La verdad es que Betty ya me tiene harto. Bueno, más que harto, me tiene frustrado rozando la desesperación. Betty es mi mujer, llevamos diez años casados y, últimamente, cuando hacemos el amor, se comporta como si fuera una virgen forzada contra su voluntad. No lo entiendo, ella no era virgen, ni mucho menos.
Nos casamos, después de dos años de noviazgo, cuando ella tenía veinticuatro y yo treinta años. Betty había tenido varios novios y, desde que tenia dieciocho años, se había acostado con un buen numero de voluntarios, así que no venia al matrimonio siendo precisamente una ignorante en materias sexuales. Betty sin ser una gran belleza es muy resultona; es alta, como su madre, morena como su padre, de ojos castaños, nariz fina y labios sensuales. No es que tenga pechos como la Moria, pero tampoco esta plana ni mucho menos, fina cintura, buen trasero y piernas bonitas de fino tobillo, como su madre.
Los primeros años de casados fueron bien, sin ningún exceso sexual, pero sin mayores problemas. Lo único que noté era ...
leer más