¿Es ella? No, no puede ser, seguro que no... ¿O sí?
Y es que se parecía demasiado a la chica de las noticias deportivas, demasiado para ser verdad.
—¿Desea tomar algo? —me dijo la azafata.
A ti. Te quiero tomar a ti, pensé, aunque no dije nada. Solo sonreí. Como un idiota. Ella me devolvió la sonrisa. No traía nada, ninguna bandeja, ningún carrito con bebidas o aperitivos, y sin embargo me ofrecía tanto con ese uniforme ceñido que dibujaba a la perfección las curvas de su cuerpo.
—Errr... Pues... No... No sé..., no, de momento no, creo... —el portátil me temblaba entre las piernas, pero con el movimiento del avión creo que no se notó.
Sus ojos, cristalinos como aguas paradisíacas, seguían sobre mí, invitándome a sumergirme en ellos.
—¿Que crees que no, o que sí?
Ya me tuteaba. Me sonreía con unos labios tan rojos como la sangre que bombeaba en mi entrepierna. Y su sonrisa no era la que venía con el carné de azafata de vuelos. Lo supe por cómo enarcaba la ceja, por cómo me miraba y ...
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