Donde el centro de la historia eres tu: los demás te dan lo tuyo solo a ti

Míriam haciendo de masajista

Míriam tenía un amigo que era el capitán de un equipo de fútbol sala. Ella había hecho unos cursillos de quiromasaje y entonces la propuso ser la masajista del equipo. Ella aceptó de buen grado y el sábado siguiente se presentó en el pabellón donde iban a jugar el partido. Vestía una camiseta de manga corta bastante ajustadita que la marcaba los pezones y luego un pantaloncito corto y unas deportivas blancas.

Llevaba en un pequeño maletín algún aceite para masajes, linimento y otra serie de cosas para hacer su labor. El partido era a las ocho de la tarde y uno de los jugadores de su equipo llevaba las llaves del pabellón así que iban a tener tiempo para recibir los masajes de las manos de Míriam. Se metieron en los vestuarios y mientras ella se puso a colocar todas sus cosas al lado de la camilla y en un vestuario contiguo al de los jugadores.

El partido transcurrió normalmente, solo tuvo que asistir a uno de los jugadores que tuvo un encontronazo y recibió un golpe en el muslo. Ella le aplicó un poco de linimento en la zona y le empezó a dar un masaje suave con la mano la subió por el muslo y sin darse cuenta le tocó la polla que estaba relajada, pero ante el toquecito inesperado se despertó. Acabó el partido y fueron al vestuario, ella al suyo, pero vino el capitán con otro chico y la dijeron que mejor les daba los masajes en el vestuario que llevarían allí la camilla.

Ella intuyó la jugada, pero en lugar de avergonzarse o enfadarse se excitó y notó como sus braguitas se empezaban a mojar. Entró en el vestuario y pudo ver a diez chicos completamente desnudos que iban a entrar en la ducha.

Ya tenemos aquí a la masajista, ¿por qué no te duchas con nosotros y nos das otro tipo de masajes?—- dijo uno de ellos con una polla bastante grandecita y erecta.

Míriam no tuvo tiempo a protestar cuando uno de ellos se puso a su espalda apretándose contra su culo con su polla y quitándola la camiseta y liberando los pechos para luego quitarla el pantaloncito corto mientras otro la descalzaba. Ya estaba completamente desnuda y en mitad del vestuario. La rodearon los diez chicos haciendo un círculo y la miraba con cara de deseo.

Míriam tenía el pelo largo ondulado de color caoba, ojos marrones, labios sensuales, pechos pequeños con los pezones color café claro y de tamaño normal, culo redondo y respingón de los que están diciendo follame. Y un coño con el pubis completamente rasurado, ella se arrodilló y mientras comía una polla masturbaba dos, una con cada mano, mientras les llegaba el turno ellos se la iban acariciando manteniéndolas erectas.

Fue dándose prisa dedicando poco tiempo a cada una e intentando que con sus mamadas se corrieran todos al unísono sobre e culo parándose en el agujerito del ano y dedicándole un delicado masaje que hizo que ella relajase el esfínter y él la metió un dedo fallándola con él.

El del frente la follaba y el de su espalda con un dedo también el culo, luego la fue metiendo dos dedos y tres hasta que la polla se abrió paso y la comenzó a follar con ella. La jodían con vigor hasta que los dos sintieron venirse en un gran chorro de semen llenándole los dos agujeros.

Como eran tantos entonces decidieron que se tumbara en el suelo uno de ellos escogieron al tío con más polla y a ella la ensartaron sobre semejante falo comenzando a cabalgar al chico y otro se situó a su espalda clavándosela en el ano de un golpe ya que estaba dilatada. Un tercer chico se acercó y ella agarró la verga y la daba lametones desde la base hasta el capullo para luego sorber el agujerito, el joven se estremecía ante las habilidades orales de ella, con la mano cuando tuvo la polla en la boca cogió dos penes y los fue masturbando. Otros dos chicos la sobaban y se fueron turnando todos en todas las posturas hasta que se corrieron todos, los muslos de Míriam rezumaban semen limpiándoselo todo.

Estaba completamente entumecida por las acometidas de los futbolistas cuando la llevaron a la camilla, la ataron los brazos a los lados y la abrieron las piernas por completo colocando su coño al borde de la camilla para tener mejor acceso a su agujero.

La iban a penetrar, pero decidieron cambiarla de postura y la colocaron de pie con las tetas sobre la camilla y las manos sueltas.

La iban follando el coño lentamente con penetraciones profundas mientras ella con la boca y las manos ponía tiesas las vergas de los tres siguientes amantes. La iban follando lentamente para ir elevando el ritmo paulatinamente hasta que ella llegaba hasta el abismo de su orgasmo, entonces ellos bajaban la intensidad para alargar el orgasmo de ella aunque los períodos de ella cada vez se reducían más hasta que el primero la folló ya tan fuerte que Míriam se corrió entre fuertes gemidos y aprovechaba su amante para clavársela en el culo y follarla hasta eyacular llenándola el ano de leche.

Así pasaron todos hasta que le dejaron el turno al árbitro, habían ido a llamarle, cuando entró, comprendió porque le llamaban mandingo, era un amigo de sus colegas y la verdad es que iba muy bien armado. Se desnudó y ella se la tuvo que lamer hasta que la tuvo completamente dura, le lamía los huevos metiéndoselos en la boca y con la mano le acariciaba la polla de arriba abajo en una suave y delicada paja.

Él cogió la polla que ya estaba completamente dura y se la puso en la entrada del coño y lentamente se la iba metiendo, mientras ella primero chillaba de dolor hasta que estuvo completamente rellena de verga, el tío comenzó a bombear dentro de ella arrancando los jadeos más salvajes de toda la tarde de la chica, Míriam estaba en un orgasmo continuo, ella sabía que era multiorgásmica, pero no sospechaba que era tanto, estaba como en una semi inconsciencia por el placer cuando sintió que el dueño de semejante falo se lo quería meter en el ano y antes de que ella pudiera protestar ya tenía la mitad de ese cilindro de carne en el ano y comenzó a follarla el culo.

Parecía que la iba a partir por la mitad mientras veía como todos los chicos estaban masturbándose, notó como el tío que la tenía petado el ano no le quedaba mucho para eyacular ya que su polla se contraía y empezó a sentir como la llenaba de leche parecía interminable, cuando se la sacó sintió un gran frío en el recto y las piernas casi no la respondían al ponerla de pie.

Me gusta / No me gusta

Necesidad de sexo constante

Me llamo Bermúdez. Supongo que muchos de los hombres que lean esta historia pensarán que soy un hombre afortunado. Explicaré por qué. Me puedo correr casi todas las veces que quiera. Una detrás de otra. Bueno tengo un límite. Pero he podido llegar a eyacular unas 10 veces seguidas.

He tenido suerte porque mi vida siempre ha sido muy estable. Sin graves problemas familiares ni económicos. Desde joven y conociendo esta virtud mía me he dedicado a hacer deporte para tener un buen cuerpo y atraer a las chicas. A pesar de todo he tenido que ir a un psicólogo puesto que la necesidad lógicamente de follar es tremenda y como comprenderéis no siempre es posible. Así que mis masturbaciones son constantes. A veces y sobre todo cuando era adolescente tenía que hacerme una paja cada hora. Además luego está la gente y sus comentarios. A veces voy por la calle y me reconocen y dicen: No es aquel que va por allí el hombre ninfómano. Y eso me traumatiza.

Aún así también he de reconocer que uno puede vivir momentos que todos desearían y no pueden realizar. Por ejemplo recuerdo una despedida de soltera a la que me invitó una amiga mía llamada Sandra. Os imaginaréis como le gusta el sexo a esta chica. Se trataba de la boda de una compañera suya de clase. Una tal Teresa, un nombre castellanizado puesto que ella no se si es de Oceanía o del sudeste asiático, el caso es que es una chica oriental de ojos rasgados, pero con la piel más morena que una china o una japonesa. Eran tres chicas. Mi amiga Teresa, y una colombiana llamada María Concepción.

Las tías alquilaron un apartamento para pasar la noche.

– Ya veréis como es este tío- dijo Sandra.

– ¿Que le pasa?- preguntó María Concepción.

– No. Yo no voy a follar eh. Mañana me caso- dijo la asiática.

– Entonces ¿Qué vas a hacer? ¿Mirar?- dijo Sandra.

– Si es que te lo hemos dedicado a ti- dijo la colombiana.

Sandra y María Concepción se desnudaron. Sus cuerpos y rostros eran agradables.

– Esperad. Bueno algo tendré que hacer- dijo Teresa.

Yo me desnudé también. Teresa me cogió la polla con su mano. Yo ya la tenía erecta.

– Mira como la tiene- dijo María Concepción- la voy a probar.

Se la metió en la boca. Teresa me la meneaba y La colombiana pasaba su lengua por mi capullo. No tardé en correrme.

– Espera y veras- dijo Sandra.

Mi amiga se sentó sobre mí besándome en la boca. Y la penetré. Las otras dos podían ver como el culo de Sandra subía y bajaba. Y así estuvimos hasta diez minutos. Ella empezó jadeando y terminó gritando.

– Como te echaba de menos cabrón. Esa polla que tienes.

– Si sólo mide 15 centímetros- dijo María Concepción.

– Eso no es lo que importa-dijo la asiática.

– Es lo principal-le contestó.- Las mujeres siempre decimos lo mismo.

Mientras Sandra no dejaba de berrear.

– Bueno déjanos a nosotras que tú ya llevas bastante-dijo la colombiana.

Sandra se levantó. La asiática se tiró por mi polla a pajearme y me corrí.

– No me lo jodas-dijo María Concepción.

– Si no te lo jode. Te lo pone más a punto. Ahí donde le ves este hombre se corre todas la veces que quiera- replicó Sandra.

– Imposible.

– Prueba hija, prueba.

Mientras Teresa me la tenía cogida y no la soltaba le metí un dedo en su coño a la colombiana y ella se acariciaba el clítoris. ¡Como suspiraba! Me volví a correr.

– Increíble, increíble- dijo la asiática.

De pronto Sandra me dio un empujón.

– A mí otra vez.

Se puso a cuatro patas y se la volví a meter.

– No pares, no pares, no pares, no pares.

Vi que las otras dos se estaban masturbando.

– No la saques, no la saques, no la saques- insistía Sandra.

Noté como se corría y las otras dos sonreían y hacían movimientos extraños.

Me tumbé en el suelo y le lamí el coño a María Concepción. Teresa seguía pajeándome. Y Sandra se puso a chupármela. Una la sujetaba y la otra se la metía hasta el fondo. Y me corría.

Luego eran la colombiana y la asiática las que me pajeaban al mismo tiempo. Una me agitaba el miembro o la otra me toqueteaba el capullo o presionaban los huevos. Y eyaculaba. Líquido transparente. Ellas se corrían al verlo, pero no decían nada. Lo estábamos pasando fenomenal.

Me tumbé sobre Sandra y vuelta a follar. Podía notar sus orgasmos. Se parecía a mí. Cuando se la sacaba ahí estaba la mano de Teresa.

– Déjame, déjame- dijo María Concepción. Y se la metió en la boca. Volví a correrme.

Senté a Sandra sobre mí, dándome la espalda. ¡Como jadeaba! El coito duró 15 minutos. Esta era su excusa. Para poder follar conmigo. Las otras dos se lo pasaban de locura masturbándose. Y viéndonos. A Sandra le dio por gritar mirando a las otras dos y estas hicieron lo mismo. Cuando se levantó dolorida, Teresa me la meneó y volví a correrme. Eso le hizo tener un espasmo y se le escapó un chillido. Ahí terminó todo.

Por cierto soy soltero y no tengo pareja. Sí, hay mujeres. Pero de esta forma. No se si me comprendéis.

Me gusta / No me gusta

Verano de sorpresas XIX (Un nuevo verano)

Aunque aún quedaban unos días para el verano, aquel sábado de junio fue realmente caluroso. Pero, siguiendo con nuestras aficiones, Jovi, Ana y yo nos acercamos a un pueblo a unos veinticinco kilómetros de casa porque teníamos que participar en una media maratón popular, una de las actividades programadas como prólogo de sus fiestas patronales. Mientras yo conducía, los dos se sentaron detrás y se pasaron el viaje metiéndose mano, aunque más en broma que en serio: no querían que la cosa pasara a mayores, pensando en concentrar las fuerzas para la carrera. Antes de bajar del coche, Ana nos propuso una pequeña apuesta: aquel de los tres que llegara antes, tendría la potestad de pedir lo que fuera a los demás. Ella ya contaba con que los dos teníamos la cabeza permanentemente dentro de sus bragas, así que la sorpresa no sería el qué, sinó el cómo. ¡Dios, cómo la quiero!

La prueba transcurrió sin problemas. Jovi y yo acompañamos a Ana durante la primera parte de la prueba pero, poco a poco, ella fue bajando el ritmo y fuimos dejándola atrás. Un poco más adelante nos pasó un pequeño grupo de jóvenes y seguimos su estela un buen rato. Mi amigo y yo nos sonreímos con complicidad cuando, al rato, les oímos hablar sobre lo buenas que estaban casi todas las corredoras y cómo uno de ellos les advertía de una en especial; hablaban de Ana, seguro, y yo me puse muy caliente con sólo de oírles hablar de mi mujer.

En el kilómetro 17, los más fuertes del grupo aumentaron el ritmo y yo los seguí. Jovi lo intento durante medio kilómetro más, con la intención de lucharme el deseo de Ana pero yo no aflojé y finalmente desistió y siguió con la parte del grupo más floja, en la que estaba el que más guarradas había dicho sobre Ana. Cuando llegué a la meta, ya tenía muy claro cómo sería la aventura del día.

Pasé por el avituallamiento a reponer fuerzas pero no me duché. Me fui a la meta y vi cómo llegaron, primero uno y, más tarde, la otra. Nos fundimos en un abrazo, nos hicimos un par de fotos y recogieron sus avituallamientos. Cuando por fin tuvimos nuestras bolsas, ya quedaba poca gente en el polideportivo donde la organización había dispuesto las duchas. Y allí, con las bolsas al hombro, les propuse mi idea. Lo dejamos todo preparado al milímetro y empezamos.

Jovi entró en el vestuario y empezó a desnudarse lentamente. Con un mensaje al móvil, me dio el aviso que le pedí. Todo entraba en el plan, así que seguimos con él:

–       ¿Se puede? ¡Perdón! ¿Puedo pasar? – mi mujer asomó despacio la cabeza por la puerta del vestuario de chicos, avisando de su presencia. Uno de los chavales, que sólo tenía el torso desnudo, se acercó para ver qué quería.

–       Este es el vestuario de hombres, el otro estará ahí al lado, ¿no?

–       Pues sí, así es, pero está cerrado, deben de haberse duchado ya las pocas que participaban. He venido un poco tarde y tampoco encuentro al encargado.

–       Es Juanjo, uno gordo con mono azul que estaba fuera hace un momento.

–       No he visto a nadie así… ¿Os importa si me cambio aquí?

–       ¿Aquí? ¡Hombre, yo…! ¡Qué quieres que te diga! Por mi, ningún problema…

–       ¿Preguntas un poco al resto, por favor? – el chaval entró donde estaba Jovi y el resto de corredores y les explicó.

–       ¡Tíos! En la puerta está la tía buena esa que vimos al principio de la carrera. ¡Que dice la muchacha que si se puede cambiar aquí con nosotros, que el suyo está cerrado! – se armó un poco de barullo, mientras todos hacían bromas, hasta que Jovi, en su papel, salió a defenderla.

–       ¡Qué entre, coño! ¿Qué os pasa? ¡Si no tiene sitio, que se duche aquí, joder! Además, si le vemos el culo, mejor, ¿no? ¡Pareceis tontos, joder!

–       ¡Este tiene razón, tíos! Voy a decirle que pase. ¡Pero disimulad, macho, no seais animales! ¡Hay que aprovechar!

El chico salió a la puerta e invitó a Ana a pasar. Cuando entró, el resto de chicos iba a la suya, contestaron escuetamente el saludo de Ana e hicieron como si todo fuera muy normal. Jovi le dio un poco de conversación para disimular.

–       Y qué, ¿cómo te ha ido la carrera?- dijo Jovi mientras se desataba los cordones de las zapatillas. Ana se sentó enfrente, junto al chico que le había abierto. Al lado de Jovi, el tío que más había hablado sobre Ana echaba miradas furtivas, mientras remoloneaba sentado en el banco, tapado por la toalla de baño y haciéndose masajes en los pies.

–       No muy bien, la verdad. Hoy hacía mucho calor y me he deshidratado muy pronto. He tenido que bajar el ritmo y ya no lo he podido volver a subir hasta el final. En fin, qué le vamos a hacer… – Ana se quitó la camiseta, dejándose el sujetador puesto; se dio la vuelta y, de pie, se entretuvo desabrochando los cordones, con el pie apoyado en el banco, dándoles la espalda a Jovi y los demás. Los chavales salivaron ante la vista y, aunque empezaron a rezar, nadie creía seriamente que aquella chica no acabaría duchándose con las mallas de correr puestas. Siguieron hablando todos de las condiciones de la carrera, del avituallamiento y de otros asuntos deportivos cuando entré yo.

–       ¡Upps! ¡Lo sient…! ¿Eh? ¿Pero…? – hice ademán de entrar, después de salir, interrogando con la mirada a los tíos por la presencia de Ana. Ella se giró y me lo explicó, como si no me conociera.

–       ¿No te importa, verdad?

–       ¡No, no, claro! – busqué un sitio un poco más adentro, en el lugar que acababa de dejar uno de los chavales que ya no tenían excusa para quedarse porque ya estaban duchados y peinados.

Cuando me senté, Ana se quitó el sostén con un movimiento rápido, visto y no visto. Aunque lo intentó, la maniobra no funcionó igual con las mallas: sudadas y muy ceñidas, le costó un rato de involuntarios movimientos y poses sexys hasta que consiguió sacárselos por los pies. Con las tetas al aire, los intentos por hacer pasar la goma que aprieta la cintura por la generosa curvatura de su culo dieron lugar a un espectáculo delicioso. La maniobra fue seguida por todos en medio de un silencio sepulcral. Todos miraban aquel culo perfecto, tapado sólo por un finísimo tanguita y aguantaban la respiración, para evitar que se rompiera aquel momento. El culazo que habían admirado durante la carrera y que nunca hubieran esperado apreciar de cerca, estaba allí, en auténtica carne y sexo. Ana se giró y se sentó. Así sentada, levantó un pie hasta el asiento para masajearse los dedos doloridos mientras seguía hablando de la carrera. Las tetas se bamboleaban al ritmo de sus masajes y el tanguita marcaba los labios gruesos de su vulva como si fuera transparente.

El chico de la puerta se había desnudado dándole la espalda a Ana, enseñando sólo el culo brevemente, hasta que se enrolló la toalla a la cintura y se fue a las duchas. Ana se levantó un segundo, se bajó el tanga y se sentó de nuevo, sacándose la braguita por los pies y volviendo a los masajes de dedos. Esta vez, su coñito se abría a la vista del tío que tenía Jovi al lado. El tío enrojeció hasta las orejas y hasta yo le noté la polla abultando bajo la toalla. Yo creía que se iría a la ducha pitando pero nos dejó a todos  helados por la sorpresa.

–       Si necesitas champú o gel de ducha, tengo uno buenísimo – le dijo a Ana, que le agradeció el gesto con una sonrisa.

De repente, con la misma tranquilidad, se levantó, se colgó la toalla al hombro y se acercó a donde estaba sentada ella. La erección de aquel hombre era total. El miembro le palpitaba al ritmo de su corazón y la punta roja del glande asomaba perfectamente visible, con la piel retirada hasta su base. Aquella polla quedó a un palmo de la cara de Ana, y aunque no era un miembro excepcional, se la quedó mirando, mordiéndose la lengua con un mohín entre sorprendida y excitada, mientras el tío le explicaba las propiedades de su champú. Ana miraba al hombre alternativamente a los ojos y a la polla mientras él seguía hablando. Debía excitarle mucho el hecho de estar empalmado delante de una desconocida; la polla, un poco curvada hacia arriba, seguía palpitando frente a mi mujer y ella se pasaba la lengua por los labios, lasciva.

–       ¡Gracias, eres muy amable! – dijo ella, aceptando su oferta; y sin más, el hombre se dirigió a las duchas. Ana resopló, giñándome un ojo con disimulo; estaba, seguro, cachonda perdida y decidió seguir al hombre. Se levantó, dejó las chanclas en el suelo y se entretuvo unos segundos calzándose, enseñándonos el culo a los tres o cuatro rezagados.

Aquel instante, en el que una mujer como la mia entraba, desnuda, en una ducha llena de hombres, también desnudos, resultaba brutalmente excitante. Así me lo reconoció ella después y así lo viví yo, con mis propios ojos. Desde la puerta, la vi dirigirse, lentamente, hacia la pared del fondo a la derecha, donde había un banco de piedra, para colgar la toalla en la percha y descalzarse. Aunque conseguía taparse casi completamente por delante, todos sabían que, en un segundo, la verían totalmente desnuda. Los de atrás, la veíamos contonear el culo, magnífico, a cámara lenta, en un viaje de kilómetros hasta el otro extremo de las duchas. Algunos chicos se giraron para enjabonarse de espaldas, ocultando su evidente erección. Pero otros se enjabonaban precisamente sus partes de manera ostentosa, intentando que fuera ella la que se avergonzara. Yo estaba, naturalmente, súper excitado: un grupo de tíos, dándose jabón a las pollas tiesas, masajeándose los huevos delante de mi mujer, desnuda ante todos ellos. ¡Era demasiado! Sobre todo, intuyendo lo que acabaría pasando, más tarde o más temprano.

Una vez  colgada la toalla, caminó hacia la zona de ducha. Era una especie de pasillo ancho, con grifos en ambas paredes, lo suficientemente separados como para que nadie mojara al de enfrente. Se dio cuenta enseguida de que le habían dejado libres los de más al fondo. Así que tuvo que pasar en medio de todos ellos.

–       ¿Me dejas pasar, por favor? – le preguntó Ana al más cercano, un tipo muy peludo que más que enjabonarse, parecía que se estuviera haciendo una paja. De hecho, tardó más de lo normal en contestar, exhibiéndose delante de una mujer desconocida y acariciándose delante de ella, mirándola a los ojos.

–       Claro, guapa, adelante – contesto, vacilón, poniendo los brazos en jarra y adelantando la pelvis hacia ella, dejando la polla bien a la vista, tiesa como una barra. Para evitar rozarse con él y sin dejar de mirarle el rabo, Ana pasó arrimada a la parte izquierda, sin recordar que otro chico, el que abrió la puerta, se enjabonaba justo allí. Al pasar, la polla del chico dejó un rastro de jabón por todo el culo de mi mujer, que no pudo evitar rozarse con él mientras pasaba.

–       ¡Huy, perdón! No te había visto – dijo, fingiendo sorpresa y embarazo. Volvió a retroceder mientras se excusaba y esta vez topó con el tipo que le había ofrecido el champú, aplastando su pene entre el culo y su vientre. De nuevo fingió sorpresa y volvió a excusarse, dejando esta vez, sin embargo, que el roce durara un par de segundos más.

–       ¡Caramba! ¡Qué tonta estoy! Voy tropezando con todo – dijo Ana, nerviosa, mirando el miembro del tipo, que se sonreía.

–       No pasa nada, mujer. Entiendo que estés nerviosa. Al fondo hay grifos libres. Ven ahora y coges el champú, si quieres, ¿vale?

–       ¡Claro, gracias! – Ana tuvo cuidado de no rozar a ninguno de los siguientes cuatro hombres que quedaban hasta el fondo, aunque pudo comprobar que todos ellos estaban empalmadísimos, pero mucho más discretos.

La seguí hasta el final, junto con Jovi y el otro rezagado. Elegimos cada uno un grifo y los abrimos. Ana volvió a provocar excitación en todos nosotros cuando dejó el bote de gel en el suelo. El culo, en pompa y con las piernas algo abiertas, se abrió hasta enseñar el ojete y los labios a toda la concurrencia. Jovi me dio un codazo de advertencia: me di cuenta que durante seis o siete segundos, hasta que se incorporó, sólo se oía el correr del agua de las duchas y al menos dos tíos, el peludo y el de la puerta, se masturbaban sin disimulo mirando a mi mujer. El grupo de más jóvenes, más modernos y con menos prejuicios, aunque empalmados, fueron cerrando los grifos al tiempo que acababan de ducharse y comentaban jocosos, tanto las curvas de mi mujer como la poca vergüenza de los pajilleros. Cogieron sus toallas, tuvieron el detalle de saludar a Ana como despedida y salieron hacia los vestidores. Los demás nos duchamos, sin más, aunque todos la miraban a ella y ella, como todos podían ver, nos miraba a nosotros. Todos recordarían siempre cómo se enjabonó los pechos, en movimientos circulares delicados, en los que, de la espuma, sobresalían sus pezones; cómo metía su mano entre la raja del culo, enjabonando su rincón más secreto; y cómo aclaraba con agua un Monte de Venus con un pequeño triángulo de pelo que no ocultaba sus labios carnosos. Los pajilleros tuvieron su mejor momento cuando ella se dobló por la cintura para enjabonarse los pies y los tobillos. El culo, como un corazón invertido, se abrió totalmente al agacharse, dejando a la vista un sonrosado ano, sin un solo pelo y los gruesos labios chorreando agua y jabón.

–       ¡Waw, qué bueno! – dijo Ana, aclarando los restos del jabón y refrescándose bajo el grifo – Menos mal que sois gente maja y me habéis dejado pasar. ¡Me moría de calor! –Ana, frente a ocho hombres adultos excitados y con las pollas en alto, frotaba suavemente sus senos, sus brazos, sus nalgas; se mojaba la cara, el pelo, la espalda. El agua discurría entre los canales de sus tetas y su culo, goteando al suelo desde el pelo del pubis. La piel morena y mojada parecía brillar y sus pezones, morenos y menudos, apuntaban, erectos, como los miembros de los siete hombres que la mirábamos.

–       Lo raro es que tú te atrevas a hacerlo. No muchas mujeres se sentirían cómodas en tu situación –dijo el tipo del champú.

–       ¡Huy! ¿Y qué problema hay? Entre runners hay camaradería, ¿no?

–       Ya, pero por si no te has dado cuenta, aquí había diez tíos con las pollas tiesas y tú, desnudita, en medio. Lo siento, pero no puedo evitar estar excitado, espero que lo comprendas y que no te lo tomes a mal. Estoy seguro que hablo por todos – los demás asintieron, atentos a la conversación.

–       Tranquilo, hombre, se entiende. A mi marido, que está cansado ya de verme desnuda, le causo el mismo efecto. No puedo estar por casa sólo con el tanguita porque está empalmado todo el tiempo y me sabe mal. La verdad es que me siento halagada, si es que os parezco deseable. ¡Y oye, a ninguna tía le molesta ver un montón de pollas tiesas tan de cerca! ¡Y quien diga lo contrario, miente! – dijo ella, socarrona, soltando las carcajadas de los chicos.

–       Entonces, ¿estás casada? – si fuera posible, diría que al tipo del champú se le puso la polla más dura al hacer la pregunta. Todos fueron acercándose, dejando las duchas más alejadas. El peludo y el de la puerta seguían pajeándose mirando a mi mujer, con escaso disimulo. La verdad es que todos exhibían unas pollas soberbias, bonitas, de un tamaño normal excepto la del rezagado, que era un verdadero monstruo.

–       ¡Claro! Desde hace diez años ya. Por cierto, que es masajista. Cuando llegue a casa, me va a venir muy bien –mintió ella – Me duele todo. La maldita última cuesta me ha destrozado los hombros y los gemelos. ¿Me dejas el champú?

–       Aquí tienes. – Mientras Ana se enjabonaba el pelo, el tipo se giró hacia los pajilleros y los riñó en voz baja – ¿No os da vergüenza? ¡Parecéis dos monos, cabrones! ¡Al menos podríais disimular!

–       ¡Que te den! – dijo sin más el peludo, con la risita aprobatoria del de la puerta. El tipo del champú se giró de nuevo hacia mi mujer al tiempo que ésta ya se enjuagaba la cabeza.

–       Oye, a mí me pasa igual con los hombros. ¿Quieres que te los suelte? – la pregunta quedó en el aire, como flotando con miedo. Todos esperaban la contestación de Ana, augurando un rechazo, más o menos amable. Cuando se aclaró los ojos y se situó, le devolvió el champú y aceptó con una sonrisa.

–       ¡Sí, por favor! ¡Qué amable eres! –le dio la espalda pero la muy puta se giró, cuidando de quedar de perfil respecto a los pajilleros para poder verlos y para que ellos no se perdieran ningún detalle. El tipo del champú se acercó y empezó a masajearle los hombros, despacito, con cuidado. Tenía los brazos rectos para alejar su erección del culo de mi mujer pero se le notaba nervioso y tenso.

–       ¡Buff! No sé si lo hago bien, no tengo una buena postura… – mi mujer, al oírlo, retrocedió hasta pegar su culo al pubis del tipo, con lo que su polla reposaba entre las nalgas de ella.

–       ¿Así estás más cómodo? – dijo ella, girando la cabeza y moviendo ligeramente el culo a un lado. Cada gesto que hacía, transmitía inevitablemente movimiento a su culo, rozando la polla tiesa del tipo hacia arriba o hacia abajo o de un lado a otro. Jovi y yo nos íbamos echando miradas y giños, empalmados como burros, mirando como el tipo encajaba el rabo en la raja del culo de Ana.

–       ¡Sí, sí! Mucho mejor – siguió el tipo, masajeando los hombros y el cuello de Ana. A los movimientos de culo de Ana se unieron los suyos propios, excitándose ambos a tope, pero con mucho disimulo. No sé cómo me contuve para no cogerle la polla y hundírsela en el culo de mi mujer. Los dos se notaban muy calientes. Los pajilleros, al verlo, se acercaron aún más.

–       ¡Acercaos, no os cortéis! – dijo Ana con sorna, a lo que el resto contestó con una risita nerviosa. Los dos, sin embargo, lejos de cortarse, se envalentonaron y se acercaron hasta ponerse enfrente de mi mujer, con la polla en la mano, capullando y descapullando.

–       Tu maridito no estaría muy contento si estuviera aquí ahora, ¿verdad? – dijo el peludo exhibiendo su cipote frente a Ana.

–       A mi marido no le importa lo que yo haga, chaval, pero yo se lo cuento todo. A mi no me controla. Seguro que a ti tu mujer sí lo hace, ¿me equivoco? – el tipo se sorprendió por la respuesta. Pero dudó sólo un segundo. En seguida se repuso y atacó. Se acercó más y alargó una mano hasta uno de los pechos de Ana, apretándolo suavemente sin dejar de meneársela.

–       Entonces no le importara que me haga una paja contigo, ¿no? – el hombre creyó que era el último cartucho que se disparaba ese día y que Ana se enfadaría y se iría. Los demás empezaron a protestar cundo Ana volvió a sorprenderlos.

–       ¡Es lo que le susurraré al oído cuando me lo folle hoy, cerdo, – y le cogió los huevos con una mano, acariciándolos con delicadeza – y el muy cabrón me llenará de leche mientras me llama puta, cachondo perdido! – el chaval de la puerta no perdió ni un segundo y se llevó la otra teta a la boca y se la chupó y se la mordió con cuidado.

Mi mujer dejó los disimulos y machacando las pollas de los pajilleros con las dos manos, se agachó para que el tipo del champú se decidiera a metérsela de una vez. El hombre no se lo pensó dos veces: le abrió las nalgas para ver la entrada del coño y consiguió ponérsela lo suficientemente vertical como para empezar a bombearle carne. Al principio, despacio, pero enseguida subió el ritmo, apretándole las nalgas con ambas manos. Ana, mientras, chupaba alternativamente las pollas de los pajilleros, que, como ya llevaban un rato de paja, estaban a punto de correrse. Tanto fue así, que el de la puerta enseguida se la sacó de la boca a Ana, le hizo chuparle los huevos y él mismo se pajeó hasta que se corrió sobre el pelo de mi mujer. Cuando se apartó, el peludo cogió el turno, le restregó la polla y los huevos por la cara a Ana, dándole pollazos en la boca y soltándole guarrerías hasta que se hartó. Cuando tuvo bastante, la cogió de la nuca y se la folló por la boca hasta que eyaculó. Mi mujer no podía tragarlo todo y, con la boca llena de cipote, al respirar, le salió un chorro de semen por las narices. El tipo le sacó la polla morcillona de la boca y la cara de Ana rebosaba esperma por todos lados.

–       ¡Espero que se lo cuentes todo, guarra! – dijo el peludo, y le dió un morreo a mi mujer.

–       ¡Con todo lujo de detalles, hijo de puta! – contestó ella, relamiéndose el semen de los dos tíos y gimiendo por la embestidas del del champú, que sudaba como un puerco con el frenesí de la follada. Mi mujer se la sacó y cogió a uno de los dos restantes chicos que aún quedaban, aparte de Jovi y yo, y acostó a uno de ellos, montándose encima de él para cabalgarlo. Al segundo, el que tenía la mayor polla de todos, lo sentó en el suelo delante de ella para chupársela. El tipo del champú se quedó un tanto descolocado, sin saber qué hacer, así que se limitó a pelársela, creyendo que su turno había acabado. Yo me acerqué a Ana y me puse a sobarle el culo y a meterle un par de dedos en el ano para dilatárselo. Cuando se notó preparada, dejó de chupar por un momento y se giró hacia el del champú, lanzándole una mirada de deseo.

–       ¡Fóllame el culito, cariño, es tuyo! ¡Te lo has ganado! – y se volvió a chupar la polla del chaval que tenía delante. Al hombre se le salían los ojos de las órbitas y las venas de la polla parecían aún más hinchadas. El glande, rojo como la sangre, empezó a empujar el ano para entrar. Yo seguía sobándole el culo y abriendo las nalgas para facilitarle el trabajo pero el hombre no podía.

–       ¡Dios, no puedo! – se lamentó, desesperado, porque su polla no conseguía entrar y rebotaba hacia arriba, contra su pubis. Ya iba a desistir cuando le dije que la cogiera de las nalgas y las abriera. Él así lo hizo y yo cogí su miembro hinchado y lo dirigí certeramente hacia el ojete de mi mujer. La polla empezó a abrirse camino hasta que entró todo el glande, que quedó rodeado por aquella fantástica compuerta musculosa – ¡Gracias, amigo! ¡Dios, qué culo más increíble! ¡Qué daría yo por que mi mujer fuera igual de cachonda!

Como siempre, lo que más me excitaba era ver a mi mujer follada por el culo por otro tío, así que me quedé allí, mirando cómo el tío del champú le hundía una y otra vez el cipote en el culo a mi mujercita, que gemía y aullaba aún con la boca llena, chupando polla sin parar. Yo estaba tan cachondo que ni me di cuenta de lo que hacía pero dejé de masturbar el clítoris de Ana y rodeé la polla de aquel tío con mi mano, con lo que se follaba mi mano y el culo a la vez. De vez en cuando la soltaba y le apretaba los cojones, acariciándolos muy excitado, y le daba cachetes a mi mujer en las nalgas o acercaba mi lengua hasta rozar la membrana de entrada del ano, ensanchada por el miembro del hombre que no dejaba de entrar y salir.

Una de las veces, se le salió la polla en una embestida y me pilló con la lengua en el culo, así que cuando la volvió a acercar, me la metí en la boca y se la chupé. El hombre no protestó; al contrario, noté cómo acariciaba mi nuca y mi cabello mientras jadeaba. Me sentí muy excitado, muy guarro, mamándole la polla al hombre que se estaba follando a mi mujer.

Ana aprovechó para darle más ritmo al chico al que montaba hasta que hizo que se corriera dentro de ella y lo dejó allí, sobándole el culo hasta que el otro chaval se corrió en su boca. Los dos se fueron a duchar otra vez y tomé yo la iniciativa. Me senté en el banco de piedra y Ana me montó, sentándose a horcajadas, con lo que me dejó el culo al alcance de las manos. Le abrí las nalgas una vez más y esperé el rabo de Jovi, que se abrió paso con una facilidad pasmosa, dilatado ya el ojete por la lubricación anterior. El hombre, que aún no se había corrido, le acercó la polla a la boca a Ana que se lo chupó como sólo ella sabe. En la posición en la que yo estaba, me permitía chuparle los huevos y el culo y él, de vez en cuando, se la sacaba de la boca a Ana y nos la restregaba a los dos por la cara. Y así estuvimos hasta que, una vez más, la boca de Ana se llenó de semen, que compartió conmigo cuando el cipote goteante del hombre del champú salió de su boca. Naturalmente, tanto Jovi como yo tardamos bien poco en corrernos, acompañando a Ana en su enésima corrida.

Estábamos los cuatro de nuevo bajo el grifo, cuando, de repente, entró alguien.

–       ¿Qué coño es esto? ¿Qué cojones hace usted aquí? ¡Esto está prohibido! – un tipo gordo, con mono azul, entró en las duchas, riñendo a mi mujer.

–       Le hemos dado permiso, no hay ningún problema, Juanjo, tranquilízate – dijo el del champú.

–       ¿Qué me tranquilice? ¡Serás cabrón! ¡Todos aquí follando y yo sin enterarme! ¿Qué dirá mi hermana cuando le cuente que su maridito se folla a putas en las duchas del Polideportivo?

–       ¡Oye, gordo! ¡Putas, aquí, no hay ninguna! ¿Está claro? – dijo mi mujer, con rabia.

–       ¿No? ¿Y te has follado a ocho tíos en el vestuario de hombres? ¿Cómo se llama eso?

–       No le he cobrado a nadie, gordo. Hemos follado porque nos ha dado la gana, ¿vale? Y tranquilo, que ya nos vamos…

–       ¡Ni hablar! ¿Qué hago yo con esto? – y se sacó del mono una polla gorda pero no muy larga, sustentada por dos enormes cojones peludos. La circuncisión le mostraba el glande rojo, hinchado, como una pelota. Yo conocía a mi mujer y sabía que aquel hijo de puta la ponía pero que muy cachonda.

–       ¡Eso, gordo, es para mi solita! – Ana se acercó a él y, abrazándose a su barrigón, lo besó en la boca, metiéndole la lengua hasta el estómago.

El gordo se soltó dos pinzas y el mono le cayó a los pies, quedando desnudo excepto por las botas de trabajo. Cogió a mi mujer de los muslos sentándola a horcajadas sobre su barriga, sin dejar de besarla. Mi mujer, por su parte, se abrazó a su cuello y rodeó el corpachón con las piernas. Ana intentó moverse para que el gordo la empalara pero enseguida vimos que no lo conseguiría fácilmente. Así que, una vez más, ayude a un hombre a que se follara a mi mujer, cogiendo su rabo tieso y llevándolo hasta el coño.  Aquello se estaba convirtiendo en costumbre pero me gustaba, no lo puedo negar, Me sentía muy caliente sintiendo en mi mano cómo corría la sangre por aquellas pollas tiesas y me excitaba acariciarles los huevos. Le hacían el amor a la persona que más quería en el mundo y eso me ponía a mil.

El tipo, aunque con un gran barrigón, tenía una fuerza descomunal. Mi mujer colgaba de su cuello de toro y descansaba el peso de su cuerpo apoyando las piernas flexionadas y abiertas en los antebrazos del hombretón, que la cogía con las manazas por el culo. Ana no es en absoluto pequeña pero parecía una muñeca en las manos de aquel titán, que se la follaba con violencia. Mi mujer se movía, frenética, y le chupaba el cuello, las orejas o la cara al puto gordo, jadeando y gritando como una posesa. Estuvieron un buen rato así hasta que el gordo no pudo más; haciendo tanta fuerza le costaba concentrarse y no se corría, y los brazos le empezaban a pesar.

Mi mujer, servida ya con mil orgasmos,  lo acostó en el suelo y se le subió encima pero al revés, para poder chupársela. El gordo se dio un festín de culo y coño y mi mujer le regaló una mamada excepcional con chupada de culo incluida. Nosotros tres, cómo no, nos la sacamos el primer minuto de acción y nos la meneábamos con el espectáculo. Ahora nos acercamos en corrillo y de rodillas, cerca de ella, para tocarla mientras nos masturbábamos. Jovi y yo apuntamos con las pollas a la altura de su cara y, en cuanto el gordo empezó a escupir leche en su lengua, aceleramos para contribuir con nuestro esperma a llenarle la cara a mi mujer, mientras el del champú,  casi sentado en la espalda de Ana, con un pie a cada lado de los dos cuerpos, se entretuvo sobándole el culo hasta que eyaculó en la espalda, apretando una nalga con una mano.

Caímos todos destrozados. Después de una buena carrera, nos echamos la orgía del siglo. Después de volvernos a duchar, nos dimos los teléfonos con el del champú, que al final supimos que se llamaba Jorge y nos despedimos. No sería la última vez que coincidimos, pero eso lo dejaremos para otro día.

Me gusta / No me gusta

Gangbang masiva con Carmen y Lorena

Mi amiga Lorena esta cada vez más desatada con el sexo. Una vez le conté que con Carmen, otra amiga, habíamos hecho una gangbang con nueve chicos. Ella me dijo que también era capaz de hacerlo. Le propuse juntarnos con Carmen y probar quien se comía más machos.

Yo sabía que algunos compañeros del trabajo cada tanto no muy seguido, suelen contratar un par de putas y se las follan en grupo, Les pregunte a Lorena y a Carmen si se animaban a hacer de putas y aceptaron. Disfrutarían follando y encima conseguirían un dinerillo extra. Ellas pusieron una condición, que sean ellas dos solas contra todos, que no quería ninguna puta a la par de ellas.

Organice todo para un fin de semana de Septiembre. Éramos 20 chicos y cada uno puso cien euros, con lo cual alquile un chalet aislado en la sierra, compre alimentos y bebidas y me quedaron 1000 euros a repartir entre Lorena y Carmen.

Di indicaciones a Lorena y Carmen para que fueran al chalet sobre las 3 de la tarde. Cuando llegaron nosotros ya estábamos todos esperando. Las dos se habían puesto unos vestidos cortos muy ajustados que enseñaban todo, dejaban apreciar sus apetitosos culos y los generosos escotes apenas contenían las tetas. Lorena con su cuarenta y tantos tacos y su 1.60 de estatura, tiene unas tetas muy grandes y unas caderas y nalgas de fantasía. Carmen, con su metro setenta y sus tetas de 120 da el tipo de actriz porno.

Al llegar ellas algunos de los chicos quedaron con la boca abierta y les pidieron que se quiten los vestidos para ver por lo que habían pagado. Ambas tenían una ropa interior diminuta, un sostén y tanga extremadamente pequeños, marcaban las tetas que parecía iban a explotar hacia afuera, y la tanga la tenía toda dentro del culo. Entonces nosotros las rodeamos y ellas se arrodillaron y se pusieron a mamar pollas. Al rato Lorena se puso en cuatro patas en el piso y nos dijo que la falláramos por orden. Culo o coño, era la decisión de nosotros. Carmen la imitó y también se coloco en la misma posición. Ezequiel fue el primero en atacar a Lorena y yo lo hice con Carmen. Mientras nosotros las fallábamos ellas mamaban al siguiente que se las follaría.

Luego de la primer ronda ambas vaginas rebalsaban de semen y sus culos ya habían sido llenados leche. Después que Martín penetró analmente a Lorena, los otros se animaron y la segunda ronda fue toda anal. Diez machos las follamos de lleno por el culo, y ellas tuvieron múltiples orgasmos. Ya para la tercera ronda algunos dejaron pasar su turno. Después de que David y Rafael terminaron de encularlas ya no había nadie haciendo fila.

Mientras nosotros comíamos y bebíamos para reponer fuerzas Lorena y Carmen se bañaron.

Al regresar, Lorena se arrodillo en un sillón y comenzó a mamar pollas, una a una. Carmen hizo lo mismo con el tremendo pollon de Marcos…más de 20 cm de pija que no lograba meterse en la boca. Mientras las pollas cambiaban una tras otra por la boca de Lorena, Carmen sentó a Marcos en el sofá, le agarro la cabeza de la polla con la mano y poniéndome sobre él se dejo caer y comenzó a moverse mientras él le mordía las tetas. Ella se corrió muy fuertemente, mojando las piernas de Marcos. Aprovechando la excitación Joel se acomodó atrás de Carmen y le enterró su polla en el culo. Al poco tiempo Joel no aguantó más y llenó de leche el culo de Carmen. Joel salió y dejó su lugar a Juan que entró en el culo sin problemas…superlubricado y enlechado como estaba. Marcos también descargó toda su leche caliente dentro de Carmen. Juan, llegando a su clímax la sacó y acabó en la espalda de Carmen.

Lorena por su parte estaba tumbada boca arriba sobre una mesa. Pablo era quien se la metía por el coño. Mientras otros dos chicos lamian y mordían las tetas de Lorena y se masturbaban. Estos comenzaron a correrse sobre las tetas de ella.

Después de ello yo me senté en un sillón de una plaza, y le dije a Carmen que se acerque, la hice dar vuelta, para que me dé la espalda, separé sus nalgas y la hice sentar metiéndolo mi polla en su ano, fui brusco y metí de golpe toda la polla en se recto. Otro chico se acerco por el costado del sillón y le puso su polla contra la boca de Carmen quien empezó a darle sexo oral. Al instante otro pedazo de carne penetro vaginalmente a Carmen quien estaba siendo triplemente penetrada. Otros tres chicos decidieron imitarnos, y tres pollas penetraron los tres orificios de Lorena. Apenas fuimos corriéndonos dentro de ellas ya venía el siguiente a ocupar su lugar. Pollas y pollas que descargaban su semen en las dos mujeres. Sus cuerpos estaban bañados en sudor y sus tetas y caras estaban manchadas de semen. Así Lorena y Carmen fueron folladas sin parar. Se corría uno y ya tenían al siguiente dentro de ellas.

En un momento, Lorena estaba siendo penetrada por la boca y culo y era mi turno. Me puse delante de ella pero no le penetre la vagina. Me acomode y haciendo presión contra su ano, busque una doble penetración anal, que con paciencia logre. Después de mi siguieron varias tandas de penetración común. Luego vino otro doble anal.

Ya eran eso de las 12 pm, y algunos empezaron a irse. Quedamos 12 hacia el final. Armando les propuso una enculada final. Las os mujeres se acomodaron en los sillones dándonos la espalda y sacando culo. Una a una las dos s comieron las doce pollas por el culo. Cuando terminamos Carmen hizo lo mismo que en la gangbang donde éramos nueve machos. Se metió los dedos dentro del culo lleno de leche y después se los llevo a la boca para saborearlo. Lo hacía mientras estaba tirada en el sillón con las piernas abiertas junto a Lorena. Ambas apenas podían moverse. Entonces comenzaron a masturbarse y a correrse sobre ellas enlechándolas. Los primeros 2 lo hicieron al mismo tiempo, otros eyacularon a los minutos, otros demoraron bastante. La cosa fue calmándose y los que quedaban fueron yéndose. Terminamos siendo 4.

Lorena y Carmen fueron con pasos cortos, hacia el baño y se dieron otra ducha. Estuvieron un buen rato bañándose. Cuando regresaron los cuatro que quedábamos habíamos recuperado algo de fuerzas. Marcos y yo propusimos una última ronda de despedida. Carmen y Lorena entonces se montaron con sus escasas fuerzas sobre Armando y Carlos. Marcos y yo las penetramos analmente brindándoles una DP de despedida. Al terminas ya casi amanecía, las mujeres se volvieron a bañar y decidieron pasar lo que quedaba de la noche en el chalet para marcharse a la mañana ya algo recuperadas de las brutal gangbang de la que habían disfrutado.

Me gusta / No me gusta

Tres contra Clara

Clara es una mujer casada de unos 35 – 40 años que acude a las clases de spinning del gimnasio donde trabaja mi primo Javi. Clara es una preciosidad. Pelo castaño, mediana altura, sonrisa que enamora, buenas caderas y tetas. Su carácter es abierto, dulce y familiar. Una tarde después de la clase de spinning el gimnasio estaba casi vacío. Javi, yo y Manuel después de ejercitarnos un buen rato teníamos planeado tomar una sauna. Entonces vimos a Clara que se encaminaba a las duchas y la invitamos a tomar una sauna con nosotros.

Clara iba con un albornoz y nosotros tapados por una toalla. Llevábamos 5 minutos charlando en la sauna cuando pude ver como en la toalla de Manuel se marcaba un buen bulto. Manuel por su parte no dejaba de mirarle el canalillo a Carla, cuyo albornoz estaba mucho más abierto de lo que ella pensaba y sus tetas habían quedado parcialmente descubiertas. Entonces Manuel se levantó y con toda la cara del mundo dijo. “Bueno Clara, supongo que ya tenemos confianza suficiente y no te importara que tomemos la sauna como cuando estamos nosotros solos”.

Inocentemente y sin saber muy bien a que se refería, ella nos dijo que si, ante su sorpresa nos quitamos las toallas de la cintura y las dejamos a un lado, y nos sentamos otra vez en los bancos completamente desnudos. Clara se quedó alucinada, mirando nuestras pollas. Entonces Javi dijo, ” Clara, si quieres también puedes probarlas”. Entonces ella sin decir nada se quitó el albornoz dejando sus tetas libres y sin decir nada se arrodilló ante nuestras pollas. Despacio le agarró la polla a Javi y se puso a besarla como una loca. Clara sacaba su lengua y se empleaba a fondo sobre la polla, después de haberla ensalivado bien, se la metió en la boca. Manuel no se quedó quieto, deslizó su mano por el culo de Clara y se puso a masajearle el ano con un dedo. Pasado un rato, Javi comenzó a jadear fuerte y agarro a Clara con fuerza del pelo, justo cuando Manuel enterró su dedo hasta el nudillo en el recto de ella. Entonces Javi comenzó a correrse en la boca de Clara quien tragaba y tragaba el esperma que le rebasaba la boca. Al final Clara se incorporó, pero antes que pudiera intentar salir de la sauna, yo la tire de las piernas, quedando ella tumbada sobre el suelo de madera de la sauna. Yo le separe las piernas y comenzó a comerle el coño y a jugar con su clítoris. Manuel aprovecho y le metió su polla flácida en la boca.

Al rato deje de lamer a Clara y puse mi dura polla en su boca, tomando Manuel mi lugar en el coño de ella. Clara comenzó a mamar como si me fuera la vida en ello. Manuel se inclinó sobre ella y agarrándole los pechos, comenzó a follarla. Yo no tarde mucho en correrme en la boca de ella. Parte se me derramó sobre su cara. Clara entonces comenzó a gemir y a jadear. Manuel cada vez que se la metía lo hacía a fondo. Estuvo follándola y finalmente, empujo hasta meterla hasta sus cojones y comenzó a correrse.

Entonces Javi se tumbó, con su polla erecta hacia arriba. Clara se levantó y colocándose a horcajadas sobre la polla, comenzó a cabalgar como una posesa. Javi le agarraba las tetas y se las amasaba y pellizcaba los pezones. Entonces ella me dijo – cariño…ven…que todavía tengo espacio para ti… y me señaló su culo. Yo me acerque y de un solo golpe la penetre hasta las entrañas. Así estuvimos un rato hasta que ambos nos corrimos dentro de ella quien no dejaba de gemir con cada embestida, decía que no parasemos. Así llego a un orgasmo e intenso, mientras gritaba como una posesa.

Una vez repuesta Clara, Manuel le dijo, quiero follarte otra vez. Sin dejarla elegir puso a Clara a cuatro patas y le dijo prepárate putita que te voy a follar como nunca te han follado. Mientras decía esto empezó a restregarle el pollo por toda la raja. Javi y yo nos pusimos delante de ella para que nos comiera las pollas. Manuel no se hizo de rogar y se la puso en la vagina, se la fue metiendo poco a poco. Después Manuel se la saco y se puso a restregarle el chocho con su polla. Ella le rogó – metemelaaaaaaa, metemela enteraaaa, y él decidió de un solo pollazo se la clavo entera. Luego Manuel retiró la polla bruscamente y se tumbó en el suelo. Ella se sentó encima de polla, y echando el cuerpo hacia delante me ofreció el culo. No lo pensé ni un segundo, me puse a chuparle el ojete mientras se movía al ritmo lento de la follada de Manuel, le metí un dedo luego dos, y ella empezó a gemir fuerte. Me puse en posición y se la empecé a meter, empuje fuerte metiendo la mitad de la polla y empezando a moverme acompasadamente con la follada de Manuel. Clara decía, me dueleeeee pero no la saques ahora follame fuerte. Mientras yo empujaba mi polla hasta dentro. Clara estaba enloquecida por la follada, Javi entonces le puso la polla en la boca y ella empezó a chupar. Ahora tenía los tres agujeros rellenos, Manuel que seguía follando con fuerza y comiéndole las tetas empezó a decir, putona que bien follas me voy a correr. Yo ante esto empecé a correrme también, y Javi empezó a correrse en la cara de Clara manchando su pelo.

Al retirar mi polla del culo de Clara, el ano se le quedó abierto unos instantes y luego se cerró con un par de espasmos. Entonces ella se incorporó, nos abrazó y nos besó. Nosotros le hicimos caricias por todo su cuerpo, cubriéndola de besos. Ya más tranquilos empezamos a hablar de lo sucedido. Resultó que ella siempre había tenido fantasías con follar con varios hombres. Y que esa tarde las había cumplido.

Me gusta / No me gusta