Tengo poco más de 22 años, soy robusto, bien parecido, sano como un toro, pero como nada es perfecto, y yo no soy la excepción, sufrÃa de calentura, me explico: las mujeres me volvÃan loco, era tanto asà que a veces iba al banco o a algún trámite parecido y dejaba todo por seguir a alguna mujer que me calentaba. Fue asà como nació esta historia.
Eran casi las seis de la tarde, decidà regresar a mi casa por el metro. Bajé al subterráneo con un tumulto de gente y me puse en la fila para conseguir mi boleto, fue entonces cuando vi a aquella mujer que me dejó anonadado, cosa que para un tipo como yo, con mi experiencia en el ramo, sorprenderme resulta difÃcil. Pero ella era extraordinaria: 1, 75 de estatura, más o menos 90-55-90, casi rubia, ojos claros, unos labios carnosos, rojizos, húmedos, los cuales intencionalmente se mordÃa al saberse observada, como si quisiera devorarse a sà misma. La acompañaba una mujer mayor que parecÃa ser su madre, seguramente hubiera saltado sobre ella sin pensarlo dos veces, asà por lo menos se reflejaba en su rostro ansioso. Me quedé esperando para ver a dónde se dirigÃan, pues tenÃa el firme propósito de que aquella mujer fuera mÃa.
Pasaron 15 minutos y la despedida se produjo, yo estaba muy nervioso porque no sabÃa quién se iba o quién se quedaba. No podÃa creerlo cuando vi que era el hombre el que se iba y las dejaba solas. Pensé que ese momento era el apropiado para abordarla, me acerqué lo más que pude y escuché que la preciosura decÃa:"Te acompañaré hasta la estación Balderas" ósea, a tres estaciones de donde estábamos. Decidà que deberÃa esperar a que estuviera sola y me propuse no perderla de vista.
Subimos al metro-tren. No me separé de ella ni un instante, algo que me fue difÃcil debido a la gran cantidad de público que entorpecÃa mi acercamiento. Cuando las puertas se cerraron quedé justo a su espalda, quedamos tan juntos que podÃa oler su cuerpo. Esa mezcla de perfumes y aromas corporales me puso tan caliente, a punto de perder la compostura. Creo que fue la única vez que no me sentÃa molesto empujando, todo lo contrario, gocé cada vez que lo hacÃan porque su trasero quedaba justo entre mis piernas.
Ella traÃa una vaporosa y liviana falda de tela muy suave, lo supe porque accidentalmente para ella, e intencionalmente para mÃ, pasé una mano sobre sus caderas. No sé cuántas veces o mejor dicho cuánto rato permaneció mi pene extremadamente erecto entre sus glúteos. Digo que no sé cuánto tiempo, porque como si el destino hubiera estado a mi favor el tren tenÃa problemas eléctricos que provocaron una baja de energÃa y su detención en medio de dos estaciones. Deseé que nos quedáramos para siempre en el túnel. Era tanto mi descaro en aquel momento que me acomodé mejor. Ustedes se preguntarán qué hacÃa ella mientras tanto: conversaba entretenidamente con su compañera, como si nada pasara. Decidà que ya habÃamos ido demasiado lejos y no debÃa echar pie atrás; de todos modos no habÃa manera de salir de allÃ.
Deslicé mis manos sobre sus caderas y acerqué su cuerpo sobre el mÃo, cargándome sobre ella lo más que pude, enseguida subà su falda con decisión y acaricié su suave piel con ansiedad. Llevaba medias con portaligas que me provocaron aún más. Empecé a tocarle su traserito, lo tenÃa duro y suave. No encontraba sus calzones, pensé que quizás no los traÃa, pero resultó que eran tan chicos que se le metÃan entre sus nalgas. Metà mi mano en su entrepierna, era suave y con escasos vellos, pero estaba muy húmeda.
Mientras rozaba su clÃtoris cerraba mis ojos y me imaginaba chupando esa conchita, introduciendo mi lengua, cosa que hago de maravillas. Estaba en esos sueños cuando sentà que me agarraban el paquete por sobre el pantalón. Por un momento pens&ea
cute; que me iban a dar un apretón para defenderse de mi violación silenciosa, pero no, el cuerpo no miente, y eso significaba una sola cosa, estaba tan o más caliente que yo.
Ella bajó mi cierre suavemente, introdujo su mano y lo tomó como si quisiera arrancarlo, pero suavemente. El pequeño dolor que sentà se tornó placentero y como si el tiempo o el destino quisieran que las cosas ocurrieran hubo un corte total de luz por diez minutos. Fue como si a través de nuestras caricias nuestros cuerpos se hablaran.
La luz se apagó completamente, se escucharon gritos y silbidos de malestar en los pasajeros, pero nosotros estábamos felices. Ella me tomó el pene y lo acarició al extremo de hacerme sentir explotar. Sacarle los calzones era imposible, asà es que se los corrà hacia un lado y le separé los pocos pelitos, ella abrió las piernas y me ofreció todas las delicias de su cuerpo. Sin soltar mi pene se acercó más, como si quisiera meterme en su cuerpo y se lo introdujo lentamente hasta que lo tuvo todo adentro.
Tomó por primera vez mi mano y me la llevó hacia su conchita, empecé a frotársela, jugué con su clÃtoris, hasta que sentà cómo de su conchita salÃa un lÃquido en abundancia. Por un momento pensé que se habÃa orinado, pero sólo era su naturaleza de mujer. Yo no podÃa moverme porque cerca de mÃ, habÃa una señora de edad, sólo podÃa hacer una que otra contracción con mi cuerpo. Lo que nunca olvidaré de aquella oportunidad es algo súper especial, ya que en sà todo fue especial, me refiero al tamaño extraordinario que logró mi pene en aquel encuentro, un tamaño que nunca he vuelto a experimentar.
Con mi mano la invité a que se moviera, cosa que ella no rechazó, a la vez empezó a respirar fatigosamente. Su compañera en la oscuridad le preguntó si le pasaba algo, apenas con un susurro contestó que tenÃa mucho calor, continuó moviéndose y yo continué frotando su clÃtoris, en esos momentos nuestras cabezas estaban prácticamente juntas. Oà su voz en mis oÃdos diciéndome "¡Ahora!, ¡Ahora!" Fue como una orden, me vacié completamente dentro de ella. Nuevamente sentà ese lÃquido entre sus piernas, habÃa tenido un segundo orgasmo. TenÃa deseos de besarla y lamerla, pero el destino es ingrato y no puedes pedirle más de lo que él te quiere dar.
Autor: HECTOROJOZ
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