Este relato está basado en un 50% en la realidad. Averiguar qué corresponde a la ficción y qué corresponde a la verdad es una tarea que te dejo encargada a ti, que me estás leyendo. De todos modos, espero que te agrade y que te excite tanto como a mi mientras sucedÃan los hechos.
Trabajo en una oficina, de medio jefe, como tantos y tantos en esta vida, y una desagradable tarde de un jueves, como le pasa a tanta gente pensé en darle una sorpresa a mi mujer. Nos casamos jóvenes, ahora tenemos yo 33, ella 28 años y últimamente las cosas no marchaban demasiado bien en casa. Mucho trabajo en la empresa hacÃa que mi relación con Julia no fuera lo apasionada como cuando nos casamos. AsÃ, que ese jueves pensé en terminar antes y llevarla a cenar a un sitio romántico para intentar reflotar la relación.
Pero la sorpresa me la llevé yo cuando llegué a casa y escuché unas risas y unos gemidos que procedÃan de nuestro dormitorio. No hace falta tener mucha imaginación para darse cuenta de que mi mujer me estaba poniendo los cuernos, en mi propia casa y en mi propia cama. La sangre me comenzó a hervir y notaba como mis venas se iban hinchado de rabia y de frustración. Después de dudar si marcharme o seguir adelante por un momento, la ira me empujó hacia delante y decidà romperle la cara al que me estaba poniendo los cuernos y de paso a mi mujer.
Abrà la puerta del dormitorio bruscamente y ¡como no! allà me encontré a mi mujer vestida solo con unas medias y un liguero negro y al hijo de puta de un vecino nuestro que se la estaba beneficiando. Estaban con unas copas de champan, me imagino que celebrando lo buena que estaba mi mujer y lo desgraciado que era yo que preferÃa trabajar a estar con ella en la cama. Sin pensarlo dos veces cogà la botella de champan que tenÃa a mi lado, la rompà y que quedé con el cuello roto en la mano. Mi cara estaba encendida de enojo y la cara de sorpresa de los amantes pasó a cara de asustados cuando me vieron tan alterado.
-Cariño, no, tranquilo, déjame explicarte…
-¡Cállate zorra! -Cielo, no hagas una locura, por favor…
-¡Que te calles!
De un bofetón tiré a Julia sobre la cama que cayó de espaldas a mÃ. Su largo pelo rizado le tapaba la cara y me imagino que las lágrimas. Mi vecino, más asustado que convencido, caminaba desnudo lentamente hacia mà con las manos por delante intentando evitar otra agresión mÃa. Estaba tan encolerizado que pensaba cargarme a los dos allà mismo, pero en ese instante un rápido pensamiento cruzó mi mente y decidà vengarme de ellos antes de matarlos. Julia sollozaba tirada sobre la cama, mi bofetada (o haber sido pillada), le seguÃa doliendo y estaba más ocupada de tapar su cara que de cubrir su magnÃfico culo que mostraba descuidadamente con las piernas abiertas. Mi vecino, indefenso y con la verga ya totalmente flácida, habÃa palidecido bastante desde que me vio con la botella rota dirigirme hacia él. Le retorcà rápidamente el brazo y apretando el filo del cristal contra su cuello les grité:
-¡Asà que os habéis estado follando a gusto mientras yo trabajaba para ti, puta! Pues ahora os vais a joder de verdad para que sepas lo que se siente. ¡Tú, maricón, arrodÃllate delante de mà y pÃdeme perdón!
No hace falta decir que a mi vecino le faltó tiempo para ponerse de rodillas. Le agarré del pelo mientras seguÃa poniéndole la botella en el cuello.
-¡PÃdeme perdón! -Per… per.. perdona… perdóname.
Al pobre apenas le salÃan las palabras, no se si por el susto que tenÃa o por miedo a clavarse el cristal.
-¡Apenas te oigo! RepÃtelo más alto.
-Perdón… lo siento… perdón…
-Si, perdón. ¡Claro! Primero te follas a mi mujer y ahora me pides perdón como si fuera tan sencillo. Quiero que me pidas perdón de verdad y tú, zorra, también. Ven aquà y desabróchame la cremallera.
La cara de los dos fue de asombro, pero creo que los ojos de mi vecino se abrieron mucho más porque se supon&iacut
e;a lo que le iba a venir encima.
-Si tan bueno eres follando, demuéstramelo y hazme gozar a mà también. ¡Métete mi polla en la boca! ¿No te atreves?¿Te da asco?
Una ligera presión de la botella sobre su cuello fue suficiente para convencerlo y para que algunas gotas de sangre comenzaran a salir-.
-No veo que lo hagas tan bien. Mi polla todavÃa no está dura. Enséñale como se come un rabo, puta.
Mi mujer sabÃa muy bien como ponerme caliente con la boca y se empleó a fondo en ponérmela dura, supongo que pensando en que si me hacÃa un buen trabajo les dejarÃa en paz-.
-¿Has aprendido ya, cabrón? Chúpamela tú ahora.
Mi polla iba alternando las bocas de mi vecino y de mi mujer. Verlos a los dos allÃ, desnudos, de rodillas ante mÃ, metiéndose mi polla en sus bocas, comenzó a ser más excitante de lo que habÃa pensado y la verga se me fue poniendo cada vez más dura. Mientras que mi vecino todavÃa estaba asustado, en la mirada de mi mujer se adivinaba que ella también estaba comenzando a gozar de la situación y que disputaba por comerse mi polla, al mismo tiempo que aprovechaba para comerle la boca a mi vecino.
-¡Basta ya!
La agarré del pelo la volvà a tirar sobre la cama y de un empujón hice lo mismo con mi vecino. Los dos se quedaron tumbados boca abajo, pensando que coño les tocarÃa hacer ahora y arrepintiéndose de no haberse ido a un hotel a follar.
-¿No pensarÃas que os ibais a pasar el dÃa chupándomela?
Con un foulard de Julia le até los brazos por detrás al vecino. Me saqué el cinturón de los pantalones y sin pensarlo dos veces comencé a descargar mi rabia en sus culos. SabÃa que a Julia le iba el rollo porque era una hembra con mucho vicio y alguna vez lo habÃamos probado antes, pero estos eran golpes de verdad y no un juego como antes; pero aún asÃ, la reacción de Julia fue de excitación. Cada vez que soltaba el cinturón sobre su culo no podÃa distinguir si su gemido era de dolor o de gusto. Seguà hasta que tuve sus nalgas totalmente enrojecidas y en ese momento puse a mi vecino de rodillas, tumbado sobre su cara, con el culo totalmente abierto. Cogà a Julia otra vez del pelo y tiré de su cabeza para poder decirle al oÃdo:
-Ya que eres tan puta y te gusta tanto follar, sigue con tu trabajo y comete el culo del vecino.
Julia se dedicó de lleno a su nuevo trabajo y al cabrón de mi vecino estaba gustándole también la situación a juzgar por la clara de placer que ponÃa y por los gemidos que soltaba. Con la lengua de mi mujer recorriéndole el culo, solo faltaba yo por disfrutar también asà que agarré del pelo a mi vecino y comencé a follarle la boca. Aunque su postura era un poco incómoda, noté como cada vez era menos necesaria la fuerza de mi manos y más sus movimientos de cabeza para meterse mi pedazo de rabo en la boca, asà que le solté y pude comprobar como lo mucho que le estaba gustando al cabrón. Si tanto le excitaba comerse una polla, Ãbamos a ver si le agradaba tanto tenerla metida en su culo.
Me coloqué detrás de mi vecino, le apunté a su agujero lubricado por mi mujer y fui metiéndosela hasta el final. No se si el tipo estaba disfrutando, pero la puta de Julia estaba que se le habÃa mojado todo el coño de verme follándome a su amante. Con un ardiente beso que me metió la lengua hasta la campanilla me dio a entender que ella estaba dispuesta también a recibir placer, se colocó delante de mi vecino, con las piernas bien abiertas, ofreciéndole su sexo caliente. No cabÃa duda de que era toda una puta y que finalmente me estaba dando la tarde más excitante de mi vida. Me estaba follando por el culo a un desconocido (ya no tanto), mientras mi mujer se retorcÃa de gusto con la comida de coño que le estaba dando.
Tan excitado estuve que no tardé en notar que me iba a correr asà que saqué la polla y junté sus cabezas para que el chorro de mi leche fuese a parar a sus bocas. A estas alturas, mi vecino ya no hacÃa ningún tipo de ascos a mi polla y abrió bien la boca mientras me acariciaba el culo. Lo mismo hacÃa Julia y una potente corrida terminó en sus caras. La lengua de mi mujer se afanaba en no dejar rastro de leche y la lengua de mi vecino buscaba desesperadamente la boca de Julia.
Ese fue el primer asalto de otros dos que tuvimos esa ta
rde, pero ya sin tanto morbo ni tan agresivo. Pablo, el vecino, terminó siendo un visitante asiduo de nuestra casa y más de una noche dormimos en la misma cama. En todas esas visitas os puedo asegurar que quien más hambre de rabo tenÃa, no era precisamente Julia.
Agradezco su lectura…si es posible votan el relato…Gracias…
Autor: Epicuro
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