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LA ENCERRONA DE MI VECINO - Fui de a poco engullendola, no estaba suficientemente lubricada, pero me encontre completa, llena, me sentia totalmente estimulada. mis labios vaginales acompañaban cada salida del miembro

LA ENCERRONA DE MI VECINO Fui de a poco engulléndola, no estaba suficientemente lubricada, pero me encontré completa, llena, me sentía totalmente estimulada. mis labios vaginales acompañaban cada salida del miembro

Me lamo Elena y vivo feliz junto a mi marido e hija en una ciudad del norte de España. Tengo 35 años y cuando sucedió lo que a continuación voy a relatar era más joven y todavía no era madre. ¿por que me decido a confesarlo y en público? porqué nunca se lo he contado a nadie y me he dado cuenta que eso le ha dado mucho más importancia de la que realmente tiene.

Ocurrió cuando Luis, mi actual marido y entonces novio y yo, nos mudamos a vivir al bloque de apartamentos de un barrio céntrico de la ciudad hace casi seis años. Estuvimos prácticamente una semana de mudanza, con interminables viajes acarreando bultos de todo tipo. Lo hacíamos prácticamente por separado, aprovechando que los dos teníamos nuestro propio coche. Yo me encargaba obviamente de las cosas menos pesadas y gracias al cielo teníamos una plaza de aparcamiento, con ascensor directo a casa, que nos ahorraba mucho esfuerzo. Durante estos viajes, tuvimos nuestros primeros contactos con nuestros futuros vecinos, todos muy correctos, con una excepción, un hombre del piso séptimo, justo debajo del nuestro.

Era un señor de unos 40 años, bien conservado y que más tarde supe que era casado y con dos niños y que se llamaba Carlos. El problema fue que este tipo, desde el primer momento, me estuvo rondando. Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas. Yo no soy una mujer fatal, pero físicamente me considero afortunada. Tengo lo justo de todo, un bonito pecho, delgadita y normal de altura y creo que soy muy guapa de cara.
El caso es que cuando coincidía en el ascensor con ese sujeto, me desnudaba con la mirada. Era una situación muy tensa, porque ni siquiera se molestaba en darme conversación, sino que solo se quedaba mirándome de arriba a abajo con cara de salido. Por otro lado, cuando subíamos en el ascensor lleno, siempre se las ingeniaba para pegarse a mí, rozándome entera. Me intentaba convencer de que igual le estaba malinterpretado y, por otro lado, no tenía intención alguna de montar un escándalo nada más llegar al vecindario.

Yo rezaba para no topármelo, pero como estaba todo el día arriba y abajo llevando bultos, no había día que no coincidiera con el dos o tres veces. En una ocasión que subía con Luis coincidimos con él y pensé que eso le pondría en su sitio... pero al contrario, pareció envalentonarlo. Se situó detrás de nosotros y al momento comencé a notar su mano sobre mi culo, levantando levemente la falda. Pegué un pequeño brinco y por poco grito del susto, pero me contuve, a sabiendas de que si le descubría Luis no saldría vivo del ascensor.

El ascensor parecía ir a cámara lenta... Luis me hablaba pero yo no me enteraba de lo que me decía, le respondía con monosílabos. Mientras tanto Carlos se las ingenió para introducir la mano por debajo de la falda, hasta llegar a mi ropa interior, cuyo elástico comenzaba a echar a un lado, abriéndose camino hacía mi piel. ¡Me salvó la campana! se abrió la puerta, habíamos llegado a su piso... se separó de mi y pasando entre Luis y yo se volvió hacia nosotros y nos dijo:

- ¿Así que ustedes son los nuevos vecinos?, ¿verdad? - Si - contestó Luis. Yo solo podía mirar con cara de idiota, impresionada de que pudiera tener tanto morro - Pues espero tener la oportunidad de conocerles a fondo - dijo dirigiéndome una sonrisa. - Lo mismo esperamos nosotros - dijo Luis La puerta se volvió a cerrar y el ascensor continuó ascendiendo. - Parece un tipo muy majo - me comentó Luis. - No lo tengo claro - acerté a contestar. - No se que problema le ves. - Déjalo, cosas mías – sentencié.

En ese instante decidí que lo mejor era hacerle frente y comentarle que se estaba pasando. Ya no era una niña, tenía que resolverlo yo sola, haberle dicho algo a Luis hubiera acabado en tragedia. Al día siguiente tenía que ir trasladando mi ropa. Me adelanté a Luis con mi coche y él vendría después de media hora. L


legué a nuestra plaza de garaje, que está en el segundo piso subterráneo, en un extremo escondido del aparcamiento, un poco lejos del ascensor. Eso era lo peor, porque me veía obligada a acarrear los bultos del coche hasta allí en sucesivos viajes.

De repente escuché una voz a mi espalda. - ¿Necesitas ayuda guapa? - me volví y allí estaba mi acosador particular. Debí plantarle cara de inmediato, pero me daba vergüenza. - No se moleste, ya me encargo yo - respondí no de muy buen humor. - No es molestia preciosa. En un par de minutos cargó con todos los bultos y los colocó de manera ordenada a la altura de la puerta del ascensor. Recuerdo que pensé que igual lo había juzgado mal, no en vano me había ahorrado un buen trabajo, pero aquel pensamiento optimista enseguida se esfumó. Estaba cerrando el coche cuando de nuevo se acercó y me dijo: - ¿No me los vas a agradecer? - Claro que si... ha sido muy amable. -No me trates de usted. ¿Y en que has pensado para recompensármelo? - dijo mientras me miraba con aire de rompecorazones.

La verdad es que el hombre tenía estilo. Siempre de traje impecable, sin corbata, con aire formal pero desenfadado, el pelo perfectamente cortado y cara de anuncio de colonia para hombres adultos.

- Yo había pensado que con un gracias sería suficiente - le contesté altiva. - Yo esperaba algo más.
- Algo más ya tuviste el otro día en el ascensor ¿no te parece? - le dije provocadora, aunque ni se inmutó. - Aquello fue un aperitivo – contestó. - Pues estás castigado sin postre- le dije dándome la vuelta. Pensé que con lo ocurrente de la frase había ganado por goleada, pero me equivoqué. Me agarró por el brazo y de un golpe me dio la vuelta, enfrentándome a él, apenas a un palmo de su cuerpo y de su cara. - Vamos bonita, que se nota que lo estás deseando más que yo - dijo en plan chulo. - Suéltame - le dije forcejeando - mi novio está a punto de llegar.

Mientras su mano izquierda seguía sujetando mi brazo, su mano derecha volvía a la carga, se coló por debajo del vuelo de la falda de mi vestido y agarró de nuevo el elástico de mi tanga, pero esta vez no hubo campana salvadora... y dando un tirón me las arrancó, mostrándolas triunfante en su mano. Inmediatamente, con toda mi furia, le di un sopapo y al segundo, como empujado por un resorte, me besó, apretando sus labios contra los míos, su lengua empujando sobre mis dientes y su mano de nuevo a mi entrepierna, esta vez desnuda.

Durante unos segundos seguí forcejeando pero llegó un punto en el que dejé de luchar... jamás he sabido explicarme el porque, ni tampoco si ese hombre hubiera cedido si me hubiese resistido con más ahínco. El caso es que me abandoné y decidí que de pasar era mejor que fuese rápido. Esta vez mi boca se abrió a su lengua y mis brazos rodearon su espalda, mientras él se afanaba en explorar mis pechos, mi trasero, mi sexo... De repente pasando sus manos por detrás de mis rodillas, me cogió en volandas, mis piernas alrededor de su cintura. Recuerdo que por un momento pensé que lo íbamos a hacer en plan acrobático, pero no, al instante me depositó sentada sobre el capó de mi coche.

En un segundo se apartó un metro y de manera hábil colocó mi falda sobre la cadera y separó mis piernas. Dio otro paso atrás y se regodeó en el espectáculo. Allí me tenía, abierta de piernas, mi sexo palpitante y húmedo, solo tenia que recoger su trofeo. Dentro de mi lo odiaba, pero ya no podía detenerlo. Sin apartar la mirada de mi entrepierna se desabrochó la bragueta y de un solo movimiento liberó su pene erecto, tremendo, triunfante, desafiante y enorme. No quise poner cara de sorprendida, no quería alimentar su ya de por si enorme ego haciendo alabanzas de su enorme polla.

- ¿Sabes lo que va a ocurrir no? - me dijo mientras se meneaba el pene de manera rítmica - te vas a volver loca, seguro que nunca has tenido un juguete así para ti solita - seguía masturbándose mientras me contemplaba - se nota que hace tiempo que no te echan un buen polvo.

Inmediatamente dio un paso al frente y apoyó su glande a la altura de mi vagina. Di un respingo cuando sentí su tacto. Pensé que no me cabría, pero no me arrugué, yo misma la agarré, era duro y cálido, me asombré de su peso y recolocándome fui poco a poco engulléndola... no

fue fácil, todavía no estaba suficientemente lubricada para la tarea, pero poco a poco me encontré completa, llena... me sentía totalmente estimulada. Comenzó a moverse.

En esa posición yo era una mera espectadora, pero disfrutaba de su ritmo arrítmico, a veces deprisa, a veces despacio, a veces ligero, a veces profundo... Yo contemplaba absorta donde nuestros cuerpos se fusionaban... recuerdo que me llamaba la atención la manera en que mis labios vaginales acompañaban cada salida del miembro, estiradas al máximo por su grosor, como si se avulvasen y acompañado de un sonido casi ridículo, de ventosa, de chapoteo.... he tenido cierta cantidad de amantes y nunca había experimentado este hecho, supongo que se debería a la postura y sobre todo al tamaño del pene (recuerdo perfectamente que era como un vaso de tubo).

Carlos continuaba con sus embestidas y se sujetaba sobre mis caderas para ganar impulso. Mis piernas colgaban sobre los laterales de su cuerpo. De vez en cuando las elevaba, pero de esa manera la penetración era profundísima y los abdominales me mataban. No habrían transcurrido 5 minutos de sexo salvaje, cuando, de repente, devolviéndome a la realidad, sonó el móvil dentro del bolso situado a mi lado sobre el coche. ¡Seguro que era mi marido! Efectivamente... ¡y yo follando sobre el coche, totalmente entregada a un desconocido. ¡Era y ha sido la situación más embarazosa de mi vida!

- ¡Espera! - le dije a Carlos - es mi marido, ¡PARA! - Ni hablar bonita, tampoco me queda tanto. - Si no contesto va a ser peor, no se si puede estar cerca. - Haz lo que te de la gana, yo pienso terminar, contesta al cornudo de tu novio y dile que te están follando como te mereces- y siguió con el vaivén sin compasión, el muy cabrón, como si no fuera con el. - Vete a la mierda - le dije con rabia Tomé una decisión, era preferible responder. - Si - dije descolgando intentando controlar la voz, claramente jadeante - Hola cariño - contestó Luis al otro lado del teléfono - ¿Has descargado ya la ropa? - Siiii - dije conteniendo un gemido - ¿Estás bien?, te noto rara. - Es el esfuerzo - me excusé.

El perro de Carlos me miraba sonriendo como un tonto, aumentando la potencia de la penetración e intentando ponerme en un aprieto - Pobrecilla - contestó Luis - estoy muy cerca, llego en un minuto. - Ajaaa - pude decir mordiéndome el labio mientras Carlos tiraba de unos de los tirantes del vestido, dejando mi pecho al aire y mordiendo el pezón salvajemente. - Ahora te echo una mano. - Biennnn - casi grité porque en ese segundo Carlos había aprovechado para introducir un dedo, lubricado en mis flujos, dentro de mi ano.

Era un monstruo, le gustaba vivir al límite…

- Si ves que algo te pesa mucho, déjalo y ya lo cargo yo - insistió - Siiii - contesté de forma maquinal, no se si a Luis a o las embestidas salvajes de Carlos. - Espérame, hasta ahora - y colgó Me puse de los nervios. - Aparta - le grité - ¡está a un minuto de aquí, a punto de llegar! - No te pongas nerviosa, es un segundo... me ha puesto cachondísimo la conversación con el soplagaitas de tu novio - Eres un cerdo. - Claro que soy un cerdo y te encantan mis marranadas.

Y dicho esto comenzó a bajar el ritmo, me penetraba despacio y a la vez con una mano me acariciaba el clítoris... eran interminables segundos hacía mi profundidad e interminables hacía el exterior... lo notaba en todo su ser... era capaz de dibujarlo con mi vagina... era un artista, sabía sacarse todo el partido a ese prodigio de la naturaleza y a ese ritmo me empujaba poco a poco al abismo del placer.

- Me corro - dijo de repente, era la primera vez que veía su cara descomponerse, perder la compostura. - Córrete dentro de mi - me salió del alma y el hablar así me puso a cien. - Que zorra eres, te voy a dejar bien sembrada. - Hazlo, hijo puta, córrete en mi... - Claro que lo voy a hacer, no lo dudes - y se tensó como una vara, estirando el cuello y gruñendo como un neardental - Dámelo ya...pero no pares ahora o te mato.

Me desboqué y empecé a gemir y gritar con sus últimos vaivenes... ahora era yo la que empujaba la cadera como una posesa intentado engullir más allá su pene y apretaba mis piernas sobre el para sentirlo más a dentro... y comencé a correrme, de manera terrible, espectacular, mientras notaba su espeso líquido rebosándome, regándome toda, mojándome como nadie jamás lo había hecho

...

Y en ese mismo instante... ¡se oyó el ruido inconfundible de la puerta del garaje, en el piso superior, abriéndose! ¡tenía que ser mi marido! Al instante se separó de mi... recuerdo perfectamente como en un sueño como utilizó las bragas que me había arrancado para limpiarse tranquilamente el pene ya semiflácido. Yo salté del capó del coche en el que llevaba un cuarto de hora encaramada en el placer y como pude recompuse mi vestido y mi peinado.... y al segundo, totalmente al límite, girando alrededor de la rampa, apareció Luis en su coche.

- Hola, ¿estás ahí? - Si - contesté, mi voz sonaba extraña - estoy con el vecino del otro día ¿te acuerdas de él? Me ha ayudado a transportar todos los bultos al ascensor. - Que majo - contestó Luis - os habéis pegado una buena paliza, se os ve cansados. - Ha sido un verdadero placer - contestó Carlos, totalmente sereno, regodeándose - en fin me voy para casa ¿subís? - No, no te preocupes - dije rápidamente. - Espera, si, vamos a subir - corrigió Luis - vamos a coger cajas en casa para subir todo esto más cómodamente.

De esta manera los tres subimos en el ascensor. - ¿Ya os quedará poco no? - comentó Carlos mientras el ascensor subía. - Eso espero - contestó Luis... Recuerdo que les oía hablar a ambos, de cosas sin importancia, mientras el ascensor ganaba altura y no olvidaré la manera en la que el semen de Carlos resbalaba por el interior de mis muslos, desde la profundidad de mi sexo desnudo, mientras todo eso ocurría... De nuevo la campana - ¡Clinc! - Hasta luego, encantado de ayudar - se despidió Carlos lanzándome una mirada llena de intención. - Que hombre más majo... y tú que decías que le veías algo raro - dijo Luis. - Seré yo la rara - contesté cabizbaja y apesadumbrada.

Me escapé al baño y me limpié como pude.

Él y su familia se mudaron al cabo de unos meses. No volvió a ocurrir nada entre nosotros. Vuestros votos es la sangre que necesitamos para seguir escribiendo.Saludos.

Autor: Elena galvanelena (arroba) yahoo.es

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