Uriel

Mi niño estaba enardecido y bombeaba. Sacaba y metía. Yo arrimaba el mentón sobre la roca, comencé a sentir el estremecimiento en los huevos, ese que produce el semen cuando está por escupir hacia fuera. Mis testículos produjeron tanto esperma que corrieron por los conductos de mi verga y escupieron hacia el agua. Logré ver a mis espermatozoides ser llevados por la corriente del arroyo.

Amigos: hoy es mi última narración acerca de mi vida actual. Recuerdo detalles de mi “primera vez” con 44, cuyo relato fue el primero, el inicial. Aquella vez, pensé que sería el único. Fue entonces, cuando descubrí la necesidad de compartir con alguien. Los elegí a ustedes a través de un medio que parece frío: Internet. Lo experimenté como un espacio en el que existe la posibilidad cierta de que las personas se encariñen entre si. Ustedes me han “domesticado” como le dice el zorro al principito de Saint-Exupéry. Me sentí acompañado por los lectores. Varias veces me enviaron mail o escribieron sus comentarios al pie de mi historia.

En aquel tiempo “44” tenía 41 y yo apenas 21. Hoy, faltan días para que cumpla 45. Fue en una playa de la costa atlántica argentina, en los primeros días de febrero. Nos dimos cuenta de que no podíamos detener el impulso que cada uno sentía por el otro. Durante todo el año anterior, mis ojos claros lo buscaron insistentemente. Cuando él hablaba me sorprendía mirándole  los labios. Mi mirada se detenía en la suya, que al principio escapaba esquiva y con los meses se fue acostumbrando. Me comenzó a gustar que sus manos gruesas despeinaran mi negra cabellera y sus dedos, cual si fuesen tenazas, me atrapara mi blanca y respingada nariz.

En ese tiempo era compañero de facultad de Nicolás, su hijo mayor, quien me abrió la puerta de su casa. Cuando miré  por primera vez a su papá: me fascinó. Alto, atlético, con sus cabellos castaños y lacios siempre despeinados.  Su piel bronceada que le exalta la belleza. Sus dientes blancos y perfectos que lucen en una permanente sonrisa. Sus ojos, ellos son una trampa implacable. Son verdes y de un mirar bondadoso. Él se había dado cuenta de mi atracción por su persona. Huía. El hecho de que huyera en lugar de rechazarme me llenó de esperanza y me transformé en cazador. Busqué atrapar la presa y la hora llegó.

Les recuerdo que como instrumento de caza tengo una cara de niño bonito, buenas piernas, pero sobre todo un culo redondo y paradito. Glúteos que siempre han llamado la atención. Nicolás me había invitado a pasar las vacaciones con su familia en un pueblo de la costa. Una tarde, la hora culmen de la caza llegó. En la casa de veraneo quedamos solos 44 y yo. Veníamos del mar y su familia había salido de compras. Él se duchó y salió del baño desnudo, tan solo con slip. Encendió un cigarrillo, se recostó en el sillón y se puso a ver televisión. Entré a ducharme. Estaba excitado de haber contemplado su desnudez. Después de enjuagarme se me ocurrió una idea.

Salí completamente desnudo con un toallón en los hombros. Mientras me secaba, le di la espalda a propósito, mientras fingía ver televisión. Mi culo quedó expuesto. Con un pie me rascaba el otro y ese movimiento me obligaba a parar la cola. Esperé “algo” y ese algo llegó a través de un comentario lleno de picardía. 44 me dijo: “¡qué culazo que tenés pendejo!”. Fue la excusa que necesité. Tiré el toallón y me lancé desnudo al cuerpo desnudo de 44. Comenzamos una luchita. Continué “el juego” y pidiéndole que silbara le tomé con mis manos sus testículos. Descubrí que él tenía su pija erecta. Su pene estaba parado, duro.

Cuando sintió que le había atrapado sus genitales se sintió descubierto y se volvió loco. Me metió la mano en el culo. No reía. Jadeaba. La presa estaba atrapada. Se sacó el slip y lo tiró contra el piso. Me llevó de los cabellos hacia su miembro y le di la primera de tantas ordeñadas que le haría con los años. Chupaba golosamente ese caramelo. Lamía el glande, el tronco, los huevos. Pasaba mi lengua con delicadeza extraordinaria sobre la cabeza de su verga. Luego la tragaba entera y así reiteradamente. 44 gemía. Luego me puso de costado e intentó penetrarme, pero me dolió tanto que grité. Fue al baño y volvió con crema hidratante, la misma que descansaba su piel en la playa.

Me untó crema en el culo, me lubricó el esfínter. Se puso arriba mío y con su mano dirigió su tronco contra mi ano. Era nuevo en eso. No tuvo cuidado. Enterró su pija prácticamente de una vez. Estaba enloquecido. Era su primera experiencia homosexual. Bombeó, gimió, yo apretaba los dientes aunque en ese mismo momento sentía el placer de ser penetrado por un macho que vivía como tal. Derramó su semen dentro de mí. No me dio tiempo a mi orgasmo. No se dio cuenta. Luego del coito, se llamó a silencio. Me di cuenta de que estaba avergonzado. Yo sabía que era el comienzo de una larga tormenta. Sentía la satisfacción del cazador y me dispuse a disfrutar la presa.

Una relación hermosa de 3 años. Me sentí amado y protegido y devolví con amor y sexo. 44 quedará en mi vida para siempre. Ya es parte mía. Nunca lo olvidaré. Pero como les conté. La relación fue tormentosa. Hubo excitación, deseo, ternura, confidencias, pero también hubo subordinación, prepotencia, dominación y sobre todo: infidelidad. 44 está casado con una médica maravillosa: Salomé. Una mujer extraordinaria a la que mencioné muchas veces en mis relatos y le otorgué un capítulo aparte. El problema es, que Salomé no solo es su esposa sino que fue transformándose en mi mejor amiga. Eso influyó decididamente en mis afectos.

Cada vez que me acostaba con su esposo sentía la crueldad de mi engaño hacia ella. Sumaba el hecho de que 44 ama a su mujer. Hoy estoy seguro que yo podría renunciar a cualquier hombre, pero no aceptaría perder a mi amiga. El hijo menor de la familia estuvo desde siempre en la casa, incluido el día que fui por primera vez. En aquella oportunidad, apenas era un adolescente al que ni siquiera llevé el apunte. Uriel, así se llama, entró en mi vida hace un año. El hijo menor de 44 y Salomé es alto como su papá y de facciones parecidas.

Tiene 19 años, piel bronceada, ojos verdes achinados. Una verga como la de su progenitor y un trasero redondo y levantado. Piernas de futbolista (deporte que practica con pasión). El muchacho hereda de su madre una larga cabellera rubia que le cuelga como hilos de oro y  unos labios gruesos y sensuales. Comparte con su mamá una serie de ideales como la solidaridad, la honestidad, la verdad, la justicia y el amor por los pobres. Es inteligente y maduro. Estudia abogacía. Uriel se enamoró de mí e insistió a pesar que le rechacé en varias oportunidades. Un día tuve sexo con él, otro día me enamoré de él y otro, su padre nos descubrió en su casa, en una escena pasional.

Rafael es un gendarme amigo de la infancia de mi padre. Me confesó hace poco su condición gay. Además supe por él, que papá es su amor no correspondido desde hace 25 años. Esa revelación me conmovió totalmente y fue logrando una mutua seducción. Tuve sexo con él en dos oportunidades. El militar es soltero y me ha propuesto formalizar una pareja. Quiere pedir un traslado y que nos vayamos a vivir juntos, lejos de mi entorno. El sabe que Uriel es mi novio y que siempre que nos quedamos a dormir en su casa, tenemos relaciones sexuales. Una noche Uriel y yo nos quedamos a dormir allí. Estábamos en la habitación “entregados al placer, cuando la puerta se abrió.

Los dos miramos hacia ella. No podía creer lo que veía: Rafael completamente desnudo se dirigía hacia nosotros. Dijo: “¿puedo?”. Su intención era gozar de un trío. Mi novio y yo nos miramos. Uriel reaccionó e interrogó: “¿Qué estás haciendo?”, el militar dijo: “¿puedo acostarme con ustedes? ¿Puedo participar?”. El hijo de 44 se puso de pie, lo miró furioso y luego me dijo: “Emmanuel nos vamos de aquí. Vístete”. Mientras se vestía yo permanecía inactivo. Entonces Uriel me dijo: “¿qué esperas para vestirte? ¡Nos vamos inmediatamente de esta casa!” Rafael me miraba sorprendido. Yo no reaccionaba”.

Miré al muchacho y miré al gendarme. Ante la inminente partida de Uriel, el soldado me clamaba con sus ojos que no me marchase. Llegó a murmurar “quédate”. Uriel nos miró sorprendido y confundido. El benjamín de Salomé, en silencio me alcanzó la ropa y me la puse. Después  estiró su mano y me dijo: “vamos”. Me aferré a esa mano y mientras nos retirábamos de la habitación miré al militar. Rafael bajó la cabeza y se rindió.

A los dos días, al salir del colegio en el que trabajo, me esperaba 44: “Emma,  necesitas hablar con tu padre. El sabe la verdad de tu condición sexual. Rafael habló con tu papá. No pienses mal del milico. Parece que lo hizo con buena intención”. Le pregunté: “¿cómo sabes todo esto?”. Me respondió “El gendarme le dijo a tu padre en que situación te encuentras. El miedo que tienes de confesarles la verdad acerca de tus opciones. El terror que tienes de mostrarte a ellos como sos. Le contó acerca de tu generosidad de renunciar a disfrutar de lo tuyo para no hacerlos sufrir. Para no decepcionarlos.

Le dijo que eso no podía seguir así, y que un padre lo es, sea la condición que sea la que vive el hijo. Le dijo que sos un excelente muchacho y que está en sus manos que seas feliz”. Estaba muy perturbado y volví a interrogarle: “Pero… ¿cómo sabes todo esto?” 44 continuó: “Porque también le dijo que tu novio es Uriel. Le dijo a tu padre, que mi hijo está lleno de valores. Tu padre lloró. Cuando yo entraba a su oficina el militar salía de ella. Llegué en el momento oportuno. Tu padre me recibió afligido y aprovechó de desahogarse. Me preguntó si yo sabía algo de vos y de Uriel. Le respondí como se había enterado y me habló sobre la visita de Rafael.

Me senté y compartí con él la experiencia de tener un hijo gay. Le conté que estaba orgulloso de mi Uriel. Le recordé que él tenía que estar igualmente orgulloso de vos, porque sos un tipo  íntegro…en fin, yo, mejor que mucha gente, se lo bueno que sos”. La oficina de mi padre me pareció más lejana que nunca. Siempre supe lo conservadores que son mis padres. Hoy sé que papá llegó a renunciar a un gran amor para no contradecir las pautas sociales. La formación que nos dieron a mi hermana y a mí, ha sido la clásica de un hogar católico: con muchos valores, pero también con algunos prejuicios.

Toqué su puerta e ingresé. Nuestras miradas se encontraron y ninguno de los dos dijo nada. Observando la tristeza de mi padre solo atiné a decir: “papá, vengo a pedirte perdón por la frustración que sientes…pero todo lo que te dijo Rafael es cierto…no es mi culpa, tampoco la tuya ni la de mamá…no se que pasó…soy así, y si quieres que me vaya de casa, te comprenderé…” Papá no hablaba. Cerró sus ojos y dos gruesas lágrimas se le corrieron por las mejillas. Luego me llamó con sus brazos, puso mi cabeza sobre su pecho, me abrazó fuerte y mientras sollozaba decía: “¡mi chiquito!, hijito te quiero mucho, perdóname que hayas tenido que dar vos la iniciativa”.

Nos abrazamos y lloramos juntos. Nunca lo había sentido tan padre como en ese momento. Hablamos mucho tiempo. Le contaba cosas tan escondidas en mi vida y él me miraba sereno a los ojos. Le pregunté si mamá lo sabía. Me dijo: “Es hora de decírselo, es una buena madre para estar ocultándole lo importante. Lo importante sos vos. Vamos hijo. Aunque para ella sea una sorpresa fuerte es necesaria la verdad. Ah! Me olvidaba. Rafael ha sido trasladado. Dice que no sirve para las despedidas. Viaja este fin de semana. Me pidió que entraras en tu correo, que allí te saluda…anda, lee eso mientras yo me preparo para que regresemos a casa”.

Nervioso ingresé a mi correo. En la bandeja había un mensaje con el asunto: “siempre amigos”. Abrí el mensaje de Rafael. Decía: “Emmanuel: ¡me gusta tu nombre! Después de conocerte disfruto pronunciarlo. Amigo: no se si al leer este mail ya hablaste con tu padre. Me imagino que si. Prometió llamarte allí mismo. Apenas salí de su oficina me puse a escribir estas palabras. Si lees esto antes de hablar con tu papá, entonces vuelve a leerlo después que eso ocurra para comprenderme. No soy un metido, ni tampoco me movió otra intención que la de tu felicidad. Posiblemente sea reprochable mi iniciativa, pero quiero decirte que no estoy arrepentido de haberlo hecho.

Amiguito, sé lo que es vivir en el ropero. Lo que es callar sentimientos. También he vivido renuncias forzadas. Es difícil estar escondiéndose siempre. Mejor ponerse una sola vez colorado que mil veces amarillo. Lo se por experiencia. Te amo y no quiero para vos lo que yo viví. Mis padres murieron sin saber mis preferencias sexuales. Murieron sin el nieto que soñaban. Traté de esconderme siempre y esconderse es quedar solo. El miedo a reconocer termina dejándonos en soledad. Me atreví a hablar con tu papá…porque te quiero y también porque soy la única persona capaz de tratar con él este tema. 25 años de postergación me dieron la autoridad suficiente.

¿Por qué me voy?…en primer lugar porque no me gusta la ciudad. Extraño la frontera…Yo que siempre he vivido en “las fronteras” jajaja. Pero también decidí partir porque cada vez que te veo me comienza a palpitar más rápido el corazón y se me estremece el ombligo. Indicadores que me hacen sospechar que volví a enamorarme y otra vez de la persona equivocada. Uriel tiene casi tu edad. Habrá más afinidad. Dile que me perdone. Disfrútalo….ah! y si alguna vez se separan recuerda que en la frontera hay uno que se anota como postulante. Fue un gusto conocerte. Evitaré las despedidas físicas por lo que aprovecho ahora para darte un beso. Hasta siempre. Rafael.”

Es mediodía y hace calor. La moto ha logrado trepar con facilidad la sierra. Vamos a la cabaña del tío de Uriel. Recuerden que el dueño le encargó que mantenga la casa. Desde que somos novios hemos decidido que el mantenimiento de la misma debe ser frecuente. Sobre todo ahora que estamos en primavera. Uriel lleva como casi siempre un jeans que le marca las piernas y el culito. Su torso desnudo como si fuera el jinete salvaje de la moto. Dos trenzas de los costados  se estiran y se unen en su nuca sujetando su cabellera rubia que le cae disciplinada por la espalda. Sus gafas lo hacen mayor de edad y también le dan la facha de actor de cine. Voy aferrado a su cintura.

Vamos felices. Llegamos. Abrimos puertas y ventanas con la necesidad de aires nuevos.
El arroyo cristalino en época estival se vuelve una tentación. Tiramos nuestros toallones en el suelo y nos dispusimos a tomar sol. Es día de semana y falta tiempo para las vacaciones. El turismo no ha llegado todavía. Nos pusimos a tomar “mate”. Uriel me dice: “tengo que contarte dos cosas. Una que el próximo año se casa Nicolás. Termina su carrera en la facultad en diciembre y planean casarse en abril”. Le respondí: “espléndido, pero ya lo sabía… ¿la otra?”. Uriel me dice “Mis padres decidieron como regalo de casamiento para Nico, esa casa que alquilan.

…Pero ahora viene lo mejor…papá dijo que la ley pareja no es rigurosa y con mamá van a pasar a mi nombre un departamento con el que un cliente le pagó a mi padre. Fuimos a conocerlo, es pequeño y agradable”. Le pregunté: “¿dónde queda ese departamento?” Después de escuchar la dirección, sonreí. Le dije: “me alegro. ¿Puedo bautizarlo? ¿Puedo ponerle un nombre a ese departamento?”. El hijo de 44 dice: “¡Estupenda idea! ¿Qué nombre le pones?”…Le respondí: “¿Me amas?”. Él me dice: “Como a mi propia vida”…Le dije: “Entonces llámalo Sebastiano, recuerda que es mi segundo nombre”. Riéndose dijo: “suena bien…se llama Sebastiano” ambos reímos.

Estábamos al borde de un codo del arroyo en el que hay un pozo natural. Empujo al agua a mi chiquillo que disfrutaba intensamente. Me zambullo en el arroyo y le tomo por los pies. Él mete la mano y me atrapa del culo. Forcejea y mi short de baño vuela hacia la rivera. Me zambullo de nuevo y esta vez le bajo el suyo. Tropieza, cae y revoleo al aire su short como botín de guerra. Desnudos, exuberantes, como Dios nos trajo al mundo, comenzamos a acariciarnos. Apoyó su espalda en una piedra y abrió sus piernas invitándome a que le de una mamada. Mis labios atraparon  su verga. Estaba dura como el acero. Uriel flotaba en el agua y movía su cadera.

Yo le chupaba el tronco mientras me retenía en la misma piedra. Mi diablillo gritó: “nooo…no quiero volcar así, quiero derramar en tu culo”. Comprendí. Dejé libre su verga excitadísima y me abracé a la peña. Mi rostro se posó sobre la roca bañada por el río. Puse firme mis pies en el fondo abriendo mis piernas y parando mi culo. Sentí caer su cuerpo en mi espalda. Con un brazo me rodeaba la cintura y con el otro dirigía su pene en mi orto. Seguro de la ubicación, hizo  envión con la cadera y su glande entró como un corcho en la botella. Reíamos y gritábamos. Me tomó con las dos manos la cintura mientras me apoyaba contra la piedra.

Un nuevo envión y percibí como su pija invadía mi esfínter, lo estiraba y se abría paso hacia adentro. El pendejo parecía que me domaba a cielo abierto. Gritaba como si domara un caballo. Miraba las nubes mientras me golpeaba dulcemente en las costillas.
Mi niño estaba enardecido y bombeaba. Sacaba y metía. Yo arrimaba más fuerte el mentón sobre la roca, comencé a sentir el estremecimiento en los huevos, ese que produce el semen cuando está por escupir hacia fuera. Mis testículos produjeron tanto esperma que corrieron por los conductos de mi verga y escupieron hacia el agua. Logré ver a mis espermatozoides ser llevados por la corriente del arroyo.

Uriel gimió. “Estoy por acabar amor…allí va”, y un torrente se metió en mi orificio. No quiso compartir con el río ni siquiera una gota. Quedé aprisionado entre su pecho y la roca. Uriel me besó la comisura de mis labios. Escuchamos ruidos, giramos la cabeza y vimos 3 viejas que llegaban distraídas y huyeron despavoridas. Mientras las veíamos huir reíamos a carcajada.

Uriel me propone. “¿te atreves a dirigirle una palabra al Dios que crees?”. Le dije: “Acepto”, y le tomé la mano. Uriel, con una mano me arrojó suavemente agua y dijo: “Emma, aquí en este lugar de la naturaleza que nos hace feliz, le pido al dios más poderoso que haya que siempre esté enamorado de vos. Ahora te toca a ti”. Mirándole dije: “Uri aquí en este lugar en el que soy feliz, le pido al Dios más poderoso que es el amor, que siempre me movilice amarte en las buenas y en las malas. Hasta donde la vida desemboca en la muerte”. Arrojé agua en su rostro.

Me dice: “ahora debemos zambullirnos”. Impulsamos nuestros cuerpo hacia el fondo y allí él buscó mis labios y supe que en el beso largo, en la profundidad, se consumaba nuestro compromiso. Estábamos desnudos, como si esto fuese signo del caminar que comenzábamos. No estamos solos. Cada uno cuenta con el otro y los dos sentimos una vocación particular para la felicidad.

Amigos lectores. El adiós siempre duele, más cuando alguien es parte del otro. Siento que ustedes han comenzado a ser parte de mi vida. Quiero cerrar este último capítulo agradeciéndoles la lectura y el compartir. Saludos de Uriel. Los quiero mucho.

Autor: Emmanuel

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Excitación y celos

Ensartado, no dejé de gemir. El esfínter estaba desplegado. Uriel hacía movimientos para arriba y yo pegaba pequeños brincos. El tronco de su pene era un palo duro y estático en el cual se corría la argolla de mi culo provocando la satisfacción de ambos. Fue una gran culeada. Uriel dio un suspiro de alivio, mientras yo sentía la estampida alocada de su esperma disparando en mis entrañas.

Era aniversario de la empresa de mi padre. La gerencia había organizado un asado en las instalaciones  que el sindicato tiene en las sierras. Esa mañana dominical estaba espléndida. El buen tiempo acompañaba al excelente ánimo reinante. 44, mi ex amante, es el contador de mi padre, asistió con Salomé, su esposa. Su hijo Uriel, mi novio, ya estaba allí desde temprano. Me ayudaba en la ornamentación del lugar de la fiesta. Mis padres no saben acerca de mi noviazgo, ya que desconocen mi orientación sexual.

Rafael es un oficial de gendarmería, amigo de la infancia de mi papá. El tiempo los fue separando. Hace un mes se reencontraron. No se trataban desde hacía 20 años, es decir, desde que yo era muy pequeño. De hecho no lo conocía. Su condición de militar le ayuda a mantenerse joven. Llega a sus 46 años de edad con un físico trabajado por su entrenamiento cotidiano. Tiene cabellos cortos y negros, aunque gris de canas en los costados. Su rostro es agradable. Sus labios carnosos hacen juego con un pequeño lunar que tiene en una de sus mejillas. Es buen mozo y soltero.

Mis padres me dijeron que no se casó debido a que nunca tuvo un lugar de residencia estable. Siempre estuvo trabajando en las fronteras de mi país. En distintos lugares. Rafael vive solo. Vivió siempre en cuarteles. Ahora ha sido trasladado a nuestra ciudad y vive en la casa que heredó de sus padres. Desde que regresó volvió a estrechar vínculos con mi padre. Invitado por papá fue a la fiesta. Estaba con un pantalón de fajina militar y una remera negra que le marcaba el cuerpo. Era un perfecto extraño en ese ambiente de camaradería.

Uriel estaba despampanante. Un jean le pronunciaba todas las curvas atléticas de sus juveniles 19 años. Vestía una remera corta que le calzaba justo, marcando sus hombros, su pecho y  le terminaba en la cintura, permitiendo observar con claridad su generoso culo y sus piernas de futbolista. Su larga cabellera rubia caía con libertad en sus costados y en su espalda, libre de trenzas, vinchas o cintillas. Sus dorados cabellos resaltaban su piel bronceada y sus achinados ojos verdes. Uriel llamaba la atención de las hijas adolescentes de los trabajadores de la empresa y de alguna señora madura.

Le comenté a Uriel que sumáramos a nuestra mesa a Rafael que estaba como excluido de la fiesta. Él mismo llamó a Rafael. Ambos se conocieron en mi casa mientras compartíamos una cena. Uriel, Rafael y yo, disfrutábamos del asado, de la conversación cálida y de las simpáticas ocurrencias inteligentes y divertidas de mi chiquillo amante. Estaba riendo cuando sin querer miré a un costado y desde la mesa vecina, sentí una mirada clavada en mí: era 44 que almorzaba con su esposa y gente  de la administración. Sin dejar de reír, lo miré un segundo y luego retiré la mirada intentando una pregunta esforzada que respondió Rafael.

Quedé pensando en la conducta de 44. Había algo extraño en su mirada. Traté de pensar en otra cosa, porque para mí la relación con mi antiguo amante se terminó. Desde que 44 me sorprendió con su hijo, desnudos y en la cama, descargó su furia contra mí. Llegó a golpearme y hasta humillarme obligándome a ser testigo de una relación sexual suya con un chico al que me lo presentó como Ezequiel. Aquel día fue decisivo para mí. Decidí no dirigirle ni el saludo ni la palabra. También resolví que no iba a separarme de Uriel. 44 me había ordenado que dejara a su hijo con el argumento de que yo lo dañaría. Hoy estoy seguro de mi amor por ese muchacho.

Después de comer, mientras algunos jugaban a los naipes, otros intentábamos un partido de fútbol entre “pollos” y “gallos”, tal como nos bautizara una señora. Entre los “pollos”, es decir los jóvenes, estábamos Uriel y yo. Entre los “gallos” estaban 44 y Rafael. Los jóvenes nos llamábamos con el apócope de nuestros nombres: “Emma”, “Seba”, “Uri”, etc….Se me ocurrió pedirle el fútbol a Rafael, ya que había salido de la línea. Grité: “dale “Rafa”, aquí”. Y otra vez sin querer me choqué con la mirada llena de indignación de 44. No me interesó. Le dije “Rafa”  cuantas veces quise, inclusive a propósito. Si Uriel no se enojaba ¿por que tendría que enojarse 44?

El partido terminó. Para colmo ganamos los pollos, y 44 es algo fanático en el fútbol.  Las familias tomaban mate, una costumbre en mi país. Mi padre llamó a su amigo y Uriel acompañó a caminar a su mamá. Me interné en el bosquecito que sube a la sierra. Ya me había alejado bastante cuando siento que alguien pisaba ramas por detrás de mí. ¡Era 44! Se acercó hacia mí. Intenté seguir mi camino, pero me detuvo por el hombro. Presentí el problema.

44 me dijo: “¿no te ordené que dejaras a mi hijo? ¿Sos tan caradura de engañarlo en sus propias narices?” Le respondí: “déjame en paz. No se a que te referís”. Con el tono burlón que lo caracteriza cuando está molesto, me dijo: “No te hagas el boludo. A Uriel lo podés engañar pero a mi no… ¿te crees que no me di cuenta de tu calentura y la del milico?” Acentuando su chanza me imitaba diciendo: “¡aquí Rafa!”.

Puso su mano en mi garganta y me arrinconó contra un árbol mientras me decía: “¿estás caliente no?…te gustaría que te penetrara…seguramente te gustaría chupar mi verga…. ¡cómo soñarás con el Sebastiano!…” a medida que me decía eso apoyó todo su cuerpo en el mío, y mientras hacía insinuaciones, acercaba sus labios a los míos. Esta vez fue diferente. Lo rechacé empujándole fuertemente del pecho y le grité: “a mi no me tocas nunca más. No estás preocupado por Uriel sino estás celoso por  mi. Aunque me pidieses de rodillas no tendría sexo con vos. Mi amor se transformó en asco.”

44 estaba sorprendido por mi reacción. Desconcertado me tiró una cachetada que se estampó de pleno en mi mejilla. Inmediatamente reaccioné. Alcé mi mano y le di un cachetazo que le hizo girar el rostro. Nunca había golpeado a 44. Él me tiró una trompada y yo le devolví con otra. ¡Nunca soñé que llegaríamos a eso! ¡Tanto amor y ternura con que nos intimamos durante 3 años! Pensar que ahora rodábamos por el piso tratando de golpear al otro.

Hoy recuerdo tantas veces que jugamos a la luchita. Nuestras risitas sensuales, nuestros brazos cansados por inmovilizar al otro. Todo eso es ayer. De pronto apareció un serrano, un campesino que pasaba por allí. Cuando aquel hombre asomó, su mirada curiosa nos detuvo. 44 se puso de pie y bajó hacia el camping. Yo me quedé sentado en el árbol. El hombre me preguntó: “¿Necesitas algo?”. Le dije: “Gracias señor. No necesito nada”. El hombre insistió: “¿Conoces al que quiso dañarte?”. Le respondí: “Era un extraño”.

Regresé a la fiesta. El auto de 44 no estaba en el estacionamiento. Se había marchado. Busqué a Uriel. Mi corazón dio un vuelco cuando lo vi conversando animadamente con Rafael. Sentí celos. Durante la jornada noté afinidad entre ellos, y el gendarme evidentemente simpatizaba con Uriel. Le prestaba toda la atención que generalmente un adulto no otorga a un adolescente. Me acerqué a ellos. Mi rubio dijo: “Emma ¿Disparaste alguna vez un arma de fuego? Lástima no escuchaste todo lo que sabe Rafa”

Mi novio estaba entusiasmado con el tema. Tomando el revolver que Rafael estaba mostrándole, le dijo: “¿Ees así como se toma el arma?” Uriel estaba de pie. Parado esbeltamente, podía admirarse todo su perfil. Su culito juvenil estaba bien paradito y marcado por su jean. Apuntaba con el arma hacia un lugar donde no había nadie. Rafael le dice: “Si, pero la primera vez tendrás que usar las dos manos” El rubio tomó la pistola con las dos manos y Rafael le corrigió: “No…no es así”.

El gendarme se puso de pie avanzó hacia Uriel se puso detrás de él y le cruzó sus manos tomando las del chico y buscó orientar el arma. Pero mientras lo hacía, yo observaba como Rafael se ponía pegado a las espaldas, tan cerca que los enrulados cabellos de mi novio le raspaban la nariz. Miré hacia abajo, y posiblemente sin darse cuenta, arrimaba su pene que el pantalón de fajina militar visibilizaba y lo apoyaba contra las nalgas de Uriel. ¡Lo estaba apoyando! Se me fue parando la verga y la excitación me ganó. La escena de dos cuerpos esbeltos y frotándose espontáneamente, me calentó. Uriel bajó el arma se dio vuelta y ambos se sentaron. La conversación continuó y mi deseo también.

Lo llamé aparte a Uriel y le dije: “Voy a despedirme de mis padres. Volvamos a la ciudad. En casa no hay nadie. Quiero que hagamos el amor”. Regresamos. Yo volvía caliente y sin poder sacarme de la mente la escena del “apoyo” de Rafael. Además, junto a la excitación crecía en mí la sospecha de la soltería del gendarme. Ya en casa, fuimos a mi habitación. Mis manos se hundieron en esa melena generosa y atrayéndole de la nuca le besé en los labios. Fuimos despojándonos de nuestras ropas hasta quedar desnudos.

La cama crujió cuando nuestros cuerpos cayeron sobre ella. Nuestros brazos se cruzaban, nuestras piernas también y nuestros labios no dejaban de besarse. El fuego de ambos estaba encendido. Besé centímetro a centímetro sus juveniles carnes. Lamí su glande como quien lame un chupetín, y luego lo acaricié con mi lengua. Introduje su pene que estaba erecto y duro y comenzó a follarme por la boca. Decidí cabalgarlo. Me senté en su vientre. Salivé mi esfínter y su glande. Él me dejaba hacer. Mi niño estaba afiebrado de deseo.

Gemía en cada acción. Con una mano me abrí el agujero y con la otra orienté su pistola, tal como Rafael lo había hecho hacía un rato. Cuando su glande estaba en dirección comencé a sentarme sobre él y el dolor y el placer me embriagaron cuando su cabeza entró en mi orto. Uriel ayudaba empujando para arriba y logró que su tronco se enterrara hasta la mitad en mi culo. Entonces me abrí con las dos manos mis nalgas, mientras él, sostenía con las suyas su pistola. Repentinamente me senté. Sentí dolor. Sintió dolor, pero ahora su verga estaba toda adentro.

Ensartado, no dejé de gemir. Intenté cerrar el aro de mi esfínter. Fue inútil. El esfínter estaba desplegado en toda su extensión. Entonces comencé a cabalgarlo. Uriel hacía movimientos para arriba y yo siguiendo la misma sintonía pegaba pequeños brincos y me sentaba repetidamente sobre él. El tronco de su pene era un palo duro y estático en el cual se corría la argolla de mi culo provocando la satisfacción de ambos. Fue una gran culeada. Llevando su rostro hacia la cabecera de la cama, Uriel dio un suspiro de alivio, mientras yo sentía la estampida alocada de su esperma disparando en mis entrañas.

Saqué mi culo de su falo y le levanté las piernas colocándolas sobre mi hombro. Estaba sediento de las nalgas de Uriel, estaba con hambre de sus glúteos. Imaginé otra vez la escena de la tarde. Lo vi a Rafael detrás de Uriel apoyándole el miembro, y se me puso más dura que otras veces. Con mis manos fui separando su trasero y mi pija comenzó a explorar. El gritito de dolor de Uriel anunció que mi cabeza estaba dentro. Una vez con el glande en su interior, fui cerrando con las manos sus nalgas. El frotamiento fue intenso y en cada empujón mi pene se introducía irrespetuosamente en su orificio.

Entré y salí. Bombeé ese culito adolescente. Cuando ya estaba dilatado, chocaban mis huevos en sus nalgas y el mete y saca terminó con una alevosa derramada de leche que mi joven amante recibió con placer. Yo, Emmanuel, estaba satisfecho de haber superado a 44 en su intento de seducción. También me alegraba haber permanecido fiel a Uriel. Sabía que debíamos esforzarnos los dos. Somos jóvenes y hermosos en una sociedad llena de tentaciones.

Fue el saldo de una tarde de excitación, de celos y deseos.

Autor: Emmanuel

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El sabor de la venganza

Totalmente excitado, 44, me miraba y lo miraba, mientras su glande aparecía con todo su esplendor y se ocultaba entre sus dedos. Ezequiel suspiró fuertemente y vi como un chorro de semen se lanzaba con fuerza a larga distancia mojándole todo el pecho. 44 no apartaba la vista de mis ojos, jadeaba mientras se seguía masturbando. Su mirada llena de placer se hundía en mi mirada y así sin dejar de contemplarme, derramó su esperma sobre la cara de Ezequiel.

Dos veces había rechazado las invitaciones de Uriel para ir a cenar a su casa. Tenía temor por lo sucedido hacía 15 días.  Pero no podía dejar de ir al cumpleaños de Nicolás, su hermano y mi buen amigo. Regresaba a esa casa por primera vez  tras el desenlace en el que 44, su papá y hasta ese momento mi amante, nos sorprendiera desnudos en la cama y besándonos. Aquel día 44 me golpeó y me cortó toda comunicación. Entré en la residencia lleno de miedo y disimulando la vergüenza. Venía acompañado de mi hermana.

Abracé fuertemente al cumpleañero. Salomé, su madre, me miró dubitativa, y luego cruzó sus brazos en mi cuello y me dijo: “Te extrañaba Emma”. Uriel, mi novio y el benjamín de la familia, nos hizo pasar hasta el quincho en el que estaban amigos y familiares de Nicolás. Había mucha gente. El vino y las empanadas, hacían la delicia de todos. Saludé a la novia de Nico, a varios conocidos y buscaba nervioso al dueño de casa. Cuando me di vuelta para hablar con mi hermana, 44 la estaba saludando.

Pasó por mi lado, le dije: “hola”, me miró y me dijo “a Usted no lo saludo señor, disfrute la fiesta y espero no se desubique”. Su comentario me hirió el alma. Después de la comida, Nicolás saludó, agradeció a todos y dijo que antes del baile, Uriel su hermano iba a contar un chiste. Todos aplaudieron. Uriel se paró frente al micrófono, al que siempre dominó. Hizo un breve silencio y dijo: “Hay muchos aspectos de la vida para transformarlo en chiste….pero hoy no quiero hacerles reír…sino suspirar” –todos sonrieron y miraban impacientes al rubio más guapo de la ciudad.

Entonces dijo resueltamente: “no voy a contar nada chistoso, mejor voy a cantar al amor. Mi canto va dedicado a mi hermanito cumpleañero, a mis padres y a… todos los que aman y se dejan amar”. Me miró sin disimulo, detuvo un segundo sus ojos en los míos. Yo estaba helado por la audacia. Uriel miró a los invitados y acompañado de una guitarra cantó una canción de amor. Cuando finalizó, lo aplaudieron. Había cumplido su objetivo: Decirle en ese mensaje a su familia que él estaba dispuesto a amarme.

Luego encendió los equipos de música y dijo por micrófono: “El que no baila se jubila mañana”. A los pocos minutos mucha gente bailaba. Uriel se dirigió hacia donde estábamos mi hermana, Matías, recién regresado de Tierra del Fuego y yo… tomó de la mano a mi hermana y la invitó a bailar. Segundos después alguien me toca el brazo y me dice “vení, quiero hablar a solas con vos”. Era 44. Mientras todos bailaban me llevó al parquecito que tienen en el patio de la casa. No había nadie y hacía frío.

En un primer momento me puse contento de su iniciativa. Le dije: “Hola, te extrañaba”,  él me corto diciéndome: “me seguirás extrañando”. Luego, sonriendo irónicamente dijo: “¿ahora vas por Matías? ¿Te lo querés voltear?”. Quedé sorprendido, atiné a decir “no”. 44 dijo: “no me interesa lo que hagas con Matías. Me interesa lo que le hagas a Uriel. Mi hijo no es como nosotros, no es traidor. Mi Uriel es sencillo, transparente, cree en la gente y cree en vos….pero yo no creo en vos.

Yo se quien eres y el daño que puedes hacer. Aléjate de Uriel. Si pudiera prohibirle esta relación contigo ya lo hubiese hecho.” No me dejaba hablar. Lo interrumpí y le pregunté: “¿Por qué me odias si hasta ayer me amabas?”. 44 se puso rígido, sus ojos estaban humedecidos. “escúchame traidor: hoy te odio tanto como te amé…te juro que vas a pagar tu juego sucio…El Sebastiano, ese departamento que fue nuestra escondite y a la vez fue el espacio de tanto amor y sexo, no está vacío”. Se me heló la sangre con lo que me estaba diciendo, balbuceé: “¿qué querés decirme?”.

Me respondió casi escupiendo las palabras: “¿querés saber?  Anda en los días y horarios en que nos encontrábamos…Podés ir mañana a las 2 p.m. Te aseguro, será una experiencia para vos”. Luego poniéndome su dedo índice cerca de mi nariz, me advirtió: “no dañes a mi hijo, ¡aléjate de él!”. Me tiró agresivamente para atrás, y regresó a la casa sin darse vuelta. Se perdió entre la gente. Aproveché que estaba solo en el parquecito y lloré en silencio. 44 me odiaba, me humillaba, y yo me sentía culpable.

Meditaba eso, cuando unas manos me hacen cosquillas, eran las de Uriel: “¿no tiene miedo el niño bonito que se lo coma el dragón?” y le respondí: “ya vino el dragón, no quiso comerme, solo me escupió el corazón”. Volvimos a la fiesta. Coincidimos con mi hermana de volver a casa. Antes, me acerqué a 44 aprovechando que estaba solo. Me detuvo su mirada llena de desprecio. Atiné a confirmarle: “voy al Sebastiano a las 2 p.m.” El respondió: “si no vas te perderás una sorpresa”.

Al otro día, cuando salí del colegio donde trabajo, fui al Sebastiano. Impaciente y nervioso, llegué al edificio. El reloj marcaba las 2.20 p.m., subí en el ascensor. Puse levemente la llave en la puerta del departamento y la abrí despacio. Ingresé en el living y quedé inmóvil cuando escuché sonrisas y gemidos en la habitación. Cerré la puerta. Me acerqué para ver a la mujer que se acostaba con 44. La sorpresa fue grande: no era una mujer. Era un muchacho de unos 20 años. Estaba ante una escena que me desgarraba el alma.

Me quedé en silencio observando impotente. El chico era bonito. Su cuerpo era parecido al mío. De piel blanca aunque de cabellos castaños. Lampiño. Sus hombros y espalda de atleta terminaban en una cintura pequeña y trabajada. Sus nalgas como las mías, conformaban dos redondos glúteos paraditos. Poseía un par de piernas bien formadas, propias de un bello adolescente.

El joven estaba reclinado sobre la verga de 44. La pija de mi ex amante estaba erguida, dura, parada. Los labios del efebo  chupaban con gusto el pene largo y grueso que tantas veces chupé. El chico movía la cabeza con un movimiento circular. Deduje que con la lengua hacía lo mismo con el glande de mi viejo amor. La deducción era exacta por los gemidos que profería 44. Se notaba que el jovencito disfrutaba, ya que no sacaba los labios de allí. Luego mi antiguo amante comenzó a follarlo por la boca, y mientras lo hacía, suspiraba de manera sensual  acariciando los cabellos del mancebo.

Luego el muchacho fue besando su vientre, sus tetillas y su cuello. Comenzó a lamer placenteramente su pecho. Las manos de 44 acariciaban las curvas del adonis. Entonces largué un sollozo evidenciando mi presencia. Los dos me miraron. Mientras el chico estaba algo sorprendido pero no asustado, 44 sonrió satisfactoriamente. Sus dientes perfectos relucían en aquella sonrisa. Sus verdes ojos me miraron con picardía y pasando sus manos gruesas sobre la fina piel de la cola de su ocasional amante me dijo: “¡te decidiste a venir!, bienvenido al espectáculo…llegaste a la parte mejor.

Te presento a Ezequiel, como verás, está riquísimo”. 44 me hablaba y me apuñalaba con sus palabras. Acomodó al joven acostándole boca abajo y de frente, de manera que ambos nos miráramos. El hermosísimo rostro de Ezequiel permanecía sereno. Su veterano amante comenzaba a morder suavemente sus nalgas mientras no dejaba de mirarme. Comenzó a lamer aquel agraciado culo y metió la lengua seguramente dentro del esfínter, porque el chico cerrando los ojos abrió la boca dejando oír un gemido. No podía evitar derramar lágrimas en silencio.

Mi antigua pareja saboreaba ese culito adolescentil. Inmediatamente comenzó a pasarle crema en su agujero. Abrió un preservativo y se puso el condón. Esta vez acomodó el cuerpo del muchacho boca abajo pero dándome la espalda. De manera que fuese testigo directo de la penetración que estaba a punto de comenzar. El chico abrió las piernas y 44 fue acomodando su pene en aquella raja, y para que yo fuese siguiendo en vivo la culeada, iba hablándole al  joven cada paso que hacía.

Ezequiel pegó un gritito de dolor, y 44 dijo “Paciencia bebé, ya entró la cabeza… ¿la sientes?”. El chico respondió: “si, entró”. Mi viejo amor giró su cabeza y me observó, mientras daba un nuevo caderazo produciendo un nuevo grito sofocado en el muchacho. Entonces le dijo: “ya va…voy despacio para no hacerte daño… ¿te das cuenta que ya hay algo del tronco en tu culito?”. Ezequiel respondió con un suspiro: “por supuesto”.

Nuevamente me miró y dio un fuerte caderazo que otra vez logró el efecto de la expresión de dolor del chiquillo. 44 dijo: “Ya entró toda, está bien adentro… ¿la sientes? ¿Te gusta?”, atravesado por esa formidable pija que tanto gusté, el muchacho dijo excitado: “si la siento dentro mío, no puedo cerrar el culo…me gusta tu pija”. 44 comenzó a bombearlo suavemente primero y luego aumentaba el ritmo. Abrían tanto las piernas que yo podía ver con claridad como entraba y salía aquella verga en ese culo tierno. Los dos gemían, suspiraban y yo sentía unos celos tremendos.

Estuvieron así minutos que me parecieron horas, luego le sacó la verga e hizo con él lo que tantas veces conmigo: lo puso de pie. Era más alto que yo, pero más bajo que él, por lo que fue fácil para 44 acomodarlo. Ezequiel puso sus manos contra la pared, mientras abría sus piernas y sacaba culo. Mi ex amante, me miraba a cada rato y comenzó a penetrarlo nuevamente, supongo que a causa de la dilatación de la primera cogida, les fue más fácil. Mis ojos observaban incrédulos, como de un solo golpe 44 lo ensartó hasta los huevos. Ahora ninguno me miraba. Estaban entregados al placer.

Él ponía su cabeza sobre la nuca de Ezequiel mientras con un movimiento continuo hacia atrás y hacia delante entraba y salía de ese chico que cerrando sus ojos disfrutaba visiblemente de las estocadas de aquel pene maestro en producir placer. Me daba cuenta que eso no era tan solo un espectáculo. Comprobaba que 44 sentía verdadero gusto. Gozaba aquella culeada.

Finalmente le pidió que se recostara en la alfombra porque iban a terminar. El muchacho se recostó, esta vez boca arriba y 44 se arrodilló en su costado, se sacó el condón y comenzó a masturbarse. El chico también comenzó a pajearse. Cada uno de ellos con su propia mano frotaba su respectivo pene. Los dos gemían de placer. Totalmente excitado, 44, me miraba y lo miraba, mientras su glande aparecía con todo su esplendor y se ocultaba entre sus dedos.

Ezequiel suspiró fuertemente y vi como un chorro de semen se lanzaba con fuerza a larga distancia mojándole todo el pecho. 44 no apartaba la vista de mis ojos, jadeaba mientras se seguía masturbando. Su mirada llena de placer se hundía en mi mirada y así sin dejar de contemplarme, derramó su esperma sobre la cara de Ezequiel. Luego se incorporó y le pidió al muchacho que se fuera a duchar. El chico obedeció. Quedamos solos.

Le enrostré: “esa es tu venganza. Con él no te da los escrúpulos de engañar a tu esposa”. El efecto de la frase fue una sonora cachetada. Me dijo: “no te atrevas a nombrarla. ¿Te gustó el espectáculo? ¿Sentiste lo que sentí aquél día?” Le dije: “perdóname, no quise hacerte daño”. Me interrumpió casi gritándome: “no hables traidor. Te entregué todo. Con vos llegué a tener mi primera experiencia homosexual. Hasta te di mi culo. Había comenzado a amarte hasta la locura de compartirte con ella. Así me pagaste” 44 se quebró pero no lloró.

Luego continuó: “deja a Uriel. Vas a hacerle daño como me dañaste a mí. No sabes amar a nadie. No lastimes a mi hijo. Por eso te ordeno que te alejes de él”. De pronto apareció Ezequiel secándose el cuerpo y 44 se calló. Ezequiel comprendió que debía irse. Se puso su ropa. Llevaba como pantalón un pescador ajustadito. Besó en la mejilla a 44 que permanecía en silencio, luego me dijo “adiós” y se fue del departamento. Quedamos solos, él me dijo, “voy a ducharme y no te atrevas a marcharte”.

Lo esperé. Cuando salió. Se puso su traje con la corbata desprendida como siempre. Se puso su loción a la que reconozco a la distancia. Me miró nuevamente a los ojos y tomándome de la solapa de mi campera me dijo: “¿me extrañas?…si…yo se que me extrañas…esa cogida que acabo de disfrutar pudo haber sido tuya…te la perdiste”. Le pregunté: “¿quién es Ezequiel?” Me respondió: “No te importa. Solo te diré que él me otorgó un gran placer. Sentí con él ese deseo descontrolado que me daba tu culo”

44 comenzó acercarse hasta tocarme con su cuerpo. Fue acercando su rostro hacia el mío. Cuando vi la cercanía de sus labios, estaba completamente seducido, cerré mis ojos y abrí mis labios para recibir el ansiado beso. De pronto su mano me tiró para atrás y sonriendo con sarcasmo me dijo: “¿acaso esperabas mi beso? ¿Dónde está la fidelidad que le debes a Uriel? ¡Basura!. Soñarás con mis besos. Desearás mi verga, mis caricias, mis labios que no tendrás nunca más”. Me pechó nuevamente: “quédate en el sebastiano… ¡quédate recordando lo que has perdido! ¡Quédate solo!” Se dirigió a la puerta y partió.

Me quedé solo. ¿Quién era Ezequiel? ¿Quién sería ese muchacho? Pensé que posiblemente un taxi boy pagado para esa ocasión. O tal vez algún joven seducido en los últimos días. No era un viejo conocido ya que nunca lo había registrado en el entorno de 44. Recordaba la relación sexual que acababan de tener y el deseo crecía en mí. Tenía fresco en mi memoria mi beso frustrado. Me senté en la alfombra y busqué en mi bragueta la verga que desde el primer momento estaba erecta. Me entregué a una afiebrada paja. 44 lograba su venganza y yo estaba herido de deseo.

Autor: Emmanuel

sebastianmemoria@hotmail.com

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Escena familiar

Uriel comenzó a bombear y en cada envión la barra de su genital, me perforaba el orto. Entraba como un macho en celo. Un cóctel de dolor y placer se apoderó de mí. Firme en mis cuatro patas, recibía los embates de mi chiquillo amante. No pude más,  perdí el control de mi deseo y mojé la alfombra con la descarga de mi esperma. Los brazos de Uriel cruzaban mi cintura, y su culito adolescente se movía hacia atrás y hacia delante, mientras su pene serruchaba los anillos de mi ano.

Desnudos en la cama comenzamos a besarnos. Uriel y yo acabábamos de tener una intensa jornada sexual. Mis manos rodeaban su cintura y las suyas acariciaban mis glúteos. Fue en el beso largo cuando la puerta se abrió de repente. La puerta estaba sin llave, se abrió de golpe, sin previo aviso. Era inútil disimular o fingir. Era tarde cubrirnos. Los dos miramos hacia la puerta y allí estaba 44…su rostro visibilizaba su confusión y desconcierto. Segundos más tarde me sentía apuñalado por la mirada furiosa de su papá, de mi amante.

44 ha sido mi amante durante los tres últimos años. He disfrutado con él toda la experiencia sexual vivida. Desde diciembre último comencé a acostarme con su hijo menor de 19 años, Uriel. Elegí lo peligroso: tener relaciones amorosas simultáneamente con el padre y con el hijo sin que ninguno de los dos supiera acerca del otro. Muchas veces quise cortar esa situación, fui débil, no lo hice y ahora este desenlace inesperado.

44 me miró lleno de furia. La rabia le brotaba de sus ojos verdes. Preguntó: “¿qué es esto?” y antes que dijésemos algo se dirigió hacia mi y con una mano me tomó del cuello y con la otra me abofeteó. Me gritaba: “¿a dónde llevaste a mi hijo? ¿Qué hiciste de él? Miserable”. Iba a golpearme de nuevo cuando Uriel se interpuso entre los dos diciéndole: “¡No papá! No fue Emmanuel el que me llevó a esto. Fui yo. Golpéame a mí si tienes que descargarte con alguien” 44 lo miró y lo empujó fuertemente del pecho haciéndole caer en la cama. El chico se incorporó de inmediato.

Su padre dio media vuelta para salir de la habitación, pero Uriel gritó: “escúchame papá… ¡no te vayas! Olvida tu trabajo por un rato y escúchame, ya que nunca tenés tiempo para mi”. 44 no quería oírlo y su hijo lo amenazó: “papá si te vas, cuando regreses, mi habitación estará vacía. Te quiero, pero esto es importante para mí”. El padre se detuvo, entonces Uriel me solicitó el celular. Hizo una llamada: “¿mamá?…no te preocupes, estamos bien, pero si puedes, vení urgente a casa, te necesito, es un grave problema familiar”. Cerró el celular.

Su padre al salir del dormitorio musitó por lo bajo: “los espero en la cocina”. Uriel se puso su bóxer y me dijo: “pasó lo que tenía que pasar. Hoy nos necesitamos más que nunca. Voy a vestirme”. Salió hacia su habitación. Me puse mis ropas, fui al baño, me lavé la cara y me peiné como pude. Llegué antes que Uriel a la cocina. 44 me miró y moviendo la cabeza la bajó nuevamente. Me preguntó “¿qué sabe él?”, le respondí: “nada”. Luego quedó en silencio y los segundos se hicieron eternos. Reinaba un clima de tensión.

Uriel apareció y nos dijo: “ya llega mamá” y dijo a su padre: “por favor, la esperemos”. Encendió la cocina y calentó agua. Ninguno de los tres decía una palabra. Pocos minutos después llegó Salomé. Miró algo asustada a su esposo y le preguntó “¿qué pasa?”. 44 dijo: “Uriel te llamó. Quiere contarte algo”. Ella buscó con su mirada a su hijo y se dispuso a escucharlo atentamente. Uriel fue directo. “mamá, papá…quiero pedirles perdón porque no fui franco con ustedes.

Mamá, mi padre acaba de sorprendernos a Emmanuel y a mí acostados en la misma cama. Bueno…yo no soy lo que ustedes quisieran que fuera. Soy gay. Desde hace poco tiempo tengo algo más que una amistad con él”. Uriel tartamudeaba al hablar y tragaba saliva a cada rato, prosiguió: “creo que no respeté esta casa y por eso les pido perdón. Hace algunos años sentía confusión por la orientación de mis gustos sexuales hasta que conocí a Emmanuel”- tartamudeó nuevamente.

Hizo un esfuerzo y continuó. “Nos queremos y llevamos adelante una relación que posiblemente los avergüence pero que ya no quiero ocultar”. Vi como 44 estaba abatido y como a Salomé le saltaban las lágrimas, entonces no pude contenerme más y me largué a llorar desconsoladamente. Un mar de lágrimas salía de mis ojos y di fuertes sollozos con la cabeza rendida sobre la mesa. Era incapaz de decir algo. No me salía una palabra. Solo atinaba a llorar con fuerza. Sentí unas suaves manos que me acariciaban los cabellos y la nuca. Pensé que era Uriel. Me equivoqué. Era Salomé.

Ella comenzó a hablar: “yo me imaginaba que algo sucedía. Uriel, hijo mío, desde hace  años que tenía esta sospecha, por eso nuestras largas conversaciones. Tus confidencias a medias. Tus conclusiones llegaban a desconcertarme. Tuve miedo de hacerte una pregunta directa. Tuve miedo de la respuesta. Hoy la tengo. No se que debo hacer, no se cómo debo proceder. Si se y estoy segura que seas quien seas sos mi hijo y que te amo. Estoy orgullosa de tu hombría de bien, de tu honestidad, de tu idealismo. Estoy orgullosa de que eres mi hijo y que mi hijo es una buena persona.

Tendrás que tener paciencia con nosotros. A ser padre se va aprendiendo con el tiempo y hoy tenemos que seguir con ese aprendizaje. Tenemos que seguir aprendiendo a ser padres de Uriel…” Salomé se quebró, sollozó y su hijo la abrazó. Luego ella me preguntó: “Emma ¿tus padres saben todo esto?”. Le respondí que nadie sabía ni lo mío, ni lo nuestro. Le conté a Salomé que sentía terror de decirle a mi familia sobre mi condición sexual. Le conté que mis padres vivían alentándome a tener novia, soñaban con el día que contrajese matrimonio y deseaban tener y malcriar a sus nietos.

Le conté que no quería decepcionarlos y que estaba seguro que la reacción de mis padres, tan conservadores, terminaría en un escándalo. Le dije que no se los iba a decir hasta que llegue el momento en que me atreviese. Salomé me respondió: “Es algo que tendrás que decidir vos y decírselo personalmente”. Hizo silencio y prosiguió: “chicos, vayan despacio, no agilicen los tiempos, estos tienen su propio ritmo. Asumir esto será difícil para ustedes, para tu padre y para mí. Sean discretos”.

Yo estaba algo consolado con las palabras y el gesto de Salomé. Entonces me atreví hablar: “También yo les pido perdón por no respetar su casa y tampoco a ustedes”. La miré a Salomé y me quebré: “perdóname. Siempre te consideré mi amiga y creo que te he traicionado. Es una de las situaciones que hoy me duele más”. Luego miré a 44 y él no me dirigía ni la palabra ni la mirada. También a él le clamé: “perdóname”.

Les dije que me retiraba a casa. Uriel quiso alcanzarme en su moto, pero le dije que prefería volver solo, en taxi. Suponía que debía hablar mucho con sus padres. Besé las mejillas de Uriel y luego las de Salomé. Cuando me dirigía a saludar a 44, alzó su brazo deteniéndome y evitando mirarme, me dijo un seco: “¡adiós!”. Me retiré, regresé a casa.

Esa tarde recibí la visita de Nicolás, el hijo mayor de 44 y Salomé. Un gran amigo. Solo quería saber como estaba. Quise hablar y explicarle, pero dijo que no era necesario, que su mamá le había contado todo. Me dijo que su amistad seguía firme. Me dijo que me veía mal, que levantara el ánimo. Antes de despedirse me dio un fuerte abrazo y se fue. Dos días pasé desconectado de ellos.

Hoy fui como todos los domingos a la misa. Un muchacho se puso al lado mío. Era Uriel. A la salida, me dijo: “te invito esta tarde a pasear. Necesitamos hablar de lo sucedido”. Convenimos la hora. A las 3 p.m. pasó a buscarme en su moto, no le pregunté a donde íbamos. Me di cuenta en el camino. Íbamos a la cabaña de su tío. La que él mantiene. El rubio iba feliz o al menos eso demostraba. Esa actitud me animó.

Llegamos a la cabaña. Salía humo por la chimenea. Entramos. No había nadie. Echó más leña en el fuego. Él me abrazó y me dice: “¿dejaste de amarme?”, y lanzó la más simpática de sus carcajadas. Uriel comenzó a besarme los labios, el cuello y mientras lo hacía me empujaba suavemente hacia la habitación. Yo le dejaba a hacer. Todo estaba dicho. Me tumbó en la cama y comenzó a sacarme las ropas. Yo estaba desnudo, me besó cada espacio de mi cuerpo. Puso su rostro pegado al mío y me dice: “Ámame”.

Entonces comencé a responder con besos y caricias, mientras él se sacaba la ropa. Desnudos, comenzamos como tantas veces en los últimos meses: a hacernos el amor. Me mordió la orejita y metía su lengua hasta en mis tímpanos. También sentía pasión cuando me mordía suavemente las mandíbulas. Me dice: “lástima que hace frío sino hacíamos el amor en el arroyo, pero esta mañana vine por aquí antes de ir a misa ¿notas caliente el ambiente?, preparé el hogar, prendí leñas…ven”.

Sacó de un costado del living una alfombra grande y pesada. Me dice “ayúdame”, y la pusimos frente al fogón. Era amplia, grande y parecía reconfortable. Allí desnudo se estiró  Uriel y me invitó: “acuéstate a mi lado, ya que hay leña en el fuego, ardamos”. Los dos estábamos desnudos tirados sobre la alfombra. El crepitar de las llamas ayudaba al clima pasional en escena. La tormenta de besos se desató. Teníamos fiebre y sabíamos como calmarla.

Uriel me puso en cuatro patas, como si fuera un perrito, y comenzó a dilatar mi agujero. Yo esperaba impaciente. Después de la convulsiva situación vivida hacía dos días, quería que me ensartara. Quería saciar mi pavura, sintiéndole dentro de mí. El, también estaba inquieto. Ponía sus dedos en mi esfínter y se agachaba a chuparme el culo. Su lengua me arrancaba los gemidos más profundos.

Su glande intentó varias veces penetrarme, pero su dueño evitaba que ingresase. Cuando quiso hacerlo, entró sin problemas. Con la cabeza de su verga adentro, Uriel comenzó a lamerme el cuello, el lomo, los hombros. Comencé a pedirle: “Quiero más, no te detengas, penétrame”. El chico no parecía escucharme, pero estaba incentivado y junto a las lamidas me daba mordidas y chupones. Hasta que con un inesperado movimiento de cadera, depositó parte de su tronco muy adentro de mi esfínter. Grité. Ya no importaba si alguien nos escuchaba.

Fue entonces cuando Uriel comenzó a bombear y en cada envión la barra de su genital, me perforaba el orto. Entraba como un macho en celo. Un cóctel de dolor y placer se apoderó de mí. Firme en mis cuatro patas, recibía los embates de mi chiquillo amante. No pude más,  perdí el control de mi deseo y mojé la alfombra con la descarga de mi esperma.

Los brazos de Uriel cruzaban mi cintura, y su culito adolescente se movía hacia atrás y hacia delante, mientras su pene serruchaba los anillos de mi ano. Iba y venía contra mi cuerpo que esperaba contener su leche.

Aulló como una vez escuché a su padre aullar. Miró hacia el techo y su semen en afiebrada estampida irrumpía en mi interior. Al unísono respiramos aliviados y al instante nos desplomamos en la alfombra. Así quedamos, yo abajo y él arriba. ¿Nos quemaba el calor de la llama de la estufa? ¿O nos quemaba la situación vivida? Sentí que había fuego para mucho tiempo.

Autor: Emmanuel

sebastianmemoria@hotmail.com

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Fatal desenlace

El esperó hasta que mi esfínter se acostumbrara a su palo y dio la estocada final. Su tranca me había atravesado completamente. Se aferró a mis muslos levantados inclinando sus mejillas hasta tocarlos y comenzó el mete y saca. Su glande permanecía adentro, pero su tronco era como un perno que se hundía en la cavidad. Sus testículos se bamboleaban y hacían sentir su choque contra mis nalgas.

En este momento que escribo, ya se ha desencadenado un desenlace importante de la historia que vivo. Me llamo Emmanuel, y hasta ayer tenía dos amantes a la vez, con la particularidad de que ellos son padre e hijo. Hasta ayer, ninguno de los dos sabía que me acostaba con el otro. Al papá le llamo 44 y su hijo de 19 años se llama Uriel. Ellos son altos, atléticos, piel bronceada natural, ojos verdes, con una sonrisa constante que los hace alegres. Ambos tienen buenos traseros y vergas largas,  más bien gruesas.

Hace un mes que no nos veíamos con 44. Primero fue por las vacaciones que realicé con Uriel, y luego porque él se ausentó a causa de su trabajo. 30 días ¡cuánto lo extrañé! Tantas veces había ido solo al Sebastiano, nuestro departamento clandestino. En medio del silencio lo imaginaba en el esplendor de su desnudez. Viril, acercándose y amándome. Miraba esas paredes, testigos de tanta pasión. En estos días paseaba solo por la habitación, buscándole con la imaginación.

Este miércoles hice nuevamente eso. Me recosté para abrazar la almohada, la misma que nos cobijó tantas veces. Estaba allí absorto en mis pensamientos, cuando alguien me dice: “¡Qué extraña coincidencia!”. Era él, estaba parado con sus manos en el dintel de la puerta del dormitorio y con su mirada fija en mí. Su magnifica sonrisa me devolvió al presente. Me incorporé al instante y me abalancé a su cuello. Él sin dejar el dintel de la puerta permitía que me cuelgue de su cuello y recibía pasivo, pero lleno de ternura los besitos que le daba.

Lamía esos dientes que siempre me parecieron perfectos. Mientras el seguía en esa posición sin dejar de sonreír. Me desnudé con urgencia, y lo llevé a la cama, así vestido como estaba. Caí sobre él, y le llené de besos, sus ojos, sus pómulos, sus dientes, sus labios. Mordía suavemente sus orejas como así también su nariz, mientras que 44 me hacía unas leves cosquillas en la panza. “¿Cuándo llegaste?” le pregunté, y me dijo “anoche”. Le aclaré: “Pensé que volvías el jueves”, y me respondió: “eso te hice creer porque quería sorprenderte”. Entonces le dije: “gracias por este tipo de sorpresas”.

Comencé a desvestirlo, él me dejaba hacer, mientras me preguntaba acerca de mi salud, de mi ánimo. Ya estaba completamente desnudo, cuando me preguntó: “¿Me extrañaste?” y le dije “ahora te contesto” y me abalancé sobre su pene. Su pija era una barra dura y firme, partía magnífica desde unos testículos que se estremecían con las lamidas que les daba. Lo lamí, le chupé su glande. La pija de 44 estaba erguida como siempre. Su verga es poderosa, tiene gran vitalidad y tiene el poder de sacarme de control. El me rascaba la cabeza.

Entonces  observé su pene y lo comparé con el de Ricardo, aquel divorciado con el que tuve sexo ocasional en el sur, y la verga de 44 ganaba. La de Ricardo era más grande, pero ésta, que tenía frente a mi, era soberbia, era habilidosa, sabía arrancarme los placeres que nadie mejor que él pudo hacerlo. Tras la mamada que le di, 44 estaba ganado por la excitación, ahora él me besaba el cuello, los labios. Me puso de rodillas sobre la cabecera de la cama, y mi vientre, pecho y quijada sintieron el frío de la pared.

Sobre mis espaldas me quemaba apoyado sobre mí su vientre, su pecho, su quijada en mi nuca. Con sus manos me abría y cerraba las nalgas y su pene erecto se regocijaba acariciando mis glúteos, mi raja, la puertita de mi esfínter. Yo esperaba que me ensartara pero el disfrutaba cada detalle que me hacía. Hasta que la cabeza de su pija impulsada por una de sus manos ingresó desnuda como estaba en mi agujero, recorrió los pliegues de mi ano, e incursionó sobre mi recto.

Con la otra mano, 44, me tapaba la boca porque el dolor me hacía gritar. Sin embargo fui yo el que lo incentivó: “sigue, éntrala, vacíate en mi, mi amor”. El entraba y sacaba, hasta que como quien saca un tapón, él la sacó de mí, y se tiró a la cama, me obligó a sentarme en su vientre y a cabalgarlo. De cara a cara, embelezado con sus ojos, le ayudé a su pene a ingresar en mi agujero, también me dolió de nuevo, pero a los segundos ya me llevaba galopando. Corcoveaba de arriba hacia abajo, mi esfínter iba acomodándose a esa barra en la suba y baja.

Adiviné que estaba por correrse, pero otra vez me la sacó. Me levantó de la mano y me llevó de pie contra la pared. Nuevamente toda la faz ventral se arrimaba obligada a la pared. 44 se agachó y me mordió las nalgas. Esas nalgas que habían tentado tanto al señor de la boa que conocí en el sur. 44 mordía no solo los glúteos, sino sobre todo la puerta y las paredes del esfínter. Mientras me mordía, yo repetía: “me vuelves loco, me vuelves loco”.

44 se incorporó, dobló algo las rodillas, y con una mano tanteaba mi agujero y con la otra sostenía su pija. Ésta irrumpió abruptamente, otra vez sentí el dolor que me llevó a ponerme en punta de pie mientras que él me tomaba de la cintura y pujaba hacia atrás y hacia delante. Yo chocaba contra la pared y obligado por el golpeteo de su pija tomaba distancia de la misma para que un nuevo envión colisionaba contra la mampostería. Le dije: “no quiero volcar todavía….yo también quiero penetrarte”. Pero él rugió: “la próxima pendejito, la próxima….ahora quiero bañarte por dentro bebé”.

Con una de sus manos me frotó mi verga y mi eyaculación fue instantánea. Solo estimuló la expulsión de mi semen que ya desde hacía minutos estaba evitando la explosión. Comencé a decirle: “soy tuyo papá…nadie tiene una verga como vos, nadie me hace feliz”. El bombeo que hacía 44 era intenso, y mientras yo le pedía “más”, me levantó de la cintura como siempre, me pegó a su vejiga y explotó. Su leche entró por los conductos habituales, sentí el calor de siempre en mis entrañas. Y él mordía los cabellos de mi nuca evidenciando el alivio, la descarga, el desahogo.

Después, ya serenos, nos quedamos conversando de todo lo ocurrido en el mes. Dos preguntas que me hizo me intrigan hoy: “¿Qué hacías aquí?”. Le respondí: “venía a extrañarte”. Más adelante me preguntó: “¿Cómo sabes que nadie tiene otra verga como yo?”, le respondí: “porque es única”. Después de bañarnos, 44 me invitó a cenar en su casa esa noche. Así lo hice. Cenaba con toda esa familia nuevamente. El único que faltaba a la mesa era el hijo menor, pues llegaba tarde de la facultad.

Llegó, como siempre espléndido: traía una campera de lana con figuras de arte indígena, su mochila atrás. Sus cabellos sueltos sobre la espalda y sujetos por las dos trencitas que suele hacerse a los costados. “Hola”, dijo a todos, e inmediatamente me dijo: “hola Emma” mientras le daba un beso a su mamá. Uriel en poco tiempo ganó la conversación de la cena. Como siempre su charla fue interesante y simpática. Su papá varias veces le palmeó la espalda. También varias veces Uriel me dirigió con ternura su mirada enamorada y yo con mis ojos le dije sobradamente que le amaba.

Uriel dijo en público que me quedara. Acepté, avisé en mi casa y me quedé. La noche transcurrió tranquila, 44 y Salomé en su habitación, Nicolás, el hijo mayor en la suya, Uriel se retiró a su dormitorio antes que su hermano. Yo dormí como siempre, en la pieza de huéspedes. Reinó el silencio y el sueño nos ganó a todos. Ya era de día cuando mi puerta se abrió.

Allí estaba Uriel tan solo con uno de su bóxer tentador. Me preocupé y pregunté: “¿tu familia?”, me respondió mientras entraba hacia mi cama: “todos trabajando ya”. Miré la hora. Si, era horario en el que cada uno de esa familia ya estaba en sus lugares de trabajo. Era el momento cotidiano en que acostumbrados y más atrevidos nos encontrábamos con el hijo de 44, a solas, era el momento de sexo. Uriel me había atrapado. Desde el viaje de vacaciones, vivíamos un romance cotidiano con sabor a pareja.

El cuerpo calentito de Uriel me contagió desde el primer contacto, traje a mi pecho su cabeza con su dorada cabellera suelta, mientras él me abrazaba. Así quedamos un momento: en silencio, en paz. Luego nuestros labios juveniles se encontraron, una, dos, decenas de veces. Uriel me mordía y lamía las tetillas y a mi se me ponía piel de gallina. De las tetillas, el chico pasó al vientre, de allí a mis testículos y pronto mi pene era su trofeo. Yo gemía mientras Uriel introducía en su boca mi falo. Con movimiento circular, su lengua hacía la delicia de mi glande, y mi cintura se elevaba espontánea.

Lo tomé de los hombros y le hice acostarse boca abajo, le puse la almohada en su vejiga, y comencé a lamerle la cola. Metí mi lengua en su culo casi adolescente. Uriel se estremecía y gemía sin pudor. Estábamos solos. Con mi dedo índice comencé a violarlo. Entraba y sacaba uno de mis dedos y Uriel reía, gemía y me decía que me detuviera. Así lo hice, pero para introducir en su cuerpo la parte genital del mío. Mi verga erecta quería perderse en su trasero abundante y generoso. Así fue, mi verga se abrió paso sobre su agujero.

Mi chiquillo gritaba como si lo estuvieran carneando. Era parte del juego. Lo tomé de los hombros y comencé a bombearlo, mientras yo empujaba con mi verga, él entraba y sacaba su culito haciendo más delicioso el coito. En un momento le dije: “allí va”, y él se quedó quietito recibiendo mi leche, pero en ella, recibía  sobretodo el amor que me reclamaba. Quedé exhausto. Él irrumpió riéndose: “Comienza la segunda parte”, me puso los pies cruzándole su cuello.

Con el culo parado como lo tenía, comenzó a meterme con cierto ritmo, el dedo índice de mano izquierda, luego lo sacaba y metía el índice de su derecha. Con su mano salivó mi agujero, y luego orientó su pene. Primero puerteó. Entró y sacó varias veces la puntita, yo, ajustaba y aflojaba la entrada de mi esfínter, lográndole un mayor disfrute. Finalmente quiso entrar y fue haciéndose paso con delicadeza. Uriel suele ser impulsivo, impaciente y quiere meterla de un solo envión, produciéndome dolor.

Esta vez, entró despacito. Primero puso todo el glande, luego con algunos movimientos de cadera, la llevó hasta la mitad del tronco. El esperó hasta que mi esfínter se acostumbrara a su palo y dio la estocada final. Su tranca me había atravesado completamente. Se aferró a mis muslos levantados inclinando sus mejillas hasta tocarlos y comenzó el mete y saca. Su glande permanecía siempre adentro, pero su tronco era como un perno que se hundía en la cavidad y salía. Sus testículos se bamboleaban y hacían sentir su choque contra mis nalgas de patito.

Hasta que sopló hacia el techo y mientras yo rasguñaba las sábanas él producía en mis entrañas una estampida de espermatozoides alocados propio de un juvenil amante. Uriel respiraba entrecortado y me decía: “Emmanuel, te amo. Nunca me decepciones, si lo haces voy a sufrir mucho. Si ahora me rechazas, me verás morir, es decir, ya no seré el chico de las bromas, el que dice ocurrencia. Habrás matado mi alegría y mi ánimo. Habrás matado mi esperanza. Emma es la primera vez que estoy enamorado. No se que será de nosotros, pero depende más de vos que de mi”.

Le respondí: “no Uri, depende de los dos. Todo se vuelve más difícil porque estamos obligados a mantenernos ocultos”. Uriel me interrumpió poniendo sus dedos sobre mis labios: “No Emma, no es así. Yo estoy dispuesto a todo. En mi disponibilidad, está también respetarte. Respetar tus tiempos. No estamos obligados a una vida oculta. Sos vos el que te obligas y me obligas. Pero no te preocupes, estoy decidido a esperarte toda la vida si así lo necesitas”. Uriel y yo nos miramos a los ojos.

Nuestras miradas lo decían todo. Desnudos en la cama comenzamos a besarnos. Mis manos rodeaban su cintura y las suyas acariciaban mis glúteos. Fue en el beso largo cuando la puerta se abrió de repente.

La puerta estaba sin llave, se abrió de golpe, sin previo aviso. Era inútil disimular o fingir. Era tarde cubrirnos. Los dos miramos hacia la puerta y allí estaba 44…su rostro visibilizaba su confusión y desconcierto. Segundos más tarde me sentía apuñalado por la mirada furiosa de su papá, de mi amante.

Autor: Emmanuel

sebastianmemoria@hotmail.com

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Belleza otoñal

El te da lo que sobra de su esposa. Ella será siempre la primera en él, y vos te irás transformando en su sombra. Yo no tengo esposa, ni novia, ni pareja. Soy libre, es decir era libre hasta que comenzó lo nuestro. Al lado mío nunca serás una sombra, ni un segundón. Al lado mío serás el primero y el único. Al lado mío y yo a tu lado, nos convertiríamos en dos que quieren construir sin dañar a nadie. Entre tu amante y yo: gano yo por alevosa distancia.


“Voy a recostarme, estoy muy cansado. Cuando llegues me despiertas” y colgó el teléfono. Era mi amante, era 44, me hablaba desde el Sebastiano, nuestro departamento escondite. No teníamos sexo hace 5 días y estábamos calientes. Ingresé despacio y me dirigí a la habitación. La calefacción estaba prendida. Allí estaba él. Hermoso como un dios. Dormía plácidamente, estaba desnudo. Sus cabellos castaños y lacios caían sobre su frente dándole a ese cuarentón una apariencia de adolescente.

Sus largas pestañas ocultaban totalmente sus ojos verdes. Su brazo derecho se curvaba paralelo a su cabeza, sostenido por la almohada y el otro caía en un costado llegando más allá que el borde de la cama. Su pecho velludo miraba el techo, su cintura de atleta hacía juego con sus musculosas piernas y en el centro: sus testículos como formidables bolsas se distribuían entre su pierna y el acolchado. Su verga, su  enorme pene, dormía como su dueño. 44 era una belleza otoñal.

Me quedé en la puerta contemplándole, y me preguntaba si alguna vez podría dejar de amarle. Ese es mi drama: que quiero dejar de amarle. Odio amarle tanto. Me gustó desde el primer día en que lo conocí. Lo seduje y ahora años después estoy seducido por ese monumento que duerme como Hércules. Comenzaba la tarde, era las 2 p.m. las ventanas cerradas no pudieron obscurecer del todo la habitación. La luz natural de pleno día permitía visibilizar cada detalle de ese cuerpo.

Mientras lo miraba comencé a desnudarme. Soy Emmanuel. Mi piel blanca no obedecía a la semi penumbra de la habitación. Mis cabellos negros terminaron en remolino cuando me saqué la camiseta y mis ojos claros se clavaron en el torso desnudo del gigante  dormido. Me saqué el pantalón y el slip. Mis gruesas piernas y mis redondos glúteos ya estaban a su disponibilidad. Las curvas de mis nalgas, piernas y brazos expresaban mis juveniles 24 años y estaban al servicio total para saciar el hambre de 44.

Me acerqué y quise despertarlo suavemente con un beso, pero al dar el primer paso hacia la cama, abrió sus ojos y me regaló su sonrisa que siempre muestran sus espléndidos dientes. Cuando me vió, se puso de pie y parado me llevó a su cuerpo. Fue él quien me besó, fue él quien posó sobre mi cuello sus labios tibios. Mis brazos lo enlazaron  y mis manos disfrutaban de los cabellos de su nuca. No decíamos nada.

Gozábamos del contacto de nuestros cuerpos. Me sostenía de la cintura y apretaba mi vientre sobre el suyo. No había palabras. Solo los sonoros gemidos de ambos, cuando nuestras caricias nos llevaban al éxtasis. Sus brazos dejaron mi cintura porque sus manos gruesas comenzaron a frotarme las nalgas y yo le llevaba de las mandíbulas hacia mi boca arrancándole un beso profundo con intercambio de salivas y mucho amor.

No solo el dios griego había despertado, sino su verga también. Su falo al que contemplé fláccidamente dormido, ahora me hacía sentir toda su dureza en el mismo lugar donde mi pene estaba hinchado, caliente, con ganas de 44. Me abrazó por la espalda y sentí su pene de hierro posarse en mis nalgas, pasear sobre la raya de mi culo, mientras no dejaba de lamer mi cuello.

44 me estaba llevando a 1000 grados de temperatura y lo hacía concientemente. La fiebre invadía todos mis deseos y clamaba en silencio que me penetrara. Quería tenerlo adentro, una manera de sentirlo  solo mío. Él también estaba ganado por la calentura y me llevó a arrodillarme en el piso, tumbó mi vientre al borde de la cama y él se agachó a hacer lo que siempre le gusta: morder mis nalgas y meter su lengua en mi esfínter.

Después de casi una semana de ayuno, el placer era doble. La lengua de ese macho exploraba casi hasta entrar a mi recto. Lubricaba los anillos de mi agujero. El placer que sentía me hacía morder esas colchas que todavía olían a 44. Luego comenzó a hurgar mi culo con sus dedos. Jugó un poco mientras me mordía la oreja.

Dominado por el placer, solo sentí el dolor acostumbrado cuando su glande atraviesa sin pedir autorización alguna. La cabeza de su pija llegó más allá donde habían llegado su lengua y sus dedos. Entró bien al interior. Mi bramido de dolor y la mordida que recibí en mi cuello eran la expresión exterior de que su pene me había ensartado hasta los huevos. Fue entonces que me tomó de la cintura y comenzó a pujar.

Penetrado yo, él se fue incorporando y me fue levantando. Enculado como me tenía nos pusimos de pie. Un movimiento brusco hizo que se saliera de mí, pero entonces me llevó contra la pared, se inclinó nuevamente. Adivinando que iba a penetrarme de nuevo, abrí con mis manos las nalgas y él con la suya orientó su falo y con movimiento de cadera comenzó a bombearme.

Esta vez no entró de golpe sino serruchándome. Cada envión y cada movimiento de su pelvis era el avance de su poderosa verga sobre mi generoso culo. Ahora mis manos arañaban la pared mientras el gigante entraba y salía serruchando mi esfínter. Como otras veces, en un momento determinado, me levantó de la cintura y sentí nítidamente la explosión de semen que bombardeaba mis entrañas. Mis pies en el aire, mi cara en la pared y 44 que me rascaba con sus dientes la espalda.

Cuando mis pies otra vez tocaron el piso, me puse de frente y lo empujé. El estaba rendido, cayó pesadamente en la cama. Comencé a lamerle cm. a cm. el cuerpo. Ahora estaba llevando a cabo el deseo que sentí al entrar a la habitación. 44 estaba como desvanecido. Me dejaba hacer. Recibía mis lengüetazos, mis besos, mi caricia. Incapaz de defenderse. El gigante estaba sin poder recuperarse del orgasmo recién vivido. Sus brazos cayeron pesados cuando lo puse vientre abajo sobre la cama.

Solo escuchaba sus gemidos cuando lo penetraba con mi lengua, y lamía copiosamente los anillos de su agujero. 44 me dejaba hacer como un luchador vencido. Había llegado mi turno. Puse la almohada sobre su vientre y quedó con su culito levantado, me ensalivé la pija y comencé a jugar con mi glande en su orificio. Parecía que él estaba dormido de nuevo, pero en realidad era más pasivo que nunca.

También el pegó el gritito de dolor cuando le introduje el miembro y luego gimió nuevamente expresando su dolencia. Finalmente  quedó en silencio y se dio cuenta de que yo estaba disfrutando mi eyaculación. Recién entonces se escucharon las palabras, rendidos por el encanto mutuo, nos dijimos nuestras intimidades. Luego nos bañamos y cada uno fue a lo suyo. Lo suyo era su trabajo y lo mío, una abundante cabellera rubia llamado Uriel, hijo de 44.

¿Por qué odio amar a 44? ¿Por qué quiero dejar de amarle?: un motivo es que junto a él, siempre estaré engañando a su esposa, a Salomé mi amiga. Otro motivo es porque a veces quisiera tener una pareja con quien compartir mis días, y con él solo puedo estar a solas, nada más que una hora. Y otro de los tantos motivos, es la creciente relación, intimidad y sentimientos que provoca en mí la seducción ejercida por su hijo menor, Uriel.

Si. Soy amante del padre y novio del hijo. Como lo he relatado, ninguno de los dos sabe que estoy relacionado con el otro. Mi drama es: todo en secreto, todo a escondidas. Con Uriel he tenido relaciones sexuales menos frecuentes a causa de un pacto que le propuse: que vayamos lento. Que seamos novios.

El muchacho es parecido a su papá. Bronceado de piel y con ojos verdes, pero semejante a su mamá: posee una larga y ondulada cabellera rubia. Generalmente se la sujeta con vincha, o se hace una colita con un cordel, o una gruesa trenza que le cae por la espalda. El chico es atlético y extrovertido, sumamente simpático, sociable y estudioso empedernido. El hijo de 44 y Salomé es el rostro masculino de la primavera.

Nos habíamos citado a las 4 p.m., llegaba puntual. Estacioné el coche en el Café y allí estaba leyendo. Le pregunté: “¿puedo compartir su mesa?”, levantó la vista y sonrió, nos dimos un beso en la mejilla y me dijo: “puede compartir la vida si Ud. quiere”. Sus ojos resplandecían de ternura y picardía a la vez. Mirando al mostrador me dijo: “¿qué quiere servirse el joven?”. Le seguí el juego: “un rubio tal vez, pero por ahora puede convidarme un café”.

Mientras tomábamos el café, Uriel avanzó: “no fue una broma. Emmanuel compartamos la vida. Vos me crees un pendejo, puede que sea joven pero como te dije la vez pasada, no soy inmaduro. Puedo ser atrevido y espontáneo pero no soy precipitado. También una vez te pedí que confiaras en mí. Presiento que no tienes idea lo que significas para mí. Sé que te das cuenta de lo enamorado que estoy de vos, y yo descubro día a día, que en tu corazón me estás procesando, no ya como un adolescente sino como un hombre capaz de competir con quien sea.

La vez pasada imaginaba que era real ese pretexto tuyo de que tienes un amante. Me dijiste también que ese amante era casado. Pensaba en él, y me decía: Emma, él no te merece, ya que te esconde. En cambio yo estoy dispuesto a gritar al mundo entero, si me lo permites: ¡amo a Emmanuel! Él no tiene agallas de mostrarse en público contigo, yo estaría orgulloso de decirle a todos: ¡él es mi novio!

El te da lo que sobra de su esposa. Ella será siempre la primera en él, y vos te irás transformando en su sombra. Yo no tengo esposa, ni novia, ni pareja. Soy libre, es decir era libre hasta que comenzó lo nuestro. Al lado mío nunca serás una sombra, ni un segundón. Al lado mío serás el primero y el único. Al lado mío y yo a tu lado, nos convertiríamos en dos que quieren construir sin dañar a nadie. Entre tu amante y yo: gano yo por alevosa distancia.

Emmanuel, conmigo no serías un amante sino mi pareja. No haríamos daño a nadie porque tendríamos la libertad y salud para amarnos. El es tu amante imaginario y yo puedo ser tu pareja real. Esfúmalo porque él –si existe- es fantasía. Aunque exista no te merece y yo, si le conociera no tendría problemas de decírselo. Aunque después no quieras hablarme y me rechaces.

Pero me habré dado el gusto de decirle a ese sujeto: que se ocupe de su esposa, que no te explote, que no te cosifique, que vos vales una situación más digna…y si no me escuchara, al menos me daría el gusto de darle una trompada. Sería una manera de decirle: “No te sigas haciendo el vivo con él”. Pero ese amante es pura fantasía, el pretexto que te buscaste para detener lo nuestro. Emma mira mi rostro, mira mis ojos, toma mis manos…éste, real de carne y hueso está decidido a compartir toda la vida”

Como yo no levantaba la vista, me puso una mano en el mentón, para mirarme  a los ojos. Estos llovían. Gruesas gotas de lágrimas se escabullían en mis mejillas y de allí al suelo. Uriel veía que yo estaba llorando. El no imaginaba hasta donde habían llegado las verdades dichas. No imaginaba que el supuesto amante era real, era su padre y su esposa, su mamá, Salomé.

Dejó el dinero del consumo en la mesa, y con discreción me llevó de allí. Llegamos al auto, Uriel me pidió las llaves y me dice: “manejaré yo por tres motivos: uno es que estás llorando, estás emocionado, otro es que en una pareja siempre maneja el macho (se largó a reír) y el tercero, porque quiero llevarte a un lugar donde voy a decirte algo breve y darte algo simple.” “Uriel vas a llegar tarde a la facultad” le dije. Me respondió: “no me calienta la facu, me calentás vos”.

El auto avanzó hacia un parque enorme que tiene la ciudad, en el que existe un jardín zoológico. Cerca hay un mirador de la ciudad. Estacionó el auto. No había nadie allí. Me abrazó, me apretó sobre su costado y con un brazo indicaba el centro de la ciudad que se veía hermosa. Como no había nadie en el lugar permití que se pusiera a mi espalda y me abrazara desde atrás. Cuchicheó en mis oídos: “te amo”.

Luego me puso de frente, comenzó a arreglarme las solapas de la campera, y me dijo: “¿Te di las gracias por el regalo de cumpleaños que me hiciste en mis 19 años?”. Le respondí: “Si, lo hiciste, me diste las gracias”. Entonces dijo “Pero nunca de la manera deseada”, estábamos en la baranda del mirador: a lo lejos la ciudad. A nuestras espaldas la soledad y el silencio. Sin titubear, me tomó de la cintura me apegó a su cuerpo, y puso sus cálidos labios  en los míos. Bajó las manos, me acarició los glúteos.

Me tomó delicadamente de los hombros y me dijo: “Nadie te ama como yo”: avanzó lentamente hacia mis labios que se abrieron para recibir el beso. Toda la ciudad era testigo mudo del largo beso que se dieron Emmanuel y Uriel.

Autor: Emmanuel

sebastianmemoria@hotmail.com

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