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Soledades

26 de junio de 2009

Su cuerpo comenzó a cubrirme y a yo sentí su peso sobre el mío aplastándome como yo sabía desde mis sueños que lo haría, despierta cuando su otra mano acarició mi sexo abierto para él como una regalo deseado desde años, y despierta cuando el grosor inaudito de su virilidad quemante pareció partirme en un delirio orgásmico.

Habíamos terminado por quedarnos solos.

Ninguno de los dos quería admitir su propia soledad y tratábamos de mentirnos manteniendo cada uno en su espacio una rutina que pretendía dar a entender que todo seguía como antes.

Él venía a verme dos veces en la semana. Por propia iniciativa y cuando pasaba un tiempo sin hacerlo yo provocaba su visita con el pretexto de resolver, en mi departamento, algún problema doméstico. Él, a su vez, me invitaba todos los sábados a cenar en un restaurante del centro de la ciudad, a lo que yo retribuía el domingo siguiente preparando algún menú especial que disfrutábamos juntos a la hora de almuerzo en mi departamento frente al parque.

Sin embargo, los dos sabíamos, que esta armónica situación no podría mantenerse por mucho tiempo. No era lógica, ni conveniente, ni económica y hasta resultaba peligrosa en los tiempos que estábamos viviendo.

Así, poco a poco, la idea de vivir bajo el mismo techo se fue abriendo paso, hasta el día en que hablamos por primera vez de ello. Recuerdo que fue en el restaurante frente al río que tanto nos gustaba.

En una armonía perfecta fuimos ultimando los detalles y cuando nos fuimos de ahí ya estaba claro que yo me mudaría a su casa el próximo fin de semana.

Debo confesar que la decisión tomada, si bien era feliz, no me tenía muy tranquila desde el punto de vista de mi propia conducta.

A mi edad, 38 años, había desarrollado un modelo de vida independiente, sin grandes preocupaciones, dueña de mi espacio, segura de no ser observada, a menudo caminaba por mi departamento ligera de ropas, a veces desnuda, en un ambiente relajado al máximo.

Nunca había compartido mi espacio con nadie y menos con un hombre, de modo que, conociendo mi carácter, me preparé para superar todos los inconvenientes que podría derivarse de ocupar ahora espacios comunes con él.

Ya instalados en la casa, comencé a darme cuenta que no se trataba solamente de compartir espacios con otra persona, sino que también de sentir en todo momento la presencia de su personalidad fuerte.

Era un hombre de 55 años, aun plenamente vigoroso, que parecía marcar los espacios en todo lo que hacía y que sin mostrar en absoluto ansias de dominio, por su sola presencia, quedaba establecida una jerárquica indiscutible que yo acepté de buen grado, porque en realidad no me molestaba y me hacía sentir protegida y segura. En suma me gustaba el cambio que habíamos operado.

Sin embargo las primeras noches me costaba conciliar el sueño.

El solo pensar que él estaba bajo el mismo techo durmiendo o leyendo en su cuarto allí, a unos cuantos pasos, en el otro lado del pasillo, ocasionaba en mi una rara inquietud y comencé a preguntarme si a él habría de sucederle lo mismo. Yo estaba dispuesta a preguntárselo en la mañana, pero llegado el momento me di cuenta que no sabía que preguntarle porque yo tampoco tenía claro en mi mente lo que me pasaba.

Pensé que había que dejar al tiempo la adaptación necesaria a la nueva situación y casi había olvidado totalmente mis pequeños insomnios, cuando llegó el día, o más bien dicho la noche, en que me desperté terriblemente agitada con una avanzada taquicardia, para darme cuenta, entre dormida y despierta, que estaba sudando copiosamente, que tenía el cabello revuelto, que mis cobertores habían caído de mi cama y que yo estaba totalmente desnuda con mi camisón de noche recogido a la altura del cuello y que mi sexo latía como un reloj desesperado como si hubiera cobrado vida independiente, sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo.

No soy en absoluto una persona capaz de ocultarse de la realidad, de modo que una vez despierta, pude darme perfecta cuenta que me había despertado en medio de una excitación sexual de características mayores como yo nunca había experimentado.

Si yo comparaba con los momentos de autosatisfacción que a veces me proporcionaba en mi cama o en la ducha, debía admitir que lo que había experimentado ahora, tenía una dimensión totalmente distinta, tanto en sus características placenteras como en su intensidad y sin mayores análisis admití también que el factor desencadenante de tal fenómeno no era otro que la presencia suya en la cual me había detenido a pensar con inquietante frecuencia.

Los días siguientes, en forma cada vez más intensa, se me fue haciendo presente su imagen en mi mente y mi cuerpo al evocar mi incendiaria experiencia nocturna, comenzó a evocar situaciones eróticas cada vez más audaces, de las cuales el y yo éramos protagonistas.

De estos simples, aunque diabólicos pensamientos, fui pasando luego a acciones más reales, como era mirarlo con calma, con otra forma de percibirlo, rescatando en él, no ya su personalidad ni su presencia jerárquica en la casa, sino reparando en sus brazos vigorosos, en sus labios gruesos y sensuales en su forma elástica de caminar, en la forma como él tomaba los objetos entre sus dedos que me parecían de una suavidad perturbadora, en las pocas oportunidades que tenía acceso a tocarlo, y lo que más me importaba, darme cuenta si él me miraba de forma particular.

Solamente una vez creí notar algo, fue cuando yo lucía una blusa muy ajustada la cual hasta yo misma encontré provocativa y percibí su mirada directa detenida inequívocamente sobre mis pechos monumentales cuyos pezones parecían querer perforar la delgada tela.

En apariencia todo parecía normal en la casa. Pero esa normalidad era en la superficie, pues mi vida interior se había alterado completamente. Esta alteración ya había invadido, como un incendio que nadie tuviese interés en extinguir, hasta mi trabajo, donde pasaba largos momentos ensoñada pensando en él y donde barajaba alternativas para encauzar lo que me pasaba, donde parecía desear que de algún modo él tomara algún tipo de iniciativa para poderle contar lo que me estaba pasando. Pero como nada de esto sucedía terminé por envolverme en una especie de torbellino erótico mental del cual realmente no quería salir aunque el mismo me llevara hasta el infierno.

Pero el infierno vino a mí sin esperar que yo lo buscara.

Fue la noche del sábado pasado y habíamos acudido al restaurante frente al río.

Me dejé llevar por la alegría de las copas, me dejé arrebatar por la mirada pícara de sus ojos celestes, me dejé arrebatar por sus palabras envolventes, sobre un tema que no recuerdo, porque solamente me interesaba escuchar el sonido de su voz y mirar sus labios semi abiertos y a veces húmedos. De modo que cuando conducía el automóvil rumbo a la casa yo ya sabía perfectamente lo que haría y ni mis convicciones, ya casi olvidadas, me harían retroceder en el camino que ya había iniciado sin remedio.

Ni siquiera me acosté esa noche. Simplemente me desnudé para darme un suave masaje perfumado y para mirarme en el espejo y comprobar que era una mujer excitante. En realidad no sé si lo soy, pero lo importante era que así me sentía, ardiente, deseable, insolente, provocativa, insinuante y no me atrevía a pronunciarme la palabra, pero ella me llenaba el alma. Me sentía una puta.

Y entonces abandoné mi cuarto y comencé a caminar por el pasillo hacia el cuarto de mi padre.

En cada paso que daba en silencio, escuchaba crujir bajo mis pies los fragmentos destrozados de mis tabúes, de mis temores, de mis trancas, y me parecía avanzar gloriosa hacia un mundo distinto y deseado y con cada paso me sentí más mujer más hembra y más suya aún antes de entregarme, de modo que cuando aparecí en su puerta debo haberme visto como una diosa diabólica y pecadora con mi cabellera negra sobre mis hombros que era lo único que me vestía.

Me detuve solamente unos segundos, para que él me recorriera con su vista, para que su mirada redibujara mis contornos y abarcara en un solo instante mi figura pecadora. Luego avancé para meterme bajo sus sábanas y me di cuenta que estaba desnudo y que su piel emanaba una calentura tal que me envolvió como una ola atrapadora que no habría de soltarme en toda esa noche iniciática.

No quería desmayarme y no me desmayé.

Estuve más despierta que nunca. Despierta cuando su mano hábil dura y tersa a la vez englobó mis pechos, despierta cuando sus rodillas fuertes separaron mis muslos con cálida certeza, despierta cuando su cuerpo comenzó a cubrirme y a yo sentí su peso sobre el mío aplastándome como yo sabía desde mis sueños que lo haría, despierta cuando su otra mano acarició mi sexo abierto para él como un regalo deseado desde años, y despierta cuando el grosor inaudito de su virilidad quemante pareció partirme en un delirio orgásmico que me estremece aún en la evocación.

Autora: Horte

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