba un fuerte calor y humedad en su entrepierna. Parecía increíble, pero el suplicio de Silvia le estaba excitando. Repentinamente recordó sus agradables noches de rapto místico junto a ella. El cuerpo desnudo y herido de su amante, totalmente expuesto y debatiéndose inútilmente por el dolor, le parecía algo bello y excitante. Más aún, se sorprendió recreándose en el pensamiento de estar clavada a una cruz como aquélla junto a su amiga, desnuda delante de toda esa gente y a merced de sus verdugos. Toda su piel se erizó, inmediatamente se sonrojó y un escalofrío recorrió su cuerpo.

Tenía un gran sentimiento de culpabilidad porque el dolor de su amiga le excitara, pero también por no estar sufriendo con ella ese mismo tormento tal y como lo habían jurado. Sin embargo, no se atrevía a dar un paso fatal, simplemente todo aquello era demasiado horrible. –No-, se decía a sí misma una y otra vez, no aguantaré la tortura, no lo soportaré, no tengo madera de mártir, y al tiempo se arrepentía de su cobardía.

La voz del verdugo le sacó de estas reflexiones. No le estiréis tanto la pierna, hay que flexionarla un poco. Esto se lo decía a los guardias que en ese momento estaban fijando el tobillo izquierdo de Silvia al lateral del estipe. Los guardias obedecieron, y cuando subieron algo el tobillo, el verdugo situó la punta de otro clavo contra el calcaño del pie. Silvia miraba hacia abajo con los ojos desorbitados y pidiendo a gritos piedad. Pero cuando de un martillazo el clavo atravesó su calcaño, giró bruscamente la cabeza y con un grito desgarrador se retorció de dolor. El grito concluyó en un sollozo continuo, las lágrimas y la saliva caían abundantemente de su rostro enrojecido, mientras sus dedos crispados se movían como si quisiesen liberarse de los clavos. Tras clavar la pierna izquierda el proceso se repitió en la derecha. Un nuevo clavo fu

e introducido a golpes de martillo y Silvia desesperada, daba cabezazos contra el madero con la esperanza de perder el sentido. Un soldado fue entonces hasta lo alto de la escalera y le quitó la mordaza. Cayo pudo oír complacido los gritos y súplicas de la mujer. Era un verdadero sádico, sabía que la agonía de Silvia duraría horas e incluso días, y disfrutaba sólo de pensarlo.

Una vez crucificada, los soldados retiraron el caballete, las cuerdas y la escalera y miraron satisfechos su obra. El castigado cuerpo de Silvia, mostraba ahora delgados regueros de sangre que caían por los brazos desde sus muñecas y desde los tobillos por los pies, goteando al pie de la cruz. La pobre muchacha se debatía desesperadamente entre posar el cuerpo sobre el sedile, pero como no podía sostenerse por sí misma tenía que hacer fuerza con brazos y piernas, lo cual le provocaba terribles dolores. Al hacer esto gritaba y pedía que la bajaran de allí agitando la cabeza o dirigiéndola hacia el cielo en dolorosa plegaria. La otra posibilidad era dejarse caer y asfixiarse poco a poco, pero cuando ya no podía respirar hacía ímprobos esfuerzos por volver a sentarse sobre el sedile. Silvia alternaba una cosa con otra en una danza cruel e infernal. Realmente el verdugo había hecho un buen trabajo.

Claudia continuaba llorando. Sus lágrimas caían abundantemente, a pesar, o quizá precisamente por su excitación. -Vámonos mi ama, por favor-. Le decía Hécuba muy nerviosa. -Y deja de llorar, alguien puede verte y descubrirnos-. Efectivamente, en pocos instantes Claudia notó la mirada fija de alguien. Era Cayo que la había estado observando desde hacía un rato muy intrigado pues consideraba que su comportamiento era muy sospechoso. Claudia se sonrojó otra vez al verse sorprendida por aquel individuo tan rudo, le pareció que la desnudaba con la mirada, pero curiosamente, eso no la desagradó del todo. En el fondo de su ser deseaba que se dirigiera a ella y la detuviese, así no tendría escapatoria y ya no necesitaría reunir su valor para entregarse a sus verdugos y cumplir su destino. Entonces fue cuando oyó algo que le puso los pelos de punta. -Claudia, Claudia, ¿dónde estás? No puedo soportar más, quiero morir. No puedo más, por favor, Claudia-. Era Silvia que con un hilo de voz se dirigía a ella. Claudia levantó la vista, y a través de las lágrimas pudo ver a su amiga Silvia que la miraba angustiada desde lo alto de la cruz.

Claudia no sabía qué hacer, lloraba abiertamente conmovida por las palabras de su amiga agonizante, pero tenía miedo, los sufrimientos de la crucifixión eran terribles y sabía que no podría soportarlo. -Claudia, por favor, ayúdame-, repitió Silvia con dificultad. Entonces, y sin hacer caso de Hécuba que la apremiaba tirándole del vestido, Claudia hizo algo inesperado. Una fuerza superior a ella la empujó hacia adelante pasando entre los guardias que distraídos miraban hacia Silvia, y se acercó hasta el pie de la cruz. Allí acarició el pie de Silvia manchándose la mano de sangre, mientras la miraba compadecida. Entonces, temblando de miedo puso sus brazos en cruz, se arrodilló en tierra y cerrando sus ojos comenzó a recitar una plegaria.

La gente enmudeció y por un momento nadie supo reaccionar excepto Cayo que comprendió en ese instante algo que ya venía sospechando desde hacía un rato. Sonrió diabólicamente y se acercó a Claudia seguro de que la bella joven era ya una presa segura. Pensando esto se acercó y le preguntó, ¿qué demonios estás haciendo?, ¿acaso eres cristiana? Ella no le respondió, alzó su vista, respiró profundamente y tras cerrar los ojos continuó con su oración. -¿No me has oído?- repitió Cayo- ¿es que no sabes las cosas horribles que les hacemos a los cristianos?-. Claudia no respondió, había visto aterrorizada el suplicio de Silvia y estaba muerta de miedo, sin embargo, esperaba arrodillada a que la capturaran. Levantó los ojos y dijo a Cayo. –Bájala de ahí, te lo ruego, yo ocuparé su lugar si ese es tu deseo.

Ante las palabras de Claudia Cayo sonrió y dijo. – Lo es preciosa, tendrás la cruz que tanto quieres, pero todavía no, y dicho esto gritó. -Guardias apresad a esta cristiana, y también a su esclava. Las llevaremos ante el pretor, él sabrá qué hacer con ellas-. Los guardias se apresuraron a atrapar

las, obligaron a Claudia a levantarse y cruzando los brazos por detrás se los ataron fuertemente con una cuerda. La joven notó las muñecas heridas por la áspera soga y cerrando los ojos se resignó interiormente a sufrir el martirio. Hécuba gritaba intentando librarse en vano de los guardias. Claudia no dejaba de rezar aunque ya no reparaba en las palabras.

-Haced que se callen, ordenó Cayo-. Los guardias cogieron entonces unas mordazas y se las pusieron a las prisioneras brutalmente. Por último, les ataron una correa al cuello para poder arrastrarlas hasta el pretorio. El centurión montó a caballo y se dispuso a dar la orden de marcha. Mientras ataban y amordazaban a Claudia no podía dejar de mirarla. La joven notó sobre su cuerpo esa mirada cruel y lasciva. No sabía que en su cabeza Cayo ya estaba planeando lo que haría con ella en el Pretorio esa misma noche. Desde luego la violaría de todas las maneras posibles, pero la noche era larga y no se conformaría con eso. Así Cayo se empalmó al imaginarse a su bella prisionera en manos de los verdugos del Pretorio.

A una señal de Cayo la comitiva se dispuso a hacer el camino contrario, desde la puerta norte al Pretorio. Los insultos de la gente y el griterío contra las dos cristianas eran apabullantes. Sin embargo, cuando ya se marchaban entre los gritos se oyó la voz del verdugo que llamaba al centurión. Este se volvió y vio que el verdugo le hacía indicaciones de que Silvia había muerto. -No puede ser, tan pronto- dijo Cayo. Claudia miró el cuerpo inerme de su amiga colgado de la cruz e internamente dio gracias a su Dios. Ahora le tocaba a ella cumplir su juramento”.

Mientras leían aquel relato, Juan y Esteban no podían dejar de masturbarse. Era increíble que Irene hubiera escrito una historia de sadomasoquismo tan brutal y cruel, y al mismo tiempo plena de morbo y lujuria. Repentinamente se oyó la voz de Irene. -¿quién os ha autorizado a leer mis cosas?

Autor: Wittman

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