Principal
Relatos de Marqueze
Relato aleatorio
Actualización del dia
Actualización del dia anterior
Ranking de relatos
Envíanos tu relato
Zona RSS

Autor del relato Busca relatos Envía tu relato Imprime el relato
Tamaño del texto del relato:
[Pequeño]

[Mediano]

[Grande]

[Muy Grande]
Fotos e imágenes:
[Visibles]

[Ocultas]


DESEABA SU TROZO DE CARNE - Bastaron no mas de cuatro embestidas para hacer que mi cuerpo en su totalidad se pusiera completamente rigido y estallara el mas potente orgasmo que jamas habia sentido en mi vida

DESEABA SU TROZO DE CARNE Bastaron no más de cuatro embestidas para hacer que mi cuerpo en su totalidad se pusiera completamente rígido y estallara el más potente orgasmo que jamás había sentido en mi vida

Al fin me decidí. Debo confesar que me costó mucho tomar la decisión de contarles mi historia. Bueno, mi nombre es Natalia, soy chilena, tengo 27 años y soy casada. La vivencia que les relataré se llevó a cabo hace apenas 1 año. Bueno, ahí vamos…

Lo recuerdo bien… era un 17 de agosto y como en muchas otras oportunidades, después de haber terminado la jornada laboral, me dirigí junto a 3 compañeras de trabajo a un lugar muy agradable a tomar un trago y conversar un poco para relajarnos después de un extenuante día. Todo auguraba que esta reunión sería como todas las anteriores. Sin embargo, en esa oportunidad nuestras escandalosas risas serían silenciadas por un grito emocionado de Carolina -¡Cállense, cállense por favor, Miguel me está llamando por teléfono!- Miguel ha sido aquel amor platónico, inalcanzable para mi amiga y por primera vez, después de 2 años de haberle dado su número telefónico, él la ha llamado. -¡Claro que vamos, espéranos sólo 15 minutos!- repetía insistentemente.

Después de explicarnos -casi con lágrimas en los ojos por la emoción- que Miguel tenía una pequeña celebración junto a 3 amigos y que quería que fuéramos a compartir un rato, yo automáticamente me negué diciendo -¡No, no puedo ir, mi marido mi espera!-. ¡Pero no seas tonta, si vamos sólo por 15 minutos y después nos vamos!, recuerda que es sólo por ayudar a Carolina; por lo demás, no te preocupes, ¡yo te llevaré en mi auto a tu casa!, insistió bruscamente Marcela; otra de mis colegas.

Siendo una mujer de una sola palabra, después de unos ruegos accedí. Aún no soy capaz de explicarme como fui doblegada, pues mi temperamento es fuerte y soy de una decisión.

Ya en la fiesta, se me acercó un hombre muy atractivo, yo contestaba a sus preguntas de forma muy cortante pues me sentía incómoda a su lado, pronto descubriría que mi incomodidad se debía a la fuerte atracción que él me producía con el consecuente sentimiento de culpa que esto conllevó…su nombre era Francisco.

Sin darme cuenta, y ya entrando en confianza, los 15 minutos se convirtieron en casi 2 horas; ya en esos instantes, me tenía perpleja su forma de hablar, su sobresaliente atractivo y estirpe de macho indomable. Por lo demás, en cada historia que contaba se me acercaba, me tocaba la espalda y las manos con el propósito de explicar mejor sus vivencias y eso me iba calentando cada vez más y se constituía en una poderosa ancla que evitaba que tomara la decisión de marcharme a casa. Ciertamente, un factor importante para esta sobre expresión térmica de mi cuerpo fueron aquellas copitas demás.

Al pasar el tiempo, pude percatarme del aumento de la frecuencia respiratoria que me producía sentir el aliento y el exquisito aroma con que Francisco inundaba el ambiente, determinando las reiteradas idas al baño para secar mi ropa interior con papel higiénico, pues a cada instante estaba más mojada, mis pezones ya sobresalían considerablemente de mi blusa y sentía un excitante dolor en ellos, más aún, al recordar aquellos gestos de saboreo por parte de Francisco al fijar su mirada en ellos, reacción que según él pasaba desapercibida.

Dentro del baño, repetía insistentemente -¡soy casada, soy casada, esto no está bien!-. Con mi esposo, llevamos una muy buena y bonita relación; él es un hombre trabajador, cariñoso y muy buen amante, pero Francisco…no sé, derechamente despertaba a la puta que habita en todas nosotras las mujeres.

Alguien inició los bailes y accedí a bailar, con Francisco por supuesto. Me rozaba delicadamente, sin dar indicios de querer poseerme, por lo cual ninguna de mis amigas sospechaba que entre los dos ya habitaba el deseo de hacernos gritar de placer.

Por su parte, y con tal de ayudar a Carolina, mis amigas hicieron los típicos e infantiles jueguitos con las luces, las apagaban por unos instantes y cosas por el estilo, hecho que me agrad


ó en demasía, pues fue durante esos momentos cuando Francisco aprovechó de besarme, tocar mis tetas y mi conchita, mi pantalón a esas alturas estaba completamente empapado.

Ahí pude darme cuenta que estaba completamente embriagada de deseo por ese hombre; no existía nada más importante que poseer su cuerpo. Era tanta mi calentura que estoy segura mis jugos vaginales llegaron a mi cerebro, pues en un arranque de locura y desesperación por ser poseída por Francisco, lo tomé de la mano y lo llevé rápidamente al baño sin dar explicación alguna.

La oscuridad de esos instantes era mi mejor aliada. Una vez dentro, no besamos y manoseamos efusivamente por los lugares más recónditos de nuestros cuerpos, de hecho sus manos llegaron a zonas hasta ese momentos inmaculadas; sin duda mi excitación llegó a niveles delirantes, al punto que opté por bajarle violentamente el pantalón y el calzoncillo, poniendo a mi disposición su inmenso, violáceo, grueso y durísimo pene, del cual emanaba un aroma que consiguió robarme un quejido de placer desesperado, me abalancé prácticamente sin conciencia para mamárselo, lo chupaba una y otra vez.

Su grosor apenas cabía en mi boca y sentía como su cabeza tocaba hasta el fondo de mi garganta sin provocar ni el más mínimo indicio de náusea, por el contrario, tomaba sus redondos y firmes glúteos con mis manos y empujaba con fuerza, procurando insertarme el resto de aquellos, por lo menos 12 centímetros de deliciosa carne que restaba por degustar.

De pronto, comencé a sentir potentes espasmos provenientes de su pene, fue ahí cuando sentí que todo mi cuerpo se acondicionaba para recibir la cascada de leche. Me sentí muy deseosa de sentir ese chorro de semen caliente bañando mis entrañas. Sin embargo, fue en esos momentos cuando Francisco retiró violentamente su pene de mi boca y le propinó fuertes apretujadas para contener la explosión. Yo insistía en volver a devorar aquel gran trozo de carne, pero él, con una agradable brusquedad, empujaba mi cabeza haciéndola retroceder. Parecía una leona hambrienta que irracionalmente lucha por una presa usurpada.

Habiendo aplacado la marejada de semen, me tomó fuertemente y me redujo. Puso mi cabeza a pocos centímetros del espejo mientras mi abdomen se apoyaba en el lavamanos. Sacó todas las vestiduras que se encontraban por debajo de mi cintura. Así y súbitamente, sentí abrupta y conjuntamente su lengua incrustada en mi vagina y su nariz tratando de horadar mi culito. Alternaba increíbles y deliciosas succiones en mi clítoris y mi ano, abría los glúteos con sus manos como tratando de partirme en dos.

Francisco repetía insistentemente que estaba increíblemente caliente y que mi culo lo tenía completamente loco; que era el mejor que había visto. En innumerables oportunidades y desde mi adolescencia, muchos hombres, me han dicho que poseo un trasero exquisito, humildemente debo reconocer que siempre me he percatado como en la calle, todos los hombres se dan vuelta a ver mis redondos y turgentes glúteos.

De pronto, y sin darme cuenta, completamente embriagada por tanto placer, sentí un gran dolor en mi culo, era la intromisión insolente de aquel miembro de metal, traté de evitar aquella invasión; sin embargo, me encontraba inmovilizada, pues Francisco sostenía firmemente mis dos brazos, simulando estar conduciendo una motocicleta. A pesar del desfallecedor dolor propinado, los intentos por liberarme no eran más que una burda actuación, pues deseaba con desesperación que su gran trozo de carne petrificada se incrustara en mí hasta su raíz. Mientras tanto, mi única aliada era una toalla que fielmente ayudaba a ahogar mis gritos.

En cualquier momento me partiré en dos, pensaba al ser presa de las violentas embestidas. Rápidamente aquel aturdidor dolor pasó a ser un indescriptible placer; es algo muy distinto a lo experimentado durante un coito -tradicional o vaginal-, pero ciertamente era algo que me gustaba a tal extremo que sentía que en cualquier instante llegaría a un orgasmo. Nunca antes había tenido sexo anal, de hecho el gran sueño de mi esposo, desde siempre, ha sido hacérmelo por atrás, sin embargo para mí siempre fue una petición aberrante, por lo que nunca se lo permití.

Por otra parte, sentía el latir insistente de mi vulva reclamando celosa por la oportunidad de gozar de tan exquisito m&aac

ute;stil. Como comunicados telepáticamente, Francisco retiró de mí su herramienta de placer y bajó raudamente a devorar mi conchita, circunstancia que le hacía presagiar que su tan ansiado turno llegaría. Yo estaba al borde de la pérdida del conocimiento. Súbitamente, penetró mi hambriento sexo, provocando que mi musculatura interna abrazara potentemente su pene, aludiendo intención de evitar que tal masa de carne abandonara tan ardiente y acuosa guarida.

Bastaron no más de cuatro embestidas para hacer que mi cuerpo en su totalidad se pusiera completamente rígido y estallara el más potente orgasmo que jamás había sentido en mi vida, sentí que mi ser abandonaba mi cuerpo, gritaba irracionalmente con gran parte de la toalla introducida en mi boca en pos de aplacar tan salvajes alaridos. Por suerte tenía la fuerte música como cómplice.

Completamente mareada y desorientada por tan descomunal explosión orgásmica sentía la necesidad de propinar similar éxtasis a Francisco. No podía entender como después de tan increíble evento, aún me sentía tremendamente excitada. De esta forma, cuando Francisco me incitó a que le chupara nuevamente su vergota yo accedí casi agradeciendo el hecho.

Así, y mientras mamaba ese pene que parecía haber crecido aún más, seguía sintiendo rítmicas contracciones vaginales, como pidiendo que este encuentro no acabase jamás. Aún mantenía intacto el deseo de sentir su semen bañando mis entrañas, circunstancia que no se hizo esperar, pues aquellos espasmos, más bruscos y potentes que al principio, avisaban que tan magnífico evento estaba por transcurrir. La única oportunidad en que lo retiré de mi boca fue para rogarle que acabara en mi garganta, y él muy obediente, accedió a mi petición a los pocos segundos.

Se agarró fuertemente de mi pelo con las dos manos, tomándolo desde su base, puso su cuerpo como piedra y se desató la erupción incontrolable…fue increíble, ¡de dónde salía tanto semen! A punto de ahogarme, tragaba presurosa uno tras otro sendos chorros, parecía que no acabaría nunca, sentía que no iba dar abasto con tal avalancha láctea. No obstante lo anterior, estaba obsesionada con no derrochar ni la más mínima gota, pues habiendo terminado el tsunami seminal, seguía chupando y estrujando su ya moribundo miembro.

Conseguido mi objetivo, me levanté y nos besamos por largo rato, augurando que esa sub-realista sesión estaba a punto de finalizar. Ya vueltos en sí, pusimos nuestra ropa en su lugar, luego de eso nos miramos brotándonos espontáneamente una risa ahogada, denotando ante todo un sentimiento de culpabilidad y cierto dejo de vergüenza. Planeamos que él saldría por la ventana del baño y daría la vuelta a la casa, simulando haber ido a comprar algo o dar un paseo, por mi parte, fingiría haber tenido problemas estomacales.

Al llegar nuevamente al lugar donde se estaba desarrollando la fiesta, me pude percatar que mis tres amigas estaban involucradas, con sus circunstanciales parejas, en fogosos besos y manoseos desesperados que daban a esa escena una apariencia de evento orgiástico. Sin embargo, más allá de la sorpresa, esa situación me tranquilizó, pues al no ser la única pécora sentí que estaba involucrada en un acuerdo tácito de silencio sepulcral. Esto pues la única soltera del grupo es Carolina. Con cuidado pero rápidamente pasé entre los sillones que servían de nicho extramarital para abrir la puerta a Francisco, quien estaba tocando el timbre.

Eran las 2:30 de la mañana, y ya dentro de mis cabales, sentí la necesidad imperiosa de volver a mi hogar. Sin la intención de despedirme de mis amigas, le pedí a Francisco que me fuera a dejar a mi casa lo más rápido posible, accediendo sin poner obstáculo alguno. Durante el viaje tratamos de entablar alguna conversación, pera esta se oía realmente como cuando dos adolescentes se están recién conociendo...rodeados de una nube de vergüenza. Una vez en las afueras de mi casa me pidió el número telefónico, se lo di con un gran sentimiento de inseguridad y a modo de no perder la cortesía también le pedí el de él.

Mi esposo estaba durmiendo, así que me desvestí lo más sigilosamente posible…tuve que terminar de hacerlo en el baño pues a medida qu

e me despojaba de la ropa brotaba un penetrante olor a sexo que no hizo más que recordarme escena a escena lo vivido, haciendo resucitar el cosquilleo de calentura en mi conchita.

Al otro día ninguna de mis colegas emitió ni el más mínimo comentario al respecto, de hecho ha sido así hasta el presente. Francisco me llamó por teléfono y yo le dije que debíamos juntarnos para aclarar las cosas. Obviamente eso fue otro engaño de mi subconsciente pues luego de tomar un café terminamos nuevamente sumergidos en nuestros fluidos, y peor aún, en el baño del restaurante. Podría jurar que fue más intenso que el encuentro de esa gran noche. Desde ese día y sin sentimientos de culpa, me reúno con Francisco una vez a la semana y buscamos los lugares más -inadecuados- para reventar de placer; la última fue ayer y lo hicimos en un camión transportador de caballos, entre una gran cantidad de paja.

Mi esposo está súper contento con mi insaciable necesidad sexual, lamentablemente el pobre cree que es por él pero esta gran avidez por ser penetrada hasta el desfallecimiento se debe a mis sórdidos encuentros, ya que al hacer el amor con mi esposo, cierro los ojos e imagino que estoy con Francisco, volviéndome automáticamente una perra ardiente e incontrolable.

Autor: Natalia

Un producto Marqueze Telecom S. A.