Satisfacciones compartidas

Gay. En realidad este relato podía ser una continuación de mis dos relatos anteriores.

De hecho, éste se entronca con aquellos por la situación de seguir alojado en la misma casa en la que compartí una cama matrimonial y tratado como mujer transexual que es como mejor me siento aunque, a fuer de ser sincero, yo mismo dudo de mi identidad de género, tengo asumido mi rol civil de varón y no he sentido ningún tipo de disforia a pesar que ante el espejo me gustaría verme como la mujer que vive en mi cerebro. Lo cierto es que en esa casa pude disfrutar como he dicho, primero con un compañero de estudios, Carlos, que lo tuve como amante; después con un militar que me tuvo como puta, Íñigo, sobrino de la patrona, la señora Pilar, hasta que ésta se reconcilió o simplemente se rejuntó con su marido, don Luís y entonces, Iñigo y yo, tuvimos que dejar la sala matrimonial que ocupábamos y pasar a ocupar una misma habitación con un lecho individual para los dos durante bastante tiempo hasta que el otro inquilino, que ocupaba una de las otras dos habitaciones, la otra la ocupaba la patrona, encontrara lugar e hiciera mudanza, tras lo cual, aunque ambos, Íñigo y yo, terminamos ocupando dos habitaciones por separado, no faltaron las visitas frecuentes de Iñigo a mi habitación para seguir satisfaciéndose conmigo y satisfaciéndome morbosamente como su puta barata y consentida.

Dicho eso, con el título de SATISFACCIONES COMPARTIDAS pretendo, en parte, cortar la serie con los dos relatos anteriores y, con este título nuevo, hacer más coherente este relato con los hechos que seguí viviendo en aquella casa que, con la entrada en escena de don Luís, ésta es otra historia: ahora, los deseos y las satisfacciones pretendidas y mis intereses sexuales me llevan preferentemente a cortejar y desear ser prendida (permítanme que me trate en femenino) sentimental y sexualmente por un hombre maduro y heterosexual aunque, por otra parte, siga complaciéndome y complaciendo a Íñigo como he dicho anteriormente.

Mi fascinación por don Luís, desde el primer momento que le vi, fue como un flechazo de empatía con cierta carga libidinosa: este hombre, de 1,90 aproximadamente de estatura, rondaba por los 60 años – más que menos – con un porte señorial, cabello negro con incipientes canas, ojos grandes, negros y mirada simpática, tez morena, barba recortada y rostro todavía terso como también la piel de sus manos, con un cuerpo bien conformado que inducía a imaginar una desnudez admirable pese a su edad.

Como ha quedado dicho, para Íñigo seguí siendo su puta barata y consentida, pero algo cambió ya en la primera relación que tuvimos los dos en mi lecho tras la llegada de don Luís. Esa noche, todo lo que hice y sentí con Íñigo fue como si éste estuviera suplantado por el hombre que tenía subyugado en mi mente. Cuando Íñigo entró en mi habitación, de cuya visita estaba advertida, me encontró preparada a su gusto: limpia de cabeza a los pies, hechas las lavativas anales pertinentes, dientes cepillados y enjuagues, uñas recortadas en mis cuatro extremidades, rostro y cuerpo totalmente rasurados, con los afeites y lubricaciones convenientes para la ocasión y vestida con un conjunto rojo de lencería femenina (que, por cierto, fue un regalo suyo y una exigencia suya, que dio pie a nuestra primera relación sexual) compuesto – dicho conjunto – de un sujetador con las copas muy separadas y abiertas longitudinalmente por el medio para dejar parte de los senos y los pezones al descubierto; unas bragas de encaje con medias de rejilla y ligueros. Lo que Íñigo no podría sospechar – creí equivocadamente, como se demostró luego – es que lo hice todo imaginándome como si fuera don Luís el que vendría a que le satisficiera y satisfacerse conmigo: ansiaba ser cogida de la manera más auténtica posible por un heterosexual como me parecía, sin dudarlo, que lo era don Luís.

– Estás muy linda – Las palabras de Íñigo, al entrar en mi habitación, fueron más lujuriosas que amables como solía ser.

−Gracias – Por despiste estuve a punto de llamarle Luís – sé muy bien para que me halagas; sabes que me gusta y me dejas rendida para ti.

−Ven aquí, Fanny – Íñigo siempre me llamaba con ese nombre – Voy a hacerte gozar y gemir como te gusta. Se acercó pausadamente – lo hacía siempre así hasta desbocarse como macho que apresa a su hembra –, me cogió de la cintura, me presionó sobre su cuerpo, sentí como su verga fláccida se fue engrosando y levantándose empalmada en mi pubis; puestos así, empezó a besarme orejas, cuello, entornillar su lengua con la mía, darme unos fuertes besos con sus labios carnosos, sobarme las mamas, lamerme los mugrones y dejarlos bien erectos para morderlos hasta hacerme llorar con gemidos de dolor y de placer. Me puso de perrita sobre la cama y empezó restregar mi raja con su verga enorme que, bien parada y medida por mí misma, pasaba de largo y ancho más de 20 x 18 cm.

−Ahora vas a gozar como tantas veces me lo has pedido y nunca  te lo he hecho– Y se puso a lamerme el ano, meterme su lengua por el ojete y follarlo. Esa novedad creí que era para dar rienda suelta a un deseo reprimido suyo pues nunca lo había hecho a pesar de mis reiteradas peticiones.

– Me gusta, sigue, sigue… no pares… no pares, macho… sigue… folla fuerte… muerde… no pares… – Así, sin parar y con los ojos cerrados, yo fantaseaba como si Íñigo estuviera suplantado por don Luis.

Satisfecho ese deseo suyo y mío que me dejó lista y ardientemente ansiosa de ser penetrada, lubricó mi ano y su verga que, pese a su grosor, me penetró fácilmente más de media vara hasta llegar al fondo y empezar un gratísimo mete i saca que culminó frotándome la próstata y provocarme un orgasmo como él sabía muy bien cómo hacerlo – era un maestro para eso, solía conseguirlo bastantes veces – al tiempo que mientras yo eyaculaba sobre mi vientre, también él se corría simultáneamente en mis entrañas potenciado con mis jadeos, espasmos y contracciones de mi intestino y mis esfínteres.

− ¿Te ha gustado, nena? – Me dijo todavía jadeando

Tanto placer me había dejado obnubilada y confundida en mi mente como si hubiera sido real la imaginada suplantación de Íñigo por don Luís, lo que provocó que cometiera, con mi respuesta – aunque parezca que miento – una grandísima pifia que creo que nunca la hubiese cometido una mujer aunque estuviera pensando con un hombre distinto al que la estuviera cogiendo.

− ¡Sí, Luís, muchísimo, más que las otras veces!

Sin esperarlo, me sorprendió y me hizo volver a la realidad con un bofetón inesperado que me dejó tirada sobre la cama quejándome del golpe y con la lengua algo ensangrentada por el mordisco que me hice yo misma a causa del golpe recibido. Aun así, trató de justificarse y, quizás, de justificarme también a mí.

−No lo tendré en cuenta por lo puta que eres. Ya te tenia bien observada de cómo te encandila ese tío. – Y se salió de mi habitación a medio vestir, enojado.

Por sus palabras, me convencí, sin dudar-lo, que su encelamiento y la fantástica cogida que tuvimos dejando mi culo bien satisfecho, no obedecía a ningún deseo reprimido suyo sino para que me sintiera más suya que nunca y comprometida con él porque temía mi encariñamiento con don Luís como él sospechaba y se pronunció a causa de mi pifia.

Con Luís (sin el ‘don’ como él me pidió y que aún le engrandecía más) tuve un trato familiar des del principio, su carácter lo permitía y no menos por mi disposición a que fuera así. A veces se comportaba como si fuera mi tutor tratando siempre de orientarme con sus experiencias. Solíamos conversar bastante y largo tiempo sin sobrepasar el que él entendía que yo necesitaba para mis estudios.

− ¡Ale, a estudiar que eso es lo tuyo! – Nuestras conversaciones las solía terminar así.

Mi admiración por aquel hombre no restaba en nada sino que aumentaba más mis fantasías sexuales que me llevaban a imaginarme que me cogía como a mí me gustaría que lo hiciera: con cariño y sexo, pero como su amante y no como su puta. En realidad este deseo tenía algo de contradictorio pues no puedo negar las satisfacciones morbosas que seguía manteniendo con Íñigo cogiéndome como puta tal y como veníamos haciéndolo.

Era difícil que mis deseos de cómo me gustaría que fueran mis relaciones con Luís llegaran a cumplirse, pero por lo menos sí que confiaba en lograr, al menos, tener algunos contactos sexuales hasta donde la ocasión y él me lo permitieran. Quizás por eso, traté de buscar las ocasiones que pudieran prestarse para conseguirlo y estaba bastante convencida que lo podría lograr pues, poco a poco, nuestras conversaciones se hacían más íntimas e incluso, a veces, bastante procaces por divertimiento; me contaba anécdotas de sus infidelidades con su mujer a causa de su maldita frigidez, por lo cual tenía que buscar fuera lo que no tenía en casa. Eso me llevó a preguntarle con mucho atrevimiento – movido por mis propios intereses – si también había tenido alguna relación homosexual.

− ¡Coño, niño, hay cosas que no se preguntan! – Fue una reacción desenfada a mi indiscreción, pero a continuación me contestó que nunca y, aunque no era un libertino,  respetaba la sexualidad sin tabúes. Tanto era así que si coincidíamos en el aseo y le encontraba desnudo, se desinhibía de mi presencia y ni siquiera se giraba o hacía algún gesto para ocultar sus intimidades. Era una preciosidad de hombre con su vello negro y poco canoso que rodeaba sus areolas, cubría el pecho y bajaba por el abdomen como una fina ristra hasta expandirse en el triángulo púbico con un colgajo delicioso de polla, con unos testículos marcadamente ovalados como dos bolas perfectamente diferenciadas y un pene grueso y circunciso que fláccido le mediría de 14 o 15 cm. mostrando un glande como de fresón apetecible.

La confidencialidad a la que llegamos me llevó a una mayor espontaneidad en el trato que nos dábamos: por ejemplo entrar yo en el aseo y encontrarlo tendido en la bañera cogiéndose la verga morcillona y decirle en tono de broma aunque con intención inequívoca por mi parte:

−Luís, que se te va a plantar.

−No serás tú quien lo vea−Me dijo entre risas, pero a continuación añadió y me sorprendió gratamente – Aunque… no sé, creo que te gustaría vérmela… ¿sí o no?

− Ja, ja, ja…−Traté de disimular lo que entendí como una insinuación de que no sería extraño que podría ser que algún día le encontrara con la verga bien parada

Para mayor sorpresa mía aun me sorprendió más con una confidencialidad aún más certera:

−Perdona, hijo… No dudo de tu virilidad, pero…Es que en tu forma de ser y en tus modales tienes algo de femenino… tu carácter afable, la delicadeza de tu trato, tu receptividad… Será cosa cerebral, según tengo leído… pero tienes algo que ennamora.

−Ja, ja, ja… pudiera ser –respondí.

Y lo era, al menos así lo creía yo también… Así fue que una mañana le encontré  en la ducha con la verga bien parada. La ocasión era propicia.

− ¿En qué estarás pensando para ponerte así? – le dije −Te vendría bien una buena paja con esa verga tan bien parada, ¿cuánto te mide? – Y agregué –Seguro que no lo sabes ni te la has medido nunca. ¡Espera…!

Si las ocasiones las pintan calvas, ésta era la mía y me convenía aprovecharla o intentarlo por lo menos pues se le veía muy excitado y estábamos solos: Íñigo estaba de maniobras militares y doña Pilar de viaje con unas amigas.

Salí corriendo, fui  a mi habitación, cogí una regla y volví corriendo. Extrañamente, ya que ni yo mismo me lo podía creer, parecía que estaba esperando mi vuelta.

− ¡Vamos…! − Más erecta de cuando la vi antes, se la cogí y cuando quise colocar la regla desde la base del pene a la punta del glande, se me cayó y quedé con su verga en mi mano cogida en mi puño que apenas podía cerrar. Nos reímos, pero no la solté sino que con la otra mano, haciendo como si bromeara, empecé a acariciarle los testículos, él se dejaba y no tardó en pedirme que le masturbara. Quedé sorprendido y dudaba que lo dijera en serio, así que sin saber yo que hacer, de pronto empezó unos vaivenes de su verga en mi puño, estuvo así unos momentos como incitándome a proseguir el meneo. Y lo hice: proseguí los vaivenes con mi mano, pero no me limité a hacerle una paja sino que con el otro brazo me agarre a su cuello, acerque mi rostro al suyo rozándome con su barba, acerque mi boca a su rostro, le bese en la mejilla, él me devolvió un beso en mis labios y yo, como respuesta a su disposición de satisfacernos, me agache, besé y lamí su capullo una y otra vez hasta metérmelo en la boca, mamarlo, succionar su pre-cum y, cuando intuí que se venía, me levanté y con mis labios pegados a los suyos le masturbe cogiéndole la verga con mayor rigor y vertiginosos vaivenes hasta que se corrió con fuertes jadeos y reiterados enviones espasmódicos de semen al suelo. También mi mano quedó enlechada y la lamí, pero mi mayor gozo esa primera vez fue haber conseguido hacerle y verle gozar conmigo y, dentro de mí, sentirme complacida y más hembra que nunca y, sin tener otro remedio añadido para culminar mis deseos femeniles como amante, me masturbe girado de espaldas y al terminar las convulsiones y jadeos de mi orgasmo retomé el tono bromista con el que habíamos empezado:

−Vaya, quizás tengas en casa lo que necesitas para completar lo que no te da tu Pilar

Él, aun con algún espasmo y cogiéndose placenteramente la polla que empezaba a quedarse morcillona, me respondió con cierta complacencia, como que sabía que un día u otro tenía que suceder:

−Tu enamoras, chico… Gracias, pero esto no se repetirá – Pero no fue así, ambos habíamos quedado prendidos el uno del otro y, cuando él estaba con ganas y la ocasión lo permitía, continuamos nuestras relaciones sexuales, sin mariconadas y con los excesos que pudiera haber entre un heterosexual y su amante.

También Íñigo pudo seguir dándome placer y gozar conmigo con su comportamiento continuado de macho cabrío (tomándolo como símbolo de la fertilidad), por lo mucho que le gustaba penetrarme y dejar su semen en mis entrañas.

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