Cogiendo con mi hijo

Me excitaba cuando lo oía que me decía: mami, qué rico esto, qué buena estás mamita. Yo gozaba como condenada a muerte. Solamente de oírlo que me decía mamita, casi me venía otra vez. Y comenzó a metérmela de regreso. Comenzó a bombearme, me la metía y sacaba, me besaba en la boca, en las piernas, en las orejas, me apretaba las tetas.

Estimados amigos: Nunca me había atrevido a contar lo que estoy a punto de relatarles. Me daba vergüenza. Una mujer de 38 años, con un hijo de 18 y mi marido de 62. Soy profesional, mujer educada, soy y he sido caliente, a quien mis padres o la naturaleza dotaron de “demasiado cuerpo y voluptuosidad”. Mi hijo me dice “tú compraste cuando era barato y daban bastante”. En realidad soy alta, morena, pelo negro, pechos inmensos, nalgas grandes y paradas, respingonas, piernas gruesas, soy algo gordita, rellenita.

Desde muy pequeña fui el blanco de todos mis vecinos, de mis profesores, jóvenes y viejos, me deseaban, me miraban, querían tocarme aunque fuera fugazmente. Se ofrecían para llevarme a casa, me hacían regalos, me invitaban a comer, etc. Una vecina le decía a mi mamá que me vistiera con “hábito de monja” por que mucho llamaba la atención y que “por ese culo, siempre iba a tener problemas”. No se equivocó.

Desde los 18 años comencé a tener relaciones con un vecino, que era el papá de mi mejor amiga y compañera de escuela. Fuimos amantes casi por 6 años. Fui su amante y esclava. Con él aprendí todo lo del sexo. Este hombre se volvía loco conmigo y yo con él. Como éramos vecinos nos mirábamos a diario y casi siempre terminábamos haciendo el amor en su cuarto, en la azotea, en el baño. Prefería el sexo anal por mis anchas caderas y nalgas grandes. Me mojo de acordarme cuando me penetraba por atrás.

Sentir esa verga grande y gruesa, mamándome las nalgas y el esfínter, apretándome los cachetes del culo, sobándome las tetas. ¡Wuauu! Aparte de él, siempre tuve otros amantes: en la Universidad, en la oficina, con quienes donde nos viéramos, sabíamos que terminaríamos haciendo el amor. Nadie se me acercaba con otras intenciones que no fueran terminar en una cama. Era mi gracia y mi maldición al mismo tiempo.

Me casé, bajo la promesa de estudiar una carrera universitaria, de ya no ser promiscua y de convertirme en una “dama”. Pero “gallina que come huevos, aunque le quemen el pico…” Mi hijo creció y sacó los rasgos de su madre: alto, bien parecido, atlético. Un bombón para cualquier mujer y comencé a verlo con otros ojos. Cuando estoy en casa, me visto de forma cómoda. A veces ando con una bata un tanto transparente, que deja ver mis grandes tetas y se nota la forma de las tangas que uso, que ya se imaginarán, no me tapa nada y enseño todas las nalgas.

Las lectoras me entenderán y saben que es más cómodo y es bien delicioso sentir ese pedazo de tela que se te mete en medio de las nalgas. A veces, ya en la noche, en mi cuarto permanezco con un baby doll, ya para acostarme, viendo la tele o leyendo un buen libro. Por la diferencia de edades con mi esposo, por su negocio que viaja constantemente por el país y lo acostumbrado a tenerme a su disposición cada 2 meses, mi vida sexual bajó considerablemente. Entonces comencé a fijarme en mi hijo y él se fijaba en mí. Me gustaba. Me mojaba y masturbaba pensando que me poseía, que me metía su verga, que me decía malas palabras y me daba nalgadas. Tener un mozo de 18 años en la casa, lleno de vida, de energía, bien parecido, era demasiada la tentación, quería poseerlo.

En muchas ocasiones llegaba a mi cuarto a ver la tele juntos. Al inicio me parecía algo normal, le gustaba acostarse cerca de mí y a veces hasta me ponía la cabeza en una teta y allí se estaba, se daba vuelta, me la apretaba bien rico, pero no pasaba más. Yo le hacía cariñitos en la cabeza y veía cómo le crecía el bulto en sus bóxers. Después de un rato salía de repente directamente al baño, de seguro a darse una paja a la salud de su madre.

Los fines de semana, en las mañanas, después que salía del baño me quedaba en bata y le daba un gran espectáculo que él gozaba como loco. Me miraba las tetas, se me acercaba y me abrazaba por detrás, poniéndome su paquete en las nalgas. Me rozaba las nalgas con las manos o los codos. Yo siempre me hacía la desentendida y hasta me quedaba parada, dejándole mi culo a su disposición y él me sobaba las nalgas con los codos, mientras leía el diario o algún papel del correo, como “inocentemente”. Algunas veces hasta se atrevía con el dorso de la mano y la metía en medio de las nalgas. Yo solo suspiraba y me hacía la loca, como si nada pasara, pero me excitaba, se me hacía agua la chocha, deseando esa verga, en vivo y en directo. Así jugábamos, pero no pasábamos de allí. Ninguno de los dos decía nada y actuábamos como si ninguno se diera cuenta de lo que pasaba.

Un fin de semana, de repente, un amigo de mi esposo y su familia nos invitaron a ir a un rancho en la playa. Llevé un traje de una sola pieza por razones obvias. No quería llamar demasiado la atención, ni que el amigo de mi esposo tuviera problemas en su casa por pasar viéndome. Todo sucedió con normalidad, las miradas de rigor, pero sin ir más allá de lo acostumbrado. El asunto fue que no me depilé y se me salían unos pendejos por los lados, aparte de las nalgas que andaban al aire libre. Erick, mi hijo, no me quitaba los ojos de encima. Yo me sentía caliente, deseada, sentía las miradas en mis nalgas, con ganas que me poseyeran, que mi hijo me metiera la verga de una vez por todas y calmar mis ganas.

Pensaba y pensaba cómo poder seducirlo. Esperaba una oportunidad en el mar ó en el rancho para que pudiera suceder algo entre nosotros y que él se animara de una vez.

-¡Qué bien te queda esa calzoneta, mamá! Parece que se te encogió o vos creciste! –me dijo. ¡Gracias, y sos bien chistoso! –le contesté. De repente, se me ocurrió una idea, para poder quitarme la calentura y hacer a mi hijo mi amante diario. -¿Sabés qué? Voy a necesitar tu ayuda más tarde, ¿OK? -¿Qué pasa? ¿De qué se trata? –me respondió ansioso y algo inquieto y temeroso.

Lo tomé de un brazo y lo llevé al cuarto que nos habían asignado. Mi esposo y los demás decidieron ir al puerto que quedaba como a 30 kms. del rancho a comprar pescado, prácticamente estábamos solos.

-Sacá del maletín la crema de afeitar y la Gillette de tu papá, por que no quiero andar con estos vellos al aire. Me vas a ayudar a depilarme. Agarra la crema humectante también. Erick puso los ojos del tamaño de un huevo estrellado e instintivamente se llevó la mano a su verga. Al solo escuchar la tarea que se avecinaba, ya se imaginaba el espectáculo que se iba a dar.

Rápidamente cumplió lo que le ordené. Se me presentó con las herramientas en la mano, deseoso de comenzar el trabajo.

-Aquí están Mamá -me dijo. Por mi parte, yo me había quitado la calzoneta y me había puesto una tanga roja brasileña y encima una bata. -Espérame un momentito, solo me voy a duchar- le dije.

Después de bañarme rápidamente para quitarme cualquier mal olor o suciedad, regresé al cuarto y allí estaba Erick con cara de hambriento, se notaba excitado y no disimulaba el paquete en medio de las piernas.

-¿Sabés qué? Pensándolo bien, mejor yo sola lo voy a hacer. -Noooo, mamá –me dijo, casi llorando. – ¿Por queeeeé? Era un sediento en el desierto. Déjame ayudarte, lo voy a hacer con cuidado, te lo prometo. O si querés solo dejame ver, ¡por favor!

En mis adentros sentí lástima por él. Ver a mi bebé ya crecido, ya hombre. Verlo tan deseoso de tocar a su madre, tan excitado por la oportunidad que se le presentaba. Yo estaba que explotaba, sentía mi vagina que destilaba líquidos.

-Está bien –le dije. Me vas a ayudar, pero con mucho cuidado y que nadie vaya a saber de esto. Lo hago por que me da miedo que me vaya a cortar yo sola. Por un momento pensé que mi oportunidad de poseer a mi hijo había fallado. Mejor me callo, pensé y manos a la obra. Me acosté en la cama, puse unas almohadas para recostarme en ellas y abrí las piernas. Mi hijo no podía pronunciar palabra alguna. Los ojos se le salían.

Prácticamente estaba a su disposición, aunque no me había quitado la tanga. Sin embargo, le enseñaba todo.

-OK. Con cuidado échame la crema a las orillas. Yo miraba para otro lado. Como no dándole importancia. Erick comenzó a untarme la crema: lo hacía despacio, delicadamente, con manos temblorosas, se hincó en el suelo y me cambió de posición, para tenerme más cerca y verme bien, de seguro sus amiguitas no tenían la vulva tan grande, ni la tenían tan peluda. No es lo mismo la concha de una vieja madura, que la de una niña de 18 años. Me untaba la crema y yo solo daba brinquitos de gusto, movía la pelvis cadenciosamente, pero suave, despacito, para que mi hijo se diera gusto viéndome y tocándome.

-¡Aaaah, Aaaah! Umm, uuummm –daba gemiditos. Le agarré la mano por molestar y se la llevé a un lado de mi monte de venus. Le tomé la mano poniendo la mía encima de la de él, supuestamente para guiarlo. Mientras le indicaba donde quería, hice que me sobara toda mi chocha con su mano, para darle confianza. Se la mantuve así por unos segundos.

Con su mano me aplasté la torta para estar seguro que él la sintiera, me la apreté con ganas, despacio, esa chocha grande y peluda, esos labios bien carnosos que tengo.

-Hacéme aquí –le decía. De aquí como que se me salen más los pelos. ¿Querés que abra más las piernas, amor? -Fíjate bien que no queden pelitos rebeldes y me hagan pasar otra vergüenza –le dije, mientras me pasaba su mano otra vez sobre mi monte de venus. -No. No te preocupes –me dijo con voz nerviosa y entrecortada. Pero sí tengo que ver más adentro de la tanga, te la tengo que hacer a un lado, un poquito –me dijo. -Dale, dale, no tengas pena, solo fíjate no me vayas a cortar. Acercate más –le dije. No tengas miedo que soy tu madre y estamos solos.

Yo pensaba que ya iba a comenzar a mamarme los labios de la vagina. Yo sentía que ya no podía. Estaba lubricando y mojándome. Casi temblaba y el corazón me palpitaba a mil por hora. Con una mano me tocaba los pechos. Los pezones los tenía súper duros y parados. Con la otra mano, la tenía bajo de la tanga por ratos y por ratos la sacaba y me apretaba los labios. Daba gemiditos y estaba súper nerviosa, temblorosa, no coordinaba bien mis palabras, era un gran suspenso y excitación.

Comenzó y me bajó un poco la tanga y la hizo a un lado. De seguro que miraba todo mis labios mojados y mi vulva, carnosa, pidiéndole a gritos su verga. Yo tenía los ojos cerrados, me mordía los labios saboreando el gusto que mi hijo me proporcionaba. Movía la cadera de arriba hacia abajo, bien despacio, pero se notaba que estaba gozando.

-Ahhh, ahhh, papi qué rico-le dije. ¿Me estás dando masaje y acariciando ó cortándome los pelos, amor? ¡Yo creo que las dos cosa, picarón! Con el afán de provocarlo un poco, de darle un empujoncito de ánimo. -Noooo mamá -me contestó algo asustado y retirando las manos. Te estoy rasurando. Pero es que la tenés bien grande –me dijo tímidamente. Discúlpame. -No amor –le dije rápidamente para no desanimarlo- es que me estoy sintiendo bien rara –le dije, haciéndome la pendeja. Esto como que me está gustando más de lo que te imaginas. ¡Aaaaay, aaaaaah. Uauuu! -¿Te arde mamá? ¿Te molesta? -No hijo, al contrario. Te digo que me siento bien, me siento rara, siento bien rico, bieeen riiico. Seguime haciendo no te detengas, no tengas pena. Cuando termines de rasurarme me avisas. Concéntrate. No tengas miedo –le contesté. Acordate que estamos solos, no tengas prisa, y entre nosotros nos tenemos confianza.

Con una mano se supone me estaba rasurando y con la otra, ya con más confianza, jalaba la orilla de la tanga y recostaba su mano encima de mi vulva, y disimuladamente me la sobaba, hacía como que seguía depilándome y con la otra mano me apretaba el monte de venus, acariciándome. Ahora, me sobaba todos los labios y diestramente con los dedos comenzó a separármelos y dejar entre abierta la chocha de su madre. Por mi complexión se imaginarán que tengo la vulva bien carnosa y los labios grandes. Yo estaba en la gloria. Otra vez le tomé la mano y “supuestamente” le indiqué dónde me tenía que cortar. Esta vez le apreté la mano y con descaro la pasaba por todos mis labios como masturbándome. Ya sentía el olor a mis fluidos y el inconfundible olor a semen. Cuándo se va a animar, pensaba yo en mis adentros. Yo ya esperaba que me metiera la verga o comenzara a darme lamidas en la vagina, pero nada.

-Mami, la rasuradora hay que cambiar la Gillette para que no te raspe –me dijo, estaba sudando, nervioso y casi temblaba. Voooy al baño ráaapido y… traigo un recipiente con agua. De seguro va ir a masturbarse, pensé, pero no voy a dejar que malgaste un polvo.

Yo algo molesta cuando se detuvo, porque estaba sintiendo lo más bello, casi llegando al orgasmo. Ya me había metido una toalla en la boca y la mordía.

-¡No hijo, nooo! –le dije, casi regañándolo. No te preocupes. Yo creo que ya casi terminaste. Mejor echame un poco de crema para que no me vaya a arder. Untámela bien, sin miseria, ¿OK? ¡No quiero andar toda roja después! Pero apúrate hijo, le decía. Estaba sintiendo tan riiiiico.

-¿De veras, mamá? ¿Te gusta? ¿No te molesta? -Hijito. Amor. Acordate dónde me estás tocando, hijito. Cualquier mujer se pone nerviosa y excitada al sentir las manos de un hombre por ese lugar, papito. Pero no te preocupes, hacé lo que tenés que hacer para dejarme bien rasuradita, ¿OK? Si doy gemidos no es porque me lastimas, sino de gusto, papito. Ya te dije estamos solos, no hay prisa y nos tenemos confianza. Lo que aquí se habla y se hace, aquí se queda, ¿OK amor? Te he puesto todo a tu disposición. Lo que quiero es que me depiles bien. ¡Dale con confianza! No tengas miedo, papito.

Yo continuaba con la toalla encima de mi cara, pero podía verlo y observarlo, mis piernas flexionadas sobre la cama. Mi hijo arrodillado escuchándome. Viéndome, deseándome meter su verga, pero no se animaba a dar el gran paso.

-¡OK, sí, sí está bien, ya sé, ya sé mamá! -me dijo, con más aplomo. Y comenzó a sacarme la tanga de en medio de mis nalgotas y con mucho esfuerzo comenzó a bajármela, solo de una pierna.

Yo instintivamente me tapé con las manos. No sabía lo que iba a hacer. -Tengo que revisarte abajo, por las nalgas, que tampoco queden vellos atrás –me explicó. –Flexioná bien las piernas o date vuelta –me dijo. ¿Sabés qué? Mejor date vuelta, así voy a ver mejor –me dijo, mientras me agarraba las nalgas para ponerme en cuatro patas.

-Así me gusta papito. Eso es lo que quiero, hijo. Haceme lo que vos quieras. Así me gusta, hijo. Dígame lo que quiera que yo haga, papito. No tenga pena. Ahora usted manda, usted manda hijo -le enfaticé tratando que diera el siguiente paso.

Ya se imaginan: puse todo el culo en pompa a su completa disposición. Cualquiera de mis hoyos estaba para que él los tomara.

-Gracias, mami. Sí así –me respondió. ¡Aaaasíiií mami, aaaassíii! -me repetía con voz entrecortada. ¡Escuché un suave wuauu! Cuando me di vuelta, ¡ahaa… assssí quédate mamá! Aaaah, qué bien –pensé- al fin tomó control de la situación -me dije y comenzó a abrirme más las piernas. Yo estaba en cuatro patas, con todo mi culote y vulva al aire. El estaba parado en el suelo. De repente, me jaló para acercarme a la orilla de la cama.

-Dejame ver aquí, ¿OK?-me dijo. Tengo que ver bien aquí –me dijo mientras con una mano me agarraba un cachete del culo y con la otra me tocaba los labios de la vulva. -Dale, dale amorcito. No me pidas permiso hijito. Tócame sin pena y hacé conmigo lo que quieras. Hacelo con confianza papito, no tengas miedo, ni tengas pena papito-le dije casi regañándolo por ser tan lento o respetuoso con su madre. Yo ya no aguantaba. -Untame esa crema con lo que quieras mi amor, pero hacelo ¡YA! No me voy a molestar hijo, dale, daaale mi amoooooor –le dije yo casi rogándolo.

De repente, solo escuché como un quejidito de su parte y un -¡aaaaay mami! ¡Pero que riiiico! ¡Qué buena estás! Pero con voz suave, casi murmullo- y comencé a sentir su lengua por mis nalgas, me daba besos y me pasaba la lengua en los cachetes y ya con ambas manos me apretaba las nalgotas y me metía lengua en la vulva y el esfínter. ¡Al fin!-dije. ¡Al fin!-pensaba. Y comencé a saborear lo que mi hijo me hacía, gemía sin pena y le animaba a que continuara: -¡Uuummm! ¡Aaaaay! Dale papito, dale hijo, hacéme, hacéme, no tengas pena mi amor, soy toda suya, hijo, hágale rico a su mami, mi cosita rica, dame hijo, dame, dese gusto con su mami, papito-le animaba.

Erick solo decía – ¡Uuummm, mamita, qué rico! ¡Ay, mami qué rico! ¡Mami qué riiico! Y seguía ocupado mamándome, saboreando mis fluidos.

Me quitó la tanga y me dio vuelta para estar frente a frente. Nos quedamos viendo un segundo. Quizás solo para reconocer lo que estábamos haciendo. Para reconocer que somos madre e hijo. Y quizás para decirme con los ojos que iba a proceder a hacerme el amor. Que momento más memorable. Hasta hoy me mojo de acordarme cuando nos vimos fijamente a los ojos. Duró medio segundo, pero para mí fue la eternidad. Ese amor de madre a hijo se estaba consumando. Erick ya estaba con la verga fuera. Le eché una mirada rápida a su verga, una verga preciosa: de buen tamaño, cabezona, estaba roja y húmeda. Me volví a recostar en la cama, invitándolo a que me penetrara, tomándolo de las manos por un momento.

-Sí papito, hágame rico hijito, no se preocupe. Todo esto es suyo, hijo. Usted ya es un hombrecito, yo soy su mamita, papito lindo, usted sabe lo que debe hacer-le dije. Así me gusta papito, usted es un hombrecito, haga feliz a su mami, hágame lo que quiera papito –le dije, mientras abría mis piernas.

El me tomó por las piernas, me las besaba, me las apretaba, buscó la entrada a mi gruta y sentí la gloria cuando me penetró. Primero me metió la mitad, como tanteando, como saboreando y después me la dejó ir de un solo. Sentí esa verga caliente dentro de mí, sentí ese pedazo de carne hirviendo en mis entrañas, mi cosita linda –pensaba.

-Aaaaay mami, qué buena sos mami. Te quiero, te quiero mamá –gemía.

-Yo también papacito, ¡qué riiico! Mi amor lindo, mi hijito precioso, siga mi amor, siga cosita, le animaba. Sí mi amor, sí mi amor, sí, sí, yo también lindo, ay papito, yo también te amo, sí, sí, ¡sí mi amor, aaaaay! Sí, sí, sí mi vida, yo también te deseaba, mi amor, sí está bien rico, papito, sí sí así me gusta cosita linda –le respondía, mientras me metía la verga hasta el fondo, me la sacaba y me la volvía a meter bien rico.

Erick no decía nada y comenzó a meter y sacar su verga de mi concha, al ratito dijo: -¡Aaay mami voy a acabar! ¡Maaaamiiiii, me veeeeengo! Y fue una explosión de sus líquidos en la vagina de su madre. Sentí cuando me llenó con ese chorro de semen -Siga, papi. Siga –le decía. No se preocupe. ¡Échele esa lechita rica a su mami! Usted es mi hombrecito, siga papito rico, siga, no tenga pena.

-¡Ooooooh mami, qué rico! ¡Ooooooh mami! Oooooh, aaaaaah, -decía mientras me daba sus últimas culeadas bien sabrosas hasta que terminó.

Sacó la verga de mi vulva, aún palpitante, mojada de semen y mis fluídos.

-¡Aaaay mami! –me dijo y se abalanzó a mí a abrazarme y besarme. Se acostó encima de mí, nos abrazamos, nos besamos, nos tocamos cada parte de nuestros cuerpos, quería morderlos, lo apretaba, me mamaba las tetas, me metía dos dedos en la chocha.

Al momentito la verga ya la tenía parada otra vez y yo se la pajeaba con una mano. Éramos dos amantes por primera vez. Me excitaba cuando lo oía que me decía: ¡aaay mami, mami, qué rico esto! ¡Mami qué buena estás, mamita! ¡Mami que rica sos, mamita! ¡Ummmmm, mamita! ¡Deliciosa! Yo gozaba como condenada a muerte.

Solamente de oírlo que me decía mamita, casi me venía otra vez. Y comenzó a metérmela de regreso. Comenzó a bombearme, me la metía y sacaba, me besaba en la boca, en las piernas, en las orejas, me apretaba las tetas. –Mamita, mamita, qué rico –me decía -ay mami, mamita –me repetía.

Yo gozaba como loca, lo agarraba de la cintura para sentirlo mejor, sintiendo varios orgasmos que duraban un mundo.

-Sos lindo hijito, mi cosita linda –le decía. No te preocupes hijo. Goza mi amor. Disfruta a tu madre, papito. Soy toda tuya mi bebecito precioso. Metémela aquí también mi amor –le dije, mientras me agarraba con ambas manos las nalgas, ofreciéndole mi culo. Sí mi hijito, metémela, metémela, métamela bien cosita –le decía. Métamela allí también, mi amor. Todo esto es suyo, papito –le decía. Hágame rico sin pena, papito.

Me acosté bien y comenzó a maniobrarse la verga para metérmela por el culo. Así papito, así, sí, así, no tenga miedo–le decía y sentí como me penetraba por el culo. Me tenía agarrada de ambos pies, me los besaba, hasta que logró penetrarme por atrás y sentí toda su verga en mis adentros y después no dejaba de meter y sacarme la verga.

Yo con una mano me aplastaba las tetas, me jalaba los pezones y con la otra, le tomé de la mano a Erick y le mostré como masturbarme. –Aaaaay, hijo, sí así papito, sí hijito, yo también, papi, usted también está rico mi amor. No se detenga. Sí mi amor, lo vamos a seguir haciendo, papito rico, no se preocupe, sí así mi amor, siga, siga, sí, sí hijo, sí así, sí así cosota rica, ¡aaaaay, aaaaay, aaaaay papi! Aaaaay papi, queee riiiii…coo –le contestaba.

Tuve un orgasmo bárbaro, sensacional. Al rato terminó con otra eyaculación gigante, dando gritos de ¡maaaaami! ¡Maaaaammi, aaaaay! ¡Ooooohhhhhhhh! ¡Aaaah… mami qué rico mamita! Casi llorando y besándonos en la boca, dándonos una morreada como novios primerizos. ¡Al fin! ¡Al fin! –me decía a mí misma. Qué rico. Ya solo me imaginaba los días y las noches que iba a disfrutar cogiendo con mi hijo. ¡Wuauu! ¡Qué dichosa soy! ¡Tener este ejemplar solo para mí! Y así hemos pasado desde ese día: disfrutando uno del otro, haciendo el amor casi a diario.

Espero que este relato les haya gustado. Y a las mamás que lo leen y quieren acostarse con sus hijos, un consejo: ¡Háganlo! No saben el placer, la experiencia bárbara que tendrán. No hay palabras para describirlo.

P.S. Gracias a un amigo, quien me ha ayudado a escribir estas líneas y su apoyo moral y sexual en mi vida.

Autora: El pie fetichista

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Una madura de rara belleza

Empezó a gritar y a moverse aceleradamente hasta que sus jugos abundantes fueron a dar a mi nariz y mi boca casi ahogándome, ella me hacía enloquecer, pero gozaba torturándome con mi palo bien enterrado y dándose dedo, hasta que de nuevo empezó a convulsionarse y sentí que mi vientre, mi pene y mis piernas se llenaban de su líquido de amor caliente.

Yo tenía 19 años y recién había ingresado a la empresa donde la conocí, ella contaba con cuarenta y estaba divorciada, tenía una sensualidad que le brotaba hasta por los ojos, ese brillo intenso que tienen las mujeres cuando te dicen todo sin decirte nada. Sin exagerar en describir sus atributos físicos, solo quiero hacer énfasis en que se sabía una mujer hermosa y eso le hacía proyectar una belleza muy poco común… una rara belleza, todos en la compañía querían acostarse con ella, y es que a pesar de todo, tenía fama de come hombres.

Le gustaba platicar mucho con la gente, de ahí aprendí que todas las personas tienen mucho que ofrecerte, por lo que ahora no me pierdo la oportunidad de conocer a alguien. Con el paso de los días y el trato obvio por el trabajo, nos fuimos haciendo poco a poco de una confianza mutua, por lo que nuestras pláticas se fueron haciendo cada vez más íntimas, hasta llegar al tema del sexo, cosas supongo un poco absurdas en ese tiempo ya que mi experiencia con mujeres hasta esa fecha había sido casi nula, si acaso dos o tres mujeres, pero nada del otro mundo.

Ella me contaba del sexo oral y eso era algo que yo aún no practicaba, por lo que sus pláticas me ponían bastante caliente y creo que lo notaba porque a veces la sorprendía mirando mi entrepierna, en ocasiones quitando toda mi timidez le contaba mis fantasías, como tener sexo en la oficina, ella sonreía y me preguntaba si me gustaba alguien de los demás departamentos, pero yo le decía que como era demasiado tímido no me atrevía a contarle quien me gustaba, y así poco a poco, cada vez no hacíamos mejores amigos.

Un día, ella tenía que entregarme unos reportes de su departamento, pero no los tenía listos para la hora que tenía que entregármelos por lo que me pidió ayuda para terminarlos, ese día tenía una blusa blanca que transparentaba unos senos apenas cubiertos con un sostén de encaje blanco, ella en tono de broma me suplicaba ayuda recargando sus codos en el escritorio y depositando sus senos en la madera de éste, lo que le hacía verse totalmente sensual, además portaba una minifalda negra sin medias, por lo que podían apreciarse sus vellos dorados y muy finos, eso me terminó de poner totalmente caliente, así que le dije que le ayudaría con la condición de que tenía que pagarme algo a cambio; sonriendo me contestó que lo que quisiera agregando a su voz un tono sensual que me hizo humedecer la entrepierna, le dije que era simple: quería un beso…

Como siempre sin dejar de sonreír y mirándome con esos ojos que siempre me derritieron, se levantó y rodeando el escritorio se paró frente a mí y yo me hice hacia atrás sentado en la silla giratoria, quedando ella entre el espacio del escritorio y yo. ¿Quieres que te de el beso ahí sentado? Me dijo con una voz melosa que en mis sueños sigue sonando quedito como la canción más bella que jamás haya escuchado, yo poniéndome todo nervioso, me levanté, la tomé de la cintura y teniendo tan cerca esos ojos como de miles de estrellas y esa boca roja-fresa, del color de la sangre que tenía agolpándose en mi cerebro y en mi pene, la recargué en el escritorio y me pegué a su cuerpo tibio, mejor dicho, ardiente porque mis manos se sentían tocadas por miles de brazas ardiendo todas al rojo vivo.

Primero fue un roce con los labios y al sentir su boca entreabierta, no pude resistir más y el yo tímido que siempre tenía frente a mí, se escondió para siempre para dar paso al hombre que se atreve a todo, incluso a besar algo más que esa boca dulce que tenía a mi disposición, así que nuestro beso se prolongó no se cuantos minutos, pero bien pudieron crearse y destruirse algunas estrellas en ese lapso… cuando reaccioné o algo así, me encontré acariciando sus piernas y su grandioso culo apoyado en mi escritorio y ella respirando entrecortadamente aprisionando mi cuerpo con sus piernas, le desabotoné un poco su blusa y mis manos inexpertas exploraron sus senos un poco duros y que se sentían deliciosamente tibios, como su aliento divino de mujer madura, no podíamos seguir así, ya que los demás compañeros aún tenían documentos por entregarme y podrían entrar en cualquier momento, así que acordamos vernos a la hora de la salida, en un departamento que compartía con una amiga.

Aún eran las doce del día y yo veía el reloj cada cinco minutos, ya que aún faltaban unas seis horas para estar frente a esa mujer que me hacía temblar de una extraña excitación como nunca antes había sentido. Me pasé casi todo el día imaginándome todo lo que podría aprender con ella y me tuve que aguantar las ganas de masturbarme pensando en ella, cosa que no me había atrevido siquiera a pensar un día antes. Apenas alcanzaba a darme cuenta del giro que estaba dando mi vida, cuando el reloj dio las seis de la tarde y ya me había fumado un par de cigarrillos, la vi salir radiante por la puerta de salida y agitando en el aire las llaves de la puerta del cielo.

Tomamos un taxi y nos dirigimos al que sería nuestro rincón preferido, llegamos al lugar y apenas cerrar la puerta nos empezamos a besar apasionadamente tocando cada parte de nuestro cuerpo, pero con la pared que significaba nuestra ropa, me tomó de la mano y me llevó a su recámara, juntamos nuestros labios estando de pie y ella empezó a desabotonar mi camisa besando mi cara, mi cuello, mis tetillas, desnudándome poco a poco, se sentó en la cama yo estando de pie, mi verga ya dura y húmeda palpitaba de excitación debajo de mis bóxers, sin dejar de mirarme y en un lapso que a mí me pareció una eternidad fue bajando mi ropa interior hasta que salió mi pene totalmente erecto y ella tomándolo con una ternura y una pasión combinadas, se lo fue metiendo a la boca lentamente hasta devorarlo por completo, después lo sacó lleno de su saliva diciéndome: que rica verga tienes papacito, ¡que cabezona! para después engullirla con ternura violenta, con movimientos que reflejaban su experiencia.

Se la metía con suavidad a la boca y la sacaba con una pasmosa calma, me chupaba los huevos y los mordía suavemente, mientras por detrás me acariciaba el culo formando círculos alrededor del ano, era una delicia mirar su cara de ángel de la lujuria vestida de lencería, yo le acariciaba los senos con ansiedad y locura, poco a poco la fui desnudando también, ella seguía comiéndose mi verga tan deliciosamente que en pocos minutos ya estaba por venirme, mucho debido a su experiencia y un poco debido a mi inexperiencia, ella lo notó porque bajó la intensidad de sus embestidas en mi tranca y tomando mi mano se fue recostando diciéndome en silencio que era mi turno, así que ella se situó en el borde de la cama y yo pude contemplar su hermoso cuerpo maduro cubierto por el encaje, al ver su sexo lleno de vello no pude sino excitarme más de lo que estaba y eso era ya casi imposible, así me puse de rodillas y mi instinto me guió silenciosamente a la entrada de su húmedo sexo que brillaba con la fuerza de los años contenidos.

Tenía un aroma a hembra en celo, agridulce, inexpertamente empecé a pasar mi lengua por los labios exteriores y entre mi lengua sus vellos se hacían hilos de amor transparente con mi saliva y sus jugos, me enloqueció su sabor ligeramente salado y sobre todo ver que ella se frotaba con el dedo índice… seguí en mi tarea de darle lengua ahora más profundamente mientras me decía: ¡así mi niño dame más de tu lengua! Que delicioso me la estás mamando!… miré que su dedo casi desaparecía debido a la rapidez con que se acariciaba, de pronto un grito y sentí que surgía un río de la fuente de su entrepierna, así sucesivamente, olas y olas de sus jugos amargos fueron a dar a mi boca y me los tragué con un poco de dificultad ya que eran abundantes, no sabía que las mujeres tuvieran orgasmos que se notaran tan obvios y eso me encantó de ella, sentir que tiraba de mis cabellos para introducir más mi lengua en los rincones húmedos de su intimidad ahora entregada a mí.

Sin dejar de sujetar mi cabeza, se empezó a mover ella como si fuera mi lengua su juguete sexual preferido, colocó sus pies sobre mis hombros y tomándome de las mejillas se movía como una posesa susurrando cosas ininteligibles, yo trataba de poner la lengua lo más dura que podía y me era difícil respirar en la posición en que estaba, pero yo quería darle todo el placer que pudiera, cuando de pronto, empezó de nuevo a gritar y a moverse aceleradamente hasta que sus jugos abundantes de nuevo fueron a dar a mi nariz y mi boca casi ahogándome, pero ella me tenía bien aprisionado me hacía enloquecer, yo quería que empezara a subir y bajar, pero ella gozaba torturándome con mi palo bien enterrado y dándose dedo, hasta que de nuevo empezó a convulsionarse y sentí que mi vientre, mi pene y mis piernas se llenaban de su líquido de amor caliente mientras me decía: ¿te gusta como te mojo mi niño? ¿Te gusta que tu puta se derrame de esta manera?

Yo sólo sonreía hechizado por esta maestra que me demostraba que no sabía nada de la vida, lo mejor aún estaba por venir ya que ella empezó a subir y bajar lentamente, a veces, sacaba mi verga y se golpeaba con la punta la entrada de su húmeda gruta, de pronto se la metía de nuevo hasta el fondo y hacía círculos con las caderas, como si su culo tuviera vida propia, de nuevo empezaba a subir y bajar con rapidez, otras veces con calma, otras veces los círculos, otras veces me ofrecía sus pezones para morderlos hasta hacerle marcas que ella quería para que la marcara su hombre, me decía, hasta que empezó un ritmo veloz de sus movimientos con sus caderas… y de nuevo hasta el fondo… y de nuevo los círculos… y de nuevo subía y bajaba… y sus ojos… y sus labios rojos y jugosos… y su culo como si tuviera vida propia… y yo me ausenté del mundo y sus habitantes para dejar la estela de una vida láctea que ahora se estrellaba en chorros calientes de una hembra que me despertaba a la sexualidad…

Tardé no sé cuanto tiempo en volver a la realidad al sentir su boca tibia pasando por la punta de mi pene, y sus dientes en mis huevos, luego su lengua pasando de mis huevos a mi ano… Si esto era el paraíso algo bueno hice en la vida para estar aquí… de nuevo tenía la verga dura como una roca, me levanté para colocarla en cuatro patas al borde de la cama… ¡así mi rey, de perrito me enloquece! Decía mientras me ofrecía un culo espectacular que se movía invitándome a sumergirme mientras se acariciaba por debajo… le metí la verga de golpe y ella dio un grito que me hizo enardecer y sentir que mi sangre cambiaba de colores y que yo no era yo, sino que alguien utilizaba mi cuerpo para darle placer a esa mujer que ahora estaba dispuesta a entregarse como pocas…

Así empecé un ritmo acelerado de mete saca, rápido y furioso, sin tregua, sin parar, yo creo que no tardé mucho, pero cuando ella me decía: ¡de nuevo papito, de nuevo papito! Y sentía sus primeros jugos resbalando por mis piernas, no pude más y le empecé a descargar mi semen mientras le decía: ¿quieres mi leche? ¡Tómala toda! ¡Tómala toda! Yo ya gritaba fuera de mí, incluso esas palabras me parecían extrañas saliendo de mi boca, pero era nuevo para mi alcanzar la gloria al mismo tiempo que mi amante, eran todas las primaveras brotando de sus piernas y todas la flores chorreando por mi pene… ella se dejó caer extendiéndose sobre la cama conmigo encima, así sin sacar mi pene me quedé dormido encima de ella, soñando con todos los mundos que aún faltaban por explorar…

Autor: Diamantes_de_dolor

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