El entrenamiento de mi vecina

Sus gemidos fueron haciéndose más fuertes al ritmo que sus caderas golpeaban las mías, yo sentía cómo el interior de su coño me quemaba la polla con su cálido flujo, y sus paredes vaginales me la masajeaban con fuerza, sus gemidos se transformaron en palabras suplicantes cargadas de tono placentero, mi polla latía dentro con los espasmos previos a la corrida, que me hacían estremecer.

Esta historia ocurrió hace ya muchos años, y me parecía interesante rescatarla, porque en ella se relatan algunas de las mejores experiencias de mi vida, deseo que os guste. Yo estaba absorto en mi tarea de intentar programar el vídeo, tal y como mi vecina me había pedido. Sentado en el suelo, tocaba todos los botones con la esperanza de saber que estaba haciendo lo correcto, mientras, ella me había dejado sólo argumentando que iba a cambiarse. De pronto oí mi nombre tras de mí, y poniéndome en pie me di la vuelta. Ahí estaba ella, de pie, delante de mí, con un cigarro en su mano derecha y la otra sobre su cadera, en una pose muy sensual.

– ¿Puedes ayudarme un momento?- preguntó dando una profunda calada al cigarro y echándome el humo lentamente a la cara. – ¡Claro!- contesté- , ¿qué necesitas?  – Ayúdame a subirme la cremallera del vestido, que está a la espalda y no llegó.

Fue entonces cuando me di cuenta de que se había recogido la rubia cabellera en un bonito peinado, dejando al descubierto sus hombros. Se había puesto un vestido blanco, muy ajustado, que recorría todas sus curvas, dejando sólo algunas pequeñas arrugas a lo largo de todo su exuberante cuerpo, debido a que no estaba subida la cremallera de la espalda. Sus pechos se apretaban en un profundo escote que dejaba ver la parte superior del sujetador, de color negro, aunque éste se transparentaba ligeramente bajo la tela blanca que lo cubría, al igual que las braguitas (del mismo color) que se transparentaban especialmente en las caderas, donde más apretaba la parte de la falda, que llegaba hasta la mitad de sus tersos y firmes muslos. A sus treinta y cinco años, se hallaba en el máximo esplendor de su sensual belleza. Boquiabierto, sentí cómo el calor subía por todo mi cuerpo.

– Por supuesto- dije.

Ella se dio la vuelta y se puso de espaldas a mí, mostrándome la piel y la tira negra del cierre del sujetador que la cremallera no encerraba.

– Tienes que subirla poco a poco- me dijo-, porque al ser tan ajustado cuesta cerrarlo.

Mi pantalón corto de algodón y mis calzoncillos no fueron capaces de detener mi exagerada erección ante lo que tenía delante. Cogí la cremallera con la mano derecha e intenté tirar de ella hacia arriba, pero fue en vano.

– Si no sujetas la tela con la otra mano, te será imposible- sugirió-, no seas tímido hombre, y acércate un poco más, que te resultará más fácil.

Di un paso hacia ella quedándose el bulto de mi entrepierna a escasos milímetros de su culo, y entonces puse mi mano izquierda en su espalda, justo en el punto donde se iniciaba la cremallera, que yendo hacia abajo daba lugar a sus redondas y bien formadas nalgas. Al notar el contacto ella se movió ligeramente hacia atrás, hasta que su trasero contactó ligeramente con mi erección, lo cual me impidió moverme por si ella notaba lo empalmado que estaba. Con la mano izquierda sujetando la base de la cremallera sobre la curva de su espalda, conseguí subir poco a poco la cremallera hasta cerrar completamente el vestido justo por encima de la tira del sujetador.

– Gracias- dijo complacida-, pero tendrás que estirarme el vestido, que se ha quedado arrugado. – ¿Cómo lo hago?- pregunté acalorado.

Sin girarse cogió mis manos y me las puso sobre el vestido, por debajo de las axilas.

– Alisa las arrugas con las manos tirando hacia abajo.

Mi pene latía rozando su culo, y noté que ella lo apretaba ligeramente sintiendo el contacto. Lentamente mis manos fueron recorriendo sus costados hacia abajo, alisando las arrugas que encontraban a su paso y sintiendo el calor de la piel que el fino vestido envolvía. Pasé las manos por su cintura y caderas, sintiendo cómo su cuerpo se contoneaba ligeramente con mis caricias, hasta que llegué a la parte final de la falda.

– Sigue- me ordenó con la voz ligeramente entrecortada-, alísame todo el vestido.

Mis manos subieron hasta la parte superior de su espalda, y fueron recorriéndola lentamente, acariciando el arco de la misma hasta llegar a su culito, donde tuve que dar un pequeño paso atrás para acariciarlo suavemente y notar que las braguitas que llevaba eran de tanga. Sus glúteos se pusieron duros, y acaricié su redondez notando cómo mi polla pedía apretarse nuevamente contra ellos para sentirlos en todo su esplendor. Entonces, respondí a su ruego dando nuevamente un paso adelante y apretando mi erección contra la raja que su ajustada falda marcaba. Ella contestó con un pequeño jadeo de sorpresa y aprobación, subrayándolo con un leve contoneo de caderas que restregaba sus glúteos contra mi sexo. En cuanto sentí que era lo que ella realmente buscaba, me dejé llevar, y subí mis manos hasta sus pechos para acariciarlos y notar sus pezones duros bajo la tela del vestido y el sujetador.

Su cuerpo era espléndido, y seguí recorriéndolo con las manos hasta posarlas sobre sus caderas. Ella pasó sus manos hacia atrás e inclinándose ligeramente me agarró fuerte del culo apretándome contra el suyo. No sé qué era más excitante, si la fricción de sus glúteos buscando que mi verga pudiera atravesar la ropa y la penetrara con fuerza, o la imagen de ella, con la espalda arqueada, bien sujeta por mis manos atenazando sus caderas y atrayéndola a mí como si realmente estuviera montándola. El juego duró unos momentos, hasta que ella se incorporó y se dio la vuelta para introducir su lengua en mi boca y apretar su sexo contra el mío. Mientras nos besábamos como locos, nuestras manos recorrían el cuerpo del otro sintiendo todas sus formas. Ella bajó su mano derecha hacia mi entrepierna y la palpó con suavidad.

– Estás bien empalmado- me susurró al oído. – Tú lo has provocado- contesté succionándole el lóbulo de la oreja.

Sin dejar de apretar sus caderas contra las mías tiró de mi camiseta hacia arriba y me ayudó a sacármela por la cabeza. Me acarició el torso desnudo y, bajando lentamente, sus expertas manos se colaron por la cintura de mis prendas inferiores, y en un solo gesto me bajó el pantalón y los calzoncillos dejándome totalmente desnudo. Mi pene se presentó a ella erecto y apuntando hacia arriba. Ella lo acarició de arriba abajo suavemente.

– ¡Vaya!, estás muy bien dotado- me dijo.

Comenzó a comerme la oreja, y lentamente fue besándome el pecho, bajando cada vez más por mi torso, hasta que se sentó en el sillón que tenía tras de sí, mientras, recorría mi cintura con la lengua. Esta fue desplazándose hasta llegar a la base de mi polla, y la recorrió lentamente hasta la punta, provocándome un placentero estremecimiento por todo el cuerpo, donde una gota de líquido preseminal brillaba a la luz de la mañana. La punta de su lengua dio con ella, y sus labios se acercaron para besarla y recogerla. A pesar de la extrema excitación, yo no podía dejar de mirar cómo ella echaba la cabeza hacia atrás y un fino hilo del líquido preseminal colgaba desde su labio inferior hasta el lugar de donde la gota había surgido. Al levantar la vista y comprobar que la miraba fijamente, con la respiración entrecortada y ojos brillantes, sonrió y, pasándose la lengua por los labios, cortó el hilo.

– ¡Delicioso!-exclamó-. Te voy a comer la polla hasta que te corras de gusto dentro de mi boca- acabó sentenciando.

Y sin darme tiempo a contestar, me cogió el miembro con una mano y se volvió a acercar a él hasta posar nuevamente sus labios en la punta y degustarla con su lengua. El placer era muy intenso, pero se acrecentó cuando sus labios comenzaron a envolver el glande y poco a poco fue metiéndose el pene en la boca hasta llegar casi al final. Un gemido escapó de mi interior y observé cómo ella volvía hacia atrás succionando con fuerza, degustando todo el cuerpo de mi verga mientras ésta se deslizaba por sus carnosos labios hasta llegar de nuevo a la punta.

– ¡Pero que gorda la tienes!- exclamó sin soltarla con la mano-. Te la voy a comer entera, quiero notar cómo se va hinchando hasta que explote y te corras dentro de mi boca. Quiero que me la llenes de leche ardiente para saborearla y tragármela toda.  – ¡Sí!- exclamé en un suspiro.

Otra gota preseminal, más abundante que la anterior, brotó de mi pene, y ella la recogió con su lengua. Se incorporó lentamente, y cuando el hilo que colgaba de su lengua se partió por la tensión, me la metió en la boca para darme a probar el agridulce líquido producto de mi excitación.

– Está bueno, ¿verdad?- dijo volviendo a sentarse-. Espero que tengas mucho más. – Te aseguro que sí- contesté. – Pues entonces méteme la polla en la boca.

Con una mano sobre su nuca, le acerqué de nuevo a mi verga hasta poner la punta en sus labios. Haciendo un poco de fuerza se la metí casi entera, hasta que noté que hacía tope con su garganta. Ella me soltó el miembro con la mano y me agarró fuerte del culo con ambas, separándome un poco para volver a atraerme hacia sí y volver a meterse el falo en la boca. Sus labios lo sostenían con fuerza mientras succionaba con cada nueva embestida.

El placer era inmenso mientras mi polla se deslizaba por sus labios, que lubricaban con saliva y ayuda de la lengua todo el miembro que entraba y salía constantemente, produciéndome placenteros estremecimientos por todo el cuerpo. La succión que ejercían sus labios era muy poderosa, y rápidamente comencé a sentir que se me hinchaba la polla a punto de explotar. Ella parecía notarlo, lo que hizo que bajara la velocidad para metérsela más hacia la garganta e ir retirándose lentamente, haciendo una gran succión que a duras penas pude aguantar.

– Tranquilo, tigre- dijo sacándosela de la boca-, no te corras aún, esto no ha hecho más que empezar.

Todo mi cuerpo ardía, y mi pene palpitaba a punto de liberar su carga, pero logré dominarme. Ella se incorporó y me metió la lengua en la boca.

– Descansa un momento- me susurró al oído-, te espero en mi habitación cuando hayas conseguido dominarte. Quítate las zapatillas y sube.

Encendió un cigarro y sonriendo me dejó solo.

Me senté en el sillón y me quité las zapatillas mientras notaba cómo el pre orgasmo iba disminuyendo, pero sin que se me bajara la tremenda erección. Me miré la polla y vi que estaba ligeramente enrojecida por la succión, brillante por su saliva y con otra gota de líquido preseminal en la punta. Esperé un minuto y lentamente subí las escaleras hasta su habitación. Ella estaba sentada en la cama. Se había quitado el vestido y me esperaba en ropa interior apurando la última calada de su cigarro. Apagó el cigarro en un cenicero y me invitó a entrar.

– ¿Quieres seguir?- preguntó con voz sugerente-, aún me queda ropa por quitar. – Sí- contesté acalorado.

Me acerqué a ella y me ordenó que me sentara en la cama. Ella se levantó y se sentó sobre mis muslos con las piernas abiertas. Metió su lengua en mi boca y volvió a separarse, apoyando sus rodillas sobre la cama. Se desabrochó el sujetador mostrándome sus maravillosos y redondos pechos, con sus rosados y erizados pezones. Me cogió ambas manos y me las puso sobre ellos. Su tacto era suave y se amoldaban a mis dedos.

– ¡Eres una diosa!- exclamé mientras le masajeaba ambos pechos con mis dedos. – Lo sé- dijo sonriendo-, y tú eres mi siervo. Ponte de pie, que quiero terminar lo que dejé a medias. Quiero meterme tu polla en la boca y que te corras en ella, quiero tragármelo todo.

Me puse de pie, y ella se sentó en los pies de la cama, con su cara a la altura de mi pene. Me agarró del culo con ambas manos y lentamente se lo fue metiendo en la boca, deslizándolo suavemente por sus labios hasta llegar a la garganta. Succionando lo sacó levemente mientras su lengua lo rodeaba y volvió a metérselo, repitiéndolo varias veces, succionando cada vez con más fuerza, envolviendo todo mi palpitante músculo con su boca.

Yo miraba hacia abajo, viendo cómo se metía la polla en la boca y la rodeaba con sus jugosos labios, metiéndosela poco a poco hasta el final haciendo un peculiar sonido. Con toda la polla dentro de la boca movía ligeramente la cabeza, friccionando con fuerza con los labios, que masajeaban mi erecto miembro, lo cual provocaba que oleadas de placer me recorrieran todo la verga, desde la base hasta la punta.

Después se lo iba sacando poco a poco, succionando con fuerza y amoldando toda la boca a la forma de mi polla, que se deslizaba brillante por la saliva, hasta que el glande volvía a asomar entre sus labios, entonces volvía a introducírsela lentamente acariciando mi palpitante músculo con la lengua hasta que no le cabía más en la boca. Yo ya no podía aguantar más el placer, esta vez no podría detener la corrida.

Llegué a un orgasmo que me hizo gritar, y el primer chorro de ardiente semen salió disparado dentro de su boca. Ella lo recogió en su lengua mientras nuevas oleadas de placer me hacían estremecer y gritar. Mi polla se hinchaba cada vez que ella volvía a succionar, y un nuevo chorro de leche caliente salía disparado al interior de su boca llegando a llenársela y brotar de su labio inferior para resbalar por su barbilla.

Ella se separó por un instante degustando el producto de mi orgasmo, y viendo cómo tragaba y se relamía los restos de los labios, un nuevo chorro de semen blanco y espeso salió disparado de la punta de mi verga y cayó sobre sus labios entreabiertos. Ella lo recogió con la punta de su lengua, se incorporó y la metió en mi boca junto con el semen que aún quedaba en sus labios. Me besó con pasión dándome a probar el agridulce sabor del esperma que tanto la deleitaba, hasta que me hizo tragarlo.

– ¡Vaya corrida!- me dijo sonriendo-. Ha sido perfecto, una buena polla con leche abundante para saborear. ¿Te ha gustado?

– ¿Qué si me ha gustado?- pregunté aún acalorado-. ¡Ha sido increíble!, ¡creí que no iba a parar de correrme! – Me has hecho tragar mucho, nunca había probado tanta leche, ni me habían llenado la boca así. Me ardía en la lengua. Como todas tus corridas sean así, creo que sólo me voy a alimentar de tu polla dura y gorda. Pero ahora te toca a ti. Quiero que me comas el coño. – Encantado, tus deseos son órdenes.

Se quitó el tanga, mostrándome su húmedo coño rodeado de suave vello de color castaño. A continuación se tumbó sobre la cama con las piernas abiertas y flexionadas, y se encendió un cigarro.

– ¿A qué esperas, cariño? ¡Estoy ardiendo!. Méteme la lengua y cómeme todo el coño, quiero que te sacies bebiendo todo el flujo que te ofrezco.

Dio una profunda calada al cigarro, y cogiéndome por la nuca con la mano libre, me acercó la boca hasta sus labios vaginales.

– ¡Come!

Su sexo desprendía un olor que soy incapaz de describir, extraño, pero increíblemente atrayente. Sumergí mis labios entre su vello púbico y besé sus ardientes y húmedos labios vaginales. El sabor me desconcertó, pero también me gustó. Así que saqué la lengua y le acaricié los labios hasta dar con algo duro y suave. Ella dejó escapar un suspiro y comprendí que había dado con su clítoris.

Comencé a acariciarlo suavemente con la lengua, tragando el incesante torrente de cálido fluido vaginal, mientras, escuchaba cómo gemía de puro placer. Comenzó a mover ligeramente las caderas, así que le agarré fuerte del culo y le metí la lengua todo lo que pude. Ella dejó escapar una pequeña carcajada de sorpresa y satisfacción.

Moví la lengua palpando las paredes de su interior sintiendo que éste era ligeramente ácido, por lo que decidí volver al clítoris para succionarlo rítmicamente con mis labios, mientras que ella daba pequeños gritos y gemidos. Todo el coño le ardía y comenzó a segregar más fluido vaginal, que yo tragaba sin cesar mientras lamía rápidamente su duro clítoris.

De repente, arqueó toda la espalda y comenzó a gritar como una loca mientras sentía cómo su coño ardía, hasta que lanzó un largo suspiro final y se dejó caer de nuevo con toda la espalda sobre la cama, lo que me indicó que acababa de tener un gran orgasmo. Con los labios empapados por su fluido vaginal me puse a su altura y la besé para que ella también probase el sabor de su orgasmo.

– Has hecho que me corra- me dijo sonriendo-, no imaginaba que se te diera tan bien lo de comer coños. Esto merece un buen cigarro.

Cogió su paquete de tabaco y encendió un cigarro con una profunda calada. Echándome el humo a la cara me lo ofreció y lo acepté encantado. Tumbados sobre la cama, totalmente desnudos, compartimos el cigarro hasta que ella lo consumió con su última calada. El roce de su piel y su sensual forma de fumar hicieron que volviera a hincharse mi pene y ponerse bien erecto.

– ¿Eres virgen?- me preguntó. – Supongo que hasta hace un momento lo era- contesté sonriendo. – Vaya, ¿ni siquiera te habían hecho una mamada a tus 18 añitos?- volvió a preguntarme acariciándome la polla. – No, nunca me he acostado con ninguna chica. – Yo no soy ninguna chica- añadió sonriendo. -Lo sé, ¡eres la mujer más sensual y excitante del mundo! – Ah, ¿eso crees? Ya veremos qué piensas dentro de unos días… Ahora quiero probar qué tal follas. ¿Quieres que te folle? – Creo que es evidente que sí. – Pues entonces voy a follarte hasta que no puedas más.

Acto seguido se colocó sobre mí, y sin soltarme la verga la puso vertical, tocando su coño, hasta que lentamente se fue dejando caer. Noté cómo mi miembro se iba deslizando por las húmedas y calientes paredes de su vagina, con un estremecimiento de placer. Ella me acompañó con un gemido, hasta que se dejó caer por completo y dio un pequeño grito cuando se metió la polla entera de golpe.

– ¡Joder!- exclamó. – ¿Qué pasa?- pregunté asustado-, ¿te he hecho daño? – No es daño precisamente- contestó con un jadeo- es que es enorme, y me la clavas hasta el fondo.

Se irguió sobre mí, quedándose perpendicular a mi cuerpo con toda la polla metida. Yo la cogí por las caderas y, tirando de ellas hacia abajo, me elevé ligeramente haciendo fuerza con las piernas, quería atravesarla con la polla. Ella gimió fuerte y sentí un gran placer en toda la parte superior de mi miembro, hasta que me dejé caer y ella suspiró.

– ¡Muy bien!, así es como se hace, tigre- me dijo-, pero deja que sea yo quien marque el ritmo.

Asentí con la cabeza y ella comenzó a mover cadenciosamente sus caderas de adelante a atrás, clavándose con placer mi empalmada. Comenzó a acelerar el ritmo y, echándose ligeramente hacia atrás, apoyando las manos sobre la cama, comenzó a dar pequeños saltos sobre mí.

Sus maravillosos pechos, redondos, de tamaño perfecto y con sus pezones erizados daban botes con cada salto, y no pude evitar el que mis manos subieran hasta ellos para acariciarlos y después masajearlos con fuerza, sintiendo cómo se amoldaban entre mis dedos. Sus gemidos fueron haciéndose más y más fuertes al ritmo que sus caderas golpeaban las mías, mientras, yo sentía cómo el interior de su coño me quemaba la polla con su cálido flujo, y sus paredes vaginales me la masajeaban con fuerza, exprimiéndomela y tirando de ella más y más adentro. Sus gemidos se transformaron en palabras suplicantes cargadas de tono placentero:

– ¡Oh!, ¡sí!, ¡oh!, ¡así, cariño, así!, ¡clávamela!, ¡oh!, ¡oh!…

Mi polla latía dentro con los espasmos previos a la corrida, que me hacían estremecer todo el cuerpo, y respondí a su ruego agarrándola por la cintura, elevando mis caderas con fuerza y metiéndosela todo lo que pude.

– ¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oooooooooooh!- gritó cuando lo sintió.

Su espalda se arqueó y la fuerza de su coño me hizo estallar en una grandiosa corrida, que hizo que todos mis músculos se tensaran al máximo mientras la ardiente leche salía a borbotones de mi polla. Ella se mantuvo con la espalda arqueada en un gemido sordo durante unos instantes, hasta que finalmente cayó sobre mí. Con la respiración aún entrecortada me besó, y con un hilo de voz me dijo:

– ¡Que orgasmo acabo de tener!, ¡me has hecho perder la cabeza! – Yo también me he corrido- contesté con un suspiro.- Lo he notado.

Haciendo fuerza sobre las rodillas se levantó sacándose el pene, que brillaba embadurnado con mi esperma y su fluido vaginal. Se encendió un cigarro y me dijo acariciándome: – Ha sido un gran polvo, te he follado bien, tigre, pero aún tengo que entrenarte más.

– ¿Entrenarme?- pregunté extrañado. – Sí, ya lo entenderás cuando llegue el momento. Ahora debes vestirte y marcharte antes de que llegue mi marido. Mañana te espero a la misma hora, así que recuperad fuerzas tu polla y tú porque estaré impaciente.

Dicho esto me besó, me acompañó a recoger mi ropa y me despidió cuando me hube vestido.

Al día siguiente me recibió con su rubia melena suelta, cayendo sobre sus hombros, vestida con un top blanco sin tirantes, que dejaba al descubierto el ombligo, bajo el cual se adivinaba que no llevaba sujetador, pues sus erizados pezones se marcaban bajo la elástica prenda. Como parte inferior vestía un short vaquero que se ceñía a sus caderas y únicamente cubría hasta las ingles. Estaba muy jovial y sexy. Me recibió con un ardiente beso en el que su lengua recorrió todo el interior de mi boca y me dijo:

– Ayer me dijiste que nunca te habías acostado con una chica, así que perdiste la virginidad cuando te folló una mujer de verdad. Pues bien, aquí tienes a tu chica- añadió poniendo cara inocente-, fóllatela y enséñale lo que aprendiste con esa mujer.

Asentí con la cabeza y la llevé a su propia habitación, donde comencé a besarla con pasión mientras le recorría el cuerpo con las manos y la iba desnudando. Ella se mostraba sumisa y se dejaba hacer con gusto, hasta que ambos acabamos completamente desnudos. Entonces le hice ponerse de rodillas, y con una mano sobre su nuca y la otra en la barbilla, le puse la polla sobre los labios para ir metiéndosela poco a poco en la boca.

La mamada fue distinta a la del día anterior, aparte de que aguanté más, ella se esforzó por mostrarse inexperta, dejándome a mí el trabajo de empujar con las caderas mientras se la metía sujetándole la cabeza con la mano derecha, pero aún así, sus carnosos y suaves labios ejercían una placentera presión sobre mi pene que yo no tardaría en no poder soportar. Cuando ya estaba cerca al orgasmo, ella me empujó las caderas y se sacó la polla de la boca.

– ¿Vas a correrte en mi boca?- me preguntó siguiendo con su papel de chica inocente. – Claro, contesté, ¿acaso no te está gustando lo que estamos haciendo? – Sí, me está gustando mucho, me gusta tu polla, me gusta cómo me llena la boca.- Entonces no te preocupes, porque te va a gustar mucho más cuando me corra y te llene la boca de leche. Tú pruébalo y verás cómo te lo tragas todo. – Pero es que quiero ver cómo es la leche- contestó suplicante. – No te preocupes, podrás hacer ambas cosas.

Ella asintió, y volví a meterle la polla en la boca. Ahora ella comenzó a tomar la iniciativa succionando con fuerza, hasta que no pude contenerme más y me corrí en su boca con un abundante primer chorro de semen. Ella lo degustó, lo tragó, y antes de que el segundo chorro saliera, se sacó la polla de la boca y, sujetándola con la mano derecha, se quedó contemplándola a escasos milímetros de su cara. Entonces el segundo chorro de leche salió disparado de la punta de mi miembro y el espeso líquido salpicó todo su rostro, dejando un reguero blanco desde su mejilla izquierda hasta sus labios.

– Quiero más- dijo en un susurro.

Y volvió a meterse la polla en la boca para saborear y tragar los últimos espasmos de la corrida.
Cuando terminé de correrme recogió el reguero de semen que recorría su cara con el dedo índice, y lo deslizó sensualmente entre sus labios, sacándolo totalmente limpio.

– ¿Y ahora que hacemos?- me preguntó.- Ahora te toca correrte a ti.

La tumbé sobre la cama, metí la cabeza entre sus muslos, y le comí el coño hasta que, gritando, llegó al orgasmo. Después de un breve descanso, en el que compartimos un relajante cigarrillo, me puse sobre ella y se la metí entera de una sola arremetida. A ella le encantó y continué metiéndosela con fuerza, empujando una y otra vez, hasta que los dos volvimos a corrernos. Cuando me estaba vistiendo ella dijo: – Bueno, esto ha estado muy bien, tigre, ayer te follé yo y hoy me has follado tú. Mañana ya podremos empezar con algo más avanzado.

Al día siguiente practicamos el sesenta y nueve, y me gustó tanto que lo hicimos dos veces.

El siguiente día, tras lo que ella llamó “el doble examen oral de rigor”, se puso a cuatro patas sobre la cama y me hizo metérsela por detrás. Fue glorioso agarrarle su precioso y redondo culo con ambas manos y meterle la polla entera por el estrecho orificio, que hacía una poderosa fuerza cada vez que la embestía.

Con cada acometida ella gritaba mientras su culito exprimía mi polla, hasta que sentí que me corría, y la empalé por detrás con mi verga con tal ímpetu que sus brazos flaquearon y acabó con la cara hundida en la almohada. Al principio me asusté por ella, y cuando después de sacársela le pregunté si estaba bien, ella se dio la vuelta y con una carcajada dijo:

– Así me gusta, tigre, que me demuestres toda tu fuerza. Se podría decir que me has dado bien por el culo.

Y soltó otra carcajada que me contagió.

Después de este día era fin de semana, así que nos despedimos por dos días quedando para el lunes siguiente.

Autor: Caesarscorpius

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