Sometido por mi primo y su olor a macho

Toqué el timbre del departamento. Acababa de llegar a Mar del Plata, cargado de bolsos. De pronto llegó hasta mí un intenso olor a hombre. Podía sentir esa estela de virilidad, mientras él se acercaba a la puerta. “Pasa”, me ordenó, seco como siempre, aunque no lo veía hacía unos cuantos meses y había recorrido unos 400 km. Él llevaba bermudas, y estaba con el torso y los pies desnudos. Ese cuerpo, que pesaría unos 100 kilos, transpiraba como un toro. Se había dejado una barba tupida, y llevaba la cabeza rapada.

El tipo estaba una vez más medio dado vuelta, según atestiguaban las botellas de cerveza y el cementerio de cigarrillos que, acumulados, se dejaban ver al fondo del ambiente, desparramados sobre la mesa. Ese flaco corpulento era mi primo.  Unos 28 años, el tipo con quien había descubierto la sexualidad. Varios años antes, había cedido a su propuesta de masturbarnos el uno al otro. En la práctica, el apenas tocó mi pene unos segundos, mientras que yo seguí al pie de la letra la consigna de agitar el suyo conscienzudamente hasta que eyaculó.

Hoy en día él era un tipo despreocupado, poco afecto al trabajo, rudo, primario, impulsivo. Yo soy por el contrario, un sujeto más comedido, reflexivo y prudente. Yo tenía una novia y había logrado con relativo éxito reprimir mis deseos homosexuales con la idea de formar una familia. Con el tiempo entendí que ser jefe de familia no es mi lugar en el mundo y acepté mi condición. Mi primo era un hetero borderline, un tanto misógino, gustoso de difundir sus hazañas sexuales, un entusiasta de la dominación masculina, que obtenía placer de humillar y lo contaba a destajo luego de un par de tragos.

Mi conjetura era que lo excitaba el poder y que si se lo entregaba, entonces no le importaría que yo no tuviera vagina. Para complacerlo, me había depilado el cuerpo íntegramente, pensando de ese modo él podría obtener algún goce de mi cuerpo. Antes de partir, mi novia estaba intrigada por esos cambios en mi cuerpo, de los que me había ocupado con mucho celo.  Yo le dije que mi primo es obsesivo y no tolera ver vellos en el piso del baño después de las duchas, por lo cual decidí quitarme los vellos para respetar las reglas de su casa. Ella se había dado cuenta de que esa explicación denotaba alguna desviación en mi carácter, pero no era una novedad para ella que mi virilidad era precaria.

Si bien podía experimentar placer con mujeres, nunca sentí por ellas esa fascinación que me provoca el cuerpo masculino en aquellos ejemplares que lograron perfeccionar los atributos de la virilidad. Mi primo era un símbolo de todo lo que habría deseado ser y nunca pude conseguir. Alguien seguro de sí mismo, capaz de ejercer dominación y de que los demás lo consientan. Siempre lo había visto en verano, en esa ciudad veraniega, donde se llevan pocas ropas. Su cuerpo era robusto, su caminar, decidido. Desde siempre él se había preocupado siempre por transmitir con claridad un rol de mando. Su voz era grave, firme, tosca. Usaba poco las palabras y movía mucho el cuerpo para transmitir sus ideas. No sentía miedo a la confrontación y eso lo llevaba a disputas callejeras muy a menudo. En el fondo, no podía olvidar la rigidez de ese miembro viril, mucho más largo que el mío, que había agitado con mis propias manos, tantos años atrás.

El encuentro fue muy fluido. La confianza fue creciendo mientras las botellas se vaciaban y sonaba el rock pesado en ese departamento caótico, en un monoblock de Mar del Plata. Me mostré sumiso desde un principio, a sabiendas de que ese trato podía ser el instrumento para que abusara de mi. Le dije que mientras estuviera ahi nada le iba a faltar, que iba a limpiar la casa, adecuarme a sus normas, que incluso había llevado dinero suficiente para complacerlo.  En cuanto vi que nos quedamos sin bebidas, le pedí perdón y me ofrecí a comprar más cervezas para que esté a gusto, y cualquier otra cosa, si necesitaba algo más para sentirse a gusto. “Soy consciente de que es tu casa y vos mandás acá y pones las pautas y yo me adapto. Voy a proveerte todo lo que necesites, macho. No pienses que voy a abusar de tu hispitalidad; al contrario….” Le dije, mientras bajaba la cabeza y miraba su bulto. “Soy un tipo disciplinado, prolijo y respetuoso. Podés contar conmigo para lo que necesites estos días”.

Llevé a su casa montones de botellas, bebidas carísimas, que se fueron vaciando. También le lleve cigarrillos y comida para varios días, que ordeé celosamente en su cocina. Verlo en pedo me calentaba porque en ese estado mi primo empezaba a hablar de sexo obsesivamente. Sacaba a relucir sus preferencias por la violencia como medio para conseguir la sumisión. Yo le contaba mis complejos de inferioridad, mis temores y celos con mi novia, mis problemas de impotencia, mis lamentos por la falta de un cuerpo viril como el suyo. Quería que él sintiera por mí el mismo desprecio como yo sentía por mi mismo.

Luego de varias frases, tras las cuales él me miraba con desdén y yo, ofrecía sumisión, finalmente algo sucedió, aunque de un modo bastante más virulento de lo que habia previsto. De pronto se paró en seco y me dijo: “Querés ser mi putita?”.  Entonces me golpeó en la cara con la palma abierta y una mirada llena de odio, que le llenaba de goce: “Respondé, homosexual enfermo”. Me agarro del pelo y me tiró al piso. Deslizó con cuidado el cinturón que llevaba puesto y lo tomó con su mano derecha en postura amenazante. En seguida, se despojó con violencia, en un solo movimiento, de las bermudas y los calzoncillos que vestía y los lanzó lejos. Se plantó erguido, con mirada altanera, furiosa, lleno de violencia y de deseo, ostentando un pene inflamado, mientras empuñba el cinturón. “Decime si querés ser mi putita, porque después no hay vuelta atrás”. Me escupió en la cara y me golpeó con el cinturón un par de veces.

Mi primo estaba fuera de sí y yo no sabía cómo reaccionar porque tenía miedo, pero la excitación era mayor. Me pateó con los pies desnudos y sin dejarme pensar ordenó: “ponete en bolas, puto; te voy a cagar a palos  por puto; te voy a castigar y después te voy a desgarrar ese culito de puto que tenés, mierdita. Adorame si querés saber lo que es un macho.” Yo estaba paralizado. “Reaccioná”, me gritó, mientras me clavaba un puñetazo en el estomago. Sentirme dominado por ese macho enorme, con esas piernas torneadas y peludas, esa barba viril, con una pija importante, venosa, hinchándose cada vez más, en ese cuerpo en estado de ebriedad, desbordado en su deseo, podía más que cualquier reflejo inhibitorio. Me saqué la ropa y le dije: “Estoy a tus pies”.

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