Hombres que han ganado atractivo con la edad: el equivalente al Milf

Todo comenzó en el Transantiago

Se lo metí de una, soltó un alarido mientras yo empezaba el mete y saca, era un acto frenético, le pedí que se acostara en un troco derrumbado, subí sus piernas al hombro. Gimió, su pene estaba a full. Se lo agarré y lo empecé a masturbar. Mi bamboleo se volvió más rápido y eyaculé dentro de él, al mismo tiempo que él eyaculaba sobre su vientre.

Todo empezó cuando volvía de regreso a casa. La preparatoria quedaba en el centro de la ciudad y me demoraba casi una hora en llegar a mi casa que estaba en las afueras.

Me subí en la micro (bus) y me senté en el asiento que da al pasillo. La micro se empezó a llenar y en ese momento se sube un tipo de unos 55 años y se para junto a mí. Yo no le tomé importancia, pero en el trayecto me di cuenta que se movía mucho. Él traía una bolsa en la mano derecha y con la otra se afirmaba en el pasamano.

Al principio pensé que era el movimiento de la micro o porque estaba incomodo, pero después me di cuenta de que su pene estaba a la altura de mi hombro y en cada movimiento que la micro daba, él aprovechaba y se apoyaba en mi hombro.

Quedé paralizado y no supe que más hacer. Subí lentamente mi mano a mi hombro y desde ahí empecé a tocarle el pene. Primero empecé con un solo dedo, pero después me anime y se lo tomé con 2,3 la mano completa apoyada en su pene. Él se estremeció, yo le dije que si quería que le llevara la bolsa, me ladeó y acto seguido me agarró el pene.

Mi pene se erectó al contacto. Mientras él me lo apretaba se acercó a mi oído y me dijo:
-¿Donde te bajas? quieres que sigamos?, yo le dije: -En la esquina, vamos.

Nos bajamos y me arrinconó contra una pared mientras me metía la mano al pantalón. Yo lo detuve, y le dije: aquí no, hay mucha luz. Caminamos un poco hasta que encontramos un sitio desolado y oscuro.

Una vez en el, se hincó frente a mi, me desabrochó el pantalón y me bajo el cierre.
Me bajó los bóxers y apreció mi verga parada. Me dijo:

-Tienes una verga muy grande (18 años y 18,5 de largo con 3 de ancho), y acto seguido la engulló.
Fue la sensación más excitante que haya tenido en mi vida, lo chupaba como un experto, lo mordía y se lo tragaba hasta la base, se metía mis huevos adentro y los saboreaba.

Se levantó y le quité la camisa y los pantalones, dejando al descubierto una barriga con pelos y unos calzoncillos de abuelito con un bulto en su interior.

Hicimos el 69 y después me dijo:

-¿Se lo has metido alguna vez a alguien?, yo le dije: -No, pero me encantaría.
Se volteó, se escupió en la mano y se la pasó por el ano. Yo no dudé y se lo metí de una sola vez.

Soltó un alarido, mientras yo empezaba el mete y saca, era un acto frenético. Él se afirmaba de un árbol, mientras yo lo espoloneaba. Me gritaba:

-Si, más, Uhhh, vamos mi niño, Aaaaay, metemelo todito, hasta el fondo, con toda tu fuerza, rompeme el orto, así, dale, más, quiero sentir tu cabecita en mis entrañas…

Le pedí que se acostara en un troco derrumbado y me subí sus piernas al hombro. Gimió. Dijo:

-¡O siiii, esto es lo que quería!, dámelo, dámelo todito, toda tu leche, hazme tuyo, hazme sentir como una mujer, Ooooooooohhhhhh, siiiii, vamos con más fuerzas.

Vi su pene, estaba a full. Se lo agarré y lo empecé a masturbar. Mi bamboleo se volvió más rápido y eyaculé dentro de él, al mismo tiempo que él eyaculaba sobre su vientre y sobre su rostro.

Se pasó la mano sobre el rostro y el vientre, recogiendo los restos de semen y se los llevó a la boca. Después yo saqué mi pene de él, y él puso su mano fuera de su ano y se puso como si fuera a cagar.

Mi semen saltó a su mano desde el ano y se lo llevó a la boca. Se lo tragó y dijo:

-Uuuuuummmmmm que menjunje, déjame limpiarte tu vergota.

Y se metió mi pene semi-flácido a la boca y empezó a mamarlo y a limpiarlo. Fue tanta mi excitación que se me paró de nuevo y eyacule dentro de su boca. Volvió a tragar y me dijo:

-Eres potente, volvámonos a ver.

Y acto seguido me volvió y me lamió el ano. Dijo:

-Si nos volvemos a ver te haré sentir cosas que nunca has sentido.

Espero que les haya gustado, y el resto es para otra historia…

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Varias vergas para mí

La concha me ardía y sentía un conocido desasosiego en todas mis entrañas. Cinco pares de ojos masculinos admiraban mi desnudez mientras cuatro palpitantes vergas esperaban mis manos a falta de otra cosa mejor.

Me costó trabajo perder, pero lo logré: ya bebidos y fumados, los amigos habían estado insistiendo en que el juego de la botella, que el juego del beso, que les enseñáramos las chichis, hasta que Karla dijo:

-Yo diría que sí, pero no quiero perder hoy, con ninguno de ustedes, ¿qué me lo garantizaría? -Lo juraríamos, dijo uno de los chicos. -No te creo, contestó ella-. Me han dicho que la verga parada no entiende razones. -¿Y si los amarramos? sugerí yo, atendiendo una vieja fantasía. -Cámara, dijo Luisa.

Jimena, la cuarta chica, quiso protestar, pero fue rápidamente mayoriteada. Los chicos discutieron un poco, pero al final quedaron los cinco bien amarrados a sendas sillas, cuando les juramos que la perdedora los masturbaría a todos.

Una vez amarrados, nosotras nos sentamos en la mesa y acordamos el juego (un dominó, beis-ball de cuatro, lo que significa que, cada entrada, una de las cuatro descansaría, es decir, que se jugarían 12 entradas en total), y lo que las perdedoras de cada mano debían hacer.

1ª mano perdida: quedarse solo con la blusa y el pantalón.
2ª, fuera blusa.
3ª, fuera pantalón.
4ª, fuera brassier.
5ª, contoneo frente a ellos.
6ª, beso a los cinco.
7ª, fuera panty. 8ª, mostrarnos ante ellos en la posición que cada uno pida.
9ª, si alguien perdía TODAS las entradas, chuparles las vergas en lugar de masturbarlos.

Y todo, en total silencio, salvo el buen rock del estéreo.

-Pero eso, ni sueñen que va a pasar, les dijo Karla.

Una última condición, pedida por Jimena, fue que las no masturbadoras tuvieran que salir de la habitación, para que la perdedora lo hiciera en privado. La idea me gustó y me prometí perder… de hecho, empezó a hacérseme agua la boca… del sexo.

En verdad, ni Luisa, ni Karla, ni yo éramos vírgenes, pero no tenía por que enterarse todo mundo, y menos nuestros calenturientos amigos, los cinco babosos ahí atados… a nuestra disposición, con sus vergas firmemente enhiestas desde antes de que nosotras empezáramos el juego. De Jimena no se nada, porque no era nuestra amiga o, al menos, no como lo éramos las otras tres, inseparables y casi hermanas. Ella estaba ahí casi por accidente y a juzgar por su juego, no estaba muy de acuerdo.
(Juro que me entretendré muy poco en el juego en sí).

Luisa, Karla y yo sabíamos que jugaríamos a perder. Somos muy buenas para el dominó, así que estaría duro. En la primera mano descansó Karla y la ganó Luisa, de modo que Jimena y yo quedamos listas para empezar en serio. La segunda mano, en que descansó Luisa, ganó Jimena, así que me saqué la blusa mientras Karla se quitaba los zapatos. La tercera entrada, en que descansó Jimena, la ganó Karla, y me quedé sin pantalones. Las mirada mostrando sus rosados y bien formados pechos y, una por una, probé las cinco bocas de los chicos.

Los besé con cuidado, sin tocar ninguna otra parte de su cuerpo con el mío. Lamí sus labios, succioné sus lenguas, pasé lamía por su cavidad entera, poniéndoles sus vergas más duras, si es posible, de lo que ya estaban y yo, también si es posible, más caliente aún.

Descansé la octava, que ganó Jimena, única que jugaba para ganar. Karla, alta, delgada, guapísima, bailó ante ellos mientras Luisa se quitaba los pantalones. Cuando Jimena ganó la novena entrada pensé que estaba a punto de lograrlo. Luisa se quitó el bra y mostró sus excepcionales melones, sueño maternal de todos ellos que, no obstante, también miraron con hambre cómo me sacaba las empapadas pantys mostrando mi peluda concha.

La 10ª entrada fue para Karla, así que yo sentía tocar el cielo. Nadie peló que la Jimena se quitara el pantalón porque yo, totalmente en pelotas les mostraba el culo en popa, la panocha abierta, la mano acariciándome, en fin, que yo estaba a punto de turrón, ellos también, y la Karla y la Luisa también un poco moviditas, je, je.

Pero las malditas jugaron juntas contra mi la 11ª ronda, última mía (y que descansaba Jimena), así que gané (es decir, perdí), y Karla besó a los chicos mientras Luisa bailaba ante ellos y yo, disimuladamente, me acariciaba, porque la escena era digna de un Oscar. Durante la última entrada seguí acariciándome, hasta alcanzar un orgasmo silencioso. Por supuesto, ganó Jimena, así que tocó a Luisa besar a los chicos y a Karlita quedar en pelotas, con el coño al aire.

Luisa los besó rápido, porque apenas acabando de hacerlo, dijo:

-Pues ahí están, Erika, todos tuyos.

Era verdad: aunque perdí más manos que ellas, en puntos quedé muy, muy cerca de Karla, pero de todos modos era la perdedora… o ganadora. Mis queridas Karla y Luisa salieron, mirándome con ojos entre malos y divertidos. Creo que las muy putas sabían bien que no me conformaría con masturbarlos.

Yo me acerqué a los cinco chicos y con unas tijeras, rompí, uno a uno, sus calzoncillos.

-No les importa, ¿verdad? les pregunté.

No. No les importaba.

-Se mantiene la prohibición de hablar les recordé.

Empecé por el primero de la izquierda, llamémosle Abraham. Tenía una vergota como de 20 centímetros, blanca, curva, muy peluda en la base, delgada, que acaricié con mis dos manos, sopesé, medí, sentí cómo palpitaba y lo masturbé con cuidado al principio y violentamente después. No podía hacer solo eso.

La concha me ardía y sentía un conocido desasosiego en todas mis entrañas. Cinco pares de ojos masculinos admiraban mi desnudez mientras cuatro palpitantes vergas esperaban mis manos a falta de otra cosa mejor.

Dejé a mi mano izquierda alrededor de la verga de Abraham haciendo movimientos casi mecánicos y llevé la derecha y la atención al segundo chico, Braulio, cuya gruesa y corta verga estaba tan necesitada que se derramó en menos de dos minutos, casi al mismo tiempo que Abraham.

Me limpié las manos con la camisa de uno de ellos y me coloqué entre los tres, pues me acababa de formar un nuevo plan, al calor de sus vergas. Con la mano izquierda empecé a sacudir la de Carlos, el tercer chico; con la derecha, atendí a Ernesto, el quinto; y llevé mis labios a la voluminoso y sonrosado glande de Daniel.

Mientras mis manos trabajaban mecánicamente, mi lengua acariciaba todo el tronco, mis labios sentían la delicada piel.  Me apliqué a la verga de Ernesto, sin saborearla, con prisa creciente, pellizcándole sus tetillas, jalando, jalando, jalando hasta que me volví a llenar de leche. Mucha leche.
Me incorporé, mostrándome enterita, sabrosa y empapada. Los cinco me veían con ojos de borrego y de lobo, al mismo tiempo. Las vergas de Abraham y Braulio estaban paradas otra vez. Había llegado el momento de sentarme, por fin…

-Apenas empezamos –susurré, para su información, pero eso se los contaré otro día.

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Diario de un embaucador (Parte II)

“Alex, ¿nos vamos?”

“Si, vamos. Estoy listo”, dije tomando el bolso que siempre tenía preparado junto a la puerta.

Nos subimos a su vieja camioneta y casi al instante sentí su mano enredándose en mi cabello y empujándome hacia él. De repente nos encontrábamos entrelazados en un caliente beso, su lengua entrando a la mía sin pedir permiso ni perdón. Sus besos siempre eran posesivos, dominantes, pero hoy parecía especialmente enérgico. Recorría el interior de mi boca, como intentando cubrir cada rincón. Sostenía mi rostro con una mano y me presionaba contra sus labios con la otra.

“¿A qué vino eso?”, dije sin aliento una vez me hubo soltado.

“No lo sé”, respondió Franco. “Estás… muy buenorro hoy.”

Reprimí una sonrisa y le dije que conduciera. Era evidente que aún despedía hormonas después de la intensa sesión que había tenido la noche anterior. Por supuesto que Franco jamás sospecharía nada, era muy inocente, muy ingenuo. A veces me preguntaba si lo que le hacía no era alguna especie de abuso. Después de todo, me aprovechaba de nuestra relación para conseguir placer traicionándola. El hecho de que él fuera demasiado noble para siquiera sospechar debería haber despertado algún sentimiento de culpabilidad en mí… pero no lo hacía.

“¿Vendrás conmigo a la cena esta noche?” Preguntó esperanzado. Debía ser como la décima vez esa semana que lo mencionaba. Siempre recibía la misma respuesta.

“Sabes que no me gustan las cenas familiares, no es lo mío.”

“Si, pero es una ocasión especial, es el cumpleaños de mi hermana. Ella apreciaría mucho que estuvieras allí.”

“Claro que lo apreciaría”, dije con una sonrisa irónica. “Sabes que está loca por comerme el rabo.”

Franco no dijo nada, no le agradaba que hablara así de su hermana, era comprensible. Pero al mismo tiempo no podía negar que lo que había dicho era totalmente cierto. Mariana se lanzaba a mis brazos cada vez que me veía. Si los ojos hablaran, los suyos dirían “quiero abrirme para ti día y noche”.

“Alex, por favor. Hazlo por mí, solo esta vez. Prometo estar en deuda contigo”, su mano se deslizó por el interior de mi muslo, reforzando su punto.

“Está bien, solo esta vez. Y me debes una. Sabes que tu familia me detesta”.

“Solo… les cuesta un poco aceptar lo nuestro”.

“¿Quieres decir que tu madre piensa que te he echado alguna brujería para volverte gay y tu padre piensa que eres un maldito maricón con pluma porque me la metes hasta el fondo?”

Franco hizo una mueca de disgusto.

“Sabes a lo que me refiero”.

Claro que lo sabía, Cualquiera lo sabría tan solo con entrar cinco minutos a la casa de esa familia de chiflados. Había cruces en todas las paredes y biblias y estatuas de santos en cada mesa. Eran un montón fanáticos religiosos que pensaban que porque dos hombres follaran, el mundo se acabaría en cualquier momento. Chiflados.

Pero una sonrisa cómplice se dibujaba en mi rostro mientras estacionaba la camioneta. Su mano en mi muslo me había dado una excelente idea que haría aquella noche mucho más llevadera.

El entrenamiento duró un par de horas. Nada fuera de lo común. El entrenador nos gritaba órdenes, nosotros las cumplíamos. Corríamos alrededor del campo, hacíamos un par de ejercicios, practicábamos penales. Los chicos me miraban el culo, yo les miraba el paquete. Lo normal.

Una vez terminada la práctica nos dirigimos a las taquillas para ducharnos. Era un deleite ver tantos cuerpos trabajados, sudados y desnudos. Disfrutaba de esos momentos más que de cualquier otro. No por ver a mis compañeros, sino porque ellos me veían a mi. Una sonrisa de soberbia se dibujaba en mi rostro cada vez que uno de ellos se apresuraba a las duchas intentando ocultar lo morcillonas que se les ponían las pollas al verme.

Pero mi relación con Franco era pública y, puesto que él era el capitán bonachón del equipo, nadie se atrevía a echar más que miradas furtivas al premio del capitán.

“Oye, debo irme temprano. Aún no he comprado el regalo de Mariana. ¿Te recojo a las siete?” Franco se había apresurado a llegar primero y ya se había duchado mientras yo apenas me estaba quitando la camiseta.

“Está bien”, respondí. Depositó un casto beso en mis labios antes de desaparecer a toda velocidad.

Aproveché y tomé mi tiempo para desvestirme lentamente, sabiendo que hoy los demás tendrían más libertad para llenarse de material de pajas.

“Hey, ¿Alex?” dijo una voz detrás de mi una vez me hube desvestido por completo. Me di vuelta para encontrarme cara a cara con David. Un chico apenas más bajo que yo y con un cuerpo tremendo. Se pasaba la mano por el cabello castaño en un gesto nervioso. Sonreí. Era gracioso ver a David tan nervioso, normalmente era muy simpático y suelto para hablar con todos. Sus ojos no paraban de bajar hacia mi paquete. “Emm, ¿podría pedirte un favor?”

Arqueé una ceja a modo de pregunta, aún entretenido con la incomodidad del chico.

“Dime, lo que sea”, saqué a relucir mi mejor sonrisa.

“Me dijeron que eres bueno en química. Necesito aprobar el próximo examen, ¿podrías echarme una mano con unas tutorías?”

Me tomé unos momentos para escanear al chico por completo, haciendo una pausa significativa en su paquete; como insinuando que conocía cuál era el verdadero objetivo de esas “tutorías”. Finalmente decidí que no podía negarme a probar aquel trago.

“Claro, por supuesto, ¿te parece mañana en la tarde en mi departamento?”

Su rostro se iluminó.

“Si, allí estaré. Te doy mi número para quedar mejor”.

Intercambiamos números de teléfono y casi en seguida una voz potente se alzó detrás de mí:

“¡Alex! Te necesito más tarde en mi oficina… con el uniforme”. El entrenador tenía una mirada lasciva en los ojos. Había llegado la hora de pagar mi mensualidad en el equipo. Asentí levemente y me dirigí a las duchas.

Tardé un poco más de lo necesario, esperando a que el resto de los chicos terminaran y se fueran. Cuando no escuché a nadie más, me envolví en una toalla y me dirigí hacia mi bolso. Volví a vestirme con el uniforme del equipo, aunque esta vez no usé ropa interior.

El entrenador me esperaba sentado detrás del escritorio en su enorme silla. No podía tener más de treinta y se mantenía en muy buen estado.

“¿Entrenador?”

“Pasa Alex”, dijo poniéndose rápidamente de pie y cerrando la puerta de la oficina detrás de mí. No eran más que meras formalidades, ambos sabíamos para qué estaba ahí. Un bulto considerable se adivinaba ya en sus pantalones de gimnasia.

Unos meses atrás, cuando me había propuesto tener a Franco, había necesitado un poco de “poder de convencimiento” para que el entrenador me dejara entrar al equipo. Era una tontería, con mi estado físico podría haber entrado haciendo cualquier simple prueba de admisión. Pero, por supuesto, un tipo casado no perdería la oportunidad de probar un culo como el mío, que se le presentaba con una necesidad urgente de hacer lo que sea para entrar al equipo. Desde entonces había tenido que empezar a pagar derecho de piso. Una o dos veces al mes, el entrenador me pediría que me quedara luego del entrenamiento y cumpliera con el pago.

Cerró la puerta y casi al instante sentí sus manos dirigiéndose a mi bulto, se metieron por debajo del short y comenzaron a masajearme la polla, los huevos. Podía sentir su erección apretándose contra mi culo a través de las finas telas que llevábamos encima. Pasó su pulgar por mi glande y no pude evitar soltar un gemido de placer, comenzó a desparramar precum por toda mi polla, masajeando cada vez más rápido.

Pero antes de que pudiera llevarme al climax, se detuvo, me empujó hacia su escritorio y barrió con un brazo carpetas, portarretratos y trofeos. Me dio la media vuelta de modo que quedara viéndolo de frente y me lanzó una mirada lasciva antes de empujarme para acostarme de espaldas en el escritorio. Arrancó mis shorts de un tirón pero me dejó el calzado y la camiseta. Era uno de sus fetiches, ya me había aprendido todas sus manías luego de unas cuantas sesiones, no era muy original. No le interesaban las felaciones ni los juegos, solo “coger un agujerito bien apretado”, en sus propias palabras.

Sacó rápidamente lubricante y condones del cajón, se sacó la polla (de unos dieciocho centímetros), se volcó algo de crema en una mano y comenzó a masajear mi ano. Lo hacía apresurado, sin preocuparle demasiado si estaba preparado o no para recibir sus dedos. Casi en seguida metió dos sin miramientos. dejé escapar un quejido mientras los retiraba y volvía a empujar. Sin esperar demasiado metió un tercero y comenzó a estirarme. Agradecí haber pasado la noche anterior en compañía, ahora estaba un poco más flojo, era más fácil para mi agujero abrirse y estirarse para dar paso a la polla lubricada que ya se apoyaba en mi entrada.

Siempre dolía como los mil demonios, mis gemidos solían ser en su mayoría más de dolor que de placer. El entrenador no tenía ninguna consideración con su gruesa polla. Entraba y salía a un ritmo bestial, sosteniendo mis piernas sobre sus hombros. Esta vez al menos alcancé a disfrutar un poco, ya había sido abierto, de manera que las embestidas no fueron tan brutales. El entrenador se corrió con un par de gruñidos guturales y prosiguió a la siguiente parte de la rutina.

Me pajeaba con torpeza, con su pene aún dentro mío. Mientras tanto yo pensaba en lo que le haría al cuerpo de David al otro día y me corría al cabo de unos segundos. Un par de disparos alcanzaron mi barbilla y el resto se derramó en mi abdomen. Había tomado la precaución de levantarme la camiseta, pero aún así la había salpicado. El entrenador lamió todo rastro de semen de mi abdomen y barbilla, haciéndome cosquillas con la barba. Lo saboreó como el manjar que era; salió de dentro mío, se quitó el condón, lo anudó y lo tiró antes de decir:

“Muy bien Alex, supongo que te has ganado un par de semanas más en el equipo”.

“Gracias, entrenador”, dije con altanería antes de tomar mis shorts y salir a las taquillas para cambiarme y dirigirme a casa a darme otra ducha.

Pensé en todo el sexo que había tenido en tan solo unas cuantas horas y todo lo que aún faltaba… y sonreí.

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Parte 2 lista, a medida que avance la historia, iré introduciendo nuevos personajes y la trama se irá engrosando. Saludos!

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Regalo del día del padre

Hace tiempo empecé una relación incestuosa con mi hija de 20 años hace poco, hacíamos el amor siempre que mi esposa se iba de viajes, últimamente ella no se iba de viaje lo que hacía que no pudiéramos hacer uno de nuestros encuentros.

El jueves 19 cuando llegué a mi despacho me encontré un sobre cerrado con mi nombre, era la letra de mi hija, había una tarjeta con un mensaje  “Ven a casa a comer”,

Llegué a casa a eso de las 14:00 y aparqué dentro del garaje. Entré en la casa sin hacer ruido, escuché ruido dentro y sigilosamente fui caminando por la casa, escuché una voz que provenía de la habitación de mi hija, el corazón me iba a estallar de los nervios y más cuando vi la puerta entre abierta, alguien estaba hablando con otra persona, una de ella era Beatriz porque escuchaba su voz, la otra no la oía bien desde mi posición. Cuando llegué a la puerta me paré dentro me encontré a Beatriz acompañada por Jessica ambas  tumbadas en la cama, Beatriz me miró pero no  dijo nada,

  • Vengas no seas tonta, estamos solas.
  • Venga vale.-  Jessica dijo de forma pausada se estiró y besó en los labios a Beatriz.

Ambas amigas se estaban besando mientras yo estaba en la puerta de la habitación mirando.

Dejaron de besarse y Beatriz empezó desnudar a Jessica, la cual no hacía ningún gesto estaba como adormecida. Beatriz empezó a desabrochar la camisa del uniforme del cole mientras que Jessica estaba dormida. Mi polla estaba empezando a creer bajo mi pantalón. Beatriz había conseguido dejar a Jessica únicamente con sus bragas blancas y su sujetador de rosa, se levantó de la cama, Jessica estaba dormida y Beatriz me hizo un ademán con la mano. Me acerqué a Beatriz y empecé a comerle la boca mientras que ella con sus manos cogía mi polla y abrió mi bragueta. Introdujo sus manos dentro de mi pantalón y acarició mi polla de arriba a abajo, yo me quité la camisa y la tiré y luego bajé mis pantalones, Beatriz sacó mi polla de mis calzoncillos y se arrodilló comenzando a mamarme la la polla como solamente ella sabía hacerlo mientras yo observaba a Jessica en la cama de mi hija en ropa interior, en pocas mamadas mi polla estaba erecta,  Beatriz dejo de comerme la polla, mirando a los ojos y me dijo

“ Feliz día del  Padre, Papito” y con la mano me señaló a Jessica, me acerqué a Jessica y le quite las bragas observando su coñito virgen delante de mis ojos, el estado de Jessica era de semi inconsciencia, parecía un síntoma de la escopolamina, yo estaba encantado,  mi hija había drogado a su amiga, para regalarme un polvo, era el mejor regalo del día del padre que podía hacerme. Empecé a lamer el coño de Jessica la cual gemía del placer ante los lengüetazos de mi lengua, Beatriz se había desnudado entera y se había tumbado junto a su amiga y le estaba besando por el cuello, mejilla y luego boca. Estuve un largo rato comiéndole el coño, mi hija le comía la boca a su amiga. Me quité la ropa quedándo me  totalmente, luego me subía a la cama, abriendo las piernas a Jessica y colocando mi polla en la entrada de su coñito, Beatriz me miraba y disfrutaba del espectáculo de ver como mi polla empezaba a penetrar a su amiga desapareciendo dentro de su coñito, Jessica gemía de placer aún atontada por la droga. Empecé a aumentar el ritmo y Jessica gemía más fuerte mientras que Beatriz le había abierto el sujetador rosa y había hecho que sus pechos botaban al ritmo de mi embestidas. Beatriz empezó a acariciar y lamer los pechos de su amiga cosa que me volvió más loco y con un mano cogí un pecho de Jessica y con la otra la cara de mi hija para besarla mientras me follaba a su amiga con mi polla totalmente humedecida por los flujos de Jessica.

–    ¿ te gusta tu regalo papi?- me dijo Beatriz.

–    Me encanta hija mía.- le respondí.

Diciendo esto saqué la polla del coño de Jessica y me corrí sobre su cuerpo, Beatriz mi hija no desperdició ni un momento y empezó a lamer todo mi semen que había caído sobre el cuerpo de su amiga. Lamiendo los pechos, la barriga y todo lo que había caído en su coño. Tras la comida me miró a la cara y luego a mi polla que aún le salían pequeñas gotas de semen y se la metió en su boca para dejarla limpita de líquido blanco mi hija y yo nos fuimos al baño dejando a Jessica medio dormida en la cama de Beatriz.

En la bañera estuve chupando los pechos, los dulces pechos a mi hija y comiéndole su coñito, esperando a que mi polla volviera a llenarse de sangre para poder penetrar a mi hija, Tras un rato mi polla volvió a la envergadura de antes, cogía a mi hija por una pierna metiendole la polla dentro de su coñito mientras la besaba en su boquita de piñón, ella se agarró con los brazos a mi cuello y dando un salto le pude coger la otra pierna la apoyé contra la mampara de la ducha y empecé a darle fuertes embestidas, ella gritaba y gritaba, si los vecinos si no estuvieran trabajando a esa hora seguro que llamaban a la policía de los gritos que estaba dando. Nos corrimos con un gran orgamos

acabamos rendidos nos tumbamos en la bañera y dejamos correr el agua mientras que nos besabamos el uno al otro. cuando el agua cubrió hasta nuestros pechos nos cerramos el grifo, en ese momento se abrió la puerta, ambos nos quedamos helados podría ser su madre, mi esposa… pero era Jessica que llegaba desnuda tocándose con un dedo el coño, había estado todo el tiempo mirándonos por la raja de la puerta.

–    Puedo bañarme contigo “ Papito” – dijo mientras que se acercaba a nosotros y me plantaba un beso en la boca a mí y otro a Beatriz.

–    Claro-  Beatriz se puso a mi derecha y Jessica se colocó a mi izquierda y los tres nos besamos y disfrutamos del baño

–    Que suerte tengo de tener dos jovencitas en la bañera para mí – les dije.

Ellas se miraron y sonrieron

Tuve muchos encuentros con ellas dos, con  Jessica y Beatriz pero eso es otra historia.

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El nuevo trabajo de mi mujer III (El Ascenso 2ª Parte)

Después de Lamer directamente del suelo la corrida de Silvia, llevó a mi mujer al cuarto de baño. Silvia la secó, la limpio bien. Cogió la cadena de los pezones y la llevo al salón, se sentó en un sillón y le ordeno que se tumbara en el suelo, “Ábrete bien de piernas zorra”, se abrió lo que pudo mostrando su mojado coño,

– “Así me gusta, empapada, estas cachondisima cerda, vas a saber lo que es disfrutar”.

El tono autoritario y la humillación verbal a la que estaba siendo sometida la hacían estar más que excitada si cabe. Mi mujer notó como un hilillo de flujo le resbalaba entre las piernas, se estaba volviendo loca por que le comieran el coño o le metieran un buen rabo, estaba desesperada cuando Silvia le dijo, “lo estas haciendo muy bien esclava, como premio voy a dejar que te toques, hazte una paja para mí”, en cuanto escuchó la orden, mi mujer se llevo las mano al coño y empezó a masajearse el clítoris. Con dos dedos bajaba por su raja notando la humedad y volvía al clítoris con los dedos empapados de flujos y continuaba con el masaje, ahora con los dedos húmedos y calientes la sensación era tal, que estaba a punto de correrse. Cerró los ojos dejándose llevar por el orgasmo inminente cuando notó algo caliente y húmedo sobre su clítoris, abrió los ojos y vio a Silvia arrodillada entre sus piernas, con su experimentada lengua la estaba llevando al séptimo cielo, excitada se abrió los labios con las dos manos, separó aún mas las piernas mostrándole su clítoris duro y excitado como una pequeña polla

– “Cómetelo hija de puta!!!!, sorbe asiiii!!!!, siiii!!!!siiii!!! Aaaahhhhhhh!” .

Estalló en un orgasmo que empapo la boca, los labios y la barbilla de Silvia, que levanto la cabeza relamiéndose y limpiándose la boca con la mano, con sus dedos, recogió restos de flujo de la comisura de los labios y se los llevo a la boca

– “que rico, vamos date la vuelta ofréceme el culo”.

Todavía sin haberse repuesto del orgasmo, mi mujer se dio la vuelta, y se puso a cuatro patas,

– “abre las piernas, baja la cabeza y ábrete el culo con las manos quiero ver como tienes el ojete” mi mujer obedeció sin rechistar, expuesta, con su culo abierto, sin pudor, esperando caña. Silvia se arrodillo, le escupió en el culo y empezó lamerlo, primero alrededor del agujero, luego largos lametazos del coño al culo, cuando estaba todo bien lubricado metió su lengua en el ojete, la puso dura y empezó a penetrar el agujero que poco a poco se iba dilatando lo suficiente para que la lengua entrara sin esfuerzo, Silvia metió un dedo, primero la punta, fue moviéndolo circularmente hasta que entró hasta el fondo, empezó a masajearle el clítoris, el culo iba amoldándose al dedo cuando Silvia metió otro, primero con un poco de resistencia, pero enseguida entró. Silvia empezó a meter y secar los dos dedos del culo, una y otra vez hasta que empezaron entrar sin esfuerzo, mientras con la otra mano la acariciaba el clítoris y la palma de su mano frotaba la raja arriba y abajo. Mi mujer estaba en el cielo, necesitaba una polla que la reventara, si lengua buscaba algo que lamer y empezaba a mover su culo introduciendo mas al fondo los dedos de Silvia, de repente Silvia paró. Se levantó.“no por favor, no me dejes así Ama, follame” dijo mi mujer moviendo todavía su culo. Silvia salió de la habitación y volvió al poco tiempo, llevaba en su mano dos consoladores, uno era un vibrador negro, el otro era una gran polla de color rojo, Silvia se puso un arnés en la cintura a modo de tanga, con un agujero en la parte delantera donde coloco la polla roja.

Mi mujer estaba salivando solo de verlo.

– “Vamos que te vas a comer este rabo, lubrícalo, que te va ha reventar el culo” mí mujer se lanzo a chupar esa polla de látex con ansia, mojándola y humedeciéndola restregando su lengua arriba y abajo como una golfa desesperada. Silvia cogió el vibrador negro le coloco la punta en el clítoris y encendió el sistema. Las vibraciones pusieron a mi mujer a mil, cuando estaba a punto de correrse, Silvia volvió a parar.

Mi mujer no aguantaba más, la suplico que la follase y Silvia le dijo, “ponte delante de mi, a cuatro patas, con el culo bien en pompa, quiero que te masturbes para mí, métete dos dedos en coño y uno en el Culo y empieza a moverte puta” mi mujer obedeció, se metió los dos dedos en el empapado coño, flujos le caían por la mano y chorreaban en el suelo, la otra mano alcanzo su culo y se metió un dedo, y empezó a moverse, como una puta, sin ningún ápice de vergüenza, estaba totalmente emputecida, de repente Silvia metió en vibrador negro en su coño, lo puso a su máxima potencia, y mi mujer empezó a moverse, a introducir hasta el fondo el vibrador, en eso estaba concentrada cuando notó la punta de la polla de Silvia en el culo, solo en la entrada, sintió su dureza.

Silvia empezó a empujar, muy lentamente, el culo de mi mujer se iba tragando esa polla, primero la punta, solo el capullo, Silvia empezó a mover su polla, metiendo y sacando el capullo muy lentamente, luego empezó a introducir la polla, poco a poco hasta meterla entera, mi mujer sentía una mezcla de dolor y placer que la hacia emputecerse todavía mas, Silvia empezó a sacar la polla, hasta el capullo y volviéndola a meter, el culo de mi mujer estaba ya totalmente dilatado y la polla entraba y salía cada vez con menos dificultad, hasta que empezó a salir y entrar sin ninguna resistencia, momento en que Silvia empezó a bombear subiendo el ritmo, hasta el fondo y afuera, cada vez mas rápido dándola caña, empezó a darle cachetes en el culo, “vamos puta, mueve ese culo” mi mujer estaba en éxtasis, empezó a moverse al compás de las embestidas de Silvia, los dos agujeros repletos, el coño totalmente encharcado con el Vibrador metido hasta el fondo a su máxima potencia y una buena polla reventándole el culo, solo le faltaba llenarse la boca y ahora mismo daría lo que fuera por comerse una buena polla, Silvia pareció leerle el pensamiento y la oyó decir

– “este es Jean Claude, es tu verdadero jefe, el que esta por encima de mi”

Mi mujer alzo la vista y vio ante si un hombre de unos 50 años, atractivo, con el pelo blanco de media melena peinada para atrás y barba de cuatro días, estaba con la camisa abierta y su torso desnudo, con tal erección que sus calzoncillos apenas podían contenerla y anunciaban una tremenda polla que hizo que se le cayera la baba y empezara a salivar.

Bajó el calzón y apareció una enorme polla rodeada de bello blanco, con sus vena marcadas y su capullo brillante asomando, coronado por una gota de liquido preseminal en la punta y unos enormes huevos que anunciaban una gran cantidad de semen, parecía un toro,

– “me disculparas cariño, pero llevo observando toda la sesión desde la habitación contigua y no he podido evitar empezar yo solito, pero no quería acabar y creo que mereces ser tu la que termine”.

Mi mujer intentó meterse la polla en la boca, pero apenas le daba para cubrir el capullo, bajó el pellejo hasta abajo y empezó a lamer la punta, por la parte del frenillo, se metió el capullo y empezó a chupar, mientras Silvia, excitada con la escena, aceleró aún más el ritmo, dándola palmadas en el culo.

Mi mujer no aguantaba más y justo cuando su cuerpo se abandono en un brutal orgasmo, Jean Claude exploto en su boca, trago todo lo que pudo, pero era tal la cantidad de semen que se le derramaba por la boca y le corría hasta los pechos, Jean Claude saco la polla pero aún tenia un par de latigazos que llenaron de semen su cara y su pelo.

Se quedo extasiada en el suelo, su cabeza descansaba en un charco de Semen, con Silvia jadeante detrás de ella y Jean Claude delante, de rodillas mirando al cielo, después de un momento en que todos parecieron empezar a recuperarse,

Jean Claude la miro, miro a Silvia y dijo,

– “el puesto es suyo ¿no, Silvia?”, por supuesto, “considérate Ascendida”

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