Ayuda al Camión (Dedo al Camión 3)

Ayuda al Camión
Por Rebelde Buey

Estaba desesperado. Había reunido a mis dos íntimos amigos, a mi primo y a un vecino de confianza para que me ayudaran, para que me dieran ideas, plata, lo que sea con tal de sacar a mi novia del emputecimiento en el que estaba sumergida.
Los miré uno a uno, tragando saliva. Resultaría difícil no quedar como el rey de los cornudos.
—Se trata de Violeta…
Me miraron preocupados.
—¿Le pasó algo?
—No. Bueno, sí. Pero nada grave. O sí, muy grave…
—¿Qué pasa, Henry? ¿Se van a separar?
Estábamos en el living de mi casa, sentados en los sillones.
—Está en problemas. Tiene un especie de… adicción…
—¿Drogas…?
Los miré. No sabía cómo decirles.
—Es adicta… al sexo.
Uno de mis amigos sonrió como si yo estuviera bromeando.
—No es lindo. Ni excitante. No es solo adicta al sexo… -me sentía tan incómodo de revelarme así delante de ellos. —Es adicta al sexo con… camioneros… Está como obsesionada… Es una historia larga, pero… Se la pasa cogiendo con camioneros…
Primero rieron. Luego vieron mi rostro destruido y entendieron que, por extraño que pareciera, era verdad.
Me eché a llorar.
—Henry, disculpá… -me dijo uno de mis amigos. —Pensé que era una joda…
—No lloro por ustedes, pero ella… Tengo que hacer algo… no quiero perderla…
—¿Te va a dejar? -quiso saber mi primo.
—No. Ella me sigue amando. Y yo también. Pero no puede salir de esa puta parrilla…
—¿Qué parrilla?
—Trabaja en una parrilla y el dueño la hace coger con los camioneros por 100 pesos… Y ella se deja…
—No puede ser…
—Hasta yo… Para cogérmela yo también tengo que pagar… Necesito ayuda…-imploré.
Todos conocían a Violeta y, aunque la veían siempre de polleritas y remeras ajustadas, con sus tetas a punto de explotar y la carita de puta alegre, les resultaba imposible de creer.
—¿Querés que le hablemos?
—Es al pedo hablar. No le importa nada. No es que no me quiera, es que no lo puede evitar… Es como una droga, no puede dejar de cogerse camioneros…
Yo estaba con la cabeza gacha, llorisqueando, y no pude ver cómo entre los cuatro se cruzaron miradas.
—¿Cómo es el sistema…? -me preguntó mi primo.
—Los camioneros comen algo, se anotan en una lista y cuando les toca el turno, pagan comida y polvo y se llevan a mi nena a su camión…
—¿Por cuánto tiempo?
—Media hora…
Se volvieron a mirar.
—¿Y hay alguna restricción… o cualquiera puede ir y…?
—Creo que cualquiera. No sé. Mientras se le pague al hijo de puta de Antonio, el parrillero…
En ese momento entró al living Violeta y nos sonrió. Ya se habían saludado antes y ella iba y venía por la casa sin saber lo que hablábamos nosotros. Llevaba puesto un mini short colorinche, enterradísimo entre las nalgas, que la exhibía demasiado. Esa era otra cosa que me molestaba de todo el asunto: el hijo de mil putas de Antonio, además de prostituirla, le había cambiado la forma de vestirse y comportarse. Ya en el barrio se rumoreaba que era una putita.
Mis amigos la siguieron con la mirada, especialmente cuando se agachó a acomodar unas cosas en una mesita. Mi primo, fanático de los culos grandes y redondos, se quedó colgado del mini short de mi novia, que casi le dejaba media cola afuera.
—¿Vieron? -les dije cuando se fue. —¿Vieron lo cambiada que está?
—Yo no la veo muy cambiada -dijo mi primo. —O por ahí un poquito más delgada, con mucho mejor cola que antes, creo está más buena que nunca…
—¡Cambiada de actitud, boludo!
—Ah, sí, sí -admitió a modo de disculpa.
Los miré a los cuatro, suplicante. Eran mi gente de mayor confianza.
—¿Y? ¿Me van a ayudar o no?
—Por supuesto, Henry. Algo se nos tiene que ocurrir. Pero decime… la parrillita esa… ¿dónde queda…?

Idearon rápidamente un plan. Me pidieron 400 pesos, 100 para cada uno. Irían en la semana a ver cómo era el sistema ese, por el que el Antonio prostituía a Violeta. Santiago, uno de mis amigos, consiguió un camión. Pagarían, llevarían a mi novia a la cabina y tratarían de convencerla. Por supuesto, ellos no le harían nada. Eso me aliviaba. Si bien me iba a costar 400 pesos, al menos esa noche ella no sería tan usada como de costumbre.
Llegamos a la parrillita y mis amigos y mi primo se anotaron en la lista. Casi se atragantan cuando la vieron llegar de un camión con su uniforme de ese día, una mini falda tableada y cortísima, que le dejaba media cola al aire, y una tanga demasiado metida en la raya. Arriba, un top corto donde las tetotas se peleaban por salir.
—Hola, mi amor -me saludó mi novia. —¿Trajiste platita para hacerme el amor?
—N-no… -balbucí. —Pero mis amigos… -Ella giró para verlos y les sonrió. —Vienen a hablarte.
—Que se anoten en la listita, mi amor… -dijo con cierta indiferencia.
Media hora después, mi amigo Dani se llevaba a mi gordita hermosa al camión, previo pago de los 100 pesos que le había dado. Dani era el más pirata de todos, a excepción quizá de mi primo, por lo que verlos entrar a la cabina me despertó una alarma. ¿Y si se llegaba a propasar con ella?
—Tranquilo -me dijeron los otros tres. —A Dani lo conocés desde la primaria. ¿Cómo te va a hacer una cosa así?
Me calmé. Todo este asunto me estaba poniendo paranoico. Fue una media hora de chicle, nunca se terminaba. Por un lado mejor, pensé, todo este tiempo estaría tratando de convencerla.
Pero cuando regresaron, también lo hizo la paranoia. Porque conozco a Violeta y en la cara le vi que había cogido. Mi amigo venía feliz y relajado. Algo andaba mal.
—Santiago -anunció Viole con el papelito en la mano, y le sonrió a mi vecino cuando éste se levantó de un salto. Le vi el bulto que le hacía el pantalón y lo noté muy poco concentrado en su misión real.
—¡Ey! -reclamé mientras se alejaba con mi novia de la cintura y le magreaba disimuladamente las nalgas. —Tratá de convencerla…
Los vi entrar al camión y otra vez algo se me atragantó. Giré ansioso hacia Dani, el que recién había estado con Viole.
—¿Y?
—Formidable… -respondió con una sonrisa de satisfacción plena.
—¿Cómo formidable?
—Quiero decir, difícil… Mirá, traté de hablar, pero es imposible, tenías razón…
—¿Y qué hiciste media hora ahí?
No esperé a que me contestara. Fui corriendo como un loco hacia el camión. Llegué agitado y subí al estribo y me asomé por la ventanilla. Santiago estaba con los pantalones por los tobillos bombeando a mi chiquita, que lo atendía con sus piernas abiertas y abrazándolo por la cintura. ¡Se estaba cogiendo a mi novia!
—¡Santiago! -grité indignado.
Pero el hijo de puta se la seguía garchando y masajeándole las tetotas, mientras ella entrecerraba los ojitos.
—¡Santiago, dejá de cogerte a Violeta! -volví a gritar. Se ve que no me escuchaban porque mi amigo seguía dándole maza y penetrándola como una animal. Entonces golpeé el vidrio de la ventanilla. —¡Hijo de puta, largá a mi novia!
Ahí saltaron del susto. Santiago me miró con culpa pero no se salió de entre las piernas de mi amorcito. Levantó los hombros y puso cara de disculpa.
Y se dio media vuelta y continuó fifándosela.
Golpeé de nuevo, inútilmente. Decidí abrir la puerta del camión. El turro la había trabado. Forcejeé con la manija mientras miraba angustiado cómo mi amigo seguía bombeándola hacia arriba y hacia abajo, entre las piernas de ella. Su culo peludo moviéndose contra mi nenita hermosa y ella con las piernitas arriba, recibiendo verga, asiéndolo de la cintura y trayéndolo hacia sí para que la penetración fuera más profunda. Volví a forcejear.
Permanecí en el estribo del camión la media hora que duró esa cogida, asomándome angustiado por la ventana y tratando de abrir. En ningún momento Santiago dejó de cogérmela y le acabó adentro un par de veces.
Al salir de la cabina me encontró como amansado, resignado, seguramente, y con una erección que no me correspondía. Intentó explicarme algo pero yo me quedé allí, sin reacción, y él y mi novia volvieron hacia la parrillita. Nadie me vio entrar al camión. No me iban a cagar otra vez, mi primo y mi otro amigo me iban a tener adentro para evitar que me la zarpen otra vez.
Los sorprendí cuando entraron. A Violeta y a mi amigo Juanjo.
—¿Qué hacés acá? -me retó ella. —No me vengas a hacer lio al trabajo.
—Vengo a impedir que estos hijos de puta me sigan cagando.
—¿Pero qué decís? ¡Son tus amigos!
—Sí, Henry, ¿cómo te vamos a cagar? -me dijo Juanjo sorprendido, mientras se abría el cinturón del jean.
—¡Se están cogiendo a mi novia desde que llegaron, hijos de puta! ¡Se suponía que solamente iban a hablar!
—¿Y qué querés que hagan si ya le pagaron a Antonio, mi amor? -Encima mi novia los defendía.
—¿Quién te entiende, Henry? Estamos tratando de ayudarte -y luego se refirió a Violeta en otro tono: —Girá la colita más para acá, mi amor… así…
—¡Dejá a Violeta en paz! ¡No te la cojas, Juanjo!
—¡No me la voy a coger, boludo! -me quiso tranquilizar mi amigo, pero ya tenía la pija dura en la mano y a mi novia sin el culote puesto. La tomó de la mano y la guió hacia él.
—Henry, dejá de hacer papelones… ¿querés?
—Estoy tratando de ayudarte con Violeta. -Juanjo le hizo pasar la pierna por arriba y la ayudó a mi novia a ponerse por encima de él, de frente, con la conchita deliciosa a punto de clavarse.
—¡Te la vas a coger, hijo de puta! ¡Dejala!
—¡Te digo que no me la voy a coger! -prometía. Tomó de la cintura a Viole y la acomodó sobre su pija, puerteándola, y le marcó a ella el movimiento hacia abajo. Violeta solo se dejó caer sobre esa pija durísima y el entierre de la verga en esa conchita fue impecable. —Mmm…
—¡Turro de mierda, te estás cogiendo a mi novia!
—No…. No… -jadeaba el hijo de puta mientras hacía subir y bajar a Viole sobre su pija. —No me la estoy… uhhh… cogiendo…
—¡Te la estás cogiendo, hijo de puta, te estoy viendo!
—Te juro que… no me la estoy… uhhh… uhhh… síii… asíii…. -Su verga venosa salía de mi novia y volvía a entrar, y los líquidos de ella le sacaban brillo a la cogida.
—¡Henry, no seas desubicado! -me retó mi novia, que lo cabalgaba como una puta.
—Me dijeron que iban a convencerla de salir de acá. -dije a mi amigo con un nudo en la garganta.
—No, Henry. Te dijimos que íbamos a ver cómo era todo este sistema. Esto es parte del sistema… -y le gimió bajito a ella: —Uhhh… qué buena que estás, corazón…
Tuve el impulso de pegarle una trompada, pero el guacho empezó a acelerar sus embestidas y vi claramente cómo su pija horadaba una y otra vez esa conchita que era de mi propiedad. Eso me distrajo y ya no supe qué contestar. Viole fue más práctica.
—Además ya pagó, mi amor… ¿No creés que es justo que me coja un poquito…?
Ahora Viole se daba vuelta y le ofrecía la espalda, siempre sentada sobre su verga. Mi amigo la elevó un instante, con la pija en la mano.
—Correte, Henry -me regañó mientras la agarraba de la cintura a ella para bajarla y clavársela otra vez. —Estás muy cerca y no me dejás mover la pierna para mandársela bien al fondo…
Me corrí.
—Ahhhh… -comenzó a gemir mi novia cuando la pija de Juanjo le entró en esa nueva posición.
—Gracias -mi amigo finalmente empujó a mi novia hacia abajo y se la clavó hasta los huevos.
—Ay… Síii… -gimió ella. —Así, Juanjo…. ¡qué buena pija…!
—¡Viole! ¡Al menos tené la decencia de callarte!
Pero siguió gimiendo como una puta en celo mientras mi amigo se la garchaba sin compasión, disfrutando de mi novia con cada embestida, sintiéndola toda para él.
—Sostenémela un poquito de ahí para que no se me vaya para adelante -me pidió. Lo hice, ¿qué podía hacer? Mi amigo la agarró de las nalgas y con cada penetración le abría la cola para metérsela más adentro. Violeta gozaba de verdad, aunque también podía ser la actuación aprendida en este trabajo.
Lo que no era actuación, estoy seguro, fue cuando media hora después se la cogió el último de los cuatro a los que yo les estaba pagando: mi primo. Es que a ese hijo de puta mi novia siempre le había tenido ganas. Y eso lo sabía yo de una charla tonta que había tenido una vez con Violeta. Ya dentro del camión, mi primo se impuso ante mi primera queja y no me dejó margen de negociación:
—Cuerno, no me rompas las pelotas porque a tu novia le tengo ganas desde hace años y pienso darle sin asco. -Me quedé helado. —Cerrá la jeta, no hagás quilombo y portate bien.
No me sentí tan humillado como debiera. Quizá porque ya él era el cuarto que se la iría a coger y estaba claro para todos que yo era un flor de cornudo.
Mi primo puso a Violeta en cuatro patas hacia adelante, con el culazo hermoso y redondo a su total merced. Le subió la poco decente minifalda y apoyó el sobrecito del preservativo sobre su cintura, ahí donde muere la espalda. “Menos mal”, pensé. “Por lo menos éste me la va a coger con forro”
Pero lo que hizo en realidad mi primo fue quedar con sus dos manos libres, y entonces le abrió con hambre las nalgas a mi novia.
—¡Qué pedazo de culo que tenés, Violeta! No sabés cuánto hace que le quiero entrar. -Mi novia echó una risita halagada y paró más la cola. Mi primo la manoseó lujuriosamente, gozando cada centímetro de carne, y cada segundo que la tenía para sí. Agarró su pija enorme y durísima y se la fue acercando despacio hasta que comenzó a penetrarla.
Con el movimiento de pelvis que hizo mi chiquita para que la penetración fuera más adentro reparé en que el sobrecito del preservativo seguía sin abrir en su cintura.
—Uhhh… -gemía él. —Qué rica estás… Estás tan buena como siempre te imaginé…
—Primo, te la estás cogiendo sin forro. -le reclamé más resignado que firme, patético. —Ponete el forro, por favor…
—Uff, no seas escandaloso -minimizaba, y seguía meciéndose hacia ella una y otra vez, despacio, pero penetrándola cada vez más profundo. —Ahhh… Qué buena que está tu novia, cuerno…
—No seas hijo de puta, ponete el forro, aunque sea.
—Ay, mi amor -terció Violeta. —No seas tan pesado, al fin de cuentas es de la familia.
Mi primo no dejaba de enterrarle la pija hasta los huevos ni por un segundo. La sacaba casi íntegra y la volvía a meter despacio pero sin detenerse jamás. Y el hijo de puta disfrutaba ese roce húmedo y me lo demostraba con cada jadeo.
—Te voy a acabar adentro, Viole… No sabes las veces que soñé con hacerte eso…
—Ay, sí, llename de leche…
—¡Pero ustedes están locos! ¡Viole, te puede dejar embarazada!
—No estoy ovulando, mi amor… Y ya te dije que no me molestes cuando trabajo para Antonio…
—Primo, no me podés hacer esto… -le supliqué.
—No quiero, cuerno… -le abría las nalgas y miraba lascivo la penetración que él mismo le propinaba a mi novia. Y gozaba. —Pero no sé si voy a resistir la tentación… -Con cada pijazo que le clavaba jadeaba más y más. —No sabés… ahhh… lo que es … Uhhh… esto… mmm… Es el mejor polvo que me eché en mi vida…
—¡Dejate de joder, mirá si la embarazás!
—Te la lleno, cuerno, te la lleno… -anunció y comenzó a acelerar las embestidas. Mi novia jadeaba al ritmo de mi primo.
—¡No seas hijo de puta…!
—Te la lleno… Disculpame, primo, pero te la lleno de leche…
Y aceleró más y empezó a bufar sonoramente, y de pronto el recontra hijo de putas de mi primo empezó a deslecharse adentro de mi novia.
—Síiii… -se emocionó Violeta. —Llename… ¡Llename de leche, papito!
—¡Sos un hijo de puta! -le grité al borde de las lágrimas.
—¡Te la estoy llenando, cuerno! ¡Te la estoy llenando! -me anunció mi primo mientras la seguía bombeando. —¡Mirá!
Y yo miraba. ¿Cómo no iba a mirar? Me sentía furioso, indignado, contenido de violencia y a punto de explotar en un llanto, pero hipnotizado por esa imagen surrealista de la verga de mi primo latiendo dentro de la delicada conchita de mi novia. Y sabia que cada latido era un chorro de semen directo a sus entrañas, y cada quejido de ella no era otra cosa que una súplica de placer, porque también sabía que le excitaba sentir adentro la leche tibia de sus machos.
Me fui en seco sin poder evitarlo y un lamparón de humedad afloró en mi pantalón, avergonzándome. En cambio, el hijo de puta de mi primo seguía bombeando a mi chiquita mientras la asía de las nalgas con sus garras y la surtía sin compasión.
Pensé que todo iba a terminar ahí. Mi vejación no podía ser peor.
¡Qué equivocado estaba! Mi primo sacó el buen pedazo de verga del que dispone y lo apoyó sobre las nalgas de ella. Estaba brilloso de fluidos y todavía duro. El peso de esa pija sobre su cola, y el chasquido que el semen viscoso hizo contra su piel fue toda una premonición.
—Uuuy… -dijo mi novia, mimosa.
—Te voy a romper el culo, muñequita. Siempre quise hacerte esa colita hermosa que tenés.
“Já”, me ufané en mis pensamientos. “Si le quiere hacer el culo está jodido, solo le pagó 100 pesos a Antonio, y para hacerle también la cola debería haber pagado 150”
—Mmm… me encantaría, primito… -respondió mi novia.
La respuesta de Violeta no me gustó ni medio.
—Mi amor, no te puede hacer la cola -le recordé. —Él te pagó nada más que 100 pesos.
Mi primo se enojó.
—Callate, cornudo, no seas botón.
—Es que es una pija tan rica…
—¡Viole, sos una hija de puta, a mí no me dejaste!
—¡Callate, te dije, cuerno!
—Si te dejás hacer la cola por cien pesos le cuento a Antonio.
Me sentí tan extraño declamando semejante cosa. Pero ya todo estaba muy fuera de lugar. Mi primo me miró con odio. Quizá si no estuviera recomenzando la cogida a mi novia, otra vez, me habría pegado. Viole gimió al recibir esa pija, pero me sonrió y me tranquilizó:
—Nunca le fallaría a Antonio, amor… Nadie puede hacerme la cola si no paga 150.
Sonreí triunfal. Sí, le sonreí triunfal a mi primo, que estaba de rodillas detrás de mi novia, penetrándola otra vez, haciéndola gemir y pedir más pija. Sí, triunfal, aunque no sé por qué.
—¡Qué pedazo de cornudo…! -sentenció mi primo. Y mi triunfalismo flaqueó. Comenzó a ensalivar el ano de mi novia, masajeándolo, de paso, pero solo para ensalivarlo de nuevo y otra vez.
—¿Qué hacés?
—Voy a romperle el culito a la puta hermosa de tu novia…
—No podés… Ya escuchaste a Viole, tenés que pagar 150.
—Vengo acumulando ganas desde hace tres años, primo…
Me miraba y seguía dilatando el agujero de Violeta. El turro le apoyó la punta de la verga en la entrada del ano. Solo lo apoyó, y empujó casi nada, como para marcar presencia.
—Tenés que darme antes los 50 pesos que faltan, corazón -anunció mi novia, rindiendo obediencia a su proxeneta parrillero.
—Ya lo sé. -Le apoyó más fuerte la cabeza de la pija y le metió unos dedos en la conchita.
—¡No lo hagas, hijo de puta! Viole, no lo dejes, o le aviso a Antonio.
—No va a hacer falta, alcahuete… -se quejó mi primo. Le metió media cabeza de pija en el ano ya bastante dilatado de mi novia y me dijo lo más campante: —Prestame 50 pesos.
La turrísima puta se desinfló con una sonrisa de satisfacción total.
—Sos un hijo de puta… -le festejó. Yo no quería entender.
—¿Qué? ¿Cómo?
—¡Que me preses 50 pesos, cuerno! -me ordenó muy firme, casi con violencia. —Dame la guita que le quiero romper el culo a tu novia.
—¡No me digas cuerno! -fue mi reacción desesperada, confundida.
—¡Dame los 50 mangos, la re puta que te parió!
—¡Viole, decile algo!
—Ay, Henry, dejá de portarte como un chiquilín. Después te los devuelve.
No me los iba a devolver nunca, lo sabía.
—Dale, cuerno, que tengo la verga dura y el culo de tu novia a punto de caramelo… Te prometo que no le va a doler….
Violeta se rió.
Y yo me vi como un autómata sacando mi billetera despacio, incrédulo, viendo cómo mi gordita putona, culo para arriba, me miraba a los ojos y me tiraba un besito silencioso.
—Tengo un solo billete y es de cien.
—Mejor -dijo mi primo. —Así le queda de propina. No quiero que tu novia piense que soy un miserable.
Le di los 100 pesos.
—Así me gusta, cuerno.
Mi primo agarró los 100 pesos y sacó su propia billetera. Sacó de allí un billete de 50 y se guardó el de cien. Vi que tenía al menos 200 pesos más.
Vencido, vi como mi primo tomó el billete de 50 y lo enganchó en el elástico de la bombacha de mi novia, en la cintura, donde termina la espalda. El elástico hizo un chasquido y mi novia se contorsionó de placer.
—Putita… -le dedicó mi primo. —Ahora sí…
Volvió a ensalivarse la pija y el ano de ella. Lo masajeó un ratito y le fue enterrando la cabecita de a poco pero firmemente.
La buena de mi novia bufó callada y se esforzó por dilatarse. No le costó mucho. Aunque esa noche no le habían hecho la cola todavía, no le faltaba práctica. La cabeza de la pija de mi primo entró íntegra y allí descansó unos segundos. Y luego siguió perforando.
—Vení, cuerno, mirá -me invitó orgulloso.
Aunque lo odiaba, fui.
—¿Ves? -me preguntaba mientras le iba enterrando muy muy despacio la pija por el culo. Yo no daba crédito a mis ojos. Jamás había visto a mi novia penetrada desde una distancia tan corta. Y fue más corta aun: —Acercate, primo. Mirá bien de cerca cómo le lleno el culo de verga.
Le hice caso y puse mi rostro pegado a las nalgas de mi Viole, mientras la pija de mi primo seguía taladrándola a cuatro centímetros de mis narices.
—Escupile -me ordenó de pronto mi primo. Y me señaló el ano de Viole, que estaba tapado por el grosor de su miembro, metido bien adentro de ella. Yo escupí ahí donde él me dijo, y entonces él retiró la pija unos centímetros. —Escupí de nuevo, dale.
Y se la empezó a enterrar otra vez. Repetimos la acción un par de veces, yo escupiendo sobre su pija, y él sacándola y metiéndola.
—Ahora ayudame, cuerno, mantené la bombacha de tu novia al costado, que no me moleste.
Tuve que rozar la mano de él, que estaba agarrando las nalgas de mi novia como si fueran una masa, abriéndole lo más posible sus gajos para comenzar a penetrarla más seguido. Y yo le sostuve la tanguita en el costado, para que él la sodomizara más cómodo.
—Uhhh -gimió ella.
Mi primo retiró un poco la pija.
—Escupile de nuevo, cuerno.
Escupí. Y mi primo arremetió otra vez perforando el ano de mi Viole.
—Ahhhh…. Siiiii…
—Qué buen orto que tiene tu mujer… -bufó él. —¡Escupí, cornudo! Ayudá a tu novia.
Me tuvo así, lubricando su propia cogida unas cuatro o cinco veces más. Para escupir tenía que acercar mucho mi rostro, y como él nunca terminaba de sacar su pija, todo me quedaba muy cerca. Tenía un plano tan detallado de la penetración a la que sometía a mi novia que me fue inevitable despedir otro chorrito de semen dentro de mi pantalón.
Mi primo comenzó a bombearla más y más rápidamente. Yo seguía sosteniendo con una mano la bombachita para que él no estuviera incómodo mientras se la cogía. Con el correr de las estocadas, la pija de mi primo se fue tornando más y más audaz, e iba cada vez más rápido y más profundo.
Violeta jadeaba y gritaba como una puta. Bueno, lo era. Pero gozaba de verdad. La pija de mi primo la taladraba ya con violencia y le entraba y salía completa sin delicadeza, y cada envión del hijo de remil putas le enterraba la pija hasta la garganta, y la hacía gemir. La estuvo sodomizando durante diez minutos, quizá menos, en los que mi primo se solazaba con la cola de mi novia “te estoy haciendo el culo, Viole. Por fin te lo estoy haciendo…” y mi novia, bien puta: “sí, primito, sí… siempre quise saber cómo se sentiría tu pija adentro mío…”
Hasta que él anunció que se venía.
—Me voy, mi amor… Te lleno el culo de leche…
—Sí, papito, sí -suplicaba Violeta.
Mi primo cambió apenitas su posición, elevándose para lograr una penetración más profunda todavía. Y comenzó a redoblar velocidad. Ya a esa altura bufaba como una locomotora y con cada embestida que penetraba a mi novia, en el mismo movimiento le separaba las nalgas, logrando llegarle literalmente hasta los huevos.
—Te lleno el culo, Viole, te lo lleno…
—Sí, sí, sí, sí…
—Cuerno, soltá la bombacha y agárrame la pija que le acabo a tu mujer…
Quise poner una cara de ofendido pero no me salió.
—Dale, boludo, que nunca vas a tener otra chance como esta.
Solté la tanguita y con dos dedos hice un círculo sobre la pija de mi primo, ahí donde nace, que era el único lugar que no penetraba la cola de mi novia. Mis dedos quedaron como un anillo en la base de su pija, chocando constantemente contra la cola de mi amada con cada embestida con que la sodomizaba.
—Apretá, cuerno. Quiero que sientas venir la leche. -Le hice caso y apreté. —Así, así, cuerno, muy bien… Uhhh… -era puro morbo toda la situación. Yo agarraba la base de la pija de mi primo y la piel que tocaba no se movía, pero sentía cómo la carne de la pija, la que estaba dentro de esa piel, corría hacia adelante y atrás como un pistón, clavándose a mi novia. —Muy bien, Henry… sentí cómo te la cojo… -Seguía columpiándose dentro del culo de mi Violeta con violencia. —Qué buen cornudo resultaste, yo sabía… sentime, primo, sentime… -Y vaya que lo sentía. Era una barra de pija que le incrustaba a mi novia en el culo y mis dedos eran escribanos que certificaban fehacientemente la superioridad de él como macho por sobre mi patética inferioridad de cornudo.
Entonces mi primo le mostró a Violeta:
—Mirá lo que hace tu novio, preciosa.
Violeta giró y el morbo de verme anillando la pija que la estaba taladrando fue demasiado.
—Mi amor… -musitó. Y comenzó a acabar como una yegua hija de puta, y eso le disparó lo propio al turro de mi primo.
—¡Te la lleno, cuerno! -me dijo con sonrisa sádica. —Apretá más fuerte que te la lleno de leche.
Obedecí y le apreté más la pija, ya con tres dedos. De pronto sentí la pija latir con una fuerza increíble. Estaba a punto de venirse.
—Me viene la leche, primito… -al borde de acabar, trataba de erguirse un poco para penetrar a mi novia más de arriba y seguir clavándosela más profundo, si es que eso era posible. La redondez gordita de la cola de mi chiquita era de una perfección que me enloquecía. Y era mi perfección. Ver esa cosita inmaculada perforada por el pistón de mi primo me humillaba pero me excitaba como nada. —Me viene la leche, pedazo de cornudo…
Aferrado a las nalgas ya rojas de mi novia, mi primo comenzó -por fin- a llenarla literalmente de leche y yo pude ver cómo la pija se le dilataba y contraía, y sentí fluir los chorros entre mis dedos como si se tratara de un sachet de mayonesa.
—Te estoy llenando de leche, mi amor… -le decía mi primo. Violeta ya estaba acabando morbosamente mientras no dejaba de mirarme anillando a su macho.
—Te la lleno de leche, cuerno, te la lleno de leche… -me repetía mi primo mientras se la seguía bombeando y la inundaba con los últimos chorros. —Te la lleno de leche…
Se derrumbó sobre ella, empapado de sudor y exhausto. Yo quedé medio descolocado, pero con mis pantalones totalmente mojados en mi propio semen.
Un minuto después él se irguió y antes de sacarla dijo:
—¿Querés hacerla acabar vos, ahora?
Semejante compensación no me la esperaba, y asentí agradecido. Aunque no sabía si se me iba a parar, ya que recién había acabado sin tocarme. Me desabroché el pantalón.
—No, cuerno, no seas iluso… -sacó su pija del ano de mi novia, la pobre estaba totalmente dilatada, como yo nunca había visto, y embadurnada de semen, por dentro y por fuera. —Dale -me invitó. No le entendía. —Dale -me insistió.
Me tomó desde arriba de la cabeza y me empujó hacia la cola de mi novia, a ese ano explorado y explotado, cubierto de él. Violeta gimió tan encantada de placer que pensé que iba a acabar de nuevo.
—¿No querías darle placer a ella? Vas a ver que le va a encantar.
Y la hice acabar por primera vez en mi vida con solo tocarla.

Al regreso volvíamos los seis en el camión: Violeta, mi primo al medio y yo, manejando. El resto atrás. Nadie hablaba.
Justo antes de entrar al pueblo mi novia se recostó en el asiento, apoyando su cabeza entre las piernas de mi primo, que viajaba a mi lado, y comenzó a chuparle la pija con total naturalidad, como si nada. Miré la escena de reojo. Supuestamente no debía… Antonio no la dejaba… No debía estar haciendo eso…
Pero mi primo me hizo notar un detalle, que me llenó de esperanza.
—¿Ves? -me dijo al oído. —Ya no obedece tan ciegamente a ese Antonio… Con dos o tres sesiones como la de hoy, yo creo que te la sacamos de la parrilla sin ningún problema…
—¿Qué? Pero… ¿Se la quieren seguir garchando, hijos de puta…? -le hablaba en un murmullo, mientras mi chiquita tragaba carne ahí abajo. Mi indignación era total. —¿Y encima quieren que yo lo pague?
Al otro día les di a mis amigos 400 pesos para que vayan a la parrillita a seguir convenciendo a mi novia de que abandone esa vida perdida. Y el fin de semana, otros 400. Me la cogieron dos o tres veces por semana durante un mes y medio, siempre a costas mías, que tuve que empezar a trabajar horas extras para juntar el dinero para que me la sigan cogiendo.
Pero mi primo tuvo razón porque los resultados llegaron. Un buen día él mismo me planteó una solución, algo que a mí jamás se me hubiese ocurrido y que, les debo ser franco, me daba un poco de miedo. Aunque eso, amigos, ya será historia del próximo capítulo.

Fin

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