Relatos entre hombre y mujer. Sexo heterosexual

Soneto a M.E.G

Poesía erótica compuesta por dos amigos en memoria de una compañera de estudios.

¡Oh, bella, fría, frígida mujer!

La de los verdes ojos cristalinos

No se junten jamás nuestros caminos

Para que no te tenga que joder!..

Tal vez te de a tomar cantaridina

Por despertar tus genes congelados

(Tus senos deben ser cual los helados

Que vende el heladero de la esquina)

No sentirán tus miembros el calor

Ni tus membranas aquel dulce dolor

Que produgera un pene masculino

y aunque de Onán recibas el consuelo

O ardorosa te arrastres por el suelo

¡Desearás siempre un falo elefantino!

Me gusta / No me gusta

Fin de semestre

Mónica nos cuenta cómo mantuvo una aventura con el novio de su compañera de piso y el polvazo que tuvieron tan increible.

Vivía entonces en un pequeño departamento junto con tres amigas que, al igual que yo, habían elegido una universidad lejos de su casa. El semestre había terminado y dos de ellas habían emprendido el regreso por vacaciones. Andrea, mi compañera de cuarto, y yo, habíamos tenido que quedarnos por cierto examen cuya fecha era la última del calendario.

El día previo al examen, Andrea había ido a despedirse de unos familiares que vivían en el otro extremo de la ciudad; yo me había quedado para prepararme para la evaluación. Mientras estudiaba, escuché que alguien llamaba a la puerta, así que acudí a abrirla. Se trataba de Emilio, el novio de Andrea, quien había quedado de verla a esa hora. Cuando lo vi no pude evitar una maliciosa sonrisa producida por el recuerdo de una plática que en días pasados había sostenido con Andrea, en la que me había puesto al tanto de las "travesuras" que realizaban juntos.

Le comenté que Andrea no estaba, pero que se suponía que no debía tardar, así que si deseaba podía pasar para esperarla. A lo cual accedió tomando asiento en la sala. En ese momento, una sensación de vergüenza recorrió mi cuerpo: su mirada extrañada me recordó que mi presentación no era la más discreta. Por no esperar ninguna visita, había permanecido en camisón toda la mañana y así me había encontrado él. El problema no debería ser mayor si no fuera porque se trataba de una prenda demasiado transparente de la cual mis compañeras de departamento se mofaban porque, según ellas, "se veía todo". Traté de fingir que no me había dado cuenta del asunto para no hacer mayor el ridículo, pero la sonrisa maliciosa de mi momentáneo huésped me lo impidió. Me disculpé diciéndole "perdóname por recibirte en estas fachas, no esperaba visitas", pero él me contestó algo así como "no te preocupes, por mí mejor".

Me disponía a ir a mi cuarto para ponerme algo más apropiado y así terminar con el bochorno del momento, cuando sonó el teléfono. Dudé en contestar inmediatamente por la situación, pero me di cuenta que no tenía alternativa. Mientras contestaba, con falso pudor procuraba cubrir mi desnudez, pero era imposible. Quien hablaba era mi compañera de cuarto que, tras preguntarme si su galán ya se encontraba en el departamento, me pidió que hiciera lo posible para que no se fuera, explicándome que tardaría todavía un par de horas, pues sus tíos habían insistido en que comiera con ellos.

Cuando colgué el teléfono vinieron a mí muchos pensamientos: me encontraba sola y semidesnuda frente al novio de Andrea, aquél del cual ella platicaba maravillas por ser un estupendo amante… el sólo recuerdo del rostro de satisfacción de mi amiga cuando regresaba después de haberse encontrado con su novio me causaba deseo… tenía la misión de "entretenerlo" por dos horas… hacía casi quince días que no había tenido oportunidad de salir con mi novio…

En esos pensamientos estaba, cuando sentí estallar mi corazón al darme cuenta que Emilio, detrás mío, preguntaba susurrante y casi en mi oído "¿te pasa algo?". Tardé segundos en emitir, como hipnotizada, un casi inaudible "no". Pegó entonces su cuerpo al mío quedando yo en absoluto estado de sumisión, ansiosa de pecar entre sus brazos. Mientras su aliento recorría deliciosamente mi cuello y oídos, sus manos se desplazaban magistralmente por todo mi cuerpo. Por mínimos instantes mi conciencia me reclamaba la deslealtad con mi novio y con mi amiga, pero rápidamente las maravillosas manos de Emilio me hacían olvidarlos y pasar por alto las reglas que todas habíamos establecido: no "meter amigos" al departamento.

Sin encontrar en mí la menor resistencia, retiró mi transparente vestimenta dejándome cubierta sólo por las frágiles bragas que inminentemente me abandonarían tarde o temprano. Me volteó de frente a él estrechando mis senos contra su pecho y, tras colocar sus manos sobre mi trasero, desplaz&oacut

e; sus dedos buscando sensualmente mi entrepierna. Separé ligeramente mis muslos en señal de aceptación mientras él se abría camino haciendo a un lado la entrepierna de mis pantaletas. Sus labios en los míos, sus pectorales en mis bustos, sus "traviesos" dedos en mi bragadura… ¡me estaba llevando al cielo!

Por minutos, sus dedos se pasearon deliciosamente por lo más sensible de mí, hasta hacerme anhelar con desesperación ser penetrada por ellos. Suplicante, tomé su mano y acerqué las yemas de sus dedos a mi entrada. Comprendió mis deseos y se dio a la tarea de transportarme a la cima de la satisfacción. Mi pelvis y sus dedos bailaron con sincronía al ritmo del placer. Ya no eran sus labios en los míos ni mis senos en su pecho, todo mi ser se concentraba en sus manos y mi sexo. El cielo llegó, y con él uno de los más estruendosos gemidos de gozo que jamás haya emitido mi garganta. Apreté mis muslos disfrutando al máximo del momento y al abrir los ojos me topé con la sonrisa más dulce que jamás había visto. Sus ojos miraban orgullosos a quien seguramente era una conquista más en su vida. Yo por mi parte, sabía que esto no había terminado.

Retiró sus húmedas manos para tomar entre ellas mi cabeza. Con toda dulzura pero rostro suplicante, la desplazó hacia abajo, haciéndome entender lo que quería. Con frecuencia yo solía resistirme con mi novio a realizar la práctica que Emilio me estaba implorando, pero con él estaba dispuesta a todo. Obediente y entregada al agradecimiento del placer recibido, me hinqué a sus pies y me aboqué a desabrochar su pantalón para liberar aquel miembro que se erguía majestuoso listo para ser atendido. Le besaba mientras mi mano le aplicaba un suave vaivén que se aceleraba al transcurrir los segundos. La presión delicada de sus manos sobre mi cabeza me hizo entender su ansiedad por ser "devorado". Abrí mi boca y permití su entrada a ella. Eran ahora mi cabeza y su cintura quienes entraban en el maravilloso baile del deleite. Sabía yo que en ese delicioso balanceo, su cuerpo se impregnaba de placer en cada acometida; por mi parte me llenaba de gozo saberme instrumento de su placer. Tras algunos minutos de gustosa entrega percibí que se acercaba su momento. Sin decirme nada, sólo se retiró de mi boca y, en cuestión de segundos, con el ansia reflejada en su accionar, me recostó en el sofá, me despojó de mi última prenda y me penetró; sólo para venirse dentro mío a escasos segundos.

Permaneció dentro de mí por algunos instantes, los suficientes para sentir cómo su virilidad se reblandecía, tras lo cual me besó cariñosamente y se levantó para vestirse. Mientras lo hacía preguntaba acerca de la llamada telefónica. ¡Todo ese tiempo había estado follándome con la preocupación de que de un momento a otro podría llegar su novia! Para tranquilizarle, le expliqué lo del retraso de Andrea, a lo cual él reaccionó con una sonrisa de alivio, sentándose junto a mí y abrazándome cariñosamente.

"¿Te gustó?" Me cuestionó para hacer plática. Le confesé con toda sinceridad que no la había pasado tan rico desde hacía mucho tiempo. En aquel entonces solía tener sexo con mi novio, pero éste, además de ser inexperto, se preocupaba poco por buscar mi satisfacción, por lo que yo no disfrutaba tan intensamente nuestras relaciones. Al oír aquella confesión, Emilio no pudo ocultar su sonrisa de agrado. Me confesó a su vez que siempre había tenido la fantasía de hacerlo con la mejor amiga de su novia. Por mi parte no pude evitar el admitir que yo también había fantaseado en alguna ocasión de manera similar.

Aquella plática nos estaba calentando de nuevo, y mi estado de desnudez hizo evidente mi nueva excitación, a la que él reaccionó acariciando mis senos con ternura mientras seguíamos platicando. "¿Hay alguna fantasía que no hayas realizado?" Me preguntó como preparando el terreno. De nuevo fui sincera cuando le comenté que aún tenía muchas, pero que particularmente anhelaba que un hombre me hiciera el sexo oral en vez de pedirlo como siempre me había ocurrido. Sin mediar instante alguno entre mi última voz y su accionar, comenzó a besarme con vehemencia primero en la boca,

luego en mi cuello, en mis senos, en mi vientre, en mis muslos… ¡Me llevaba de nuevo camino al cielo!

Su lengua, cual duende lujurioso, recorría con regodeo cada milímetro de mi entrepierna provocándome las más exquisitas sensaciones. Mi ano, otrora soslayado, se revelaba ante mí como maravillosa puerta de placer. Mi clítoris, agitado cual veleta por aquel húmedo vendaval que su lengua emulaba, se levantaba ufano provocándome el más excelso de los gozos. Por gloriosos instantes, su cabeza quedó prisionera entre mis contraídos muslos que se buscaban entre sí como consecuencia del éxtasis alcanzado. Mi garganta, de nuevo, no pudo evitar emitir un sonoro gemido reprimido levemente sólo por el temor al escándalo vecinal.

La situación se repetía por segunda ocasión en una hora: acababa de ser trasportada al cielo y el ángel conductor tenía derecho a usar mi cuerpo para trasportarse a sí mismo. El lo sabía. Después de dejarme descansar por unos instantes, tomó por asalto mi espalda y me colocó con rodillas y manos sobre el sofá. Entendí cómo quería hacerlo y arqueé mi espalda para facilitarle la acción. Liberó de nuevo su virilidad para inyectarla en mí sin dificultad alguna. Esta vez con menos ternura que ansia, arremetió sobre mi trasero con esa placentera violencia que sólo en el sexo existe. Habiendo visitado en sendas oportunidades la cima del gozo en tan breve tiempo, sabía yo que difícilmente podía aspirar a una tercera, no obstante, disfruté aquellos pasionales minutos. Finalmente, mi momentáneo compañero alcanzó su clímax y, exhaustos, nos tendimos a reposar en el sofá mientras el reloj nos lo permitió.

Cuando regresó Andrea encontró un cuadro libre de sospechas: su novio y su compañera de cuarto, perfectamente acicalados, platicaban "civilizadamente" en la sala. Habíamos cuidado los detalles para que ningún vestigio de la carnal escaramuza le despertara la menor suspicacia, a excepción quizá de nuestros delatores rostros plenos de satisfacción.

Después de vacaciones, una vez de regreso en la universidad, Andrea me confesó que en aquel día Emilio no había querido tener sexo con ella, no se explicaba porqué. Me sentí el ser más vil… y me gustó. En fin, estas fueron mis vivencias en aquel final de mi primer semestre de la carrera. Sobra decir que saque 10 en aquel último examen. ¡Estudiando así, cualquiera!

Autor: Mónica

eMail: mm2001 (arroba) starmedia.com

Me gusta / No me gusta

Amante inesperado

Este cuento se lo dedico al amigo Guillermo, pues escribiéndole se me ocurrió la idea.

Lo cierto es que no se muy bien como contarles esto, supongo que desde el principio será lo mas fácil. Disculparan que no de nombres ni demasiados detalles nuestros, pero es que me da algo de vergüenza. Somos un matrimonio de casi treinta años. Yo soy del montón, pero mi esposa es bastante llamativa, sobre todo por sus sinuosas curvas.

Era un fin de semana como otro cualquiera, y decidimos (decidió ella) ir a ver a mi suegro. El cual, desde que enviudo hace unos años, vive solo en su chalet de la sierra.

No es exactamente el fin del mundo, entiéndanme, son varios dúplex adosados en una zona de esas aparceladas al final de un pueblo bastante poblado.

El caso es que nos plantamos allí un viernes por la tarde, después de una caravana de esas que te hacen llorar de la emoción, para poder salir de la ciudad.

Nada mas abrir la vallita de la entrada (se entra por un pequeño jardín rodeado de altos setos) oí una especie de gruñido a la derecha. Me quede como las estatuas del parque al ver a un par de metros a una fiera disfrazada de perro que me miraba con mala leche.

Creo que hasta deje de respirar del susto que me dio ver aquel gigantesco perro que parecía querer tomarme de merienda. Mi mujer se limito a decir ique lindo!. Como si aquella mole de músculos y dientes no fuera mas que un simpático gatito.

Por suerte salió mi suegro a saludarnos y he de reconocer que tenia muy entrenado a la bestia, pues le basto un par de palabras muy raras (luego supe que era alemán) para que se quedara callado y sentadito. Eso si, sin quitarnos la vista de encima, como esperando que su amo le diera permiso para limpiarse los dientes con mis huesos.

Mientras repartíamos los besos y saludos de rigor (yo siempre con los ojos puestos en el descomunal bicho, por si acaso) mi esposa le pregunto por "Satán" (nunca mejor puesto un nombre). Y mi suegro nos explico que lo había comprado para sentirse mas seguro, pues habían habido varios robos en la vecindad.

Luego nos dijo que nos estuviéramos quietos que lo iba a soltar de su caseta para que nos oliera y así no nos gruñera la próxima vez que nos viera.

Yo, cuando le vi soltarlo, no sabia si salir corriendo o subirme al árbol limonero que tiene allí. Decidí quedarme quieto, como hacen en las películas, a ver si no me comía.

Si mientras olisqueo mis manos yo estaba pálido, cuando metió su hocico directamente en mi entrepierna pense que me desmayaría del susto. Por suerte se limito a husmear y pronto pude escaparme al coche, con la excusa de recoger el equipaje, mientras Satán se acercaba a oler a mi esposa. Lo ultimo que vi mientras abría la vallita fue que el bicho había metido la cabeza bajo la minifalda de mi mujer para oler también su entrepierna.

Es curioso, si me voy solo de viaje un mes a algún sitio me llevo un par de bultos. Sin embargo, cuando salgo con mi esposa de fin de semana parece que nos mudamos.

Por eso tarde un buen rato en sacar todos los bártulos y trastos del coche y llevarlos hasta la entrada. Cuando me asome a la vallita vi que la imagen seguía igual que al salir.

No puedo saber si el perro estuvo todo el tiempo bajo la falda, pero en ese momento me dio la impresión de que había estado todo el rato con la cabeza hay metida, mientras mi esposa charlaba con mi suegro sin que al parecer le molestara la insólita situación.

Al oír el ruido de la vallita el chucho saco el hocico de debajo de la minifalda de mi mujer, y casi podría jurar que el muy cochino se relamía el morro mientras me miraba.

Esa noche no paso nada. Entiéndanme, nada de nada, pues creo que mi suegro ha dejado las viejas camas a propósito. Estas hacen un ruido endiablado cada vez que te das la vuelta, con que imagínense lo que seria hacer el amor en ellas. Yo también lo tengo que imaginar puesto que mi esposa se niega a hacerlo en condiciones tan ruidosas.

Me pase todo el sábado metido en la casa, hablando y discutiendo con mi suegro de mil cosas, mientras mi mujer aprovechaba el ida soleado para tomar el sol en el jardín. Si no la acompañe fue tan solo, y no me duele admitirlo, por el acojone que me daba el perro.

Al contrario que ella, que parecía encantada con su presencia, pues hasta lo había soltado para correteara libremente por el jardín. Yo, cuando

quería preguntarle algo, me asomaba a la puerta y desde el quicio de esta le preguntaba. Pues ella estaba tumbada en una esquina de la casa y desde la entrada no podía ver mas que la punta de sus pies.

Cuando le pregunte que porque se había escondido tanto me dijo que era porque estaba haciendo top-les y no quería que algún vecino entrara de improviso y la sorprendiera.

Yo dudaba que alguien fuera tan suicida, dado que el animal estaba todo el tiempo a su lado, salvo cuando oía que yo abría la puerta y venia a gruñirme por mi osadía.

Por la tarde salimos los tres a dar una vuelta por el pueblo, y a saludar a algunas amistades. A nuestro regreso me sorprendió ver que el animal mostraba mucho mas interés en saludar a mi esposa que a su dueño, mientras que a mi ni siquiera me miraba.

Mi mujer, en correspondencia a sus alegres meneos de cola, se acerco a jugar con el; y a desatarlo, por lo que me apresure a entrar en la casa en pos de mi suegro.

Desde la acogedora protección de la puerta le pregunte si quería tomar algo, y mientras me decía que no vi como el descarado chucho tenia incrustada toda la cabezota en el holgado escote de su camisa. Yo sabia que esa tarde había salido sin el sujetador, como hace a menudo, por lo que no me explicaba porque estaba respondiéndome tan tranquila mientras el bicho campaba a sus anchas bajo sus ropas, haciendo vete a saber que.

Bien, y ya llegamos a la noche en cuestión, cuando mi esposa vino muy melosa hasta mi cama a besarme, mientras su manita empezaba a jugar con mi virilidad. Que ya se había puesto casi rígida solo con ver como se marcaban sus abultados senos en el tenue tejido. Créanme si les digo que esa visión es capaz de ponérsela dura a cualquiera.

Empece a acariciarla yo también, metiendo mis manos bajo su camisón para constatar su total desnudez, viendo que esa noche prometía haber juerga. Y vaya si la hubo.

Cuando intente recostarla a mi lado se negó, diciendo que la cama hacia mucho ruido.

Y cuando la mire interrogante para saber como quería hacerlo me indico, muy melosa, que se le había ocurrido hacerlo en el jardín. Como supondrán su respuesta me anonado.

Yo sabia, desde hace tiempo, que uno de sus sueños eróticos era hacerlo en el campo, pero ella nunca lo había hecho conmigo, a pesar de haber tenido varias oportunidades, por exceso de vergüenza y pundonor. Pues temía que alguien pudiera sorprendernos.

Así que decidí seguirle el juego, pues con el recalenton que llevaba no era cosa de parar ahora. Además ella estaba mucho mas excitada de lo que la había visto en años.

Ella salió primero a colocar la toalla en el césped, y yo la seguí unos minutos después, tras asegurarme que los tremendos ronquidos que emitía mi suegro eran de verdad, y no los efectos sonoros de una película de terror, pues cuando ronca da hasta miedo oírlo.

Nada mas llegar junto a mi esposa me obligo a tumbarme sobre la toalla, lamiéndome de arriba abajo mientras me quitaba el pijama. Era una delicia verla tan cachonda.

El colmo fue cuando después, arrodillada entre mis piernas, le pego varios besos, largos y absorbentes, a mi pétreo aparato, dejándolo mas que listo para el inminente acople.

Este fue como la seda, pues se sentó encima mío con una suavidad de lo mas elocuente, señal de que su intimidad estaba encharcada como hacia tiempo que no lo estaba.

Yo, que ya había desabrochado los lazos frontales de su camisón para apoderarme de sus pechos fácilmente, sin tener que desnudarla del todo, empece a sobar sus gruesos melones, jugueteando con los sensibles pezones que tanto me gustan. Mientras ella empezaba un cabalgar, cada vez mas frenético, que me estaba derritiendo de placer.

Ahí estaba yo, pegando uno de los polvos mas entusiastas de mi breve vida conyugal, cuando de repente sentí un húmedo y áspero lengüetazo en todos los huevos.

Fue tan grande el sobresalto que ni siquiera grite. Me quede helado, quieto como si fuera un palo a la espera que el despiadado y diabólico chucho (pues solo podía ser Satán el causante) decidiera comerse mis huevos después de haberlos ya saboreado.

No fue así y, como pasaron un par de minutos sin ninguna novedad, empezó a remitir poco a poco mi pavor, hasta que volví a sentir otro húmedo lengüetazo en el mismo sitio. El pánico me invadía, por lo que le dije a mi esposa, que seguía cabalg&

aacute;ndome sin descanso, ajena a mis tormentos y sufrimientos, que el perro estaba suelto por el jardín.

Ella, entre gemido y gemido, me dijo que ya lo sabia y que no importaba, que siguiera.

No podía creer lo que me estaba pasando, así que me gire un poco y aparte el amplio camisón que obstaculizaba mi vista, hasta ver al causante de mis desgracias.

Gracias a la pálida luz de la luna pude ver con bastante nitidez a Satán situado detrás de mi esposa. Fue entonces cuando repare en que sus lengüetazos habían sido solo un par de errores, porque lo que estaba lamiendo el chucho, vete a saber desde hacia cuanto rato, eran las apetitosas nalgas de mi mujer. Desnudas e indefensas ante su ataque.

El perro tenia el hocico incrustado entre sus dos cachetes, degustando su estrecho canal una y otra vez, dejando ver la punta de su larguisima lengua rosada solo cuando esta asomaba por alguno de los dos extremos de sus glúteos en alguno de sus lengüetazos.

No sabia como reaccionar ante lo que estaba viendo, pues aun no me había hecho a la idea de que era el apetitoso culo de mi esposa lo que estaba lamiendo con tanto afán.

Sobre todo porque es la parte de su cuerpo que me es mas prohibida. Apenas me deja acariciarlo y salta como si le picara una serpiente cada vez que, durante nuestros encuentros amorosos, le planto un besito o un mordisquito en salva sea la parte.

Solo una vez pude meter el dedo en su agujerito mientras pegábamos uno de nuestros polvos mas frenéticos en el viaje de novios. Y me hizo prometer que no lo volvería a intentar mas. Por lo que sodomizarla ni siquiera había entrado en mis planes, por ahora.

Y, sin embargo, ahí estaba el perro, lamiendo la mar de feliz, sin que ella dijera ni mu.

Pues no solo aceptaba gozosa sus lameteos sino que estos estaban consiguiendo que su cabalgar fuera cada vez mas frenético. Tan ansiosa me poseía que logro el milagro de que mi miembro siguiera rígido, ajeno a lo mal que lo estaba pasando su dueño.

Como a pesar de todo no me fiaba, seguía mirando al bicho mientras continuábamos, y pude ver como empezaba a salirle del capuchón de abajo un cipote rojo y descomunal.

Yo la tengo normalita, para que lo voy a negar, pero he visto, como todos, a bastantes tíos desnudos, sobre todo en mi época militar. Pues bien, muy pocos de ellos podrían competir con el exagerado chisme que empezó a descapullar ante mi atónita mirada.

Le dije a mi esposa que el bicho se estaba excitando y ella, besándome con pasión en la boca me dijo que lo dejara en paz, que era normal.

Yo sabia que no era "normal" lo que estaba viendo, pero me deje llevar por sus fogosos besos y trate de no pensar en el animal, nunca mejor dicho, que estaba entre mis piernas.

Todo sucedió muy rápido. Cuando note que dos zarpas rozaban la cara interna de mis muslos, y que las otras dos arañaban mi estomago, mi esposa me mordió salvajemente un hombro, mientras chillaba quedamente ( aun hoy no se si de dolor o de placer ).

Durante un instante, que se me hizo eterno, nos quedamos los tres quietos, como si fuéramos una aberrante postal navideña. Yo no podía dejar de mirar el negro hocico de la bestia por encima del hombro de mi mujer. Esta, a un metro escaso de mi, con la boca abierta y la lengua fuera, empezó a menear las caderas poco a poco.

Fue como si le dieran cuerda a mi esposa, pues ella empezó a seguirle el ritmo, con su cabeza todavía sobre mi hombro, gimiendo quedamente ante su primera enculada.

Yo, estoico, notaba como los duros y ásperos pelos de la entrepierna del odioso animal rozaban mis propios testículos. Sobre todo ahora que la bestia, completamente alojada dentro de mi esposa, aumentaba el ritmo de su penetración, hasta hacerlo vertiginoso.

Su violento vaivén me obligaba a seguir un ritmo inusualmente rápido, pero efectivo, pues mi esposa lujuriosa pronto encadeno no menos de tres orgasmos seguidos.

Yo no estaba acostumbrado a una penetración tan salvaje y profunda, por lo que me corrí bastante antes de lo habitual, acompañando a mi mujer en un nuevo orgasmo.

Mi pobre miembro, al encogerse, salió por si solo de la cálida y chorreante funda que lo albergaba, dejándome tumbado debajo de ellos dos, que continuaban incansables.

Decidí, por lo tanto, quitarme de en medio, y salí reptando de la toalla hasta colocarme a un lado de la pareja. Ahora que podía ver mucho mejor la escena me parecía algo de lo mas aberrante. Mi esposa, arrodillada, y con l

a carita enrojecida y perlada de sudor apoyada de cualquier forma sobre sus brazos jadeaba, con la boca abierta, ante las enculadas del animal. Este, aferrado sobre su espalda, babeaba satisfecho sobre su espalda, mientras incrementaba el ritmo de sus embestidas de un modo despiadado.

Pense que todo había acabado cuando el bicho por fin eyaculo, empujando de tal modo que arranco un nuevo y violento orgasmo a mi insaciable mujer, sacando del interior del trasero recién desvirgado de esta un trozo de carne roja aun mayor de lo que recordaba.

Pero de nuevo me equivoque lastimosamente.

El chucho, nada mas bajarse de mi esposa, empezó a lamer los restos de la contienda, no haciéndole ascos ni a los suyos ni a los míos, lamiendo por igual por delante y por detrás. De echo fue dedicándose cada vez mas a su intimidad, para alegría de mi esposa, que gemía y suspiraba como si la larga lengua de su amante la estuviera volviendo loca.

En vista de que seguía con todo el chisme al aire, igual de rígido que antes, si no mas, empece a temerme lo peor. Sobre todo por el ansia con que lamía ahora su conejo.

Y así fue. La bestia volvió a acomodarse sobre mi esposa, aferrándola firmemente por las caderas con sus patas, para introducirse hasta el fondo en su intimidad.

La pobre, acostumbrada al calibre mediano de mi arma, solo podía boquear, jadeando asfixiada ante el enorme cañón que acababa de alojarse violentamente en su cuartel.

Y bien hasta el fondo que entro, pues con cuatro embestidas se la metió hasta el final.

De nuevo su frenético vaivén obro el milagro de convertir a mi apocada esposa en una viciosa suspirando de gozo entre sus patas. Alcanzando en pocos minutos el enésimo de los incontables orgasmos que tuvo aquella memorable velada.

Por lo que a mi respecta diré que algo de lo que vi cambio el asco inicial por algo parecido al deseo, pues los gemidos de mi cónyuge así como sus violentos orgasmos lograron el milagro de volver a poner mi querido aparato rígido sin que ni ella ni yo lo tocáramos. No pude resistir la tentación de acercarme cautelosamente a su lado y poner al alcance de sus labios gordezuelos mi miembro. Ella, al sentir el roce de mi glande contra su mejilla abrió los ojos y, sonriéndome, se la metió en la boca sin dejar de suspirar. Casi nunca me la mama, pues le da asco, pero aquella noche absorbió mi polla como si le fuera la vida en ello, logrando que me corriera con una abundancia inusual.

Si no fuera por el temor que aun me inspiraba la cercanía del odioso animal hubiera disfrutado aun mas de su espectacular felación. Sin embargo ella disfruto tanto de su amante de cuatro patas que cuando este por fin acabo, y se marcho tan tranquilo y feliz a su caseta, tuve que cogerla en brazos y llevarla a la cama, pues no se sostenía en pie.

El domingo no se pudo levantar hasta mediodía, pero paso toda la tarde tomando el sol en el jardín. Solo la vi una vez, cuando salí a avisarle que nos íbamos y la vi espatarrada sobre la toalla mientras el perro le lamía concienzudamente el sabroso conejo desnudo.

iQué por que les cuento todo esto? Porque desde que volvimos me esta diciendo que no ve bien que su padre pase tanto tiempo solo. Y a insistido tanto que al final se va a ir toda una semana a hacerle compañía. Y yo tengo la certeza de que solo quiere ver de nuevo a Satán. Y, posiblemente, copular con el. Por eso acudo a ustedes, por si alguien se ha visto en una situación similar y me puede aconsejar sobre como he de actuar.

Datos del autor/a:

Nick: Peli.

E-mail: yopeli (arroba) teleline.es

Me gusta / No me gusta

Mi primer culo

Les relataré unos hechos que sucedieron hace unos cuantos años a tras, cuando estudiaba mi primer semestre de la universidad, para esa época yo era un estudiante de provincia y residía cerca de mi escuela en una pensión para estudiantes, por lo general cada vez que disfrutaba de un fin de semana libre procuraba el visitar el hogar de mis padres, y ver a mi novia. Pero debido a que ya estaban próximos los exámenes decidí quedarme estudiando para aprovechar el tiempo y adelantar materia, además no disponía de mucho efectivo como para gastarlo viajando.

La primera vez que durante todo el semestre me encontraba en la pensión un fin de semana, la patrona vivía en la parte posterior de la casa y los estudiantes teníamos una entrada independiente a la de ella, por lo que por lo general solo la veíamos en las mañanas pasando una escoba y los días en que habíamos convenido pagarle. Ya el viernes en la tarde, tan solo me encontraba yo y mi compañero de habitación, con el cual realmente me comunicaba pocas veces, no por nada en particular solo que nuestros horarios por lo general nunca coincidían. Gerardo por llamarlo de alguna manera, estudiaba en la facultad de arquitectura y pintaba de vez en cuando, y al igual que el resto de mis compañeros de la pensión y yo, viajaba a su pueblo cada vez que se le presentaba la oportunidad o por lo menos eso a mi me parecía, por lo que me extrañó el verlo en la pensión durante la tarde del viernes, yo recién regresaba de la biblioteca bien cargado de libros para leerlos durante el fin de semana, al parecer él tuvo la misma idea que yo, así que gran parte de la tarde la pasé en el comedor leyendo y resumiendo parte de mi clases, ya serían como las siete u ocho de la noche y ya me encontraba cansado de leer, por lo que subí a mi habitación a descansar en mi cama, así que al llegar me quite los pantalones y la camisa y me tendí boca arriba en mi cama, yo tendría unos tres o cuatro minutos de haberme acostado cuando entró Gerardo en la habitación y prendió la luz del cuarto, al verme se disculpó pero como realmente no me molestaba le dije que la podía dejar así mientras se vestía, por lo que pude observar recién y se había dado una ducha ya que se encontraba todo húmedo y con tan solo una pequeña toalla alrededor de su cintura, por un momento se sentó en su cama, y comenzó a charlar conmigo mientras se secaba su cabello con la pequeña toalla que había puesto traída a su cintura. Durante nuestra amena conversación Gerardo me hiso saber que el por lo general salía para su pueblo, pero que hoy decidió quedarse en la pensión a estudiar cosa que había hecho en la habitación hasta que se cansó y le vino en gana darse una ducha para refrescarse, la cosa es que mientras hablaba conmigo casi no despegó sus ojos de mi slip al principio no le puse atención pero llegó el momento en que me observaba de una forma descarada, lo cual me incomodó algo, y él parece que se dio cuenta de mi malestar, ya que de inmediato cambió su mirada, los dos continuamos de cosas intrascendentes, cuando al rato él continuaba sin vestirse y volvía a colocar sus ojos en mi verga, al darme cuenta nuevamente de como me miraba pensé en no hacerle el menor caso, pero el solo estar pensando en ello no se por que pero me excitó, a tal grado que era bien evidente que mi verga se encontraba erecta bajo el slip, su rostro reflejaba que se encontraba contento, y yo me encontraba sorprendido, ya que jamas en mi vida me había sucedido eso con una persona de mi mismo sexo.

Gerardo me continuó hablando de una colección de pinturas que había visto en el museo de la universidad, y comenzó a describirmelas de forma detallada, todas según él eran desnudos de mujeres, pero su forma de hablar sobre los cuerpos de las pinturas, lejos de distraer mi atención me excitó más aun, tanto que ya era incomodo para mi e mantenerme sentado con mi verga totalmente erecta, por lo que decidí pararme y estirar mis piernas, al yo levantarme de mi cama por medio de la abertura del slip se asomó casi por completo mi herramienta, y la cara de Gerardo se iluminó de alegría yo me encontraba cortado, cuando lo escuche decir dejalo que se asome que a mi no me molesta, al tiempo que se acostaba sobre su cama totalmente desnudo boca abajo dejando ante mi sus bien formadas y blancas nalgas, no se, pero e

so no me sorprendió supuse durante los minutos previos que a Gerardo le gustaba que le dieran por el culo, pero yo jamas en mi vida me había acostado con alguien de mi sexo y es más jamas lo había pensado, pero para cualquiera era evidente que yo me encontraba muy excitado, en eso observé nuevamente el culo de Gerardo y lo observé como con una de sus manos se untaba una especie de crema sobre su esfínter y abría sus piernas. Mis manos comenzaron a bajar mi slip y me le fui acercando por de tras a mi compañero de cuarto, una de mis manos agarró mi erecta y dura verga mientras sin decir palabra alguna me fui acomodando sobre Gerardo, hasta ese momento no me había percatado que sobre el cuerpo de Gerardo no se podía observar un solo bello, sus nalgas redondas y firmes fueron penetradas por mi pene, hasta que llegue a su esfínter el cual me dio la impresión de que palpitaba bajo la presión de mi verga contra su roto, todo mi pene lefue entrando con suavidad hasta que mis testículos se toparon con sus nalgas, yo comencé a moverme con rapidez pero Gerardo me susurró disfrutalo poco a poco, por lo que seguí su consejo, por su parte él comenzó a mover su culo de forma rítmica y suave lo que me producía un enorme placer por un buen espacio de tiempo los dos permanecimos disfrutando ampliamente el uno del otro, hasta que realmente no pude más y me corrí dentro del culo de Gerardo, luego me enteré por él que también se había corrido en ese momento.

Me levanté y me dirigí al baño me lavé con agua y jabón mi verga y me volví a acostar en mi cama boca arriba, traté de no pensar en lo ocurrido y ya estaba logrando el sueño cuando en mi mente se fueron formando las imágenes mias dandole por el culo a mi compañero de cuarto, y como acto de magia la verga se me comenzó a poner dura nuevamente, pero no le dí la menor importancia hasta que sentí los labios de Gerardo besando mi glande, el solo roce de su boca contra mi verga bastó para que esta se volviera a poner como una viga, Gerardo pasó de besarla a mamarla sin escrúpulos yo por mi parte permanecí disfrutando de tan fabulosa felatio, yo en ocasione había magreado a mi novia cuando me encontraba de visita en mi pueblo, y en una oportunidad ella me dio una mamada pero de forma muy diferente era como si fuese desagradable para ella, y antes de terminar retiró su boca de mi verga por lo que continué masturbandome yo mismo frente a mi novia, en cambió Gerardo mamaba con gusto, eso si era producir placer y luego para terminar me chupó todo el semen que expulsé de mi verga.

Durante los semestres posteriores en ocasiones mantenía mis encuentros de fines de semana con mi compañero de habitación, hoy en día Gerardo es todo un arquitecto, casado y con hijos al igual que yo, pero ocasionalmente nos encontramos para recordar nuestros tiempos de estudiantes.

Dattos del autor/a:

Nick: Narrador.

E-mail: narrador (arroba) hotmail.com

Me gusta / No me gusta

El vigilante de las prostitutas.

Escuchar era, en aquel momento de mi vida, una manera de huir de mí mismo, de salir del entorno de un yo que me absorbía por entero. Había precindido del tacto y del sexo casi por completo, pero agotaba mis pasiones en el ejercicio discreto de la observación y de la escucha. No hay nada más hermoso que ser un observador de la realidad, ni, cuando se refiere a sexo, nada más excitante.

Amalia dejaba una estela de huellas de tacón que devoraba la atmósfera de aquel pasillo de la oficina. Cuando no supe quién era, ya me gustó su manera uniforme, pero segura de andar. Atravesar el pasillo de aquela oficina, por vez primera, no era fácil, pues, no en vano, el propio objeto del trabajo, -nos dedicamos a la contratación de hombres y mujeres burgueses que dedican su tiempo libre al sexo-, exigía marcar un punto concreto de morbo sin perder la seguridad. La sociedad ha cambiado mucho y, ahora, hay gente podrida de dinero que se muere por echar un polvo con un burgués sin suerte. Amalia era una de esas personas dotadas de elegancia y clase que, por azar del destino, había venido a menos y se veía en la obligación de amar a todo tipo de seres a los que, en el pasado, hubiera llegado sencillamente a despreciar.

Era morena de ojos negros, con media melena que caía, normalmente, sobre vestidos, entre clásicos y modernos, de color amapola. El director la contrató inmediatamente porque no cabía mejor opción que ella en un lugar donde, en ocasiones, por qué negarlo, algunas de la personas contratadas cubrían el trámite sin la explosión de sensualidad de aquellos labios encarnados abiertos a cualquier posibilidad.

Mi misión en la empresa no es otra que escuchar. Vigilo la actividad de nuestra gente, también la de Amalia. Somos serios y no nos podemos permitir el lujo de ligerezas, de modo que, desde que cualquier persona es contratada, lleva un chip auditivo estratégicamente colocado en la piel que nos permite seguir sus pasos por el mundo. Carecen de intimidad en la vida profesionaL, pero también en la personal. Ellos lo saben, lo aceptan y es su precio por seguir siendo lo que siempre han querido ser. Ser un burgués siempre lleva el pago implícito de un precio normalmente simbólico. Hay veces que es la libertad y en ocasiones, como la presente, la intimidad.

Me tocÓ la suerte de escuchar su primer trabajo. Fue maravilloso. Nos había pedido encargo un marinero recién llegado en un barco de pesca de altura. Su ficha constaba en nuestros registros, de manera que no era difícil imaginarle. Su aspecto rudo, pero corpulento, no invitaba precisamente a pensar que nos encontráramos ante una persona aseada. Era más bien bajo, pero muy proporcionado y tenía unos inmensos ojos azules. Amalia vió su foto delante de mi presencia y esbozó un gesto entre dubitativo y despreciativo que a mí personalmente me llevó a pensar en las serias posibilidades de que pudiera afrontar el reto. Intencionadamente la habíamos colocado uno de los clientes más difíciles.

Llegó a la habitación del hotel dejando la estela de sus tacones en mi interior. Yo tenía una cerveza delante de mi mirada y un plato de patatas fritas que, por no hacer ruido, no me atrevía a abrir. Se escuchó la puerta como si fuera un labio gigante que nos invitara a penetrar un mundo de sensaciones. El saludó bruscamente, sin educación, casi prorrumpiendo un gruñido. Amalia, como era su obligación, para ella natural, saludó educadamente. Luego se descalzó. Lo sentí porque dejé de escuchar sus maravillosos tacones. A partir de entonces la imaginé recorriendo la habitación con su vestido amapola, haciéndose la distraída para calibrar la actitud de su cliente. Cierta noñería probablemente nauseabunda. El andaba con fuerza, lo que era indicativo de su agresividad, contenida durante meses de pesca de altura. Deseaba arrancarla el vestido y follársela, pero cierta sensación de respeto se lo impedía. Desde luego, si se hubiera encontrado una puta cualquiera ya lo hubiera echo. Tenía delante un manjar que deseaba intensamente, pero el manjar le seducía manteniendo su apetito dilatándolo un poco.

Amalia debía de tener unas tetas grandes, llenas de vida. Por la superficie de aquella piel han debido de pasar muchas tardes de gloria, y como ella era un campo de amapolas no había más que dejarse caer sobre sus brazos para su

cumbir. Eso debió de hacer Alfredo, caer ante sus brazos. Olerla como un salvaje y desprenderse de todo el sentido de la educación que a ella le sobraba. Se escuchaban sonidos de pasos desnudos sin tacones. Seguramente los de él, que la llevaba en volandas a la cama, y luego se oyeron las primeras palabras de ella, muy dulces, casi como si fuera una sirena.

– Has estado mucho tiempo solo, ¿ eh, marinero maloliente?. ¿ Sabes que hueles a atún podrido y sabes que me gusta tu olor, que me penetra dentro con toda la fuerza de una marejada?. Ooooh!, Ooooh!".

Danzaba sola en la cama con su vestido amapola, y todo olía a pescado y a coño de burguesa sin límites. Le quitó el vestido de un empellón. Yo lo ví cuando Amalia reclamó una factura del mismo, Segúns contó, estaba entregada, alimentada ella misma por dejar que su coño y sus privilegios salieran al exterior para que Alfredo se adueñara de ellos, pero una vez vencido el respeto, no sabía esperar. La dejó en bragas y sujetador casí de un tirón. Ahí reposó un instante, el justo para darse cuenta de que estaba mojada, absolutamente excitada y con el control perdido. Durante ese instante, él se debió despojar de la ropa, sin miramiento. Casi no hacía falta la intervención de ella. Creo que lo tomó por la nuca aplicando su mano con suavidad, con extremo cariño y creo que, de algún modo, durante un segundo, dejó de ser un salvaje para ser niño, pero el pubis negro de Amalia debía de transpirar sus primeros aires de grandezas a través de aquellas bragas de fina seda que el jefe la regaló. Yo no podía escucharlo, pero sentía el profundo olor del coño de Amalia y la veía apostada sobre el respaldo del cabecero de la cama. Los sonidos de la cama descubrían los movimientos extremos de aquel pescador y se oían jadeos de una dama que no fingía. Cobraba por tiempo, pero su primera experiencia se iba a agotar rápido. Estaba mojada como el mar y Alfredo no era alquien temeroso de las marejadas. Durante minutos sólo se oía la dulce voz de Amalia, que sucumbía al apetito de un marinero entregado con su lengua en su sexo. Ella debía agarrarse a cualquier sitio que no fuera él, pero lo cierto es que extremaba su canto de gloria con el perfecto conocimiento de que yo mismo la estaba escuchando. Luego la tomó por la cintura, así lo imagino yo, y de hinojos sobre la cama, albergándola con la sola fuerza de sus brazos, la penetró. Su goce, el de ella, el de la puta burguesa, era indescriptible. Se corría como una loca, su cabeza caía atrás, el pelo era una cascada, toda su limpieza se confundía con la suciedad de aquel hombre fuerte, y todo el olor de aquella habitación me llegaba a través de un chip que ella no podía desconectar. Pensando que invadía su esfera de libertad profesional, me dí cuenta de que lo realmente hacía era invadir su esfera de intimidad. Amalia era una mujer educada que nunca había experimentado el placer de comer un fruta prohibida y, por eso, sucumbió a aquel marinero. El se corrió como lo que era, como un ser maloliente con dinero acumulado tras meses de pesca, y ella se corrió como una puta de toda la vida que, hasta entonces, no hubiera sabido distinguir que su cuerpo estaba destinado a algo más que a pastas y a té en el salón de casa.

Desconecté por puro sentido de la discrección y la dejé allí, en aquella habitación del puerto con un cliente rudo que se había convertido en amante y con una profesión que la daría vida.

Datos del autor/a:

Nombre: Guillermo

E-mail: damaeterna (arroba) terra.es

Votaciones en general – Comentario a los relatos (mes anterior) – Comentario a los relatos (mes presente) – Estadísticas de los comentarios y votaciones.

Me gusta / No me gusta