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SEXO EN EL AUTO

13 de diciembre de 2005

El auto se detuvo lentamente en el paseo costero. La luz de las altas columnas, asemejaba serenos, delgados y gigantes iluminando la calle con la suave luz amarilla. La oscuridad que tapaba el cielo, el mar, el horizonte, era levemente violada por el lento pasaje de las luces de un barco, dibujado contra el horizonte.

La conversación entre ambos se hacía más fluida, más personal, más íntima y más insinuante.

Ella mira atentamente cada movimiento de los labios de la boca del hombre. Le encantaba su sonrisa, su mirada y le encantaba escucharlo, el sonido de su voz. Pero en especial le fascinaban los labios, sentía como un fuego por dentro que recorría lentamente cada arteria, cada vena. Con qué gusto se abalanzaría sobre él y devoraría esos finos y suaves labios, con qué gusto internaría su lengua en la masculina boca. El no dejaba de observarla, estaba enloquecido con esa especie de obra maestra de la naturaleza, los insinuantes y brillantes ojos, la claramente dibujada boca, la cara redonda, la sonrisa franca, el pelo formando un marco casi perfecto, y el cuerpo… él moría con ese cuerpo. Ese mismo cuerpo que había tenido la oportunidad de sentirlo contra el suyo, levemente, roces casi casuales. La presión de unos hermosos y generosos senos contra su brazo, él adivinaba, intuía que los pezones estarían firmes y duritos y deseaba comerlos, magrearlos, besarlos y succionarlos hasta el cansancio o hasta lograr sacar el dulce néctar que esos senos debían guardar. Ella trataba de insinuarse, le daba pie para que él avanzara. Se imaginaba ya en sus brazos, siendo besada y acariciada. Estaba dispuesta a entregarse, sabía que su intuición no podía fallar, con ese hombre podría gozar de mil formas. Su amiga, que los presentó, le había dicho "es un buen tipo, ya verás" y ella poco a poco lo iba descubriendo, era todo un caballero, pero quería que en ese momento pasara las barreras de la educación, de las buenas costumbres y la abrazará, la hiciera suya.

Él sentía que su cuerpo volvía a sentirse muy joven, un fuego subía y baja recorriéndolo. Y su punto clave ya estaba respondiendo. Ciertamente, sentía como la tela del pantalón se estiraba y como su miembro crecía y buscaba su libertad. Volvió a mirar a la joven mujer, que bonita era!, y qué simpática! y su cuerpo… y sus pechos. Por un instante sintió la sensación, el deseo, de hundirse, entre esas dos hermosas cumbres, coronadas con los rosados pezones, no, no podía re amplia, se mantuvo. Ella le decía que sí antes de preguntárselo. Él entreabrió los labios, la lengua de ella humedecieron los propios. La distancia entre ambos se iba acortando, el calor aumentaba en proporción geométrica y el fuego de la pasión los consumía y tenía a ambos entregados uno al otro. Hizo un nuevo y suave movimiento, se preparaba para el tan ansiado momento. Por fin él había entendido que estaba totalmente receptiva. Sus cuerpos se inclinaron avanzando uno hacia el otro. La respiración se aceleró. El aire dentro de aquel vehículo se hacía más espeso, mientras los futuros amantes se inclinaban y acercaban.

Por una millonésima de segundo, los ojos de él bajaron al escote de ella. El tiempo se fue enllenteciendo. Ella siguió la dirección de la mirada y vio donde se posaban los tiernos ojos del hombre. Sintió como un leve ardor sobre la piel y la fuerza y roce que hacían sus pezones contra la tela del sostén. Su excitada respiración hacía elevar en cada inspiración los hermosos senos. Lo tenía muy claro, sabía que los hombres morían cada vez que ella se movía y les insinuaba con sus dos preciadas propiedades y el hombre que tenía frente a ella no era distinto, no podía escapar a sus encantos. El posó su vista en las voluptuosas formas, todas sus sensaciones viajaron rápidamente a su cerebro. Su cuerpo se incendiaba y él necesitaba calmar esa pasión. Su miembro latía bajo el pantalón y él necesitaba calmarlo, sacarlo de su prisión y liberar todos sus más profundos deseos. Los cuerpos de ambos s

eguían avanzando uno al otro, quizás los asientos y las piezas del automóvil fueran un obstáculo para el tan anhelado encuentro, pero a ellos no parecía importarles. Sus labios brillaban porque ambas lenguas se habían encargado de humedecerlos, de prepararlos mejor para el maravilloso encuentro que ocurriría en breve. Sus bocas reaccionaban abriéndose lentamente.

En un esfuerzo por superar la lentitud del tiempo, la espesura del aire, pero tratando de no asustar a la mujer, él intentó un movimiento mayor. La reacción de ella no se hizo esperar y, receptiva, se acomodó para recibir y gozar lo que indudablemente se avecinaba. Apenas milímetros separaban sus bocas cuando las lenguas amagaron, al mismo tiempo salir de sus cálidas y húmedas cuevas. Los labios entreabiertos buscaban la mejor posición para gozar del momento. Ella sonrió un poco más, él sintió su estómago estallar de nervios. Las cabezas se inclinaron, los labios siguieron aproximándose hasta casi rozarse. En ese momento ella lo sintió. Desde su labio inferior, como un rayo, una fuerte corriente eléctrica se disparó al cerebro. Sintió que los pechos estallaban, y una leve humedad comenzó a bañar la parte interna de uno de sus muslos. Y él también sintió la fuerza que golpeó su cerebro, sus manos temblaron, su pene latió y se inflamó bajo la tela, que a duras penas podía en ese momento contenerlo, mantenerlo oculto, sin romperse.

El encuentro de los labios, fue lento, se hizo eterno. La electricidad del primer contacto dio paso al fuego de la pasión. Las bocas se abrieron, las lenguas se encontraron, se entrelazaron, parecían no querer separarse más. Ella inclinó más la cabeza para dejar que él dominara la acción del beso. El tiempo se disparó a una velocidad vertiginosa. Ya ambos no podían, ni querían dar marcha atrás. El ardor de sus cuerpos los envolvía. Los labios se presionaban entre sí, mientras las lenguas exploraban las cavid sus instintivas reacciones. Ella sintió una nueva corriente eléctrica cuando la cálida mano del hombre buscó el contacto de su piel bajo la ropa. Tomo con suavidad la femenina cintura y ella deseó que fuera una mano gigante y que en un solo toque cubriera cada rincón de su cuerpo. Buscó los hombros y la cabeza de él, en un abrazo, para lograr, si esto era posible, que la unión de las bocas se hiciera más profunda e intensa. En ese mismo instante deseo tocarlo. Quería, tenía necesidad de saber si el cuerpo de él estaba reaccionando como el suyo. Ya ambos muslos estaban mojados y ella quería y deseaba asir con fuerza la dureza masculina. No se animó, quizás el no sintiera lo que ella, quizás exigirle en ese momento colmara sus necesidades y que él no pudiera cumplirlas destruiría el maravilloso momento que ella disfrutaba. Él sintió la cálida piel bajo la palma de su mano. Era la primera vez que sentía su piel claramente, y sentía el fuego que se disparaba de la dulce boca y se metía en todo su cuerpo. Sintió la caricia de ella en su cabeza, los dedos enredándose en su escasa cabellera. Hubiera deseado llevar la mano femenina hasta su entrepierna y demostrar inequívocamente, lo que ella le producía. Que ella envolviera su dureza y lo hiciera gozar con una larga y lenta caricia.

La respiración se hacía dificultosa, pero ambos mantenían la intensidad del beso. El tiempo seguía transcurriendo con velocidad increíble, para sus sentidos y muy lento para el mundo exterior… desde el momento en que se inclinaron para avanzar uno al otro habían pasado 5 largos e intensos segundos. La mano de él, en forma atrevida, se deslizó a uno de los duros senos. Y pronto bajó la tela del brassier descubrió el pezón. Levemente con dos dedos lo presionó, lo que arrancó un fuerte suspiro de ella. Las bocas se separaron, pero los labios permanecían pegados. Una femenina mano abandonó la caricia que estaba dando y se dejó caer en la entrepierna del hombre. Una leve contracción, como de susto y sorpresa, queriendo alejar su mano, sintió ella, al descubrir una extraña dureza bajo la tela del pantalón. Pero temblorosa pronto su mano se asió del firme instrumento y lo acarició de arriba a bajo, tratando de adivinar su largo, su grosor, de conocer y aprender de memoria cada parte, cada vena de ese palpitante trozo de carne. Ella sabía muy bien qu

e esa dureza solo tenía una finalidad, hacerle honor a ella. Dura por y para ella. Y pronta para que la use como desee. Él sintió la presión sobre su pantalón, la presión de la mano envolviendo el enhiesto cilindro. Sintió como la mano los recorría reconociendo cada parte hasta los mismos testículos. Su mano se aventuró sobre la piel del pecho femenino, superó el obstáculo de sostén y llenó su palma de suave y blanco seno. Sentía una pequeña dureza clavándose en su palma y esto le producía un placer más especial. En la mente de ella aparecieron unas letras, que fueron formando una frase, que no pronunció: – ¡¡Amor!! ¡¡Qué dura está!!En la mente de él también se dibujaron letras: ¡Amor! ¡¡Qué suave y cálido es!!Imposible que pudieran hablar los labios sellaban las bocas y las lenguas jugaban entre si con gran frenesí.

Ambos abrieron los ojos, él se bañó en el verde mar que lo miraba, ella se orientó en el espacio y el tiempo, ante el brillo de los ojos de él. Ambas miradas se dijeron lo que las bocas no podían y estaba dibujado en sus cerebros. Lentamente, las bocas comenzaron a separarse, los labios aún s tocando, pellizcando, tironeando sus rosados pezones. Por primera vez, desde que dejaron de besarse, ella desvió la vista de los profundos ojos de él. Necesitaba ver el espectáculo que su mano sostenía con fuerza y acariciaba, al mismo tiempo, con lentitud. Retiró la piel envolvente hacia atrás, ante sus brillantes ojos surgió un glande rojo, hinchado, palpitante. Sintió que su boca se secaba, lo deseo intensamente, quería tenerlo dentro de ella, saborearlo, besarlo, pasarle la lengua en forma envolvente. Ya no podía desviar la vista del deseado objeto, su cuerpo había dejado de pertenecerle y ahora solo respondía a las órdenes que el duro cilindro producía y le trasmitía a ella a través de su mano. Su cabeza se inclinó, como si de un rey se tratara. La boca abierta y la lengua, apoyada en el labio inferior, se dirigían irremediablemente al rojo glande, que ansioso esperaba. Él no podía creer lo que sucedía, dos autos pasaron junto a ellos y tocaron bocina. Por suerte, la zona que estaban es de oficinas y a esas horas, prácticamente, no circulaba gente. A media que ella se inclinaba hacia su miembro a él se le dificultaba seguir acariciando sus senos.

Una gota de saliva cayó sobre la punta del glande, una extraña sensación de placer sintió que generó una corriente eléctrica que llegó en milésimas a su cerebro. Él sabía que tendría un increíble momento de placer. Soltó los senos y enredó sus dedos en los rubios cabellos. Con la otra mano comenzó a acariciar la espalda. En la boca de ella desapareció el glande, su lengua comenzó a lamer alrededor del mismo y en especial en el orificio superior. La sensación de placer no lo dejaba pensar, desde la punta del glande una corriente eléctrica hacía que todos sus músculos se contraigan. Los labios de ella se cerraron sobre el borde inferior del glande. Lo tenía totalmente en su boca, lo acariciaba con la lengua y su boca cerrada producía un placentero vacío. Ella sentía como sus jugos vaginales corrían por sus muslos. Él buscó con desesperación las nalgas de ella, tratando de levantarle la falda. Ella se movió para facilitarle la tarea y con una mano se quitó la tanga rompiéndola. Su otra mano no abandonó la caricia constante que hacía tiempo le procuraba.

Movía con desesperación la cabeza, arriba y abajo, al mismo tiempo que la mano y con su boca cerrada sobre el glande producía un chasquido al generar vacío. La mano de él llegó al ansiado destino y comenzó a acariciar las nalgas y el valle que las separa. Tuvo que inclinarse algo para poder hacerlo con comodidad. Ella se acomodó mejor dejándole libre acceso a su ano y siguió devorando el duro y palpitante cilindro, que reaccionaba a sus caricias hinchándose. Con la otra mano el se aflojó el pantalón, pero no pudo bajarlo, ella no soltaba por nada la verga que llenaba maravillosamente su boca. Uno de los dedos se apoyó en el esfínter y presionó levemente. Ella recibió con placer la caricia, levantó levemente la cabeza y apretó inconscientemente el músculo. La verga se hinchó especialmente, ella notó que el pene palpi

taba en forma cada vez mayor. Él movía la cadera tratando de meter a fondo su dureza en la boca de la mujer. La presión en el dedo fue mayor, el esfínter cedió y un dedo se introdujo sin miramiento en toda su longitud. El fuerte dolor por la penetración dejó un rápido paso al placer, igual ella apretó el pene bien en su base y lo introdujo casi hasta la garganta. Él sintió que los tes confundía con el placer que el inquieto dedo le producía en el ano, y estalló. Un intenso orgasmo surgió en su cuerpo y su mente, no estaba segura que se lo produjo, pero la tensión de sus músculos era impresionante, las contracciones intensas, el placer de la verga en la boca indescriptible. No gritaba porque aún tenía el cada vez más flácido miembro en su boca. Él aprovechó la relajación y la dilatación y metió un segundo dedo en el ano de la mujer. Esta vez ella sacó de su boca el pene y elevó su cabeza: – ¡¡¡aaaaaahhhhhhhhgggg!!! ¡¡¡Me matas!!!

Su orgasmo duró unos segundos más, cuando sintió que volvía a poseer su cuerpo, se inclinó nuevamente sobre el pene que chupó y lamió dejándolo sin restos de esperma. Él la tomó de la cara e hizo que lo mirará. Se acercó a darle un beso profundo y dulce beso. En la boca de ella se sentían los sabores de él. La miró a los ojos, sonrió… mi dulce y querida Sandra…

Autor: Iosy iosy1965 ( arroba ) hotmail.com

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