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SEXO EN EL METRO

8 de mayo de 2007

Tengo poco más de 22 años, soy robusto, bien parecido, sano como un toro, pero como nada es perfecto, y yo no soy la excepción, sufría de calentura, me explico: las mujeres me volvían loco, era tanto así que a veces iba al banco o a algún trámite parecido y dejaba todo por seguir a alguna mujer que me calentaba. Fue así como nació esta historia.

Eran casi las seis de la tarde, decidí regresar a mi casa por el metro. Bajé al subterráneo con un tumulto de gente y me puse en la fila para conseguir mi boleto, fue entonces cuando vi a aquella mujer que me dejó anonadado, cosa que para un tipo como yo, con mi experiencia en el ramo, sorprenderme resulta difícil. Pero ella era extraordinaria: 1, 75 de estatura, más o menos 90-55-90, casi rubia, ojos claros, unos labios carnosos, rojizos, húmedos, los cuales intencionalmente se mordía al saberse observada, como si quisiera devorarse a sí misma. La acompañaba una mujer mayor que parecía ser su madre, seguramente hubiera saltado sobre ella sin pensarlo dos veces, así por lo menos se reflejaba en su rostro ansioso. Me quedé esperando para ver a dónde se dirigían, pues tenía el firme propósito de que aquella mujer fuera mía.

Pasaron 15 minutos y la despedida se produjo, yo estaba muy nervioso porque no sabía quién se iba o quién se quedaba. No podía creerlo cuando vi que era el hombre el que se iba y las dejaba solas. Pensé que ese momento era el apropiado para abordarla, me acerqué lo más que pude y escuché que la preciosura decía:"Te acompañaré hasta la estación Balderas" ósea, a tres estaciones de donde estábamos. Decidí que debería esperar a que estuviera sola y me propuse no perderla de vista.

Subimos al metro-tren. No me separé de ella ni un instante, algo que me fue difícil debido a la gran cantidad de público que entorpecía mi acercamiento. Cuando las puertas se cerraron quedé justo a su espalda, quedamos tan juntos que podía oler su cuerpo. Esa mezcla de perfumes y aromas corporales me puso tan caliente, a punto de perder la compostura. Creo que fue la única vez que no me sentía molesto empujando, todo lo contrario, gocé cada vez que lo hacían porque su trasero quedaba justo entre mis piernas.

Ella traía una vaporosa y liviana falda de tela muy suave, lo supe porque accidentalmente para ella, e intencionalmente para mí, pasé una mano sobre sus caderas. No sé cuántas veces o mejor dicho cuánto rato permaneció mi pene extremadamente erecto entre sus glúteos. Digo que no sé cuánto tiempo, porque como si el destino hubiera estado a mi favor el tren tenía problemas eléctricos que provocaron una baja de energía y su detención en medio de dos estaciones. Deseé que nos quedáramos para siempre en el túnel. Era tanto mi descaro en aquel momento que me acomodé mejor. Ustedes se preguntarán qué hacía ella mientras tanto: conversaba entretenidamente con su compañera, como si nada pasara. Decidí que ya habíamos ido demasiado lejos y no debía echar pie atrás; de todos modos no había manera de salir de allí.

Deslicé mis manos sobre sus caderas y acerqué su cuerpo sobre el mío, cargándome sobre ella lo más que pude, enseguida subí su falda con decisión y acaricié su suave piel con ansiedad. Llevaba medias con portaligas que me provocaron aún más. Empecé a tocarle su traserito, lo tenía duro y suave. No encontraba sus calzones, pensé que quizás no los traía, pero resultó que eran tan chicos que se le metían entre sus nalgas. Metí mi mano en su entrepierna, era suave y con escasos vellos, pero estaba muy húmeda.

Mientras rozaba su clítoris cerraba mis ojos y me imaginaba chupando esa conchita, introduciendo mi lengua, cosa que hago de maravillas. Estaba en esos sueños cuando sentí que me agarraban el paquete por sobre el pantalón. Por un momento pens&ea

cute; que me iban a dar un apretón para defenderse de mi violación silenciosa, pero no, el cuerpo no miente, y eso significaba una sola cosa, estaba tan o más caliente que yo.

Ella bajó mi cierre suavemente, introdujo su mano y lo tomó como si quisiera arrancarlo, pero suavemente. El pequeño dolor que sentí se tornó placentero y como si el tiempo o el destino quisieran que las cosas ocurrieran hubo un corte total de luz por diez minutos. Fue como si a través de nuestras caricias nuestros cuerpos se hablaran.

La luz se apagó completamente, se escucharon gritos y silbidos de malestar en los pasajeros, pero nosotros estábamos felices. Ella me tomó el pene y lo acarició al extremo de hacerme sentir explotar. Sacarle los calzones era imposible, así es que se los corrí hacia un lado y le separé los pocos pelitos, ella abrió las piernas y me ofreció todas las delicias de su cuerpo. Sin soltar mi pene se acercó más, como si quisiera meterme en su cuerpo y se lo introdujo lentamente hasta que lo tuvo todo adentro.

Tomó por primera vez mi mano y me la llevó hacia su conchita, empecé a frotársela, jugué con su clítoris, hasta que sentí cómo de su conchita salía un líquido en abundancia. Por un momento pensé que se había orinado, pero sólo era su naturaleza de mujer. Yo no podía moverme porque cerca de mí, había una señora de edad, sólo podía hacer una que otra contracción con mi cuerpo. Lo que nunca olvidaré de aquella oportunidad es algo súper especial, ya que en sí todo fue especial, me refiero al tamaño extraordinario que logró mi pene en aquel encuentro, un tamaño que nunca he vuelto a experimentar.

Con mi mano la invité a que se moviera, cosa que ella no rechazó, a la vez empezó a respirar fatigosamente. Su compañera en la oscuridad le preguntó si le pasaba algo, apenas con un susurro contestó que tenía mucho calor, continuó moviéndose y yo continué frotando su clítoris, en esos momentos nuestras cabezas estaban prácticamente juntas. Oí su voz en mis oídos diciéndome "¡Ahora!, ¡Ahora!" Fue como una orden, me vacié completamente dentro de ella. Nuevamente sentí ese líquido entre sus piernas, había tenido un segundo orgasmo. Tenía deseos de besarla y lamerla, pero el destino es ingrato y no puedes pedirle más de lo que él te quiere dar.

Autor: HECTOROJOZ

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