Sueño erotico

Yo tenía 19 años, era un caluroso día de verano, y como siempre, me gustaba salir a correr, en las horas de más calor, me gustaba sudar…Llevaba unos 20 minutos corriendo, ya no podía más, empapado, los pulmones se llenaban de aire caliente y se me quedaban pequeños (tendré que entrenar más a menudo o salir a otras horas a correr, pensé), el corazón casi me dolía y la vista se me nublaba…iba por un camino de montaña, olía fuertemente a pino, y al girar en una curva la encontré, era una diosa, tendría unos 25 años, morena, con el pelo largo y liso, brillante. Llevaba una camisa con tirantes blanca que le marcaba los pechos y un maillot blanco corto, ceñido. Había caído y se quejaba de la rodilla…

¿Qué te ha pasado?Se me ha pinchado la rueda y ya ves…

¿Te duele?Un poco. No debí salir sola.

Me agaché en cuclillas y le cogí la rodilla, tenía unos simples rasguños.

Las piernas firmes, doradas por el sol. No pude evitar recorrer sus muslos con la mirada, hasta llegar a donde no debía mirar, sus pantalones blancos marcaban perfectamente el contorno de sus labios menores. Avergonzado, levanté la mirada y la miré a los ojos, ella se había dado cuenta, y también había dado cuenta de que algo se había salido de mis pantalones de correr aquellos que nadie sensato llevaría a la playa un día de verano, repleta de (chicas en top-less, con culitos respingones), cambiando mi centro de gravedad. No sabía qué hacer. Me quedé paralizado. Soy un cerdo, qué va a pensar de mí. Pero esos ojos verdes, intensos, dulces, me decían que algo estaba pasando, no era una situación normal. Me gustaba. Me gustaba mucho. Bueno, ¿qué hacemos con la rueda?, le pregunté. Ah, sí, la rueda.

Estaba tan cortado que disimulando me giré hacia la bicicleta, haciendo ver que me interesaba más la mecánica de las dos ruedas que ella, pero mi entrepierna me había delatado. Se aproximó ella por mí, yo no lo hubiera hecho. Cuando estaba yo girado intentando sacar la rueda, noté su dulce aliento en mi nuca, olía bien, era un olor indescriptible, pero muy agradable. ¿Feromonas tal vez? La cuestión es que me abrazó por la espalda y me empezó a morder los lóbulos de las orejas. No era posible. La bandera ya estaba enarbolada, señalando al norte, y ella lo sabía. Me giré y la besé, probé el dulce néctar de sus labios y la sal de su sudor, comencé a recorrer su cuello, y ella el mío. Estábamos a casi 40 grados, pero a mí me recorrían escalofríos por todo el cuerpo. Le levanté la camiseta, no llevaba nada más, los pechos blancos contrastaban con su piel morena, dorada por el sol, las aureolas grandes, los pezones pequeños y puntiagudos. Resbalaban gotas de sudor.

Los probé, los acaricié, los besé, pero mientras tanto, ella se dirigió más abajo, nunca directa, me agarraba las nalgas, me pellizcaba, me rozaba con sus manos. Yo decidí también cambiar mi campo de batalla, y mientras volvía a besarla apasionadamente, empecé a acariciar sus muslos, le bajé las mallas y me llegó su aroma, una mezcla de sudor y sexo. Lo quise probar, y lo hice, otro sabor indescriptible, como su olor. Ella no me dejaba, no lo soportaba.

-Es demasiado fuerte, no lo aguanto, prefiero otra cosa…

Allí estábamos, a un lado del camino, quemándonos al sol, haciendo estallar nuestros cuerpos. Me tumbé, ella dominante, se puso encima mío, sonrió y me volvió a besar. Noté como sus labios, gruesos, envolvían mi sexo, y pude notar su agradable y mojada calidez, ella me estaba dando mucho más de lo que hubiera podido desear, pero no aguanté, era demasiado, sacudió sus caderas rítmicamente y en unos instantes me vacié, intensamente, me dolió, estallé en el más puro de los sentidos.

No hacía falta que me dijera nada, su mirada bastó. ¿Te has ido? No, contesté, estoy aquí, sigue, por favor…notaba como se encogía, la sangre abandonaba mis cuerpos cavernosos, no, no puede ser, me lo está dando todo, se lo debo, pero tam

bién me lo debía a mí, no quería que se acabara. Hice lo imposible, bombeando, contrayendo toda mi musculatura, contracciones rítmicas como si de un orgasmo se tratara. ¡Funciona! Había vencido a los libros de sexología, la maldita fase de resolución. Duele…Ella siguió, vaya si siguió, y yo inmune a sus movimientos de cadera, me concentré en disfrutarla, la miraba, su pelo, sus ojos, su boca, esos labios, los pechos, su piel suave, mojada, me olvidé de su sexo, era mía, estremeciéndose de placer, y lo hizo, se estremeció, una y otra vez, e hice otro descubrimiento, mi mayor placer sería el placer ajeno. Sudor y sexo. Y en el aire, respirándolos, una multitud de mensajeros químicos que unían nuestros cuerpos, que hicieron que todo aquello sucediera. Química, eso dicen.

Me desperté, tenía un sudor frío y estaba mareado. Ha sido un golpe de calor, pensé. No hay que hacer deporte en las horas centrales del día. No había nadie. No había ni chica, ni bicicleta, solo el aroma a pino de la pineda. Pero yo estaba mojado, empapado, y mi sexo también, me volví a casa, caminando, respirando profundo. Estaba feliz, sentía una enorme paz interior. ¿Habéis sentido alguna vez esa sensación al despertar por la mañana? Habéis tenido un sueño erótico…

 

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