No sólo sexo

Hay personas que no deberían tener pareja nunca. Esos hombres y mujeres con tal magnetismo que cuando aparecen hacen desaparecer todo alrededor. Que te cortan la respiración cuando se dirigen a ti o simplemente te miran. Deberían declararse Patrimonio de la Humanidad, dedicarse a dar placer a los demás y recibir de nosotros todo lo que estamos deseando ofrecerles. Jesús era una de esas personas.

Jesús iba a cambiar de trabajo, yo iba a sustituirle y, amablemente, iba a ponerme al día de las funciones que tendría que realizar en mi nuevo puesto. Cuando llegué a la oficina y le vi noté como se me cerraba la garganta, se me secaba la boca y se me agarrotaban los músculos. Me estrechó la mano al presentarse y sentí que saltaba una chispa, eso me hizo salir del shock. Retiré mi mano y la agité con un gritito agudo y ridículo a más no poder.

– ¿Qué ha pasado?

– Me ha dado calambre, ¿no lo has notado?

– No, no he notado nada. Puede haber sido electricidad estática.

No iba a discutirle pero estaba segura de que había sido la energía sexual que desprendía al chocar con mi deseo de ser suya.

En este punto debo aclarar que tengo novio, novio formal, nada de follamigo ni amigo especial. Novio. Al menos viernes y sábados, el resto de los días no se permite dejar los estudios. En tres años de relación había fantaseado con otros chicos, claro, pero sólo eso. En el mundo real era fiel y nunca me había planteado dejar de serlo, me habían educado en el respeto a los demás y creía que los infieles eran personas egoístas incapaces de amar a nadie más que a sí mismos. Pero eso fue antes de conocer a Jesús… En menos de un minuto mis convicciones y mis valores morales se había derrumbado y sentía la necesidad de tener su cuerpo sobre el mío bombeando en lo más profundo de mí. Era una necesidad real, un hambre física.

Conseguí sobreponerme a esta primera impresión arrolladora y procuré poner atención mientras Jesús me presentaba a mis nuevos compañeros y al que sería mi jefe inmediato. Todos me parecieron insulsos y mediocres al lado de su imponente presencia.

Dos días y medio compartimos su mesa, dos días y medio que pasaron volando y en los que me puso al corriente del funcionamiento de todo y también me ayudó a conocerle mejor. Tenía novia, Carmen, muy fotogénica por cierto. La odié por reducir drásticamente mis posibilidades de tener algo con Jesús, como si de verdad pensara que tenía alguna…

Tenía que volver a verle y le invité a tomar algo en agradecimiento a su ayuda. Contra todo pronóstico aceptó y además quedamos a solas. Esa tarde me probé todas y cada una de las prendas de mi armario, nerviosa como una colegiala, y al final me rendí y fui cómoda, no podía competir con Carmen, ¿en qué estaba pensando?

Que las personas que nos cruzábamos por la calle pudieran deducir que éramos pareja me hacía sentir orgullosa y envidiada. Nos sentamos a una mesita redonda en una cafetería del centro y hablamos de todo menos de trabajo. Sí, Jesús era perfecto, quedar fue claramente un error porque nunca sería mío y me iba a costar quitármelo de la cabeza aunque no volviera a verle nunca más. Junto con él había otra cosa que se había introducido en mi cabeza; la posibilidad de ser infiel. Ya no me era algo ajeno, ya me lo había planteado y se había instalado ahí para hacerme darle vueltas y vueltas…

Volví a ver a Jesús dos meses después. En esa ocasión pude conocer a Carmen y la odié más… era encantadora. Ese encuentro prolongo su hechizo más de lo esperado y cuando empecé a dejar de pensar en él ya conocía bastante más a mis compañeros.

Era la única mujer y la más joven de todos. Con casi todos los compañeros me llevaba muy bien, siempre estábamos de cachondeo y me sentía cuidada y arropada por ellos. La excepción era Manolo… era un grano en el culo, me pinchaba todo el rato y, aunque intentaba tomarme todo a broma, me empezaba a molestar.

En el punto contrario estaba Miguel, era el que más me ayudaba y el que más me escuchaba. Estaba casado y tenía una niña preciosa, clavadita a su mamá. Tenía varios años más que yo y cuando una noche que acabamos tarde me invitó a tomar algo no vi peligro ni doble intención y acepté sin dudar.

Qué diferentes podemos llegar a ser fuera del ambiente de trabajo… Descubrí a Miguel esa noche, pronto creamos una intimidad que no tenía con nadie más, ni siquiera con mi novio y empecé a engancharme a él. Me despertaba por la mañana con la ilusión de verle y me encantaba quedarme en la oficina hasta tarde. Pero por mucho que la infidelidad se hubiera convertido en una idea no tan terrible él tenía una familia y eso era suficiente para frenarme… al menos de momento.

Un día Miguel me preguntó por mi relación con Manolo, le había parecido que me incomodaban sus comentarios y se lo confirmé. No estaba preparada para lo que me respondió.

– Manolo lo que está es loco por acostarse contigo.

Es lo que dijo con palabras, pero sus ojos y sus gestos me dieron a entender que era él el que me tenía ganas, y es con eso con lo que me quedé. La otra posibilidad me repugnaba, no se me había ocurrido y no quería ni contemplarla.

La vida no es fácil para nadie, ¿por qué iba a serlo para mí? La empresa nos cambió los horarios por necesidades de producción ante una entrega inmediata y aumentó la plantilla temporalmente. Pasábamos a jornada intensiva con dos turnos y Miguel no estaba en el mismo que yo. El pánico dio paso a la aceptación, era lo mejor, así alejaba la tentación.

Un día se me hizo tarde pero no me apetecía irme a casa. Miraba la mesa de Miguel, ahora siempre vacía para mí. Estaba hecha un lío y me puse a escribir para intentar ordenar todo lo que ocupaba mi mente. Me explicaba que tenía que olvidar a Miguel, que él tenía una familia, que yo tenía novio, que nunca pasaría nada entre los dos y que así debía ser y además me contaba a mí misma cuánto le deseaba, cómo soñaba con desnudarle despacio, con besarle todo el cuerpo y con sentirle dentro… Cuando acabé lo leí y no me aclaró nada. Enfadada por lo tonta que era rompí el folio en trocitos y los eché a la papelera.

No veía a Miguel más que unos minutos al día, en el cambio de turno, y siempre los usábamos para comentar lo que se había hecho ya y lo que quedaba por hacer. Una mañana se sumó otra forma de comunicación entre nosotros. Cuando llegué me encontré una nota en mi mesa. Un Post-it con instrucciones sobre unas llamadas para hacer a primera hora. Dos días después otro con indicaciones sobre unos documentos que tenía que firmar el jefe. A la semana había intercambio de papelitos amarillos a diario y los mensajes, que empezaban a ser más personales, dejaron de estar a la vista para instalarse dentro de mi agenda, en el primer cajón de mi escritorio.

Y llegó el día de la entrega. Y volvió el horario normal y los papelitos amarillos no cesaron a pesar de vernos a todas horas. Nunca fueron mensajes inapropiados; un dibujo de una cara sonriente, una recomendación de un libro o una película, la letra de una canción, un poema… cosas así.

Uno de los días que terminamos tarde y nos habíamos quedado los últimos volvió a invitarme a tomar algo. Claro, ¿por qué no? ¿Acaso podía desearle más? ¿A qué no?

En el bar no paraba de parlotear y tardé un rato en darme cuenta de que estaba demasiado serio.

– ¿Qué ocurre Miguel?

– Tal vez me lo puedas decir tú. – Y puso en mis manos un puzle de trocitos de papel pegados con celo.

Era lo que había escrito hacía semanas. Deseé con todas mis fuerzas desaparecer. Morirme no era suficiente, necesitaba desaparecer, que no quedara rastro de mi existencia.

– ¿Cómo has…? – logré balbucear.

– Una mañana busqué en tu mesa la grapadora, no conseguía encontrar la mía, y vi los trocitos en tu papelera, me extrañó porque estaban escritos a mano y porque el resto estaba hecho bolas arrugadas. Me dio curiosidad que te hubieras ensañado de esa manera con lo que habías escrito.

Silencio.

Más silencio.

– ¿No vas a decir nada?

– Creo que ya lo sabes todo, no sé qué más puedo decir. Voy al baño un momento.

En el aseo me miré al espejo y nunca me había visto tan roja. Quería llorar, gritar, salir corriendo de allí. Pero un rayo de esperanza se abrió paso entre las nubes negras que sentía sobre mí. Me mojé un poco la cara y volví a sentarme frente a él con más seguridad en mi misma.

– ¿Por qué me lo has enseñado? ¿Por qué hoy? ¿Qué me quieres decir con esto?

– Ahora era él el que no podía mirarme a mí. Parecía muy concentrado en el suelo del bar pero por fin contestó.

– Quiero saber si aún sigues pensando lo mismo o has cambiado de idea.

– Sigo sin tenerlo claro. No sé lo que quiero. Tendrás que decidirlo tú.

¡¡¡Mentira!!! Estaba deseando que me dijera que me deseaba y que me diera un beso de esos que te absorben el alma… Miguel me miró, asintió y se levantó. No, no vino hacia mí, fue hacia la barra, pagó y salimos a la calle. Nos despedimos con un par de “hasta mañana” bastante incómodos.

Cuando cerré la puerta de mi coche me eché a llorar. Fue una llantina incontrolable y liberadora que me ayudó a relajar toda la tensión acumulada.

Desaparecieron los papelitos amarillos. Así, de repente. Entendí que todo había acabado antes de empezar siquiera y lo lamenté a ratos y a ratos me sentí aliviada. Las primeras semanas estábamos raros y distantes, pero no tardamos demasiado en volver al origen. Volvimos a ser colegas y a bromear y yo respiré aliviada por no haberle perdido del todo.

Un viernes, casi dos meses después, estaba sentada a mí mesa trabajando, totalmente concentrada. Tenía el pelo recogido porque hacía muchísimo viento y sentí un beso en el cuello. El sobresalto fue tremendo, me giré y Miguel sonreía de oreja a oreja.

– ¿Estás loco?

– No queda nadie ya, tranquila. El martes a las ocho y media en nuestro bar.

Y se fue… me dejó allí boquiabierta, con el vello erizado aún, con medio millón de mariposas enormes luchando por encontrar su sitio dentro de mí.

El martes… faltaban cuatro días. ¿Recuerdas la noche antes de que vinieran los Reyes Magos? Mezcla esa sensación con la de estar cayendo de la montaña rusa más alta que puedas imaginar. Más o menos con esa ilusión y ese vértigo viví esos cuatro días. El lunes no le vi, no vino a trabajar, y eso multiplicó las esperanzas y los miedos hasta tal punto que pensé que debía cancelar la cita… iba a perder la salud. Además mi novio, estaba de lo más atento y cariñoso, más que en muchos meses. ¿Habría notado algo? No se merecía que le pusiera los cuernos. Le quería tanto… ¿Cómo podía desear a otro? ¿Cómo iba a ser capaz de quedar con Miguel? No me perdonaría hacerle daño.

Y por otro lado… no le haría daño lo que no iba a saber nunca. Tal vez no pasara nada. Habíamos quedado en un bar, no en un hotel. ¿Me arrepentiría más de ir que de no ir?

También tengo que señalar que me encontraba en un estado de excitación casi permanente a causa de la anticipación y en esas condiciones nunca he podido pensar con claridad.

El martes coincidimos en el aparcamiento. Caminamos despacio hasta el edificio de nuestra oficina. Quería preguntar tantas cosas que no sabía por dónde empezar. Subimos solos en el ascensor.

– Vas a tener que hacer algo con eso.

– ¿Con qué?

– Con eso – dijo mirando mis pechos a la vez que alzaba las cejas – se te nota más que a mí.

Tenía los pezones duros, sí, se marcaban a través de la blusa y no hacía nada de frío esa mañana. Crucé los brazos, no pregunté nada, no dije nada, no anulé nada.

La jornada fue muy extraña. De tanta normalidad que quería aparentar creo que se me notaba demasiado que no era un día normal. No quería ni mirar a Miguel y las veces que lo hice apenas lograba disimular la sonrisa.

Por la noche llegué al bar caminando. Necesitaba pasear, que me diera el aire, no soportaría sentirme encerrada en un coche. Las ocho y media. Las nueve menos veinticinco. Las nueve menos veinte. No, por más que mirara el reloj no conseguía que viniera antes.

Las nueve y media. Recogí mi orgullo del fondo de la alcantarilla por la que había pasado unas cuarenta veces durante la última hora y volví a casa.

No lloré, te juro que no lloré. La rabia no me dejaba. Ni siquiera podía llamarle, pero si no me había llamado él, por algo sería. No podía extrañarme, era perfectamente comprensible que no quisiera arriesgar lo que tenía por mí.

Al día siguiente Miguel me esperaba en el aparcamiento. Que lo sentía mucho, que no se había podido escapar. Que no me había podido avisar.

Vale. Bien. Genial.

– ¿Quedamos el jueves?

– ¿Lo dices en serio?

– Claro que lo digo en serio.

– No.

– Por favor. No faltaré.

– Ya…

– Quiero que quedemos.

– …

– ¿El jueves a las ocho y media?

Y quién podría decir que no a esos ojos verdes. Yo no pude.

El jueves no hubo tantos nervios, llegué a la hora y esperé diez minutos. Estaba a punto de volver a casa con un cabreo de los que hacen historia cuando apareció Miguel en su coche.

– Anda, sube.

– ¿Adónde vamos?

– Ya lo verás, sube.

Me llevó a la playa, pero no nos bajamos, hacía fresco. Desde el aparcamiento desierto vimos las olas ir y venir a la luz de una luna casi llena. Y empezó a sonar esa canción. Justo esa canción. La misma que él canturreaba cambiando la letra con el único propósito de hacerme rabiar.

Miguel subió el volumen y empezó a cantar. Pensé en ponerme a cantar yo también, pero la noche estaba preciosa, no era cuestión de estropearla. No cambió la letra esta vez, se estaba portando bien. Puse mi mano sobre la suya, que reposaba sobre la palanca de cambios, y dejó de cantar.

Esa expresión, “hacer manitas”, suena tan infantil, tan inocente. En cierta forma lo es, no parece nada sexual. Pero hay muchas formas de dar la mano. Le puedes dar la mano a un crío para cruzar la calle. Estrechas la mano de cualquiera que te presenten. No fue nada parecido. Miguel volteó su mano y cogió la mía, entrelazó sus dedos con los míos y apretó suavemente. Mirábamos al mar y escuchábamos la canción. Acariciaba mi mano con la suya, rozaba con sus yemas mis yemas, hacía dibujos en mis líneas, volvíamos a enlazarnos, a apretarnos, a sentirnos. No sé mediante qué mecanismo pero cada roce, cada presión en mi mano se reflejaba en mi pecho, en mi vientre y, más allá…

La canción terminó, soltó mi mano para apagar la radio, y suspiró. No parecía que él fuera a dar el primer paso y no podía dejar escapar la ocasión. Si quería saber hasta dónde iba a ser capaz de llegar, se lo mostraría.

Y no, no pensé en su familia, ni en mi novio. Creo que me imaginé en un mundo paralelo en el que sólo existíamos él y yo. Nadie más.

Acaricié su barbilla e hice que girara la cara hacia mí. Besé sus labios. Suavemente al principio. Con vehemencia después. Pequeños besos que se hicieron grandes buscando su lengua y jugando con ella. Conduje su mano a mi pecho, y la apreté contra él, dibujando círculos que me elevaban en una espiral de anhelo infinito. Le dejé ahí, afanado en acrecentar mi deseo, y busqué entre sus piernas la silueta del suyo. Presioné su erección, froté por encima del pantalón desde la base hasta la punta. Sus dedos, por encima de la ropa, atrapaban y soltaban mi pezón arrancando jadeos que me obligaban a dejar de besar, pero Miguel asumía el mando y mordía mis labios y aspiraba mi aliento en cada gemido…

Unas luces azules intermitentes se acercaron cada vez más. No era posible, tenía que ser una broma. Un coche patrulla aparcó detrás del coche de Miguel y un guardia civil se acercó por la puerta del conductor.

– Están demasiado cerca de la costa. Deben marcharse.

– Sí, ahora mismo nos vamos.

Dejamos atrás la playa en un santiamén, no me empecé a reír inmediatamente, tardé un par de minutos, pero una vez que comencé no podía parar. El susto se había transformado en risa histérica, empezó a dolerme el costado, las lágrimas corrían mejillas abajo… Miguel también se reía, contagiado.

Al fin logré calmarme, me sequé las lágrimas y respiré hondo varias veces. Ya pasó. También pasó el momento. Después de algo así sería muy difícil recuperarlo. Yo no iba a volver a dar el primer paso.

Y entonces Miguel se metió por uno de los carriles que separaban los sembrados que bordeaban la carretera… avanzó unos cientos de metros y cuando iba a preguntarle a dónde íbamos, frenó en seco, se bajó del coche, lo rodeó, me abrió la puerta y me hizo salir tirando de mi mano.

– No puedo más.

Su boca tapó mi boca, sus manos cubrieron mis pechos, su sexo presionó mi sexo, su cuerpo entero se frotó con el mío, aprisionado contra el coche. Le empujé e hice que ocupara mi lugar ocupando yo el suyo. Cogí su cara entre mis manos, le besé suavemente, apoyé su cabeza en el coche y tomé el control. Miguel se dejaba hacer mientras mis manos viajaban hacia el sur pasando por su pecho, haciendo parada para soltar su cinturón y abrir sus pantalones. Y estaba ahí, a mi alcance. Me agaché y, a la luz de la luna, pude distinguir la cabeza hinchada y brillante asomando por encima del borde de su ropa interior, llamándome. La lamí mientras la liberaba. Miguel miró, casi sin ver, cómo se la chupaba.

Repetía mi nombre como un mantra, suspendido en ese limbo que crea el placer, allí donde no importa nada, allí donde te abandonas.

– Ani, Ani, Ani, Ani, Ani… ANI…

Se la comía despacio, disfrutando de cada centímetro que entraba en mi boca, sufriendo por cada centímetro que salía. La quería siempre adentro, hasta el fondo. Luchaba por no devorarla desesperadamente, por no presionarla hasta hacerle daño, por no morderla.

– Aparta, ya casi estoy.

No, de eso nada. Deseaba que se vaciara en mi garganta y aumenté el ritmo de la mamada, acaricié sus testículos y con la otra mano apreté la base de su polla. Joder… qué dura estaba… Agarró mi cabeza para alejarme y no se lo permití. No sé si es que comprendió lo que quería o es que ya no podía resistirse, dejó de intentar separarme y ahora me sujetaba para atraerme hacia él en cada sacudida de su orgasmo. Yo intentaba mantener el ritmo mientras tragaba una y otra vez casi sin poder respirar.

Estábamos mirando la luna, él recuperándose, yo más caliente que en toda mi vida y entonces vimos las luces. Se acercaban lentamente, agitándose arriba y abajo debido a los baches del camino de tierra. Al menos no eran azules esta vez. Teníamos que salir de allí.

En el coche fuimos en silencio un buen rato.

Miguel se había corrido por mí… para mí… en mí… evocar ese momento en concreto conseguiría ponerme muy cachonda hasta muchos años después.

– Me has sorprendido mucho. No te apartaste – parecía que quisiera disculparse.

– No quería apartarme, lo quería para mí.

– No lo has escupido… – ahora parecía alucinado.

– No, claro que no. No concibo la idea de que un hombre me haga sexo oral y termine escupiendo, sería ofensivo. ¿Cómo iba a hacerlo yo?

– Visto así… También me ha sorprendido que seas tan lanzada. Con lo buenecita que pareces.

– ¿Es que no he sido buena?

– Has sido mejor.

Casi habíamos llegado a mi casa, paró tres calles antes de llegar. No hubo beso de despedida, no podíamos arriesgarnos a que nos vieran, ya era bastante haber llegado juntos hasta allí.

Cuando bajé del coche sentía las bragas mojadas, luego comprobé que incluso había manchado un poco el pantalón.

Aquella noche me masturbé cuatro veces, furiosamente las dos primeras, más pausadamente las siguientes. Y si paré fue porque tenía tan sensible el clítoris que ya dolía y porque estaba agotada.

Por la mañana Miguel me esperaba en el aparcamiento y entramos juntos al trabajo. Ahora me preocupaba que todo el mundo se pudiera dar cuenta de que había algo entre nosotros, pero a él no parecía importarle.

– ¿Crees que es buena idea que me esperes? Sospecharán…

– Cuanto más quieras esconder las cosas más sospechosas parecerán. No te esperaré todos los días, hoy era especial, tenía muchas ganas de verte…

– Oh…

– También tengo muchas ganas de arrancarte las bragas y de follarte hasta que grites basta.

Un gemido pareció nacer de entre mis muslos y subió hasta mi garganta dejando a su paso calor y deseo. Cómo le deseé en aquel momento… cómo me hubiera gustado entrar con él en el baño y aliviar ese anhelo casi hiriente.

En el aseo entré sola y qué desastre, estaba chorreando. Tendría que empezar a usar salvaslips.

A lo largo de la jornada creo que conseguimos aparentar normalidad al menos hasta que, cinco minutos antes de salir, apareció su mujer.

No la reconocí al principio. Entró en la oficina saludando a todos, con una maravillosa sonrisa y Miguel me miró con inquietud cuando ella vino a mi mesa.

– Tú debes ser Ani. Yo soy Lucía, la mujer de Miguel. Encantada.

Me levanté, recibí sus dos besos de presentación y se los devolví con los mismos labios que habían recorrido la polla de su marido la noche anterior. Eso me hizo sentir sucia y avergonzada y tuve que hacer un enorme esfuerzo para mantener la compostura.

Había sido infiel a mi novio, no me sentía orgullosa de ello, pero me escudaba en la distancia que había entre nosotros desde hacía meses y en otras excusas inventadas. Esto era diferente. Lucía parecía una mujer encantadora, era tan guapa… no se merecía que yo me metiera en su matrimonio.

¿Habría notado ella algo? ¿Por qué se había presentado exactamente hoy?

Cuando vi a Miguel salir con ella de la mano sentí celos. La aborrecí por hacerme saber que era real, que no era sólo una fotografía encima de un escritorio.

Lloré en el camino a casa y pensé en pedir un cambio de departamento. No quería seguir con Miguel y no sería capaz de hacerlo si le veía todos los días. Fue un fin de semana difícil aunque parte de mí sentía que me lo merecía, que era mi castigo y eso casi me confortaba.

El lunes volvimos a encontrarnos en el aparcamiento y le pedí que no dijera nada, no tenía ganas de hablar.

No pedí el cambio, en el fondo no quería privarme de seguir viendo a Miguel y pensaba que podía controlarlo. No iba a poder, claro. Cuando deseas a alguien sin que esa persona lo sepa es fácil controlar; te limitas a soñar. Cuando esa persona lo sabe y además te desea a ti… todos los gestos, todas las frases pasan a tener doble significado.

A las dos semanas tenía un papelito amarillo dentro de mi agenda: “Esta noche ven al bar, tenemos que hablar”. Iría, pero íbamos a tener más que palabras, estaba claro. Llevábamos días aguantando las ganas de besarnos, de mordernos. Cada vez que pasaba a mi lado mi cuerpo temblaba y hasta que me mirara me empezaba a hacer daño.

No llegamos a entrar al bar. Cuando llegué estaba aparcado enfrente y me pidió que subiera al coche con él. Sin decir nada más arrancó y nos fuimos a toda velocidad. Cuando se había pasado ya tres pueblos y empezaba a preguntarme dónde acabaríamos entró en el aparcamiento de un hotel.

Permanecimos un buen rato sin salir del coche, mirando al frente y sin hablar. Sentía que un gran interrogante flotaba en el aire. Podía pedirle que me llevara de vuelta, podía recordar a su mujer, podía recordar a mi novio, podía… ¿a quién quería engañar? No podía, y ya que era inevitable decidí que iba a disfrutarlo.

Respiré hondo, bajé del coche y esperé a que él me guiara.

Entramos de la mano en el hotel, en el ascensor, en la habitación. Estaba tan nerviosa que si él me hubiera soltado no sé si hubiera sido capaz de continuar.

Y ahí estábamos los dos, cuatro paredes, una cama al fondo. Nos miramos y algo dentro de mí no le reconoció. Me pareció un extraño, como si no le hubiera visto nunca. Sus labios eran nuevos para mí y me estremecieron al encontrar los míos, lo sentí como si fuera el primer beso. Le aparté y le miré, y me di cuenta de que era él, de que por fin era él. Entre besos empecé a quitarme la ropa, a quitársela, ansiosa por sentir toda su piel sobre toda mi piel.

En apenas unos segundo estábamos desnudos, descubriéndonos con los ojos y con las manos. Me gustó su cuerpo y me hizo sentir sexy por la manera en que miraba el mío, por la delicadeza con que lo tocaba.

Acaricié su cara, sus labios, su garganta… bajé rozando con mis dedos el fino vello de su torso siguiendo el camino que me marcaba hasta su sexo mientras él hacía lo propio con mis hombros, mis brazos y mis caderas. Su glande desaparecía y resurgía de entre mis dedos, un suave ronroneo aprobó mis caricias a sus testículos y me animé a intensificar el ritmo y la presión. Me apartó suavemente y comprendí que debía contenerme un poco. Sus manos subieron desde mi cintura a mis pechos, rodeándolos, formando dos copas para abarcarlos, para elevarlos, para unirlos. Sus pulgares, rozando los pezones endurecidos y sensibles, me arrancaron suspiros inesperados. Su lengua tomó el lugar que abandonó su pulgar derecho y dio una sola lamida fuerte y rápida. Contuve la respiración por la sorpresa ante el intenso placer. Me miró y sonrió con picardía. Se acercó al otro pezón, no lo tocó, me miró, me distrajo así mientras me pellizcó el primero. No pude evitar gemir y volví a dejar de respirar, expectante. Otra lamida rápida seguida de otro pellizco, luego un roce con la palma de la mano en uno y una profunda succión en el otro… Tuve que llevar mis manos a la parte superior de mi pecho porque el placer empezaba a ser casi insoportable.

Bajó entonces sus manos hasta mis nalgas, las amasó, las separó un poco para juntarlas de nuevo. Al mismo tiempo que volvía a besarme, las apretó, apretándome contra él, apretando su sexo contra el mío. Pasó un dedo entre ellas, rozando apenas, sin profundizar. Instintivamente me arqueé para darle un mejor acceso mientras mis manos se abrían paso entre los dos buscando de nuevo su polla. Mientras sus dedos resbalaban entre mis labios y llegaban a penetrarme yo acariciaba deseando lamer y cuando no pude más le saqué de mí y le tumbé en la cama.

Lamí todo su miembro, de cabo a rabo, empezando por los testículos y acabando en su agujerito. Lamí, chupé, mordí y volví a lamer… Me encantó verle a mi merced, abandonado al placer que le estaba haciendo sentir, al menos hasta que el placer fue tan intenso que amenazaba con acabar derramado. Me senté a horcajadas sobre él y puse su glande en contacto con mi clítoris, ahí lo dejé mientras volvíamos a besarnos, a devorarnos. Cuando calculé que había pasado su urgencia empecé a mover las caderas, masturbándome contra él. No era más que un juego, no buscaba correrme con eso, pero cuando él me agarró y se elevó bajo mi cuerpo para intensificar el contacto no pude evitar explotar. Antes de que me recuperara me levantó un poco para penetrarme. No le dejé.

– Tienes que ponerte un preservativo.

– Luego, confía en mí.

– No, póntelo ya.

– No voy a ponérmelo, quiero sentirte completamente, después me lo pongo.

– Pero yo no quiero arriesgarme a que no puedas controlar.

– No me digas eso ahora.

Y entonces me levantó casi en volandas y me tumbó sobre la cama.

Doblé las piernas y las cerré, pero él era más fuerte y me las separó metiéndose entre ellas.

– No, por favor, así no.

– Tranquila, no va a pasar nada.

No podía luchar. Me agarraba las manos y apenas podía moverme con él encima.

Estaba tan lubricada que le bastaron un par de intentos para metérmela hasta el fondo.

– ¡Noooo!

Pero no fue exactamente un grito, fue más un gemido. El forcejeo no había hecho más que encenderme como nunca me había encendido antes.

No quería acabar, no quería provocar que el eyaculara dentro de mí, no quería pero tuve un orgasmo largo y brutal. Quién hubiera pensado que resistirme me iba llevar al clímax de esa manera.

– ¿Te has corrido?– estaba recuperándome y volvía a ser consciente de la situación.

– No, no te preocupes. No me correré dentro, te lo prometo.

– Póntelo ahora, ya me has sentido un rato, no estaré bien hasta que no te lo pongas.

– Ya, ya he visto lo que has sufrido– rió.

No se lo puso pero yo estaba tan caliente que volví a sentarme sobre él, que pasara lo que tuviera que pasar. Me la metí muy despacio, hasta el fondo y le cabalgué suavemente. Amasaba mis pechos y a ratos abría mis nalgas para penetrar más. Pasando mis manos por detrás de mi cuerpo alcancé sus testículos y los masajeé a la vez que tiraba suavemente de la piel, en la base, para que no cubriera el glande en ningún momento. Eso le sorprendió. Empezó a gemir y yo empecé a desear que se corriera adentro. Cuando estoy cachonda no pienso con claridad, ya lo he dicho antes, y soy un peligro. Miguel cumplió su promesa y me descabalgó una vez más.

– Me estaba empezando a gustar demasiado, está tan caliente y estrecho, tan suave… eres como de terciopelo por dentro.

Hizo que me tumbara boca arriba, a lo ancho de la cama, y se dedicó a mí mientras se tranquilizaba un poco. Se colocó a un lado y empezó a follarme con dos dedos, empujando bien adentro y sacándolos del todo para volver a empezar. Moviéndolos en mi interior… Una de las veces que los sacó empezó a lubricar mi ano con mis propios fluidos y me introdujo el meñique. Ahora me follaba dos agujeros con tres dedos y para rematar me pidió que abriera mis labios y, dejando los dedos quietos, muy adentro, empezó a lamerme el clítoris. Me cuesta explicar qué sentí con aquello. Nunca había tenido un orgasmo así. No sabía de dónde me llegaba todo ese placer, desde dónde se irradiaba todo ese calor que fundía mi cuerpo entero y parecía querer escapar por cada poro de mi piel. Cuando la sensación de plenitud empezó a remitir me sentí desfallecer, y cerré los ojos un minuto.

– Ha sido increíble…

– ¿Estás bien?

– Mejor que bien.

– Pues fíjate en cómo estoy yo…

Abrí los ojos y le busqué. Miguel estaba a un lado de la cama, cerca de mi cabeza, con su erección un poco alicaída pero recuperable. Me volteé y me acerqué a comerle la polla de nuevo. Me encantó sentirla crecer y crecer dentro de mi boca. Él se inclinó hacia delante y volvió a follarme con sus dedos. Había aprendido rápido que la chupo mejor cuanto más caliente estoy. Ya no podía crecer más cuando la retiró de entre mis labios y, dando la vuelta a la cama, se tumbó sobre mí. Con las piernas cerradas, elevé un poco las caderas y me penetró sin problemas. Mis manos aferradas al borde del colchón, sus manos aferradas a las mías, impidiendo que me desplazara a pesar de estar empujándome con fuerza. Me solté y agarré su culo atrayéndole más a mí, pidiéndole que no se moviera y empecé a apretar y relajar mis músculos vaginales. El placer de sentir su peso y, sobre todo, el placer de sentirle tan adentro hizo que empezara a intuir un nuevo orgasmo.

– Para Ani, no puedo más. Así está más estrecho todavía…

Y paré, y salió de mí casi haciéndome daño de lo que deseaba tenerlo en lo más profundo.

Oí como rasgaba el envoltorio de un condón y enseguida tiró de mis caderas para dejarme a cuatro patas al borde del colchón. Y, aunque apenas tardó, sentirle de nuevo entrando consiguió que se me erizara el vello de todo el cuerpo. Miguel empezó a bombear lentamente, su mano posada sobre la parte más baja de mi espalda. Me volvía loca introduciendo sólo el glande y luego metiéndola entera hasta el fondo y dejándola allí, sin moverse, un rato de más. Cuando empezó a empujar con más fuerza yo ya estaba a punto y notar cómo se tensaba, cómo clavaba los dedos en mis caderas y cómo se dejaba ir me llevó a mí con él.

Nos tumbamos, agotados, intentando recuperar el aliento, saciados.

– Tenemos que irnos pronto.

Claro, a él lo esperaban en su casa. Se acabó la magia. Hola realidad.

En el coche dijimos poca cosa, dejamos que fueran nuestras manos las que se comunicaran; él conducía con la mano derecha sobre la palanca de cambios y yo tenía mi mano derecha sobre la suya, presionando y sintiendo las caricias que me hacía con el pulgar.

Cuando llegamos me miró muy serio.

– No ha sido sólo sexo, ¿verdad?– sus ojos verdes parecían más oscuros.

– No, seguro que no.

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Haciéndolo con la novia de mi mejor amigo

La historia comienza cuando mi amigo Santiago tuvo que irse a trabajar a Epona, un picadero que está cerca de la zona, a principio de verano. Su novia Silvia, al igual que yo, se había quedado sola en la ciudad, todas nuestras amistades se había ido de vacaciones. Ella y yo quedabamos todos los días, ya fuera para ir a lavar mi coche o ir a que se comprar unos zapatos, a alquilar una película en el videoclub o simplemente para pasar el rato . Tengo que reconocer que Silvia estaba muy buena (estatura de 1.69, rubia, cabello lacio, de ojos claros, con grandes pechos y piernas y culo firme, era azafata de congreso por lo que cuidaba mucho su forma física y lo que comía.) Le encantaba vestir de forma provocativa con minifaldas y escotes muy pronunciados.

Una de esas tardes me fui con Silvia a CyA a que se comprar un vestido, mientras ella se metía en los probadores yo estaba fuera esperando jugando con el móvil. Se probó como 4 vestidos, ella corría la cortina se probaba el vestido y luego abría la cortina para enseñarme el resultado. En una de estas la cortina se quedó algo abierta. Ella me llamó para que le buscara un vestido como el último que se había probado pero en amarillo. Cuando lo traje y se lo dí me dí cuenta de la cortina y no pude evitar mirar.
Silvia estaba en ropa interior con unas bragas blancas y un sujetador blanco, aunque la había visto varias veces en bikini en ropa interior estaba más espectacular y por el reflejo del espejo podía observar sin ser visto. Cuando llevaba un rato ella terminó de ponerse el vestido me dijo.
– Me veo guapa. dijo ella luciendo su vestido amarillo ceñido a sui cuerpo y un gran escote como era propio de ella, entré en el probador con ella y me puse detrás de ella poniendo mi mano encima de su barriga.
– Te ves muy hermosa.- mi polla esta erecta por lo que toda mi sangre estaba abajo en vez de arriba en la cabeza, debido a eso olvidé que era la novia de Santiago y que estábamos en un lugar público. Acerqué mi cuerpo al suyo pegando mi polla a su culo mientras que le susurraba al oído. Si no fueras quien eres y no estuviéramos en donde estábamos te hacía ahora mismo el amor. Todo era un juego con la única intención de ponerla colorada, cosa que conseguí.
Me separé de ella y salí del probador, ella se quedó algo noqueada luego con voz seria dijo que se cambiaba cerrando la cortina.

Pasamos por caja donde se llevó dos vestidos de los cuatro que se había probado, uno de ellos el amarillo. Fuimos a su casa como tantas tardes para dejar su compra.
Ya en su casa me puse cómodo en el sofá escuchando una voz desde la cocina.
– ¿Quieres un café? – dijo ella
– Claro, con leche.- respondí.
Al rato vino al salón y se sentó a mi lado en el sofá donde estuvimos hablando. De pronto sentí una mano acariciando mi pierna, yo seguía tomando café.
– ¿Quieres más?. preguntó.
– Sí, por favor. Luego de servirme más siguió acariciándome sin prejuicio, cada vez más cerca de mi pene. Yo me sentía muy nervioso por la situación, pero no me disgustaba. Ella hablaba de cualquier tema, yo le seguía el juego. Entre palabras sentí que su mano ya estaba sobre mi pene, por supuesto estaba erecto. Sin ningún problema desabrochó mi pantalón y metió su mano dentro. Pude sentir su suavidad sobre mi parte más sensible, aunque la situación seguía siendo extraña y algo incómoda yo me dejaba hacer. Una de sus manos sostenía la taza de café, mientras que la otra me acariciaba sin apuro, cosa que me causaba mucho gusto.
– Hace calor. dijo ella.
– Sí, mucho, mucho. Respondí yo
Su mano comenzó a masturbarme, primero lento pero luego más rápido, yo sabía que no iba a detenerse hasta hacerme ver las estrellas. Ella recorría la longitud de mi pene sólo
para darme más y más placer. Por culpa de la mesa no podía apreciar el espectáculo al que estaba siendo sometido, pero por el gusto que sentía lo imaginaba claramente. Gracias
a las caricias el orgasmo estaba próximo a llegar. Un intenso hormigueo se apoderó de mi cuerpo y me petrifiqué como nunca antes, el placer era demasiado para obviarlo. Mi semen comenzó a salir impetuosamente, volcándose sobre su mano y mi pantalón quise gritar de placer.
– Ssssshhh.- escuché de su boca, algo leve, pero allí estaba.

No sé cuantos segundos habría durado, pero sentí que habían pasados horas enteras. Cuando terminé ella acarició un poco más mi pene y se restregó por mi pantalón, limpiándose un poco la mano. Luego se levantó para llevar las tazas al fregadero, haciendo como si nada. Yo no pude
resistir más su silencio. Me levanté y me acerqué a ella por detrás, apretándole mi cuerpo a su cuerpo mientras le besaba el cuello. Silvia se dio vuelta y me atacó con sus carnosos labios. Mientras nos besábamos traté de quitarle la camiseta que llevaba, para poder ver de una vez sus senos. Ella me ayudó a quitársela y me mostró orgullosa su busto, como para no estarlo.
– ¿Te gustan mis tetas?. Yo no dije nada, sólo me tiré de cabeza hacia ellas. Pasé mi lengua por uno de sus pezones, sobresaliente, duro y rosadito.
– Por supuesto que te gustan. No parés.
Mis manos rodearon su cintura y Silvia abrió sus piernas para que yo estuviese más cómodo. Cuando me acerqué mi pene irremediablemente la tocó no muy discretamente.
– Parece que tenemos un invitado. dijo ella,
– déjame darle la bienvenida, quiero saludarlo.

Con su mano tomó mi pene y comenzó a acariciarlo. Sin decir nada se pegó a mí, pasó su lengua por mis labios y dijo
– Esto te va a encantar.
Comenzó a besar mi pecho y así se fue agachando hasta mi cintura. De un solo saque
bajó mi pantalón junto con mi calzoncillo. Mi pene quedó enfrente de ella, ansioso por sus labios. Silvia corrió con sus dedos la piel que cubre el glande y luego lo besó con ternura.
Sin perder tiempo pasó su lengua por debajo de mi pene y recorrió todo el palo de principio a fin. Luego lo envolvió con sus labios y lo hizo desaparecer en su boca, llenándome de placer.
Silvia lo metía con fuerza casi hasta el fondo de su garganta, lo más que podía. Ningún rincón de mi extensión quedaba libre de sus encantos, yo comencé a moverme como penetrando su boca. Cuando sentí que no podía aguantar más le dije, ella se detuvo.
– Todavía no.
En ese momento estaba demasiado excitado para pensar cualquier consecuencia con Santiago, de venir las afrontaría luego. Silvia fue rápido y no me dejó pensar que pensaría su novio si se enterara, agitando su cola y pechos de un lado para el otro. Apenas entró en la habitación se quitó la poca ropa que aún llevaba puesta.
– Desnudate. me ordenó.
Yo no la hice esperar y me quité toda la ropa, para estar más cómodo. Ella se acostó en la cama con las piernas abiertas y su vagina expectante, mirándome fijamente.
– Ven, te quiero dentro mío. Yo me acerqué algo desesperado y ansioso por lo que iba a suceder. Me puse sobre ella y apunté mi pene a su entrada, bien afeitada y totalmente
roja. Aún no podía creer lo que estaba pasando, debía ser un sueño, era mejor aprovecharlo mientras estuviese dormido.

Ella no quería esperar, se acercó más a mí y me empujó hacia su gruta.
– ¡Ay!. Dijo.
– ¿Te duele?.
– No, me gusta.
Las ganas que teníamos eran mayúsculas. Comencé a entrar y salir de ella rápidamente, una y otra vez. Silvia gemía por lo bajo y me decía que siga. Mis manos acariciaban sus piernas, sus pechos, su cara, su pelo, sus labios, todo lo que estuviese a mi alcance. Sentí que sangraba de tanto tocarla. Ella buscaba en todo momento mis labios para besarlos y morderlos, pero yo me apartaba y besaba su cuello de la mejor manera que podía hacerlo. Podía escuchar claramente el sonido que producían nuestros líquidos cuando nos movíamos, era increíblemente excitante. En cierto momento la miré a los ojos y me sorprendí. Por su expresión parecía que iba a llorar, pero todo lo contrario por suerte. Su cuerpo tembló y sus uñas se clavaron en mí espalda como buscando contención. De la nada Silvia empezó a gemir cada vez más fuerte, más fuerte, hasta que súbitamente echó un grito de victoria y se quedó tranquila. Yo seguí moviéndome, ya que mi corrida era inminente y quería terminar con lujos.
– Espera, no te corras dentro, afuera por favor.
Hice caso. Justo en el último momento me salí de su interior y derramé mi semen en su estómago.
– Así, lléname de lechita, bañarme de tu semen. me decía.
Parecía gustarle la sensación que dejaba mi pegajoso líquido. Muy cansado me recosté a su lado y tomé un respiro.
Ella de sus ropas sacó un paquete de cigarrillos, prendió uno y me convidó, pero yo le dije que no ya que no acostumbro a fumar. Sólo me quedé mirándola sin decir palabra alguna.
– Cómo necesitaba eso, que bien que se sintió.Confesó.
– ¿No temes que Santiago se entere y lo que puede pasar?
– No, la verdad es que lo del probador me ha puesto muy cachonda.
– ¿En serio?.
– Sí.

Tras ese polvo repetimos varias veces cuando nos apetecía, Santiago nunca se enteró, y me daba las gracias por cuidar de su novia en su ausencia.

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Nunca la dejes sola con el amigo

Ayer, estábamos de fiesta mi novia un amigo de ella y yo en una casa que rentamos para el fin de semana. Ella es Jennifer: alta, cabello castaño claro, ojos miel, cintura estrecha y unas nalgas talladas por los dioses. Ella tiene 24 años cumplidos y quería festejarlos conmigo y sus amigos aunque muchos ya se habían ido en la mañana. En la alberca sólo quedábamos Mauricio, ella y yo. Las rondas de cervezas habían sido constantes y sonantes.



Era una piscina con temperatura controlada así que a pesar que era un buen día soleado era muy rico el agua templada mientras tomábamos las cervezas; platicando sobre el día anterior y los osos de sus amigos. Una en particular fue la que se llevó la atención de todos: Valeria terminó en la cama con su novio y uno de los amigos de su novio de la borrachera que traían. Hoy al despertar no podían vernos a los ojos y el novio se peleó con su amigo y por eso se fueron. El tropezón estuvo increíble ya que durante la fiesta hasta le bajamos volumen a la música para escuchar sus gemidos y los golpeteos de los cuerpos. Yo sé que más de uno en la fiesta quiso participar.



No me desvío del tema. Nosotros estábamos escuchando buena música con bastante alcohol en la sangre y las idas al baño se hacían cada vez más constantes. Jennifer conocía a Mauricio desde la carrera: hace poco más de 4 años. Ella me contaba lo bien que la llevaban y que siempre se ayudaron. Hoy, me di cuenta de la clase de ayuda que se daban mutuamente. Hoy, me di cuenta que en ella tengo una pervertida hija de la chingada, pero lo peor de todo es que me gustó.



En una de esas idas al baño me tocó a mí. Al ir hacia dentro de la casa en mi mente pensaba que si en serio estaba pensando en dejar a mi novia en bikini con esas nalgas sola con un tipo que es como 3 veces yo en masa muscular y como 10 veces más galán que yo y alcoholizado. Llegué al baño y extrañamente tenía una erección y pues tuve que orinar en la regadera porque sino mojaría toda la taza y el piso. Hice correr el agua de la regadera para limpiar y me dispuse a caminar hacia la alberca, no sin antes asomarme primero hacia la alberca.

Ahí estaba mi novia con su galán amigo platicando y riendo muy cerca el uno del otro. Me pasó por la mente el imaginar que estarían haciendo debajo del agua con sus manos. De la nada, ya no escuchaba risas ni platicadas. Esa seriedad se me hizo sospechosa y me escondí un poco poniéndome contra el piso y viéndolos por debajo de un mueble que estaba en un desnivel que me permitía ver la alberca. Recuerdo que se me vino a la cabeza ese refrán popular que reza:”El que busca, encuentra”.



Yo estaba ahi contra el piso viendo hacia la alberca a mi novia con Mauricio volteando hacia la casa (imagino que para ver si venía yo) y al no verme sólo vi a Mauricio colocarse en frente de mi novia, colocando sus brazos contra el borde de la alberca y mi novia de espaldas a mí. Fue algo muy rápido ver como de la nada veía a mi novia abrazarse a su amigo Mauricio mientras comenzaba a ver como subía y bajaba a un ritmo lento pero constante, a un ritmo que provocaba punzadas en mi estómago pero una erección en mi pene. Su amigo Mauricio la estaba penetrando y ella no se oponía. Al contrario, ella era la que se movía para él. Era ella la que dejaba entrar a su tan querido amigo.



Yo seguía observando de lado como ella se mecía sobre la verga de Mauricio, yo estaba masturbándome casi al mismo ritmo en que ella subía y bajaba. En esos momentos yo deseaba ser Mauricio, yo deseaba estar penetrando a mi novia ahora. En estos momentos yo tenía más ganas de eyacular con todo mientras observaba a la puta de mi novia cogiéndose a su amigo de la facultad.



De repente pararon y el se colocó de espaldas a mi, aún en la alberca, y ella subió sus piernas a sus musculosos hombros y comenzaba el vaivén de nuevo. Ahora era un poco más rápido y yo veía como lo disfrutaba porque observaba como tensaba y curvaba los dedos de sus pies. Ella seguro lo disfrutaba. Podía ver de repente su rostro de deseo, yo creo que hasta se le olvidó que yo podría llegar. Yo estaba inmóvil, no podía dejar de jalarme la verga, no podía reclamarles, no podía hacer entrada sorpresiva. Yo sólo observaba como otro le sacaba gemidos a mi novia. Ella seguía pegándose a él: yo veía como se tensaban sus muslos cada vez que aceptaba la entrada de ese pene. Ya nadie volteaba hacia la casa. Para ellos, sólo existían ellos en ese momento.

Me calentó demasiado ver como se le subía el color al rostro, me encantó ver como mordía sus labios recibiendo esa verga. Yo quería moverme para observar de otro ángulo, pero la casa no lo permitía. Ahí estaba yo eyaculando, viendo como ella se entregaba sin pena alguna. Sin decir nada, limpié mi semen del piso y me dirigí al baño. Me vi al espejo, y me dije a mi mismo:- “Eres un cornudo, y te encanta cabrón”. Al salir, azoté la puerta y me dirigí con cuidado hacia la alberca. Ellos estaban como si nada, ella con la cara ruborizada y Mauricio se excusó para ir al baño. Le pregunté a mi novia que si ya tenía calor y me dijo que si que mejor saliéramos de la alberca. Ella me pidió salir primero para ayudarla, no sin antes darme cuenta que movía el agua de la alberca con sus manos. ¡El maldito se había venido dentro de ella!

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Socorro mutuo (Otros Mundos)

 

El verano llegaba a su fin pero decidió extinguirse con una fuerte ola de calor. La temperatura durante todo el día era realmente extrema y el viento de poniente aumentaba la sensación de sequedad. En las playas, al menos, los chapuzones en el mar ayudaban a pasar la canícula. A las ocho de la tarde el sol apagaba su furia, pero la brisa se resistía a acudir y la humedad se hacía notar, pesada, sobre Alma, que leía, aburrida en el sofá, haciendo tiempo antes de preparar la cena para toda la familia.

La bata veraniega, amarilla y muy fresca, se pegaba a su cuerpo y marcaba las curvas de su maduro y bonito cuerpo. A sus 45 años, Alma tenía ya dos hijos adolescentes pero se obstinaba en conservar una forma física más que aceptable. Después del trabajo no tenía ni tiempo ni ganas de acudir a gimnasios, así que una alimentación sana y una salida a correr de vez en cuando era todo lo que la ayudaba a mantenerse en forma. A pesar de todo sabía que todavía la deseaban: siempre había tenido habilidad para leer a los hombres y sus miradas eran tan evidentes que decían más de lo que hablaban. A estas alturas de la vida, lejos de incomodarla, empezaba a gustarle que la miraran con lujuria.

Su marido había agotado las vacaciones en julio y durante el mes de agosto sólo aparecía por el apartamento de la playa durante los fines de semana, cuando el trabajo lo permitía. Durante todo el verano, Alma compartía el apartamento con sus padres y sus hermanos pero nunca coincidían todos a la vez, excepto algún domingo de julio. Aquella semana, sin embargo, su hermano y la hija de éste les acompañaban: su cuñada Dámaris acababa de tener un hijo, se había mudado a casa de sus padres para que la ayudaran y no tenía ganas de viajar con un bebé tan pequeño. Andrés, ocho años menor que Alma, había decidido visitar a su familia y pasar unos días de playa con su hija mayor, de cuatro años. En ese momento, abuelos y nietos paliaban el sofocante calor bañándose en la playa y nunca subían antes de las 20.30 h., cuando Alma los avisaba para cenar.

Andrés hablaba por teléfono con su mujer en la otra habitación y, aunque Alma no entendía las palabras, estaba claro que discutían. Cuando colgó, entró en el salón y estampó el móvil violentamente sobre la mesa.

–       ¿Problemas? – preguntó Alma con precaución.

–       ¿Problemas? No, sólo uno: ¡Dámaris es el problema! – refunfuñó Andrés.

–       ¡Vamos, vamos! – Alma dejó el libro en el sofá y se levantó para abrazar a su hermano, que le devolvió el abrazo. Le dio un beso en la frente mientras lo apretaba contra su pecho y, cuando él le sonrió, Alma le dio un coscorrón por sorpresa.

–       ¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?

–       Tienes que tener paciencia con tu mujer. ¡No hace ni dos semanas que dio a luz! ¡Necesita cariño, no preocuparse por otro niño grande!

–       ¿Sí? ¿Y por qué no ha venido, entonces? ¿Cómo le doy cariño? ¿Por teléfono?

–       ¡Pues sí! Tú sabes que no había más remedio. Tu hija está mejor aquí, con sus primos, y tu mujer está más tranquila en casa de sus padres, es normal. Venga, tonto, ¿te traigo una cerveza? ¡A ver si te refresca los ánimos!

–       ¡Qué esté fresquita! – gruñó Andrés, frotándose el coscorrón.

Alma volvió de la cocina con dos latas de cerveza, unos cacahuetes y una bolsa de patatas fritas. Los vasos los cogió del armario del salón, de una alacena debajo del televisor. El piso no tenía mucho sitio y se aprovechaban todos los rincones. Cuando se volvió hacia su hermano, éste bajó la mirada, ruborizado. Alma comprendió en seguida: seguro que Andrés le había estado mirando el culo. Doblada por la cintura para coger los vasos, la tela pegada a la piel por el calor habría dibujado con exactitud sus hermosas formas. El hecho de llevar puesto un fino tanga bajo una tela tan poco opaca hizo que ella también se ruborizara: debía de haberla estado mirando como si estuviera totalmente desnuda. Dejó los vasos sobre la mesita del salón, junto a los sofás y el sillón, y esta vez se fijó en Andrés. Como imaginó, su hermano dirigió la vista inevitablemente hacia el interior de su escote y Alma se demoró lo suficiente como para que Andrés notara complacido que su hermana no llevaba puesto el sostén. Dejó bailar sus pechos unos momentos antes de sentarse en el sofá frente a su hermano y no pudo evitar sentir húmeda su entrepierna. Advirtió, divertida, que le preocupaba que su hermano pudiera notar el olor.

Al mismo tiempo, Alma estaba sorprendida por el arrobo de su hermano, que volvió a desviar la vista, involuntariamente avergonzado después de repasarle los pechos. ¡Qué raros son los hombres!, pensó. Tanto ellos dos como su hermana mediana y sus padres se habían acostumbrado a ver sus cuerpos desnudos desde que nacieron y nunca se miraron con extrañeza, vergüenza o deseo. ¡Eran su familia, caramba! ¿Por qué ahora la había mirado Andrés como cualquier extraño? Bueno, también ella se había mojado las bragas, quizá no fuera Andrés tan raro al fin y al cabo…

Andrés abrió su cerveza y echó un largo trago. ¡Joder, sólo me faltaba esto para acabarlo de arreglar!, pensó – ¡Dos meses sin sexo con Dámaris y ya me pone caliente hasta mi hermana!, bufó Andrés. Cuando Alma cogió aquellos vasos, Andrés no pudo evitar seguirla con la vista y, cuando su hermana se agachó, su culazo quedó totalmente a la vista bajo esa bata invisible. ¡Si hasta le he visto la etiqueta del tanga! – pensó Andrés con los ojos como platos – ¡Coño, y no lleva sostén! ¡La madre que me parió, qué tetas más buenas ha tenido siempre! A ver si se va a dar cuenta y me mete otro coscorrón – se ruborizó – Cogeré una patata…

Divertida y excitada, Alma decidió seguir jugando un poco con su hermano: se sentó en el borde del sofá para abrir su lata y dejó, descuidadamente, las piernas levemente abiertas; con la bata a medio muslo, no le sería difícil a Andrés mirarle las bragas y quería comprobar si él le apetecía mirar. La primera patata que cogió Andrés, se la llevó con un vistazo bajo la falda de Alma. ¡Qué previsibles son!, pensó ella.

–       Vamos, dime qué te pasa. Y no digas que nada, porqué sé que te pasa algo. Te conozco.

–       ¡Nada, de verdad! –dijo, aunque, ante la ceja levantada de su hermana, se apresuró a añadir- Es sólo Dámaris…

–       ¡Pero ya hemos hablado de eso, hombre! –replicó ella, dando un sorbo directamente de la lata, despacio, cuidando de no derramarla. Cada vez que lo hacía, se cuidaba de abrir un poco las piernas y Andrés podía apreciar durante unos nerviosos segundos cómo abultaban los labios vaginales de su hermana debajo del minúsculo tanga. De igual manera, Andrés fijaba la vista en su escote cada vez que ella cogía una patata o se entretenía pelando unos cacahuetes; la piel de sus pechos, más blanca que el resto por el bikini, lo atraían y forzaba la vista, como si de esa manera hubiera podido llegar más lejos, hasta verle los pezones. Los de su mujer eran el doble de grandes por la subida de la leche pero los de su hermana eran preciosos aunque un poco caídos y le acababan de provocar una leve erección, que lo avergonzó. Intentó disimular con un rápido gesto, acomodándose el paquete.

Los dos hermanos siguieron hablando de Dámaris, de los hijos, del matrimonio de ambos… Alma, cada vez más excitada, seguía facilitando las miradas furtivas de su hermano hasta que se dio cuenta de que no se rascaba compulsivamente sino que disimulaba su erección. ¿Se la acababa de poner dura a su propio hermano? ¡Chica, eso sí que subía la moral!, pensó. Pero en seguida le dio lástima estar calentando al pobre Andrés y se levantó para sentarse a su lado para evitarle la tentación. Así podrían hablar más de cerca; quería que se sintiera cómodo para soltar todo lo que lo enfurecía.

–       La verdad es que no sé por qué me enfado – dijo Andrés con gran decepción, cuando vio que ella se sentaba a su lado. Quería seguir espiando bajo su bata, estaba muy caliente y notaba el corazón bombeando sangre a su polla, gorda aunque no erecta del todo bajo el pantalón de deporte. Le vinieron a la mente las veces que se masturbó de jovencito espiando a sus hermanas y a su madre. Pero todo aquello pasó cuando pasó la pubertad, se buscó novia y dejó de espiarlas. ¿Por qué le volvía ahora a asaltar aquel deseo? Demasiado tiempo sin sexo, seguro. Sólo su mente lo refrenaba para comportarse decentemente pero, de haber obedecido a su excitación, se hubiera sacado la polla y no habría parado de sacudirla hasta correrse sobre su hermana. Cuando no miraba sus bragas o sus tetas y atendía la conversación, imaginaba aquella boca y aquella lengua rodeando su verga y debía mover otra vez su paquete, aprisionado en el calzón.

–       ¡Pues eso digo yo también, chico! ¡Venga, ven aquí, tonto! – Alma quiso apagar su propio deseo mostrándose maternal y cariñosa con su hermano, que abrió los brazos sobre el respaldo del sofá. Ella apretó su cabeza en el torso desnudo de Andrés y lo abrazó por la cintura recostándose a lo largo del sofá. Él dejó caer su mano en la cintura de Alma y le besó la parte superior de la cabeza. Siguieron hablando, cómodos en el abrazo. La cara de Alma estaba sólo a un palmo del paquete de Andrés, que se sentaba en esa pose tan masculina, con las piernas muy abiertas. A Alma le hubiese encantado acariciar aquellos muslos poderosos de deportista y le hubiera peinado el vello con los dedos hasta llegar a las ingles. En ese momento, habría dado cualquier cosa por meter la mano dentro del pantalón corto para masajearle los huevos a su hermano, rodear la polla con la mano y notar cómo se endurecía en su palma, caliente, húmeda y gorda.

–       ¿Sabes cuánto tiempo hace que no abrazo a mi mujer? – dijo de repente Andrés. Él mismo se sorprendió de la deriva de sus pensamientos y cómo los había verbalizado impulsivamente. Su mano izquierda notaba la cinta del tanga rodeando la cintura de Alma y miraba cómo sus muslos se elevaban en una curva deliciosa. Sus tetas se apretaban contra su vientre y creía notar hasta sus pezones, duros y erectos contra su piel. Con la otra mano le acariciaba su melena morena y cerró los ojos; se imaginó bajando la mano hasta apretar con fuerza las nalgas de su hermana mientras su otra mano acompasaba el movimiento de subida y bajada de la cabeza de Alma, que le chupaba la polla. Aquellos pensamientos hicieron que la verga diera un respingo, aumentando la erección,  y abrió los ojos asustado, esperando que su hermana no lo hubiera notado.

–       ¡Entonces ya sé qué es lo que te pasa, joder! – sonrió Alma mientras se incorporaba hasta mirar de frente a los ojos de su hermano. Había visto cómo la polla de Andrés se encabritaba dentro del pantaloncito y lo quiso provocar con una broma que, por otra parte, no lo era tanto. – ¡A ti lo que te falta es un buen polvo, macho! – y los dos se rieron a gusto, dándose empujones cariñosos. Cuando volvieron a la pose anterior, Andrés volvió a hablar.

–       ¡Pues no sé cómo, tú me dirás!

–       ¡Pues entonces hazte una paja, chato, como hacemos todos! ¡Así no puedes seguir! ¡A ver si te crees que yo me quedo tan pancha con tanta sequía!

–       No me jodas, Alma. Necesito un poquito de cariño. Con una paja no basta.

–       ¡Hombre, cariño ya te doy yo!

–       Oye, ¿y una paja no? – Andrés lo soltó como una broma más pero con cierta picardía. En lo más recóndito de su ser albergaba la lejana esperanza de que su hermana aceptara la oferta. Pero eso era imposible, claro. Alma se incorporó una vez más y dibujó una gran O de asombro en sus labios, divertida y escandalizada.

–       ¡Sí, hombre, claro! ¡Tus ganas! ¡Serás animal! – aunque se reía con la broma, en su fuero más interno, Alma hubiera querido sacarle la polla en aquel preciso momento y chupársela hasta sentir la leche caliente en su garganta. Pero eso no podía ser. Eran hermanos y eso no pasaría nunca. Alma le aporreó el pecho mientras se reía y Andrés le pellizcó el culo, provocando los gritos de protesta de ella, que no se arredró y le apretó bajo el muslo hasta que dobló a su hermano con un grito de dolor.

Toda esa lucha de bromas y juegos escondía el deseo reprimido de los dos hermanos, que aprovecharon para meterse mano con disimulo, como dos adolescentes: Alma notó la dureza del miembro de su hermano apretado contra su hombro mientras ella le apretaba el muslo hasta hacerle gritar; entre pellizco y pellizco, Andrés le sobó el culo todo lo que quiso y, durante unos gloriosos segundos, notó que sus dedos se deslizaban sobre el tanga chorreante y pasaban entre los labios del coño de su hermana, que se retorcía, intentando sacarse sus manos de encima. Cuando el dolor en el muslo le hizo dar una patada, Andrés tiró involuntariamente una de las latas de cerveza, que se derramó sobre la mesa y chorreó hasta el suelo.

–       ¡Venga, para ya, salido, que tengo que hacer la cena! Haz el favor y limpia tú ese desastre – Alma se levantó con desgana, atusándose el pelo y arreglándose el vestido, que tenía subido hasta la cintura y se dirigió a la cocina, contoneándose con exageración, segura de que su hermano le estaba mirando el culo. Andrés se quedó quieto, mirando cómo se alejaba su hermana mayor, deseando ponerla a cuatro patas y penetrar aquel culazo con su polla hasta llenarla con su leche.  En vez de eso, cogió con rabia unas servilletas y empezó a secar la mesa, ignorando el dolor en su entrepierna.

Aquella noche los dos hermanos se masturbaron en sus respectivas habitaciones. Alma todavía sentía la polla de su hermano, dura contra su hombro. Se arrepentía por haber ofrecido tanta resistencia cuando su hermano empujaba su cabeza hacia abajo; le hubiera gustado dejar que le restregara la cara contra su paquete y le hubiera mordido la polla por encima del pantalón. Se corrió sintiendo las manos de Andrés en su nuca y en su culo, imaginando que culminaba esa paja que tan a punto estuvo de hacer. La próxima vez que se la chupara a su marido, lo haría pensando en su hermano. Y quizá durante aquellas vacaciones buscaría la ocasión de volverlo a calentar… Sí, eso haría.

Separados por una pared, Andrés se corrió al mismo tiempo que Alma, chupando el dedo que mojó en sus braguitas. Recordó cómo había visto esa tarde el cuerpo de su hermana y cómo había conseguido meterle mano. La imaginó en todas las posturas posibles y hartándola con su semen. La vio, en fin, entregada a esa paja que le había pedido y que, estaba seguro de ello, estuvo a punto de conseguir. En cuanto pudiera tener de nuevo sexo con su mujer, le follaría el culo pensando en Alma. Estaré una semana aquí, tengo que tocarle el coño una vez más – se prometió. Y se volvió a masturbar, mientras lo planeaba.

Todo esto pasó en realidad y nada más que eso. Pero existen realidades alternativas, donde pequeños cambios en nuestras decisiones o en nuestros actos han creado nuevos mundos con nuevas historias. Y en uno de esos mundos la patada de Andrés no derramó la cerveza. En uno de ellos, Andrés se rindió.

–       ¡Vale, vale! ¡Me rindo, me rindo! – los apretones de Alma le dolían en la pierna y se la frotó para suavizar el hormigueo. Más tranquilos ambos, Alma volvió a recostarse sobre el pecho de Andrés y acarició las pequeñas marcas rojas que había provocado con sus pellizcos y apretones.

–       ¿Te duele? – dijo, al rato. Se fijó en que el bulto bajo el pantalón había crecido ostensiblemente con la lucha de pellizcos. Su hermano estaba totalmente empalmado y la polla se le marcaba en el pantalón. No le extrañaba, claro. Había sentido sus manos magreando su culo más que pellizcándolo y notó claramente como sus dedos rozaron el tanga por delante, hundiendo la tela en su coño. Y ahora ella acariciaba los muslos de Andrés muy cerca del paquete.

–       No, no mucho, tranquila. ¡Pero estás muy fuerte, tú! – sin que ella pudiera verlo en esa posición, Andrés echó la cabeza hacia atrás para espiar bajo la falda de Alma, que se le había enrollado muy arriba durante la pelea, y que dejaba ver los cachetes de las nalgas y el hilo del tanga. Se mordió el labio por la excitación; su hermana tenía un culo fantástico, como a él le gustaban. No era igual verla en la playa en bikini que verle el culo en un descuido en casa y estaba terriblemente caliente. Además, las caricias de Alma lo estaban excitando muchísimo y sabía que su erección era más que evidente. – Pero tus caricias me alivian, gracias. Ya que no va a haber paja, al menos que no me duela nada, ¿no? – volvió a bromear Andrés. Alma recibió las palabras como una descarga eléctrica que le erizó el vello de la nuca y no contestó. Siguió acariciando las piernas velludas con la mirada fija en la entrepierna hinchada de Andrés. Al cabo de un largo minuto se decidió a contestar.

–       Bueno, y si te la hiciera, ¿qué? ¿Qué pasaría? – esta vez fue Andrés el que recibió la descarga, haciendo encabritar aún más su polla. Intentó parecer divertido cuando respondió.

–       ¿El qué? ¿Una paja? Pues nada, mujer, qué iba a pasar. A mí me ibas a dar un gusto, eso seguro – a Alma le seguía costando responder.

–       ¡No me digas que no te puedes apañar tú solito!

–       Hombre, pues sí, claro. En casa no hay dos días seguidos que no me la casque pero aquí, con los papás y los chicos…. Pero ya te he dicho que no se trata de eso.

–       ¿Y tú crees que si te la meneara yo te sentirías mejor?

–       ¡Hombre, pues claro! ¡Muchísimo mejor, tú dirás! No me voy a morir, claro, pero me noto jodido y de muy mala ostia. Pero, en fin, como no va a pasar, no  hace falta ni hablar de ello.

–       ¿Y quién dice que no? – insistió Alma.

–       Pues yo. Tú nunca te atreverías, está claro que… – Andrés no pudo acabar la frase porque la mano izquierda de Alma, que antes acariciaba el muslo enrojecido, apretaba ahora el paquete de Andrés por encima del pantalón y lo masajeaba, apretando y soltando el enorme bulto. Andrés se quedó de una pieza, inmóvil, con una mezcla de sorpresa y excitación y no supo qué contestar.

–       Oye…yo…esto… – tartamudeó Andrés mientras miraba cómo su hermana le apretaba la polla y los huevos.

–       ¿Qué pasa? – Alma estaba asustada. Su corazón estaba desbocado y no sabía cómo estaba reaccionando su hermano: dudaba entre desear que le obligara a parar o rezar para que no lo hiciera. Su excitación era brutal: se debatía entre el rechazo moral y su deseo desbocado; se sentía muy guarra y el mero pensamiento le mojó de nuevo las bragas; sudaba a mares y creía que se marearía.

–       ¡Nada! Sólo que, oye, si no lo ves claro… – Andrés sintió un pinchazo de remordimiento y padeció por su hermana. No quería que se sintiera mal o que hiciera aquello por lástima o… Pero estaba a punto de gritar de lo cachondo que estaba, se odió por dudar y deseó no haber dicho las palabras anteriores.

–       Mira, como no te des prisa, me voy a arrepentir de esto – Alma temblaba de emoción y se notó la voz rara al decirlo. El corazón se le iba a salir del pecho cuando vio a su hermano meter los pulgares en el elástico del pantalón, levantar el culo de sillón y bajárselos hasta los tobillos. Se quedó sin aliento: allí estaba Andrés, desnudo, con la polla tiesa pegada sobre su vientre y que le llegaba casi hasta el ombligo; roja, húmeda y palpitante, su glande asomaba casi completamente por debajo del prepucio y dos grandes huevos le colgaban hasta descansar en el asiento del sofá. Se descubrió con la boca abierta, pasándose la lengua por los secos labios y sin palabras. ¡Caray con el hermanito!

–       Bueno, ¿qué pasa ahora? – Andrés temió que Alma se hubiese asustado y que se hubiese arrepentido en el último momento. Pero notó el deseo en la mirada de su hermana y se sintió orgulloso de sus atributos: que una mujer madura, casada y con hijos te mirara el rabo de esa manera era como para estar contento, sin duda. Alma parecía estar en shock pero de repente, volvió a dejar caer su mano en el muslo desnudo de Andrés y empezó a acariciarlo nuevamente. De la rodilla subió lentamente hasta la ingle y volvió a bajar; cada vez que rozaba los huevos con el dorso de la mano, aguantaba la respiración y volvía a bajar a la rodilla. Andrés quiso decir algo pero ella se adelantó y le miró a los ojos antes de hablar.

–       ¡Joder, Andrés, cariño, menudo aparato! ¡Vaya con el nene! – y esta vez la mano no se detuvo en la ingle, sino que siguió su recorrido y agarró los huevos en un puño y los apretó con un ligero masaje. La calidez de su mano y el movimiento que imprimía aceleró el pulso de Andrés hasta hacerle doler en el pecho.

–       ¿De verdad lo crees? – dijo él, mientras Alma sacaba el brazo derecho de la espalda de Andrés y la pasó por delante, apoyándose en su vientre y acariciando la ingle derecha. El movimiento acercó más a los dos hermanos y Andrés la dejó actuar mientras él aprovechaba para acabarle de levantar la falda a Alma y dejarle el culo al aire. Paró un segundo y la miró: aunque Alma le masajeaba los huevos, no sabía hasta qué punto estaba receptiva a sus caricias y esperó por si ella le reprendía por desnudarle el trasero. Al ver que ella no se quejaba, absorta en sus caricias, se decidió a ponerle la mano en el culo y se lo acarició, apretándole las nalgas.

Alma notó cómo su hermano le sobaba el culo y se tensó un momento. Se puso a pensar en que le estaba tocando los huevos a un hombre ¡que no era su marido! ¡Y no sólo eso sino que además aquel hombre era su propio hermano! ¿En qué clase de putón se había convertido? Quería mucho a su marido: ¿qué pensaría él si la viera en ese momento? Sólo pensar en su marido mirándola con otra polla en la mano, la puso más cachonda y decidió dar un paso más. Justo en el momento en que su hermano pasó la mano por debajo del hilo del tanga y le acarició el ojete con dos dedos, ella se inclinó para favorecer la caricia y asió la base de la polla con la mano derecha sin dejar de amasar los huevos con la izquierda.

Andrés no podía creer que aquello estuviese pasando. Su hermana mayor le estaba acariciando lentamente la polla y él la correspondía acariciando los pliegues de su ano, que se abría a la menor presión. Retiró un momento la mano para chuparse el dedo índice y volvió a pasarla por debajo de las bragas. Separó las nalgas con los otros dedos y volvió a acariciar el ojete de su hermana. Presionó suavemente y noto que éste se abría levemente para abrazar la punta del dedo con el esfínter. Alma gimió al notar como su hermano le hundía despacito un dedo en el culo y disfrutó de la sensación. En seguida bajó la piel de la polla hacia su base y descubrió la cabeza del glande, cuyo agujero se abrió como en breve grito. Unas gotas de líquido preseminal resbalaron despacio desde la punta hasta mojar la mano de Alma y empezó a menear la polla lentamente, con suavidad, arriba y abajo, capullando y descapullando y disfrutando del espectáculo. La de su marido no era tan grande, desde luego. De tan gorda, no podía cerrar la mano y hubiera necesitado dos manos para cubrirla en toda su longitud. Con la otra mano seguía acariciando los huevos depilados de Andrés y ronroneaba como una gatita. Estaba tan cerca de la entrepierna que el olor de hombre le inundaba la nariz; acercó la boca al vientre de su hermano y recogió con la punta de la lengua las gotitas que acababan de salir de su miembro. El sabor a polla explotó en su boca y se estremeció con las ganas que sentía de chupar aquella hermosa verga.

Alma se giró hacia su hermano y este le cogió la cabeza con la mano libre y la sujetó mientras él se acercó rápidamente y empezó a comerle la boca. Alma se sorprendió pero reaccionó abriendo también la boca y recibiendo su lengua. Durante su vida había tenido unos cuantos novios y con todos tuvo algún tipo de experiencia sexual. Pero nada en el mundo, ni siquiera con su marido, se podía comparar con aquella sensación: peligro, sexo puro, tabús, placer… Su hermano le follaba el culo con un dedo y le acariciaba la vagina con el resto la mano. Ella lo pajeaba, ahora a mayor velocidad. Él subió una pierna sobre la mesa elevando un poco el culo y ahora ella podía acariciarle el ano con la otra mano. A su marido nunca le gustó que le tocara el culo y ahora ella disfrutaba acariciando el ojete peludo de su hermanito, que gemía aún con la boca llena de dos lenguas. Alma se separó para verle la cara de placer, con los ojos cerrados y la boca abierta. Cuando Andrés abrió los ojos vio el rostro acalorado de su hermana, con la nariz arrugada, con la boca abierta y lamiendo sus labios, cachonda perdida. De repente vio cómo se arqueaba y notó cómo el esfínter le apretaba el dedo espasmódicamente; su hermana cerró los ojos, gimiendo, y su mano se mojó con el flujo, chorreando entre sus piernas. Alma se estaba corriendo.

Ella se recostó contra su hermano, gimiendo con fuerza, besándole la cara y el cuello hasta que sus espasmos fueron amainando. Andrés le sacó el dedo del culo muy despacito pero siguió acariciando su coño por encima del mojadísimo tanga. Su hermana no había soltado su polla ni un segundo pero había detenido el ritmo lento de la paja y, concentrado como estaba en el orgasmo de su hermana, su polla había perdido erección. No obstante, ver a su hermana con su polla morcillona en la mano lo volvió a excitar.

–       ¡Hummm! ¡Gracias, hermanito! ¡Ha sido alucinante! ¡Qué ganas tenía, cariño! ¡A mí también me hacía falta! – Alma, de rodillas en el sofá, lo seguía regalando con pequeños besos por toda la cara y lamiendo sus orejas y su cuello, sin dejar de sobarle la polla y los huevos. Andrés se notaba ardiendo en llamas; su mano izquierda no dejó de acariciar la entrepierna de su hermana, coño y culo, y su mano derecha se levantó por fin para apretar las tetas con fuerza, pellizcando y mordiendo los pezones.

–       ¡Alma, por favor! ¡No puedo más! ¡Por favor! – Andrés parecía desesperado, ansioso. Sus caricias eran más salvajes, seguro que al día siguiente tendría moratones en el culo y en las tetas. Menos mal que su marido aún tardaría unos días por lo menos. Volver a pensar en su marido, mientras su hermano la sobaba con desesperación y su polla crecía y se endurecía en su mano, la volvió a avergonzar y a excitar a la vez.

–       Ya voy, cariño, ya voy. Relájate y deja que te dé tu premio – Andrés la asió con fuerza, le metió la lengua hasta la garganta y le dio unos cuantos cachetes fuertes en el culo. ¡Caray qué fijación con mi culo!, pensó ella. ¿Y cómo sería follando? ¿Qué se sentiría con aquel rabo tan gordo en su culo? A pesar de volver a notarse mojada, sacudió la cabeza para expulsar aquellos pensamientos. ¿En qué estaba pensando? Seguían siendo hermanos, aquello sería sólo el calentón de un día… ¿Verdad? Decidió que ya lo pensaría más tarde con calma y se conjuró para darle a su hermano el mayor placer posible y disfrutar ella misma de la experiencia, quizá única.

Alma bajó por fin del sofá y se arrodilló sobre un cojín entre los pies de su hermano. Apoyó los codos en sus muslos y acarició el vientre liso de Andrés, bajando lentamente hasta las ingles, apretándolas. Acarició todo el cuerpo hasta donde alcanzaba sin tocar nunca los genitales, encendiendo aún más a su hermano. Pasó la lengua por los muslos, mordiendo, besando, chupando, deteniéndose de nuevo en las ingles. El olor de macho la embriagaba y hundió su nariz en el pubis cerca de la base del rabo, que se apoyaba como una torre caída sobre el bajo vientre. Aspiró complacida el olor de hombre, sudor y semen, y lamió delicadamente las ingles hacia abajo, más y más, y giró para chupar los enormes huevos de su hermano, que se retorció de placer.

Alma cogió las bolas con una mano y las chupó, metiéndolas en su boca y mordisqueándolas. Andrés apoyó de nuevo la pierna sobre la mesilla y Alma levantó los huevos hacia la polla. Sin pensárselo dos veces, empezó a lamer el ano y el perineo de su hermano, que aulló de gusto. Este levantó las piernas cogiéndose de debajo de las rodillas para facilitar el trabajo de su hermana y ella lo aprovechó para lamerlo bien a gusto sin dejar de masturbarlo. Después de un rato, Andrés estaba a punto del infarto. Bajó las piernas y se sentó en el borde del sofá. Cogió a su hermana de la nuca y la besó con fuerza, notando su propio olor en la boca de Alma. Ella lo empujó suave pero firmemente, le asió la verga con las dos manos y se la acercó a la cara. Volvió a oler el penetrante aroma del semen y la besó. Primero el glande, después el tronco y los huevos y volvió a empezar, ahora con la lengua, con los dientes. Miró a su hermano con los ojos cerrados hasta que los abrió y, entonces, se golpeó y se restregó la polla por la cara para excitarlo.

Andrés gemía y gemía y le suplicaba más y más. Alma lo tenía donde ella quería. Su hermano estaba en sus manos, loco de deseo, y le suplicaba placer. Ella apoyó el glande contra sus labios cerrados en forma de beso y lo dejó allí, chupando el agujerito hasta que él volvió a mirarla. Entonces la polla comenzó a entrar muy lentamente en su boca hasta donde pudo, con los labios muy cerrados en torno al tronco, y volvió hacia atrás. Y empezó a acelerar. Alma mamaba la polla de su hermano con total dedicación: chupaba con fuerza, aspirando la carne y tragando después con los labios apretados, pajeando con la boca, chapoteando con la saliva que caía a borbotones desde la comisura de sus labios mezclada con líquido seminal. Con una mano lo seguía pajeando y con la otra le apretaba los cojones con fuerza, y le acariciaba el ojete peludo, gimiendo en voz alta con lujuria. Volvió a desear que su marido estuviera allí, para que la viera mamando una polla delante de él y descubrió que eso la encendía. Se sentía muy guarra y en ese momento hubiera chupado diez pollas de haber podido. Eran sensaciones totalmente nuevas para ella y las estaba disfrutando por primera vez. Su hermano debió de sentir su lujuria sin freno porque se tensó, la cogió por la cabeza y empezó a escupir semen a borbotones dentro de su boca. Alma consiguió soltarse y se la sacó de la boca, incapaz de tragar toda la leche, pero siguió apretándole los cojones y pajeándolo. Sintió los chorros menguantes salpicar su cara, sus labios, y notó los ríos de semen bajar caudalosos desde su cuello hasta el canal de sus tetas.

Andrés yacía desplomado sobre el sofá y Alma siguió lamiendo y besando su polla mientras se iba deshinchando. Se sentó junto a su hermano y se besaron, acariciándose y esparciendo el semen por sus cuerpos. De repente, Alma se dio cuenta de la hora y saltó del sofá.

–       ¡Rápido! ¡Están a punto de llegar! ¡Voy a darme una ducha!

–       ¡Oye, espera! – Andrés saltó también y abrazó a su hermana – ¡Gracias, hermanita! ¡Ha sido increíble!

–       Lo sé, cariño. Me alegro. Yo también he disfrutado como una loca. Ahora estarás mejor, ¿verdad?

–       ¡No lo sé! ¡Joder! ¿Repetiremos? ¡Joder, dime que repetiremos! – le imploró Andrés, cogiéndola del culo y atrayéndola hacia él – Me he quedado con las ganas de follarte, Alma. ¡Ya tengo ganas de empezar otra vez!

–       ¡Nunca tenéis bastante! – le reprochó Alma con una sonrisa complacida – De momento te he dado material suficiente para hacerte pajas todo el mes. ¡No te puedes quejar! ¡Y me voy a la ducha, que aún nos pillaran chorreando leche! – entró en el baño y cerró la puerta.

Detrás de la puerta del baño Alma cerró los ojos y se apretó las tetas. El semen de su hermano todavía resbalaba por ellas. Recogió un poco con el dedo y lo chupó. ¡Dios mío! ¿Acaso creía Andrés que ella no quería más sexo? De haber estado solos, ella misma le habría suplicado que la empalara con su rabo. Se quedó con las ganas de sentirlo dentro, de que le quemara las entrañas con su semen. Nunca había sentido tantas ganas de tener sexo y quería probarlo todo. ¡Pero era su hermano, por dios bendito! ¿Por qué nunca había sentido esas ansias con sus novios o con su marido? Tendría que pensar mucho en ello. Antes de entrar en la ducha, volvió a meterse en la boca los dedos llenos del semen de su hermano.

Andrés entró en su habitación feliz como no lo había estado en muchos meses. Había tenido el sexo más genial de su vida y no pararía hasta que se follase a su hermana hasta por el culo. Estaba seguro de que lo conseguiría tarde o temprano. Una vez abierta la lata, podría llegar hasta el final. Tan seguro estaba que, por un momento, empezó a pensar si no sería capaz de conseguir que su propia madre le hiciera también una paja. ¿Por qué no? Ahora nada le parecía imposible.

Ni Alma ni Andrés sabían qué les deparaba el destino, ni en un mundo ni en el otro. Y quién sabe qué aventuras tendrían en otros mundos.

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Me follé a la mejor amiga de mi mujer

Os voy a contar cómo el verano pasado me acosté con la mejor amiga de mi mujer. Os pongo en antecedentes, la mejor amiga de mi mujer se llama Verónica. Es una mujer de 34 años, media melena castaña, bajita, mide 1,55 aproximadamente, delgadita, algo menos de 50 kg. Tiene las tetas pequeñas y apenas tiene culo. En cuanto a belleza no es muy agraciada. No es que sea fea, pero es del montón (de la parte baja). Ha estudiado dos carreras: administración de empresas y derecho, pero como es una tía un poco parada y no sabe moverse,  siempre tiene trabajos de mierda. En ese momento estaba vendiendo cremas y perfumes de mujer, y solía tener trabajos de ese tipo cuando no estaba en paro: teleoperadora, vendedora de seguros, de tarjetas, etc…

Con esta descripción, podéis adivinar que nunca ha despertado ningún tipo de deseo sexual en mí.  Lo único que me parece atractivo es que al ser tan pequeña, debe ser muy manejable en la cama, y podría manejarla a mi antojo en cuanto a posturas, ya que yo soy un hombre grande y fuerte.

Paso a describirme:  tengo 34 años, mido 1,90 y peso 85 kg, hago deporte habitualmente, así que no estoy mal de cuerpo, no estoy cachas ni definido, pero tengo buen porte. Tengo el pelo corto y moreno, he ganado en atractivo con los años. Soy ingeniero industrial y tengo un buen puesto en una empresa importante a nivel nacional.

Mi relación con Verónica es buena. Nos conocemos desde hace bastantes años, los que llevo con mi mujer, y tenemos una relación agradable y cordial. Ella vive sola, y ha tenido parejas más o menos estables durante los últimos años. Ahora está con un chico que se llama Mario. La verdad es que no se que ha visto en él porque es un poco atontado, le falta un hervor. Supongo que está con él por no estar sola, y no creo que duren mucho.

El verano pasado mi mujer se fue unos días de vacaciones a la playa, con nuestros hijos y con sus padres. Mientras tanto yo me quedé en casa, ya que tenía que trabajar. Los viernes  cuando salía de trabajar me iba directamente a la playa yo también, y me volvía los domingos. La verdad es que aunque tenga que trabajar, lo considero unas vacaciones, ya que al estar sólo puedo hacer lo que quiera sin que nadie me moleste y sin dar explicaciones: ver películas tirado en el sofá, ir al gimnasio, jugar pachangas,  ir de cervezas con amigos, etc… es decir, lo bueno de la vida de soltero. Tengo que decir que no tengo ningún interés en ir con otras mujeres ya que mi mujer es una cerda en la cama y satisface todas mis necesidades. Es cierto que esos días ella no estaba, pero como nos veíamos los fines de semana, aprovechábamos para follar cuatro o cinco veces y me volvía servido.

Un día por la tarde estaba tumbado en el sofá y sonó el teléfono, era mi mujer:

–          Oye, pásate esta tarde por casa de Vero para recoger una cosa que tiene para mí, así me la traes el viernes.

–          ¿Qué cosa?

–          Una crema hidratante que le he pedido que tengo la piel fatal.

–          Pues te la podía haber comprado yo…

–          Ya, pero a ella le hacen descuento…

–          Pues no puedo que he quedado, dile que se pase ella en un momento… –  le dije. Era mentira, pero no me apetecía ir hasta su casa.

–          Bueno, le pregunto y te digo algo.

–          Vale. Un beso. Adiós

–          Adioooss.

A los 10 minutos, mi mujer me mandó un mensaje de whatsapp diciéndome que Verónica vendría al salir del trabajo, sobre las 21, y que estuviera en casa. Le dije que no había problema, que al final no iba a salir de casa así que me daba igual la hora.

Me vi un par de películas que tenía pendientes de ver, en vacaciones aprovecho para ver películas y leer los libros que no puedo durante el invierno, y cuando acabaron me puse a hacer la cena. Abrí la nevera para ver que había, no me apetecía ensuciar mucho la cocina así que visualicé una lechuga, tomates, atún y pescado que había descongelado por la mañana, estaba cantado: un pescadito con ensalada para mantener la línea.

Cuando estaba terminando de cocinar sonó el telefonillo, miré el reloj y eran las 21. Me había olvidado que Vero venía a traer la crema.

–          ¿Quién es?

–          Hola, soy Vero

–          Hola Vero, sube

Escuché como se abría el ascensor, así que antes de que llamara abrí la puerta.

–          Anda pasa, ¿qué tal?

–          Bien y tú

–          Pues bien, me has pillado a punto de cenar

–          Uyy, que rico pescadito con ensalada…. Como te cuidas ehh…

–          Ya ves. ¿Has cenado?

–          Que va. Vengo del trabajo y ahora voy a casa. Tengo que hacer la cena y todo…

–          Pues quédate que tengo para dos…

–          No, no, que ya lo tienes preparado para ti y no quiero molestar.

–          Anda tonta… que molestias… Venga cógete un vaso y cubiertos que te voy haciendo uno para ti, que todavía no he fregado la sartén.

–          Venga vale.

Cuando saqué su pescado vi una botella de vino que tenía muerta de risa desde hacía tiempo, así que le dije a Vero si le apetecía, que yo sólo no la iba a beber y al final la tiraría. Ella aceptó.

Terminé de hacer la cena y nos sentamos a la mesa.

–          ¿Qué tal Mario?

–          Bien, se ha ido al pueblo a llevar a sus padres, que se van allí todo el mes, y aprovecha para quedarse un par de días que no trabaja.

–          Tú tienes que trabajar, ¿no?

–          Sí, por eso se ha ido. Para estar aquí solo…

Seguimos cenando, y me estuvo contando varias historias intrascendentes. Vero es de las chicas que cuentan todo con pelos y señales, de las que a veces incluso desesperan… pero bueno, tampoco importa mucho, cuando me canso le digo: Venga Verooooo! Nos reímos y ya va al grano.

Total, que a lo tonto ya habíamos terminado de cenar y nos habíamos bebido la botella. Yo no bebo mucho, y ella menos, así que íbamos un poco alegres.

De repente me dijo:

–          Oye, ¿sabes que me han llamado para hacer una entrevista en el corte inglés?

–          ¿De vendedora?

–          Que va, para el departamento de RRHH y administración.

–          ¡No jodas! ¿Llevas una hora hablándome de chorradas y no me lo dices hasta ahora?

–          Jijiji… ¡no me había acordado! Pues me ha recomendado un amigo de mi padre, así que tengo muchas posibilidades.

–          Joder, está genial. ¡A ver si tienes suerte!

–          Eso espero jijijij

–          Pues esto hay que celebrarlo, ¡voy a ver si tengo algo!

Me levanté y fui a la despensa a ver si tenía algo de alcohol para celebrarlo. Tenía dudas, porque yo no suelo beber y nunca compro nada. Sólo tengo las bebidas que me regalan de vez en cuando, sobre todo en navidades. Abrí la despensa y había una botella de tequila. La cogí, junto a un par de vasos, sal y limón.

Volví al salón y le dije:  – Mira Vero, ¡vamos a celebrar tu entrevista!. Jajaja – exclamó-  ¡pero si aún no me han cogido!. Yo le contesté que daba igual, que sólo que le llamaran a la entrevista había que celebrarlo, que últimamente no le llamaban ni para eso.

Nos fuimos al sofá y preparé dos chupitos de tequila.

–          Vero, ¿esto como era? ¿Limón, sal y a beber?

–          Jajaja, ¡que va! Primero te echas la sal en el dorso de la mano, la chupas, después bebes el chupito y por último, chupas el limón.

–          ¡Ah vale! Es que estoy desentrenado. ¡Pues si que hay que chupar ehhh!

–          Jajaja, ¡qué tonto!

Ya tenía los vasos listos, así que le di el primero, yo cogí el segundo y le dije: Venga, por la entrevista, ¡que tengas suerte y te cojan! Brindamos y comenzamos con el ritual. Nos echamos sal en la mano, la chupamos, bebimos el tequila y finalmente nos metimos el limón en la boca.

Nos miramos y nos empezamos a partir de risa. Ella tenía una cara de asco y grima muy graciosa, y supongo que yo también. La verdad es que yo odiaba los chupitos, más que nada porque no me gusta el sabor del alcohol. Pero cuando los tomas en plan colegueo, la verdad es lo pasas bien, así que hago el esfuerzo.

Empezamos a divagar de cómo sería el puesto de trabajo, qué tendría que hacer, los horarios, el sueldo, etc…

–          Pues espero no cagarla en la entrevista

–          ¡Que va mujer! Tu vete con minifalda y escotada. Si te hace la entrevista un hombre, ya tienes camino andado, jajaja – le dije.

–          Si pues con el poco pecho que tengo, poco voy a enseñar…

–          Da igual, lo que haya hay que enseñarlo, jajajaj

–          Jajaja, no sé, no sé…

Entonces se me ocurrió una idea. Le propuse que podíamos ensayar la entrevista. Yo sería el entrevistador y le haría una típica entrevista de trabajo. A ella le pareció una buena idea, así que le dije que saliera del salón, volviera a entrar y ya comenzaríamos. Así lo hizo:

–          Toc, toc

–          Adelante

–          Hola soy Verónica y venía a la entrevista de trabajo.

–          Sí, pasa. Te estaba esperando. Siéntate por favor.

–          Vamos a empezar repasando tu currículo y lo comentamos, ¿de acuerdo?

–          Vale

–          Veo que tienes dos carreras pero no has trabajado en nada relacionado con ellas, ¿no?

–          No, la verdad es que me ha pillado la época mala y no he podido trabajar en el ámbito para el que me he preparado. Estoy deseando tener una buena oportunidad… como puede ser esta

–          Muy bien, le dije guiñándole un ojo, indicándole que había sido una buena respuesta.

Seguimos con la entrevista. Le pregunté que había hecho en trabajos anteriores, cuáles eran sus virtudes y defectos, etc… en fin todas esas cosillas que suelen preguntar. La verdad es que bajo mi punto de vista, lo hizo bien, y si dependiera de mi la cogería para el puesto.

Cuando terminé le tendí la mano y le dije: Muy bien señorita, ¡está usted contratada! Me dio la mano y nos empezamos a reír como locos. Sin duda, los chupitos estaban haciendo su trabajo.

–          Vamos a beber otro chupito para celebrarlo – le dije.

–          Bueno, pero no bebo en el trabajo – dijo. Nos volvimos a partir de risa.

Cuando lo bebimos le dije:

–          Oye, ¿y si el tío es un raro o un cabroncete y te hace alguna insinuación?

–          Pues no se… si hay que enseñar una teta por el trabajo, ¡pues se enseña! Jajajaja

–          Entonces vamos a repetir la entrevista para cubrir todos los frentes…

–          Jajaja, ¡qué listo! Vale repetimos, pero no te voy a enseñar nada, ¡degenerado! jajajaj

–          ¡Tú verás si quieres el trabajo! – exclamé. Ambos reíamos.

Quedamos en continuar la entrevista donde la habíamos dejado antes.

–          Está bien, Verónica. Veo que tienes todas las cualidades que necesitamos para el puesto.  Necesitamos a personas comprometidas tanto con la empresa como con las personas que la componen.

–          Sí, si. Si hay que hacer horas extras o algunas tareas que en principio no me corresponden, no tendría problema en realizarlas.

–          Siéntate a mi lado – le dije. Me miró extrañada.

–          No me mires así, que en la entrevista que pueden decir o pedir cosas extrañas – le dije

–          ¿Tienes novio?  – le pregunté

–          Sí, ¿por qué?¿qué tiene que ver para el puesto?

–          Nos interesa saber si tienes previsto tener hijos y tal. Que vayas a tener hijos no es motivo de descarte pero nos gusta saberlo para organizarnos….

–          Ahhh. Pues tengo novio pero de momento no vamos a  tener niños… – me dijo

–          ¿Y tu novio te satisface totalmente?

–          Jajajaj ¿pero qué entrevista es ésta?

–          Tienes que estar preparada para cualquier cosa que te digan y poder salir airosa.

–          Venga vete por ahí – me dijo

–          Coño vero, ¡contesta! Que además es divertido.

–          Sí, si que me satisface totalmente.

–          ¿Seguro? Se te ve cara de malfollada

Ella soltó una carcajada y ambos nos empezamos a reir. Estuvimos como dos minutos sin poder parar de reír. Cuando me recompuse, le dije:

–          No te rías, que es verdad. Mira que Mario es un tío majete – era mentira – pero tiene pinta de pajero mal follador.

En circunstancias normales, se habría molestado por hablar así de su novio, pero con el alcohol que habíamos bebido no parábamos de reir.

Seguí con la entrevista, – Como le decía señorita, en esta empresa cuidamos de los empleados, cuando necesitan días libres, adelanto de nóminas, etc… se hace todo lo posible- le dije. O si necesitan un simple masaje en el cuello para aliviar la tensión, pues se hace. Mientras se lo decía, me eché hacia atrás en el sofá y comencé a masajear su cuello y hombros.

Tenía la piel muy suave, y la verdad es que me estaba excitando un poco. Le seguí comentando las virtudes de la empresa. Después de dos minutos ya tenía la polla bien dura.  En un momento, ella se estaba resbalando por el sofá, se intentó incorporar y tocó mi polla accidentalmente por encima del pantalón. Notó la dureza, giró la cabeza y me miró: ¿Qué tal?¿Contento? – me dijo

Sonreí y no sé lo que se me pasó por la cabeza, pero la besé en los labios. Tenía unos labios finos, pero bonitos. Nos separamos y nos miramos a los ojos sin saber qué decir. Sabía que no debía hacerlo, pero tenía la polla que me iba a reventar, y el alcohol me decía que tampoco era para tanto. Me la coloqué porque me estaba haciendo daño mientras ella me miraba. Tenía la boca un poco abierta, se notaba que tenía ganas de más.

Puse mis manos en su nuca y la besé de nuevo. Metí mi  lengua en su boca buscando su lengua. Ella me la ofrecía y jugueteábamos. Cogí su mano y la puse sobre mi paquete. Ella comenzó a acariciarlo por encima del pantalón.

Ella se subió sobre mí a horcajadas. Nos besábamos apasionadamente. Yo estaba excitado como no lo había estado nunca y quería follármela hasta reventar. Llevaba una camiseta amarilla de tirantes que marcaba sus pequeñas tetas. Se lo quité en un segundo dejándola en sujetador. Después le quité el sujetador, también. Como dejaba entrever, tenía las tetas pequeñas, pero eran apetecibles. Tenía una aureola y un pezón generoso, los cuales empecé a comer.

Según estaba, la levanté para ponerla de cuclillas, y a continuación de pie. Le baje el pantalón. Llevaba puestas unas bragas blancas que dejaban entrever un coño peludo. Después le baje las bragas y confirmé que tenía el coño bastante peludo, estaba medianamente cuidado, pero con bastante pelo, tal como me gustan.

Tenía su coño a la altura de mi cabeza, y emitía un olor a hembra embriagador. Sentí la necesidad de chupar ese coño, y es lo que hice. Lo acerqué a mi cabeza y le di un lametazo a lo largo de toda la raja, de abajo hacia arriba. Miré a Verónica a los ojos y estaba fuera de sí, con los ojos mirando al infinito. Le abría los labios vaginales con las manos y lamí su clítoris con vehemencia, ella comenzó a gemir.

En un momento paré y la aparté hacia un lado, sentándola en el sofá. Me puse de pie delante de ella y empecé a desnudarme. Primero la camiseta,  luego pantalón y cuando me quité los calzoncillos mi polla pegó un bote. Ella se quedó mirando con la boca abierta – Joder, menuda polla – exclamó. Cómetela- le contesté.

Comenzó a chuparme la polla, agarrándome de la base y metiendo y sacando el capullo de su boca. Me hacía un poco de daño con los dientes, pero estaba tan cachondo con la situación que no me importaba demasiado. Al poco tiempo, le dije cómo tenía que hacerlo:

–          Lo primero, ten cuidado con los dientes.

–          Lo segundo, usa sólo la boca. Con la mano me acaricias los huevos.

–          Alterna meter y sacar con recorrer la lengua a lo largo del tronco y del capullo. Jugueteando con el capullo.

Ella me sonrió y comenzó a hacerlo tal como le dije. Ahora sí estaba siendo la mejor mamada que me había hecho nunca. Sobre todo por la excitación que me proporcionaba el hecho de que me la estuviera chupando la mejor amiga de mujer.

Tras unos minutos, la cogí con mis brazos y la levanté en vilo cogiéndole del culo. Metí mi lengua en su boca, y mientras tanto notaba como mi polla se apoyaba en su coño empapado y busca el agujero por donde entrar. Cuando noté que empezaba a meter la punta, di un empujón con la cadera y se la metí hasta el fondo del coño de un golpe. Ella dio un gemido de placer, y me pidió que la follara sin parar.

Yo estaba que no cabía en mi de la excitación. Mi mujer pesaba más y no podía cogerla en vilo como hacía con Verónica. Ella se agarra a mi espalda y brazos, que al estar en tensión estaban duros como piedras, notaba que eso le excitaba mucho.

Noté como me faltaba poco para correrme, así que le dije que se pusiera sobre el sofá a cuatro patas. Al verla sobre mi sofá, a cuatro patas, con la cabecera sobre un cojín y abierta de piernas y con el coño palpitando casi me corro sin tocarme. Me agaché y pase mi lengua por su coño hasta su culo. Tenía algunos pelos alrededor del culo, cosa que también me la pone bastante dura.

Me incorporé y se la volví a meter de un golpe. Ella volvió a gemir, giró la cabeza según estaba  y con una sonrisita me dijo: ¡Me encanta que me la metan así! Comencé un mete saca despacio al principio, y poco a poco fui aumentando la velocidad y la fuerza. La cogía de las caderas y la levantaba ligeramente, sus rodillas ni tocaban el sofá. Ella gemía como una loca.

–          Voy a correrme – le dije

–          Hazlo dentro – me contestó.

–          ¿Seguro?

–          Sí, que no se te ocurra sacarla. Quiero que te corras dentro de mí, ahhh

Yo seguía dándole con una fuerza y velocidad endiabladas. Cuando me iba a correr, le cogí por detrás de las rodillas y la levanté en vilo. Parecía una escena porno. La tenía cogida por las piernas,  con su espalda sobre mi pecho, las piernas dobladas, y se la estaba metiendo hasta las entrañas. Me corrí como un caballo. Mientras frenaba el ritmo, podía ver en el reflejo de la tele como salía el semen de su coño en cada embestida y resbalaba por mi polla hasta caer al suelo.

–          Joder, vaya polvazo – dijo ella

–          Ya te digo, ha sido espectacular- contesté. No sabía que tomabas la píldora.

–          No la tomo

–          ¿Pero qué dices? ¡¡Acabo de correrme dentro!!

–          No te preocupes. Hoy me viene la regla, así que no hay problema

–          Joder Vero, ¿estás loca o qué?

–          No te preocupes, que funciono como un reloj y no hay peligro

–          Ya pero… ¿y si te quedas embarazada?

–          No va a pasar nada pero si pasara sería un mal menor. Te voy a contar un secreto que aún no sabe nadie. Estoy intentando tener un hijo con Mario, pero nos está costando un poco, creo que flojean sus soldaditos…

Se estaban acumulando demasiadas cosas que asimilar en mi cabeza.

–          No me jodas que quieres un hijo del parguelas de Mario – le dije con franqueza

–          Sí, es un buen hombre. Además se me va a pasar el arroz.

–          ¿Seguro que hoy te viene la regla?¿No habrás querido que te deje preñada?

–          Que no hombre, que no. No te preocupes de verdad. Con Mario siempre aprovechamos estos días para que se corra dentro.

–          ¿Y estarías dispuesto a darle a Mario un niño que no fuera suyo?

–          Pues sí. Si pudiera elegir a un hombre para tener un hijo, al margen de Mario, me gustaría a alguien como tú.

–          No sabía que fueras tan zorra e hija de puta.

–          Jijiji, bueno será nuestro secreto.

 

Unas semanas después, le vino la regla, así que no me había mentido, y me quedé tranquilo. A los pocos meses dejó a Mario sin que llegara a hacerle un hijo.

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