El acrónimo MILF, del inglés Mom I’d Like to Fuck (se traduce en la mayor parte de Hispanoamérica como MQMC, Mamá Que Me Cogería; en España como MQMF, Madre Que Me Follaría) hace referencia a las mujeres que a una edad madura son sexualmente deseables. Normalmente una MILF se corresponde con cualquier mujer atractiva que, por su edad, podría ser la madre del que usa el término.

Amar el odio (III)

Hetero, maduras. Las reflexiones de nuestro protagonista sobre razas y hombres se resumen en un inesperado final.

Todos Santos es un pueblito que colinda con el Océano Pacífico, su cielo y su alma están atravesados por el Trópico de Cáncer, eso, según se dice, da a la población un aire místico, privilegiado, latente de una energía muy profunda. De los hechos más conocidos en el mundo de Todos Santos es que ahí queda el famoso Hotel California, hoy en venta, donde los Eagles a punta de Trópico de Cáncer y hierba, cayeron en un hechizo que les hizo crear su clásico moderno. No sería raro entender en el tipo de trance en que cayeron, pues el clima templado de Todos Santos invita a la desnudez, el manto celeste es en realidad una infinitud de estrellas, sus palmeras siempre lucen como humanos embrujados y como tales te miran. La tierra es desértica y al igual que en toda la península, desierto y mar se cortejan todo el tiempo. Las olas del Pacífico son tan rudas, que las playas de Todos Santos y de Pescadero son óptimas para surfear. Su gente es, o era, tranquila, alegre, gustosa de poner apodos a la gente. A mi me dio risa que me bautizaran Negro, como mi peludo amigo del crucero.

Sin embargo el pueblo no es como antes, hay factores que han venido a poner turbio el ambiente que años atrás era verdaderamente rústico. La Baja es bella por naturaleza, en realidad es poco humilde en mostrarse, y por lo tanto su piel, es decir, sus arenas, son muy deseadas. Como tierra árida que es, no produce demasiados cultivos. En México se creó, allá a principios de nuestro derecho moderno, una figura que llamaron ejido. El ejido era una tierra protegida por el gobierno, quien la repartía, evitando que hubiera terratenientes de grandes extensiones. El procedimiento era, así a grandes rasgos, y para no cansar a nadie, un grupo de gentes pobres que se asentaban en un pedazo de tierra y elevaban luego sus lloriqueos al gobierno, sollozando que la tierra es de quien la trabaja, que ellos merecían el terruño donde vivían. El gobierno mexicano, que gustaba de lucir paternalista y bonachón repartiendo lo que no era suyo para luego no apoyar en nada, se vestía de héroe dotando a la gente de tierras. Una particularidad del ejido era que no podía venderse, podía heredarse, permutarse con otro ejidatario, pero no venderse. Eso detenía el robo de tierras.

Sin embargo, hay que imaginar a una mujer de piel fragante, a la que quisieras estar oliendo siempre; con pechos voluminosos y firmes, de esos cuyo peso desea uno cargar en las manos, con unos pezones que brillan solos como iluminados por una vela; de piernas largas y torneadas, blanquísimas, ideales para ser tomadas por los tobillos y abrirlas; su cabello largo y ondulado enmarcando un rostro hermoso; de grandes ojos que en su fondo encierran todo el misterio del Trópico de Cáncer, nariz respingada, boca carnosa, ideal para besar, para dejar besarse, comerse; con un cuello terso como para hincarle los dientes, su piel satinada y una cintura estrecha de la cual poder asirla con fuerza para sujetar las caderas bien fuerte mientras le clavas tu carne entre su sexo, más húmedo, más cálido, más estrecho que ninguno, con sabor a miel, con magia tensa; esa mujer es la obra más excelsa de Dios, es una fuente de felicidad, de experiencia, es la belleza encarnada, la gracia total; imaginemos bien a esa mujer.

Ahora imaginémosla que está a lado de un indio, un cabrón bajito que no nos importa si vive o se muere de hambre, un idiota que no sabe ni hablar, menos escribir, un hijo de puta que detesta trabajar, un pendejo del que creemos jamás saldrá la madera para saciar a nuestra bella dama, un simple ser humano que no tuvo más mérito que estar cerca de esta mujer en el momento adecuado en que ella pronunció las palabras "Soy tuya".

Pues bueno. La dama es La Baja, bella, única en el mundo, y el indio es el hombre peninsular. El mundo no soportó que la mujer tan deseada, tan provocativa, tan opulenta, perteneciera a un mugroso, torpe y pusilánime sujeto. Y poco importa lo que ese hombre sea en el fondo, lo hemos catalogado con toda arbitrariedad como un "mugroso, torpe y pusilánime sujeto". El mundo pareció concluir que un cabrón así no la merecía, y empezó la guerra por robarle su mujer. Y mientras el indio, que nunca comió en forma, flaco, desnutrido, defiende a su mujer por el frente, un hombre lobo extranj

ero aprovecha que descuida el culo de su mujer utópica y le clava la verga en pleno culo, cuando el indio se percata, corre detrás del hombre perro extranjero y lo intenta arrancar de su amada, pero esa distracción le cuesta que otro hombre bestia penetre a su mujer por la vagina, ahora los dos monstruos se la están cogiendo frente de él, y mientras el indio piensa a quién de los dos va a quitar primero, otro sujeto más le mete la verga a su amada en la garganta, y así, llegan y llegan más hombres para meterle su miembro a su mujer, la cual parece ya no sentir nada, ni ilusiones, ni orgasmos, ya no tiene tiempo de sentarse a ver el cielo, de correr por la playa, de comer una fruta, siempre están jodiéndola por todas partes, en cada mano una verga, otra en cada pié, una más en una axila, y el indio se ha acostumbrado a ello, y cree que la disfruta porque le pellizca un pezón mientras un americano le da por el culo mientras un italiano le lame el coño y un canadiense le vierte su semen en la lengua, pero el indio tranquilo, ha querido creer que no son ellos quienes le quitan la mujer a la fuerza, sino que se ha creído el cuento de que es él quien quiere venderles el cuerpo de su compañera, él quien pone el precio al culo, a las tetas, a la boca, a las piernas, y los hombres bestia pagan por la mujer lo que en sus países pagan por una mierda de hombre, y luego llegan los buitres, que se interponen entre el indio y su mujer, y de rato le hacen creer que ellos, los buitres, harán que al indio se le pague mejor por la carne de su hembra, y el otro les cree, y lo cierto es que los buitres terminan cogiéndosela también.

Pero, ¿Acaso el indio por torpe gozaba menos que los otros de su mujer?, ¿Acaso el indio puede soñar siquiera que podrá, ya no digo follarse a la mujer extranjera, sino sólo hablarle?, ¿Acaso le importaba el dinero al indio, siendo que la sed de dinero se la vino a dar quien poseía todo el dinero?. En la conquista de México los españoles cambiaban abalorios de vidrio por oro y joyas reales, y no ha cambiado mucho eso desde entonces.

El gobierno, que también quiso darle su metidilla de verga a la Baja, modificó la Ley que prohibía la venta del ejido, y la permitió. Para los extranjeros nada, decía enfático el gobierno, si quieren, que hagan un fideicomiso, así, no venderían a extranjeros, primero se prohibió que el fideicomiso durara mucho, luego pudo durar muchos años, luego podría renovarse sin fin.

Así, el indio no trabajó ya la tierra, pues ésta servía mejor de puta, y al final se quedó haciendo puñetas y ya que se corre se limpia la mano con dólares. Así, los buitres compran un terreno junto a la playa por, digamos, cien dólares, y lo venden a mil a los únicos que pueden pagarlos que son los extranjeros, y el extranjero los paga feliz porque cualquier terreno sin gracia le cuesta en su país diez mil.

Se dice que la entereza de un hombre puede conocerse por su sangre, su tierra, su mujer; cuando entregas una de ellas eres capaz de entregar cualquiera de las otras.

Así, Todos Santos está infestado de norteamericanos, canadienses y sabrá Dios qué más. No hablan español, no desean aprenderlo, al contrario, las tiendillas ahora anuncian sus productos en inglés, y los precios van en dólares. Los todosanteños conviven con los extranjeros como si éstos les simpatizaran, y ni unos ni otros son sinceros. El indio sabe que sólo quiere del gringo su dinero, no su compañía, no le interesa al indio saber cómo piensan los gringos, siempre que molesten poco y paguen mucho por lo poco que reciben, el todosanteño no le da su amistad. El gringo no repara en pagar las cosas, siempre se las venden a precio de miseria, pero de una cosa sí está seguro, que sería más feliz si La Baja fuera norteamericana, si mataran a todos los jodidos morenitos y sólo se quedaran los necesarios para los trabajos miserables y una que otra morenita que sirva para mamar una verga rubia.

Y así conviven.

Por la noche fui al festival de arte de Todos Santos, que está hecho para los extranjeros, pues de aquí a cuando a un pueblo campesino le han importado las bellas artes. En la placita, frente a la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, ponen un montón de sillas de plástico, y enfrente hay una tarima para danza. Surgen cientos de norteamericanos, no son turistas, ahí viven, pero nunca, ni en su más desquiciada pesadilla, s

e nacionalizarían mexicanos. Sin embargo comparecen para ver aquello que han preparado en su honor. Y sale al escenario el más grade lameculos que he visto en mi vida, vestido de mozo de gringos canta una horripilante canción al son de una caja de ritmos vomitiva, interpretando la canción oficial del festival de arte de Todos Santos, con un espantoso ritmo de mala imitación de Frank Sinatra. ¡Del puto Frank Sinatra que era un KuKuxclanero de poca monta!

Como ya dije, en la plaza había muchas sillas de plástico que había prestado una empresa cervecera, a los lados de la plaza había muy pocos comerciantes, un señor vendiendo elotes que probablemente engañaran a los extranjeros con su supuesta salsa de chile que sabía más a salsa catsup que a salsa mexicana, otras personas vendiendo figuritas presuntamente arqueológicas, lo cual es ya de por sí una soberana mamada, de hecho, la península de Baja California es de los sitios con menor índice de población originaria de sus tierras, pues antes de La Conquista había tres etnias principales, los pericúes, los guaycuras y otros que no me acuerdo, de los cuales no queda uno sólo luego de que murieron gracias a las epidemias que trajo el pueblo español durante su conquista, se extinguieron como los dinosaurios; tales grupos de población tenían costumbres bastante disipadas, carecían generalmente de un líder y sólo lo elegían cuando había guerras, había un raro matriarcado y sobre todo, se desconoce que tuvieran cualquier tipo de deidad, es decir, no le temían al universo; con esto quiero decir que en su puta vida hicieron ninguna estatuilla, ni figuritas de barro, ni pipas, ni ninguna otra chingadera que pudiera con el tiempo volverse una reliquia arqueológica, sin embargo ahí están los puestos vendiendo figurillas a cinco dólares. Lo único de valor civilizado que tenían los antepasados sudcalifornianos se plasma en las pinturas rupestres que hay al norte del Estado, pero esas datan de mucho tiempo antes de las etnias que ya señalé, en razas que sabrá Dios si eran humanas, alienígenas o simples turistas.

Estaba infestado de estadounidenses, todos hablando su propia lengua, pendientes de las danzas, pues luego de la pesadilla kistch consistente en tener que soportar al falso Sinatra, se disponían a ver al grupo de danza folclórica rusa. Durante el programa se fue viendo que las bailarinas no eran rusas, que eran de Alaska, y que unas de ellas además de no ser rusas tampoco eran siquiera bailarinas.

En conclusión, sólo la tercera danza me conmovió hasta las lágrimas, pues las damas salieron vestidas con unos atuendos azules muy vivos, y salían andando de puntillas y con gran rapidez, a manera que parecían flores flotantes. El cierre del evento fue tan chocante como el inicio, aludiendo a que el pueblo todosanteño había disfrutado la fiesta y que gracias también a los visitantes, siendo que el pueblo todosanteño en su mayoría no había acudido al evento y que el 70% de asistentes eran extranjeros.

Así operan, atraen al extranjero so pretexto de las muchas raíces de nuestro país tiene para, ya que están aquí, hablarles en inglés, venderles en dólares, cantar en Sinatra style, matando el humor mexicano para esbozar el desabrido humor estadounidense. Regresé a la cabaña entre asqueado y conforme.

Me disponía a dormir cuando escuché los llantos de una mujer. Salí y vi que entre los cardones iba una muchacha tambaleándose. Iba descalza, con una falda roja manchada de arena, su blusa estaba algo descosida de una manga y le faltaban varios botones al frente, razón por la cual sujetaba con su mano las dos solapas, pues no llevaba sostén que ocultara sus pezones. Su cabellera estaba despeinada por no decir que alborotada, y daba algo de pena porque acaso unos tres centímetros de la punta estaban pintados de un rubio amarillento que era inadmisible, pues era muy morena, su cabello hasta los hombros era negro y liso, salvo la parte teñida, su maquillaje era una lástima, pues estaba todo corrido. Me pareció que huía, así que le pregunté "¿Puedo ayudarte en algo?".

Por contestación vi como se abalanzó sobre mí, abrazándome. Su cuerpo estaba helado, pues su ropa estaba bastante húmeda, y en una pierna llevaba una herida. Yo quería preguntarle pero ella estaba bastante abrazada. Yo estaba demasiado absorto como para disfrutar lo redondos que

estaban sus pechos y lo fuertes que parecían sus piernas, además, no paraba de llorar.

La hice pasar a la cabaña y ahí me contó que había aceptado la invitación de un gringo a su casa de campo, que estaba instalada en la playa. Sin yo pedírselo empezó a decirme todas las cosas que el americano le había hecho hacer, que iban desde darle una mamada hasta dejarse coger por el culo mientras le daba de nalgadas con la palma de su mano, sin contar que le había vaciado una botella de aguardiente en la cabeza para al final echarla de su vehículo para ser perseguida por el perro del gringo, que era un rottweiler negro, mismo que le había hecho una pequeña herida en el tobillo.

Por un momento vi la mexicanidad buscada en el cuerpo de esta muchacha frágil. La senté en un pequeño taburete mientras intentaba adivinar cuán pequeña era de edad sin poder concluir exactamente qué tan joven era. Le presté una toalla para que se secara el aguardiente de la cabeza. Jalé su pierna herida y comencé a lavarle la herida cuidadosamente, por lo que pude notar que su pierna era perfecta, aunque con muchas cicatrices. Ahí estaba yo con una pierna en mi regazo, haciendo las veces de un enfermero mientras la paciente cerraba los ojos de dolor o de pena y me facilitaba la tarea de mirar dentro de su falda unas nalgas muy regionales.

Sus ojos eran de indígena, oscuros, pequeños, misteriosos, su nariz era un poco ancha y sus labios carnosos. Ella seguía, a pesar de estar siendo atendida, llorando. Y así llorando se me fue acercando, y llorando me abrazó, con sus lágrimas mojaba un poco mi miembro mientras lo mamaba entre sollozos, mientras me hizo sentir fenómeno de ver que la hacía llorar cuando se la metía, llorando decía "más", y más lloraba mientras más le daba, sus gemidos de plañidera eran una canción compuesta de notas nunca antes escuchadas, y lloró de placer al llorar su orgasmo.

Siguió llorando cuando la dejé en la cabaña luego de decirle que le daría una lección al gringo. Esa noche había una luna estupenda. Nada se iguala a una noche con luna en la Baja California, pues todo se ve a través de una película en azul que hace que todo lo que se mueve sea en sí un raro espectro y todo lo fijo un ser que aguarda tomar vida en cualquier instante. Los enormes cactus que en el Desierto de Sonora se llaman sahuaros, aquí son conocidos como cardones. Son como unos enormes penes con espinas, que lucen siempre enhiestos, y a diferencia de la efímera eficiencia del ser humano, su erección dura cientos de años. Por ello es una lástima ver que cualquier imbécil los corte sólo porque le viene en gana.

Justo eso era lo que el gringo había hecho. Con su camioneta de mierda había abierto camino para adentrarse hasta la playa, importándole un pito los dieciséis cardones que echó al suelo con su defensa tumba burros. La situación era para tener cuidado.

El gringo se había apoderado de esa playa. Había clavado una estaca en la arena, lo suficientemente gruesa para soportar la enorme correa elástica que sujetaba al perro. Cabe decir que la correa tenía un largo de unos treinta metros ya estirada. Por lo tanto el americano era prácticamente dueño de una de las playas más bonitas de la región en una distancia de treinta metros a la redonda, es decir, en una circunferencia de sesenta metros de diámetro. Era SU PLAYA. El perro había aprendido a moverse en forma radial partiendo de la estaca hacia el punto al que quisiera llegar, pues, si consideramos que a los veinte metros de la estaca ya había cardones, correr en forma periférica lo haría atorarse.

La forma en que me enteré de todo esto fue muy desagradable, pues cuando me di cuenta estaba a veinte metros de la estaca, detrás de un enorme cardón que se encontraba bastante lastimado de su base, y mientras me preguntaba qué tipo de fricción había corroído en forma tan destructiva aquel tronco, la respuesta se me acercó babeando.

Yo había cargado una pistola que tenía en la cabaña. Así que le apunté al pinche perro y le di un balazo en la cara en gratitud a su mal genio. Desde luego el sonido del disparo hizo que el gringo saliera con relativa rapidez. Si bien el disparo había matado al perro, y una manera sencilla de dar con él era la lánguida correa que se sujetaba tensa a la estaca. Yo, imaginando que el

gringo iba a salir con un rifle en la mano, corrí hacia la dirección que seguro menos imaginaba, que era la playa. Casi a rastras me moví muy rápidamente. El perro me había visto con facilidad, pero el sujeto, de unos cincuenta y tantos años, barbudo y panzón, difícilmente me vería. La noche me apoyaba. Pude llegar a unas rocas y de ahí a la playa, y dentro de esta me acerqué a la casa rodante, y mientras el gringo casi daba con el paradero de su perro, yo salí de las aguas como un cangrejo y busqué lo que más me interesaba, el extintor, una vez que lo encontré, que fue muy rápido, jalé la manguera del gas butano que tenía conectado al la estufa, volviendo al mar como un pescadillo.

Mi movimiento fue tan rápido y certero que yo mismo no me lo hubiera creído si me lo hubiera contado al espejo por la mañana, pero había ocurrido. Me fui de nueva cuenta a las rocas y por ahí tiré el extintor en un sitio que no contaminara las aguas. Me oculté mientras me divertía viendo al americano llorando su puto perro, lanzando sus "sanababitch!" que afortunadamente no entendía por no saber inglés cuando no me conviene, y riéndome de lo que todavía no hacía. Apunté al tanque de gas y como era de esperarse explotó de una manera ridícula pero suficiente para echar a arder la casa rodante, el gringo enloqueció intentando encontrarme, pero su sentido práctico le indicó que era más importante mitigar el fuego de su casa con el extintor… si es que lo encontraba de aquí al amanecer.

Al volver a la cabaña, la chica esculcaba mis cajones y ya había vaciado mi cartera. Le pedí que se marchara sin quitarle los doscientos pesos que había tomado. La vi con mucha pena, sin duda había ido con el gringo a llorar como conmigo. Detestable también aunque fuese nacional.

Por la mañana me fui a caminar por la playa, lleno de inocencia. A lo lejos veía un par de policías interrogando al gringo, le habían dado una frazada y un café, siendo que tanta amabilidad nunca la tienen con un mexicano. Un tercer policía husmeaba los alrededores en busca de huellas, yo me puse azul los tres segundos en que me tardé en recordar que llevaba puestas mis chanclas de playa y no mis tenis, pues en ese último caso hubiera sido fácil ver que mis huellas en la arena coincidían con las del ataque.

Los policías estaban algo tontos y no sabían, o no entendían, el colérico inglés del barbudo. Vi que batallaban para entenderse. Ahí se me ocurrió la malévola idea de fungir como traductor, así traduciría las cosas que me vinieran en gana.

"Dile que cuente cómo fueron los hechos", dijo el policía.

En perfecto inglés le pregunté al gringo que sí sabía quién era el dueño de estas tierras en que se había metido sin permiso.

"I don´t Know!!!", dijo el americano, y lo que sea de cada quién, hasta el más burro sabe lo que quiere decir "I don´t Know!!!", pese a ello le dije al policía "Dice que no sabe nada", y con eso me gané mi prestigio como traductor con el guardia.

"Pregúntale que cómo fueron los hechos explosivos", dijo el guardia.

Yo pregunté eso, pero aderezado, en perfecto inglés y aguantándome la risa

"Diga cómo fue que todo ardió, por qué no lo apagó con un extintor siendo que es obligatorio tener uno en una casa rodante"

El gringo dijo que se debía al gas de la estufa y que alguien le disparó a su perro y luego le disparó a su casa rodante.

Le dije al policía, "Dice que se debió al gas, que se le fue un disparo"

El policía espetó, "Dígale que nos muestre el arma"

Yo viendo por dónde iba la cosa le dije al americano, "Es adecuado tener armas cuando se vive solo en la playa, ¿Tiene usted alguna? Debe tenerla en este país", lo dije para que sacara su rifle de dónde quiera que lo tuviera oculto. El barbudo mostró un gesto de esperanza al sentirse comprendido por lo del arma y fue a desenterrarla a diez metros de donde estábamos, y la acercó orgulloso.

El policía dijo, "Pregúntele si es de él"

Yo dije, "Dice el oficial que le muestre los papeles para portar esta arma que es de uso exclusivo del eje

rcito mexicano"

"Se quemaron" dijo el individuo.

Dije al policía, "Dice que no se lo mostrará, que en su país él puede comprar esa arma." Además agregué ya fuera de traducción "A mi se me hace oficial que esta arma fue metida de contrabando, y eso creo que es delito".

El oficial procedió a detener al gringo, que gritaba al policía "Son of a bitch", y yo traduje, "Dice que vaya usted a chingar su reputa madre, oficial", cosa que el oficial asimiló bastante mal, lo que se notó con el trato de criminal que comenzó a darle al gringo y la manera en que habló de un silbido a sus compañeros diciéndoles que el caso estaba cerrado, que el único delincuente ahí era el americano. Encima me dio las gracias el policía.

Se fueron y yo seguí por la playa.

El incidente del gringo me puso a pensar mucho. No niego que lo disfruté como un enano, pero lo cierto es que fui tan canalla como puedo ser, y eso me llenó de alegría. Jodérmelo me hizo feliz. Caminé mucho por la orilla de la playa, varios kilómetros, hasta llegar a la playa de los cerritos, luego de brincar unas piedras. Me senté en una roca para ver a lo lejos a los muchos americanos y canadienses que van ahí a surfear, tienen la playa infestada de casas rodantes que supongo no han de ser del todo higiénicas, su mierda y sus orines los han de tirar en esta playa que en algún tiempo fue hermosa, hoy está llena de basura, con los cardones arrancados sin piedad, echada a perder la fauna en unos quinientos metros a la redonda.

Me hizo sentir mal verlos. De aquí hasta Cabo San Lucas las casas que colindan con la playa son de extranjeros, y si bien la playa es de todos los mexicanos, no hay forma de que atravieses las mansiones y las bardas para llegar a ellas, es decir, necesitarías un helicóptero para poder echarte un chapuzón. Supe de una vez que a unos compatriotas los echaron de la playa a balazos, porque era playa "particular", y ni qué decir del cabrón güero que tenía su perro apropiándose de la playa más bonita de Todos Santos. ¿Qué quieren aquí? Adoran nuestra tierra pero nos odian a nosotros, nosotros los odiamos a ellos pero amamos su dinero, sin embargo, estos cabrones de las casas rodantes qué dinero pueden aportar, si no pagan hoteles, ni restaurantes, ni siquiera compran sus mercancías en las tiendas nacionales porque les sabe a cagada todo lo que acá se vende, traen sus alimentos, su agua, y nos dejan su mierda y sus orines, no le pagan a nadie por estar ahí asentados, seguro no tienen permiso para estar en el país, pero nadie les dice nada porque son "turistas", sin embargo, ¿Qué es un turista?, el turista siempre va de paso, el turista es dueño de las experiencias que le ofrece una tierra y su gente, disfruta lo que la naturaleza le da y recibe los servicios que se le prestan.

Tanto la naturaleza como la gente les invita a su cama, no para que se apropien ni de la naturaleza ni de la cama, sino para que vivan qué se siente de estar ahí, el turista compra experiencia. Pero no aquí, aquí estos cabrones no quieren la experiencia de treparse una ola y surfear, no quieren la experiencia de la puesta del sol, de la ballena que a lo lejos arroja su chisguete de agua, la experiencia de la brisa y la caricia que brinda a la nariz con su aroma, no quieren la experiencia de la música que interpreta una ola que se revienta en forma violenta, ni el beso que da en las pupilas el ver la espuma del mar tan blanca, o los miles de besitos que da esa misma espuma cuando te toca los brazos, no, esa no es la experiencia que quieren, la experiencia que quieren es sentir que nadie más va a disfrutar de esa playa sino ellos, la experiencia de construir y ser dueños para siempre, la experiencia de regresar a su país y dejar vacía una casa a la orilla del mar, la experiencia de decirle a un amigo "si quieres te presto mi casa de la playa", la experiencia de que los morenitos se hagan a un lado, la experiencia de tenerlo todo para no comprarles nada, la experiencia de saber que se paga una bicoca por un pedazo de tierra privilegiada; ya de paso disfrutan de la naturaleza, pero eso es secundario.

Si quisieran la naturaleza viajarían a muchas partes del mundo, abrazarían la diversidad, activarían la economía de los pueblos turísticos, pero aquí nada de eso, aquí no activan nada sin antes dar más problemas que los que soluciona su dinero, aquí la intención es

privar, segregar, alejar.

Me pregunté también qué era lo que me llevaba a mí a odiarlos tanto, y entiendo que se trata de una relación de odio. Los odio porque nos odian, con la diferencia que ellos vienen a mi tierra a joderme. En Tijuana, ellos pasan por una puertilla sin tener que rendir cuentas a nadie, mientras que los mexicanos si tienen que hacer una serie de trámites engorrosos para cruzar para Estados Unidos, es una relación de odio.

Luego de hacer muchos corajes volví a la cabaña, y ahí estaba Jimena. La encontré muy guapa, pero no se lo dije, pues no querría echarle a perder la rogativa que traía bajo el brazo. Me pidió que regresara, que haría lo que yo le pidiese, etc. Que me daría mucho dinero para que hiciere lo que se me antojara, sin pedirme explicaciones ni nada.

Volví a la casa y es entonces que entré a trabajar a la tienda de lencería, que es donde inicié mi relato. Mi interior, sin embargo, hervía desde aquellos días en la cabaña, fue como si prender fuego en la casa del gringo hubiese echado a arder también mi pecho. De rato me daba asco que mi auto fuese estadounidense, al igual que mucha de mi ropa, muchas de las canciones que escuchaba y ni se diga la mayoría de los programas de televisión y películas de cine, todo me enputaba de ellos, aunque era cierto, nada de lo que he mencionado tiene que ver con los gañanes que se apoderan de Baja California Sur, como que son ellos los que no tienen cabida.

Dos sucesos al hilo vinieron a determinar muchas cosas.

El primero de ellos fue que iba yo en el Cadillac y me tuve que detener en un semáforo. Eran fechas previas al Carnaval de La Paz, que siempre se pone horrible pero atrae a mucho extranjero y mucho nacional, sobre todo del tipo que quiere venir a ganarse un dinerito extra en fechas festivas. Había un payaso horripilante, el Padre sin duda, pintado con un maquillaje tan diabólico que daba más terror que diversión, llevaba unos globos en las nalgas que lo hicieran parecer chistoso, pero acabó siendo la sombra drogada de un burlesque, a su lado estaba un niño que tendría acaso cinco años, la idea del espectáculo era que el padre se pasearía con sus nalgas neumáticas y eso se supone que te haría reír, luego el niño se te acercaría con cara lastimera, moviendo las fibras más temblorosas del alma y te sacaría la plata. El padre hizo su show, malísimo de supuesta magia en que según esto aparecía de la nada una paloma blanca más percudida que el delantal de un cocinero. Sentí piedad por la pobre paloma, sabrá Dios qué faltas deba para merecer un destino tan miserable. El niño se acercó a mi ventana y yo busqué efectivo, pero no encontré, juro que no encontré. Para colmo la calle estaba sola, es decir en espectáculo había sido para mi solito.

El niño se acercó con su numerito de la cara lastimera. Yo le dije que no tenía dinero. Se desconcertó un poco y luego volteó a ver a su Padre. No sé cómo el niño le dejó en claro al papá que no habría donativo, el caso es que el padre guardó bruscamente la paloma en un calcetín de magia que tenía, cuyas remendadas eran seguramente poderosos hechizos. El niño volteó a verme de nuevo, con odio.

Me molesté verdaderamente con ese incidente, y no podía descifrar por qué. Me quedé pensando. Lo que me había conmocionado era, no la cara del niño lacrimógeno, ni la posterior cara de niño guerrero, sino su mirada que duró un segundo, tal vez menos, entre su actuación de lástima y su actuación de odio. Por un segundo había dejado ver el niño que era, y me aterró porque reconocí en sus ojos los ojos de mi infancia. Yo fui niño algún día, y fui inocente, creía en las cosas ciegamente, creía en la gente, me alegraba con esa alegría diáfana de los niños, no con la risa estridente de estar jodiendo a alguien, creo que en aquel entonces me sorprendía por las cosas profundamente, era puro, veía la gente y la observaba tal cual era, no me sentía despojado de algo que sé que es mío pero ni siquiera puedo repetir qué es, en ese entonces reía con las cosas que tenía y lloraba por las que no tenía, pero al menos sabía qué era lo que quería, sabía qué echar de menos; hoy ni lloro ni me r&ia

cute;o, y sé que quiero algo pero no sé qué es, y sin embargo la vida se me va en buscarlo incesantemente. De niño sólo tenía amigos y un día, por alguna causa, descubrí que la vida era una gran emboscada en la que todos eran enemigos. Cuando niño las cosas me sabían a algo, ahora hago muchas cosas, pero siempre me parecen innecesarias y absurdas. Se que fui niño, que fui puro, que tenía fe, amor, confianza en las cosas, y un día, todo eso se me olvidó, eso que tenía se fue. Uno no deja de ser niño por el hecho de crecer, sino por hacerse a la idea de que el mundo es una mierda.

El incidente del niño me puso muy nervioso, y muy sensible. Luego pasó el segundo de los hechos importantes.

Entró a la tienda una chica que me llamó mucho la atención, sobre todo sus mejillas que eran un par de frutas listas para comerse, alzadas, tersas, perfectas, mismas que se levantaban hacia el centro mientras sonreía a las etiquetas de las prendas que veía. Las tiendas de lencería son lugares muy honestos desde que la gente que va ahí seguro compra algo para que un tercero lo vea. Esta chica era muy joven, y llamaba la atención que quisiera ropa que le sienta mejor a alguien que va a putear mucho. Ella revisaba los artículos y yo no podía dejar de verla, su cuerpo era estilizado, confortable, aunque con un defecto enorme, era guerita, su cabello era rubio, tenía pocas pecas en la nariz, y se le veía otro tanto de pecas en la hendidura que había entre sus pequeños pechos, el culo, que estaba bueno, seguro también tendría una que otra peca. Su piel estaba sonrojada por el tostado del sol y sus vellos eran amarillos y muy pequeños, que la hacía lucir como un durazno de piel roja. Me gustó, pero era estadounidense.

Cuando la chica iba a salir del local, Jimena la tomó del hombro y le dijo, "Ven para acá chiquita", y de un empellón la tiró sobre un sillón. A punta de señas le hizo sacar de la bolsa de sus pantalones un juego de traje de baño bastante atrevido, y costoso también. Era una ladrona. Jimena le dio un baño de improperios y le dijo la mentira de que aquí en México los ladrones tenían que pagar las cosas robadas a cinco veces su valor, la chica vació sus bolsillos y sólo traía para pagar el traje de baño a tres y media veces, lo que encolerizó a Jimena, quien la tuvo ahí por cerca de tres horas, diciéndole en ingles o español lo mucho que sufriría en la cárcel, las vejaciones a que sería sujeta, que no le daría el perdón, que le hablaría a la policía.

La situación vengaba mucho el odio entre mexicanos y extranjeros. Jimena me dijo, "¿Crees que no te vi cómo la mirabas?, Es tu oportunidad para que hagas con Estados Unidos lo que te plazca, anda, te regalo a esta mocosa, te daré lo que quieras, seré tu alcahueta pero vuélveme a querer, te conseguiré las chicas que desees, toma esta para empezar", Yo no dije que no.

Jimena le explicó a la muchacha que para que ella pudiera empezar a pensar si la soltaría o no, tenía que hacer lo que yo le pidiese. La muchacha estaba aterrada y asintió con la cabeza, suponiendo que las cosas le ocurrirían de todas maneras.

Nos metimos al vestidor más amplio, que era uno que tenía una pequeña camita frente a un gran espejo, y servía para aquellas que querían ver como se vería una bata estando ellas recostadas, o abiertas de piernas, o lo que fuere, lo cierto es que quien compraba bata siempre se cambiaba ahí y siempre se tardaban mucho en salir.

La chica comenzó a desnudarse y, como supuse, tenía pecas en gran parte del cuerpo, que estaba tostado a excepción de su busto y área de calzones, en los cuales se alcanzaba a apreciar una piel blanquísima.

Como falsa cortesía le pregunté en inglés que cuál era su nombre, y eso sólo para saber a quién le iba a meter la verga. "Kate", contestó, y yo, fingiendo no entender su inglés le dije "Hate?", aludiendo a la palabra odio en inglés, que era lo que iba a hacer, le iba a hacer el odio, no el amor. "Kate", aclaró molesta, "Bien Hate. Tengo que hacer esto" le dije en inglés.

"Kate", volvió a aclarar, para preguntarme inmediatamente después "¿Por qué tienes que obedecer?". Yo le dije, "Como v

erás, esa señora es mi patrona y yo tengo que obedecerle" "No a ella", dijo Kate, "Lo que pregunto es ¿Por qué tienes que obedecer a este orden de cosas?, ¿Por qué odias?, ¿Por qué me odias a mí, si no me conoces?"

Estaba desnuda, a mi merced, diciéndome estas cosas. Sus ojos estaban tristes, comprensivos, sintiendo piedad por mí. Pero no era una piedad norteamericana, sino una piedad universal. Me senté a su lado y ella lejos de huirme se inclinó y me besó la frente. Comencé a llorar sin poder contenerme, no era un llanto de buuu, buuu, buuu, snif, mocos, buuu, no, eran sencillamente mis ojos que echaron a derramar lágrimas y más lágrimas, a la vez que la garganta se me quedaba con un nudo muy tenso, mi mandíbula inferior temblaba. Ese cuerpo delgadito y frágil me hablaba de mil cosas, me hacía ver por vez primera la idiotez de las diferencias.

Le pedí que se vistiera, mientras lo hacía le preguntaba algunas cosas, dónde vivía y cosas así, y contestó que quería vivir en México, pero no sabía cómo, algo de mí se reveló y le espeté su imperialismo, mientras que ella dijo no importarle las nacionalidades, dijo importarle el sol, dijo importarle el mar. La tomé de la mano y así salimos de la tienda ante las ofensas de Jimena.

Dejé de tener mucho dinero, la casa en que vivimos Kate y yo es más bien modesta, pero la pasamos bien. Nos casamos por la iglesia por no poder hacerlo civilmente hasta en tanto me divorcie de Jimena.

Veo a Kate sentada en la arena, mirando el atardecer de La Paz y me invade una infinita ternura, ella sí está aquí por la experiencia, no se apropia de más terreno que aquel que pisa, no le importa ninguna otra playa, sabe que nunca las tendrá, que sólo vive aquél que aprende a desprenderse de las cosas, que el mar es mejor sin dueño. Se para y miro sus caderas preciosas, se mete al mar y disfruta una pequeña ola que se viene encima, sólo es dueña de esa ola cuando ésta se estrella en sus nalgas, y Kate es a su vez de esa ola en ese preciso instante.

Puede que su frase del vestidor haya sido una opinión cualquiera, una defensa contra mi ataque, pero lo cierto es que surtió efecto en mi interior, despertándome de una noche de odio. Después de el incidente del niño payaso, mi alma quedó vulnerable y sin defensa, estaba abierto. Uno pretende saber muchas cosas ser un erudito, cuando en la vida hay que saber acaso tres cosas solamente, tres cosas que vienen a formar un conocimiento abstracto, que al ser indefinible no puede tampoco refutarse, discutirse. Ese día pensaba en los milagros, me preguntaba qué eran, y maldecía. Ese día pensé "cualquier milagro me quedará chico, mi fe no nacerá de nuevo", y ese fue mi error, esperar que los milagros los provoque el mundo, siendo que la única fuente de milagros es el interior del hombre. Kate vino a encender la mecha de mi milagro interior.

Poco importa que muchos advenedizos quieran apropiarse de las tierras, poco importan los corruptos que se las venden, poco importan los grupos que se muestran en pro o en contra de tales asentamientos, pobres los que vienen, pobres los que van, pobres los que se quedan aquí y pasan a perderse el resto de mares.

A lado de Kate he conocido a otro tipo de norteamericanos, unos de ellos se han vuelto buenos amigos míos, y todos coincidimos en que el hombre no tiene nacionalidad, es, o debe ser universal. Juntos nos reímos del ansia de poder, del ansia de poseer, reímos de que el ansia de placer haya suplantado al placer mismo, que el ansia por la belleza haya suplantado a la belleza. Los atardeceres muestran distintas cosas a cada quién, y mi experiencia, así como la tengo, ¿Quién podrá comprarla, poseerla, abrazarla?, Es personal. Esa tarde caminábamos Kate y yo. Ella me frena completamente y se pone frente de mí, y con su voz tan dulce me dice: "Uno no avanza hacia delante, uno avanza en todas direcciones, uno se expande", y cuando dice "se expande" sonríe como una diosa y me abraza cálidamente. Le creo, y creerle es ya una fe.

Así, cuando Kate y yo nos vamos a alguna playa y nos hacemos el amor en la arena o bajo del agua, al tener nuestros orgasmos sabemos que no somos nosotros, que somos la misma tierra. La dama que muchos venden, que muchos poseen, que muchos prostituyen, nuestra querida Baja, nos reserva a quienes sabemos escuchar, un latido de su amor, y nos

guarda en su sueño, y nos sonríe, nos ha revelado entonces su éxtasis y su secreto: Que nunca será de nadie.

jilo_deiss (arroba) hotmail.com

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MI VECINA

Maduras, voyerismo, hetero. Sorprendido por su vecina mientras la espiaba y se hacía una monumental paja, le insinuó terminar juntos lo que él había empezado a escondidas

Era una tarde de un día cualquiera en la que estaba solo en casa, yo me encontraba viendo la televisión pero sin mucha atención, de repente, sonaron los carretes que contienen las cuerdas del tendedero. Rápidamente se me vino a la mente la imagen de mi vecina de enfrente.

Yo por aquel entonces solo contaba con unos 17 años, pero algo en mi interior se encendió y se mostró de una forma sugerente.

Se me ocurrió ir a la habitación que daba al patio interior y la persiana estaba casi bajada, pero no completamente, y así, la observé, no encendí ninguna luz, no fuera a ser descubierto.

Y allí estaba ella, una mujer de unos 38-40 años, algo gordita pero de pechos y labios sugerentes, estaba recogiendo la ropa ya seca. Me quedé completamente extasiado mirándola, la garganta se me quedó seca.

Tenía miedo por ser descubierto pero era mayor las ganas de observarla, el cordel estaba más bajo que la ventana y se tenía que agachar bastante para recoger la ropa, en ese instante observé sus agraciados pechos por la abertura de su camisa, el canalillo era más que sugerente, no llevaba sujetador y por eso cada vez que se agachaba sus pechos se movían insinuantes hacia un lado y otro, con la contradicción de su cadena de oro que se hundía entre ellos.

Me imaginé en esos instantes saboreándolos y apretarlos con mis manos, con delicadeza pero con firmeza. Nunca se me había ocurrido espiar a nadie y aquello comenzaba a gustarme y mucho.

Seguía con mis imaginaciones, pues los tres primeros botones de la camisa los tenía desabrochados, y me permitían continuar con mis sueños, me llevé la mano al bulto que afloraba entre mis piernas y desabroché mi pantalón, sin perder un instante de vista a mi maravillosa vecina.

Y comencé a masajearme con las manos, pero para mí eran sus pechos enormes que con ese vaivén me acariciaban mi miembro, con esa piel tan delicada y caliente que tienen los pechos.

Ella se colocaba de vez en cuando la camisa como dándoselas de recatada y no se imaginaba que yo, el vecino de enfrente me la estaba meneando a su salud. Seguí con aquella idea de que aquellos pechos rodeaban mi sexo y se movían acompasados y con tal presión que podía estallar en cualquier instante.

Le quedaba poca ropa por recoger y debía darme prisa pues no quería que se fuese sin su regalo.

Totalmente excitado y acalorado sentí que me venía y no pude remediarlo y con el primer chorro solté un grito ahogado de placer pero no lo suficientemente ahogado, pues instintivamente me escondí.

Miré de reojo por si había sido descubierto, y vi a mi vecina mirando para un lado y otro, y hacia mi ventana, creo que no me vio pero no estaba seguro.

Me había corrido de gusto pero había llenado todo el suelo. Mientras me dirigía hacia el baño, sonó el timbre de la puerta, me coloqué bien el pantalón tras limpiarme bien.

Fui a abrir la puerta y allí estaba ella, con su misma camisa y sus prominentes y sugerentes pechos. Yo aún estaba colorado y no articulé palabra; ella me miró completamente y se fijó en la bragueta, y me dijo: ¿está tu madre en casa? Yo le contesté que acababa de salir para la oficina y que llegaría tarde, ¿desea que le diga algo? Le pregunté. Ella me sonrió y me dijo: que estás solito? Me dijo de nuevo mirándome la bragueta. Me miré de reojo y aquello no bajaba, la miré a ella y de su camisa aparecieron 2 bultos bastantes prominentes bajo su sonrisa burlona, en aquel preciso instante me di cuenta que me había descubierto, y creo que le gustaba.

Se adelantó un par de pasos hasta entrar en mi casa y cerró la puerta tras de sí, diciéndome: ¿sabes que eres muy mayorcito para espiar?, se acercó a mí y me cogió la mano, y me volvió a decir: lo sabes?

Yo le dije que sí con un movimiento corto de cabeza pues no quería perder la vista de sus maravillosos pechos, y me dijo: me has hecho sentir como hacía tiempo! Y se llevó mi m

ano hacia uno de sus pechos.

Yo no sabía que hacer y lo primero que se me ocurrió fue alargar la otra mano para cerrar el cerrojo de la puerta. Ella se quedó atónita, como diciendo : este no me va a dejar ir hasta darle lo que se merece. Cuando alejaba la mano también me la agarró y me la puso en su otro pecho, y con sus ojos me dijo sí!

Comencé a masajearle los pechos como imaginaba, eran grandes, pero yo quería sentir su piel y le insinué que se quitase la camisa, se la quitó y puede ver aquellos espléndidos pechos, grandes, la piel tersa y sus pezones grandes y duros de un color moreno. Quería y necesitaba probarlos y sin mediar palabra me acerqué a ellos lentamente y fui saboreándolos uno a uno y su olor era dulce y cálido, pasaba mi lengua por el exterior y haciendo un recorrido con mi saliva, llegué a los ansiados pezones, en ese instante, ella me miraba pero ya no había echado la cabeza hacia atrás y se mordía los labios.

Un gemido soltó, ahhhhhh! Así se hace, sigue, sigue! Me susurraba al oído.

Haciendo círculos me abrazaba los cabellos y me acariciaba la cabeza, me apretaba contra sus pechos, yo a esto le daba mordisquitos en sus pezones, cosa que agradeció cogiéndome el paquete, y me bajó la cremallera lentamente, sacándome mi verga ya durísima.

Con sus manos iba acariciándome y sus uñas largas y de color rojo pasión las usaba para darme gusto en los huevos, yo le seguía regalando chupetones entre sus pechos, el canalillo lo recorría con mi lengua como si fuese mi verga, húmeda y caliente, por los pechos que imaginé que me corría.

Su mano continuó masajeándome y yo disfrutaba con cada caricia. Se dirigió hacia el salón sin soltar un instante mi miembro, se sentó en una silla y dirigió mi mano a su falda y luego me colocó de rodillas.

Me propuso que entrase entre sus piernas y falda y que llegase hasta el final.

Me arrodillé y dirigí mi cara hacia allá, yo quería probarla por todos su poros y ella también lo quería.

Llegué a una zona húmeda y saqué mi lengua ya experta, no había pelos por ninguna parte y sentía algo duro, y muy húmedo.

Al succionar dio un respingo y posteriormente un gemido y ahí comencé a chupar y lamer con más rapidez. Ella estaba como ida y apretaba mi cabeza y arañaba mi espalda, mientras con mi lengua recorría sus labios y los chupaba me decía: que me vengo, que me vengo! Y entonces noté un chorro que me recorría la lengua y la barbilla.

Me sacó como pudo y me dio un besazo para limpiarme completamente.

En ese instante me propuso: súbete aquí de espaldas? Ahora te toca a ti, Cosa que hice de inmediato.

Me comenzó a chupar los huevos y a masajearme la verga con esas manos que tanto me gustaban, de repente, sentí como dirigía mi verga hacia tras creía que me la iba a romper pero antes de darme cuenta se la metió entera en la boca, desde esta posición veía sus grandes y deliciosos pechos.

Mientras chupaba en cada embestida me daba con su nariz en mis huevos cosa que me gustaba.

Volvió a deleitarse con mis huevos y llegó a meterse los dos en la boca, que maravillas me hacía sentir, esa mujer sabía lo que hacía y estaba desasistida.

A veces parecía que me iba a caer de la silla, paro un momento y su lengua comenzó a recorrerme los glúteos y los huevos, y la verga la lamió lentamente, y tras esto subió de nuevo y me lamió el ano, y luego comenzó a introducir la lengua, era una sensación que sin parar de masajearme la verga, me parecía ser mejor que las anteriores.

Me giró en un instante y se la metió entera en la boca, su lengua hacía maravillas con mi glande, incluso metía su lengua por dentro, eso estaba destrozándome pues sentía una presión que no podía soportar, me iba a correr.

Sentí uno de sus dedos entrando por mi culo, y aquello no hizo más que hacerme sentir que me venía más rápido, siguió chupando, lamiendo con más avidez que en el preciso momento que sacó su dedo, comencé a soltar chorros de semen por todos lados, su cara sus pechos, su pelo… me la agarró fuertemente pues no quería desper

diciar ni una gota, siguió chupando hasta que ya no solté ni una gota más. Con sus manos se restregó la cara y se las lamió.

Al bajar de la silla, le di un beso en la mejilla y…

Continuará….

Espero que les haya gustado.

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Madurita y su hija

Hetero, maduras, trío. Un técnico de ordenadores se encuentra con una madre e hija calientes por igual y complacientes al máximo.

Hola lectores, os voy a contar una historia que se inició el mes de julio con el calor y que aún continua siendo maravillosa.

Os diré que soy un electrónico en una empresa de servicios y estaba haciendo guardia una tarde en el mes de julio, recibí una llamada para pasar a revisar un ordenador, como no tenía mucho trabajo me fui a revisarlo.

La dirección que tenía era de un chalet en una zona residencial de Pozuelo en Madrid, llamé al portero y me abrieron la puerta del garaje y cuando llegué a la puerta principal me esperaba una impresionante mujer, madurita, 45 años, un poco gordita, con unas tetas impresionantes, talla 120 pero al estar vestida con un pequeño bikini la hacia súper explosiva. Creo que se dio cuenta de mi asombro y se disculpó diciendo que su marido la había llamado para avisarla que pasaría a revisar el ordenador pero no me esperaba tan pronto. Por supuesto le dije que a mí no me molestaba su vestuario y ella se sonríe. Cerro la puerta y me dijo que la siguiera, entonces entendí su anterior risa, el bikini que a mí me parecía pequeño lo era aún más ya que era un tanga, tenía a menos de un metro mío un impresionante culo tapado por un hilito, mi polla no podía aguantar más y parecía que iba a reventar el pantalón.

Subimos al piso de arriba y llegamos a la habitación de la niña donde estaba el ordenador y me comentó que no se podían conectar al correo electrónico, me indicó entre risas que como hacía tanto calor ella se bajaba a la piscina indicándome que la avisara cuando terminara mi trabajo.

Me puse manos a la obra y vi que tenían roto el módem y que como no llevaba de repuesto tendría que volver otro día o llevarme el ordenador al taller.

Me asomé a la ventana para avisarla y no la vi, en cambio había una preciosa muchacha de 17 o 18 años tomando el sol en top less, se levantó de forma natural para ver qué quería y yo casi no puedo hablar, era una chica rubia, súper delgada y con unos pechos grandes respecto a su cuerpo y edad, le dije si podían subir un momento y dijo que ya subía su madre.

Esta vez la madre subió con la cintura tapada por un pareo, la indiqué el problema y que si me lo llevaba al taller lo repararíamos mejor y así quedamos.

Me fui para el taller y me puse manos a la obra, a antes lo tuviera reparado antes las volvería a ver. Una vez cambiado el módem y como todavía me quedaban 3 horas para salir me puse a cotillear con el historial de paginas visitadas de Internet, me sorprendió que la mayor cantidad de paginas eran de sexo, sobre todo relatos y fotos de chicas, pensé que la niña era bisex y me desilusioné pero también tenían fotos de buenos rabos y eso me dio una gran alegría. Como estaba tan caliente me decidí a cotillear el correo electrónico y vi que tenían una dirección principal y una oculta que por suerte estaba sin proteger, vi los correos enviados y llegó mi sorpresa, la aficionada a los contactos era la madre, todo eran cartas muy calientes a otras mujeres o parejas a las que tenía fotos adjuntas suyas unas con lencería muy provocativa y otras completamente desnuda, como estaba solo me saqué la polla y me hice un gran pajote a su salud.

Continúe revisando y encontré una carpeta llena de fotos, tenía más de 100 fotos suyas en todas las posturas y posiciones, se veía que era una señora de gran nivel social pero muy muy cachonda, con otras mujeres comiéndose todas y con algún rabo bien profundo en su chochazo.

La llamé para decirla que ya estaba listo y me dijo que se lo llevara al día siguiente sobre la 1 de la tarde. Por la noche me follé a mi mujer de una forma bestial por lo caliente que estaba pero no podía olvidar aquellos dos cuerpos, uno joven y delgado y otro maduro y gordito pero los dos impresionantes.

Al día siguiente estuve toda la mañana nervioso y esperando me dieran la ocasión de que los tres pudiéramos disfrutar de nuestros cuerpos. Como es natural estaba a la hora en punto. Se alegró mucho por la rapidez en solucionar el problema y que su hija se iba a poner muy contenta cuando llegara, más me alegr&e

acute; yo ya que estaba con una fina bata negra que al caminar delante se transparentaba y me dejaba ver sus deliciosas curvas, no llevaba sujetador y se apreciaban unas delicadas braguitas de encaje, al estar sola era más fácil intentar un ataque. Pasé a la habitación de la niña. Me puse a instalarlo y a pensar cómo poder follarme a la mama, a los 10 minutos me llevó un vermú con un chorrillo de ginebra, no sé si para refrescarme o para calentarme más, al estirar la mano para dármelo se la abrió la bata y por lo voluminoso de sus pechos se quedaron un poquito al aire, no pude aguantar más y salté sobre sus pechos y empecé a acariciarlos desesperadamente, ella lo deseaba porque me dijo que me veía tan tímido que pensaba que nunca la iba a atacar, la liberé de su bata y la acariciaba todo el cuerpo mientras que con mi boca chupaba sus pechos y pasaba la lengua por sus pezones hasta que se los puse muy muy duros, me encantan los pechos y estos tan grandes eran deliciosos.

Sus manos bajaron a mi pantalón para liberar mi polla, estaba a reventar y una vez liberada se agachó para metérsela en la boca, lo hizo de una forma lenta que me desesperaba, me separé y me quité la camisa y el pantalón, y volví a dirigir mi sexo a su boca, así era más cómodo pero seguía con la misma lentitud y delicadeza, tanto que cada vez que se la metía yo presionaba su cabeza hacia mí para que la llegara más profundamente y la dije que no aguantaba más y la hice parar, no me quería correr tan pronto.

La tumbé en la cama, la levanté sus piernas y empecé a acariciar sus piernas y darla besitos por sus muslos, su sexo olía a mujer, separé con los dedos su braguita y rocé su clítoris con mi lengua, ella fue ahora la que me presionó la cabeza para que la comiera toda y gritaba que se la metiera, me deseaba dentro, separé sus piernas y retiré su braguita mojada, acerqué la punta a la entrada de su cueva sin penetrarla para hacerla suplicar, mientras estaba abriendo un preservativo pero ella me agarró del culito y presionó para que se la metiera de un golpe, empecé a bombear y a los pocos envites los dos explotamos en un fenomenal orgasmo. Luego me comentó que usaba Diu y estaba tranquila. Quedamos tumbados unos 10 minutos mientras le comentaba que había visto sus fotos y que había pasado toda la noche pensando en ella. Me dio un beso y me dijo que me acordaría muchas noches de ella.

Me levanté para vestirme y ella me dijo que sólo me pusiera el slip para estar iguales ya que ella sólo se pondría las braguitas. Continué conectando el equipo y ella me dijo que iba a hacer la comida y me invitaba a comer, me preguntó qué deseaba y la dije que a ella, a mí ya me tienes pero tendrás que recuperar fuerzas y se marchó.

Acabé enseguida coloqué todo y bajé, la encontré en la cocina de espaldas y me coloqué detrás de ella, mis manos en sus pechos y mi sexo presionando sobre su culo hicieron que pronto estuviera dispuesto a otra fiesta, ella me dijo que estaba muy caliente y que mejor me diera un baño en la piscina, le dije que no tenía bañador y riéndose dijo que no lo necesitaba, que nadie nos podía ver desde la calle.

Me quité el slip y me tiré a la piscina, el agua estaba deliciosa y estaba muy a gusto, llegaba 20 minutos sólo cuando apareció en el jardín Gema, la niña, intenté disimular venía a bañarse sólo con su tanguita y sus pequeños pechos al aire, me llevé una gran alegría de verla tan radiante pero me preocupaba que se diera cuenta que estaba completamente desnudo, al llegar al borde de la piscina se tiró de cabeza y buceando llegó a mi lado y me dio un par de chupaditas en mi sexo, luego sacó la cabeza y nos fundimos en un apasionado beso y caricias que volvieron hacer que mi miembro se pusiera en marcha otra vez, lo cogió con la mano y comentó que su mamá la había contado que no la tenía muy grande ( 16 cm.) Pero que la había dado mucho placer y esperaba que me portara bien con ella.

María nos llamó para comer y cuando salía del agua me dijo que la daba mucha alegría verme siempre empalmado y que si eso era habitual, la di un fuerte beso y presionándola hacia mí para que notara mi dureza y le dije que con dos mujeres tan hermosas es imposible mantenerse normal.

Estuvimos comiendo, bebiendo

cava y estuvimos hablando de las fotos que había visto en su ordenador, María dijo que era una enamorada de la fotografía y tenía muchas más en papel, me enseño un álbum muy completo en el que estaba en las poses más excitantes y sensuales, estábamos sentado en el sofá, cada una a mi lado mientras que Gema jugaba con mi miembro, en esto llegamos a una foto en la que se mostraba un primer plano de un chochete jovencito completamente depilado, mire fijamente a la cara de la niña y la pregunté si era el suyo, nos fundimos en un apasionado beso y me dijo que ahora era el mío, la dije a la mamá que disculpara que iba a ver mis propiedades, me arrodillé y retiré el pequeño tanga que la cubría, ante mí quedó un delicioso sexo rasurado, acerqué mi lengua y empecé a lamer todo su chochete y mordisqueaba con delicadeza su clítoris mientras ella gemía de placer y la madre se apoderaba de mi verga y se la metía en la boca y empezaba a hacerme una fenomenal mamada, Gema se retorcía de placer y gritaba que se la metiera que no aguantaba más, no podía dejar pasar esta oportunidad, hacía muchos años que no me follaba una chica de 18 años, hice que se tumbara en el sofá, hice que levantara una pierna hacia arriba y María me colocó un preservativo y apuntó mi sexo a la caliente entrada de su hija, al sentir que estaba colocada sólo tuve que apretar suavemente para que la entrada toda, empecé un rico vaivén mientras su madre la apoyaba su sexo en la boca para que la comiera, no pudimos aguantar mucho, la mama se corrió en la coca de su hija, la hija tubo un fenomenal orgasmo. Yo fui capaz de aguantar y pedí a la madre que se inclinara en el sofá y me dispuse a insertársela por el culo, me decía que tuviera cuidado que aún era virgen por ese agujero y mandó a Gema a buscar un poco de vaselina, mientras llegaba el lubricante me retiré el preservativo y rozaba con mi punta alternativamente el culito y en chochete, como estaba tan caliente y no aguantaba más se la inserté de un golpe en su sexo, y me agitaba rápidamente hasta que llené su interior con mis calientes jugos. Cuando llegó Gema nos regañó por habérselo perdido y dijo que no se volviera a repetir.

El marido no llegaba hasta las 9 de la noche con lo que teníamos 4 horas para disfrutar, decidimos ir a tomar un baño a la piscina y relajarnos, María salió de la piscina y se tumbó al sol, a los pocos minutos me llamó para que la aplicara un poquito de bronceador, estaba de espaldas y me senté en su culo mientras la aplicaba la crema con un ligero masaje, como uno es como es con los toqueteos me empecé a poner cachondo y el rabillo se empezó a colocar entre sus nalgas y fue subiendo la temperatura. Le dije que se diera la vuelta y empecé a dedicarme a sus pechos, pero en vez de aplicarlos crema, los empecé a besar, pasar mi lengua por sus duros y grandes pezones y mordisqueándolos con delicadeza, llevaba 10 minutos con sus pechos cuando Gema salió del agua y se dedicó a acariciar el chochete de su madre, le pasaba la lengua y María empezaba a dar grandes jadeos, no dijo que parásemos que algún vecino nos podía escuchar y nos dirigimos a su habitación.

María y yo nos íbamos acariciando y morreando en el camino debido a la gran excitación, la acariciaba sus enormes tetas y al llegar a la cama me empujó y se lanzó a chuparme mi pene, fue una fenomenal mamada mientras que Gema se colocaba a horcajadas para que la comiera otra vez su depilado sexo, a la vez que metía un dedo por el culazo de su madre, las dije me iba a correr y Gema dijo a su mama que se colocara a 4 patas, la untó la vaselina y guió mi polla hasta la entrada del gran culo de María, empecé a apretar suavecito, se quejaba que la dolía un poco y decidí empujar de golpe, dio un pequeño chillido mezcla de dolor y placer, se la había metido toda y me decía que era maravilloso y que me moviera rápido, si lo hice hasta que descargué todos mis jugos en su culito a la vez que ella tenía un espectacular orgasmo, caímos rendidos pero la niña tenia ganas y me dijo que tenía preparada la bañera y nos dirigimos a ella, era una de esas redondas de hidromasaje, nos metimos los dos y empezó a jugar otra vez con mi rabillo, la pedí un descanso pero me dijo que primero la llenara y luego me darían unos días de descanso, con los toqueteo

s me volví a poner bruto rápidamente y ella se sentó a horcajadas y empezó a moverse con un ritmo desenfrenado que la hizo correrse rápidamente pero en vez de detenerse continuamos besándonos y acariciando nuestros cuerpos hasta que nos fundimos en un sensacional orgasmo.

Ahora están de vacaciones pero espero repetir la visita a su vuelta, ya os contaré. Espero vuestros comentarios. Lamedor (arroba) telepolis.com

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Amar el odio (II)

Hetero, maduras, infidelidad, zoofilia. Nuestro protagonista hace el viaje de luna de miel con su madura esposa en un crucero de placer, donde varios acontecimientos inesperados empezarán a cambiar el talante de su relación.

La luna de miel ella la pagó, como todo lo demás. La gente nos tenía, a donde quiera que paráramos, un rostro particular, una cara de compasión de la gente de verme abrazado a ella, con mis veintiséis años muy bien formados y sus muy entusiastas cincuenta y uno. Pero mentiría si dijera que me importaba mucho, pues cada cual su vida sexual, lo que sí, en veces odiaba a la sociedad por sentirse superior a mí. ¿Cómo decirlo?, de repente tenía frente e mí a un imbécil, perdedor y muerto de hambre, un pendejo total que ignoraba la vida que me había dado yo hasta ahora, un estúpido que nunca en su vida había recibido una buena mamada, un cabrón que tal vez pasa sus noches frías, o masturbándose mientras piensa en la vecina, siempre con el bolsillo vacío, incapaz de moverse de su terruño por tener empeñada el alma y la de su descendencia, y ese pedazo de mierda era el mismo que volteaba a verme con lástima, como sintiendo pena por mí, ¡Por mí que era más exitoso y dichoso que él en todos los campos presentes o futuros!.

¿En qué medida mi matrimonio con Jimena me puso en contra del mundo? No lo sé, pero mi viejo teorema del fetiche se recrudeció. Antes pensaba que la gente elegía sus fetiches particulares para acotar su deseo y exaltar su excitación por algo particular. Ahora me parecía todo muy confuso. De Los Cabos tomamos un crucero que recorrió toda la península de Baja California, para luego desviarse a Hawai. Se me hizo una tontería irnos de luna de miel a puras playas y cosas así, pues la Baja es un sitio tan hermoso que no precisaba de mayores escenas de mar, vaya, me hubiera gustado que nos fuéramos a París, Praga, el Congo, algún lugar que no tuviera qué ver con la belleza cotidiana.

Ese viaje fue muy ilustrativo, y mis conclusiones eran que el mundo estaba hecho de odio y no de amor. Éramos de los pocos mexicanos que podíamos pagar ese crucero, o al menos, de los pocos en que coincidió la posibilidad económica y el deseo de abordarlo. Los americanos jubilados que gozaban de su pensión a bordo de ese crucero lo hacían bajo una especie de subsidio o tiempo compartido, por lo que no era necesario que fueran ricos para ir ahí, eran viejos muchos de ellos, en su mayoría vestían como adolescentes de mal gusto, querían robarle a la vida algo de juventud a punta de entusiasmo, y parece que la vida les dejaba bien en claro que podrían jugar a la juventud, pero dejándoles en claro que era una ilusión, que morirían, y pese a su alegría de ojos vidriosos, tal cual si este paraíso fuese el dulce sueño que precede al bien morir, nos miraban con desprecio, en especial a mí por ser de raza bastante mexicana. A Jimena no la odiaban tanto porque su porte podía pasar por el de una mujer europea, pero yo no, yo era despreciado por ser mexicano, no lo decían, lo expresaban con la mirada, lo hacían evitando nuestra mesa, pasándose a partes del barco en que no estuviéramos, e incluso más de una vez, al ir yo al baño estando en el restaurante, más de uno me hacía señas pensando que era el mesero.

Cada cual haciendo valer sus puntos buenos. Una vez, parecía que leyera las mentes de los comensales en la mesa. El norteamericano sonriendo con su cara de potencia mundial, con sus rostros blancos casi rojos de tanto sol, quemados como el dorso de una lagartija que ha quedado atrapada de una pata por una roca, hablando en dólares, de su heroísmo mundial, de sus negocios; un japonés tomando el pan de una forma casi despectiva y eligiendo palillos para comer, diciéndonos que nuestra cultura le importa lo que una cagada de perro, qué él no pediría nada a ningún occidental, que a sus espaldas llevaba una alma samurai que reencarnaría las veces que fuera para fregar a nuestras almas que sólo aparecen una ocasión en la eternidad, prometiendo que su alma viviría muchos cruceros como éste mientras las nuestras esperarían enterradas aguardando el burocrático juicio final, con sus ojos rasgados de yen dejaba en claro que su país era también una potencia pese a sus desventu

ras; una pareja de judíos bendecían a su manera los alimentos y presumían que el único Dios ya los había elegido a ellos y que todos los demás éramos una bola de culeros que importábamos una nadedad, según se miraban a los ojos, marido y mujer les decían a los otros que por ser carne judía no sería tocada por ninguno de nosotros, salvo que también fuésemos judíos; un árabe era el que con más desdén los miraba, seguro de que tarde o temprano los matarán a todos, con su mirada machista el pequeño jeque echaba el vistazo en el escote de las mujeres de los demás, por si alguna de ellas quisiera casarse con él, quien podría incluirlas en su harem; y así. ¿Qué tenía yo para competir? Provenía de un país bien jodido, de un país que siempre aparece en las convenciones como si se hubiese colado en una fiesta, un país productivo, rico en recursos y bellezas naturales, su gente me consta que es bella, pero el mundo no lo cree así, a mí me miraban como preguntándome dónde había dejado el nopal y el sombrero que utilizaría para echarme a dormir en el suelo; ninguno de los de ahí reparaba en que México tuvo un pasado indígena glorioso, que hubo mística, que hubo secreto, eso a todos ellos les importaba un pito, y en cierto modo era justo, pues sólo recuerdo esas cosas cuando un extranjero me mira despectivamente.

Durante todo el viaje le hice el amor a Jimena con más furia, primero, por que era furia la que corría por mis venas durante todo ese crucero abominable, y segundo, porque Jimena aullaba como una perra atropellada, y con eso jodería a todo el barco, las mujeres pensarían que pese a mi tercer mundo desearían tener mi carne azteca en su cama. Luego de correrme, en vez de rezar el padre nuestro le mentaba la madre a Dios en Nahuatl y pronunciaba "chinguen a su puta madre cabrones". No sé en que medida toda esa ira se debía a que yo era igual que ellos. Me histerizaba que fueran distintos, con costumbres propias, orgullosos de su diferencia.

Otro incidente vino a marcar el curso de mi luna de miel. Desde luego lo mío con Jimena era puro sexo, y ello duraría lo que quisiéramos que durara. Sin embargo no pensé que empezaríamos a astillarnos tan pronto.

En el crucero acompañaba a un argentino una tipa pelirroja que era un hígado. Pesada en extremo, vanidosa, altiva, despectiva. Era una pareja que tenía muy bien identificada porque era un hecho muy raro que les hubiesen permitido subir al crucero un perro enorme. Lo cierto es que la rubia tendría unos veinticinco años y estaba mucho muy buena. Era delgada, sin una sola estría ni aglutinación de grasa. Era la gracia hecha cuerpo, sus piernas largas eran muy firmes, tenía una cintura divina y un par de tetas algo grandes para el resto de su exquisitez, su cara era de pura lujuria. Se la pasaban por el barco felices los dos argentinos, que eran algo así como nuestro caso inverso, pues el argentino tendría sus cincuenta y tantos, y la chica la mitad de su edad.

Jimena me atrapó más de una vez mirándole el culo a la argentina, que ocasionalmente estaba sola. Me daba de pellizcos y me comenzaba a hacer una escena de ventriloquía sorprendente. De unos dos metros se vería que yo tendría la cara furiosa mientras ella sonreía, pero en realidad no estaría sonriendo, estaba haciendo la maldita ventriloquía en que perecía que sonreía pero me recetaba todo tipo de reproches. Esas peleas me servían en ocasiones para despegármele, pues so pretexto de estallar en furia me marchaba sanamente aislándome de mi esposa lapa, ya que parecía una sanguijuela pescada de mi verga y de mi corazón.

En una de esas separaciones, la chica argentina estaba sola, y con su culo me dijo lo rico que sería metérsela, mientras que su mirada rasgada en un reojo me decía, "es más posible de lo que crees". Me acerqué y me llamaba la atención que siendo ella más o menos de mi misma edad me trataba con una ternura inusitada, como si fuese un objeto de su cuidado. Yo fui al grano y me paré a lado suyo mirando las costas de la península, empecé a decirle que las áridas tierras de Baja California me embrujaban, que la arenilla tostada por el sol era como un inmenso par de labios resecos, que siempre había deseado ser una boca del tamaño adecuado para besar esos labios resecos porque me gustaba en verdad besar, que besa

ría mucho, y así, seguí hablando de los besos en la boca pero el mensaje era clara referencia a la mamada que le daría en el coño si me lo permitía. Aquí se puede decir que hice uso de una artimaña muy latina de hacerme pasar por un falso poeta, de halagar a la mujer, de sucumbir a la belleza, es lo que los tercermundistas hacen para enamorar a falta de dinero, y bueno, a algunas mujeres les da curiosidad saber de lo que eres capaz de hacer con esa inventiva labial, pero en la cama. La técnica funcionó. Me dijo que se había separado de su marido por un rato, que su pretexto era sacar a pasear al perro. Me llevó a su habitación y me dijo que la volvían loca los gritos de mi mujer, que la curiosidad de sentir mi verga era uno de sus pendientes en este viaje. Me pidió disculpas por el hecho de que fuéramos a follar con un perro mirón dentro de la habitación. Yo me hice el comprensivo, bastaba con que lo atara bien.

Me sentía muy extraño. Ya me había habituado al cuerpo viejo de Jimena, voluminoso, voluptuoso, un universo de carne y calidez. Con esta pelirroja todo fue distinto. Me tomó con mucha iniciativa, repegando su coño a mi cuerpo de inmediato. Me mordió el cuello con ferocidad, sin miedo me fue quitando la ropa, y así me fue mordiendo completamente, las tetillas, las axilas, los dedos de las manos, el abdomen. Me apretaba las nalgas mientras me mordisqueaba la parte frontal de mi abdomen. Gemía como una gatita cachonda. Su cuerpo parecía no tomar calor nunca, seguía fría, y eso me hizo sentir maravilloso. Al contacto de su cuerpo frío se me erizaban los poros, apagaba mi fuego interior con su simple tacto. Con su gélida mano derecha comenzó a masturbarme, primero tocándome de manera muy superficial, casi sin tocarme, como si sus manos fueran hechas de plumas de vidrio y jugaran a mi desesperación. Luego tomó mi verga en su mano y empezó a agitar con fuerza casi masculina.

Después empezó a mamarme el falo, sin delicadeza, con mucha participación dental, apretándome los testículos con el puño, dándome una que otra nalgada. "¿Vos vas a poseerme como la bestia que creo que eres?", le dije que sí. Siguió mamándome con una ausencia total de fineza, como si mi miembro fuese una caña de azúcar y ella quisiera probar toda mi aguamiel.

"Trátame mal" dijo. Yo la comencé a magrear en una forma muy grosera y ella comenzó a dar de aulliditos. En el fondo, el perro nos miraba en trance hipnótico. Sus orejas, en veces caídas bajo su peso y en veces erguidas como si hubiese divisado una rata en el campo, me dejaban en claro que el animal entendía qué pasaba. Incluso en veces pasaba su lengua por el hocico babeante. Se paraba y se echaba. En veces gruñía. Yo sólo revisaba que no fuera a soltarse.

Al tratar mal a la pelirroja le fui quitando toda su ropa. Su coño era especial, con mucho vello, carnoso, caliente como no estaba el resto de su cuerpo, con un aroma fortísimo a sexo. Me puso caliente pensar que esta chica se la pasaba follando todo el tiempo y que no le era suficiente, que necesitaba mucho trozo de macho. Con un poco de dudas acerca de la limpieza de sus partes me aventuré a mamarle el sexo, eso como justicia, pues ella no había puesto trabas higiénicas a chuparme a mí, aunque llevaba limpio mi sexo, el gesto de falta de cuidado era algo que agradecí dándole su mamada sin portarme ortodoxo. Le di una mamada profunda y voraz. Ella gemía como una fiera. Detrás de mí escuchaba los jalones del perro a la correa, intentaba zafarse a toda costa. Yo de vez en vez volteaba a verle porque me daba mucha desconfianza el pequeño tubo del cual estaba sujeto, es decir, la cadena era fuerte, pero puede que el tubo del que se sujetaba fuese frágil, después de todo los barcos no los hacían de cemento.

Le metía la lengua hasta donde pude alcanzar, y luego seguí con mi mano. La argentina se retorcía como cola de lagartija desprendida en una huída. El perro gruñía en fea manera, lo que me distraía bastante, dio dos ladridos ensordecedores. Luego de besarle las tetas me perfilé a meterle mi verga completamente, sin tramite alguno, sin escala. "Voy a tratarte muy mal", le dije. "¿Cómo una perra?" preguntó. "Sí" contesté no sin morbo luego de oír al perro ladrar de nueva cuenta. "Quiero oírtelo decir" espetó. "V

oy a traspasarte como una perra" le dije, y ella sin más preámbulo se vino en seco, sin siquiera habérsela metido. Luego le cumplí lo prometido. Comencé a follarla en una manera tan animal que el perro fue marcando mi ritmo, ya que jadeaba, ladraba, gruñía, y yo la follaba lo más violento que podía.

El perro casi se ahorcaba al intentar zafarse, y entre su intento de fuga, su pelvis pompeaba en el aire totalmente erotizado, mientras su pene se encontraba totalmente enrojecido, sin pellejo que lo cubriera, como el dedo anular de una bruja recién inquisidada. Yo no quería estar en sus zapatos, pero él sí en el mío. Su otrora noble mirada se había vuelto la de un violador.

Puse a la argentina en cuatro patas y comencé a darle por el culo, y mientras la barrenaba en forma inconsciente, no advertí que ya teníamos una compañía.

Parado, detrás de mí, estaba el argentino. En su mano portaba una pistola que me apuntaba al culo. Intenté separarme, pero dijo "¿Qué haces?, Sigue. Si has de morir por esto has que valga la pena", supuse que en una circunstancia así mi verga se tornaría flácida instantáneamente, pero al contrario, se me paró como la verga de un abejorro que sabe que luego de fecundar habrá de morir. El argentino fue a donde estaba el perro y lo desató, tomando la correa con su otra mano.

Lo curioso de todo esto era que la chica no se había inmutado de ninguna forma, al contrario, parecía que alzaba más su dilatado culo. Yo no sabía cuál era mi posición. El argentino dijo, "Parecen un par de bestias. Entre ustedes y este perro lo elegiría a él. Mira lo que parecen, un par de perros cochando. No son humanos, son animales. ¿Y sabes amigo?, los perros ya que están calientes no distinguen entre macho y hembra, y seguro que a éste, que es un mañoso, le urge metersela a lo que sea." Luego completó refiriéndose a su chica "Le diría a Negro que te la metiera por infiel, pero éste te está tapando ya el culo, así que sólo queda el culo de este caballero. Negro quiere copular, y puesto que lo respeto más a él que a vosotros dos, lo pondré a tu espalda. Pobre de ti que te lo saques con las manos. Si eres perro deberás ahuyentarlo mostrándole tus dientes de perro furioso, ladrándole, girando la cabeza, mordiéndole si puedes, pero nada de humanidades. Si te portas humano te mataré".

Y así, acercó al jodido perro. Sentí un par de lamidas en el culo, sudaba de miedo. El perro se me colocó a la espalda y me tomó fuertemente de la cintura, raspándome con sus patas, apretándome animalmente. Su verga no se me metía el culo, por fortuna, pero no dejaba de ser humillante mi situación. Con el palo dentro del culo de esta pelirroja mientras soportaba el abrazo de Negro, quien pompeaba como un energúmeno, como un reo que encuentra tirado en el patio de su cárcel un cuerpo de mujer culo arriba. Mi cóccix y vértebras que le seguían sentían la baba de la verga de Negro, que se movía como una lánguida lombriz que golpeteaba sobre mi espalda. Los jadeos del perro y su apretón me estaban poniendo muy nervioso, estaba a punto de pedir la muerte antes que continuar.

El argentino se pasó para delante de la pelirroja y se sacó su verga. La pelirroja comenzó a mamárselo con furia. El tipo dijo "Aquí todos estamos pasándola de maravilla, sólo tu quieres echar a perder todo esto. Más vale que pompees mínimo como Negro te atiende a ti, de lo contrario lo pondré a él a joder a mi mujer, pero en ese caso, al no necesitarte, tendré que matarte.". Pues ahí me tienen, siguiendo el ritmo del perro. Vez que sentía su polla gelatinosa en la espalda era vez que tenía que clavarle la verga en el culo a la pelirroja.

El tipo me dijo que me pusiera de pie sin dejar de apuntarme con el arma. Jaló al perro para que me soltara, claro que en ese procedimiento el animal me lastimó la cintura en fea manera. "Eyacúlale la superficie del culo y el coño a mi mujer. Hazlo." Así lo hice. Mi verga estaba casi verde o morada. Vertí la leche en las partes de la chica, no recuerdo si lo disfruté. "Muévete a la cama" Me ordenó. Puso al perro a espaldas de su mujer sin distraerse de la mamada que le estaban dando. El perro comenzó a lamer mi semen y a

pompear al viento con mucho mayor fuerza. El hombre jaló la cadena y repegó al perro a las caderas de su mujer y ésta con la mano acomodó la salchicha del perro para que se le metiera en el coño. El hombre le daba palmaditas a Negro como si fuera un buen chico. Luego, la voraz mamada rindió sus frutos, el tipo comenzó a venirse sobre el cabello pelirrojo de la muchacha, justo en la parte en que le daba un poco debajo de la nuca, llenándole de leche la parte baja de la nuca. Luego se limpió la polla con el propio cabello y ya que la tuvo limpia se lo dio a oler a Negro. El perro comenzó a morder la nuca de la muchacha y a sujetar en sus mandíbulas el racimo de pelo. Lamer la lefa y morder el cabello lo pusieron más animal de lo que era, con sus patas asió con fuerza casi estranguladora a la chica y sus caderazos llegaban al grado de alzar del piso a la muchacha. Así estuvieron un rato, hasta que el animal empezó a embrutecerse completamente, ahí, el argentino le jaló la correa y lo separó de la chica, quien pasó a tomar el miembro del perro en su mano derecha y con la izquierda apaciguaba algún dolor que el perro comenzaba a sentir en sus testículos. Ignoro si el perro eyaculó o no, pero supongo que dejarlo tan a punto era bastante criminal. El hombre sacó un filete de una bolsa y se lo dio en el hocico. El perro resistió a comérselo. Luego se tranquilizó. Empezaron a reírse los dos.

"Ni una palabra de esto a nadie, pues nadie te creerá semejante pavada. Además, no será halagador que lo cuentes a nadie, sobre todo por el motivo por el que estás aquí. A esta chica tan linda le gustan las bestias, yo la amo pero no soy bestia, así que si quiero sus favores tengo que traer a Negro. Tu eres un animal, para nosotros no eres humano, eres inferior de muchas maneras. De saber que vendrías no hubiéramos cargado a Negro. Tu raza es una ofensa mundial, sólo sirves para esto. Deberían colonizarlos de nuevo." Comentó, luego volteo con su mujer y continuó "Cada día te entiendo menos, te empeñas en caer más bajo cada vez, puta. Que te metas con negro lo comprendo, pero con este imbécil, eso si que no lo imagino. Te dije, es un bruto que solo le falta tener el cuerpo lleno de pelo" La chica dijo despectiva, "Como humano no pasa y como animal le faltan bolas".

El argentino se puso filósofo y dijo, "Los seres humanos también tienen raza como los perros, los hay con pedigree, los hay mezclados. Mira los perros que hay en tu país, el chihuahueño que parece el postre de cualquier otro perro, casi una rata, y el Xoloscuintle, calvo, apestoso a más no poder, sin dientes, hazme el jodido favor, un puto perro sin dientes y sin pelo, todo se da mal en tu tierra, no la merecen"

"Vete" me dijo el argentino, esperó a que me cambiara y al salir, antes de dar un portazo se despidió, "Porque apestas". Regresé a nuestro camarote más intragable que nunca, ahí estaba Jimena, y era como si no estuviera. No hubo más sexo entre nosotros el resto del crucero, pues estaba tan avergonzado de las marcas que Negro me había dejado en la cintura que lo que menos quería era tener disputas por ello o tener que explicarle a Jimena lo ocurrido. Me metí a bañar enseguida ya que hedía a mil cosas a la vez, tenía el cuerpo con sudor de perro, mi cóccix estaba chicloso de lo que fuere que emanaba de la verga del fogoso can, mi boca me sabía amarga y me tallaba la lengua con el cepillo de dientes hasta vomitar la lefa de perro que seguro había probado sin querer. Dije que durante el crucero no había habido más sexo entre Jimena y yo, pero eso no quiere decir que no hubiera sexo, porque sí lo hubo.

Mi estancia en aquel lugar me llenaba de confusión. Estaba ahí por ser una especie de utilizador, una especie de gandalla y abusivo, un pillo cualquiera que le tomaba el pelo al mundo, sin embargo, luego del incidente de Negro la vida fue muy distinta. Parece mentira que los problemas habían empezado luego de que salimos de aguas mexicanas, ahí donde mi nacionalidad ya no valía tres centavos, iba con mi rostro azteca lleno de rencores, unido a una mujer que si bien quería, me representaba la opulencia que también me oprimía en ese instante, mi juventud tampoco era un tesoro ahí. Para colmo, la pareja de argentinos se dedicaron a acosarme, la pelirroja se dedicaba a chocar conmigo y apretarme la verga cuando nadie, excepción de su marido la veía. Ocu

lta al mundo se metía el dedo a la boca y me mostraba cómo me mamaría si me dejara de nuevo, se rascaba el coño o me mostraba los calzones cuando traía. Me siguieron por todas partes. Mal momento en especial fue una vez que estando a lado de Jimena, ella tomando el sol a lado de la piscina, mientras yo vestía una ridícula playera para no dejar ver lo que quedaba de los rasguños, la pelirroja me acercó a Negro, quien me movía la cola animosamente. "¡Qué raro!" le dijo a Jimena "Parece que el perro le tiene estima a su marido, muy raro, le parece familiar". Jimena veía demasiada amenaza a su propiedad privada en el minúsculo bikini de la pelirroja como para hacerle demasiado caso, pero yo me puse especialmente colérico.

Jimena percibió algo, y durante el viaje no dejó de recriminarme que mal nos habíamos casado y ya la quería cambiar por una chica más joven. Yo pensé "¿Por una chica más joven?, Si tu no eres ni chica ni joven". Lo que no pensé es que ella se diera a la tarea de darme celos. Para ello escogió a un muchachito de unos dieciocho años. El chico parecía acompañar a sus aburridos abuelos, y aunque el muchacho era muy pequeño, no se veía que eso fuera sinónimo de inocencia. Un par de veces atrapé a Jimena lanzándole miradas al mozalbete, y él la correspondía en forma torpe. Para darse ella un poco de dignidad, fingía pena al ser atrapada o fingía no ser atrapada, aunque pienso que era voluntario que coqueteara en mi presencia y con un muchacho menor que yo.

¿De qué forma atiendes un fetiche cuando este no se limita a una actitud amatoria sino a una condición de sí?, ¿Cómo le da un alemán un negro a su mujer?, ¿Cómo un viejo le da un joven a su esposa si eso es lo que desea?, ¿Cómo le das a tu esposa judía un luchador de sumo oriental?, ¿Cómo brindarás a tu mujer tres centímetros de verga adicional que pide?, ¿Cómo le das vellos si siempre has sido y serás lampiño?, pues bueno, Jimena se puso en la cabeza que su fantasía era follarse a un muchachito que pudiera ser su nieto. Me lo hizo ver tan descaradamente que no pude sino tomarlo como una afrenta personal. Si ella me tentaba a que lo haría, yo le replicaba que me importaban un comino sus nalgas. Todo fue irracional. Yo deseaba que las marcas del abrazo de Negro se me borraran definitivamente, en ese caso le callaría la boca y el deseo a Jimena con mi verga.

En conclusión, ella decía que le hacía falta brío juvenil, que le gustaría vulnerar una inocencia, que le encantaría violar a un muchachito, cuando lo cierto era que quería que yo me enfadara por ello y luchara por ella, por mi mujer; yo por mi parte le decía que no me importaba si esas eran sus fantasías, que yo estaba ahí para hacer sus sueños realidad, que me daba lo mismo si se atravesaba a un niñato, cuando en realidad me importaba que ella no se entregara a otro hombre, no sólo por un orgullo machista, sino que en realidad no quería que nadie más la tocara. Ella no deseaba al chico, pero jugó a fingir que sí, mientras que a mí no me daba lo mismo que se acostara con otro bajo el pretexto que fuera, pero jugué a fingir que sí. De todo este juego de frases el único beneficiado fue el chico con aspecto de playboy tibetano de dieciocho años.

Un día salí a cubierta a respirar aire fresco, y a lo lejos vi a Jimena junto al chico. Me envolvieron unos celos terribles, ¿Qué le decía?, ¿Cómo lo miraba para dejarle en claro que quería follarselo? De eso era de lo que me encelaba. En el fondo el cuerpo es nada, pero eso, que estuviera ahí ofreciéndose, empinándose con la mirada, eso sí me atormentaba. La función empezó cuando ella me advirtió a lo lejos, sus risas se hicieron más sonoras, sus gestos más expresivos, de rato hasta le tocaba el cabello al chico.

Lo encaminó hasta nuestro camarote. Podría decirse que sólo cumplí mi parte al seguirlos a distancia y llegar un poco tarde, ya que "algo estuviera ocurriendo". Todo era una farsa, y yo por saberlo me convertía en el cornudo que nunca había sido, tal pareciera que para eso me había casado, para que me hicieran cabrón en mi viaje de bodas.

Cuando llegué a mi camarote Jimena tenía en su boca los testículos d

el chico, pues le estaba dando al muchacho una de mis mamadas. Ella puso una cara muy poco creíble de sentirse afligida por haber sido atrapada, pero no cesó de chupar, sólo que ahora me miraba con sus enormes ojos mientras tenía un palo enorme pero delgado en sus fauces. El chico era un cínico, abría los brazos para marcar sus músculos de gimnasio y con sus ojos rasgados puso cara de Kamasutra en acción. Jimena lo mamaba con toda la gula que le había caracterizado y con la técnica que yo le había enseñado.

El chico dijo con un español horrible, "Qué bueno besas el palo", y Jimena le contestó señalándome, "Él me enseñó". El muchacho, que de inocente no tenía nada, sacó a flote su puterío diciendo en un español ya más decente "Su así besar la alumna, cómo besar el maestro".

"Ni lo pienses" aclaré.

El playboy estaba con su verga muy erguida, pero algo tenso de tenerme ahí enfrente. Jimena le dijo que ahora tendría que cogérsela, el muchacho intuyendo cualquier loquera de mi parte le dijo, "No sé si pueda, parecer mucho a mi abuela", y Jimena, con un humor que le desconocía le dijo, "Pues vamos a ver que puedes hacer por el culo de tu abuelita. Esta minga es ideal para que la metas por detrás, es delgada y curva, ya la estoy deseando". Desde luego una mujer nunca es tan parlanchina a la hora de follar, más sin embargo esto era una actuación para humillarme. Jimena se puso en cuatro patas y dejó que el chico se le trepara como un macho mosca para comenzar a aguijonearla. Las frases que Jimena le decía al chico eran muy sugerentes, hay que admitirlo, todas ellas le sacaban partido a la posible trasgresión que el muchacho sentía estar haciendo sobre su propia abuela, "Encula a tu mamá grande, toma mi experiencia, ábreme las nalgas, te encanta follar con abuelita, mmmm". Poco faltó para que me echara a reír.

Yo me sentía parte de una idiotez, y veía en riesgo mi figura de respeto, si es que ésta existía, así que salí de la habitación con seguridad de lo que iba a hacer al regresar. No tardé mucho en volver, cargando en mis manos lo que necesitaba para darle una lección a Jimena y al chico tibetano.

Unos amigos me prestaron un arma y un enorme animal que obedecía al nombre de Negro.

El guión de cómo actuar ya lo había padecido yo en carne propia, por lo que no me fue difícil esbozar una sonrisa casi diabólica cuando el chico, que fue el primero en voltear abría incrédulo los ojos luego de ver mi pistola y el Negro, sin que a mí me quedara duda que el joven temía más al perro que al arma. Negro gruñó y babeó, parecía que el olor de Jimena lo ponía más de punto que el de la chica argentina.

Hice todo el espectáculo de amenazar de muerte al muchacho, de someterlo, su sudor frío me hacía sentir poderoso. Me preguntaba una y mil veces si el tipo argentino había sentido lo mismo que yo cuando me vio enculándome a su mujer y entró para soltar a Negro. Acerqué al perro al culo del oriental y Negro se puso a olisquearle el ano, el joven, sin disimular su nerviosismo, le dijo no sé que tontería en su lengua natal, suponiendo que hubiese sido lenguaje lo que había hecho con la boca. Negro comenzó a lamerle el culo, el chico no pareció muy disgustado, pues cerró sus ojos, mismos que abrió cuando el perro empezó a alternar lamidas con mordiscos, tal como sí del culo del muchacho manara un manantial de pulgas bastante acicalables por los dientes de Negro. El chico de rato ya no encontró tan excitante que Negro le acicalara el ano, el cual estaba ciertamente dilatado, aunque no por una vía amable. El siguiente paso era el abrazo de Negro. Le dije al muchacho que nada más no llorara, porque entonces sí tendría que matarlo. Jimena me desconocía totalmente.

No verifiqué si negro cumplió su objetivo de atravesarse al muchacho, lo que sí, éste puso cara de que lo estaba barrenando. Sin embargo es relativo pensar en tantas cosas, el muchacho pareció excitarse de repente, y Negro también, y ni se diga Jimena. Los tres parecieron correrse en ese singular triángulo.

"Si eres listo no contarás esto a nadie" le dije al muchacho. Una vez se fue no le dije nada a Jimena. Me fui a regresar el perro a su du

eña. Daba risa ver lo dócil que era esta bestia cuando no tenía a nadie empinado enfrente. Este perro sería un verdadero torbellino en algún templo mahometano donde todos deben agacharse tarde que temprano.

El regreso fue más de lo mismo, peleas, sexo no compartido, celos. Yo ya no follé con nadie y Jimena al parecer tampoco. Habíamos subido a aquel crucero y al bajar casi éramos enemigos. Pareció haber una reconciliación que duró cerca de cinco semanas de mucho sexo. Lo bueno de todo era que Jimena había dejado de ser mujer para ser mi puta particular. La hacía como me daba la gana. Y ella obedecía. Luego ella me violaba y eso a mí me gustaba, que me violaran, que me exprimieran la verga pese a mi rechazo, me ponía caliente enloquecerla de esa manera. Pese a todo, estaba harto de ella, del dinero, del sexo, todo me parecía tan burdo.

Un día, y aprovechando que en el pueblito de Todos Santos habría una semana cultural, tomé las llaves de la cabaña que había por ahí, compré una tablita de surf y me ausenté. El chiste era no avisar dónde estaría, que pensara que la había dejado para siempre. Nunca imaginaría que yo estuviera en la cabaña de campo, pues siempre me comportaba demasiado citadino, sin embargo, eso no demostraba otra cosa que lo poco que Jimena me conocía, no sabía que dentro de mí había un instinto salvaje por la tierra y por el mar.

Continuará…

jilo_deiss (arroba) hotmail.com

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Mi primera vez

Hetero, maduras. Un joven de vacaciones en el pueblo de su amigo, se queda solo en casa con la madre de éste, que decide ayudarle a enjabonarse la espalda en la bañera.

Fue un verano, por aquel entonces los veranos eran de tres meses y claro no podías irte a la playa los tres meses, por lo que alternabas, las vacaciones un mes en la playa otro en el pueblo y lo demás lo acoplabas donde podías, uno de mis mejores amigos me invitó a su pueblo a pasar unas semanas, eran las fiestas de la localidad, y como no conocía su pueblo acepté. La familia de mi amigo la componían sus padres, su hermana y él. Los primeros días los pasamos de un lado para otro, como era de esperar con 17 años y sin nada que hacer, además por aquel entonces aprobaba todo. Uno de los días, el padre de mi amigo tenía que ir a echar un vistazo a los olivos que tenía en una finca a unos veinte kilómetros del pueblo, y en los que tenía que trabajar, por lo que decidió que le acompañara mi amigo para que así aprendiera, como yo había hecho ya amistades en el pueblo mi amigo me dijo que me quedara, ya que iban a trabajar durante todo el fin de semana y me iba a aburrir, un poco reticente me quedé, porque aún cuando conocía a sus amigos, no tenía la suficiente confianza, pero aún así me quedé. Pase la mañana jugando al baloncesto con los chico del pueblo, a la hora de la comida llegué a casa y me encontré que estábamos solos la madre de mi amigo y yo, la hermana de él se había ido a comer a casa de una de sus amigas. Por lo que comimos solos, aquella situación me inquietaba un poco, por no decir que me excitaba, ya que la madre de mi amigo a sus 37 años estaba como un tren, por lo que estuve inquieto durante toda la comida, sobre todo por aquel vestido que llevaba para estar por casa, y al cual le faltaban los botones de arriba, era muy abierto por debajo, por lo que cuando se sentaba se le abría mucho, dejando ver aquellas esbeltas piernas llegando casi a entreverse las bragas y aquellos generosos pechos se descubrían en cada movimiento que ella hacía cuando se inclinaba para llevarse a la boca la cuchara con la sopa que había preparado de comida. Después de aquella, caliente comida y después de sudar la gota gorda, no por lo caliente que estaba la comida sino por lo caliente que estaba, decidí darme una ducha para enfriarme un poco. Me metí en el cuarto de baño y me desnudé, cogí agua y me metí en la bañera, de pronto entro la madre de mi amigo que traía las toallas que acaba de lavar por la mañana y que ya estaban secas, de pronto me empezaron a subir los colores y el pablito a ponerse cachondo y firme de nuevo, ella se dio cuenta y se acercó a bañera, como me acaba de meter el agua estaba cristalina y ella podía ver perfectamente la erección que tenía, ¡ mira que vais con prisa se os olvida todo! me dijo, a demás de la toallas te has dejado el jabón, y cogiendo la pastilla de jabón, me dijo que mediera la vuelta, ¡ si eres como mi hijo de vago no te lavas ni la espalda! , como estaba muy avergonzado me di la vuelta dándola la espalda y ella me empezó a frotar la espalda con la pastilla de jabón en la mano, empezó por los hombros para después ir bajando haciendo círculos hacia la parte baja de la espalda, de pronto la pastillas de jabón se cayo al agua, ¡ vaya se a caído la pastilla! exclamó, yo hice por cogerla, pero en seguida dijo ella que la buscaba, así que metió la mano en el agua en busca de la pastilla caída, mientras buscaba la pastilla mi nabo esta más tieso que un palo, y mira por donde lo encontró primero, me lo rozó con la mano y luego me lo agarró, qué es esto, volvió a exclamar mientras me la meneaba, me estaba haciendo una paja y empezaba a perder el sentido, mientras ella no paraba de subir y bajar la mano, incliné la cabeza hacia atrás para dejarla reposar sobre el borde de la bañera , ella comenzó a incrementar cada vez más el ritmo, nuestra miradas se cruzaron por un instante, aquella mirada me excitó aún más, puesto era una mirada de enorme deseo. Cuando estaba apunto de eyacular me dijo que me levantara y me diera la vuelta que ya sabía ella de donde sacar jabón líquido, hice lo que me dijo y al darme la vuelta la cogió y con la punta de la lengua empezó a acariciarme el glande hasta que por fin s

e la metió en la boca, ahora me la estaba mamando, decidí entonces agarrarle sus hermosos pechos y menearlos, dando un tirón, le quité el vestido, quedándose en bragas y sujetador, mientras ella seguían mamándomela, la cogí la cabeza y acompañaba el movimiento de su cabeza con el de mi cadera, me la estaba follando por la boca cuando iba a eyacular se la sacó de la boca y como si de un bote de gel se tratase cogió la polla y mientras salía el semen se pasó la polla entre los pechos y luego por la cara, para luego metérsela de nuevo en la boca para saborear mi semen. Cuando terminó la dije que se levantara que ahora me tocaba a mó llevar la iniciativa, y así lo hizo, agarrándola por el culo la traje hacia a mí, y comencé a pasar mi lengua por sus pechos. Se metió en la bañera e hice que se diera la vuelta, de forma que me diera la espalda y la indique que se agarrara a la barra que había en la bañera para agarrarse, le separé las piernas, empecé a acariciar el culo y poco a poco fui acercando la mano a su coño deslizando uno de mis dedos dentro de su vagina, comencé a frotar frenéticamente y seguí haciéndolo cuando le introduje el segundo, ella dejo escapar un grito, y acto seguido me gritó que la follara, quiero que me metas tu polla, haciendo caso omiso comencé a pellizcarle los pezones y agarrarle las tetas, ella seguía pidiendo que la follara, o que por lo menos la dejara que se masturbará, pero la hice esperar me acerqué a ella polla en ristre y empecé a pasárselo primero por el culo y luego por la raja hasta que mi glande acarició los labios de su vagina, que por aquel entonces estaban muy húmedos, ella dejó escapar un grito de placer al sentir mi glande, pidiéndome por enésima vez que la follara, por lo que poco a poco fui introduciendo mi instrumento en aquella confortable concha, notaba cada centímetro que introducía en ella, su vagina se ajustaba como un guante a mi miembro, era una gozada. Pronto comencé a aumentar el ritmo de mis embestidas, mis testículos golpeaban en su trasero, lo que producían aún más placer, ella no paraba de jadear, mientras se la metía sujetaba sus hermosas tetas y la apretaba, al tiempo que pellizcaba sus duros pezones.

SIGUE, SIGUE, CABRÓN FÓLLAME SOY TODA TUYA… gritaba, podía notar las contracciones de su vagina, le dije que me iba a correr y me dijo que me esperara que seguía teniendo sed, así que se la saqué y se dio la vuelta, agarró la polla y se la metió mientras decía… DISPARA YA CARIÑO DEJA SALIR TU SABROSA LECHE… sin más disparé mi carga al tiempo que ella se relamía saboreándola. Después de esta sesión nos duchamos y nos vestimos pues ella tenía que salir de compras. Ya contaré qué pasó después. Si os a gustado la historia podéis escribirme Masa28 (arroba) mixmail.com

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