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HAY QUE ANIMARSE - Me puse roja de verguenza, note que me excitaba enormemente andar desnuda por la playa ante la mirada de muchos chicos y desee que hubiera mas chicos en la playa y me mirasen con detenimiento

HAY QUE ANIMARSE Me puse roja de vergüenza, noté que me excitaba enormemente andar desnuda por la playa ante la mirada de muchos chicos y deseé que hubiera más chicos en la playa y me mirasen con detenimiento

Mi marido tenía obsesión por el sexo y ¡qué suerte!, me he contagiado. Durante nuestro noviazgo, que duró apenas un año, me pareció normal que provocara situaciones divertidas y excitantes, que la verdad, a mí también me agradaban.

Una de ellas sucedió en una playa nudista. Fuimos por curiosidad y deseos de aventura. Me dio corte al principio, pero al ver a varias familias y gente normal que disfrutaban del sol y el mar me animé y me quité la ropa. Fernando también, pero se puso boca abajo para disimular su erección. Según me dijo, no le excitaba ver a otras personas desnudas, sino el morbo de estar nosotros desnudos y que nos viesen los demás.

Peor fue luego, cuando salimos del agua y comenzamos a dar un paseo por la orilla. Fernando dijo que no era capaz y se metió de nuevo en el agua para disimular. Yo no tuve ningún problema. Al principio la sensación de que eres el centro del mundo te acobarda. Luego piensas que la gente está tranquilamente leyendo sus revistas, o charlando con sus parejas.

De todas maneras con mis 20 años, siempre me he sentido a gusto con mi cuerpo, caderas más bien anchas, morena y con una cara bonita. Así que echándole valor, di el paseo yo sola. Un paso con la derecha, otro con la izquierda, pasos grandes que me hacían mover bien el culo. Creo que me puse roja de vergüenza al principio, pero a los pocos pasos noté que me excitaba enormemente andar desnuda por la playa ante la mirada de muchos chicos.

Me puse a cien, hasta el punto que me olvidé de Fernando y empecé a desear que hubiera más chicos en la playa y me mirasen con detenimiento. La excitación me llevaba incluso hacer movimientos sensuales como recoger piedrecitas sin flexionar las rodillas, sabiendo que los mirones aprovechaban para verme bien el culo.

Fernando me dijo después que el verme andar desnuda por la orilla, le había puesto tan caliente que tuvo que nadar hacia adentro, ponerse el traje de baño en el cuello, y hacerse una paja en el mar, que además le supo a gloria. Por supuesto en el camping hicimos el amor varias veces para bajar el calentón.

En nuestra boda fue otra ocasión en la que lo pasamos divinamente. Era junio y todos teníamos mucha marcha en el cuerpo. El ambiente enseguida se animó. Después de la ceremonia y la cena en el restaurante-disco, nos fuimos quedando los amigos íntimos y los que tenían ganas de marcha. Para poder bailar mejor me quité parte del vestido de novia, la cola, una especia de camisola, y el velo. También me quité las bragas y el sostén, solo por picardía. Al final se quedó reducido a una especie de camisón.

Después de unos bailes con Fernando, que estaba muy cariñoso, empezó un desfile de amigos que querían bailar con la novia. Con la excusa del alcohol comenzaban a bailar pegados, y al notar que no llevaba ropa interior aprovechaban la ocasión para deslizar la mano por el muslo, subir el vestido y tocarme el culo. Me gustaba. También me gustaba ver que algunos miraban, entre ellos Antonio, que no paraba de reír y de beber.

Carlos, un amigo de siempre, tuvo la habilidad de meter el brazo por la parte de arriba del vestido y bajar la mano hasta acariciarme el culo y el pubis, deslizando sus dedos varias veces por toda mi intimidad. Eso casi me provoca un orgasmo, pero soy un poco lenta, y necesito algo más continuado.

Luego los graciosos de turno empezaron a decir que por tradición, había que hacer la lechuga a la novia. Esto se hacía años atrás, ahora ya no se estila y menos a las novias. La lechuga era la broma de subir las faldas largas a las niñas en su primer baile y atarlas con una cuerda arriba de la cabeza. Fernando, que ya estaba un poco bebido, no se hizo de rogar demasiado. Me pidió que subiera los brazos, y alguien por detrás me levantó el vestido y me lo ató por encima de la cabeza. Así me quedé totalmente desnuda excepto de cuello para arriba, con la cabeza tapada por el vestido, sin ver nada, y sin poder bajar los brazos.

La broma hizo mucha gracia, haciéndose un corro al de


rredor. Después me enteré de que aparte de los amigos y conocidos, habían venido a nuestra zona otros clientes del local.

Fernando fue otra vez el primero que bailó conmigo en estas extrañas circunstancias. Me tranquilizó, me dijo que era muy bonita y que dentro de un rato nos iríamos al hotel. Sus caricias en mis caderas y en mis pechos no me podían hacer olvidar que docenas de ojos estaban disfrutando de mi desnudez lo cual me excitaba aún más.. La rueda de baile empezó otra vez y a Fernando no pareció importarle dejar su turno a otros que tenían la intención de manosear a su mujer.

Esta vez las caricias fueron descaradas, pues todas las partes de mi cuerpo, excepto mi cara estaban al alcance de todos, y no disponía de mis brazos y manos para defenderme. Además no podía saber quienes eran los que bailaban conmigo, aunque por la altura o la forma de bailar creía adivinar algunos de mis amigos. Las caricias me hacían disfrutar muchísimo, pues eran manos ávidas de sexo, y que buscaban la máxima información en el mínimo tiempo. Pero tanto o más disfrutaba al saber que toda aquella gente me estaba mirando mis caderas, mi culo, mis piernas, mi espalda, en aquella situación en que yo estaba vendada y atada con los brazos en alto con mi propio vestido.
Ahora los que tenían más ventajas eran los más bajos. No les costaba nada chuparme los pechos, o meterme el pulgar o incluso varios dedos en la vagina, lo cual me estremecía. Después sentí que varias manos me tocaban simultáneamente. Fue en una de estas cuando me quedé quieta un rato pues me vino un orgasmo delicioso que fue vitoreado con risas y aplausos de Fernando y de sus amigos que se lo estaban pasando en grande.

Estuvimos bailando de esa manera casi una hora, y como se me cansaban los brazos le pedí a una de mis parejas que me quitara el vestido. Con un simple tirón hacia arriba salió el vestido y me quedé totalmente desnuda a excepción de los zapatos blancos de tacón. La oscuridad y las luces intermitentes me devolvieron a la realidad. Había varios chicos que estaban bailando en calzoncillos y algunas de mis amigas más atrevidas se habían quedado solo con un tanga.
Yo seguí bailando desnuda todo lo que tocaban, ahora a lo suelto. La despedida fue bailar la conga, en la que yo iba la primera y todos los demás hicieron una cadena agarrándose por las caderas o los hombros. El que estaba detrás de mí me cogía por los pechos para hacer broma. Todos disfrutamos sin malos rollos.

Ahora, sin falsos pudores, disfruto mucho más de mi vida. Fernando y yo cada vez hacemos más y mejor el amor. Un consejo, no perdáis oportunidades de divertiros, ir ligeritas de ropa, y dispuestas a perderla rápidamente. ¡Que lo que se van a comer los gusanos, lo disfruten antes los cristianos!

Autor: Marisa

Un producto Marqueze Telecom S. A.