Después de varios años sin ir, por fin llegue al pueblo, a mis 33 años, soltero, profesionista, citadino convencido, 1.80, 85 kg de puro músculo, gracias a la hora diaria de gimnasio, barba cerrada, perfectamente peinado, camisa desabotonada para presumir pelo en pecho, jeans de corte vaquero, estacione el carro, en la acera de enfrente de una tienda. Me bajo de mi auto y su delicioso clima artificial; y el polvoso aire caliente me golpea la cara, los brazos, mi pantalón se me pega a la piel y comienzo a transpirar, pienso en cruzar la calle para ir a la tienda por unas cervezas antes de llegar a la casa de mi abuela.
Antes de cruzar, una camioneta se estaciona frente a la tienda, desciende un tipo simplemente delicioso, pinta de cabrón, rapado, delgado fibroso, requemado por el sol con unos jeans mugrosos y viejos, muy joven par mi gustos, como de 21 años, me mira y hace un gesto parecido a un saludo y se mete a la tienda.
Y me dirijo con más razón y ...
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