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FELACION SIN PRISAS - Ella acababa de llevarlo a uno de sus orgasmos mas bestiales sin pedirle nada a cambio, ni promesas de amor, ni compromisos, y ahora aun queria demostrarle cuanto lo deseaba

FELACIÓN SIN PRISAS Ella acababa de llevarlo a uno de sus orgasmos más bestiales sin pedirle nada a cambio, ni promesas de amor, ni compromisos, y ahora aún quería demostrarle cuánto lo deseaba

Ella iba de prisa. El avión salía en dos horas y las imprescindibles gestiones telefónicas que había tenido que realizar desde la misma habitación del hotel ocuparon el tiempo que normalmente los amantes emplean para la despedida hasta un mañana incierto.

Ya estaban vestidos y con las maletas hechas. Sin más, el hombre, que había permanecido callado mientras ella colgaba y descolgaba el móvil, le dijo: -¿No te vas a despedir de él? Ella frenó en seco su ajetreo de repasar si olvidaba algo por la habitación. Lo miró fijamente y con una sonrisa le respondió: -¿Quieres que te lo haga con la boca?

Eran las 12 de la mañana, había que dejar la habitación libre, y él llamó a recepción para avisar que tardarían media hora, “que estaban terminando de recoger”. No hubo más conversación. Él se tendió en la cama, deshecha por horas y horas de amor, pasión y confidencias y se bajó los pantalones y los calzoncillos. Ella, mientras, se quitó la camisa quedándose sólo con el sujetador. Él no sabía si lo hacía por regalarle la visión de su cuerpo por última vez o en previsión de evitar manchas indiscretas. Lo cierto es que la situación le había llevado a tener una erección que ella acogió con ansia entre sus labios, recostándose a su lado.

A pesar de la urgencia del momento, ella no tuvo prisa ninguna durante la felación. La disfrutó, la saboreó, tanto como él. Su mano subía y bajaba el tronco del pene rítmicamente, alternando rapidez con suavidad, mientras su boca no cesaba de chupar el glande, rozando el anillo y dando lengüetazos en el pequeño agujero y en el frenillo.

A él le parecía increíble sentirse tan deseado por una mujer normal, más joven que él, inteligente, guapa sin ser espectacular, sencilla, que le había llevado a vivir el sexo con tanta naturalidad y con quien había establecido una comunicación nunca antes conocida. Ella se había recostado a izquierda dándole la espalda, ofreciéndole a su vista y tacto la piel de seda de sus brazos, hombros y espalda. Esa piel canela que él no había cesado de surcar y homenajear en aquellos días. De su cabeza en amoroso movimiento, él sólo veía el hermoso pelo negro.

El tiempo para ambos se diluyó en una eternidad, pero deberían haber pasado diez minutos del comienzo de la mamada, cuando él se derramó por completo en su boca. El pene alcanzó su máxima rigidez y la eyaculación vino de muy lejos. La mano del hombre agarró con fuerza un brazo de ella y con un gemido la anunció para prevenir a su amante. Cinco tremendas contracciones con otros tantos chorros, le hicieron sentir que toda su vida y toda su alma estaban pasando a ella a través de aquellos disparos de semen.

Ella mantuvo sus labios apretados contra el glande y recibió la corrida con inmensa alegría; tenía muchas experiencias anteriores, pero con él sentía una desconocida tranquilidad. Quizás porque nadie como él se había entretenido tanto y tan bien en hacerla correrse con la lengua pegada a su clítoris y recorriendo su vagina. La realidad es que ella misma se asombraba, en ese momento, de que nunca había sentido tanta fascinación por dar placer a otra persona y convertir ese placer en propio. Le hacía sentir que tenía poder sobre él o por lo menos, que aquella parte del cuerpo de aquel hombre le pertenecía en exclusiva.

En aquel momento de su relación, ella aún no se tragaba el semen. Lo guardaba en la boca durante un rato hasta que él se calmaba y luego lo escupía en el baño o en un pañuelo de papel. Cuando ella se levantó para ir al baño, él comenzó a incorporarse para subirse calzoncillos y pantalones. El tiempo seguía corriendo y desde el hotel al aeropuerto podía tardarse media hora. En taxi, desde luego, porque con el metro ya no llegaban. No transcurrió ni un minuto, antes de que ella regresase y, viéndol


o comenzar a ponerse los calzoncillos, exclamó: -¡No, no! ¡Espera, espera!

Él se detuvo y ella se arrojó sobre el pene, aún húmedo y con sabor a semen, para volver a lamerlo y besarlo, recogiendo sus últimas gotas y olores. Necesitaba sentirlo con ella otra vez; durante mes y medio de separación lo había deseado con locura y en aquellos tres días de encuentro furtivo había descubierto que era parte fundamental de su vida. Era suyo y no sabía cuándo lo iba a volver a ver. El hombre se enamoró de ella en ese momento... si no lo estaba ya de antes.

Esa mujer acababa de llevarlo a uno de sus orgasmos más bestiales sin pedirle nada a cambio, ni promesas de amor, ni compromisos, y ahora aún quería demostrarle cuánto lo deseaba. Qué lejos quedaban aquellas chicas de su ciudad a las que no podías tocarle ni una teta si no obtenían la garantía de una relación oficial o que, cuando tratabas de desabrocharle un botón, te espetaban: “Te quieres aprovechar de mí” o “¿Qué salgo yo ganando con esto?”.

Aquella mujer era distinta. Tras saciar su sed, juntó sus labios con los de él y se unieron en un beso profundo y largo, abrazados. Luego, prisas, vestirse, recoger las maletas y salir. En Barajas, sentados esperando el momento en que ella habría de embarcar, la mano de ella permaneció asida al pene, mientras él ponía su chaquetón encima, cubriéndolos discretamente. No hubo palabras de despedida, ninguno de los dos quería; a cambio ella le pidió que le contase con detalle qué había sentido en su último orgasmo de aquella mañana: -Toda mi vida pasaba a ti a través de mi semen.

Esa fue su conclusión, mientras ella, fascinada, no le apartaba la vista ni un momento y en su mano notaba latir el pene, ya duro, a través del pantalón. No había tiempo para más. Llegó la hora. Un último beso y un abrazo. No hubo promesas ni peticiones. El tren de él salía dentro de cuarenta minutos. De nuevo mil kilómetros de distancia física. ¿Volverían a verse? Sí.

Autor: Juan José

Un producto Marqueze Telecom S. A.