Crónicas X (II y final)
Crónicas X (II y final).
Textos de coña. Confesiones. Hetero (primera
vez). Segunda parte de las peripecias de un estudiante cualquiera, nada
afortunado en los temas de las relaciones carnales. En esta ocasión,
borracho y algo deprimido se extravía de sus amigos y acaba en los
brazos de Fátima, quien se convierte en su primer coño...
humano...
Llegó el sábado. Mis
dos amigos llamaron para salir un rato por la noche a tomar unas copas.
Como cada semana dije que sí, por supuesto. No hacía falta
preguntar a qué hora ni en qué lugar nos encontraríamos:
iba para un lustro que el punto instituido de reunión era una pequeña
tasca del casco antiguo de la ciudad a las ocho de la tarde. Allí
tomábamos los primeros vinos, sentados en las tres únicas
banquetas de la barra del reducido tugurio. Pedro, Antonio y yo éramos
los últimos de Filipinas, el resto del grupo se había ido
separando al encontrar pareja. Es normal. ¿Quién, tras echarse
novia, va a querer seguir compartiendo la velada con unos tíos ebrios
a los que el alcohol les anima a recitar pésimas estrofas inventadas?
Después de vaciar los primeros
vasos, Antonio sacó papel de fumar y un pequeño trozo de
hachís envuelto en el celofán protector de un paquete de
cigarrillos. El camarero, que nos conocía, no decía nada
siempre que le diésemos alguna caladita. Terminó de liar
el porro, bien cargado, como siempre; y comenzamos a pasárnoslo
mientras Antonio, resignado artesano, comenzaba a confeccionar el siguiente.
Era un excelente hachís, lo había traído un amigo
nuestro en el culo, desde Marruecos y si bien esto no es bueno ni malo
en sí, siempre lo dota de un matiz entrañable. El "costo",
abundantemente regado por nuevas cargas de vino peleón, hizo que
nuestra musa particular -más bebida que nosotros, sin duda- nos
dictara versos sin canon, caóticos y deleznables. Recitábamos
levantándonos sobre los estribos del taburete, alzando nuestras
voces histriónicamente engoladas.
Ese día en concreto fue Pedro
el que comenzó el recital. El primer intento acabó con sus
huesos en el suelo. Se levantó, volvió a subirse sobre la
silla e inició su disertación a voz en grito.
-Abrevando las dádivas compradas
con dinero regalado -la pequeña ventaja del inútil estudiante-
espero en el bar, mientras ocupan hileras repletas de sueños etílicos
todo mi campo de visión. Ponzoña bendita, que permite percibirnos
de distinta manera sin tener que morir.
Tanto Antonio como yo, oíamos
a nuestro compañero sobrecogidos. Desgranaba él sus palabras
con los ojos arrasados en lágrimas. ¡Qué sentimiento…!
¡Qué borrachera! Mientras, nuestro entrañable Guillermo,
el camarero, copiaba al dictado los pensamientos del vate alcoholizado.
Gracias a sus apuntes puedo hoy transcribir los hondos pensamientos de
esa noche.
-Congreso de poetas, multitud en
íntima reunión. Rosas y cardos enzarzados por sus espinas.
Fotosíntesis en tallos subterráneos, capullos entre escoria,
retoños en establo. Y cabe preguntarse, ¿no serán
los poetas, borrachos que aspiran ver dioses en alguna de sus cogorzas?
'Mangaroca con piña' grito al camarero de sórdido ademán.
Tintineo de hielos revoltosos en tubo ascendente que semeja la probeta
del ingenuo alquimista.
Guillermo se emocionó visiblemente
al sentirse nombrado en los versos de mi compañero y nos rellenó
de nuevo los vasos.
-¡Joder! -bramó a la
vez que palmoteaba mi espalda- esta ronda la pago yo ¡Que sois de
puta madre! Reconozco que me tocó la fibra sensible. Mirándole
a los ojos me decidí a emular a mis compañeros.
-Y levantando la copa brindo por
ti o, lo que es lo mismo, brindo por mí, porque sé que tú
devolverás mi gesto en las otras mil libaciones que destilaran nuestros
hígados en el transcurso de esta noche. La noche del día
que el resto de nuestra vida recordaremos marcado con signo fatídico.
El día en que descubrimos que nuestra amada Palmira, nuestra ninfa
personal, pequeña fémina de manos poderosas, era un transformista,
y ocupaba sus mañanas, cuyas noches nos dedicaba, cociendo pollos
en los bajos de la Facultad. Guiño socarrón del jodido destino
que sólo hila fino para algún rico industri
al de provincias.
Conseguí arrancar aplausos
de aquellos que apenas lograban coincidir las dos palmas de las manos en
un mismo punto en el espacio.
Salimos de la tasca dando tumbos,
incapaces de trazar una marcha recta. No sé muy bien cómo
perdí a mis amigos, quizá me paré a mear a alguna
esquina y no me esperaron. Poco importa, dan ahora igual las causas. Me
quedé solo en mitad de una noche de sábado, la cual prometía
ser igual a muchas otras anteriores.
Supongo que mi embriaguez explica
en parte lo que hice, pero tampoco la quiero culpar exclusivamente de lo
sucedió. Yo tenía ganas de follar y ninguna buena samaritana
estaba por la labor de ayudarme. No había otra opción: Fátima.
En poco menos de media hora yo estaba
en la puerta de El caballo trotón. Dudé, paso adelante, paso
atrás; entré finalmente. Sinuosa luz encarnada y cargada
atmósfera. Me apoye en la barra a la vez que pedía un "White-Label"
con chocolate, el camarero me puso cara de no entender.
-Un "White-Label" con
batido de chocolate -repetí tenso. Estaba algo nervioso. -¿Con
hielo? -me preguntó serio el "barman"
Seriedad que, ante mi respuesta
afirmativa, cambió por un semblante de asco. "Será gilipollas",
pensé, "No me faltaba más que eso, un imbécil
detrás de un mostrador. ¿Qué más le dará
lo que pida?". Descompuesto, yéndome al fondo del local, me
senté en un mullido sillón. Dejé la consumición
en la mesa que tenía delante, la cual apenas levantaba un palmo
del suelo.
Las tulipas rojas sobre pared negra
conferían un ambiente carnal algo desasosegador; no terminaba de
encontrarme a gusto. Abstraído mirando la decoración y al
resto de clientes, me sobresalté cuando una mano se posó
sobre mis hombros. Al girarme, vi las piernas de Fátima que se sentaba
a mi lado.
-¿Qué haces chiquitín?
-me dijo la mulata dulcemente- No son horas, ni lugar para que un chico
como tú esté fuera de casa. -Yo, es que, que… -no pude evitar
ruborizarme, comenzando a tartamudear. -¿No serás un niño
malo? -preguntó, forzando todavía más el timbre cándido
de su voz, mientras jugueteaba con el botón de mi camisa- ¡Qué
miedo!
Su interpretación de chica
inocente chocaba frontalmente con su ropa y su maquillaje. Los zapatos
de tacón de aguja debían elevarla 10 cm. a la vez que estilizaba
sus piernas rollizas, que a pesar de las medias de rejilla revelaban cierta
flacidez. El resto del cuerpo iba embutido en un ceñidísimo
vestido negro de material semejante al plástico que con dificultad
llegaba por debajo de sus caderas. Del escote, hasta la mitad del abdomen,
salía a presión el pecho mostrando parte de las aureolas
de sus pezones.
Había muchas veces soñado
con ella, imaginándola a partir de las descripciones minuciosas
de Paco, en mis masturbaciones solitarias procurando ahogar gemidos, pero
en ese momento, ante ella, me hallaba bloqueado, incapaz de actuar; como
si estuviese sucediendo en una película en la que yo fuera tan sólo
el espectador.
-Habla, bonito -me increpó-
¿Qué te pasa? -Yo… -de nuevo lo intenté, pero no había
manera; no podía hablar. -Venga -me susurró con tono condescendiente-
dime tu nombre. -Ar…Argimiro -articulé por fin. -No, el apellido
no. Tu nombre. -Ese es mi nombre -Contesté algo confuso. -¡Ah!
No lo había oído en mi vida, pero es precioso -añadió
rápidamente percatándose del desliz. Cómo mentía
la muy puta. Continuó su conversación separándose
un poco de mí.
-Invítame a algo -dejo caer-,
tengo sed. Pídeme lo mismo que bebes tú
Volví a la barra y tuve que
enfrentarme de nuevo con el simpático camarero.
Al regresar junto a Fátima
estuvimos hablando un rato. Seguía costándome entrelazar
palabras, pero me iba soltando paulatinamente. No lograba mantener durante
más de un segundo la vista fija en la cara de la mulata sin que
distraídamente la tornase a posar en sus pechos encorsetados.
De pronto, apurando de un trago
la copa, me preguntó directamente arqueando las cejas:
-¿Quieres que subamos arriba?
-¿Cómo? -Vamos, mi lindo corcel, abona las bebidas y subamos…
Lo estoy deseando.
Confundido, de forma casi-automát
ica,
me dirigí al "barman", el cual, al ver que me acercaba,
comenzó marcar las teclas de la máquina registradora. Depositó
el ticket en una bandeja que dejó delante de mí. La cuenta
ascendía a ¡3.500 pesetas!, mil por una consumición
y dos mil quinientas por la otra.
-Oye, macho -le dije cabreado- ¿Tú
me quieres chulear, o qué?
Él se puso la mano extendida
detrás de la oreja, dando muestras de no haberlo oído.
-He pedido lo mismo las dos veces
-no podía casi contenerme- y la segunda copa me la cobras a más
del doble. -Pero…Eres idiota ¿Verdad? -me contestó riéndose.
Me quedé cortado- ¿Tú crees que Fátima habla
contigo por guapo? ¿Es la primera vez que vienes? Invitar a las
chicas tiene un precio que va incluido en lo que te ha costado el güisqui.
Pagué avergonzado, evitando
mirarle a la cara. Francamente era un pardillo. Sentí el brazo de
la puta rodeándome el cuello por detrás.
-¡Hala! -Siguió hechizándome
con su tono dulce, aunque ahora algo más enérgico- Vamos,
mi tigre.
Sentía los nervios ascender
desde la boca de mi estómago hasta la garganta, anunciando que poco
más iba a aguantar la espita lacrimal cerrada. Debía tener
el sello de bisoño primerizo marcado en la frente. Luchaba entre
salir corriendo de ahí o perderme en el cuerpo cobrizo de la prostituta.
Una mera incitación más
de la cubana bastó para que me decantase por la segunda opción
y subiésemos abrazados al piso de arriba.
Al llegar al final del tramo de
escaleras nos encontramos en un decansillo flanqueado por tres puertas,
cada una con un cartel. SEÑORAS, CABALLEROS y PRIVADO.
Fátima se llevó la
mano al escote, y sacó una llave de entre sus pechos.
-La guardo calentita- me lanzó
un susurro.
Abrió la puerta del cartel
PRIVADO y, enganchándome del paquete, me metió en la habitación.
Encendió la luz para después cerrar de nuevo con llave. Me
encontraba en un tabernáculo pequeño de atenuada iluminación,
procedente de un aplique rojo en la pared igual a los que había
en el piso de abajo. Una cama grande era el único mobiliario, aparte
de las pilas de cajas de refrescos. Aquel cuarto también debía
hacer las veces de almacén.
Fátima me empujó hasta
llevarme a la cama.
-Siéntate, mira y calla -me
ordenó sonriendo.
Fue hasta uno de los rincones, se
agachó delante de un objeto negro ubicado en el suelo que hasta
entonces había pasado desapercibido para mí. En ese instante
comenzó a oírse la voz cascada de Joe Cocker interpretando
"you can leave your hat on" -Sí, sí, la canción
de Nueve semanas y media. Era un topicazo, lo sé, pero sólo
con pensar en lo que iba a suceder, me puse a cien. Ella, nada más
ajustar el volumen del radio-cassette, se fue levantando pausadamente a
la vez que acompañaba su ascensión con sacudidas sensuales
de sus caderas. Para no saltar sobre ella, tuve que agarrar con fuerza
las sábanas del jergón, acartonadas y sucias de anteriores
combates de mi mercenaria del amor contra el grueso de la tropa que montaba
guardia en la barra.
Súbitamente se volvió,
tapándole parcialmente la cara su pelo largo y crespo. Se estaba
acercando a mí a paso acelerado, cuando a menos de un palmo de donde
estaba se paró y, al mismo tiempo que hacía una nueva ondulación
de caderas, abrió todo su vestido tirando del escote. No era una
gran bailarina, pero se esforzaba en que todos los movimientos fueran acordes
con la música.
Una vez desnuda, se tumbo en el
catre con las piernas abiertas.
-Tómame -Me exhortó
con voz dominante. Me subí sobre ella e intenté penetrarla
sin más preámbulo. Entonces fue cuando noté realmente
que estaba con una profesional. A pesar de sus palabras y de su actitud
lujuriosa, estaba tan seca que temía que se agrietase su coño
con mis embestidas. Ella escupió en su mano al ver mis esfuerzos
infructuosos y untó de saliva mi pene a fin de facilitarme la tarea.
La verdad es que este hecho me enfrió bastante. No pude quitarme
de la cabeza en todo instante el recuerdo de la babeante grieta oscura
de Lulú, su hocico entreabierto por el gratuito placer recibido.
Fue un polvo maquinal, nos movimos
como dos autómatas bajos en baterías.
Me corrí, ¿cuánto
es?: 12.000, 12.500 y en paz, vale gracias, hasta nunca, adiós.
Salí del tugurio con la clara
convicción de que no volvería. Al día siguiente llegarían
las dudas, los problemas existenciales ante mi nefasta primera experiencia
con una mujer. Sin embargo he de reconocer que esa noche dormí a
pierna suelta: había follado.
Me despertó el ruido de ascensión
de la persiana, abrí los ojos y descubrí la cara de mi padre
y mi madre sonriendo a menos de palmo de mi nariz.
-Buenos días, gandul -Corearon
cariñosamente-. Levanta, vamos, casi es la hora de comer.
Acababa de empezar el día
y ya sólo deseaba darme la vuelta para volver a dormir. Eran las
dos del mediodía, mis padres habían regresado de la playa.
Las sábanas sudadas se me pegaban al cuerpo; era el momento ideal
para repasar mi vida: fracaso y escaso interés por todo. Aquello
me entristecía, me robaba las fuerzas necesarias para siquiera gasearme
metiendo la cabeza en el horno.
Salí de la cama. Al posar
los pies en el suelo, pisé el pantalón que había llevado
los días anteriores. Lo recogí del suelo, percibiendo el
olor a bar y a vino que desprendían. Rebusqué en los bolsillos,
intentaba encontrar un cigarrillo. Cayó un papelillo arrugado delante
de mí al sacar la cajetilla de tabaco. Con esfuerzo me agaché
a recogerlo. Era un décimo de la ONCE que había comprado
el Viernes cuando bajé a comprar los bastones de caramelo para Lulú.
En ese momento oí la voz de mi madre llamándonos a la mesa.
Metí de nuevo el billete en el bolsillo y me olvidé de él.
Pasé toda la jornada en casa, oyendo las aventuras insufribles de
los días costeros de mis progenitores.
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