FIESTA EN EL MUELLE 17 - Sus piernas se abrian al maximo mientras los miembros entraban y salian de su coño y de su boca, provocandole oleadas de placer y encadenando potentes orgasmos, que le hacian dar alaridos de gozoFIESTA EN EL MUELLE 17 Sus piernas se abrían al máximo mientras los miembros entraban y salían de su coño y de su boca, provocándole oleadas de placer y encadenando potentes orgasmos, que le hacían dar alaridos de gozo ¡Hola, amigos, esta segunda aventura la narra Javi porque yo, la verdad, sólo tengo imprecisos recuerdos borrosos de aquella noche. Un beso para todos y espero que nos digáis si os ha gustado. Sonia y Javi.
Aquella noche Sonia había ido a una fiesta con una amiga suya y yo había decidido no salir pero, a eso de la una de la madrugada, sonó el teléfono. Era la amiga de Sonia. Parecía muy nerviosa y algo bebida. Con voz a duras penas comprensible, me explicó que estaban en un bar en la zona del puerto.
– Está junto al muelle 17, al final del puerto, – balbuceó al otro lado de la línea.
Parecían necesitar ayuda. Por lo que pude entender de sus incoherentes explicaciones, Sonia estaba muy mareada, casi había perdido el conocimiento, y ella había salido a llamarme, pero afirmó que no pensaba regresar allí por nada del mundo. Dije que iría a buscarla inmediatamente y colgué malhumorado pensando que habría vuelto a excederse con la bebida. Por el camino intenté comprender como su mejor amiga habría sido capaz de abandonar a mi novia si en realidad estaba tan mareada.
Algo no me cuadraba y empecé a inquietarme. El bar era un sórdido lugar de encuentro de los trabajadores del puerto, situado al final de una oscura calle adoquinada sin salida, que acababa en los almacenes de los muelles. Era un sitio solitario, pavoroso y terriblemente silencioso. Empezó a caer una fina lluvia que repiqueteaba en la oscuridad sobre las grúas y los tejados metálicos de los almacenes. Le pedí al taxista que me esperara pero me dijo:
– Mira, te esperaría en cualquier otro lugar, menos en éste… – y desapareció en la oscuridad de la noche.
Encontré el bar entre las sombras. El rótulo estaba tan deteriorado que era imposible adivinar el nombre de aquel tugurio, iluminado tan sólo por un tenue y centelleante fluorescente sobre la puerta principal que estaba abierta cuando entré. Vi una luz al fondo de la desierta barra y la seguí como una polilla atraída por una llama hasta que topé con el enorme corpachón de un hombre que llevaba un sucio delantal de camarero. Describí a Sonia preguntándole si estaba allí. El hombre primero gruñó y luego, tras dudar un instante, cambió de expresión. Con una sonrisa burlona me indicó que le siguiera. Caminaba como un gorila y tenía el cuello de un toro. Abrió una puerta y me dejó pasar a la sala trasera del local.
En el preciso instante que entré, noté una intensa sensación de ahogo. El ambiente estaba tan cargado de humo que mis ojos tardaron unos segundos en poder ver. Yo tardé bastante más en asimilar la escena que se estaba desarrollando en aquella estancia.
Sonia estaba borracha como una cuba, completamente desnuda, sucia, con el peinado deshecho y su larga melena colgando sobre los hombros. Estaba empapada en sudor y tenía la risa tonta. Bailaba ebriamente por el centro del inmundo suelo, en un hueco formado por mesas apartadas. No podía verme oculto entre las sombras junto a la puerta.
Me quedé absolutamente pasmado de asombro, sin poder reaccionar. Los hombres, congregados a su alrededor, eran jóvenes y rudos mecánicos y estibadores portuarios que aplaudían y jaleaban su danza y la provocaban con palabras y gestos obscenos. En un momento que pasó junto a mí, aproveché para llamarla:
– ¡Eh, Sonia, Sonia! – Pero ella ni se inmutó. Prosiguió en su danza lasciva sonriendo ante un hombre que intentaba sobarle los pechos y la llamaba zorra a grandes voces. Parecía totalmente ida.
Me acerqué a ella y siguió bailando frente a mí con su risita estúpida. Le hablé al oído, pero ella se limitó a acariciarme la bragueta sin dar ninguna muestra de reconocerme. Intenté que me acompañara agarrándola por la muñeca, pero se zafó de un tirón y escapó tambaleándose sin equilibrio, de lo bebida que estaba. Cuando volví a intentarlo, varios hombres me inmovilizaron sujetán
dome por los brazos.
– ¡Pero, es mi novia! – exclamé. Sin soltarme, alguien me susurró al oído con voz amenazante: – Mira, chaval, puede que sea tu novia, pero es mayor de edad, así que será mejor para ti que te sientes en silencio hasta que acabe el espectáculo.
Comprendí que era inútil intentar nada y, resignado, me dejé caer en una silla. Alguien me pasó una botella de cerveza caliente.
Sonia continuaba con su danza voluptuosa y obscena, acercándose a veces a los hombres. Algunos de ellos se masturbaban en público, mostrándole sus miembros provocativamente, e incitándola a bailar más cerca. La llamaban a voces: – ¡Zorra!, ¡Puta!, ¡Guarra! – y otras lindezas. Gritaban comentarios sobre la rotundidad de sus tetas, clamaban sobre la idoneidad de sus labios y boca para chupar una polla y describían con detalle lo delicioso que sería perforar su redondo culo.
Alguien pedía a grandes voces que se arrodillara y le hiciera una mamada. Ella no dejaba de reír tontamente ni de bailar. Se meneaba y contoneaba al ritmo de la música rock como una bailarina de strip-tease aunque, a veces, se tambaleaba por el efecto del alcohol. En su cuerpo desnudo brillaban las gotas de sudor bajo la tenue luz, y sus bien contorneados pechos oscilaban con la danza. A veces, se sentaba en el borde de una mesa para abrirse obscenamente de piernas. Cuando, en esa impúdica postura, separaba sus largas piernas y entre la oscura mata de vello púbico podían distinguirse con claridad los rosados labios de su coño, los hombres rugían de puro entusiasmo.
Alguien subió el volumen de aquella música que ahora me martillaba los oídos. Sin dejar de bailar, Sonia se detenía ante algunas mesas. Resultaba difícil ver algo entre el espeso humo del ambiente. Cuando tomaba un vaso o una botella para llevársela a sus labios resecos, los hombres más próximos a ella le manoseaban los pechos lascivamente o intentaban meterle los dedos en el coño.
Algunos de los que se encontraban tras ella mientras bailaba, aprovechaban para restregarle la polla por el culo y le golpeaban las nalgas rosadas con la palma de la mano mientras ella se alejaba, sonriendo a todo el mundo.
Sonia no hacía nada para disuadirlos. Meneaba todo el cuerpo y contoneaba las caderas con picardía, se frotaba los pechos cubiertos de sudor, se pellizcaba los pezones, se mojaba los labios exageradamente con la lengua, se acariciaba el coño con deleite y fingía estar en éxtasis. Comenzó a acercarse más y más a los hombres mientras bailaba, facilitando que en cada mesa, durante unos instantes, una nube de manos cayera sobre su cuerpo para manosearlo a placer con un ansia lujuriosa.
A veces, incluso se inclinaba provocativamente hacia delante para ofrecerles que sobaran sus pechos. Lanzaba grititos de fingida sorpresa y jadeaba de placer cuando la palpaban, y les iba obsequiando a todos con su mejor sonrisa de lolita ingenua y viciosa.
Luego, se detuvo en el centro de la sala y con un gesto pidió silencio. Un fuerte siseo se extendió por la sala y todos callaron. Se ensalivó ostensiblemente dos dedos, mostrando a conciencia los movimientos de su lengua y luego se inclinó, con el cuerpo doblado por la mitad, para deslizarlos lentamente por la raja de su trasero y humedecerse el agujero del culo con profusión.
Repitió varias veces la operación recogiendo los jugos de su sexo y los extendió por el anillo de su ano. Juntó ambos dedos y con un fuerte impulso se los insertó en el agujero trasero. Un alboroto de aliento recorrió la sala. Empezó a agitarlos con ímpetu adentro y afuera y varios hombres se levantaron gritando delante de mí como impulsados por un resorte, de modo que lo único que yo podía ver desde mi posición era el tenso agujero de su culo entre sus nalgas y sus dedos sondeándolo adentro y afuera con ardor.
Después de un rato de agitar los dedos en su ano, gimiendo de satisfacción, ofreció los dedos empapados en sus jugos a un hombre que los chupó con gusto mientras aprovechaba para manosearle las tetas. Sonia seguía fuera de sí. No dejaba de bailar ni de contonearse lascivamente, totalmente ida. Avanzó zigzagueando ebriamente entre las mesas. La vi coger varias pollas y sacudirlas enérgicamente con la mano mientras bebía de todas las botellas que le ofrecían en una explosiva mezcla de licores.
Se detuvo ante un hombre sentado que se masturbaba ávidamente y se inclinó ante él, relamiéndose con
glotonería, para admirar el enorme miembro que meneaba con tal vehemencia que parecía a punto del orgasmo. El hombre alargó su mano libre y empezó a sobarle las tetas con avidez. Entonces estalló. Disparó una primera ráfaga de abundante semen viscoso que se estrelló contra la cara de Sonia que, sorprendida, la recibió con una risita histérica. De un fuerte tirón, el hombre la atrajo hacia él con violencia.
Quedó arrodillada entre sus piernas y aceptó sumisamente que terminara de eyacular restregando sobre sus pechos la enorme polla, que no dejaba de vomitar una increíble cantidad de leche blanca y pastosa, que se iba desparramando lentamente por la redondez de sus tetas, cayendo sobre su vientre. Al levantarse tenía la cara y el torso lleno de semen. Se restregó la espesa crema por los pechos con ambas manos, masajeándose ansiosa los pezones con ella, y luego fue recogiendo despacio los restos de su cara con los dedos, que se chupaba con verdadera fruición como si saboreara un delicioso manjar mientras los hombres rugían y aullaban de excitación.
Luego, con aspecto agotado, se dirigió al fondo de la sala para sentarse en una butaca. Abrió exageradamente las piernas y las pasó por encima de los brazos del destartalado sillón. Los hombres se levantaron para ver mejor y se arremolinaron en torno a ella. Con una mano se separó los rosados labios vaginales y mostró a todos su coño abierto, como exponiéndolo en un escaparate. Un potente rugido asoló la sala cuando, entre gemidos, empezó a acariciarse el sexo con la otra mano. Alguien le tendió una enorme botella de licor.
Ella hizo ademán de beber pero, sin quitar el tapón, se limitó a chupar y lamer el largo y grueso cuello de la botella fingiendo que mamaba una polla gigantesca, tan enorme que casi no le cabía en la boca. Se produjo un profundo silencio de expectación. En la atmósfera de aquel local flotaba tal grado de excitación lujuriosa, que el ambiente parecía cargado de una potente energía a punto de desencadenarse sin ninguna posibilidad de control.
Sonia tomó el extremo ensalivado de la botella y, entre gemidos de placer, se lo restregó por los abiertos labios de su coño. Luego lo colocó frente a la entrada de su agujero, agarró la botella con ambas manos, cerró los ojos y empezó a presionar. Del primer impulso se insertó unos pocos centímetros, apretando los dientes para resistir la brutal penetración. El principio del inmenso cuello se fue introduciendo a pequeños empujones, desapareciendo lentamente entre sus piernas.
Aquel tubo, en su zona inicial, tenía el grosor de un pene considerable. Luego, según avanzaba se ensanchaba hasta un diámetro que parecía hacer imposible su empeño por insertarlo en la íntima estrechez de su sexo. A cada nueva presión, Sonia se detenía un instante para sentir el creciente y frío tubo de cristal dilatando con ímpetu las paredes de su vagina.
Acompañaba su esfuerzo apretando los dientes con fuertes jadeos y gemidos, mezcla del esfuerzo y del gozo, que se combinaban con los gritos de ánimo de los espectadores para que siguiera: – ¡Métetela toda, puta!, ¡Vamos, sigue… hasta el fondo!, ¡Más fuerte, guarra! – Alguien gritó junto a mí: – ¡Empuja fuerte, zorra! – y otro hombre, que tenía la mano dentro del pantalón y se acariciaba ostensiblemente las pelotas, me dijo, en tono de complicidad, sin saber quien era yo: – Se ve que esta putita no está bien follada y se derrite por tener algo duro en el coño. ¡Pero la muy zorra ha sabido venir al sitio adecuado! Sonreí al extraño sin saber que responderle.
Sonia intentaba separar aún más las piernas y proseguía en su esfuerzo de ahondar hasta lo más recóndito de su agujero. Según progresaba, el sudor que cubría su cuerpo iba en aumento y las gotitas que le caían sobre las tetas brillaban con luz propia en la semioscuridad.
Ahora sus gemidos se tornaron en verdaderos gritos de gozo por el inmenso placer que se estaba provocando con la bestial penetración. No sé como pudo lograrlo pero, finalmente, el enorme y largo cuello desapareció entero, insertado dentro del coño de Sonia, que emitió un profundo suspiro de satisfacción seguido de un gritito de júbilo y toda la sala prorrumpió en grandes aplausos.
Sonreía mirando victoriosa a todo el mundo con el rostro congestionado. Se acarició
los pechos y se pellizcó los pezones mordiéndose los labios con lujuria mientras el resto de la botella permanecía inmóvil asomando entre sus piernas.
Dejó caer la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y, tomando de nuevo la botella con ambas manos, empezó a agitarla dentro y fuera de su sexo, primero muy despacio y cuidadosamente pero después, algo se desató en su interior. Lanzó un alarido de gozo e intensificó con furia creciente la velocidad de las penetraciones. Se estuvo masturbando con la botella durante un buen rato. El inmenso falso falo cristalino se clavaba íntegro en su cuerpo y volvía a emerger cada vez con mayor velocidad.
Profería fuertes gemidos y aullidos de placer que se entremezclaban con los rugidos que no dejaban de animarla ni de insultarla. Pero a ella parecían complacerle e incluso excitarle enormemente aquellas voces porque cuanto más le gritaban: ¡Zorra!, ¡Puta!, ¡Guarra…! más sonreía, más rápido se penetraba con la botella y más exageraba sus muecas y gemidos de satisfacción.
Un latigazo de placer sacudió por sorpresa todo su cuerpo. Aulló de gusto dejando caer la cabeza hacia atrás, y se abandonó a la sensación del orgasmo haciendo vibrar enérgicamente la botella dentro de su coño. La invadió una oleada de gozo tan intenso que su cuerpo temblaba sudoroso y se retorcía a cada nueva sacudida de placer, en un éxtasis que parecía hacerse insoportablemente delicioso. La placentera sensación duró una eternidad y sospeché que estaba exagerando aquel largo y escandaloso orgasmo para excitar aún más a los hombres.
De los innumerables orgasmos que he visto disfrutar a Sonia en las más variadas situaciones, aquel fue el más prolongado, fuerte e impetuoso de todos. Se deleitaba con complacencia recreándose en el gozo, mientras se agitaba vibrando temblorosa, mordiéndose los labios con voluptuosidad y gritando de placer. Cuando por fin remitió la turbación del éxtasis, extrajo la botella con el rostro todo sudoroso iluminado por el deleite de la lujuria, y empezó a dejar caer descuidadamente el licor sobre su boca, pero era tan enorme la cantidad que manaba que, incapaz de tragarlo, se desparramaba por la comisura de sus labios en cascada sobre sus pechos, donde dos hombres se habían apostado para lamer el líquido de sus tetas, aprovechando para meterle los dedos en el coño, ante la escandalosa risa complacida de mi novia.
Aquello fue el detonante final. Un hombre joven con un cuerpo de armario ropero se levantó y se acercó hasta ella. Cargó con el sudoroso cuerpo de Sonia sobre sus hombros como si fuera una pluma y lo llevó hasta una mesa vacía del otro lado de la sala. Me levanté de un salto y me abrí paso para poder ver mejor. Sonia se reía, sintiéndose tan deseada, cuando la transportaban en brazos. Tras depositarla a cuatro patas sobre la mesa, dos hombres le inmovilizaron los brazos mientras dos más le hacían separar las piernas.
Un tipo le embadurnó profusamente el agujero del trasero con la sustancia de un tubo de vaselina o algo similar. Mientras era sujetada por aquellos cuatro, alguien empezó a repartir rápidamente las cartas de una baraja por toda la sala. Me dieron un naipe: era un siete. Algunos de los presentes protestaron porque no habían recibido carta por lo que deduje que debía haber más de cincuenta y dos hombres en la sala.
Los cuatro hombres que tenían los ases se acercaron con la evidente intención de follarla por el culo. Estaban discutiendo quien empezaba, cuando se abrió paso otro hombre con su enorme polla erecta en una mano y agitando un comodín en la otra, reclamando su derecho a ser el primero. Durante todo ese rato, Sonia permaneció inmóvil, arrodillada a cuatro patas sobre la mesa, con el culo en pompa. Aunque no dejaban de sujetarla por las muñecas y los tobillos, ella no manifestaba ninguna negativa.
Asistía divertida y expectante, sonriendo viciosamente, a la pugna que se desarrollaba por perforar su trasero sin oponer la más mínima resistencia. Es evidente que a cualquier mujer le gusta sentirse admirada e incluso deseada, pero Sonia parecía muy orgullosa, disfrutando intensamente del torbellino de pasión que había logrado despertar en aquella multitud de hombres.
Abrieron paso al dueño del comodín que se acercó blandiendo su abultada polla erecta. Cuando empezó a presionar con energía entre sus nalgas, con aq
uella inmensa verga pugnando por abrirse paso a la fuerza hasta el interior de su ano sin ninguna delicadeza, miré la cara de mi novia, hasta entonces divertida, y pude ver como apretaba los dientes y los puños con fuerza, cerrando los ojos para resistir la brutal penetración y entreabriendo los labios para emitir un prolongado gruñido de dolor, entrecortado por agudos gemidos de placer.
Al sentir los primeros embates de aquella formidable polla dentro de su ano, Sonia empezó a vibrar, presa de una irrefrenable excitación. Pude distinguir claramente en su rostro una expresión de pura dicha, de auténtica felicidad mientras el tipo se la follaba por el culo con entusiasmo. En cuanto éste descargó su caudal de semen en el ceñido agujero, los otros cuatro poseedores de los naipes ganadores, se aprestaron para ir embutiendo sucesivamente sus erectas vergas entre las nalgas de Sonia para, según se iban vaciando, sustituir rápidamente en la misma postura, una polla por otra.
Los cuatro primeros le dieron por culo con un ansia violenta, casi con desesperación. Pude ver la punta de cada miembro ensanchando el tenso anillo de músculos anales antes de penetrarla. A veces, deslizaban el brazo por debajo y le manoseaban las tetas al mismo tiempo que bombeaban adentro y afuera de su culo.
Sonia, con la boca muy abierta, jadeaba con fuerza y cada vez que sentía la polla de turno penetrarla hasta el fondo con suficiente brío para notar la presión del vello púbico sobre sus nalgas, emitía un agudo gemido de gusto. La follaban con tanta furia que se podía escuchar el impacto de sus vientres contra su piel, o el ruido sordo de sus huevos contra el trasero de Sonia. Le estaban dando por el culo de una manera tremenda, desenfrenada, salvaje, animal… justo como ella más ansiaba que lo hicieran.
Vi, absolutamente fascinado y asqueado a la vez, como el quinto, que tenía un miembro inmenso, tomaba el relevo. El rostro de Sonia revelaba una expresión vidriosa, un gesto de auténtico gozo, de infinita dicha; una mirada de pura felicidad. Estaba en éxtasis, disfrutando locamente de cada momento de placer, de cada violenta embestida de aquella increíblemente erecta y enorme polla del joven estibador.
La penetraba como un poseso, hincando con saña toda la longitud de su descomunal herramienta en su culo una y otra vez. Fue éste quien por fin logró que Sonia estallara de nuevo en un orgasmo prolongado, agitando todo el cuerpo por el éxtasis y temblando de gusto. Los agudos aullidos de placer que Sonia profería en su clímax resonaban con fuerza por toda la sala mientras él se corría incrementando aún más la potencia de sus penetraciones en el torturado ano, hasta que terminó regándolo con su semen.
Durante todo el tiempo que la estuvieron dando por culo, no opuso la más mínima resistencia. Aunque la tenían inmovilizada a la mesa por muñecas y tobillos, no manifestaba ningún rechazo mientras la sodomizaban una y otra vez. A veces, cuando la potencia o habilidad de las embestidas del joven de turno aumentaban su inmensa excitación, se balanceaba acompasadamente adelante y atrás para acompañar las acometidas y sentirse perforada hasta el fondo de su ano, lanzando fuertes jadeos y gemidos de placer. Luego la soltaron, pero Sonia permaneció jadeando absorta, inmóvil sobre la mesa. Apoyada en sus codos y rodillas con el culo en pompa, lanzó una mirada viciosa a los que la rodeaban, como implorando que no se detuviera el carrusel de penetraciones.
Evidentemente, entre el grupo de recios estibadores había algunos que no necesitaban hacerse de rogar. Con rudeza, la obligaron a volverse boca arriba sobre la mesa y un tipo empezó a follarla por delante. Mientras tenía esa polla alojada entre sus piernas, agitándose con furia en su coño, se agarraba con fuerza a los bordes de la mesa, ondulando su cuerpo a cada acometida, y lanzando unos entrecortados grititos de satisfacción.
Éste, nada más correrse, extrajo su verga pringosa aún goteando y la limpió restregándola sobre los pechos de Sonia que, complaciente, se limitaba a sonreírle al mismo tiempo que otro se aprestaba con urgencia a tomar su lugar.
Antes de ser penetrada de nuevo, levantó las piernas por encima de los hombros del tipo, quien la asió por las caderas para perforarla con un ansia desmesurada y una potencia y velocidad increíbles que, aún así, se iban incrementando según avanzaba la follada. Si antes lanzaba grititos entrecortados, ahora prorrumpió
en un interminable y voluptuoso alarido de gozo que sólo cesó cuando el individuo se corrió con verdaderas ganas descargando sus fluidos en su más profunda intimidad.
El ambiente estaba tan cargado de humo y olor a sudor y esperma que aproveché para beber un trago de cerveza caliente. Cuando volví la vista, otro tipo se había acoplado entre sus piernas y clavaba con furia su verga en el coño de Sonia, que permanecía quieta, gozando ensimismada de las potentes sacudidas que se producían entre sus piernas. Alguien le mostró orgulloso el calibre de su instrumento y ella le sonrió. Abrió unos ojos como platos y se relamió lentamente con gesto goloso y lascivo, invitándole a acercarse. Luego entreabrió la boca para recibir la enorme verga entre sus labios y empezar a lamerla y chuparla con avidez.
Seguía recibiendo con gusto las furiosas penetraciones en su coño, pero se aplicó con deleite a lamer aquel pene y engullirlo con gula hasta la garganta para conseguir que disparara unos potentes chorros de leche pastosa sobre su boca abierta, donde los recibía ávidamente con la lengua, esparciéndolos por su paladar.
El tipo que se acababa de correr entre sus labios alabó a gritos su habilidad y, enseguida, algunos mostraron el deseo de probar tan fascinante experiencia, organizando rápidamente otro turno para disfrutar de las mamadas de Sonia. De vez en cuando, alguno de los que miraban arremolinados, esperando su turno y jaleando al que embestía con tenacidad el coño de Sonia, no podía resistir más y alcanzaba el clímax de la turbación disparando chorros de semen que impactaban en la cara, los pechos, o el vientre de Sonia, que los recibía riéndose alborozada.
Durante más de tres cuartos de hora, una polla tras otra fueron desfilando por su coño y su boca. Todos querían su parte del botín, incluso los más educados o menos bebidos, que se habían contenido hasta entonces. Su boca estaba siempre llena y su lengua no cesaba de moverse sobre alguna verga. Sus piernas se abrían al máximo, se levantaban por encima de los hombros o descansaban sobre su pecho, mientras aquellos miembros entraban y salían de su coño y de su boca, provocándole oleadas de placer y encadenando potentes orgasmos, que le hacían proferir alaridos de gozo.
Entre los que la estuvieron follando con apasionamiento en esa postura y otros tantos que descargaron su caudal de semen entre sus labios, lograron que, después de varios relevos, Sonia enlazara una serie de fortísimos orgasmos encadenados, que la mantuvieron durante muchísimo rato vibrando de placer, en un éxtasis increíble, porfiado y agudo, interminable. Pero ella nunca tenía bastante. Estaba completamente desatada y fuera de control. Cada orgasmo que experimentaba, en lugar de calmarla, parecía llevarla a un grado aún mayor de deseo y excitación sexual.
Ya debían dolerle los huesos de aguantar tantas acometidas sobre la dura tabla de la mesa, porque se levantó y se dirigió hacia la pared pavoneándose provocativamente como una furcia del barrio chino. Inclinó el cuerpo hasta apoyar las palmas de las manos sobre el muro y comenzó a ondular el cuerpo contoneándose con un lujurioso movimiento felino para desentumecer sus doloridos músculos.
Un tipo se colocó tras ella y, tras sujetarla con ambas manos por las caderas, le obligó a separar las piernas al máximo y empezó a hincarle desde atrás su enorme polla en el coño. Ella emitió un sonido de aprobación y arqueó progresivamente el tronco, alejando los pies de la pared para facilitarle un mejor acceso hasta lo más recóndito de su sexo.
Con un firme impulso, le clavó toda la longitud de su polla en una penetración muy profunda que provocó en Sonia un grito de gusto al sentirse completamente empalada por aquel enorme pene que ahora empezaba a agitarse con furia desmedida en su interior. Enseguida fue aumentando la potencia y velocidad de sus penetraciones. Su verga entraba y salía del coño de Sonia con una rapidez inverosímil.
La follaba con urgencia, con un ritmo sobrehumano, como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Era tan deliciosa la sensación que le provocaba la potencia y la prodigiosa cadencia de la brutal follada que estaba recibiendo desde atrás, que se agitaba temblorosa con aullidos de entusiasmo y ondulaba rítmicamente las caderas a cada acometida, hasta que él disparó su carga de semen entre con
vulsiones, agarrado con fuerza a los pechos de Sonia.
Apenas había terminado de sacar su polla exánime cuando la escuché proferir un potente gemido de gusto al sentir que una nueva verga rígida y voraz se internaba con ansia entre sus nalgas para hundirse hasta el fondo de su ano. Este no había soltado su botella de cerveza y, sin dejar de follarla el culo desde atrás, se la ofrecía para que bebiera. Ella se reía intentando acoplar sus labios a la cerveza que, con las potentes acometidas, se desparramaba por sus pechos y todo su cuerpo.
Todavía vi pasar algunos más que la follaron ansiosos, unas veces por el coño y otras por el culo, siempre apoyada contra la pared, pero ninguno logró que Sonia, pese a que ya estaba de nuevo al límite de la excitación, alcanzara su enésimo orgasmo. Cada vez que una verga desfallecida y exánime era reemplazada por otra tiesa y vigorosa, que la penetraba con ansia, lanzaba un potente grito de placer.
Cuando la follaban con habilidad y a un ritmo vivo, sin cesar en sus continuos gemidos de satisfacción, se retorcía ondulando el torso y meneando las caderas, implorando a gritos más velocidad y mayor fogosidad en las acometidas, tratando de obtener el máximo placer de la polla que la taladraba, en un obstinado intento por alcanzar el éxtasis. Entonces tomó el relevo uno con bastante más habilidad. Le insertó suavemente desde atrás la punta del miembro en el coño y se mantuvo estático, sin moverse un buen rato, hasta lograr que Sonia, angustiada por la incertidumbre y derritiéndose ansiosa de deseo, le suplicase a gritos que se la metiera: – ¡¡Métela ya, vamos métemela!! No se movió ni un milímetro.
Sonia se estaba desesperando de tal manera que intentaba recular para provocarse la deseada penetración sin ningún éxito, pues no podía separar las manos de la pared sin caerse. Volvió a implorarle, casi lloriqueando: – ¡Vamos, por favor… Por favor, métela hasta el fondo! – y añadió, casi gritando con vehemencia: – ¡Fóllame, cabrón…!
No pude escuchar el resto de sus súplicas porque los que estaban más próximos se rieron a carcajadas ante las muestras del insufrible apetito sexual de mi novia. Al final, se decidió a contentarla. Intercalando largas pausas, fue haciendo avanzar muy lentamente su enorme polla rígida, taladrando el voraz coño de Sonia que se abría subyugado por la pausada penetración, mientras ella se deleitaba mordiéndose los labios de deseo.
Cuando acabó de embutir toda la longitud de su aparato, deslizó una mano por debajo y, al tiempo que la follaba muy despacio, empezó a acariciarle el clítoris con destreza. A Sonia, que emitía fuertes jadeos y placenteros gemidos, empezaron a temblarle las piernas de gozo. Los brazos casi no la sostenían y tuvo que apoyar la cabeza contra la pared, al borde del orgasmo, casi gritando de satisfacción. De repente, intensificó la velocidad de las penetraciones hasta alcanzar un ritmo frenético y transformó las caricias en el clítoris en verdaderos pellizcos.
Temblorosa y rendida, estalló en un nuevo éxtasis interminable, retorciéndose de gusto y aullando de placer, con todo el cuerpo vibrando por la excitación del orgasmo, provocando que él también se corriera entre fuertes acometidas y potentes jadeos. Estremecida y derrengada por la fortísima turbación del potente orgasmo que había experimentado, permaneció jadeando apoyada en la pared, intentando descansar unos instantes. Entretanto, otro tipo ansioso pretendía que se inclinara para insertarle su impaciente miembro desde atrás.
Debía escocerle el coño una barbaridad pero, sometida y resignada, sin siquiera volver la vista para saber quien pretendía follarla, volvió a separar las piernas en posición de permitir que una nueva polla se insertara en su coño húmedo y ardiente hasta vaciarse. Al recibir esta nueva ración de semen en su interior, pude observar como un verdadero río formado por la mezcla de innumerables eyaculaciones rebosaba de su coño y serpenteaba por el interior de sus muslos. Ella se entretuvo en recoger el preciado líquido de sus piernas para restregárselo con avidez por los pechos y paladear los restos de sus dedos.
Entonces vi como el enorme tiarrón del mugriento delantal, que debía ser el dueño, impedía al siguiente tomar su turno para follársela y, agarrándola de sus l
argos cabellos con fuerza, la hizo arrodillarse violentamente ante su entrepierna.
– ¡Chúpamela, zorra! – aulló imperativo.
Observé como Sonia, sumisa y sonriente pese al dolor del tirón de pelo, se acercaba de rodillas con los labios entreabiertos. El gordo le arrimó su gruesa polla erecta que estaba tan mugrienta como él. Distinguí en la punta restos de semen de una masturbación muy reciente y otros solidificados bastante más antiguos. El olor de aquella verga debía ser repugnante. Pero Sonia, totalmente entregada, la sujetó delicadamente, abrió la boca y engulló el sucio pene y comenzó a chuparlo como si fuera un delicioso manjar. Rodeaba el glande con la lengua y retiraba los residuos de semen reseco que saboreaba con ganas para volver a engullirlo hasta la garganta, mientras le obsequiaba con aceleradas caricias de su lengua y sus labios.
Tal y como se la estaba chupando me pareció que se esmeraba al máximo con la asquerosa polla que tenía en la boca, mientras él berreaba: – ¡Te encanta mamarla, eh golfa! El voluminoso tipo volvió a agarrarla por el pelo y, mediante tirones, la dirigía a su gusto. A veces extraía la verga de su boca y le golpeaba con ella en la cara. Sonia hacía esfuerzos por volver a atraparla con sus labios, y él no dejaba de insultarla de forma soez entre bramidos de placer.
Aquello me repugnaba. El individuo más asqueroso entre todos, estaba disfrutando la más sublime mamada de mi novia y, además, no dejaba de maltratarla ni de humillarla. En una maniobra, Sonia perdió el equilibrio. Se le escapó el recio y grueso pene que no acertó a introducir en su boca y, mirando al suelo, prorrumpió en su risita estúpida. El corpulento animal le respondió atizándole un fuerte bofetón que la hizo caer al piso y dejó marcados sus enormes dedazos en la blanca y delicada piel de la mejilla de Sonia.
Tras el seco sonido de la bofetada se hizo el silencio y sólo se oyó el gemido de dolor de Sonia, apagado por el ronco vozarrón que le gritaba: – ¡No te distraigas, puta!, – para añadir con desprecio: – ¡Vamos, levántate y trágatela toda, zorra! Su cara reflejaba una mezcla de miedo intenso y radiante gozo. Nunca le ha gustado que la peguen pero era evidente que aquella situación de abuso, sumisión y subyugación absoluta, le había provocado una extraña y nueva sensación que la excitaba desaforadamente.
Sometida, agachó la cabeza y, totalmente entregada, dijo con un hilillo de voz implorante, casi llorando: – Sí, sí, perdón, perdón… – Avanzó humillada de rodillas, retomó la gruesa verga con la mano y se la llevó a la boca para aplicarse al máximo con los labios y la lengua sirviéndose de toda su técnica.
Fue una mamada antológica. El grueso pene, ahora limpísimo y brillante de saliva, era recorrido por su lengua que vibraba por todos los rincones a una velocidad increíble, incidiendo en los puntos claves. Desaparecía hasta el fondo, engullido por la garganta y emergía de nuevo entre caricias de sus labios ardientes.
El gordo continuaba humillándola con grandes voces que todos reían: – ¡Adentro puta, hasta la garganta! ¡Te mueres por comerte una buena polla, guarra! – que sólo fueron interrumpidas por un fuerte gruñido cuando empezó a descargar su caudal de leche en la boca de Sonia que se esforzaba en tragar el fluido a la vez que pugnaba por meter y sacar el miembro con rapidez, mientras el muy cerdo se recreaba en su orgasmo pellizcando con rabia los pezones de Sonia que experimentaba al mismo tiempo una extraña combinación de dolor, inmenso placer y profunda humillación.
Al subirse la bragueta, alejó a Sonia con un empujón displicente que la dejó sentada en el suelo, denigrada y humillada con la cabeza gacha, donde permaneció jadeando estremecida. Sonia, con su enorme belleza que la hace deseable para cualquier hombre, mostraba temblorosa la enorme excitación que le había provocado la humillación de entregarse totalmente sometida y esclavizada a los deseos de aquel enorme cerdo asqueroso.
Un tipo se acercó, sonriendo y sacudiendo su polla rígida cerca de la boca de Sonia que, extrañamente, varió totalmente su actitud y lo rechazó, negándose a acceder a sus pretensiones. Insistía en acosarla, pero ella mantuvo una posición de resistencia que originó un forcejeo entre ambos. Pese a su mayor fortaleza física no conseguí
a dominarla porque se defendía con un brío inusitado. Finalmente terminó por gritar: – ¡Esta putita se ha vuelto salvaje! – y tuvo que pedir ayuda para "domarla". Entre risas, varios tipos más se abalanzaron sobre ella que mantenía su defensa con firmeza pataleando y sacudiendo su cuerpo intentando zafarse de ellos. Pero el final de la desigual lucha no podía ser de otro modo: Sonia quedó vencida, inmovilizada en el suelo por varios hombres que la sujetaban.
Por un instante pensé en acudir en su ayuda, pero justo entonces advertí en su rostro el estado de enorme excitación que le había provocado el fragor de la pugna y como disfrutaba al sentirse de nuevo dominada y a la merced de sus agresores que, entre quejidos y pateos, la elevaron para mantenerla suspendida en el aire, asida férreamente por los sobacos y las caderas, entre cuatro fornidos estibadores.
La sujetaron por los muslos, forzándola a mantener las piernas muy abiertas. Ella se sacudía con asombrosa energía, pero estaba tan bien agarrada que le era imposible soltarse y sólo conseguía ondular su cuerpo y agitarse nerviosa en el aire.
El que había gritado pidiendo ayuda se colocó entre sus muslos y, sujetándola con ambas manos por las caderas, le insertó con rabia la verga en el coño de un sólo impulso. Ella suspiró con fuerza al sentir la rabiosa y repentina penetración y luego empezó a jadear ansiosa cuando empezaron a balancear su cuerpo adelante y atrás con ritmo, como si fuera un ariete, con lo que la polla que tenía embutida en su sexo entraba y salía con un compás cadencioso que ellos jaleaban alegremente.
Mientras la follaban balanceándola en el aire, ella intensificó las sacudidas y ondulaciones de su cuerpo. Pero, con tales movimientos sólo logro incrementar el placer del que la penetraba y acelerar que descargase su ración de semen dentro de ella. En cuanto éste se corrió y extrajo su polla chorreante, cesaron el movimiento y la sostuvieron estática en el aire.
Ella cejó en su intento de forcejear y se resignó a su suerte permaneciendo inmóvil en vilo, suspendida como si fuese una pluma con las piernas aún muy abiertas y, rindiéndose a la situación, se abandonó dejando caer la cabeza hacia atrás. Enseguida, otro se apresuró a ocupar la posición recién liberada entre sus piernas y le clavó con ansia su enorme polla erecta en el coño y empezó a follarla con una energía desaforada.
Se había rendido abandonándose a las circunstancias pero, al experimentar las potentes acometidas de la formidable verga que la perforaba a enorme velocidad y con extraordinaria avidez, comenzó a emitir agudos gemidos de placer, señal inconfundible de que habían desatado de nuevo su insaciable lujuria. Uno de los que la sujetaba por los hombros extrajo su verga tiesa para acercársela a la cara.
Ella estiró su cuello hacia el rígido miembro empalmado y entreabrió los labios con gula para recibirla en su boca e iniciar una nueva mamada. Parecía disfrutar enormemente entusiasmada con esas dos pollas clavadas profundamente en su cuerpo suspendido, y hacía verdaderos esfuerzos para engullir y sorber la enorme verga de su boca, mientras recibía las vigorosas acometidas en el interior de su sexo.
Varios más la rodearon y se dedicaron a magrearle las tetas y a pellizcarle los pezones, las nalgas, el vientre y toda su piel. Ella se deleitaba complacida, recreándose en el gozo que le estaban provocando y se agitaba en el aire vibrando temblorosa, hasta que terminó por prorrumpir en su enésimo orgasmo. De nuevo estaba en éxtasis, mordiéndose los labios con voluptuosidad y gozando desaforadamente de cada acometida, de cada pellizco, de cada lametón, viviendo al máximo cada instante de placer, profiriendo obscenidades y aullando de gusto, suspendida en el aire.
Cuando cesaron los últimos estertores del orgasmo, la depositaron en el suelo, en un rincón. Con la cara iluminada por el éxtasis de la lujuria, aún sudorosa, emitió un prolongado gemido de placer. La clara expresión de felicidad de su rostro y la insinuante mirada perdida, reflejaban una anhelante invitación para que la rueda de penetraciones encadenadas no se detuviera todavía.
La mayor parte del local había vuelto a beber y charlar animadamente y aparentaban haber perdido todo el interés en ella. Pero, aún así, Sonia logró verse de nuevo rodeada p
or un corro bastante numeroso de hombres que parecían no haber agotado todavía sus deseos. Allí mismo, sobre el deslucido suelo, volvió a entregarse sometida y dichosa, adoptando las más variadas posturas para ofrecer todo su cuerpo a la lujuria desatada de aquellos hombres.
Era evidente que ya debía estar derrengada pero todavía la vi tomar las riendas de la situación con una energía pujante y ponerse a cabalgar vigorosamente sobre la polla de un hombre tumbado de espaldas mientras que otro, arrodillado tras ella, la embestía por el culo. Además, sujetaba con ambas manos las vergas de otros dos que estaban de pie y las iba lamiendo y chupando alternativamente. Sonia estaba disfrutando infinitamente mientras la follaban a la vez por todos sus agujeros. En cuanto alguno descargaba su caudal de semen, ya fuera en el sexo, en el angosto agujero trasero, o en la boca de Sonia, aparecían otros que inmediatamente se aprestaban a ir ocupando los sitios libres con sus vergas erectas.
Las pollas exánimes se sustituían rápidamente por otras tiesas y vigorosas. Sonia se meneaba con verdaderas ganas y parecía disfrutar enormemente con aquella sucesión interminable de mamadas, folladas y sodomizaciones simultáneas. Adoptaba las más inverosímiles posturas para favorecer el contacto con los hombres y los instigaba para que se esmerasen en proporcionarle el máximo placer en cada uno de sus agujeros.
Aquella escena de exceso sexual me revolvía las tripas y me excitaba extrañamente al mismo tiempo. Pero aunque hubiera querido, no podía hacer nada mientras mi novia era follada brutalmente una y otra vez por todos sus orificios y, además, disfrutaba una barbaridad con ello; pues lo demostraba con continuos jadeos y gemidos, y con potentes alaridos de placer cuando estallaba en cada uno de los innumerables orgasmos que gozó. El ambiente estaba cargado de olor a esperma y juro que jamás he visto tanto semen salir disparado en el coño, las tetas, o la boca de mi novia como esa noche. Su vagina y su estómago debían estar llenos a rebosar. Tenía restos de semen por toda la cara y el resto del cuerpo, principalmente sobre las tetas.
Si cuando llegué al bar era la una y media, cuando conseguí convencerla para que me acompañara serían bastante más de las cuatro. Ni la blusa ni la falda de Sonia aparecieron por ninguna parte. Sus braguitas descansaban hechas jirones en un rincón. Solo conseguí recuperar los zapatos que traía. Le presté mi chaqueta y, vestida únicamente con ella, nos marchamos rápidamente de allí antes de que se arrepintiera.
Logré parar un taxi en la avenida y durante todo el trayecto, Sonia no dijo ni una palabra. Parecía en trance, ida, con una expresión de saciedad y absoluta felicidad en su rostro. Tenía la mirada perdida y no dejó de sonreír beatíficamente ni un instante hasta que llegamos y logré acostarla en la cama.
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Autor: Sonia y Javi |