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Como ser un sinverguenza con las mujeres

Como ser un sinverguenza con las mujeres
Por Arturo Robsy (Version 1.1)

Contenidos
1 PRINCIPIO Y JUSTIFICACIÓN
2 EL SINVERGÜENZA EN LA HISTORIA.
3 LECCIÓN PRIMERA. QUE ES LA MUJER?
3.1 PSICOLOGÍA Y OROGRAFÍA
4 LECCIÓN SEGUNDA: COMO ELEGIR PIEZA
5 LECCIÓN TERCERA: EL MÉTODO PERFECTO
6 LECCIÓN CUARTA: EL SEGUNDO MEJOR MÉTODO
7 LECCIÓN QUINTA: EL MÉTODO DIRECTO
8 LECCIÓN SEXTA. EL MÉTODO MAS ANTIGUO: EL PALEOLÍTICO
9 LECCIÓN SÉPTIMA. EL MÉTODO MAS SEGURO: `"A LA GANDOLA `"
10 LECCIÓN OCTAVA: MÉTODOS EXTRAÑOS
10.1 EL MÉTODO FELIPE
10.2 EL MÉTODO ONÍRICO
10.3 EL MÉTODO DE LAS ESQUELAS.
11 LECCIÓN NOVENA: UN POCO DE SERIEDAD
12 LECCIÓN DÉCIMA. HOLA Y ADIÓS
13 ANEXO I: EL DESNUDO Y EL SINVERGÜENZA
14 ANEXO II: FEMINISTAS Y POLITIZADAS
15 ANEXO III: PESE A TODO




Chapter 1
PRINCIPIO Y JUSTIFICACIÓN
Eran las nueve y media de agosto o, para ser precisos, de una noche del mes de agosto. Felipe, Jorge y yo acabábamos de salir del gimnasio, de una sesión de karate en la que el profesor nos había demostrado, de palabra y de obra, cuánto nos faltaba para llegar a maestros.

Aceptablemente apaleados, decidimos llegar hasta una playa cercana a procurarnos cualquier anestésico en vaso para combatir los dolores físicos y morales y, de paso, disfrutar del clima, de la flora y de la fauna.

Yo era entonces -y aún se mantiene la circunstancia- el mayor de los tres y, por lo tanto, el experto. Además, después de hora y media de karate me sentía por encima de las pasiones humanas o, mejor dicho, por debajo de los mínimos exigibles para cualquier hazaña.

Nos estábamos en la barra, rodeados de cerveza casi por todas partes, cuando llegaron dos inglesitas, jovencísimas aunque perfectamente terminadas para la dura competencia de la especie. Felipe y Jorge sintieron pronto el magnetismo y, cuando vieron que ocupaban una mesa solas, saltaron hacia ellas entre cánticos de victoria y ruidos de la selva.

Las muchachas, que sin duda habían oído hablar de los latin lovers y otras especies en extinción, les acogieron, se dejaron invitar y mantuvieron una penosa conversación chapurreada.

A distancia, yo vigilaba la técnica de mis amigos. ¡Bah! Todo se reducía a ¿de dónde eres?, ¿cuándo has llegado?, ¿qué estudias? y ¿te gusta España? Se me escapaba cómo pensaban seducir a las chicas con semejante conversación.

Gracias a la distancia -y, quizá, a la cerveza que seguía rodeándome observé que las extranjeras estaban repletas hasta los bordes de los mismos pensamientos que mis amigos: cuatro personas, como aquel que dice, pero una sola idea: ¿Cómo hacer para tener una aventurita?

Como yo, gracias al karate, había dejado atrás toda humana ambición, concluí mis observaciones con una sonrisa de suficiencia y me puse a pensar en algunos graves misterios de la vida. ¿Por qué, por ejemplo, las personas que quieren lo mismo, y lo saben, en lugar de manifestarlo a las claras, se ponen a hablar del tiempo? ¿Un exceso de lecturas de Agatha Christie?

Quince minutos después se me acercó Felipe: había constatado -o lo que él hiciera creyendo que constataba- que las cosas no iban bien. Habían pegado la hebra, pero más allá no sabían ir. Felipe acudía por si yo, que era el mayor, tenía alguna sugerencia que mejorara la situación.


-Muérdele la oreja. -dije, cediendo a una inspiración transitoria.


-¿A cuál?


-A la morena que no lleva pendientes, no sea que te partas un diente. Arriba, no; en el lóbulo.

Sin embargo, mi ocasional alumno no estuvo a la altura. Avanzó varias veces hacia el objetivo. En una de ellas hasta abrió la boca, pero acababa siempre retirándose hasta sus posiciones anteriores. Estaba claro que le fallaba el valor.

Diez minutos más, durante los que Felipe sufrió bailando entre el sí y el no, y se me acercó:


-No me sale. -gimió.


-Es bien fácil: pones la boca a la distancia oportuna y muerdes. Si el pelo te estorba la maniobra, lo apartas delicadamente con una mano.

Felipe, a aquellas alturas, dudaba ya de mi capacidad como profesor. Dudaba mucho.


-Es m&aacu


te;s fácil decirlo que hacerlo.

Aunque seguía por encima de las pasiones humanas, decidí actuar para demostrar la verdad de mis tesis y para preservar mi fama de cualquier mácula. Había que descubrir a la humanidad que el camino para llegar a aquella inglesita morena pasaba por el mordisco en la oreja.


-My friend Arthur. -dijo Felipe, mostrándome.

Sonreí a mi víctima, me senté a su lado y pregunté si alguien quería volver a beber: la cortesía me exigía no morder sin antes convidar. Después dirigí mis ojos a los de la chica y puse la mirada más ardiente que encontré en el almacén. Luego, ante la expectación de mis amigos, pronuncie unas sentidas palabras:


-Tienes el cuello muy bonito.


-Gracias.

Aparté el pelo que rodeaba su oreja derecha y, con una sonrisa de triunfo, se la mordí. La muchacha, sorprendida o no, se estuvo quieta, sin alborotar. Volví a morder, aprovechando las facilidades y, para demostrar mi éxito, repartí unos cuantos besos aquí y allá.

Mis amigos tomaron buena nota y, después de llevar a las chicas a sus casas y citarse con ellas, me expresaron su admiración:


-¡Qué tío! Lo que sabes.

¿Y si de verdad sé algo?, me dije. ¿No sería una lástima que estos conocimientos se perdieran para las generaciones futuras? Así es como nació el proyecto de este libro de enseñanza y, como hombre agradecido, guardo un recuerdo para la oreja de una desconocida que jamás volví a ver.

Cuando llegó la hora de la siguiente cita, mis amigos partieron como un viento del norte: silbando.


-¿No vienes?


-Tres entre dos. -advertí- Id vosotros.

Por la mañana supe que las cosas habían ido relativamente bien y que, más o menos, estaban emparejados para los próximos doce días.


-Fulanita -me dijo Felipe- no ha dejado de preguntar por ti. Fulanita es la de la oreja.

Y siguió preguntando por mí hasta que tomó el avión para su Patria. Seguramente fui el primer hombre que le mordió la oreja. Nunca se sabe qué puede hacer mella en el espíritu de una mujer pero, sin duda, los mordiscos en la oreja son una poderosa herramienta.



NOTA BENE
Cada maestrillo tiene su librillo y cada sinvergüenza su Enciclopedia Espasa. Aquí vamos a hablar de una clase de sinvergüenzas, los conquistadores con o sin éxito, incluidos en el viejo arquetipo español del Don Juan. No hablaremos de otros sinvergüenzas más peligrosos, del ladrón al falsario, ni de los canallas que pegan a las mujeres o las explotan, ni de los locos que se dejan pegar por ellas, ni de la enorme variedad de depravados en cuya fabricación parece estar especializándose nuestra codiciosa sociedad.

Los sinvergüenzas objeto de este estudio, al lado de tantos otros, son unas almas de la caridad y, salvo en algunos aspectos, unos caballeros, amantes admiradores de la belleza y algo obsesivos cazadores de la mujer. Claro que la caza de la mujer sólo es el paso obligado para cumplir con el mandato bíblico: creced y multiplicaos.

¡Ah, ¡la multiplicación! Una de las operaciones que más tinta ha hecho correr y que más ha entretenido al ser humano hasta el invento y difusión de la televisión. Millones de años después de descubrirse la multiplicación de la especie, sigue teniendo atractivo.

¿Quién no ha visto, en las proximidades de alguna playa mediterránea, a una rubita conduciendo una vespa rosa y ha pensado "Señor, señor"? Pues el sinvergüenza del que tratamos es el que no piensa "Señor, señor". El va y actúa.



Chapter 2
EL SINVERGÜENZA EN LA HISTORIA.
Para que nadie sienta complejos, dado lo arduo de la empresa de ser un buen sinvergüenza, conviene dar un repaso rápido a la historia: alivia a la moral que titubea.

Zeus era un sinvergüenza. No les digo más. Con aquellos fantásticos poderes y una imaginación desbordada, tan pronto se hacía pasar por cisne como por toro o por lluvia, y había pocas mortales seguras cuando l rondaba por las cercanías. Un maestro.

Con esto queda desmentido el viejo tópico sobre el oficio más viejo del mundo: primero, el sinvergüenza; después, lógicamente, la mujer engañada que, por solidaridad, va reuniéndose en casas a tal propósito.

Sin salir de la vieja Grecia, c

una de nuestra cultura occidental, práctica y discutidora, los sinvergüenzas se nos presentan a cientos. Divinos, como Marte, Apolo y Pan. Heroicos, como Teseo, que engañó miserablemente a Ariadna, o Jasón con su historia de Medea. El mismo Edipo nunca se quedó atrás. O sinvergüenzas simplemente humanos, como Alejandro, especialista en princesas.

Quizá el más famoso de estos últimos fue Paris que, al raptar a Helena, hizo posible uno de los más hermosos poemas épicos de la historia. Es probable que la gran abundancia de sinvergüenzas obligara a las mujeres a organizarse en corporaciones de amazonas que, de todos modos, no salvaron a Pentesilea de su cruel destino.

Ulises, el más sagaz de los griegos, tuvo sus aventurillas con Circe y con Nausikaa, y las hubiera tenido con las sirenas si su precavida tripulación no le hubiera atado convenientemente al mástil de su barco. Aquiles mismo, tan fuerte e invulnerable, tonteó con Briseida, aunque también con Patroclo.

El mundo antiguo parece haber sido un hervidero de sinvergüenzas, de Herodes a Ovidio, desterrado por golfo al Ponto; de César a Calígula o de Marco Antonio a Tiberio. Petronio, gran cronista y sinvergüenza él mismo, nos habla del banquete de Trimalción: pues Trimalción, que era muy parecido a un personaje de nuestra jet-set, comía aparte. Créanme: una fiera.

En la Edad Media el sinvergüenza se refugia en la nobleza y en los estudios, llegando incluso a la santidad, tal como le sucedió a San Francisco de Asís. Nos han quedado vestigios en verso de las hazañas de los goliardos, y no son de despreciar las barbaridades que cometió Villón, con envidiable despreocupación. También tenemos la constancia de cómo los nobles se las apañaron para hacerse con el derecho de pernada, aunque para ejercitarlo no hacía falta más talento que ser señor de un buen puñado de siervos y de siervas de la gleba.

Nuestro Arcipreste de Hita, Ruiz, hacía de las suyas y lo ponía en verso para mejor conservarlo en la memoria: don Carnal y doña Cuaresma le apretaban. El mismo López de Ayala parece que no paraba de perseguir serranas aquí y acullá, aunque no despreciaba a las pastoras, a las que deleitaba con cultísimos versos que debían provocar no poco desconcierto entre aquellas analfabetas.

El Renacimiento mismo alborea con obras como el Decamerón de Bocaccio y los Cuentos de Canterbury de Godofredo Chaucer, a través de los que se consigue una clarísima visión de cómo se las apañaban los sinvergüenzas de aquellas sociedades artísticas pero poco tecnológicas.

Para atenernos a España, ¿se puede o no llamar sinvergüenza a Don Rodrigo, Cava arriba, Cava abajo, hasta que provocó la invasión musulmana y se dio cuenta de que ya no poseía una villa que pudiera llamar suya? Cuentan que Felipe IV, para entretener la soledad del mando, abría butrones en los muros de los conventos para capturar monjas de buen ver. Carlos I tuvo tres esposas, pero no sólo a ellas: era un hombre a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento. ¿Y Alfonso XII y sus salidas de tapadillo? ¿Y la desmedida pasión por las señoras que sentía el doctor Negrín?

La lista sería imposible: Hernán Cortés con La Malinche. Calixto con Melibea; los Amantes de Teruel, cada uno con el otro; Don Juan con Doña Inés y otras muchas; el poeta Espronceda, con su Teresa portuguesa, parece que fue un romántico con mucho éxito. ¿Y Godoy?

Nuestra misma actualidad parece estar llena de personajes importantes que sinvergonzonean con mayor o menor fortuna, desde la empresa pública o desde la privada; desde la poltrona o desde la Costa del Sol.

Por eso extraña, con tanto ejemplo real, que uno de los arquetipos españoles se haya fijado en un personaje de ficción: Don Juan Tenorio, también llamado, algo antes, el Burlador de Sevilla. Cierto que Tenorio parece haber existido, pero su fama es pura ficción.

¿No será que, más que a la imagen del conquistador, nuestro arquetipo responde a la figura del que se imagina serlo y cuelga carteles con sus hazañas? Y, por otro lado, en una tierra a la que tantos acusan de ser famosa por su implacable represión, ¿cómo es posible que uno de los héroes nacionales sea el don Juan, que poco reprimido ha estado en los últimos quinientos años?

¿Cómo es posible que una de nuestras obras cumbres del teatro renacentista y de toda nu

estra literatura sea la vida y muerte de una alcahueta, la Celestina, y los desaforados amores de Calixto y Melibea, nada puros ni inhibidos, por cierto?

En España los sinvergüenzas con las señoras gozan de un extraordinario cartel, incluso entre ellas. Se les admira, y no en secreto sino a voces, desde los escenarios. Recuerden el prolongado éxito de la obra de Alfonso Paso Enseñar a un sinvergüenza. Algo hay.

Hasta los más despiadados enemigos de Don Alfonso Guerra, después de propinarle una crítica demoledora en su tertulia, vacilan un momento y le dan un punto positivo: Sí, pero hay que ver cómo se le dan las señoras. En cambio, en tierras tradicionalmente menos reprimidas, estas cosas pueden costar un ministerio o la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos o a la del Tribunal Supremo de la misma nación.

En otros lugares, más influidos por la moral calvinista que equipara la riqueza a la bendición de Dios y por ella mide el éxito humano del individuo, acumular dinero es garantía de una vida feliz y admirable. Aquí, con razón o sin ella, se admira más al Don Juan que al Don Juan March, y el triunfo es más hermoso y envidiable medido en señoras que en pesetas.

Aplíquese el lector porque ser un sinvergüenza ayuda a triunfar, siempre que uno no descienda a la categoría de canalla. Hay que tener estilo. Sobre todo, estilo. Un sinvergüenza que acepta de las señoras algo más que su cuerpo, acaba recibiendo feos sobrenombres.

Un amigo mío, un gran muchacho lleno de vida y de alegría, después de muchos problemas con las chuletas, consiguió ser médico ginecólogo. Salvo ocasionales correrías en los cotos de enfermeras, no se le podía acusar de nada al pobre hombre. Al contrario: era un tímido que sólo reaccionaba cuando la mujer se le había insinuado diez o doce veces o se lo pedía a las claras.

Medico a fin de cuentas, pronto descubrió que con su sueldo de la Seguridad Social nunca sería un ciudadano de importancia, y decidió abrir una consulta particular. Al cabo de dos meses tuvo que enfrentarse a la cruda realidad: las señoras no acudían a la consulta y, la que iba, no volvía jamás.

Parecían preferir a un médico próximo a la jubilación, desatento siempre, que las trataba a gritos en muchas ocasiones. Además, semejante ciudadano no se había puesto al día en su materia durante los últimos cuarenta años. Mi amigo, en cambio, estaba a la última, leía revistas y disponía, además, de una consulta con aire acondicionado.


-Quizá si me dejo la barba parezca más respetable.

Le mire, tratando de hacerme cargo de su problema. Tenía cara de buen chico, de esos que dan un rodeo para no pisar a una hormiga.


-A lo mejor se han enterado de lo que me pasó con aquella enfermera. -murmuró- Siendo ginecólogo, estas cosas son muy delicadas.


-No sé -confesó- Nunca me ha atendido un ginecólogo e ignoro lo que las pacientes esperan de él.

Acudí a una de mis más antiguas amigas, a la que había tenido el placer de engañar varias veces sin resabiarla, y le pedí que fuera a la consulta a que le hicieran un buen reconocimiento. Luego me informó:


-Parece muy meticuloso. Sólo te toca cuando es estrictamente necesario. Pero...

El pero era lo que me interesaba:


-No me gustan los médicos que se ponen nerviosos cuando me ven desnuda.


-¿Se pone nervioso?


-Y colorado. Tiembla. Le tiemblan las manos, los ojos y la voz. Parece un gusano con problemas: no se atreve a mirarte de frente cuando estás sin ropa.


-¿Y eso es malo?


-Malísimo.

No tenía más remedio que confiar en la palabra de mi amiga. Si las mujeres reaccionaban así ante la timidez de su médico, el mío estaba perdido. Necesitaba una intensa campaña de imagen..


-Mal te veo. -le dije.- Eres demasiado correcto y educado y no miras de frente a tus enfermas.


-Lo hago para no ponerlas nerviosas. Si tú estuvieras enfermo y desnudo en mitad de una habitación desconocida, ¿te gustaría que una mujer te echara miradas descaradas?


-Ni descaradas ni de las otras. Eso no me lo dejo hacer. Ni siquiera le enseño la dentadura a la enfermera de mi dentista.

Comprendía los reparos del médico y comprendía los reparos de mi amiga.

Estábamos frente a un caso de incompatibilidad moral, de manera que dediqué al problema mis más potentes pensamientos:


-Vas a tener que dar un escandalazo. -dije al fin.


-¿Estás loco? ¿Crees que un ginecólogo puede hacer esas cosas sin caer en la miseria? ¿Qué mujer iría a mi consulta?


-¿Qué mujer va?

Era un pobre antiguo y había que tener paciencia con él, pero, por más que se lo explicaba, se negaba a entender que la sinvergonzonería produce beneficios en nuestra tierra. Buena imagen.


-Mañana, muy tranquilo, le metes mano a la primera enferma que te entre en la consulta.


-Ni hablar. Yo no puedo hacer eso.


-Con un poquito de coñac, sí. Te va en ello el futuro.


-Me dará una bofetada.


-A lo mejor.


-Y, si está casada -insistió él, muy optimista-, vendrá su marido con una pistola.


-Lo dudo mucho. Si tiene un marido capaz de agarrar una pistola, también debe de ser capaz de darle una paliza a ella y, en ese caso, no se lo dirá.


-Pero, el Colegio de Médicos...


-Oye: si no se lo dice al marido, menos al colegio de médicos. Lo que hará será contárselo a sus amigas; a lo mejor presumiendo. Y eso es lo que queremos.


-¿Lo queremos?


-Sí. Tú mañana le metes mano a una. Que note bien que te recreas en la suerte, aunque no digas una palabra. Que no se pueda confundir sobre tus intenciones. Nada de toquecitos profesionales: al bulto.


-Me moriré de vergüenza.


-Bueno, pero después.

Trabajaba por la mañana en la Seguridad Social y, por la tarde, abría la consulta. Cominos juntos o, mejor dicho, comí yo preocupándome de que él se anegara en vino. Luego, las copas del café.


-¿Cómo va ese espíritu?


-Por debajo de la superficie desde hace rato. Creo que se me ha ahogado.

Le ayudé a ponerse la bata y le empujé a su despacho. La primera enferma, ni guapa ni fea, salió media hora después, mostrando unos saludables colores. No pálida de ira.


-¿Qué? -le pregunté.


-¡Uf! Me miraba de un modo...


-¿Qué ha dicho?


-Nada. Como si no lo notara.


-Esto va bien. Mira: para asegurarnos, aplícale el mismo tratamiento a la segunda.

En realidad, aquella tarde había bastantes clientes y mi amigo ginecólogo no dejó escapar a una sola sin su ración. Iba cogiéndole gusto.


-No está tan mal. Si mañana no estoy detenido, quizá abra un poco antes y...


-Ni hablar: han sido ocho visitas. Tendrás que esperar al mes que viene.

La voz se corrió. Y la voz decía que mi amigo era un buen médico, pero algo aprovechado. Desde entonces, su consulta empezó a prosperar y las enfermas, cuando le veían enrojecer y temblar, lo achacaban a la dificultad para reprimir sus poderosos deseos.

Hoy es un médico de éxito gracias a su falsa fama de sinvergüenza.

Con este ejemplo se quiere indicar al aprendiz que los estudios que inicia en la página siguiente no son un lecho de rosas: es muy difícil entender a las mujeres y, más todavía, sacar partido de lo poco que los hombres hemos averiguado de ellas al cabo de diez mil años de observaciones entusiastas.

Las siguientes lecciones darán una orientación sobre los mejores métodos para sinvergonzonear, pero, como se insistirá a lo largo del libro, todo es relativo con ellas. Todo menos una cosa: para ser un buen sinvergüenza hay que esforzar mucho el corazón. Y no ser un don Juan. Nada de presumir. La clave está en que sean ellas las que hablen de ti. Entre ellas.



Chapter 3
LECCIÓN PRIMERA. ¿QUE ES LA MUJER?
Un poeta tendría mucho qué decir si se le diera la oportunidad con esta pregunta. También un tocólogo y, sin duda, muchos recién casados se desatarían en cánticos, inspirados por la ceguera temporal de su situación.

Pero para llegar a ser un sinvergüenza aceptable hay que rechazar los cantos de sirena y, siempre que la configuración psicológica lo permita, atenerse a la más estricta realidad. Por ejemplo, a todos nos consta que las mujeres tienen alma, pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza con el alma de una mujer? ¿Ponerla en una repisa y contemplarla?

Tome nota el aprendiz: Eche un v

elo sobre el alma de la mujer.

Una poderosa corriente de opinión insiste en la inteligencia de la mujer. Es temible. Cuando come una manzana -señala la corriente- se las arregla para que alguien la coma con ella. Cuando decide que su marido se tire por la ventana, apunta el tópico, lo mejor es vivir en una planta baja.

Pero, ¿qué puede hacer un sinvergüenza, aun uno modesto, con la inteligencia de una mujer? ¿Pasarse la vida suministrándole libros que la alimenten? ¿Emplearla como contable? ¿Y eso no sería una condenada forma de desaprovechar a la mujer en cuestión?

En otras palabras: el sinvergüenza, si tal es su capricho, puede reconocer el alma y la inteligencia de la mujer, especialmente para descubrirlas a tiempo y resguardarse. Pero el sinvergüenza debe abstenerse de ver a la mujer bajo ese aspecto y, como ya se ha dicho, debe limitarse a lo más material de la persona: a cuanto se puede tocar o palpar.

Digan lo que digan algunas feministas embravecidas, una mujer es un ser maravilloso que puede distinguirse por su rostro lampiño y suave, por sus cabellos largos, en muchos casos teñidos, por su cuello delgado sin nuez y, navegando de norte a sur ojo avizor, por un sinfín de detalles que, tras una severa inspección, no dejarán lugar a dudas.

Para los más distraídos, he aquí una regla de oro: es el ser más parecido al hombre de los que se ven en la naturaleza. Anda erguido, aunque con una ondulación muy peculiar, y habla. Habla mucho y la opinión más extendida es que lo hace para expresar pensamientos.

Por lo demás, Dios ha puesto en ella el don más poderoso de la tierra: la belleza. Cierto que hay mujeres feas, pero nunca tanto como un hombre.



3.1 PSICOLOGÍA Y OROGRAFÍA
a) PSICOLOGÍA
Muchos varones darían un brazo por desentrañar la psicología de la mujer; unos con fines estrictamente científicos y otros, los más, con intenciones lúdicas. Ojo: lúdico y lúbrico se parecen, pero no son lo mismo.

Al aprendiz de sinvergüenza le conviene saber que cada mujer es distinta pero, en conjunto, son muy parecidas entre sí. Su anatomía les impone unas pautas de conducta, y sus glándulas, otras. Como todas tienen anatomía y glándulas, de ahí las semejanzas.

Si uno persiste en ver a una mujer como a un individuo aislado, alguien llamado María o Sandra, jamás entenderá su alma. El aprendiz de sinvergüenza debe sacar factor común y atender solamente a la psicología que todas comparten.

Por ejemplo: ¿Qué es lo que hace que las mujeres lleven faldas? El convencimiento de que sus piernas son atractivas.

Pero, entonces, ¿qué es lo que les induce a vestir pantalones? Lo mismo: el convencimiento de que sus muslos o sus caderas merecen especial atención.

Ya tenemos uno de los rasgos característicos de la psicología de la mujer: la intención, consciente o inconsciente, de captar la atención tanto de los hombres como de las otras mujeres. En otras palabras: la mujer lucha por diferenciarse como individuo, pero para diferenciarse, curiosamente, resalta lo común a todas las mujeres: su especial estructura mortal.

El futuro sinvergüenza no debe caer en esta trampa. Una mujer es siempre una mujer. No debe meterse en ningún otro vericueto psicoanalítico: a todos los efectos, sólo le interesa saber si sí o si no.



NOTA ERUDITA
Si el sinvergüenza en ciernes quiere, sin embargo, una visión más seria, le conviene saber que, según JUNG, muchas mujeres pertenecen al tipo INTROVERTIDO SENTIMENTAL

¿Qué es eso? Pues personas con los siguientes rasgos: es dificilísimo captar sus sentimientos, aunque los tienen. Una esfinge: cerrada, silenciosa e inaccesible. Todo en ella se desarrolla en lo profundo. Lleva una máscara de indiferencia y sus actos suelen obedecer a emociones cuidadosamente ocultas. Parece tranquila y poco desconfiada. Despierta simpatías, sobre todo cuando enseña los muslos. Ninguna emoción se manifiesta al exterior, pero su interior hierve en pasiones.

Pero, cuidado. Dos aclaraciones: no todas las mujeres son así y, por supuesto, las que lo son, lo son mientras no cogen confianza con el hombre. Luego sí se le manifiestan. Y con exigencias.



LO FUNDAMENTAL
Lo fundamental de habernos asomado al pensamiento de un tipo tan prestigioso como Jung estriba en tomar buena nota de algo muy común a todas las mujeres: Son sentimentales. Usan y abusan de la imaginación y, haga

n lo que hagan, son muy capaces de tener media mente, o tres cuartos, absorta en sus fantasías. No exteriorizan sus verdaderos sentimientos ni sus deseos ocultos (sobre todo al hombre) y hierven en pasiones, pero en el interior.

El sinvergüenza debe apañárselas para sacar fuera esas pasiones y ver qué puede hacer con ellas.



MUCHOS MÉTODOS DE CLASIFICACIÓN
Al llegar aquí, el estudioso de sinvergüenza ya habrá descubierto, con horror, que la cosa es difícil y quizá esté pensando en cómo echar en un diván de psiquiatra a cada señora para, en tal posición, escarbar en su mente. Cuidado: si a una señora tumbada en un diván se le intenta escarbar la mente, suele ofenderse: ella muy probablemente haya consentido en tomar tal posición bajo otras expectativas.

A la mujer, como se ve, se la puede clasificar siguiendo multitud de criterios. Rubias, morenas y pelirrojas, por ejemplo. Los exigentes pueden añadir un cuarto grupo: el de las castañas. El hombre normal suele tener su tipo ideal y en él ocupa lugar preeminente el color del pelo, la capa. Pero el buen sinvergüenza, si quiere triunfar en su difícil empeño, debe olvidarse de ideales y arquetipos.

Rubias, morenas, castañas y pelirrojas, todas son mujeres y no es justo discriminar. Discriminar conduce al enamoramiento y un enamorado no puede ejercer de sinvergüenza hasta que se le pase.

Mejor es, pues, dividir a las mujeres en guapas y feas. Descartadas las feas, las guapas pueden ser delgadas o llenitas, altas o bajas, simpáticas o ariscas.

Todas las guapas saben que lo son, y muchas feas también: "Sí, sí, la nariz, pero, ¿qué me dices de estos ojazos?"

Pero, aunque sepan de sobra cuanto se pueda saber sobre su propia belleza, no tienen jamás reparos en que se lo comuniquen como descubrimiento reciente. La única objeción puede venir de cómo se les indique lo guapas que son, pues no es lo mismo exclamar con voz enronquecida y con los ojos fijos en sus pupilas:


-¡Cielos, qué hermosa eres!

que darle un azote y gritar:


-¡Qué buena estas, cordera! o cualquier otra muestra de populismo romántico.



EL MEJOR
Suponiendo que el aprendiz de sinvergüenza sepa distinguir entre guapas y feas por sus propios medios, de la psicología de las guapas sólo le interesa una cosa: Sí o No. Existen las mujeres que sí y existen las mujeres que no.

Es obvio dedicarse a las que sí y dejar en la reserva a las que no, hasta que se haya adquirido experiencia. A la larga, el sinvergüenza bien entrenado prefiere cometer sus sinvergonzonerías con las mujeres que no, ya para ir superando los retos de la naturaleza, ya para recrearse en lo difícil.

Porque todas las mujeres son que sí, salvo que exista un verdadero impedimento físico, como haber perdido la mitad del cuerpo o estar enfundada en una sólida escayola. Este hecho, conocido de antiguo por los expertos, se basa en que la mujer es también un ser humano, sexuado y sometido a las idas y venidas de la sangre, a la primavera y a la imaginación.

Por prudencia, y por un mínimo de moral que el buen sinvergüenza debe conservar para ser distinguible de los buitres, hay que descartar a las mujeres menores de 16 y mayores de 70 y, por supuesto, a las casadas.

Pero, ¿y si las casadas no le descartan a uno?, puede decir el aprendiz, impaciente.

Valor, mucho valor. Apretar los dientes y sufrir como un hombre. Últimamente parece haber descendido el número de crímenes pasionales cometidos por maridos con la mosca detrás de la oreja, pero siguen existiendo.


-¿Y si me arriesgo a todo? -puede insistir el novicio de sinvergüenza.

Mire: el marido tarda, pero siempre se acaba enterando. Y, si no, la mujer se encarga de advertírselo en muchos casos. Para fastidiarle a él y a usted. A las mujeres, en lo más hondo de su silenciosa imaginación, les encanta que los hombres luchen por ellas. Es la voz de la selva. Queda usted advertido.



NO TENGA REPAROS
Otro tipo de aprendices, con menos osadía, pueden sentir la sensación de asomarse a un abismo: son muchos años de respetar al ser humano y otros tantos de admirar la belleza femenina, tan rotunda y, a veces, tan sutil, casi espíritu.

¿Cómo puedo ser tan cínico? ¿Cómo puedo hacerme a la idea de que tanto da una como otra?

Llegado aquí, pregúntese si tiene vocación de hombre enamorado. Si, por el contrario, s&oacut

e;lo es enamoradizo, olvide sus reparos. ¿No ha oído jamás a una mujer decir "todos los hombres son iguales"? No es cierto, pero casi todas lo creen. También les habrá oído eso de que "los hombres sólo pensáis en lo mismo". Ellas, más, pero a su estilo.

Así que métase esto en la cabeza: no hay mujer que pueda ser engañada en las artes amorosas en este Siglo XX- Cambalache. Consienten porque quieren. El buen sinvergüenza sólo hace una cosa: darles la oportunidad que ellas han imaginado mil veces.



b) OROGRAFÍA
Ya comprenderá que no se habla de verdadera orografía, pero la mujer es, además, un símbolo, la tierra nutricia, y, como tal, tiene accidentes naturales: colinas, valles, desfiladeros y hasta terremotos y volcanes. La forma en que tales accidentes están distribuidos es lo que anima la actividad.

Para despejar el terreno, hágase una pregunta íntima: ¿Qué parte de la mujer mira primero? ¿La cara? ¿El pecho? Si viste pantalones, ¿el pubis, por así decir? No venga ahora con melindres: usted lo sabe y tiene más de un noventa por ciento de probabilidades de mirar, precisamente, el dichoso pubis.

¿Por qué? Porque ahí reside una poderosa diferencia, ¿no? Una misteriosa diferencia, además.

Tranquilícese: la mujer mira también en la misma dirección, aunque usted no lo vea. Es muy difícil averiguar si una señora mira o no, salvo en el caso de que ella quiera que usted lo sepa.

Parece ser que la especie humana, frente a otras que prefieren el olfato a pesar de ser más engorrosa la maniobra, lanza periódica y automáticamente miradas de reconocimiento. Los individuos, involuntariamente, necesitan saber si lo que viene es macho o hembra para actuar de un modo u otro. Para tal descubrimiento, el punto clave es el pubis, como decíamos: una prueba irrefutable hasta hace pocos años. Si las dudas persisten, se explora el pecho. Vivimos en una permanente búsqueda de señales sexuales y ni los más avezados sinvergüenzas escapan por las buenas al método natural.

Pero deben hacerlo. A lo largo de los milenios no hay parte propia que la mujer no haya enseñado u ocultado celosamente, siempre con el proyecto de captar la atención del macho cazador.

En esta poca tan especial, la mujer tiende a enseñarlo todo para que cada cual saque sus conclusiones sobre la mercancía. Y, en el fondo, cuanto más se desnuda una mujer, más se oculta en el interior de su cuerpo, donde es fama que halla compañía en sus pasiones profundas y en su imaginación. La desnudez pública no deja de ser un vestido más (vaya al Anexo I), una forma de emitir perturbadoras señales sexuales que llamen la atención de los más receptivos. Luego, nada, claro: el desnudo es un vestido psicológico.

Dentro de pocos años, las mismas que ahora se pasean -en verano vestidas de brisa, pueden ir cubiertas del cuello a los tobillos y pasar el tiempo criticando la desvergüenza de las más jóvenes. Pero en ningún caso por motivos morales, como tampoco se exhiben hoy por pura inmoralidad. El sinvergüenza debe sacar de todo esto una simple observación: todo en la mujer es relativo, incluidos el amor y el desamor.

Sólo hay una parte que la mujer jamás ha cubierto: los ojos, las puertas del alma. Cierto que el alma femenina no le sirve para nada al sinvergüenza, pero los ojos, sí. Es muy probable -pero no seguro- que la mujer-tipo piense que los ojos son su parte más elevada y espiritual, donde residen y se exhiben su ingenio y sus sentimientos más hermosos.

De hecho, los enmarca, los colorea, los resalta para atraer sobre ellos las miradas. Pese a todo, sabe perfectamente dónde van los primeros golpes de vista varoniles: unos cuatro palmos más abajo.

Pues bien: el buen sinvergüenza, en contra de su arraigado instinto, no debe mirar donde todos y sí a los ojos de la mujer, a uno y a otro, haciéndolo, además, con intensidad no exenta de lujuria. Ha de usar una mirada que se parezca lo más posible a esta frase: "Te miro a los ojos con la misma intención que te miraría el pubis, por así decir, porque tus ojos son más reveladores aún y están más desnudos". Si esto sucede en una playa nudista, el efecto es aún más halagador para la señora o señorita.

De toda la extensa orografía a la que venimos haciendo referencia, la mirada al ojo produce excelentes dividendos po

rque dispara la imaginación latente de la hembra, capaz de haber construido una novela de amor, serie X, tres pasos después de haberse cruzado con el sinvergüenza experto en miradas que abrasan.

De todos modos, la mujer puede agradecer, con rubor o sin él, que se la mire en cualquier zona y más en aquellas de las que se siente orgullosa, que son, normalmente, las que más hace resaltar con su atuendo o su maquillaje. Si lleva el pelo largo y suelto, se trata del pelo; si luce grandes pendientes, las orejitas; si lleva escote, el cuello y el pecho; si enseña la barriga, la cintura o el ombligo. Ante la duda, mirar todo varias veces, dejando claro que se disfruta con intensidad en tanto queda uno sumido en la admiración.



ALGO MAS INTENSO AUN QUE LA MIRADA
La mirada puede transmitir una intensa radiación erótica y convertirse en una especie de semáforo que indique a la mujer que, de desearlo, puede satisfacer su imaginación oculta con el centro emisor, siempre que la mirada no sea sumisa ni de carácter estético, sino un catálogo de emociones fuertes, cuanto más primarias, mejor.

Pero hasta las miradas más ardientes palidecen ante los potentes efectos de la palabra, que es cosa mucho más íntima. Tras mirar los ojos femeninos, nada mejor que hablar de ellos a la propietaria, evitando, eso sí, las preguntas metafísicas tales como ¿de dónde te has sacado esos ojazos?


-¡Qué ojos tan maravillosos!


-¡Qué color tan increíble!


-¡Qué luz!

No tenga reparos. Una mujer normal es capaz de creer que tiene cualquier cosa en los ojos y, según sea la cosa esa, decidir que el hombre que se la ve está un par de palmos por encima de la inteligencia de un asesor de imagen o del mismo Herr Einstein.

No lo olvide el aprendiz: la palabra, usada para descubrir la orografía femenina, es mucho más íntima que la mirada, y profundamente excitante. No importa la exageración. Nunca se exagera lo bastante:


-Es como si tuvieras un sol en cada ojo.

Se lo creen sin dificultad o, al menos, piensan que nos han sacudido tan fuerte con los ojos en cuestión que desvariamos por su causa.


-Tus ojos son como una sala azul con cortinas blancas.

No tema: todo vale.


-Me asomo a tus ojos y veo un mundo nuevo y misterioso.

Y, si quiere probar que la exageración es lo indicado, añada:


-Con árboles y pájaros cantando.

No le llevarán la contraria.

Con la palabra aplicada a la orografía femenina se pueden hacer diabluras. Cualquier lugar, recóndito o insignificante, puede convertirse en un poema: un lunar, el lóbulo de la oreja, los dientes, las pestañas, la pelusilla blanquecina del cogote, la punta de la nariz, el arco de la ceja.

Para que la palabra ejerza su máximo influjo hay que suministrarla acompañada con el sentimiento que el accidente orográfico causa en el corazón del hablante:


-Me asomo a tus ojos y veo un mundo nuevo y misterioso, con árboles y pájaros cantando. -atiendan a la segunda parte- Y siento una sensación profunda.

Puede que el sinvergüenza no sepa lo que es una sensación profunda, pero la homenajeada, sí. Lo importante para ella es que hace sentir.

Si las palabras comunican secretos, mejor que mejor:


-No se lo he dicho a nadie, pero las orejas de una mujer son como rosas, como flores.

Diga cualquier cosa de la frente, del flequillo, del mentón, pero no en público: hay que evitar las carcajadas de los otros varones. Cuente que conoce a las personas por las manos y que ella las tiene sensibles, precisas, de artista, aunque sean bastas. Una confesión sobre las manos nunca deja de causar efectos sorprendentes e íntimos.

Si ella, humilde, le comunica un profundo defecto, como que las tiene frías o calientes, niéguelo a toda costa y afirme que así le gustan más.


-Frías como el alba.


-Tibias como el mediodía.

Un buen sinvergüenza no ha de tener complejos. Al contrario, cuando haga un tratamiento vocal, a base de palabras escogidas, recale en los lugares más débiles de la estructura femenina. Convierta un ojo lloroso en un ojo brillante y sensible a la luz; diga algo inspirado de las puntas de la nariz frías y enrojecidas, como que prestan a su propietaria un aire de niña inocente: cuela siempre. Llame esbeltas a las piernas delgadas. No ceje y llame turgentes a los muslos gordos. Del pecho pequeño, afirme q

ue la medida homologada le exige caber en una mano; del generoso diga que, según Aristóteles, la esfera es la figura más perfecta.



EN RESUMIDAS CUENTAS:
La orografía femenina, aunque dispuesta según los mismos planos, puede tener apariencias muy diversas en tamaño, forma, tacto y proporción, pero un sinvergüenza avezado sabe decir exactamente lo mismo de los elementos y protuberancias más distintos: qué pelo tan luminoso, qué cuello tan misterioso, que pecho tan atractivo.



REGLA DE ORO
Hacer un croquis discreto, pero encomiástico, del territorio de una mujer cualquiera abre muchas puertas, si es que uno cuida de olvidar el realismo viril. Nada de palabras como culos, tetas, barriga: caderas, pechos o senos, vientre... Otras, aún más directas, no las use nunca, aunque tenga el objeto a la vista.

El buen sinvergüenza ha de ser capaz de acostarse con una mujer sin que en ningún momento este hecho se refleje en su conversación. Si se ve forzado a hacer mención de ciertas maniobras, insista en que está buscando su alma: salva las apariencias:


-Busco tu alma para poseerte entera.

Signifique lo que signifique, hace su efecto. Y no es que las mujeres se lo crean todo, no. Pruebe a decirles que esta o aquella son perfectas y verá. Lo que sucede es que se creen casi todo lo maravilloso que se dice de ellas. Por dos razones:

A).- Ya lo han pensado antes.

B).- Ante la duda, creen que le han sorbido el seso y que las palabras del varón son hijas de la pasión.

Ignoran, las pobres, que el varón, una vez apasionado, gruñe en lugar de perder el tiempo hablando.



Chapter 4
LECCIÓN SEGUNDA: COMO ELEGIR PIEZA
Impuestos ya sobre lo que es la mujer y los tipos que resultan de su catalogación científica, el sinvergüenza aprendiz tiene que plantearse una pregunta clave: ¿Cómo elegir a la víctima?

Muchos hombres afortunados nacen con un instinto extraordinariamente preciso. Hay quien, sin estudios especializados, es capaz de entrar en un salón atestado de señoras y, tras una mirada panorámica, decir "aquella" con un margen de error del 0,1 por cien. Es un don.

O, mejor, un aspecto poco estudiado de la inteligencia práctica. Porque lo cierto es que la mujer, como los semáforos, se pasa el tiempo emitiendo una completa y complicada tanda de señales. Luz roja, ámbar y verde. Lo malo es que, a veces, emite rojo y verde a la vez, o ámbar y verde, y el éxito depende entonces del instinto.

En principio, la mujer aislada es más accesible que en grupo. Varias mujeres juntas descorazonan al hombre más curtido, pues le consta lo sarcásticas y escatológicas que pueden llegar a ser entre ellas. En pandilla, hasta las más tiernas se atreven a todo.

A todo. Recuerdo, como una amarga experiencia, la tarde en que pasé por delante de tres jóvenes estudiantes de COU. Silbaron a mi paso y una me dijo, con voz clara y precisa: ¡Vaya carroza interesante! ¡Así me gustan a mi!

Enrojecí en el acto mientras notaba la garganta seca y atenazada por una mano negra. Pero los hombres, lejos de buscar consuelo en las lágrimas, damos la cara al peligro y nos enfrentamos a lo difícil con una sonrisa.

Giré sobre mis talones, retrocedí hasta las chicas que me contemplaban zumbonas, y cogí el toro por los cuernos:


-¿Quién quiere tomarse una cocacola conmigo y hablar con un carroza?

Las tres, y muy contentas.

La mujer emite con los ojos, con la postura, con el movimiento y hasta con la evitación de mirar al que debe recibir el mensaje; pero nunca, nunca, con la palabra. Las palabras tiene que pronunciarlas el hombre para que ella se de el gustazo de fingir que decide cuando lo ha hecho ya. Antes de que el hombre tome alguna medida de aproximación, ella sabe si sí o si no.

Salvo en el caso de los muy expertos, el sinvergüenza normal debe evitar entrar en tratos con políticas o politizadas, con feministas (ir al anexo 2), con casadas y con devoradoras de hombres, por los riesgos que implican y por la pérdida de libertad que suponen.

En general, el hombre maduro, de 35 a 45 años, tendrá más éxito con las jóvenes, mientras que el hombre joven lo tendrá con mujeres mayores que l: por lo visto la naturaleza trata de compensar las diferencias. También es un hecho que, tanto al hombre como a la mujer, a medida que envejecen, les gustan los antagonistas más jóvenes.

Otra norma que debe t

enerse presente a la hora de elegir es que la mujer nunca, nunca, es lo que parece. Y nunca se porta tan bien con el hombre como al principio, durante el galanteo. Por eso el buen sinvergüenza, empeñado en cortar la flor del día, debe hacer lo posible para mantenerse siempre en esa fase insegura y hermosa.

Y tener siempre bien presente que es en ella cuando mayor peligro de enamorarse de verdad se corre: nada despierta tanto el amor como tratar con una persona que nos ama o lo parece: es muy contagioso.

A pesar de saber que la mujer nunca es lo que parece, el hombre tiene que fiarse de sus observaciones, y aquí surge el gran drama masculino: cada hombre tiene una especie de hado que le lleva una y otra vez hacia mujeres del mismo tipo, con las que puede pasarse la vida repitiendo una historia semejante.

El record de estas coincidencias, en contra del azar y de la voluntad, lo tiene un conocido que sólo, sólo, ha tenido que ver con mujeres cuyo nombre empezaba por e. Naturalmente, antes de abordarlas l ignoraba esta circunstancia, pero por alguna extraña razón sólo se aproximaba a las es. De este modo, su vida ha sido un continuo ir y venir persiguiendo a Evas, Elviras, Esperanzas, Emmas, Elisas, Elenas... Es el hado que mencionábamos antes.

Hay quien sólo consigue morenas o sólo pelirrojas. Pero, en general, estos casos extremos, tan volcados en un sólo detalle, no suelen darse, y la maldición masculina consiste en el tipo psicológico de las mujeres a las que uno se hace adicto.

Es algo relacionado con las afinidades electivas. Sólo una clase de mujeres reacciona ante el particular encanto o método de cada hombre. Si sirve la experiencia propia, no tengo reparo alguno en confesar que yo soy víctima de las mujeres pensativas, bastante complicadas, algo intelectuales y cargadas de complejos. No necesito compasión, pero para mí los amoríos no han sido un lecho de rosas.

Tan pronto como hay por las cercanías una mujer con la costumbre de bajar los ojos con aire pudoroso, meditabunda, algo tímida o retraída, ahí estoy yo echándole los tejos: no puedo resistirme al hado. Y es que s cómo llegar a su fibra sensible: es como un instinto.

Sin embargo, las que me gustan de verdad son las alegres y dicharacheras; las que nunca han leído ni a Sartre ni a Camus ni murmuran versos de Miguel Hernández o de Lorca en cuanto te descuidas; las que prefieren las comedias a las tragedias y, en general, aparentan tener menos sesos que un chorlito. Me gustan las coquetas zalameras, vanidosas, que piensan mucho en cómo agradar; superficiales, ligeras y despreocupadas. Pero ese tipo de mujer no se me da.

Cualquier aprendiz de sinvergüenza que se haya colgado las primeras dos piezas sabrá muy bien la clase de hado que tiene que soportar para el resto de sus días. Como si fuera un personaje de Esquilo, más le vale no intentar oponerse al destino y hacer lo que los dioses del amor han decidido que haga, o retirarse de la circulación haciendo penitencia en el matrimonio.

Una vez que sepa qué tipo de mujer es el único sensible a sus peculiaridades, debe tener una clara visión de los grados de dificultad con que se va a encontrar.

Psicológicamente no puede hablarse con razón de señoras más fáciles o más difíciles, salvo en casos extremos de furor uterino. Quienes deciden el comportamiento suelen ser las circunstancias; y las más favorables para los fines del sinvergüenza coinciden en una verdad indiscutible: la mujer que vive sola, lejos de la familia, sin controles diarios.

En este apartado pueden incluirse las divorciadas. Estas, además de vivir solas, están hechas, mal o bien, a la vida en pareja y, aunque hayan tenido motivos muy respetables para separarse, su humana naturaleza les hace mirar la cama vacía con bastante frustración.

No se pretende decir que todas las divorciadas sean fáciles, sino que muchas divorciadas pueden ser trabajadas con un alto porcentaje de éxitos, si el sinvergüenza practicante sabe jugar sus cartas.

Otras mujeres que viven solas pueden ser estudiantes lejos del hogar, funcionarias jóvenes trasladadas de aquí para allá... Su observación ha proporcionado al gremio un dato que no es anecdótico: un nivel cultural más elevado, lejos de poner en guardia a la mujer solitaria, la hace más vulnerable a las artimañas del sinvergüenza experto. A la experiencia diaria me atengo y al hecho de que la formación superior, al insistir más claramente en la igualdad de los sexos, desarma a la mujer

frente a los razonamientos insidiosos del especialista. La cultura, como aquel que dice, es enemiga de la intuición.

Un buen cazador de señoras debe, antes de seleccionar su presa, conocer su estado civil, su profesión, sus circunstancias personales: si vive sola, con amigas o con la familia, o si ha sido abandonada recientemente. Debe observar meticulosamente sus costumbres en bares y cafeterías: la mujer que bebe, por ejemplo, se desinhibe que da gloria verla y, a poco que se pase en la dosis, experimenta unos calorcillos lascivos de los que se puede sacar partido.

Normalmente, es más fácil ser un sinvergüenza con la mujer que trabaja que con la que está en su hogar, porque las posibilidades son directamente proporcionales al número de horas que pasa en la calle, sometida a la excitante vida moderna.

La mujer que lee, por ejemplo, es más manipulable que la que no lee, suponiendo que sus lecturas sean novelas y no ensayos económicos: tiene una imaginación mas receptiva. Lo mismo pasa con la mujer que trasnocha y, claro, con la mujer que ha tenido ya varias experiencias, por así decir.

Y la edad: cuanta más edad -dentro de unos límites- en las solteras, suele darse el caso de una mayor vocación hacia el acoso y derribo, antes de que se les vaya la juventud.

El que quiera la máxima dificultad para probar sus habilidades, que elija a una mujer joven, virgen, que viva en el domicilio paterno, que tenga que estar a las diez en casa, que posea elevados sentimientos religiosos y que sea conocida por su falta de imaginación.

Eduardo Libre, en su ya lejana juventud, pasó por una poca en que la vanidad se le subió a la cabeza. Presumía de que no se le escapaba una viva, tal era la maestría alcanzada en la ejecución de sus perversos designios.


-Cualquiera. -solía decir en cuanto se mojaba los labios en sangría.


-¿Apuestas? -le respondieron una vez los testigos. Y el muy asno fue y apostó a ciegas.

Había una chica monísima que todavía estaba en Preu, que era una especie de COU con más mala fe. Muy alegre, muy simpática y muy tierna, pero famosa por el modo que tenía de clavar los codos en quienes bailaban con ella y no pensaban en bailar. Todos, incluido Libre, habían intentado el asalto una y otra vez, siendo rechazados. Se despeñaban desde aquellas murallas.

Era virgen con toda seguridad. Muy joven, muy lista; buena matemática y, para colmo de desgracias, vivía con sus padres y no leía novelas de amor. Tampoco bebía ni fumaba. La novia perfecta, pero una verdadera desgracia para cualquier sinvergüenza.


-Esa. -le dijeron a Eduardo.

Hombre de temple, sonrió sin demostrar su profundo desánimo.


-Creí que me elegiríais a una fea, para fastidiarme. Pero me hacéis la cosa interesante con esta monada.


-Ya, ya.

Se pasó dos horas analizando la situación y proyectando arteros planes. Aún comprendiendo que estaba perdido no se rindió. Al contrario: fue en busca de la chica que, encima, se llamaba Inmaculada.


-Inma -le dijo-, me pasa esto y esto.

Le contó todo: su ligereza al pavonearse, su imprudencia al hablar después de beber sangría y cómo los amigos, convencidos de la dificultad absoluta, la habían elegido para la apuesta.

Ella se rió, porque era muy simpática y porque era halagador saber que tenía una fama tan limpia como el cristal.


-Todos te temen -siguió Eduardo, insidiosamente.- No ya los chicos del instituto y tus vecinos, sino los universitarios. Eres tan buena chica, tan imposible como plan, que procuran esquivarte.


-¿Sí? -dijo ella, no tan halagada.


-Claro. ¿Qué chico se va acercar a una muchacha como tú, sabiendo que no tiene ninguna esperanza?


-Tú lo has hecho. -respondió Inmaculada sin sonreír.


-Por una apuesta, pero me tocará pagarla como un caballero.

Ya hemos dicho que Inmaculada no era ninguna tonta y, como tenía talento para las matemáticas, razonaba con mucha lógica aunque sin comprender los abismos de la mente masculina:


-Entonces, ¿por qué has venido a contarme todo esto?

Eduardo se felicitó en silencio por haber dedicado dos largas horas a la meditación:


-Yo ya sé que no te dejas ni coger de la mano, pero, aún así, se me ocurrió que a lo mejor querías burlarte de todos esos y fingir que salías conmigo.




-Si salgo contigo es que salgo contigo. -razonó Inma, implacable.


-Oh, mira: yo no pretendo que te enamores de mí ni mucho menos enamorarme yo de ti. Pero podríamos darlo a entender, para burlarles.


-¿Cuánto te has apostado?


-Cinco mil pesetas.


-¡Jesús!

Hay que advertir que hablamos de un tiempo pasado, no sólo mejor sino mucho más económico. Al cambio, aquellas cinco mil podían ser unas sesenta y cinco mil pesetas de hoy, lo que sigue siendo mucho para un estudiante que pasa poco tiempo en clase.

Tanto que Inma se apiadó:


-¿Qué tendría que hacer yo?

Desde el día siguiente los apostadores empezaron a encontrarse a Inma y a Eduardo en sus bares habituales, en su discoteca, bailando, en las calles usadas como paseo. Eduardo la recogía a la puerta del instituto y la devolvía, a la hora en punto, en la puerta de su casa.

Por lo demás, era tan frío como un pez. Le hablaba de filosofía, o de deporte en ocasiones, pero, sobre todo, de otras chicas, tratando de demostrarle a Inma que ella era distinta y que él no sólo la respetaba sino que no estaba dispuesto a ponerle un dedo encima.

La muchacha agradecía la delicadeza pero, como se sabía guapa y simpática, empezaba a preocuparse. De seguir así, asustando a los chicos que ya no se atrevían ni a aproximarse, veía venir una larga vida de soledad y aburrimiento.


-Si hubiera sido otra, ¿me hubieras contado lo de la apuesta o hubieras intentado conquistarme?


-¡Qué preguntas! -exclamó Eduardo, relamiéndose en silencio- Pero a ti no se te puede conquistar.

Ella enrojeció y se mantuvo en silencio durante un rato, analizando la situación sin duda.


-¿Por qué?


-Oh, bueno: tú no te fías de ningún chico. Y haces bien. No dejarías que te llevaran a los bancos oscuros ni que te dijeran tonterías sobre tus ojos mientras intentaban meterte mano.

Inma volvió a sus análisis, de los que salió fortalecida:


-Si no me llevas a esos bancos, ¿tus amigos se darán cuenta del truco? Algunos van por allí con otras, ¿no?

Se estuvieron hora y media sentados en aquellos oscuros e inmorales asientos. Como Eduardo se mantenía quieto y silencioso, se aburrieron profundamente hasta que él señaló a una pareja que avanzaba:


-Es Ramón: un apostante.

Ella disimuladamente, bendijo a Ramón mientras Eduardo se aproximaba y pasaba un brazo por encima de sus hombros.


-Perdona. -se disculpó- Es lo habitual.

Puso la otra mano en la cintura femenina y aproximó su boca a la orejita:


-Así parecerá que te estoy besando.

Inma, herida, no se explicaba por qué aquel cretino desaprovechaba la ocasión de besarla de verdad. Eduardo, según decían las malas lenguas, no solía andarse con rodeos. ¿Carecía ella de sex-appeal? Quizá, porque tan pronto como Ramón y su pareja se perdieron en la noche, Eduardo soltó sus diferentes presas y se puso a mirar a las estrellas y a comentar los años luz que había entre la tierra y la estrella Alfa de Centauro.


-Vuelve Ramón. -advirtió Inma al cabo.

Eduardo, con toda delicadeza, adoptó su posición de combate y murmuró al oído de la chica:


-Qué fastidio, ¿no?


-Sí. -dijo Inma, pero por otras razones.

Al dejarla a la puerta de su casa, Eduardo tuvo la humorada de recordar los acontecimientos del banco:


-Mira que si me hubiera querido aprovechar y te hubiera besado...


-¿Qué?


-Pues que ahora no querrías saber nada más de mí y perdería la apuesta.

Los amigos, seriamente preocupados al comprobar los avances que iba consiguiendo Eduardo, decidieron hacer trampas y contaron la historia de la apuesta a las chicas con las que salían, exigiéndoles discreción.


-Eduardo te está engañando. -le dijeron a Inma sus buenas amigas una hora después.- Ha apostado a que te conquistaba.


-¿Por qué me ha elegido a mí?

La amiga no perdió la oportunidad de echar unas gotitas de acíbar:


-Porque tienes fama de imposible.


-Pues Eduardo está muy bien. -se defendió Inma.

Los apostadores escucharon las noticias horrorizados: ¡Eduardo estaba muy bien! Y lo decía aqu

ella mujer fría después de saber que todo era un engaño. Miraron sus carteras con auténticos ojos de dolor.


-Ya están ahí. -dijo Inma aquella noche en el banco.- En cuanto les han dicho que no me ha afectado el chivatazo han venido a vigilar su inversión.

Eduardo adoptó su conocida posición de combate y notó que Inma se aproximaba más de lo estrictamente necesario.


-Se acercan mucho. -murmuró ella.


-Sí. -dijo él.

Inma, en busca sin duda de realismo, pasó su mano por la nuca de Eduardo y la acarició.


-Hola, chicos. -saludaron los apostantes, heridos profundamente.

Por la noche, Eduardo volvió a echar un vistazo a los últimos acontecimientos:


-Se lo han creído. Como si te hubiera besado, ¿verdad?


-Pero no lo has hecho.


-Estupendo, ¿no?

A la noche siguiente Eduardo conectó un magnetófono. Había grabado una conversación con sus amigos y quería que Inma la escuchara:

No he conseguido nada -decía su voz- He perdido la apuesta. Inmaculada está fuera de mi alcance.


-¡Venga ya! -dijeron otras voces.- Os hemos visto dándoos el lote en los bancos.


-No es verdad. He perdido.

Ella, entre la oscuridad, trató de mirarle a los ojos. Eduardo resultaba ser todo un caballero, preocupado por su fama. Demasiado caballero quizá.


-¿Por qué has hecho eso?


-Pse.


-Pero has perdido.


-Pse. -insistió.- No quiero seguir con esto. ¿Sabes lo que me cuesta abrazarte de mentira y besarte de mentira?

Ella agradeció la información en silencio.


-Por eso es mejor que lo dejemos ahora, como amigos. Si no, un día voy a besarte en serio, tú te enfadarás y... No quiero que te enfades conmigo.

Inma tampoco. Apoyó su linda cabecita en el hombro masculino y se dejó embargar por variadísimas emociones. De todas ellas destacaba la admiración por la honestidad de Eduardo que, sin duda, se había enamorado de ella.


-¿Tanto te hubiera gustado besarme de verdad?


-Besarte y más cosas. -respondió Eduardo rápidamente


-¿Sí?


-Apretarte. -detalló.


-¡Qué bruto!


-No lo sabes tú bien. -confirmó Eduardo, descubriendo los labios de Inma a muy corta distancia.

Y apretó y besó. Esta vez no pidió disculpas, sino que siguió apretando y besando. En unos momentos, alternativamente, y en otros, a la vez. Y a Inma le pareció algo completamente natural además de muy agradable.

Aquella noche llegó tarde a casa por primera vez, pero no por última. Eran otros tiempos y las chicas de diecisiete años tenían del sexo una visión más idílica que las de ahora: casi nunca se iban a la cama el mismo día que un hombre les daba el primer beso.

Tardaban más pero, llegado el momento, también ponían más corazón y sentimiento.


-Vengan las cinco mil cucas. -dijo Eduardo a su debido tiempo, muy ufano de ser un canalla y de haber falsificado la cinta magnetofónica.

Hubo algunas resistencias, alegando problemas de forma. Querían pruebas.


-Mi palabra.

La palabra de un sinvergüenza que no fuera cazador ni pescador era sagrada en aquellos días. No se dudaba.


-Pero cuéntanos cómo lo hiciste.

Eduardo estuvo a punto de hacerlo pero, de repente, pensó en los ojos de Inma, en los labios de Inma, en todo lo demás de Inma. Como estaba al principio de su carrera, no había tenido tiempo de encanallarse lo suficiente y sí, en cambio, estaba en un tris de enamorarse. No era el Eduardo Libre que todos conocemos hoy.

Miró tristemente las cinco mil palomas y sintió un lacerante dolor a la altura del bolsillo, pero su decisión estaba tomada:


-Quise veros las caras de susto. Es mentira. Nada de nada. -dijo, devolviendo el dinero.


-Nieves me ha dicho que es verdad, que Inma está tan alelada que sólo puede tratarse de eso.


-Es mentira. -insistió él.- Cuatro besos. Nada.


-Vengan tus cinco mil cucas. -le exigieron sin hacer más preguntas.

Y pagó. Claro que por primera y última vez en su vida. El amor le había ennoblecido durante unos instantes pero, afortunadamente, no cogió el hábito.



Chapter 5
>LECCIÓN TERCERA: EL MÉTODO PERFECTO
El auténtico seductor, nace. El sinvergüenza, en cambio, puede llegar a serlo con esfuerzo y aplicación, ya que su objetivo no es seducir a las mujeres sino aprovecharse de ellas, en cierta medida. Ellas, en muchos casos, también pretenden lo mismo. No todas, claro: algunas. Las suficientes.

Al margen de la estatura, la simpatía, el color de los ojos y el talento natural, existe un método perfecto para tener éxito con las mujeres en cualquier situación. Jorobados, parapléjicos, tuertos, ancianos, feos en general, enfermos, han conseguido, gracias a él, salirse con la suya.

¿Existe tal fórmula mágica? Sí, y desde la más remota antigüedad. Se llama éxito. Como el éxito, en nuestra carcomida sociedad, se mide con tres escalas distintas, el Método Perfecto consiste en


-TENER DINERO, o


-TENER PODER, o


-TENER FAMA.

Si necesitan ustedes una demostración directa, suelten a un famoso actor de Hollywood -cuidando de que no sea gay- en una reunión de mujeres. Las observaciones psicológicas que obtengan se podrán resumir en una sola frase: se lo rifan sin que él tenga que hacer el menor esfuerzo.

Lo mismo sucede con los cantantes muy conocidos, cuanto más de rock mejor. O con las estrellas del deporte, muy especialmente con tenistas y pilotos deportivos. ¿Y qué pensar de esas despampanantes señoras que se movieron por las proximidades de Picasso o de Dalí entre otros?

Del Poder también existen cientos de ejemplos, desde los recientes devaneos del griego Papandreu a las negaciones de Gary Hart, las concupiscencias de la familia Kennedy, los muchos ministros ingleses que acaban en la picota a causa de las señoras y, como es público y notorio, las aventuras de Boyer, de Carvajal, de Guerra y de tantísimos otros.

El perfume del poder atrae a las mujeres, y no podemos olvidar que los poderosos, además de poder, tienen fama: he ahí un doble atractivo que permite al favorecido por la fortuna ser un sinvergüenza de clase extra, si le apetece.

Por último, los Ricos. En torno a ellos van y vienen las mujeres más espectaculares del planeta. Se casan y se descasan con ellas; se amanceban y se separan. ¿Qué sucede? ¿Es que todas las señoras son así de materialistas? No todas: algunas. Las suficientes en todo caso. Y, además, la belleza es otra fortuna y ya se sabe que dinero llama a dinero.

Por otro lado, los ricos son siempre poderosos, aunque no tengan el poder oficial: se lo pueden comprar. Además, ricos y poderosos a la vez, no pueden menos que ser también famosos. Recuerden las andanzas de Onasis, las de Kashogui y las de tantos otros que llenan las revistas de bid.

No hay método tan perfecto como éste para tener el más increíble éxito con las señoras: nacer rico o, como el indiano de la zarzuela, volver rico y poderoso. Ser, al menos, un futbolista de éxito como Maradona, o un osado piloto de carreras o un valeroso torero.

No es tan fácil. No está al alcance de muchos esta forma cómoda y exitosa de pendonear, pero no falla nunca. Cómo será que, en menor escala de riqueza, sé de un anciano de casi noventa años que, tras casarse varias veces con señoras más jóvenes, en la actualidad tiene todavía una amante de veintitantos. Es de suponer que como puro placer estético o como símbolo de su status de rico. En cualquier caso, quien tuvo, retuvo.

Esta proclividad de las mujeres a hacinarse en torno al éxito, poder, fama o dinero, ¿quiere decir que son un bien de consumo en un mercado regido por la oferta y la demanda? ¿Conviene al aprendiz de sinvergüenza pensarlo así?

El aprendiz puede llevarse un chasco. Hay mujeres que se venden y que, por lo tanto, se compran; más o menos en idéntica proporción al número de hombres capaces de hacer lo mismo. El fenómeno de la mujer en torno a los ricos no tiene que ver, a menudo, con la codicia: a las señoras el éxito les resulta atractivo, porque es un atributo viril.

Es muy probable que las mujeres del neolítico se apiñaran alrededor del cazador más hábil o gustaran de hacer su vida próximas al que más cabezas de enemigos cortara. Aún ahora la voz de la selva palpita en sus cálidos corazones y, ¿qué culpa tienen ellas de que hoy el éxito, lejos de las cacerías con arco y flecha y de las batallas con hacha de piedra, se mida en dinero, en poder y

en fama?

¿Acaso el hombre, muy consciente de estos elementales mecanismos, no sigue pavoneándose ante la hembra? ¿No corre más el atleta adolescente cuando le contempla la chica más guapa de la clase?

Un pobre amigo, pesado como él solo, se dedica a esa actividad misteriosa que los iniciados conocen bajo el nombre de consulting: asesor de empresas. Y, como es bueno, gana dinero, mucho dinero. Es calvo y aburrido. Habla muy de prisa y con tono monótono. ¿Qué es lo que hace cuando le presentan a una mujer?

Le dice, directamente, sus beneficios mensuales, lo que le ha costado el último apartamento y el considerable número de acciones que posee. Es como si dijera: soy calvo, sí, y un plomo, pero un triunfador en mi mundo.

Y no son pocas las que le resisten toda una noche a pesar de su evidente presunción.

Otro amigo, mucho más práctico pero menos rico todavía, ha alcanzado un superior nivel de conciencia que le impide pavonearse como un niño y hacer a las mujeres el recuento de sus éxitos.

Consciente, sin embargo, de la eficacia del método perfecto, mantiene lo que él llama el capital amoroso, trescientas y pico mil pesetas en billetes de diez mil, que se mete en la cartera las noches que sale a ejercer de sinvergüenza.

No dice nada de su triunfo, pero abre el billetero en cuanto tiene una oportunidad y paga con gesto indiferente. Si un camarero avispado, al tanto de sus hábitos, le pidiera veinte mil pesetas por dos cervezas, l las soltaría sin rechistar, agradecido encima por la oportunidad.

Otros, por las mismas razones, se hipotecan para conducir coches despampanantes, de status. A bordo de ellos cruzan la noche persiguiendo mujeres hermosas. No pocos se salen con la suya.

En las zonas costeras, nada como un yatecito, aunque uno lo haya tenido que pagar con sangre. Pude comprobar la extraordinaria eficacia de los yates cuando di, con un amigo, la vuelta a una isla del Mediterráneo. Navegábamos de una cala a otra. Anclábamos en el centro, en aguas todavía profundas, y aguardábamos como la araña en su red.

Las primeras en llegar solían ser las tripulantes de las tablas de wind-surfing, aunque no escaseaban las tripulantes de patines o "pedalos" y hasta las nadadoras solitarias.

Agitábamos ante ellas una botella cualquiera y hacíamos ruidos cristalinos con cubitos de hielo removidos en un vaso. Nos bastaba con hacer un simple gesto de brazo para que subieran abordo a darnos unos gratos momentos de conversación, mojadas y casi sin ropa.

De noche se aproximaban en botes de remo y, a la primera llamada, abarolaban y pasaban con nosotros unos instantes de esos que los anuncios de televisión han hecho sinónimo de felicidad: mar, barco, sonrisas y luces tenues con alcohol de noventa grados.

El yate era un simple velero de once metros, comprado de segunda mano. Es de suponer que con uno de veintidós los resultados se duplicarán, por lo menos, y sus propietarios no tendrán dificultad en llenar la cubierta con hermosos cuerpos tostados por el sol.

Así es como funciona la cosa.



SÍMBOLOS EXTERNOS
El sinvergüenza moderno está de suerte. Hace apenas cien años era imposible disfrazarse de rico. Tal cosa sólo la conseguían expertísimos pícaros. Hoy, en cambio, la publicidad ha establecido una serie de símbolos de riqueza que, ostentados, equivalen a la riqueza misma, lo que allana el camino del sinvergüenza que quiera emplear el Método Perfecto.

Hay símbolos externos materiales, que suelen ser caros, pues se trata de bienes de consumo. De todas formas, la banca moderna, con sus créditos de financiación, los pone al alcance de cualquiera que esté dispuesto a sacrificarse por la causa.

Un Rolls, por ejemplo, equivale a tener miles de millones a los ojos del público en general. El sinvergüenza que, con esfuerzos sin cuento, disponga de un Rolls, puede ir y venir por el mundo con la seguridad de ser tomado por un archimillonario. Si va con ropa vieja o rota, por tener que hacer frente a los plazos, no se preocupe: el tolerante mujerío le tomará por un rico excéntrico, lo mismo que si, a la hora de pagar la consumición, pide dinero a su acompañante hembra con la excusa de haber olvidado la cartera en el despacho.

Si uno, a pesar de apretarse el cinturón, no tiene forma de llegar al Rolls, puede intentarlo con los Ferrari. El Mercedes mismo tiene bastante buen cartel en España. Pero el Mercedes sólo no le bastará, y tendrá que cuidar má

s el vestuario, amén de usar reloj y mechero de oro. Pitillera, no. Hoy en día sólo la usan las señoras.

Como antes se ha mencionado, un barco es señal inequívoca de status, pero es difícil manejar el barco cuando uno vive en el interior y se haría muy complicado explicar al alcalde de Madrid las razones por las que el sinvergüenza aspira a tener un yate amarrado en el estanque del Retiro o en el lago de la Casa de Campo.

La exhibición de grandes sumas de dinero, si se hace con naturalidad, como por equivocación, suele ser una buena señal de riqueza. Pero desaconsejable, primero porque abulta demasiado y, segundo, porque la inseguridad ciudadana puede convertir una noche de proyectado desenfreno en una tragedia.

La tarjeta de crédito de oro también es un buen síntoma que la mujer reconoce con facilidad. Lo malo es que los bancos no las dan más que a los verdaderamente ricos. En todo caso, puede adquirirse una en el mercado negro y ponerla en un sitio visible del billetero, donde otros llevan la foto de los niños. Y no usarla, en prevención de complicaciones legales. Los bancos se muestran quisquillosos con los sinvergüenzas que van demasiado lejos, aunque sea por una causa justa.

Afortunadamente existen también símbolos externos intelectuales, para cuyo uso hace falta solamente mucho cinismo, que es barato, y una nula moralidad, cosas ambas que un buen sinvergüenza, practicando sin descanso, puede desarrollar en pocos meses.

Tales símbolos, por precaución, se han de usar en territorios vírgenes e inexplorados, donde sea imposible que haya llegado nuestra fama, pues se basan en la más descarada usurpación de personalidad. Cualquier error puede truncar la carrera del sinvergüenza, dejándole a disposición del juez. Yo mismo, con un familiar magistrado, rara vez he usado el sistema.

El truco, como puede suponerse, consiste en inventarse un cargo, una profesión o una parentela de muchísimo prestigio. La elección, dada la amplitud del campo, puede ser muy variada, desde hermano o hijo de un presidente de gobierno bananero a heredero de una corona ducal.

Los expertos, sin embargo, prefieren algo menos llamativo. Con las mujeres va muy bien fingirse médico endocrino, especialista en dietética para más detalles y, mientras las manos abarcan cuanto está a su alcance, dejar que la boca pronuncie máximas hipocráticas y saludables consejos para reducir el perímetro de las caderas.

Además, las señoras suelen permitir cosas especiales a los médicos más desconocidos, desde una simple palpación a una inspección ocular de la zona problemática y de sus alrededores. Que el consejo no caiga en saco roto, porque es de oro.

Como tantos españoles, tengo un aparato para tomar la tensión, con su correspondiente estetoscopio. Una vez por semana lo llevo a mi tertulia para vigilar la presión arterial de mis discutidores amigos.

Tan pronto como me pongo las olivitas en los oídos y adopto la expresión de pedir que se diga treinta y tres, caen sobre mí todas las miradas femeninas disponibles en la zona. Algunas miradas callan pero otras no pueden contenerse y ya estoy hecho a que docenas de señoras se acerquen a mi grupo, muy sonrientes, y me pidan una tomadita de tensión.

Algunas me llaman doctor y la experiencia me ha enseñado a desengañarlas cuanto antes: una vez no oí el título, a causa del estetoscopio, y fui informado de una larga serie de trastornos gástricos de origen desconocido.

Así pues, sin testigos que puedan desmentir al farsante sinvergüenza, los estetoscopios metidos al desgaire en los bolsillos de la chaqueta pueden ser un pasaporte al éxito y hasta una invitación a realizar un detallado reconocimiento.

En años más mozos que los actuales, hice varios campamentos juveniles. Tal práctica consiste en pasarse horas y más horas al sol, acumulando polvo y tratando de evitar que cientos de niños salvajes se lesionen entre ellos, hieran a los vecinos o causen estragos en el nicho ecológico más próximo.

En prevención de algún fallo en nuestra tupida red de vigilancia, solíamos llevar a un estudiante de cuarto o quinto de medicina, al que llamábamos médico a pesar de su reglamentario calzón corto.

Cerca de nuestro campamento de chicos se instaló uno de muchachas, girls-scouts más granaditas que nuestras fieras, todas ellas bien formadas, alegres, indisciplinadas y dispuestas a conver

tirse en un regalo para nuestra aburrida vista.

La inexperiencia les llevó a beber agua de una fuente poco recomendable y nos pidieron auxilio de madrugada, la primera vez. Nuestro médico, dándose a todos los diablos, acudió a contemplar los síntomas y a repartir negrísimas tabletas de carbón, que hacen milagros entre las víctimas de las fuentes.

La segunda vez fueron paperas. El cómo se las apañaron aquellas muchachas para coger paperas en descampado y a la orilla de un mar delicioso, es un misterio todavía no resuelto. Pero eran paperas.

Cuando el médico cogía su botiquín y sus otros trastos de matar, observé en su rostro una curiosa expresión, como la que pondría Mefistófeles un momento antes de hacerle una proposición a Fausto.


-¿Qué expresión? -preguntó el médico.


-Esta. -la imité lo mejor que pude.


-¡Ah! Recordaba unas sabias palabras de mi venerable cátedro: hay que reconocer completamente al enfermo para no hacer un diagnóstico equivocado.


-¿Completamente quiere decir completamente?


-Eso mismo.


-¿No crees que pesa mucho ese botiquín? Llegarás con las manos temblonas y eso no es bueno en tu profesión.

No opuso reparos, pues yo era su superior campamental, de manera que le acompañé en calidad de botiquinero, listo incluso para donar sangre si era estrictamente necesario.

El estudiante de medicina, que sólo atendía a la voz de doctor, reconoció tanto como estuvo en su mano, sin dejarse ni una porción, en previsión de que las paperas fueran sólo un síntoma de algo más grave. Es en el cuello, le decían las interesadas, pero él se sacrificaba. De todas formas, una de las monitoras estuvo presente durante todos nuestros manejos, pues eran otros tiempos.

Muy bien debió de hacerlo el doctorcete, porque se corrió la voz y, al día siguiente, dos de las monitoras, las de más categoría, se encontraban fatal y el médico y yo, dando gracias, volvimos a entrar en acción, soldados de la salud haciendo una descubierta.

Podría seguir con la explicación detallada, pero es mejor resumirla así: tres días después la segunda de abordo se empeñaba en llamarme angelote y no me permitía regresar al refugio de mi tienda hasta las cinco de la madrugada. En cuanto al médico, tan embebido estaba, que sólo fue capaz de recetar aspirinas hasta el final del turno.

Por eso repito que el consejo no ha de caer en saco roto, porque es de oro. Los verdaderos médicos no pueden permitirse jugar con la deontología. Los falsos, sí: por el bien de la causa.

Apropiarse de personalidades o de titulaciones de prestigio entre las señoras es siempre gratificante, mientras no se practique con mujeres policía. Los médicos, como hemos visto, tienen un fácil acceso a la intimidad. Pero, si uno no dispone del oportuno estetoscopio, tiene otras muchas posibilidades de acción.

Los falsos curas, por ejemplo, se cotizan bastante bien y más ahora que hacer de clérigo no exige enfundarse en la engorrosa sotana. Por lo visto, a los ojos de la mujer, el sacerdote está rodeado de la atractiva aura de lo prohibido, y eso siempre es una buena recomendación. No pocas se mueren de ganas de hacer pecar a un cura, por estropearle el asunto de la virginidad o el voto de castidad.

Cuando era joven y seguía estudios reglados en Madrid, los Beatles estaban iniciando su decadencia y, además, había comenzado ya el desconcierto en la moda masculina. Yo, ocasional lector de Sartre, a quien llamaba Jean Paul -eso les indicará mi vanidosa psicología adolescente-, vestía a menudo de negro. Traje negro, camisa blanca y, sobre ella, jersey negro que sólo dejaba ver una estrecha franja del cuello.

Era, más o menos, existencialista tardío en un Madrid que no había dejado atrás ciertas fijaciones en torno a la apariencia. Era, además, un estudiante, y el cargo me exigía tomar vino blanco con limón de doce a dos en las más acreditadas tascas, alternando el copeo con inteligentes partidas de chinos.

En un bar, El Laberinto del Tinto se llamaba, jugaba cinco chinadas todos los días a partir de la una y cuarto. Un espíritu joven dentro de un cuerpo joven, todo ello rociado con blanco con limón, da bastante de sí, y no siempre mantenía el lenguaje académico propio del hombre cul

to.

Meses después de que durasen estos ritos paganos, yo venía observando cómo una sobrina que despachaba tras la barra me hacía ojitos, me llenaba más de la cuenta los vasos y me rozaba una y otra vez la mano al devolverme los cambios. Canastos, solía decirme yo cuando disponía de tiempo para la reflexión.

Un día, después de haber pedido blancas siendo mano, jugándome el todo por el todo y perdiendo, dije algo más que canastos: palabras aprendidas en el Diccionario Secreto de Cela. La muchacha, hecha al lenguaje, se sonrió de todas formas:


-¡Hay que ver cómo son ustedes! -me dijo.


-¿Quiénes? -pregunté, inspeccionando los alrededores.


-Los curas modernos.

Quedé transido por la emoción: todos aquellos meses disfrazado de existencialista y pensando que el hombre era un ser-para-la-muerte, sólo habían servido para que me tomaran por clérigo contestatario, subespecie que estaba en auge por entonces. Y, para colmo, la tabernerita me echaba miradas sensuales.

Aprendiz de sinvergüenza y todo, siempre fui muy mirado con las cosas del culto. Sólo fui ateo de los 16 a los 17 por haber leído una pijadita del dr. Freud a destiempo, Tótem y Tabú si no recuerdo mal. Pero, en cuanto se me disiparon los efectos, volví al redil de la Madre Iglesia y en él sigo, a despecho de algunas escapaditas pecaminosas que en nada debilitan mi fe.


-¿Cómo, cómo, cómo? -pregunté, por si los oídos me habían gastado alguna jugarreta.- ¿Has dicho cura moderno?

Ella señaló mis ropas e hizo que sí con la cabeza. Si aquello que tenía delante no era un cura, ¿qué era?


-¿No me dirás -intervino uno de los contertulios, el que llevaba tres cuando pedí blancas de salida- que no eres cura?


-Claro que te lo diré: no lo soy.


-Y nosotros venga de hacernos lenguas de lo simpático y campechano que era nuestro cura. Estábamos seguros de que limpiabas las almas de un golpe.

Había desengaño en sus ojos. Y en los de la muchacha. Cuando me devolvió el cambio de la ronda perdida se abstuvo de rozarme la mano y de suspirar: ante sus ojos yo había perdido tres cuartas partes de mis encantos.

De todas formas, sospechando que podían estar haciéndome objeto de un bromazo tabernario, de regreso a casa en el metro me acerqué a dos mujeres jóvenes, justo debajo del cartel de se prohibe fumar.


-¿Me da fuego, hermana?

Me lo dieron. Luego, a distancia ya, les oí comentar entre ellas:


-¿Te has fijado qué cura tan joven?

Desde entonces, cada vez que uso trajes negros me pongo corbata: no hay cura moderno que se atreva a tanto.

Se han puesto dos ejemplos de usurpación de personalidad que demuestran las infinitas posibilidades del método perfecto si uno lo quiere usar sin ser de verdad rico, poderoso o famoso. Pero no hay que pasarse.

Una noche, al entrar en una discoteca, me fijé en un tipo, con medio pedalete, que obligaba a sus acompañantes a llamarle alteza. ¡Ay de quien le apeara el tratamiento! En la barra, la proximidad me obligó a enterarme de su personificación: afirmaba ser el hermano del rey.

Este se pasa -me dije- Duque ya es mucho, pero príncipe...

La prueba de que la exageración no había prendido en las mentes femeninas allí presentes, estaba a la vista: todos los seres con faldas, incluidos los travestís, esquivaban a su alteza que, por otro lado, usaba del mese y del tese con demasiada profusión, atípica en un miembro de la realeza.


-¿Y ese? -pregunté al barman en un descuido.


-Es el loco. Hoy es el hermano del rey, pero tenía que haberle visto ayer, que le tocaba ser el hijo de Marilyn Monroe.



Chapter 6
LECCIÓN CUARTA: EL SEGUNDO MEJOR MÉTODO
O el cuarto, a continuación de ese trío de ases compuesto por el dinero, el poder y la fama. En realidad, se basa también en la fama, pero en la mala, no en la popularidad.

En otras palabras: el mejor modo de triunfar en este difícil arte de ser un sinvergüenza con las señoras, es tener fama de serlo. Los más sagaces científicos no se explican todavía el método del que se valen las señoras para hacerse con la información, pero el buen sinvergüenza acaba siendo conocido por todas las mujeres de su ambiente y por muchísimas de otros.

En esta situación, al

sinvergüenza famoso casi nunca le faltan candidatas para la experimentación más avanzada. Candidatas, además, que no se hacen ilusiones sobre el futuro, aunque también pueden aproximársele las que tengan intención de redimirle de su sinvergonzonería impenitente.

Pero este método es un círculo vicioso, no a causa de la débil moral del sinvergüenza, sino porque hay que ser previamente un sinvergüenza para poder actuar como tal, de modo que el aprendiz nunca puede usar este sistema garantizado.

Las mujeres, gracias a sus agudos sentidos, descubren a un sinvergüenza antes que el hombre y rechazan cualquier falsificación. Ni siquiera se dejan convencer por la potencialidad de sinvergonzonería del individuo en cuestión: para ellas sólo valen los hechos cuantificables como número de señoras seducidas, número de hijos adulterinos y otras pruebas de menor orden.

¿Quiere esto decir que este maravillosos método, basado en el cría fama y échate a dormir, está vedado a quien se inicia en esta clase de fechorías? No, o por lo menos, no del todo, gracias a las modernas técnicas publicitarias.

Yo mismo, gracias a la gran documentación que se maneja en este libro y al hecho de que muchos datos están tomados directamente de la realidad, tengo la esperanza de hacerme con una buena mala fama en este sentido.

Es posible que en los próximos meses las señoras se den con el codo en los restaurantes y en los autobuses al verme entrar: Ese es.

Claro que también es posible que alguna feminista de abordaje desee politizar estas experiencias psicológicas e inocentes y me propine una paliza, ya física, ya moral. Pero esto no haría más que incrementar mi fama de sinvergüenza, de modo que muchas señoras pueden sentir hacia mí la atracción de los abismos y tirarse de cabeza hacia mi deleznable psicología.



UN TOQUE DE FILOSOFÍA ILUSTRATIVA
Don Juan llega a ser Don Juan porque, previamente, ha sido Don Juan.

Mientras usted trata de sacar el sentido de esta enjundiosa frase, ganaremos tiempo recordándole cómo el Tenorio se pavonea de sus éxitos frente a Don Luis: que si esta, que si la otra, que si el cartel en la puerta... Resultado: fascinación.

Algunos anuncios de detergentes daban una de las claves de este fenómeno: ¿A quién se lo dijo usted? A mi vecina. O sea, muchas mujeres actúan como algunos hombres miserables que se pavonean de sus triunfos, sólo que las mujeres se lo cuentan todo, o casi todo, con detalles que pondrían los pelos de punta a cualquier varón empedernido.

El hombre, en cambio, no puede hacer esto si aspira a aplicar correctamente el método. Ha de ser discreto, casi silencioso y conseguir que sean los demás, las demás a ser posible, las que hablen de él, corriendo con el peso de la acción.



EJEMPLOS
1.- Uno de estos hombres fuertes y silenciosos, interesado en una mujer muy especial, tomo la costumbre de contar a su marido todos sus éxitos con las señoras. Imaginarios, pues abusaba de la buena fe de su amigo.

Como sinvergüenza de casta, no tuvo reparo en mancillar el buen nombre y el honor de algunas mujeres, sólo con la precaución de que se tratara de señoras que no tuvieran ninguna intimidad con la esposa.

La mujer era detalladamente informada por su inocente marido:


-¿Sabes lo que ha hecho esta vez mi amigo?

Tenía que haber sospechado del desinterés que ella mostraba: sólo las mujeres que ocultan algo dejan de curiosear en la vida de los conocidos.


-¡Pues esto y esto con fulanita! Yo no sé qué les da.

Ella tampoco y, humana, sentía curiosidad por averiguarlo. Así, un buen día, el presunto sinvergüenza vio La Mirada, ese rayo inequívoco que es como la luz verde de los semáforos.

La buena o mala señora siguió exactamente sin saber lo que les daba el sinvergüenza a las mujeres, pero no dudó de que ellas se le entregaban a docenas. Algo defraudada, hizo comentarios con sus íntimas, reconociendo su fama de golfo indiscutible.

Y la bola de nieve echó a rodar, cosa que el hombre agradeció, particularmente durante las largas noches de invierno en provincias.

2.- Un hombre absolutamente normal, algo tímido, en su vida había dado muestras de propensión hacia la sinvergonzonería. Era tan educado y correcto que las mujeres, a su lado, se sentían a salvo, lo cual es muy bueno para la

fama de un caballero pero pernicioso para encontrar temporales y agradables compañías.

Baste decir, para terminar el relato, que su confesor le felicitaba por su prudencia con el sexto. El, en cambio, no: no se abstenía de pecar por convicción sino por falta de oportunidad.

Un buen día una devoradora de hombres, de esas que no le hacen ascos a nada, se sintió atraída por él por uno de los métodos que ya se han explicado: era tan decente y correcto que hería su sensibilidad de mala mujer, así que le sedujo y él, sin tener conciencia clara de los acontecimientos, se vio lanzado a la vorágine de la carne.

La vorágine, como era de prever, le sentó bien durante unos días; los suficientes para que otra devoradora, que mantenía una feroz competencia con la primera, le sedujera en un descuido. El, todo hay que decirlo, estaba dispuesto a ser seducido tantas veces como fuera posible.

La primera seductora se enteró de la faena de la segunda y hubo una gran pelea. No por el hombre, que les importaba poco, sino por la vanidad herida. Pero la excusa era aquel hombre decente y educado que en su vida había sido capaz de enunciar un piropo.

Aquello hizo ruido. Además, ambas devoradoras aprovecharon para entrar en detalles sobre él. La una le infravaloraba, para disminuir la vergüenza de haber sido traicionada, y la otra ensalzaba cada uno de sus detalles físicos e intelectuales. El no lo sabía, pero había sido puesto en un escaparate bien iluminado y las mujeres le contemplaban a sus anchas.

Tres