EL PRIMO DE JULIAN - Todo mi cuerpo se libera embriagado de sensibilidad, toda mi joven carne se muestra dispuesta al roce, a la caricia, al contacto definitivo y placenteroEL PRIMO DE JULIAN Todo mi cuerpo se libera embriagado de sensibilidad, toda mi joven carne se muestra dispuesta al roce, a la caricia, al contacto definitivo y placentero Sus manos, temblorosas e indecisas, me tomaron de la cintura sobre la sutil gasa de color amarillo pálido de mi vestidito, descansadas tímidamente sobre mis caderas. Sus ojos, huidizos y esquivos, no se atrevían a cruzar la mirada con los míos. Su respiración pesada y fatigosa, y su pulso acelerado, delataban su disimulada excitación.
Subí mis brazos lentamente hasta enlazar una mano con la otra tras su nuca. Anudando mis dedos entre sí y recogiendo con ellos el sudoroso cuello. Las yemas de mis dedos pulgares le otorgaron las primeras caricias, livianas y juguetonas tras sus orejas.
Hacía calor, mucho calor. El cabello rizado y abundante de su nuca aparecía invadido por minúsculas gotitas frescas y recientes.
El bochorno ejerce sobre mí un efecto transformador. Todo mi cuerpo se libera embriagado de sensibilidad, todo mi yo, se rinde sin presentar batalla ante cualquier acometida sensual, toda mi joven carne se muestra dispuesta al roce, a la caricia, al contacto definitivo y placentero.
Me inundó la sensación de que mis pechos crecían ante su mirada. Los acerqué elevándolos hacia él. Mis pezones se dibujaban con total nitidez bajo la gasa húmeda y ajustada, adherida a mi piel por el calor. Éramos casi de la misma altura, él un poco más alto.
Luis es primo hermano de Julián, mi novio. Con sus diecinueve primaveras es un chico muy atractivo. Pelo abundante, negro azabache y muy rizado, cejas pobladas y exquisitamente dibujadas, ojos rajados, profundos y oscuros, mentón poderoso, nariz romana, boca sensual, panal de miel, invitación permanente a la dulce degustación de sus carnosos labios.
Luis es fuerte, fibroso, musculado, brazos anchos, torso esbelto y duro, cintura estrecha, culo hermoso y prieto, piernas atléticas y proporcionadas. Bajo el cinturón de sus pantalones los volúmenes y los pliegues de la tela prometen siempre hermosos y abundantes descubrimientos. Es encantadoramente tímido, silenciosamente discreto, de sonrisa fácil, voz profunda y acogedora, mirada esquiva, pero dulce.
Me acerqué un poco más, mis senos rozaron veladamente tras mi vestido su torso desnudo primero, para hundirse a continuación contra sus pectorales definidos y poderosos.Tomé la iniciativa. Elevé mis ojos para cruzar nuestras miradas y le sonreí ofreciéndole mi boca entreabierta. Me miró. Su bello rostro me devolvió una sonrisa incrédula y nerviosa.
Presioné ligeramente sobre su nuca forzando el primer beso. Nuestros labios se fundieron delicadamente. Mi lengua viajó fugaz hasta la suya y la acarició efímeramente retirándose después, a la espera de respuesta. Unos segundos más tarde fue la suya la que irrumpió en mi húmeda guarida buscando refugio y acogida. Reconoció cada rincón y cada curva hasta volver a unirse a la mía. La mordí con ternura dos o tres veces mientras jugueteábamos con ellas.
La timidez abandonó sus manos que tomaron posesión de mi trasero amasando sobre la gasa mis redondas contundencias. Había llegado a Madrid la noche anterior con el único pretexto de visitar a Julián. Se adoran. Durante varios años en su infancia habían compartido juntos los veranos en una casa familiar que los abuelos comunes poseían en Ibiza.
Por increíble que parezca Luis era virgen aún a sus diecinueve años. Nos lo había confesado remisamente la noche anterior, y creo que no lo hubiese hecho, a no ser por el aporte de valentía que obtuvo de unas cuantas copas que tomamos tras la cena. Me estuvo observando y mirando de reojo toda la comida y durante el par de horas que duró nuestra charla en el salón. Le notaba totalmente cautivado por mis piernas largas y delgadas, por mi pelo liso y rubio, por mis sonrisas y descarados comentarios sobre su atractivo.
En cierto momento Julián le preguntó si yo le gustaba. Y él, algo borracho ya, con la sinceridad que sólo tienen los niños y los etílicamente poseídos, había contestado que muchísimo. Y después, durante el resto de la velada, me había dedicado, con desorden y locuacidad provocada, una suces
ión de piropos hermosamente cariñosos.
Con aquel beso largo y profundo de nuestras lenguas entrelazadas noté crecer aceleradamente los volúmenes en su entrepierna. La noté medrar contra mi vientre mientras sus manos recogían el vestidito sobre mi cintura y pasaban a saborear, acariciando con primor, las desnudeces de mi culo prieto y moreno por el sol.
Metí una de mis manos por su espalda bajo su pantalón del pijama y empecé a disfrutar de aquel culo duro y velloso. No llevaba calzoncillos y eso me provocó un acceso de fiebre uterina y mental. Colé un dedo entre sus glúteos, en el sudoroso abismo de sus nalgas y apreté contra mí suavemente para provocar la acometida de su pelvis y de su falo. Mi otra mano estaba sobre su cuello y atraje su oreja hasta mis labios. La besé y jadeé como una zorrita en su oído. Sé que eso tiene un resultado inmediato. Con la boca abierta suelto y tomo el aire de forma sonora y dejo escarpar algún ligero quejidito de placer. Julián había jugado su papel de Celestina a la perfección.
Cuando me retiré a dormir la noche anterior, vencida por el sueño, se quedaron solos. Con la confianza que hubiese tenido con un hermano, explicó a Luis que le gustaría que su estreno fuese conmigo. Que no era la primera vez que me compartía con otro chico. Y que para él era motivo de excitación y de goce el que me cogiera a mí en su primera vez. Después me convenció a mí. La verdad es que no le costó mucho.
Me desperté con el pene de mi novio, duro como una piedra, entre mis muslos, rozando mi sexo, abrazado a mi espalda, con su mano sobre mis pechos pellizcando suavemente mis erectos pezoncitos. Y cuando mi excitación sembró su estaca de húmedas invitaciones, aprovechó para pedirme por favor que hiciese de Luis el hombre más dichoso y satisfecho del mundo y que durante aquella misma mañana, desvirgara a su primo con todo mi amor y mi sabiduría. Luego, una vez obtenido mi compromiso, el cabrito retiró su pene y sin satisfacer mis ganas, se levantó y se metió en la ducha.
Mi jadeo en el oído de Luis y mi mano entre los mofletes de su culo fueron efectivos, muy efectivos, y completaron de forma inmediata el proceso de erección de su miembro. Me volvió a besar. Esta vez con ardor y lujuria. Ahogada y muerta su timidez en el voluptuoso océano de la pasión. Tomando mi cabeza con su mano, sujetándola con firmeza y penetrando en mi boca con mayor ímpetu y decisión su lengua ávida y hambrienta.
Aún así conservaba la exquisitez de sus formas y la dulzura en sus movimientos. Se separó de mí sin estridencias, y tras dedicarme la más hermosa de sus sonrisas, tomó el vestido arrugado en mi cintura y lo sacó por arriba dejándome tan solo cubierta por mi braguita brasileña de colores pastel. Yo no estaba dispuesta a ceder la iniciativa. Así que fui yo misma la que terminó de quitarse el vestido, relentizando mis movimientos y mostrando parsimoniosamente ante sus ojos mi cuerpo espectacularmente desnudo.
Después, tomándolo de la mano, lo llevé decididamente a la cama y lo tumbé boca abajo. Me había resuelto a terminar pronto el encargo de Julián. Estaba aún excitada por la forma en que mi chico me había despertado, así que me puse el vestidito más liviano y sensual de mi guardarropa, tapé mi coñito con unas braguitas brasileñas pequeñitas y preciosas, y me dirigí al dormitorio de nuestro inquilino.
Tras la puerta oí trastear a Luis, ya se había levantado. Giré el pomo y entreabriendo silenciosamente, le observé distraído, de espaldas frente al espejo del baño. Sólo llevaba puesto el pantalón del pijama y lucía hermoso como un efebo griego. Julián se había ido, nos había dejado la casa y la intimidad en exclusiva, el escenario perfecto para dar cumplimento a nuestro primer acto. Se giró sorprendido por mi presencia.
Creo que sabes a que vengo. Le dije acercándome a él. Acercándome mucho, muy cerquita de él. Fue entonces cuando sus manos, temblorosas e indecisas, me tomaron de la cintura sobre la sutil gasa de color amarillo pálido de mi vestidito. Lo tenía tumbado boca abajo sobre las sábanas arrugadas del desmantelado lecho. Tiré del pantalón de su pijama y el elevó su maravilloso culito para facilitarme la labor. Fui tirando del pantaló
n parsimoniosamente descubriendo sus íntimos paisajes sin prisa. Finalmente, quedó maravillosamente desnudo e indefenso, con su falo duro oculto bajo su cuerpo.
Me quité mis bragas y sentándome sobre su culo duro y peludo se las puse en la nariz para que oliera mi olor, el olor de mi coño. Le oí aspirar con todas sus fuerzas varias veces mientras restregaba con mi mano las braguitas contra su cara y metía la otra mano bajo sus testículos para extraer su polla hacia afuera. Me costó doblar su dureza y dejarla asomando entres sus piernas. Era una polla de tamaño medio, 16 ó 17 centímetros de hermosura y belleza concentradas. La tenía perfectamente recta y su capullo rojo y brillante coronaba de forma magistral aquella obra de arte.
La cama era grande, dos por dos. Pero sus piernas abiertas la ocupaban casi por completo. Sentada sobre mi víctima incliné mi cuerpo y comencé a besar y a lamer su espalda musculosa y fuerte. Besos y saliva, saliva y besos. Besos y saliva, saliva y besos. Acerqué mis pechos hasta rozar mis pezones con la piel mojada y me dediqué a frotar arriba y abajo, a un lado y al otro.
Notaba el culo de Luis duro contra mi coño mojado y abierto, y comencé a frotarme contra él aprovechando los aceitosos flujos que destilaba mi entrepierna. Él movía el culito al sentir mi coño mojado restregarse contra sus esferas. De vez en cuando me detenía en mi actividad. Acercaba mi boca a su oído y jadeaba como antes te describí. Como lo haría la más fina de las putas. Mordiendo después, o besando su oreja. Me sentía como una putita y jadeaba como una ramera en celo en su oído. Le pedí que no se moviera. Me levanté y me fui por el bote de crema hidratante.
Unté mis pechos y mi ombligo con la crema y la extendí con mis manos. Me tumbé sobre su cuerpo, pero mirando hacia abajo, derramando con mis pechos la crema sobre sus muslos y amasando con mis manos sus pies. Colé uno de los míos bajo su sobaco e inmediatamente el comenzó a lamerlo y besarlo como si del de Cenicienta se tratara. ¡Me encantaba la forma en que lo hacía! Sobre todo cuando metía mis dedos en su boca y jugaba con su lengua entre ellos.
Había llegado la hora de dedicar mis atenciones a aquel maravilloso instrumento. Me coloqué de rodillas entre sus piernas. Las abrí al máximo. Un par de veces quiso tomar la iniciativa, moverse, pero se lo impedí taxativamente apretando con mis manos su espalda contra la cama. Tiré un buen chorreón de crema sobre la raja de su culo y comencé el masaje de aquel varón atractivo y excitante. Mis manos ordeñaron su pene y masajearon su culo. Mis dedos fueron anulando sabiamente la resistencia de aquel arete redondo y oscuro hasta que consiguieron penetrar en él.
Sentía palpitar mi chochito, sentía el calor de mi dedo sodomizando aquel culo varonil, palpitaba por el deseo y la impaciencia de ser penetrada por aquella polla inmensamente bella. Metí todos y cada unos de mis dedos en su culo y amasé su pene hasta ponerlo a punto de reventar.
Varias veces puse mi boca a trabajar. Mi lengua lamió abundantemente sus testículos y su prepucio. Repetí una y otra vez el beso negro más profundo que mi lengua alcanzaba a realizar, mi nariz entre sus glúteos prietos y mi lengua entrando y saliendo por el pequeño y angosto agujerito. Engullí aquella tranca del revés frotando con ella el interior de mi boca y mi garganta, masticándola sin dolor, succionando y degustando las gotas pre seminales que de ella escapaban.
Cuando le di la vuelta y me senté, colocando los labios de mi belfo inferior abiertos sobre el dorso de aquel bendito cilindro, paré de nuevo, tomé sus manos y las llevé hasta mis pequeños pechos apretándolas contra mí. Nos quedamos unos maravillosos momentos mirándonos a los ojos. Sintiendo el contacto de nuestros sexos sin penetrar y sus manos contra las pequeñas fresas dulces y resbalosas de mis senos.
Después jugueteé con su polla en mi rajita, frotándome con ella, recorriéndome desde el botoncito hinchado de mi clítoris hasta las grietas del redondo agujerito de mi ano. Le pedí que no se moviera, luego sellé su boca con mis labios y comencé a penetrarme, tan lentamente que pude sentir cada milímetro de su estaca al empalarme. Mis caderas bailaron con ella dentro, sentada sobre su pelvis, penetrada totalmente, inundadas mis entrañas hasta su límite de polla dura
y sabrosa. Restregué con redondos y rítmicos movimientos mi monte de Venus contra su mata de pelo púbico negro y rizado.
Ahora te toca a ti. Le susurré al oído. Y me acosté boca abajo a su lado. Ofreciendo el panorama trasero más hermoso que hubiese contemplado. Creí que me penetraría al instante, pero separó mis piernas, tiró de mis caderas hacia arriba dejando la parte inferior de mi cuerpo apoyado sobre mis rodillas y comenzó a comer mi coñito con tal ansia y fuerza que parecía que quisiera meterse entero dentro de él.
Gemí y grité ante las sacudidas espasmódicas que el placer me proporcionaba, agarrando con mis manos la almohada donde volcaba, hincando mis uñas, la violencia contenida. No solo trabajó mi coñito con su lengua y su nariz y su barbilla y sus ojos, restregándose morbosamente contra él, sino que me folló el culo con sus dedos, devolviéndome la sodomía antes recibida. Empujó mi culo contra la cama y se tumbó encima de mí. Noté su pene dirigido por su mano buscar mi ano con decisión y con decisión lo penetró con aquel maravilloso dildo.
Una de sus manos se coló por mi cintura y buscándolo, encontró mi pubis tierno y jugoso, separó abriéndolos mis labios vaginales. Comenzó al mismo tiempo los dos trabajos, el de masturbar mis íntimas excitaciones y el de penetrar mi culito follándolo sin piedad. La cama iba retransmitiendo en sus muelles el creciente ritmo de sus acometidas y sus jadeos. Mordió mi oreja sobre mi pelo, llenando su boca de mis cabellos y mis cabellos de la saliva que su excitación dejaba escapar.
Tuve mis contracciones sobre sus dedos inquisidores y él tuvo su eyaculación dentro, muy dentro de mi culo. Quedé tumbada sobre la cama y él tumbado sobre mí, besando mi cuello y acariciando mi pelo sedoso y largo. Sentí su pene menguar lentamente en mis entrañas, satisfecha por el encargo cumplido de Julián. Cuando nos giramos por fin, él estaba apoyado en el quicio de la puerta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Le pregunté sonriendo con mi carita de niña más mala.
Él contestó con dos palabras:
El suficiente.
Autor: Consuelo coletitarubia (arroba) hotmail.com |