MAS QUE UN ENCUENTRO - Su lengua, el movimiento de su boca, su mano acariciando mis bolas, sus jadeos, me hacen mirar a todos los lados sin prestar atencion a nada. Es todo placerMÁS QUE UN ENCUENTRO Su lengua, el movimiento de su boca, su mano acariciando mis bolas, sus jadeos, me hacen mirar a todos los lados sin prestar atención a nada. Es todo placer A Doris le gusta recibir leves mordidas en los pezones como caricia. Me lo comunicó en una conversación telefónica antes de nuestro primer encuentro. Nos conocimos vía Internet, en una de esas salas a donde va mucha gente a botar el estrés.
La compañía para la que trabajo me envió a dar los toques finales al sistema de redes a utilizar en una sucursal recién instalada en la parte este de la isla. Doris me informó que pasaría el fin de semana en esa misma zona con su familia: Su madre, su hija de cinco años. Para mí esa fue la mejor de las noticias recibidas en meses. Hasta ahora no he podido encontrar la forma de acordar una cita con la mujer que tantas veces me ha excitado. He tenido más de un sueño húmedo por culpa de Doris sin que aún nuestros cuerpos se hayan encontrado realmente.
No podía dejar pasar por alto esta oportunidad. Llamé a Doris y comenzamos a planear nuestro encuentro. Estábamos en hoteles diferentes. Aunque nos separaban sólo unos cientos de metros, la distancia a franquear no era la física, estaba su familia. Doris me dijo que cuando se quiere se puede, así que me dejé llevar por sus palabras y procedí a invitarla a mi hotel a tomar una copas. Hablé previamente con la recepción y pagué para ella un night pass. Esta condición de visitante temporal le permite quedarse hasta las dos de la mañana. Nos citamos a las ocho.
El pelo castaño y los ojos negros de Doris eran exactamente como me los describió, de lo que no me habló fue de lo grandes y hermosos que eran sus senos. Su blusa bien escotada, dejaba ver lo bien dotada que a nivel de busto estaba su figura. No sabía si mirar sus bellos ojos negros o su abundancia. Ella notó mi inquietud y con una sonrisa se bajó a tomar su trago de la mesita de centro. Se acercó a tomarlo como si fuera en cámara lenta. Estaba segura de que al hacerlo de esta manera, metería mis ojos como queriendo descifrar cada detalle que guarda su pecho.
Sus pezones parecían muy grandes. Vi como se endurecían mientras llevaba el trago a su boca sin dejar de mirarme. Tomó la fresa puesta en su trago y se la metió en la boca sin apartarme la vista de encima. La puso lentamente en su lengua y la abarcó con sus labios. Los pronunció como si se tratara de mi pene. Eso fue lo único que pude interpretar. Mi verga parece haber recibido el mismo mensaje. Experimentó una erección tal que era imposible disimular. Doris lo notó y detuvo por unos segundos su mirada en mi pantalón.
Le propuse que fuéramos a mi cuarto. Había más tranquilidad y podríamos poner una música menos estridente que la del lobby. Por qué no, me contestó y nos dispusimos a irnos. Mi cuarto era una suite de esas que les asignan a los ejecutivos de empresas. El minibar estaba bien surtido. Entramos y le pregunté a Doris lo que quería tomar. Doris no contestó, abrió los brazos, suspiró profundamente y se sentó al borde de la cama, una king con un armazón en madera de donde cuelgan cortinas blancas que recrean un ambiente nupcial.
Fui al minibar y le traje el mismo trago. Me miró a los ojos. Con un vaso en cada mano me acerqué hasta estar entre sus piernas, rozando las de ella con las mías. Cerró los ojos. Junté sus labios con los míos mientras seguía sosteniendo los dos tragos. La humedad de su boca, mi lengua, sus labios, todo fundido en un beso tan esperado. Nuestras caras giran de un lado a otro. Nuestras lenguas se descubren. Se escuchan nuestros suspiros. Nuestros ojos se abren y nos separamos lentamente.
Ella se recuesta en la cama. Deja expuesta su figura para ser descubierta. Comienzo a quitar sus zapatillas mientras acaricio sus piernas. Que textura, que dulzura. La música se doblega ante sus suspiros. Recojo su vestido hasta sacárselo. Mi pene y yo no podemos imaginar que todo ese cuerpo estaba ahí para nosotros. Metí las manos por debajo de su
espalda, mis piernas a ambos lados de su cintura, desabroché su sostén. ¡Que belleza! Soltó mi correa y me saqué la camisa. Junté mi pecho con el de ella, me separé, moví mi cabeza entre sus senos, me detuve. Mis labios, mi boca, mi lengua recorrieron sus maravillosos senos. Me detuve en un pezón, duro como el diamante. Le di una ligera mordida que fue seguida de un grito que opacó totalmente la música. Nos deshicimos de toda nuestra ropa. La furia comenzaba a apoderarse de nosotros.
Doris, piernas abiertas, no tenía un solo pelo en su bella y dulce concha. La acaricié con mis labios, la recorría por todas sus partes sin detenerme en ninguna. Me detuve en su clítoris, saqué mi lengua y lo humedecí, la ensanché y lo presioné, sentí su textura, comencé a jugar con él. Doris agarró mi cabeza para impedir que mi boca se divorciara de su sexo, di paso a mis dientes y con singular ternura sostuve su clítoris con ellos, sentí como Doris apretaba mi cabeza ahora con las dos manos. Sus jadeos se escuchaban en el cuarto de al lado.
Buscó con su mano mi ardiente y chorreante verga. La agarró y sin soltarla movió todo su cuerpo hasta estar en posición de llevársela a la boca. Se la metió casi toda, la sacó, jugó con ella, la manipuló como si tuviera meses que no jugaba. Mientras me lo mamaba, le acariciaba las nalgas. Yo parado en mis rodillas y ella disfrutando de mí en cuatro patas. Las nalgas, pulcras, sin una sola marca. Su lengua, el movimiento de su boca, su mano acariciando mis bolas, sus jadeos, me hacen mirar a todos los lados sin prestar atención a nada. Es todo placer.
Lentamente suelta mi pene y coloca la cabeza en el colchón. Deja expuesta su concha y voy a buscarla. Me coloco detrás de ella. Paso mi verga por toda su humedad sin intentar penetrarla. Métemela, dice ella. Insisto en dilatarlo un poco más. Doris gira ligeramente la cabeza, me mira y me dice: ¡Métemelo coño! No para de repetirlo. Mete una mano por entre sus piernas y me la agarra, la lleva hasta ella, empuja su cuerpo contra el mío y mientras se la va metiendo entera me dice: Maldito, así, coño, déjame sentirte dentro de mi. Que rico, me dice mientras hace movimientos de va y ven. Agarro su cintura y le meto velocidad. ¡Así, coño, dame más duro! Acelero, acelero, le doy como ella me lo está pidiendo. Sus gritos son tan altos que le meto la mano en la boca. ¡Ah, Ah, Ah! Sus gritos y mi velocidad nos confunden en un profundo y placentero orgasmo.
Mientras vamos bajando de nuestro clímax, Doris queda totalmente planchada y yo encima de ella. Nuestras mejillas coinciden, le doy un beso. Gracias, me dice con una voz de satisfacción. Es un verdadero placer, le contesté.
Autor: Pirot Lacase ungaito (arroba) hotmail.com |