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Seduciendo a mi suegra II

6 de octubre de 2009

Hice girar a Diana de espaldas a mí y la ensarté de nuevo. Además en esta posición podía acariciar mejor su clítoris notándolo grande y excitado, todo lo cual me llevaba casi al paroxismo mientras ella emitía gritos, incluso aullidos y aumentaba el ritmo de sus nalgas.

En el capítulo anterior les relaté lo que me sucedió: había culeado a mi suegra la misma noche del funeral familiar. Yo sabía que la había follado, bien follada. Es más, que había abusado de ella y de su culo, pero no recordaba con exactitud todos los detalles. Así que a la mañana siguiente después de pasar por la ducha y afeitarme, entré muy mohíno en la cocina donde todos estaban desayunando. Diana, mi suegra, me recibió seria, pero amable y mi suegro me animó a desayunar y a afrontar el día.

Quiero dedicar unas palabras a explicaros unos pocos detalles acerca de Diana: en ese momento ella tenía 43 años (o sea que me llevaba únicamente 8 años), y se advertía que estaba en femenina plenitud. Ella era, como es frecuente en los hogares yanquis de clase media alta, la que llevaba los pantalones y además controlaba la mayor parte de los recursos económicos y los administraba. Llevaba la voz cantante en los asuntos relevantes y todo se le solía comentar. Pasaron unos días, pocos, durante los cuales me fui recuperando asumiendo mi nueva situación y sin que por parte de Diana se mencionara lo ocurrido si bien es verdad que me trataba de manera distinta, con más atenciones, algo más cariñosa, aunque sin perder su habitual seriedad y con mis dos niñas suplía a la madre recién perdida.

Ella convocó la reunión para hablar del futuro que había que afrontar y en ella yo expresé mi decisión de volver a Santiago con mis hijas y reemprender mi vida. Diana no se opuso a ello sino que, para mi sorpresa pues yo creía que iba a exigir que las niñas se quedaran con ella en los Estados Unidos, dijo que era la opción acertada,  pero que esperaba que le permitiera acompañarnos y permanecer con nosotros por tiempo indefinido hasta que la situación se estabilizara completamente.   Mi suegro no abrió la boca sino para afirmar tibiamente que era lo mejor para todos, por lo que pude deducir que esto ya lo habían discutido entre ellos.

Yo les agradecí su ofrecimiento de ayuda, pero que lo tenía que madurar y que les contestaría. También le advertí a Diana cuando estuvimos a solas, de manera suave, pero tajante que no iba a tolerar intromisión alguna en mi vida por ningún motivo. Al oír esto se le encendió el rostro y me dijo:

-Mira Carlos lo que pasó anoche lo excuso por el estado de ánimo que sufrías y por las circunstancias de la situación. Los hombres sois unos animales en lo que respecta al sexo y yo no debería haber acudido a ti ofreciéndote tantas facilidades para que exteriorizaras tus instintos. – Diana, le contesté, no me puedo avergonzar de lo que hice pues ni siquiera pensé lo que te estaba haciendo, pero la verdad es que estás tan buena que olvidé mi infortunio y te confundí con mi esposa, tu hija.

Al oír esto comenzó a llorar quedamente:

-Sí lo sé, pero tus caricias, las vejaciones a las que me sometiste han roto todas las barreras y desde anoche siento que hay en mí una hembra en la que no me reconozco, pero que me gusta. Perdóname…

La abracé y le besé sus párpados probando el sabor de sus lágrimas y noté como un escalofrío le recorría su precioso cuerpo. Ella quiso besarme en los labios, pero la detuve:

-Por ahora no avancemos por este camino. Ya tendremos tiempo de platicarlo y de exponerte mis condiciones. -Bien, me dijo. Pero porfió para besarme abrazándome y al fin nos fundimos en un largo morreo que hizo que mi verga comenzara a crecer. Llamaron a la puerta y nos recompusimos como bien pudimos.

Después lo pasamos ocupados con la meticulosa preparación del viaje y el cuidado de las niñas y nada más ocurrió, a pesar de que el trato de Diana hacia mí se había hecho más cariñoso hasta que entramos en la casa de Vitacura. Como dije en mi anterior relato vivimos en la zona alta con pocos vecinos. Los más cercanos son un matrimonio con dos hijas Vicky y Anne. Sus padres son Jimena una chilena encantadora de unos 48 años y su marido John, bastante mayor que ella inglés por los cuatro costados, culto y pragmático.

Jimena, a pesar de su edad, conserva una lozanía impresionante y es poseedora de unas grandes tetas y unas nalgas como las que me gustan. Es una coqueta consumada, con mucha labia, ¡vamos! Una calienta pollas. Era de esas que estando en la piscina te pedía con una sonrisa pícara que pusieras un poco de crema en su espalda porque ella no podía: llevaba el brassier desabrochado.

En una ocasión en la que los dos estábamos solos en su piscina, bueno también estaba su hija Vicky chapoteando, me montó el número de la cremita y yo, dulce colaborador en un principio, aproveché para darle una dosis de la medicina que ella estaba necesitando: después de crema en la espaldita pasé a cremita en las corvitas y cremita en la musladita y comprobando que el que calla otorga, de pronto metí la mano bajo el bikini llegando antes de que tuviera tiempo más que de respingar a su concha, que encontré depiladita y algo húmeda y comencé a masturbarla acariciando su clítoris y el interior de su vulva. Ella no hizo nada sino levantar un poco las nalgas y aproveché el momento para entrar con mis dedos más profundamente en su vulva. Continuamos durante unos minutos hasta que estalló en un orgasmo que fue intenso por cómo se movía con mis dedos todavía dentro y la  cantidad de líquidos que derramó en mi mano.

Cuando recuperó cierta presencia de ánimo y el aliento me dijo balbuceando:

-Algunos hombres sois unas bestias, el pico se te ha puesto grande… ¡Tírate al agua para refrescarte coño (así nos llaman en Chile a los españoles), maldito!

Me enfureció y apretándole la mano hasta hacerle dar un gritito le espeté:

-¡No me gusta que hables de esa manera soez, no me gustan las zorras que se depilan la concha! Por esta vez pase, pero cuando decida culearte quiero que te hayas dejado crecer una buena panocha en esa cueva de amor deliciosa que tienes.

Quedó muda de asombro y apenas acertó a decir perdón y sonreír al ver a Vicky salir de la piscina. Lo encajó bien pues en otra ocasión en que estábamos todos reunidos en la piscina, riéndose y agitando el tarro de crema con una mano mientras con la otra se sujetaba el bikini:

-¿Qué caballero va ser mi valet hoy? A lo mejor se gana un premio. Charles respondió: -Yo ya tengo muchos premios, gracias. Así que fui yo su valet y así supe que habíamos firmado la paz y yo había ganado esa batalla.

Mientras tanto los días pasaban, tempus fugit, y el dolor suavemente se desvanecía. Mis instintos se manifestaban de nuevo. Me gustaban las mujeres que me rodeaban: Diana, mi suegra, Jimena, sus hijas y dos huasitas recién llegadas del campo que estaban al cuidado de la casa. Cada una por motivos iguales y distintos a la vez.

Había comenzado a estudiar a Diana, que de verdad se estaba comportando: me organizaba el hogar, se cuidaba de mis niñas: Lynn y Jill, para averiguar hasta qué punto la podría dominar y aunque la casa era grande el número de sus habitantes no era pequeño, eso que no he contado a la Nanny ni a Juan, un huaso socarrón, algo viejito, que cuidaba los automóviles y vivía en una pequeña estancia del garaje. Me acercaba a ella con cualquier motivo, especialmente en la cocina cuando estaba indefensa trasteando le olisqueaba el cuello y le decía:

-¡Qué bien hueles Diana! Y a continuación lo besaba mientras ella elevaba discretamente su grupa para sentir el volumen de mi pene.

Me fui unos días a Río por asuntos del trabajo y con tantas garotas a mí alrededor, en la oficina, en las playas, en las terrazas de los cafés que el último día llamé a casa y le dije:

-Diana mañana arréglalo todo para que tengamos la noche libre. Te he preparado una sorpresa. Y corté sin que pudiera preguntarme nada.

En la sala de llegadas de Pudahuel la encontré: estaba plantada ante mí tímida y deslumbrante con su melena suelta y no se había maquillado. Dejé de empujar el carro, la prendí de la cintura y le besé levemente en sus labios. La gente que había alrededor se volvió a mirarnos: Diana llamaba la atención, era grande y llevaba una sucinta ropa interior que se trasparentaba ligeramente a través del vestido de seda puesto para la ocasión. El tejido de la falda se le introducía por el canalillo de sus estupendas nalgas.

Al entrar en el automóvil me cogió el rostro entre sus manos y comenzó a besarme repetidamente. Estuvimos así unos minutos y después manejé hasta coger la costanera Norte y Vicuña Mackenna entrando en el aparcamiento del Hotel Valdivia en una calle lateral. Una discreta empleada nos condujo, sin que nadie más nos viese hasta la suite Palacio Moro y al cerrar la puerta tras nosotros sin más comenzamos a arrancarnos la ropa y a besarnos. Le mordía sus labios y ella me respondía buscando mi lengua con la suya más profundamente a cada beso.

Me tendí en la cama y la hice colocarse a propósito de un 69 y comencé a lamer su vulva de arriba abajo, hasta llegar al clítoris que ya estaba hinchado, lo absorbí en mi boca apretándolo por su base, suavemente, con los dientes y acariciándolo a lengüetazos. Diana se volvió loca: me comía la verga con frenesí. Al poco estalló en un poderoso orgasmo que hizo chorrear su vulva y arquear su espalda convulsivamente. Cuando acabó me di la vuelta enseñándole la espalda y el culo y le mandé que metiera su lengua en mi ano y que lo lamiera, a lo que siguió un beso negro espléndido, maravilloso, con delectación, mientras con sus manos buscaba mi pene.

Ya no pude aguantar más y cambiando de postura me preparé a penetrarla colocando mi capullo en la entrada de su sexo y lo hice suave y lentamente: fue otro deleite. Tenía una vagina ancha y mi pene, que es bastante grueso entró con gran facilidad siendo mojado por la abundante secreción debida a su primer orgasmo. Sentía como mi verga era acariciada al vaivén del mete saca con apenas una leve presión sobre ella. Estuve a punto de eyacular, pero lo contuve hundiendo a tope mi pene y presionando su base contra la parte superior  de su cueva del amor.

Continuamos follando al unísono y pronto me gritó:

-¡Fóllame, gusano, lléname de leche, yo soy tu perra!

Ya no pude resistir y la leche fluyó como un río dentro de sus entrañas mientras ella gritaba en medio de su orgasmo. Fue monumental. A pesar del cansancio continué bombeando y nos colocamos, sin sacarle la verga, apoyados sobre un costado en la cama. Susurraba:

-Me has dejado muerta… cabrón.

Mientras la bombeaba le acariciaba el clítoris. Esto la volvió a calentar y movía sus caderas rítmicamente para que la culeara más profundo. El roce de su vagina tan delicioso lo sentía mi verga que se puso otra vez muy dura. Hice girar a Diana de espaldas a mí y la ensarté de nuevo. Además en esta posición podía acariciar mejor su clítoris notándolo grande y excitado, todo lo cual me llevaba casi al paroxismo mientras ella emitía gritos, incluso aullidos y aumentaba el ritmo de sus nalgas. A punto de perder el sentido de la realidad le saqué la verga y ayudándome con una mano le coloqué el capullo rozándole el ano. Al sentirlo, agradecida, empujó su culo y me ayudó a penetrarla.

Culeamos unos minutos más y cuando sintió que se acercaba al clímax me gritó que mi semen lo quería dentro de su vagina. Rápidamente la hice colocarse a cuatro patas y le metí el pico por donde me había pedido. Esta posición era gloriosa: veía como la verga entraba y salía de su cueva, sus caderas amplias y tan femeninas, su ano dilatado y húmedo… gritábamos al unísono mientras ella alcanzaba el éxtasis del amor y yo casi llegaba… al fin estallé y cuando dejamos cada uno de palpitar caímos rendidos sobre unas sábanas mojadas por nuestros flujos y nuestro sudor y, sin articular una palabra más, nos dormimos.

Como sólo había tomado un ligero desayuno antes de salir de Río me desperté sobre las doce de la noche hambriento, llamé al servicio: nos prepararon el jacuzzi, cambiaron y arreglaron la ropa del lecho y nos sirvieron la cena fría que había encargado.

Salimos del baño, cenamos tranquilamente, intercambiando sonrisas, caricias, algún que otro comentario intrascendente. Diana me miró y dijo:

-Eres un bicho y te amo.  Hoy ha sido uno de los días más maravillosos de toda mi vida. Haré todo lo que me pidas sin reprocharte nada, pero te ruego que nunca me abandones.

Autor: Carlos

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