UNA TIA FENOMENAL - Me pusieron muchas pollas en la boca que chupe hasta que descargaron y trague su caliente leche. En mi culo recibi diez o doce corridas, en mi concha otras tantasUNA TÍA FENOMENAL Me pusieron muchas pollas en la boca que chupé hasta que descargaron y tragué su caliente leche. En mi culo recibí diez o doce corridas, en mi concha otras tantas Estaban de confidencias. Su marido le había contado una aventura de soltero con una estudiante norteamericana. Ahora le tocaba a ella. Era después de cenar y los dos estaban sentados en el sofá tomando unas copas. Tenían treinta y cinco y treinta años, él y ella, llevaban diez casados, y su único hijo, de seis, estaba dormido. Laura y Ernesto, que así se llamaban, habían optado por los recuerdos calientes para excitarse. Laura, con una sonrisa maliciosa, se dispuso a contarle a su marido su noche en el verano que tenía dieciocho años, pocos meses antes de conocerle.
“Veraneábamos en una urbanización de la costa. Ese fin de semana eran las fiestas de un pueblo cercano, a unos veinte kilómetros de donde residíamos. Se montó una escapada a las mismás. En dos coches fuimos ocho, entre chicos y chicas. Yo era muy atractiva, alta, con pechos desarrollados, cabellera morena suelta, piernas largas y bonitas. Para esa ocasión vestía una corta falda vaquera y una blusa blanca que transparentaba mi sujetador. En cada uno de los coches nos metimos dos chicos y dos chicas. Llegamos al pueblo poco antes de las doce de la noche y fuimos a la plaza principal, donde estaba la marcha, había baile con orquesta, puestos de feria, mucha animación.
En un bar tomamos unas sangrías, y me animé bastante. Salimos a bailar en la plaza y lo pasamos muy bien. Alternando copas y baile se nos pasó el tiempo. Hacia las dos y media de la noche, las otras tres chicas dijeron de volver. Juan Luis, Federico y Pascual no estuvieron de acuerdo. Querían seguir más tiempo de fiesta. Yo, animada por las copas, dije que me quedaba con ellos. Volvimos al baile y vimos como Eduardo, el cuarto chico, se largaba con las chicas en su coche. “Eres una tía fenomenal, Laura”, me dijo Federico mientras bailábamos, “las otras son unas sosas”. Al terminar la frase paró la música rápida y la orquesta nos informó que ahora iba a deleitarnos con un par de lentos. Tocaron para empezar un tema de Armstrong y Federico me invitó a un agarrado con él.
Cansada de tanto moverme, le eché los brazos por encima del cuello y comenzamos abrazados a bailar. Federico era alto, fuerte, y me sentí bien amarrada a su cuerpo. Sin esperar mi aprobación inició sus escarceos. Me besó el cuello, me lamió la oreja, me susurró que estaba muy buena. No le respondí, sentía que mi entrepierna se humedecía con sus caricias y me asusté pensando que no podría resistirme si seguía insistiendo con ellas. Lo que me daba corte era estar en la plaza del pueblo. Por eso, me separé algo de él y le tomé de la mano para ir a buscar a los otros chicos. Nos acercamos enlazados por la cintura a donde estaban Juan Luis y Pascual, en la barra de un pequeño bar tomando unos combinados. Al vernos llegar se dieron cuenta de lo vulnerable que estaba y el cerdo de Pascual me tocó las tetas diciendo en voz alta, “¡estás bien dotada, tía, vaya meloncitos tienes!”.
Me dio mucha vergüenza, me enfadé, pero la cosa subió de tono. Federico me subió la falda y todos los tíos que había en el bar, diez o doce contando al camarero, miraron mis intimidades. “Eres un imbécil, todos me han visto las bragas”, le dije molesta bajándome la falda. Uno de los tíos del bar se acercó a nosotros y dijo a los chicos, “ os podéis ganar una pasta esta noche. En el Pub del pueblo se va a celebrar un concurso de striptease. Participan cuatro o cinco chicas pero no son tan agraciadas como la vuestra. El premio son cien mil pesetas”. Federico no lo dudó. Me miró y me dijo, “Laura, es un dinero que nos vendría bien para estos días de verano. Dicen que ganas seguro. No te puedes negar”.
Yo le expliqué, les expliqué a todos, que me daba mucho corte. Pero me amenazaron. “Si no participas diremos en la urbanización que te has subido la falda en un bar y has enseñado las bragas a todos”. “Sois unos miserables”, les contesté. Y no tuve más remedio que aceptar. Un miedo me envolvió, el pensar que alguien me reconociera. Ese temor me lo quitaron. “El Pub está alquilado a un grupo de a
lemanes, todos hombres, nadie sabrá quien eres”, nos explicó el que había hecho la propuesta.
Me llevaron al Pub, entramos y pasamos a la trastienda. Estaba a punto de salir la primera chica. Las ví, parecían putones sin clase, que me miraron con odio cuando me vieron. No dije nada, esperé mi turno, sin hablar. Escuché como vociferaban los tíos mientras las chicas se desnudaban. A medida que iban volviendo comentaban lo bastos que eran los alemanes, que les echaban cosas y las insultaban. El encargado, un tipo gordo cincuentón, me indicó que era mi turno. Le pedí un trago de whisky para animarme. Me dio una botella y me aticé uno bien largo. Después, con cierta timidez salí a la pista. Los alemanes, sentados a las mesas que la rodeaban, ebrios por la bebida, me saludaron con gritos, “¡Puta, golfa, desnúdate!”, me decían entre otras lindezas. Sonó música suave y empecé a moverme. Me desabroché la blusa, me la quité y quedé en sujetador. Los alemanes bramaban. Luego me bajé la falda hasta dejarla en el suelo.
Al verme en bragas escuché barbaridades “tía, te la m etería por el culo hasta rompértelo, te follaría por las orejas, te llenaría de leche las tetas…”. No hice caso a sus palabras y me quité poco a poco el sujetador. Mis hermosos pechos rematados por tiesos pezones quedaron a la vista. Fue la locura. Dos alemanes saltaron a la pista, me agarraron y comenzaron a chuparme los pezones, mientras me metían mano por todas partes. Me tomaron del brazo y me llevaron a una mesa larga donde habían diez o doce tíos. Me subieron encima, me quitaron las bragas y noté como muchos dedos entraban en mi concha y en mi culo. Vi como se pasaban mis bragas oliéndolas unos a otros. Sentí mordiscos, besos, lamidas en mis tetas. En pocos momentos tuve dos pollas dentro de mi ano, que lo habían dilatado con lamidas.
Casi no podía respirar con tantos tíos encima asaltando mis intimidades. Me pusieron muchas pollas en la boca que chupé hasta que descargaron y tragué su caliente leche. En mi culo recibí diez o doce corridas, en mi concha otras tantas. Cuando creí que terminaban, echada en el suelo, se pusieron a mear por todo mi cuerpo. Yo me meé también, por la bebida y la falta de fuerzas. Mis amigos no se atrevían a parar a los alemanes. Sólo cuando éstos terminaron de saciar sus instintos conmigo, vinieron a levantarme del suelo. Estaba llena de semen y orines, pringosa, con algo de sangre en el culo y en los pezones.
Me llevaron al aseo y allí me limpiaron lo que pudieron. No encontraron mis ropas. El encargado nos dejó un vestido azul que me puse, sin ropa interior debajo. Nos dieron las cien mil pesetas y nos fuimos. En el camino les dije que eran unos cabritos. Pero estaba muy excitada. Y cuando me pidieron que se la chupara a los tres, que les dejara tocarme el clítoris, paramos el coche y atendí su demanda. Me sentí muy golfa y les dejé correrse en mi boca, mientras yo me corría con sus tocadas en mi clítoris. Después ya continuamos y llegamos a casa.
Entré sin hacer ruido, me duché, me apliqué cremás en las partes d oloridas y reconocí que, a pesar de la violencia de la experiencia vivida, me había gratificado sentirme tan hembra.” Laura terminó el relato de prisa.
Su marido se la estaba follando desde la mitad del mismo. Y ahora se la quería meter en la boca. Lo hizo, se corrió, y luego, como los alemanes, la meó en toda la cara. Ella le pidió que le chupara la concha para correrse también.
Su marido obedeció y al poco estaban los dos satisfechos y dormidos.
Si la historia les ha gustado me sentiré muy satisfecho, vuestros votos harán de imán para que siga escribiendo. Agradecido...
Autor: Higinio H. |