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Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

SEXO

14 de julio de 2006

Lo que voy a contar es real. No se trata de ninguna fantasía de mi imaginación y tras leer varios relatos de Marqueze.net., es que me atrevo a dar a conocer mi historia.

Soy mexicano y por cuestiones de protección a mi imagen -soy muy conocido en mi ciudad-, cambio algunos datos como mi nombre por el de Artemio; también mi profesión, digamos que soy ingeniero y dirijo una empresa en construcciones, pero también cambio el nombre de la persona directamente involucrada en estos hechos, a la cual llamaré simplemente Alejandra.

Bien, Alejandra es una mujer solterona que actualmente tendrá unos 35 años. Es comadre mía, pues participó en la confirmación eclesiástica de mi primera hija, pero además tenía una larga amistad con mi mujer, ya que estudiaron juntas el bachillerato.

Por mucho tiempo, la mujer a la que me refiero trabajó en mi empresa en calidad de secretaria, siempre diligente y atenta, pero de lejos se veía que la virginidad le pesaba cada vez más, pues fantaseaba con novios que nunca nadie de la empresa le conoció, pero que ella afirmaba tener en su momento.

Al contar con la confianza de mi esposa, que además funge como gerente de mi negocio de construcciones, en ocasiones solíamos salir en mi auto los tres para tomar algunas cervezas y echar la plática en plan de cotorreo puro.

Debo decir que mi esposa es una mujer bella, morena, de pelo ensortijado natural, con un cuerpo que atrae las miradas de quienes la encuentran en la calle y, a pesar de que nunca me ha fallado con otro hombre hasta donde yo sé, de alguna manera me ha confesado que le han hecho propuestas demasiado fuertes, pero nada que no sea natural en el mundo en que vivimos, pues ella sostiene la teoría de que las mujeres en general siempre son pasto seco ante el fuego que proyecta el hombre de cualquier tipo de educación.

Alejandra, por su parte, tiene un cuerpazo, un rostro divino, pero creo que ni por mucho le llega a los atributos naturales de mi esposa, sin embargo, es una mujer que cualquiera quiere coger, pues vale la pena, pero como tiene problemas en la vista y siempre ha usado lentes que le restan atractivo físico, además de que peca de creyente y suele vestir un tanto conservadora, siempre se ha restado posibilidades no sólo de contraer matrimonio, sino de siquiera aventarse un affair con un hombre.

Pues bien, en una de esas noches que solíamos salir, mi esposa me dijo en determinado momento que la dejara manejar para que yo pasara al asiento de junto del coche y disfrutara del relax de tomar cerveza sin la responsabilidad de manejar y así lo hice, al grado de que quedé adelante de Alejandra, que viajaba en el asiento trasero.

En determinado momento enlace el respaldo del mi asiento con mis manos por sobre mi cabeza y entre broma y broma de los tres contra cualquiera de los tres, surgió un comentario medio calenturiento por parte de Alejandra, que me hizo pensar en su necesidad de tener un hombre, una buena verga entre sus piernas, para decirlo con más propiedad.

“Lo que pasa es que ya necesitas casarte para sentirte siempre feliz y dejar de tener esos pensamientos”, le dijo yo, lo cual provocó una sonora carcajada de mi esposa que, atenta al volante y al camino, no se dio cuenta cuando Alejandra me tomó las manos enlazadas al mi asiento, al tiempo que me daba un leve pellizco y me decía: “no, fíjate que no puedo casarme porque todavía no encuentro al hombre de mi vida”.

La acción nunca antes experimentada de Alejandra hacia mí, me provocó una excitación inenarrable, era prácticamente un grito que me indicaba que había acertado con mi comentario y que, efectivamente, no necesitaba casarse para echarse una cogida con cualquiera, pero en este caso sentí que era yo, en ese momento, con quien le hubiera gustado mamar.

Por supuesto que yo no retiré mis manos del entrelace con mi asiento, pues sabía que mi esposa estaba atenta a la buena conducción del auto, así que traté de repetir bromas similares cuantas veces había oportunidad y se me ocurrieran, por tanto, igualmente sufrí de los pellizcos de Alejandra seguidos de comentarios de su parte que me animaban a continuar, porque llegó el momento en que ya no me soltó de las manos e incluso me daba excitantes apretoncitos que hicieron que de plano se me parara la verga.

Al día siguiente, mi esposa salió trabajar pues tenía que hacer algunas compras y dirigirse a casa, Se aproximab

a la época de Navidad -habló del año 2000- por tanto, yo que no había dejado de pensar en lo que ocurrió la noche anterior, sólo esperaba que en el trabajo Alejandra cumpliera con su rutina de preguntarme si ya no se me ofrecía nada, para retirarse a su domicilio.

Y así ocurrió. Cuando me dio a conocer que ya se iba, le dije que me esperara unos minutos para llevarla en el auto, cosa que ya antes había ocurrido en varias ocasiones pero así de simple llevarla a su casa y ya. Ella accedió y se sentó en un sofá de la oficina y esperó unos cinco minutos cuando mucho.

No obstante, en esta ocasión yo ya tenía planes que deberían llevar más lejos la simple amistad que teníamos, pero también debo reconocer que no dejaba de sentir el temor de la posibilidad de pasar una vergüenza mayúscula en caso de que yo hubiera exagerado mentalmente lo que había pasado una noche anterior.

Cuando subimos al auto, le pregunté si en realidad tenía prisa de llegar a su casa, pero me dijo que no a la vez que pedía una explicación por mi pregunta.

La dije: “bueno, es que estoy enfadado de estar en la oficina y quisiera dar un paseo contigo de una media hora y después dejarte en tu casa”, a lo que me respondió con un escueto: “está bien”.

Y así, dado vueltas por la ciudad, me atreví a preguntarle: “¿sí recuerdas lo que ocurrió anoche?”

-No, ¿Qué pasó?

-¡Pues que a cada broma que yo te hacía, me dabas pellizcos y terminaste por tomarme de la mano permanentemente!

-¡Ay, no inventes! ¿Por qué tendría yo que hacerlo?

-¡No te hagas la tonta -respondí yo- sin embargo para mí fue algo hermoso!-

Y luego tercié: “quiero platicar a solas contigo, así que déjame parar el auto en un lugar discreto para platicar del tema”.

-”Esta bien -me respondió- pero no quiero que se me haga muy tarde para llegar a casa”.

-”Me parece bien”- contesté yo, ahora con la laconía propia de ella.

Al llegar al lugar perfecto, oscuro, sin mucho tránsito vehicular, reabordé el tema y ella fingió no recordar nada; le dije que me había calentado al máximo, pero ella se hacía la ruborosa y negaba haber incurrido en tal situación.

Terminé por querer besarla, ante su resistencia fingida, ya que nunca me puso en mi lugar, mucho menos un hasta aquí y ni siquiera me pedía que ya la llevara a su casa.

Llegó el momento en que puse mis labios sobre los suyos cerrados “herméticamente”, hasta de plano accedió y correspondió a mis reclamos de hombre caliente.

Nos besamos prolongadamente mientras que yo sobaba sus tetas y ella, ya sin voluntad alguna, accedía a todos mis caprichos, pues terminé por abrirle la blusa y chupar sus enormes pezones hasta hacerla gemir de placer, pero también reclamar un lugar todavía más discreto para estar juntos: un hotel, según lo entendía yo.

Para ese momento, mi verga de unos 20 centímetros, amenazaba con romper mi pantalón.

Al sentir su calentura extrema de mujer no cogida nunca a sus 35 años, me baje el zipper y le dije: “ya no aguanto, ni tu como mujer soportar este martirio, así que pruébala, será una experiencia que te va a gustar”.

Primero se negó, pero comencé a besarla de nueva cuanta al tiempo de que mañosamente dirigía su mano izquierda para que me tomara de ese palo erguido a términos de majestuosidad, a lo cual no se negó. Lo agarró, gimió al sentirlo en sus manos, grito cada vez que mis calientes pulsaciones le inyectaban esa descarga eléctrica le superaban la fuerza de su mano y terminó por lentamente dirigir su boca a la cabeza de mi verga y comenzarla a chupar con delirio, tímidamente primero, inexpertamente después hasta que me hizo venir unas tres o cuatro veces, sin que ella hubiera experimentado orgasmo alguno, pero entre los gritos espásmicos del placer que debe sentir una mujer que siente la leche en su boca o que ve la erupción frenética de un hombre.

Todavía no me reponía de la impresión que había ocasionado su boca virgen en mi garrote, cuando ella, por si sola me lo exigió: “llévame a un hotel”.

Y así fue: encendí el motor con el temor de que llegado el momento de estar en la cama, ya no pudiera responder en la medida de sus exigencias para perforar su cochito virgen todavía.

Así que circulé lo más

lento que pude hacia las orillas de la ciudad con la finalidad de recuperarme un poco.

Todo lo hice lentamente, desde la aceleración del vehículo, hasta estacionarlo, acudir a la recepción a hacer el pago correspondiente, mientras ella se veía ansiosa de entregarme su virginidad, de la cual yo todavía tenía cierta duda, ya que las cosas se me habían dado con cierta facilidad hasta ese momento.

Una vez en el cuarto me di cuenta de que apenas unos veinte minutos habían sido suficientes para ponerme como al principio.

Los primeros besos me pusieron calientísimo otra vez. Su boca busca otra vez mi verga hasta que terminé por desnudarla y desnudarme totalmente para lanzarla en la cama y comenzar a acariciar su cuerpo virgen, que ya no inocente en cuestiones sexuales.

En la tarea de utilizar mi lengua en todos rincones estaba cuando comenzó a suplicarme: “yaaaaa, penétrame… pero ponte un preservativo para que no me vayas a embarazar”…

Le pregunte primero si realmente nunca había cogido, pues de ser así me era más fácil metérsela sin condón y ya luego, al momento de llegar al clímax, colocarme el hule para precisamente evitar riesgos…

“Lo único que quiero es no salir embarazada”… respondió, así que tomé en dos o tres preservativos de los que suele haber en esos hoteles para servicio del cliente y los coloque debajo de la almohada.

Cuando apuntaba con mi fierro a su tamalito virgen, todavía como un idiota le pregunté si estaba decidida a que me la cogiera, a perder su virginidad ancestra conmigo -de lo cual seguía con mis dudas- pero me dijo que sí, que quería sentir a un hombre adentro, aunque me pidió que se lo hiciera despacito, ya que a su vez dudaba que le entrara todo, pues aseguraba que era enorme.

De esa manera es que actué con sensibilidad. Le coloqué la cabeza a punto de explotar de mi verga en la entrada y comencé a empujar, lentamente primero al tiempo que ella profería gemidos de dolor, pero también de placer.

“Te la saco” llegue a preguntar, pero ella me dijo que no, que siguiera, así, despacio, mientras pronunciaba sonidos de dolor, tal vez de ardor.

-”Sigue así, despacio, metela… más… más… más…”

¿Te duele? pegunté.

¡Sí, pero es rico, hermoso… nunca había sentido esto!

De pronto comencé a bombearla antes sus gritos de placer, pero también muy seguramente de dolor… Alejandra gritaba, me pedía más y más de esas arremetidas… presentía yo, ya olvidado mi esposa y del compadrazgo con la ya mi amante, que sus gemidos, espasmos y gritos se escuchaban hasta la administración del hotel y a todos los cuartos, pero ya nada importaba… sólo quería cogerla después de haber hecho añicos esa, su virtud de mujer virgen…

Llegó el momento en que sentí el primer orgasmo de su vida con una verdadera reata adentro, ya que no dudo que antes se la hubiera sacado con los dedos a manera de paja… a su edad, imposible que no…

Entonces vacié toda mi leche en ella… me olvidé del preservativo y ella también…

Al sacarle la verga, prendí la luz del cuarto… y al mirarla vi que la tenía llena sangre y que en la cama había manchas rojas, indicativo de que mi comadre era virgen… no había probado antes un hombre entre sus piernas e incluso me preguntó que debía hacer ante la situación y sólo le indique que el sangrado, como proceso normal contra el sangrado, debía usar lo mismo que utiliza en sus días y creo que así fue, porque al otro día llegó a trabajar como si nada hubiera pasado.

En por lo menos dos o tres meses la historia se repitió unas tres veces por semana en desconocimiento de mi esposa, su comadre, pero Alejandra comenzó a ser más exigente… llegó a pedirme que me divorciara de mi esposa, lo cual no acepté por tanto ella, como toda mujer comenzó, en sus pláticas con ella, a sembrar ciertas pistas que la hicieran sospechar de los hechos.

Todavía veo a Alejandra esporádicamente, pero siempre con los reclamos de que me quiere para ella y que deje a mi esposa… ella ya no trabaja conmigo, pues renunció al crearme un problema mayúsculo que nos obligó a sostener una plática a puerta cerrada con mi mujer que sostenía que entre Alejandra y yo había algo, lo cual mi amante y yo negamos siempre y lo seguimos negando, aunque mi mujer no nos cree, pero carece de pruebas para restregárnoslas en la cara…

Pero ha

habido más entre Alejandra y yo, lo cual amerita que lo narre en una segunda parte…

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