Satisfacciones compartidas 3

Gay, trío Gay. Después de mi primer trío con Luís y Pilar – como ya se sabe eran los patrones de la casa donde tenía alquilada una habitación – pudimos repetirlo algunas veces más a plena satisfacción entre los tres.

Luís nos cogía de la cintura a las dos (sigo tratándome yo mismo en femenino pues en mi cerebro, pese a mi cuerpo y rol de varón, me siento hembra) nos apretujaba alternativamente o a la par contra sí y nos metía su paquete en las entrepiernas para que sintiéramos como su verga engordaba hasta quedar recia punteándonos el pubis. Le gustaba presumir de su verga, de su buena verga pues bien que podía hacerlo como se podía ver a simple vista con sus 20 x 18 cm. según él miso nos lo confirmaba. Ni Pilar y ni yo podíamos envolver con una mano su circunferencia y sólo metiéndonos menos de media estocada ya nos llegaba a la garganta.

− ¿Os gusta, nenas? ¿Os gusta así de dura? ¡Ale, chupad, chupad! ¡Qué rico, zorras! ¡Aaahhh… mmmmmmm… aaah! ¡Me habéis devuelto veinte años de vida!

Sentir la dureza y el calor de su verga invitaba a cogerla: Pilar y yo nos la disputábamos a chupadas y lamidos des de la uretra hasta los testículos o bien nos la transferíamos para que cada una la mamara y le lamiera el capullo circunciso gustándolo y dándole el mayor gustazo que pudiera sentir nuestro hombre que, al final, culminaba sus devaneos follándonos indistintamente a una o a la otra según le venía en ganas, incluso, algunas veces, a una tras la otra si se sentía fuerte. Si follaba a Pilar, yo le acercaba mi lengua a su ano con suavidad y apenas rozándolo para no dejar en entredicho su masculinidad, le repasaba el perineo a lamidos y le mordisqueaba los testículos, cuando sacaba la verga enlechada de semen y los flujos vaginales de la hembra se la limpiaba a chupadas. Lo mismo hacía Pilar si me follaba a mí, pero la verga enlechada y con los flujos anales de mi recto corría de mi cuenta chuparla para dejarla limpiar como si fuera un sable. En este caso último, Pilar nunca se avino a hacerlo y nunca sabrá lo que se perdía por ascosa pues mis jugos intestinales salen limpio, sin heces de ninguna clase, por los enemas que me hago habitualmente y, sobretodo, cuando deseo y sé que me van a follar.

Como dije en mi anterior relato y ahora puedo seguir confirmándolo, en aquella casa fui muy feliz: mi feminidad oculta para otros la manifestaba allí y entre ellos dos con plena naturalidad. Más de una vez, ambos me sugerían la conveniencia de que me hiciera un tratamiento hormonal pues lo consideraban lo más conveniente para mi salud corporal y mental pero yo siempre lo rechace pues temía más y me resultaba más difícil salir del closet que aceptar mi condición sexual de mujer transgénero que, por otra parte, yo misma dudaba de que fuera así. Lo que de momento más me preocupaba, ahora que estaba a punto de terminar mi licenciatura, era abandonar ese cobijo y no encontrar otro para seguir sintiéndome realizada.

Bueno, volviendo al tema, el hecho es que para Luís éramos, Pilar y yo, con gran naturalidad, como dos hetairas entregadas a satisfacer y dejarse llevar sin cortapisas por un hombre que había descubierto en su madurez el sexo sin tabúes. Él mismo lo lamentaba y lo repetía a menudo las primeras veces de nuestros encuentros hasta que todo quedó olvidado en el cauce natural, sin solución de continuidad, de lo que hubiera podido ser desde el mismo lecho matrimonial que no llegó a unirlos por los complejos de una y los tabúes del otro.

− ¡Cuánto tiempo hemos perdido, Pilar! ¡Cuántas chupadas tan ricas como las que me  estás dando…! ¿Cómo no descubrí antes lo puta que eres, Cielo? – Ese era el monólogo o algo parecido que solía repetírselo a su mujer.

− ¡Tonto, cabrón, siempre has sido una marmota! – Le respondía ella con enfado y resignación – ¡Qué infelices, fuimos a buscar fuera lo que teníamos en casa! Gracias, Fanny…

Desde el primer trío que hicimos, mi nombre de registro se esfumó y fui para los dos – Pilar y Luís – simplemente ‘la chica’ o ‘Fanny’ que fue el nombre que me puso Íñigo, el sobrino que me tildó como “mujer con rabo” – el muy hijoputa – cuando ocupaba una de las dos habitaciones de la casa, la otra la ocupaba yo donde recibía sus lujuriosas visitas.

Con las recientes avenencias del matrimonio, cada vez más unidos, yo empecé a sentirme como un pegote entre ellos a pesar que me alegraba de que fuera así. No obstante, lo que ya no me gustó tanto es que Luís se aviniera cada vez menos a satisfacernos los tres juntos como veníamos haciéndolo, de manera que el ménage à trois poco a poco quedó relegado a emparejamientos de Luis conmigo aprovechando que Pilar estuviera ausente cosa que ocurría pocas veces por lo que me sentía más insatisfecha cada día que pasaba sin que me cogiera. Todo lo contrario con ellos dos que tenían todas las noches disponibles para satisfacerse a sus anchas. No puedo decir, en principio, que mi presencia en la casa acabara resultándole incómoda a Pilar, pero tampoco podía ignorar que nos habíamos convertido en rivales pues, sin duda, ella tenía sospechas fundadas de mis encuentros con Luís en mi habitación y en mi lecho con mi culo a sus disposición y las ricas mamadas que no le resultaría difícil de suponer e imaginar, pero se daba el caso que se sentía en deuda conmigo por lo que ahora podía disfrutar con su marido à tout plaisir, gracias al descaro y atrevimiento con el que yo propicié su reencuentro y reconciliación con aquel primer trio que formamos en su propio lecho matrimonial. De todos modos, la situación era bastante embarazosa aunque lo disimuláramos por ambas partes y era cada vez más evidente que había que buscar un desenlace antes que, de un momento a otro, aquella situación explotara si no por ellos por mí misma harta del desapego que venía sufriendo.

Fue así que el día que me envalentone y estaba dispuesta para decirle, claro y alto, a Luís mi disconformidad, aprovechando que estábamos los dos solos, coincidió que vino a mi habitación y me sorprendió cogiéndome por detrás, venia ya empalmado y me hizo sentir su enorme verga en mi trasero.

− ¿Qué quieres? Le dije en tono de reproche y me aparté.

− ¿Qué te pasa, chiquilla…? Al girarme me entroncó la verga en mi entrepierna, no puedo negar que sentí un enorme gustazo, pero estaba decidida a salir de aquella situación de abstinencia de macho cada vez más prolongada. Le dije que de seguir así era mejor que nos evitáramos o que convenciera a Pilar de su deseo de seguir compartiéndonos sin tapujos. No me respondió, él siguió a la suya: se desabrochó la bragueta, sacó la verga por encima del bóxer, me forzó a arrodillarme y abrir la boca para metérmela, cosa que si digo la verdad no le resultó difícil.

− Mama ahora… y déjate de historias – Y se la mamé con ansias irresistibles, circundé con la lengua la corona del glande y lo succioné hasta sacarle su delicioso pre-cum. La verga se le puso imponente, el capullo era un fresón, le masturbaba y proseguía con las chupadas y lamidos hasta que se puso a follarme la boca metiéndomela hasta la garganta. Me ahogaba con las primeras arcadas hasta que mi boca y garganta se adaptaron al volumen y envestidas de aquel órgano impoluto con los testículos sobándome la barbilla y restregándome el vello púbico por la nariz con toda la carga de sus sudores y efluvios genitales. ¡Qué delicia!

−Te gusta, ¿eh? ¿Era así como te puteaba Íñigo? Chupa, Chupa… ¡Qué ricura! ¡Aaahhh… mmmmmmm… aaah! – Con eso y todo aún se resistía al orgasmo sacándomela de la boca para volver a penetrármela después de un breve descansillo. ¡Aaahhh… mmmmmmm…! ¡Voy a empalarte, zorra!

Estaba exhausto, pero aun así me desnudó, me sentó en el borde de la cama, se bajó los pantalones y el bóxer, puso mis piernas sobre sus hombros. Era lo que yo más deseaba.

− ¡Folla, Luís, fuerte, fuerte…! − Me desesperaba de no sentírmela dentro de inmediato ¡Entra Luís, entra, penétrame ya…! – Pero él iba a la suya, me desesperaba.

− Calla, niña. Tómatelo como despedida.

A pesar de mi ensoñación, rendida a sus deseos, entendí perfectamente que la resolución que yo había tomado para decirle claro y alto cual era mi propósito para resolver aquella situación se había vuelto en tornas. Cómo podía yo pensar que sería él quien me iba a decir, con la punta de su verga en mis entrañas, que íbamos a terminar  – por las exigencias de Pilar como cabía suponer – que habíamos llegado el final de la situación tan embarazosa en la que nos encontábamos. Y así fue: empezó con maestría metiéndome en el ano un dedo… dos dedos… tres dedos… Restregaba la verga por mi raja, frotaba el perineo, ponía el capullo en la entrada del ojete y vuelta a empezar penetrándome una vez tras otra más adentro hasta que comprobó que mis esfínteres ya totalmente dilatados se abrían y se contraían con desespero de ninfómana como lo era yo en aquellos momentos. De ahí, al venturoso mete y saca penetrándome rítmicamente cada vez más fuerte con la violencia de macho encabritado mientras estrujaba mis senos, pellizcaba los pezones y  cogiéndome de las caderas me apretujaba a su bajo vientre para penetrarme lo más profundo posible que mi anatomía se lo permitiera. Ambos gemíamos y suspirábamos, yo lloraba de gozo.

− ¡Que buena estás, niña! – Sus palabras le salían entre jadeos – Te gusta que te puteen, ¿eh? ¡Zorra!

− No me dejes nunca, Luís. Te necesito, hazme tuya – En aquellos momentos, enloquecida por el placer fastuoso de sus palabras y de sus envestidas con toda la verga metida en mi recto como si quisiera llegar hasta el estómago pues también hasta allí me llegaban los empujes, me sentía totalmente arrepentida de mi propósito de dejar ese día resuelta mi situación de ser un pegote entre ellos. En esos momentos quería ser suya fuera o no un pegote entre ellos dos.

− Te voy a dejar preñada… para que te acuerdes de mí el resto de tu vida por lo puta que has sido y eres para mí. ¡Aaahhh… mmmmmmm…! ¡Que me viene, que me corro! ¡Aaahhh… mmmmmmm…!  ¡Toma, toma, toma…! − El semen me llegaba a estampidas, a borbotones con mi total entrega a complacerle moviéndome de caderas y meneando la cola hasta correrme yo también. Terminamos con espasmos, jadeos y suspiros mientras tanto él con un dedo recogía parte de mi leche y me la llevaba a la boca y yo, con mayor deseo, le mamé la verga y succioné lo que aun fluía de la uretra espasmódicamente abierta.

Bien, al final dejamos pendiente para el día siguiente cómo resolver la situación pero no fue él, sino Pilar misma.

−Fanny, sabes que te debo todo lo feliz que estoy ahora con Luís. Sabes bien que no te podría negar nada, incluso compartir, como hasta ahora, mi marido contigo, pero… es mi marido y creo que no es conveniente para nosotros ni para ti que sigamos así. Yo tengo una solución, pues creo que lo que te da de Luis también te lo puedo dar otro hombre, ¿comprendes? – Y añadió, como solución pues parecía que lo tenía todo muy bien preparado − La habitación que ocupaba mi sobrino, Íñigo, ya la he alquilado: se trata de un muchacho que me ha recomendado mi sobrino, un amigo suyo. Te gustará me ha dicho. ¿Qué me dices?

− Te comprendo, Pilar – Lo tomé con resignación pues yo también estaba enamorada de su hombre, no obstante le manifesté mi aceptación bromeando − ¿No me prestarás algún día ese pedazo de hombre tuyo con su trompa incluida? − Nos reímos y lo dejamos así, no sé si aceptando lo que le acababa de decir de broma pero sintiéndolo dentro de mí seriamente.

Unos días después llegó, al fin, el que iba a ser mi hombre, el macho que me habían preparado entre Pilar y Íñigo. Nos presentaron.

− Es Nico − Me dijo Pilar que era la que iba a presentarnos, pero el joven se le adelantó.

− Y tú, Fanny, ¿No? Ja, ja, ja – Se rio en mi cara con un talante de sinvergüenza y señalándome con el dedo volvió a reírse otra vez –Ja, ja, ja…

Pese a su entrada tan chistosa como inoportuna, no me desagradó y me satisfizo su porte físico: atlético y 2,10 cm. de estatura, en su entrepierna se marcaban sus testículos, varonil y guapo, sarcástico y atrevido como se vio de entrada,. Visto así, pensé de inmediato, que Nico podría ser la solución en aquel entorno casero con la anuencia de Pilar, no sé si también con la de Luís. Ya veremos.

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