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Siete veces me cogieron

9 de marzo de 2009

Está más caliente, más hambriento, entrando y saliendo sin piedad. Intento abstraer el dulce dolor y atraigo a Ricardo para besarlo, mientras Juan sigue dándome duro metiéndome toda su verga en mi empapada humanidad.  Siento que me muero mientras recibo mi segunda ración de grumosa leche en mi acalorada cuevita, para desplomarme inmediatamente sobre el sofá, satisfecha y sudorosa.

En ninguno de los relatos que llevo escritos he consignado que me gusta el básquet, que lo jugué en la secundaria y la prepa, incluso, el juego tuvo parte en la pérdida de mi virginidad, como lo contaré, quizá, algún día.

La aclaración viene a cuento porque jugando básquet, en la cancha de la unidad habitacional en la que vivía, conocí a los coprotagonistas de esta historia: Juan y Ricardo.

Yo tenía 22 años, vivía aún con mis padres y estudiaba quinto año de derecho. Las mañanas de los sábados se organizaban cascaritas mixtas y yo terminé haciendo equipo con ellos, dos adolescentes, altos, buenos para el juego.

Eran tres o cuatro horas de relajación y sudor, tras las que me daba una larga ducha y me preparaba para las juergas sabatinas que eran mi pan (mi verga, digo) semanal.

Un sábado de esos, luego del juego, caminando hacia mi edificio, vecino del de Ricardo, este me dijo que querían pedirme un favor, que los acompañara a su casa. Tanto misterio me intrigó.

Supuse de inmediato que querían tronarme mi culito, que tantos sábados de disimulado roce con mis pechos, con mis nalgas, los tenían a punto de matar o morir- por esta muñequita de aparador.

-Vamos, les dije.

Al entrar a su departamento, mientras Juan se ponía rojo como la grana (sí, me van a pedir aquello, seguro, pensé) Ricardo dijo: -No te ofendas, Erika, pero es que nos encantas y nunca hemos visto una mujer desnuda y tú nos encantas. Nos encantas.

¿Por qué no? No eran muy guapos, pero sí altos, de cuerpos delgados y fibrosos y hambrientos ojos. Así, empapados en sus propios sudores, se me antojaban para un sucio banquete…

-¿Y tus jefes? pregunté. -Se fueron a Guadalajara este fin de semana. No vendrán, siguió Ricardo, que llevaba la voz cantante. -¿Y no se lo dirán a nadie? -Te lo juramos, dice Ricardo. -¿Y tú? pregunté a Juan. -Te lo juro, dice Juan con ronca y desconocida voz. -Siéntense, digo, señalando un sofá.

Tampoco es que estuviera muy vestida: unos amplios y nada sexys shorts, tenis de básquet sin calcetines, una holgada blusa y sujetador de ejercicio. Me deshago de los tenis.

Al quitarme la blusa se revela este, negro, ceñido a mis bubis. Me quito el short, dejando a su vista mis braguitas blancas, mojadas de sudor, todavía no de fluidos. Todo con naturalidad, sin un exceso de coquetería o, quizá por ello, con ese exceso, comiéndome las miradas que me comen, viendo crecer sus bultos, mirando como se remueven incómodos en el sillón. Libero mis tetas, de color moreno claro, de rosados pezones, en los que se clavan dos pares de ojos.

Finalmente, deslizo suavemente mis bragas y quedo como ellos querían verme, pero pienso también que será mejor aumentar y aumentar la tensión, dejándolos a su ritmo, yo sin moverme, sin hablar, sin que se note en mí ningún cambio salvo la agitación del ritmo respiratorio. Juan se acerca, recargándose en mi cuerpo mientras Ricardo continúa acariciando mis nalgas.

La presión de Juan lo hace bajar las manos y siento la larga y dura verga del muchacho entre los cachetes de mis nalgas. Hago un supremo esfuerzo de voluntad y resisto la tentación de afinar sus caricias, de tocar sus vergas, de hacer algo, pues.

Es Ricardo el que me lleva al sofá, donde quedo sentada con las piernas entreabiertas. Ricardo se dedica a mis tetas mientras Juan mira mi sexo y acaricia mis piernas. Huelen a sudor fresco y ese olor se confunde con el que empieza a emanar de mi sexo.

Al percibir este último aroma tiro por los suelos mis intenciones, abro las piernas aún más y llevo la mano de Juan a mi clítoris, mostrándole, sin palabras, lo que quiero que haga. Cuando veo que ha aprendido, subo mis manos para buscar la cabeza de Ricardo y lo atraigo hacia mí, para darle un largo beso, iniciando la guerra de lenguas. Así trabajada, por cuatro manos y una lengua, me derramo abundantemente con un largo gemido. Encojo mis piernas y pido:

-Desvístanse.

Miro sus cuerpos jóvenes y membrudos, delgados, brillantes de sudor, de músculos finos y alargados. Miro también con atención dos largas vergas, duras, palpitantes, clamando por un alivio. Se sientan a mi lado, Juan a la derecha, Ricardo a la izquierda, y atrapo sus vergas, una con cada mano.

Busco ahora, con mi boca, la de Juan, y le enseño a besar, mientras cuatro manos ávidas hurgan todavía más, mi cuerpecito. Los dedos de Ricardo hurgan en mi sexo y, de pronto, siento que uno de ellos va entrando en mí, abriéndose paso en mi empapada cueva.

Tras el dedo va el resto del cuerpo. Juan se hace a un lado para dejar a Ricardo colocarse entre mis piernas y buscar la entrada de mi vagina. No necesita saber mucho para encontrarla, aunque le ayudo un poco y en un instante, siento su durísima verga entrar en mí. Hacía meses que no me comía una verga a pelo: puro forro de látex, así que disfruto la penetración, la lenta cogida que me arranca gemidos crecientes de mi garganta.

Me dejo ir, me pierdo en él y alcanzo el segundo orgasmo del día, sacudiéndome en espasmos que arrancan la cálida leche de Ricardito, que latiguea dentro de mi sexo.

Cuando Richie saca la verga, todavía dura, Juan se abre paso, verdaderamente impaciente. No le cuesta trabajo deslizarse dentro de mí, entre el semen de su amigo y los abundantes flujos que me escurren.

Está más caliente, más hambriento, y me golpeó con vehemencia, entrando y saliendo sin piedad.

Intento abstraer el dulce dolor y atraigo a Ricardo para besarlo, mientras Juan sigue dándome duro, metiéndome toda esa larga verga en mi empapada humanidad.

Siento que me muero mientras recibo mi segunda ración de abundante y grumosa leche en mi acalorada cuevita, para desplomarme inmediatamente sobre el sofá, satisfecha y sudorosa.

-Quiero bañarme, les digo. Y en verdad me urgía.

Lo que no contaba es que entramos juntos a la regadera y, al enjabonarme ellos, sentí cómo crecían nuevamente sus vergas. Empapada, pero en otro líquido, huí:

-¡Alcáncenme! grité.

Y así fue como los tuve, en la cama de los papás de Ricardo, acostados uno al lado del otro, con las duras vergas apuntando al cielo. Las empecé a chupar, una y otra para cabalgarlos luego.

Siete veces me cogieron ese día. Siete veces se vinieron en mi, cuatro Ricardo y tres Juan, antes de que yo, agotada, me fuera a dormir…

Autora: Aboguarra77

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