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Seduciendo a mi suegra III

14 de octubre de 2009

Metí el glande hasta que chocó con el himen. Con suaves metidas la fui disponiendo para el sacrificio, de pronto empujé bruscamente rompiendo su telita, lo hundí del todo en la raja. Dio un pequeño grito. Rosita una vez pasado el dolor comenzó a moverse conmigo. Agitaba su cabeza, mientras gemía guturalmente. Cuando sentí llegar su orgasmo estallé llenándole su vagina con un torrente de leche.

Las empleadas ven y oyen todo.

Tras lo sucedido en el Valdivia, Diana venía cada noche a mi dormitorio en cuanto las niñas se habían dormido y el resto de los habitantes de la casa estaban recogidos en sus habitaciones y cada noche y muchos amaneceres hacíamos el amor como leones.

A Diana le gustaban las sesiones de besos morosas, con mucha lengua y saliva y cuando notaba mi pene altivo, mientras yo me sentaba en el borde del lecho, se arrodillaba y me la mamaba rico, como dicen aquí, y cuando notaba que estaba a punto de recibir mi leche dejaba de hacerlo y me imploraba que se lo metiera en su concha. La encontraba siempre muy mojada.

Yo evitaba acabar al tiro ensartándole la verga de golpe y hasta el fondo llegando mis testículos a hacer presión sobre su vulva y presionando fuertemente la parte superior de la base del pene sobre la parte superior de su coño y una vez contralado el deseo vehemente de regarla con mi leche comenzaba un metesaca primero lento, luego más rápido, más tarde lento otra vez, manteniendo el control y haciendo que ella lo perdiera con mis acometidas llevándola a una serie de orgasmos sucesivos. Ambos nos gritábamos frases cargadas de lascivia:

-¡Te gusta mi polla gorda, perra¡ -¡Oh sí me gusta que me folles como un animal,  soy tu puta! ¡Préñame ya!

En ocasiones colocaba sus pantorrillas sobre mis hombros y sacando mi pene, abundantemente lubricado por sus líquidos, de su coño se lo metía en su maravilloso culo, pero siempre imploraba que me corriera en su vagina. La complacía siempre porque también deseaba que se quedara preñada de mí. ¡Qué locura!

Por las mañanas el polvazo era más rápido. Algunos amaneceres, al despertarme abrazado a ella con las manos en sus tetas le colocaba mi pene medio erecto y morcillón entre sus nalgas subiéndole antes su camisa de dormir para que notara mi carne, Diana colocaba una de sus piernas sobre las mías y entonces la embestía penetrándola.  Otros, si ella se despejaba antes, me comía la verga y el culo con gran amor usando de sus labios, su lengua y su saliva. Cuando su lengua se abría camino a través de mi ano, mi pico y yo nos levantábamos de inmediato encontrando su cotorra húmeda, hinchada… Solía ser muy temprano y veíamos salir el sol por encima de los Andes.

Era para estar enamorados y nosotros lo estábamos. Cuando acabábamos ella me cogía el pene y lo lamía degustando nuestros mezclados líquidos como una gatita lengüetea su platito de leche. Tras lo cual nos deseábamos buenos días mientras nos besábamos. El servicio era tratado con cariño y cuidado y esto nos era retribuido por su parte. O eso creíamos.

Nuestra vida trascurría como la de una familia feliz, muy feliz. Mi amante lucía contenta, siempre de buen humor y además aprendía velozmente una curiosa mezcla de chilean-spanglish. Mi hija menor ya llamaba a Diana mami y Jill, la mayor, comenzó a imitarla. Invitamos varias veces a nuestros vecinos Jimena y Charles, invitaciones que fueron devueltas con placer y también a compañeros del trabajo que venían acompañados de sus parejas.

Un día domingo por la mañana cuando las niñas habían salido de paseo con la nanny nos colocamos en las tumbonas de la piscina y como siempre que nos sentíamos  solos comenzamos a toquetearnos hasta que el calentón nos hizo zambullirnos. Allí continuamos el juego. Le quité el biquini y comencé a chupar sus pezones que gracias al agua fría y las caricias se notaban espléndidos. Diana respondió deslizando mi calzón y alcanzando con su mano mi pico. A continuación se sumergió y consiguió meterlo en su boca. Al sacar la cabeza para respirar no aguantó más y desprendiéndose ella misma de la parte del biquini que le quedaba se abrazó a mí con sus brazos mientras sus muslos apretaban mi cintura. Llevé con la mano mi verga hasta la entrada de su chocho y empujé valientemente sintiendo una sensación que solo se da follando en una piscina: el pene pasó del frío líquido a la ardiente cueva de mi puta. ¡Qué excitante obscenidad! Culeamos apasionadamente durante un buen rato como si el mundo se hubiera parado hasta que me gritó:

-¡Me estás volviendo loca, acaba ya dentro de mí!

Al escucharla perdí el control y me derramé en sus entrañas mientras ella comenzaba un largo orgasmo. Salimos de la piscina, desnudos, y buscamos las toallas para cubrirnos mientras recuperábamos el aliento y el sol nos calentaba.

Al cabo de unos momentos me levanté de la tumbona y entré en la casa descalzo a buscar algo de ropa seca y coger unas chelas para beber. Andaba con cuidado intentando no hacerme daño en los pies y a punto de entrar en la cocina escuché dos voces que me frenaron. Eran las dos empleadas, Tina y Rosa (Las familias de Tina (Ernestina) y Rosa se habían instalado hacía unos pocos años en la comuna Padre Hurtado procedentes de un pueblito cerca de Melipilla y su edad en el momento en que esto sucedía era 18 ó 19) que hablaban entre ellas. No percibían mi presencia y conversaban en un tono abierto con frases cuyo sentido me dejó estupefacto:

-Jia, jia mijita tú estai volada. El señor anda prendido de la misia. Estai frita. Decía Rosita.-¿Y vos no? Yo ahora estoy botella. Solo encuentro huevones y flaites que no sirven, pero vos estai por botar el diente d’leche jia jia.-No me importaría botarlo  con el señor pero él anda to´ó e’día califa detrás de la gringa.-También va la misia. En cuando creen que naide los ve se besan bacán. Ná de topones, puros lenguaos. Además la señora cree que tiene pata’e lana y que no oímos cuando se va a romper el catre con el señor. Ara mismito los he visto desde la sala de arriba. Han estao culiando en la piscina. Carlito ha salido altivo ¡Qué filorte pá dar puñalás de carne!. Me ha dejao goteando.

Logré enfriar mi ira y volví quedamente a donde me esperaba Diana. Al ver que no traía la bebida se levantó ella después de ponerse algo de ropa y entró en casa. Volvió enseguida y al poco rato llegaron las dos parlanchinas, medio serias medio risueñas llevando las cervezas y un aperitivo. Nuestras miradas se cruzaron y yo aproveché para darles un buen repaso.

Físicamente eran bastante diferentes: Tina tenía la piel color bronce  muy claro, pelo corto negro liso, ojos a juego, también negros, un toque achinados, labios rojo oscuro generosos, estatura entre metro sesenta y sesenta y cinco, pantorrillas y tobillos bien formados, y muslos, por lo que se veía por debajo del borde del uniforme, torneados, caderas y culito muy agradables de ver, grandes sin ser enormes, pechos que hacían notar su volumen y una cintura fina. En resumen: una panochita apetecible para los admiradores  del sexo femenino y tierno.

Rosa tenía el aspecto más aniñado con un color de piel más claro que Tina, pechos pequeños que sólo se anunciaban a través de la tela que los cubría, ojos de color café claro, grandes que parecía que miraban siempre con sorpresa,  pelo oscuro sin llegar al negro, largo y algo ondulado dos o tres centímetros más alta que su compañera. Pantorrillas y muslos estilizados pero un culito bien proporcionado y unas nalgas que se pronunciaban cuando andaba. Tina era más expresiva y vivaz pero Rosa tenía el encanto que da la ingenuidad. Era también una linda panochita o como decimos en España un guayabo, un chochete.

Nosotros, Diana y yo, continuamos saciando nuestra sed de amor y sexo. Un día jueves comiendo con ella en un restaurante de Providencia (una avenida de moda) me preguntó:

-Charlie ¿tú sabes cuánto te quiero? ¿Cuánto te necesito?. Estas preguntas retóricas siempre me ponen a la defensiva pues son preludio de cuestiones más serias. Así que le contesté:-jaja No sé. Ummm… Bueno sí. Diana continuó-: No solo es el sexo, que sí lo es, sino amor lo que creo que compartimos. Y son las niñas, la responsabilidad que tenemos con ellas. En resumen, he decidido divorciarme de Frank cuanto antes. ¿Y tú te quieres casar conmigo?

Como un caballero y sin pensármelo dos veces le dije que sí. Diana continuó diciéndome que entonces me tendría que dejar solo unos días mientras arreglaba todo en los Estados. Así que las niñas y yo la despedimos el día domingo en Pudahuel.Me había dejado solo como una fiera hambrienta pero con dos ovejitas cerca.

Durante la cena en la cocina devoraba con la vista a mis ovejitas: Tina se dio cuenta enseguida y empezó a exhibirse delante de mí. Era la chispa que le faltaba a mi fuego. Les pedí que trajeran una botella de Champaign. Rosita la puso sobre la mesa con la copa correspondiente y le indiqué que pusiera dos copas más para ellas. Retozona Tina preguntó:

-¿Qué va celebrar el señor?-El señor solo no va a celebrar nada. Van a ser Tina, Rosita y Carlito los que van a conocerse mejor esta noche. Sus caritas se arrebolaron al entender que habían quedado al descubierto. Levanté una mano y continúe:-Salud p’a todos y a beber.

Tras la primera copa vino la segunda y ya las dos panochitas se sintieron más seguras:

-Me di cuenta el otro día al oíros que sois unas personitas interesantes. .-¿Le gustó lo que oyó? preguntó la atrevida Tina.:-Sí pero también lo que vi.

Tina se acercó a mi en el sofá y se acurrucó sobre mi regazo. Llamé a Rosita que se acurrucó a mi derecha. Estaban encantadoras las dos con las mejillas arreboladas ahora por el bienestar y la confianza que da el vino y la amistad. Besaba a Tina en las mejillas hasta llegar a la comisura de sus labios y para no hacer de menos a Rosa me volví y directamente le puse mis labios sobre los suyos y ella me respondió dejando sus labios blandos y entreabiertos. Mi lengua entró y encontró la suya, tan delicada como un pajarito. Tina, mientras me besaba en el cuello que se le presentaba franco y sentí su mano abriéndome la camisa y acariciando el pecho. Las cogí de sus manitas y las subí al dormitorio. Allí les dije que quitaran la ropa para bañarnos juntos. A la vez que me desnudaba veía como ellas hacían lo mismo.

Los pechos de Tina eran grandes, con una textura exquisita, areolas rojo oscuras pequeñas y pezones como garbancitos del mismo color. Su monte de Venus estaba cubierto por un bello negro sedoso  y abundante que escondía su chucha. Rosita apenas tenía tetas pero sus pezones eran grandes y parecían sensibles, su bello menos abundante dejaba ver los labios de su chocho, tan precioso que estaba deseando comérmelo. Al inclinarse por un momento observé el agujerito de su culo con algunos pelitos a su alrededor. Mi pene estaba ya completamente duro. Nos metimos en la ducha como en un sándwich, dejando correr agua templada, nos enjabonamos unos a otros. Yo les lavé sus culitos, suave muy suave, metiendo en ellos los dedos con mucho cuidado moviéndolos dentro en círculo.

Tras los culitos lavé sus coñitos teniendo mayor cuidado con el de Rosita al comprobar que su himen estaba entero. Le froté dulcemente el clítoris que se iba poniendo erecto. A Tina al contrario le metí primero un dedo y al notar que no había obstáculo le metí otro entrando profundamente en su vagina. Ellas, cuando se lo pedí, me lavaron el culo. Tina me enjabonó y luego me introdujo dos de sus deditos en él. Di un pequeño respingo. A Rosita le dejé el pene. Me lo descapulló con una mano y, tras sopesarlo y mirarlo extasiada, con la otra me lo enjabonó.

Caímos en la cama todavía húmedos por el agua. De inmediato me apoderé del chochito de Rosita chupándolo con primor. Metiendo la lengua y pasándola por sus labios menores y mayores y más tarde de su clítoris. Tuvo un orgasmo mientras susurraba de gusto:-Iiiiiiih. Se quedó desmadejada por unos momentos, sin aliento. A Tina la coloqué de espaldas en la cama y comenzamos un 69. Lo hacía rebién la panochita. Yo tenía que contralarme para no acabar en su boca. Noté como  me acariciaban y me pasaban la lengua por la espalda y la nuca. Era mi Rosita. Tina llegó al orgasmo y fue el una hembra plena, dejando sus líquidos en mis labios y cara. Tina, recuperada dijo:

-Ara te tocó a ti, Carlito. Y tumbándome se metió el glande en su boquita y después de chuparlo con abundante saliva llamó a la Rosa:-Ven Rosita ayúdame. Rosa besó y chupó mis bolas, mordisqueó mi pene. Se lo comían entre las dos delicadamente. -Ya es tiempo de que Carlito te convierta en una verdadera mujercita. No debí tener miedo. Yo te tendré la mano.

Tina le hablaba preparándola para que yo la montara. Me coloqué sobre ella y con la mano coloqué mi verga en la entrada de su vulva. El glande fue succionado dentro hasta que chocó con el himen. Con suaves metidas la fui disponiendo para el sacrificio: de pronto empujé bruscamente rompiendo su telita: lo hundí del todo en la raja. Dio un pequeño grito.

Poco a poco se fue acoplando mi pico con su vagina. Rosita una vez pasado el dolor comenzó a moverse conmigo y yo le cogí sus nalgas para follarla profundamente. Agitaba su cabeza, fuera de sí, mientras gemía guturalmente. Cuando sentí llegar su orgasmo estallé llenándole su vagina con un torrente de leche.

Entre Tina y yo limpiamos el vientre y la chucha de la desmadejada Rosa que blandamente se dejaba hacer mientras sonreía feliz. La pusimos dentro de uno de mis pijamas que le quedaba grande: arremangamos las mangas para que tuviera las manos y los pies libres. Cerró sus ojos y empezó a respirar plácidamente de inmediato. Tina me reclamó:-Carlito, quiero tu leche dentro de mí.

Yo, que por la mañana temprano había follado con Diana no sabía si iba a poder complacerla pero ella me puso frente a la boca sus pechos y me incitó a comérselos: la verdad es que eran grandes, duros y exquisitos. Después, recogiendo en su boca la saliva mezclada de nuestros besos embadurnó el canalillo de sus tetas y colocando el pene allí comenzó a masturbarme. Mi pene reaccionó y al rato nos colocamos de nuevo en un 69. Le succioné toda su chucha, clítoris y todo y se vino en mi boca gimiendo de gusto.

Mi pico estaba listo de nuevo y colocándola como una perrita le acaricié sus preciosas nalgas, sus muslos tan llenitos, el culito cuya piel, lo mismo que la de sus labios vulvares tenía un color más oscuro. Le coloqué la punta en el ano tras ensalivárselo y empujé. Estaba muy prieto y solo llegué a encajarle el glande. Tina ayudaba para que entrara todo. No se quejaba aunque de su garganta salía un ay sofocado al morderse los labios.

Notando el dolor que le estaba produciendo desistí y entré con mi pene en su vagina y comenzamos un culeo que aumentaba de intensidad mientras más nos calentábamos. De pronto noté su vagina contrayéndose en un orgasmo poderoso y yo respondí acabando dentro de ella. Al fin caímos uno al lado del otro.

Nos besamos cariñosamente dándonos gracias mutuas, y así, tan amorosamente, nos dormimos los tres juntos.

Autor: Carlos

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