JUAN SE COGIO A SU MAMA - Serena temblaba entre mis brazos y ardia, era muy estrecha y le dolio, pero lo soporto y luego gozo de un maravilloso orgasmo, temblabamos y jadeabamos intentando recuperar el alientoJUAN SE COGIO A SU MAMA Serena temblaba entre mis brazos y ardía, era muy estrecha y le dolió, pero lo soportó y luego gozó de un maravilloso orgasmo, temblábamos y jadeábamos intentando recuperar el aliento El siguiente relato es la consecuencia de la historia que mi amigo Juan me contara y que diera pie a una serie de dudas y conflictos personales que me surgieran al enterarme que mi mejor amigo se había cogido a su madre, de lo que provocó en mí y del replanteo que tal suceso tuvo sobre mi concepto del incesto. Les confieso que soy asiduo lector de los relatos de vuestra señera página en los que se narran relaciones filiales, pero nunca había tenido antes una experiencia que me involucrase, he aquí la consecuencia de ello:
Todo comenzó aquella noche en que Juan me confesó haberse cogido a su mamá, esa noche al volver a mi casa miré a mi madre como a una mujer por primera vez en mi vida y ella lo notó, recuerdo que resolví la situación con una respuesta ingeniosa cuando me preguntó que me pasaba, pero en los días siguientes no pude evitar continuar mirándola y ella percibiéndolo. Era más que mirarla, la evaluaba sexualmente, me preguntaba como sería en la cama, si se la chupaba a mí papá y si bebía su semen, si le entregaba el culo y si lo disfrutaba, no podía dejar de mirarle las tetas e intentar percibir sus pezones. Me imaginaba sus tetas algo blandas y tibias y sus pezones oscuros y hasta imaginé su sabor, me pregunté también como sería gozando, si gemiría, si jadearía o se contendría para que mi hermana y yo no la escuchásemos llegar a tremendos orgasmos.
Envidiaba a Juan, en los días siguientes a la primera vez su madre y él habían consolidado su relación y vivían una auténtica luna de miel, Juan no me ahorraba detalles de cada noche de sexo desenfrenado, su mamá resultó una mujer terriblemente ardiente y multiorgásmica y no se privaba de ningún placer ni le negaba a Juan nada por más insólito que pareciese, cuando me contaba sus tenidas sexuales no podía dejar de pensar en mi mismo realizándolas con mi mamá.
Recurrí a una amiga con la que de vez en cuando me acostaba, teníamos una relación totalmente informal y sin ningún tipo de compromiso, yo la llamaba o ella me llamaba a mí, nos acostábamos, la pasábamos muy bien, pero todo quedaba en un mutuo afecto en el que no había amor, fue un fracaso y se dio cuenta que había buscado en ella reemplazar a la mujer que verdaderamente me obsesionaba. Lo tomó con calma y solo dijo que quizás en otra oportunidad las cosas serían mejores, se despidió con un beso y me ofreció escucharme si lo necesitaba, me quedé con un sabor muy amargo.
Finalmente la situación tuvo una inesperada vuelta de tuerca, descubrí algo tan inquietante como mi atracción hacia mi madre, mi hermana también era mujer y además de hermosa era idéntica a mamá, era ella misma pero con dieciocho años, desplazar mi interés de mamá hacia ella fue inmediato. La observé detenidamente durante varios días, pero con muchísima discreción esta vez. Serena hace honor a su nombre, es una chica tranquila, de una belleza calma, de espíritu amable y gran simpatía aunque suele ser muy reservada y no le hemos conocido novios hasta ahora, conmigo tiene una relación entrañable, pero limitada por su natural seriedad, nunca habló conmigo de temas personales, inevitablemente trasladé mi obsesión por mi madre a ella.
Sin embargo, quizás porque la relación fraternal no reviste la solemnidad reverencial que tiene la de madre e hijo, comencé a desearla sexualmente y empecé muy discretamente un sutil proceso de seducción, pronto me di cuenta que Serena devolvía mis miradas y mis sonrisas alentando mis siguientes pasos. Así fue que un día que rocé sus labios en un fugaz beso de saludo me sonrió y otro día fui yo el que la sorprendió mirando mi entrepierna con curiosidad, señales que me decidieron a avanzar con más decisión. Una tarde la vi estirarse para tomar un libro de un estante alto de su biblioteca y me acerqué diciendo: Dejá,
yo lo bajo. Y aproveché para apoyarle mi erección en el culito. Quedó paralizada, pero me retiré rápidamente como si hubiese sido un accidente y ella se dio vuelta sonriendo lo que tomé como una señal positiva y me decidí: Esa noche iría a su habitación.
Cuando entré me esperaba, estaba en la cama apoyada sobre el respaldo con un libro en la mano que dejó caer al piso cuando me vio entrar, sus ojos se clavaron en mi abultado pantalón, Cerrá con llave. Dijo mirando la puerta. Le eché llave y me dirigí a su cama, Serena se hizo a un lado y levantó las cobijas para hacerme sitio, pero antes me desnudé ante su atenta mirada y luego ella se quitó el camisón y estiró los brazos hacia mí y me metí en la cama y la abracé. Sus tetitas eran muy duras y su cuerpo estaba muy tibio, mi verga se acomodó entres sus suaves muslos y le acaricié la conchita. Marcelo, soy virgen. Dijo sorprendiéndome. ¿A tu edad sos virgen? Pregunté. Si. Por favor no me hagas doler. Pidió y le prometí que no le dolería, repitiendo la más azarosa promesa que un hombre puede realizar.
Serena temblaba entre mis brazos y ardía, pero eso no era nada comparado con la calentura que me arrasaba a mí, me faltaba el aire y yo también temblaba y me comportaba con la misma torpeza con la que muchos años antes nos desvirgamos con una compañerita de colegio en medio de gemidos, jadeos y eyaculaciones precoces. Serena era muy estrechita y le dolió, pero lo soportó con mucho valor y luego gozó de un maravilloso orgasmo y ni se dio cuenta de mi involuntaria eyaculación en los primeros segundos de la penetración, luego, cuando aún temblábamos y jadeábamos intentando recuperar el aliento, comencé a calmarme y a disfrutar de su delicioso cuerpo.
Saboreé sus pequeños pezones y mi lengua jugó con sus areolas mientras acariciaba las duras tetitas, luego fui descendiendo mientras ella suspiraba cuando mi lengua tocaba algún punto que despertaba desconocidas sensaciones. Su clítoris era pequeño ya estaba erecto cuando llegué a él y me sorprendió su dureza, lo lamí largamente, lo mordisqueé con suavidad arrancando gemidos y provocando orgasmos, lo chupé tomándolo entre mis labios y mis dedos se hundieron en la tibia vagina recién desflorada para masturbarla repetidamente, Serena deliraba de placer y me tiraba del pelo cada vez que llegaba a un orgasmo, pensé que me iba a dejar pelado. Serena sollozaba de felicidad por tanto goce cuando la di vuelta poniéndola boca abajo, era el turno de su culito.
Repetí en el todo lo que había hecho con su conchita, mi lengua me brindó descubrimientos insospechados, jamás había saboreado algo tan exquisito y delicado como ese culito de mi hermana. La lubriqué con mucha saliva antes de meterle suavemente un dedo, gimió en señal de placer y la masturbé largamente para acostumbrarla a la penetración anal. Cuando le introduje otro dedo más se quejó levemente, pero no se resistió, en tanto con mi mano libre me había comenzado a masturbar para preparar mi verga hasta que la puse muy dura, había llegado el momento de desflorarla analmente.
Serena sabía que iba a suceder y lo aceptaba sin quejarse, solo dijo: Sé muy dulce, por favor. Nuevamente volví a prometer lo imposible, pero le sugerí que hundiese la boca en la almohada y ella entendió el mensaje. El esfínter resistió más de lo que esperaba y estuve a punto de desistir ante los lastimeros quejidos de Serena, tuve miedo de desgarrararla, sentía lo mismo que cuando se intenta volver a tapar una botella de champagne con el mismo corcho que tenía, pero no me iba a dar por vencido tan fácilmente e insistí dándome una última oportunidad, respiré hondo y empujé el glande contra el pequeño orificio con todas mis fuerzas. Cuando el glande atravesó el estrecho anillo Serena levantó la cabeza de la almohada y exhaló un largo quejido, tuve miedo de que gritase, pero se desplomó nuevamente sobre la almohada y continué penetrándola.
Hundió la cara en la almohada y ahogó sus rugidos mordiéndola mientras el trépano se abría camino en las profundidades de su recto, era maravilloso. Su culito era el más estrecho que jamás había penetrado, y no solo porque era virgen, era pequeño y me hacía gozar terriblement
e hundir mi grueso miembro en sus tiernas entrañas. Meterlo y sacarlo me producía un placer maravilloso, lo hundía hasta las pelotas y luego lo retiraba lentamente hasta que solo quedaba dentro el glande y entonces volvía a empujar, y así una y otra vez hasta que comencé a sentirme mareado.
Basta… ¡Por favor! Suplicó Serena. Aguantá un poquito que ya acabo. Contesté jadeando con la boca muy abierta sin dejar de bombear el pequeño culito. Había comenzado arrodillada, pero mis embates la habían terminado por aplastar boca abajo contra la cama mientras procuraba llegar a mi orgasmo, estaba enardecido y me desbordaba el deseo. ¡Me duele! ¡Apúrate! Se quejó comenzando a sollozar mientras aferraba con su mano la almohada en la que apoyaba el rostro y yo intensificaba la velocidad del bombeo acercándome al clímax ¡Aguantá! ¡Aguantá! Repetí.
Me aferré a su pequeña cintura y sentí un intenso calor en el rostro y luego como una explosión en el momento de eyacular, exhalé el aire de mis pulmones y caí sobre Serena que ahogó a duras penas el grito de dolor cuando sintió las fuertes pulsaciones de mi verga eyaculando, mi cuerpo temblaba y sentía que me faltaba el aire mientras chorros y chorros de caliente semen brotaban de mi verga con la misma fuerza que surgiría de un surtidor. Serena yacía bajo mi peso como desmayada, ni siquiera percibía su respiración y temí que hubiese perdido el conocimiento, pero atinó a susurrar con voz agónica: ¡Qué divino! Me sentí muy feliz al comprobar que hermanita había disfrutado su desfloramiento anal.
Luego, cuando me retiré de ella cuidadosamente y la abracé se refugió entre mis brazos y nos comimos a besos, Serena era feliz, tanto como yo mismo, entonces me dijo: Marce, no le cuentes a Juan. Fue como recibir una puñalada, ¿Juan? Pregunté sorprendido. Si, él me gusta, es lindo. Dijo con vocecita tímida. ¿Sería posible? ¿Juan estaría siempre presente en mi vida? Por él me obsesioné con mi madre y por él terminé desvirgando a mi hermanita y ahora me enteraba que a ella le gustaba Juan, me quedé un momento en silencio comprendiendo que el pedido de Serena me privaba del placer de contarle a Juan que yo también podía cometer incesto y luego pregunté: ¿Hay algo entre ustedes? No, me parecía que estaba por decidirse a hablarme, pero de pronto se alejó repentinamente de mí ¿Hay otra chica Marce? Preguntó.
¿Qué contestarle? ¿Que Juan estaba viviendo una tórrida luna de miel con su madre? Claro que no, pero algo tenía que decirle. Sus padres se separaron hace poco tiempo y Juan está preocupado por su madre y le dedica mucho tiempo, debe ser por eso… ¡Es maravilloso! ¡Es tan buen hijo! Estoy segura que va a ser un excelente padre. Exclamó Serena conmovida. Si, es muy buen hijo y seguramente será un buen padre. Dije conformándola y agregué: Quedate tranquila, no le voy a contar nada a Juan ni a nadie… Me dio un apasionado beso en la boca y el fuego se encendió nuevamente. Cuando volví a mi habitación Serena dormía con cara de felicidad, estaba sonrosada y se veía conmovedoramente bella, le aparté el pelo que caía sobre sus ojos y con la yema del dedo índice le quité una pequeña gota de semen de la comisura de sus labios, luego la besé en la frente y la arropé antes de irme.
Quiero agradecer a todos los lectores que me escribieron para contarme sus experiencias personales con sus madres, hermanas o hijas y darme su valorada opinión que tanto influyó en mi decisión de tener sexo con mi hermanita, a todos ellos mi eterno agradecimiento y mis mejores deseos de felicidad.
Autor: Marcelo marcenieto81 (arroba) yahoo.com.ar |