EN LA OFICINA - Felipe se deshizo de sus pantalones, me quito las bragas y se me arrimo por detras. Yo ya estaba lista, con el trasero bien parado y el ano al aire. Mamacita, me dijo, y me penetroEN LA OFICINA Felipe se deshizo de sus pantalones, me quitó las bragas y se me arrimó por detrás. Yo ya estaba lista, con el trasero bien parado y el ano al aire. Mamacita, me dijo, y me penetró Como de costumbre, poco después del almuerzo, Jorge, mi jefe, me llamó a su oficina. Yo tomé mi carpeta de notas y discretamente me fui hacia allá. Luego de cerrar la puerta pasé el seguro y me dirigí sin mayor preámbulo hacia él, que ya se había desabrochado el pantalón y tenía su verga de fuera. Iba ya a agacharme para mamársela, pero él me detuvo y me dijo: “No, hoy no; móntate.” Y yo, obediente, me bajé las bragas y comencé a enterrarme su pedazo de carne por detrás. Me entró fácil, pues veinte minutos antes, sabiendo perfectamente lo que me esperaba, había ido al baño a dilatar mi hoyo con gel lubricante. Con Jorge siempre era así, la mayoría de las veces se conformaba con una mamada, pero cuando le daban ganas de cogerme le gustaba hacerlo siempre así; hasta parecía que estuviera pegado a esa silla, porque jamás se levantaba.
“Mmh, mamita, mmmh, eso, eso, aahh”, gemía, y yo hacía lo posible por no caerme. Siempre era más complicado con él, y no sólo porque fuera el jefe, sino porque yo tenía que hacer todo el trabajo, él ni se movía. Con las manos bien sujetas a los brazos de la silla, yo me ayudaba para subir y bajar las nalgas. Su verga no era muy grande, pero sí gruesa, sobre todo la cabeza, y esa era la razón (además de para ahorrar tiempo) de que todos los días, antes de dirigirme a su oficina, tuviera que dilatar mi ano, por si acaso. “Muévelas mamita, muévelas”, me susurraba entonces, y yo le meneaba entonces el culo, me restregaba contra él, apretaba el esfínter de mi orificio y él gemía y gemía. Finalmente, luego de algunos minutos, pude sentir cómo me apretaba muy fuerte los muslos y jadeaba más rápido. Estaba a punto de venirse, por lo que yo aceleré mis movimientos enterrándomela lo más profundamente posible. “Aahhh”, exclamó, en un grito ahogado.
Todavía con su pija dentro yo seguí moviendo mi trasero, esperando como siempre a que él me diera una nalgada indicándome que eso era todo por hoy. Y entonces me nalgueó. Este era el momento que menos me gustaba, porque mi clítoris aún estaba erecto y me era imposible esconderlo entre mis panties. Así que era entonces cuando le preguntaba si iba a necesitar alguna cosa (verdaderamente relacionada con la oficina), o sencillamente esperaba a que él se arreglara el cabello, se acomodara los pantalones y volviera a tener un ritmo respiratorio normal. Para cuando todo esto pasaba ya mi miembro había tenido tiempo de relajarse y podía subirme las bragas. “Sí gracias, por favor sácale copias a estos documentos”, me dijo, y yo regresé a mi cubículo.
Ya se iban a cumplir dos años desde que obtuviera ese puesto, y dos años asimismo que, como parte de mi rutina, de lunes a viernes, acudía puntual a ofrecerle las nalgas a mi jefe. Era uno de los acuerdos tácitos de mi contrato, aunque había sido en realidad Rodolfo, el de recursos humanos, el que me había hecho tal propuesta, el día que fui a solicitar el puesto. Ya estaba cansada de malos empleos y de estar siempre falsificando documentos, por lo que aquel trabajo había sido lo único que había podido conseguir. Luego de verme entrar por su puerta, y después ver mis documentos, al principio pareció no entender, pero, pasados algunos segundos una leve, casi imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro. Aquella fue la primera vez que lo hicimos, ahí en el pequeño baño de su oficina. Veinte minutos después salí con el culo un poco adolorido, pero también con un empleo seguro.
A Rodolfo lo vería un poco más tarde. Como de costumbre, me llamaría a mi extensión para pedirme que le llevara “los reportes del día.” Y después, ya casi para salir, Felipe, el de seguridad, sería mi último deber del día. Fuera de esos tres, en realidad no sé si habría alguien más en la oficina que supiera que yo era transexual, pero de seguro sí sabían, o al menos sospechaban, que era la “qu
eridita” del jefe. Era casi seguro que todos ahí supieran muy bien lo que quería decir Jorge cuando me llamaba a “revisar papeles” a su oficina. Ni modo, la verdad es que la paga era excelente, y además, a diferencia de mis compañeros, podía llevarme el día completamente tranquila, nadie me iba a apurar ni me iba a venir a pedir cuentas. Era parte de lo estipulado en mi “contrato”.
Trascurrieron poco más de dos horas, y entonces sonó mi teléfono. Era Rodolfo. Así que tomé mi carpeta y bajé sin prisas al segundo piso. Ya apenas y le daba importancia a las miradas que me echaban mis compañeras. Lo que es más, hasta hacía lo posible por menear más las caderas. Otro de los acuerdos no escritos de mi contrato estipulaba que llevara yo siempre minifaldas, blusas escotadas y zapatos de taco alto, además de tener que arreglarme muy bien. Sin llegar a ser Miss Universo, y gracias sobre todo a las hormonas, me veía bastante linda.
Llegué con Rodolfo y cerré la puerta. “Hola”, le saludé sonriente, y él me saludó lo mismo. “¿Qué tal Lily, cómo va todo?”, me preguntó, al tiempo que se iba ya bajando los pantalones. “Nada, ya sabes, el mismo trabajo de siempre”, le respondí, y al verlo que permanecía de pie, por segunda ocasión en el día me levanté la falda y me bajé las bragas. “¿Y tú?”, le pregunté. “Ah, igual, lo mismo de siempre”, dijo, ya con la punta de su verga en la entrada de mi ano. Yo recargué mis manos en la orilla del escritorio, abrí bien las piernas y me incliné un poco para ofrecerle mejor entrada. Acto seguido él me tomó fuerte de las caderas y se dejó venir. “Ahhhh”, gemí yo levemente, y él se detuvo un momento. “¿Te dolió?” me preguntó. “No, no, es que entraste muy rápido.” “Disculpa”, dijo, pero continuó cogiéndome sin mayores miramientos.
Su oficina no era tan grande como la de Rodolfo, por lo que siempre teníamos que poner música. De los tres, Rodolfo era el que la tenía más pequeña, pero sabía usarla muy bien, además, por lo mismo de su tamaño me entraba enterita, sus huevos peludos se estrellaban siempre contra mi cola en cada embestida. Mientras Rodolfo me follaba no podía dejar de pensar en la enorme verga de Felipe, que apenas y me entraba de lo gruesa y lo grande, además de que sus brazos fuertes y velludos me encantaban. Quince minutos después, Rodolfo finalmente descargó su leche en mi interior. “Aaaahhh”, gimió, dándome unas últimas y más leves embestidas.
Mientras él se arreglaba yo bañé con un poco de agua fría mi clítoris, que de inmediato se relajó. Volví a subirme las bragas y le pregunté si iba a necesitar algo más. “No, Lily, gracias, nos vemos mañana.” Y me fui. Había sido él, claro, el que me había presentado con Jorge, y quien también le había puesto al tanto de mi particular situación. En cuanto a Felipe, a él me lo había yo quedado por propia cuenta. Por puro accidente entró él un día al baño del segundo piso, abierto para todos los empleados, y que yo había dejado sin pasar el seguro. Lo que vio lo sorprendió mucho, pero también le gustó, y ni qué decir que él a mí también me gustó mucho. No era como Jorge o Rodolfo, pálidos y enclenques oficinistas, sino un hombretón en toda la extensión de la palabra.
Regresé a terminar mi trabajo. Cuando ya hube dejado todo en orden para el día siguiente me tomé un tiempecito para arreglarme un poco. Con todo, el día había estado tranquilo, había además comido muy bien y ya no veía la hora para encontrarme con Felipe. En días como ese en realidad me gustaba mi trabajo. Apenas un par de semanas luego de conseguir el empleo, mamá, que vivía conmigo, intrigada por tan excelente paga, me preguntó de qué se trataba aquello.
Ella siempre me había apoyado en todo, y siempre habíamos sido muy unidas, por lo que hube de confesarle, no sin algo de vergüenza, las cláusulas de mi contrato. “Bueno, no creo que en ningún otro lado te vayan a pagar tan bien”, me dijo, pues poco antes habíamos estado bastante apretadas de dinero. “¿Y tan siquiera son guapos?”, me preguntó luego, algo enfurruñada. “No mucho, mi jefe un poco, el otro no es gran cosa.” “Deberías exigirles un bono extra o algo así”,
“Ay mami, ¿a poco crees que les iba a soltar las nalgas así nada más?, todo eso viene incluido a final de mes.” “Pues no me gusta mucho pero qué le vamos a hacer, prefiero que estés ahí a estar de putilla en la calle...” “Y por menos dinero.” “Y por menos dinero, claro.” “Además de que son sólo dos clientes.” Y eso fue todo. A Felipe lo conocí hasta un tiempo después, y de él también le platiqué. “Ay má, si vieras la cosota que tiene.” “¡Ay hijo, ...! ¿En serio es tan grande?”, me preguntó, y yo le indiqué el tamaño con los dedos índices extendidos. “¡Ay hijo!”
Felipe no me pagaba nada claro, pero me hacía muchos pequeños y grandes favores. Estábamos ya por salir cuando vino por mí. Nos fuimos. Le había confesado desde hacía tiempo que el jefe me la metía pero de Rodolfo no sabía nada. Una vez que todos se hubieron ido me llevó al sótano, nos metimos en el pequeño cuarto del vigilante nocturno (amigo suyo), y sin decir mucho me aventó a la cama. Felipe, ansioso, se deshizo de sus pantalones enseguida, me quitó las bragas y se me arrimó por detrás. Yo ya estaba lista, con el trasero bien parado y el ano al aire. “Mamacita”, me dijo, acariciándome suavemente las nalgas antes de arrimarme la punta. Me penetró. Como siempre, claro, no logró entrar por completo, sino que lo hizo poco a poco. Al cabo de un par de minutos, fue empujando cada vez más dentro y más fuerte. “Mmmh”, gemía yo, echando las nalgas hacia atrás. “¿Te gusta chiquita, te gusta?”, me preguntaba. “Sí, sí, papito lindo, me gusta”, le respondí yo, encantada con esa enorme y deliciosa vergota dentro de mí. Comenzó entonces a cogerme en serio, con embestidas rápidas y duras, profundas, haciendo temblar mis nalgas por su fuerza. El cacheo entre nuestros cuerpos era riquísimo, me sostenía muy fuerte con sus manotas.
Sin embargo, de pronto, saliendo tras la puerta al fondo de la pequeña habitación apareció otro hombre. Yo me quedé petrificada, mas Felipe no pareció darse cuenta y siguió cogiéndome como si nada. Finalmente lo reconocí: era el vigilante. Sin mediar palabra se me acercó, se bajó la bragueta y dejó salir su pedazo de carne. Era obvio que todo ese tiempo nos había estado mirando, y que además Felipe estaba más que enterado. Así, pues, abrí obediente la boca y me tragué aquella pija. Para decir toda la verdad, era ésa la primera vez que estaba con dos hombres al mismo tiempo. La verga del vigilante estaba recién lavadita, seguramente acababa de bañarse, aunque luego de mamársela un buen rato ya sólo me quedó el sabor a carne. Tenía un rico sabor a macho maduro.
Ambos gemían de placer, y yo, aunque hubiera querido hacer lo mismo tenía la boca ocupada. Finalmente, Felipe comenzó a venirse. Me la metió muy duro y muy adentro, al tiempo que exhalaba satisfecho un largo suspiro. Al retirar su miembro la leche caliente salió de mi hoyo escurriéndose por mis muslos. Enseguida su amigo retiró su pija de mi boca, se pasó al lugar que Felipe acababa de abandonar, y se aprestó a hacer lo propio. Felipe sencillamente se subió los pantalones, tomó sus demás cosas de la cama y, tras darme un besito en la boca me dijo: “Nos vemos linda”, y se fue, dejándome ahí con el otro.
Pude darme cuenta de inmediato que su verga no era mucho menor que la de su amigo, pero ya estando mi cola tan dilatada no encontró problemas para entrarme. Estaba algo molesta por la forma tan poco caballerosa en que Felipe nos había “presentado”, pero además ya me ardía en serio mi vagina. No era común que los tres, en un mismo día pidieran lo mismo, casi siempre sólo se las chupaba, y era uno el que me pedía mi coñito. Hoy los tres, y por si fuera poco este otro, habían preferido cogerme. Menos mal que no tardó mucho, al poco rato pude sentir cómo eyaculaba y dejaba de embestirme. Éste último, Rafael, se volvió el cuarto pene de mi agenda, y como paga comenzó a comprarme ropa y otras cositas.
Llegué a casa rendida. Encontré a mamá viendo la tele y tomándose un café. “¿Tienes hambre?”, me preguntó. “Mucha, hoy sí me la metieron duro y sabroso.” “¿Te duele?” “Sí, un poquito, hoy los tres quisieron comerse un pastelito.” “Ay hijo.” “Y además, tengo otro cliente.” “¿Otro, y quién?” “Un a
migo de Felipe.” “¿Y te van a pagar más?” “Sí, aunque no mucho.” “Ay hijo, ¿seguro que quieres seguir ahí?” “Sí má, no es para tanto, no te apures.” “Mejor tomas un baño de asiento.” “Sí, eso iba a hacer.” “Al menos mañana ya es viernes.” “Sí, aunque mañana, aunque no quieran, les voy a decir que sólo con la boquita.” “Ay hijo... menos mal que sé que te gusta.” “¡Ay má, imagínate si no...!”
Autor: Green Fly |