Mi primera vez

Conocí el tamaño, forma y sabor de todas y cada una de las pollas de los chicos y pasé a ser la chica más invitada a merendar primero, comer más adelante y cenar cuando había disponibilidades económicas. Me convertí en una adicta del sexo, me encantaba practicarlo, sentir dentro de mi una buena polla, cuanto más grande mejor, nunca decía que no a tener una buena tarde de sexo.

Con unos cuantos años cumplidos, 18, mis pechos muy firmes, con sus pezones morenos y casi siempre puntiagudos, tiesos, empezaron a llamar la atención de los chicos. Sentir sus miradas en mi cuerpo y ver sus ojos de deseo hacía que me excitara, que mis pezones se pusieran duros, que sintiera un peculiar picorcillo en mi coñito, una humedad que desde entonces no me ha abandonado y se ha convertido en mi compañera constante, pues salvo muy contadas ocasiones estoy permanentemente húmeda, algo que excita sobremanera a mis compañeros sexuales.

Mis primeros escarceos amorosos o sexuales fueron como todas, besos con lengua, manoseos en mis pechos, lo cual lo único que conseguían es que volviera a mi casa húmeda, nerviosa e insatisfecha, con deseos de algo más. En ese tiempo me convertí rápidamente en la “putilla” del barrio, era una “tía que traga, que se deja”, como comentaban los chicos entre si, lo cual hacía que me invitaran uno tras otro a merendar, al cine o a dar un paseo por algún parque. En poco tiempo me habían besado y manoseado todos los chicos de mi edad del barrio.

Al poco tiempo empecé a llamar la atención de los chicos mayores, los de 20,21, seguramente por los “comentarios” que se hacían sobre mí en el barrio y, supongo, que también por la ropa que empecé a usar. Llevaba los shorts más cortos y apretados marcando la forma de mi coñito, las minis más pequeñas, nunca usaba sujetador con lo que mis pezones se marcaban provocativamente ayudados por su permanente dureza, fui la primera en el barrio que usó tangas que dejaban mis nalgas al aire y me provocaban una excitación añadida.

La primera vez que me invitó a salir uno de los mayores, me llevó a merendar y luego al cine. En la merienda ya me empezó a acariciar los muslos desde la rodilla a mi mini, con lo que se quedaba a escasos centímetros de mi coñito. El placer me empezó a inundar enseguida, sentir esa mano acariciarme el muslo, subiendo y bajando y quedándose a escasa distancia de mi coito me hacía temblar de placer y tener pequeños escalofríos que él notó.

¿Te gusta?, me preguntó sin dejar mi muslo. Si, le respondí como en un suspiro. Su mano avanzó un poco más y tocó mi tanga que ya estaba mojado. Joder, estás mojada ya, mira que eres puta. Si ser puta es que te guste que te acaricien y besen lo soy y mucho, le dije. Si, ya se sabe en el barrio que eres una putilla facilona. Con cuántos has follado hasta ahora, según lo que se comenta por el barrio, te has pasado por la piedra a todos tus amigos. Es mentira, con ninguno, follar con ninguno, sólo besos y caricias en los pechos. ¿Nada más? ¿No has acariciado ninguna polla? No, nunca. Bien, pues vamos a arreglar todo eso esta tarde. Cuando llegues a tu casa esta noche, vas a haber no sólo tocado polla sino chupado y follado. ¿Quieres?

Durante unos segundos le miré fijamente a la cara, pensando en lo que me acababa de decir y en las ganas que tenía. Si, le dije, quiero hacer de todo, quiero ser tuya.

A continuación me llevó al cine que tenía fama de ser el de las parejitas y nos sentamos en la última fila. En cuanto nos sentamos se inclinó sobre mí y me empezó a besar y desabrochándome la camisa que llevaba me acariciaba los pechos, magreándolos, apretándome los pezones, que a estas alturas me dolían de los tiesos y tirantes que estaban los pechos, su boca dejó la mía y bajó a mis pechos, se metió mi pezón izquierdo en la boca, dándole pequeños toques con la punta de la lengua, rodeándolo con la misma y empapándolo en su saliva.

Su mano derecha me empezó a acariciar el coño, sin que mi pequeñísima mini le estorbara lo más mínimo pues con los ajetreos de los besos y manoseos se había subido un poco dejando mi tanga a la vista. Empecé a gemir en cuanto sentí su mano acariciarme por encima del pequeño triángulo del tanga, enseguida me lo deslizó hacia abajo, ayudándole yo a quitármelo del todo. En cuanto tuvo el camino libre comenzó a acariciarme el clítoris proporcionándome un placer que me hizo gemir continuamente, gemidos que se apresuró a amortiguar con su boca, sentía un calor enorme allí abajo, un placer como nunca hasta ahora había sentido, y me sentí mujer.

Interrumpió sus caricias para bajarse el pantalón y sus calzoncillos y dejar al descubierto su polla, ya tiesa y apuntando al cielo. La visión de esa polla me excitó sobremanera; a pesar de mis múltiples actividades sexuales nunca había visto una así, tiesa, las había visto en reposo, pues en el último verano había ido con mis amigas a una playa nudista que quedaba cerca de dónde iba mi familia de veraneo, con el deseo de ver a los hombres desnudos. Ahí volví a darme cuenta de lo que gustaba mi cuerpo a los hombres, los labios morenos y abultados de mi coño atraían más miradas que los de mis amigas y veía el deseo en sus miradas, era como si me dijeran las ganas que tenían de follarme. En cuanto tuvo su polla libre llevó mi mano hacia ella y la cogí con deseo, la acaricié, la manoseé hasta que me cogió de la nuca y empujándome hacia ella me dijo “chúpala”.

Me incliné y la empecé a besar en la punta, donde la sentí húmeda, mojada, mientras la besaba la acariciaba en la parte de abajo, Juan que así se llamaba, me dijo, “métetela en la boca”

Así lo hice y mientras se la mamaba él comenzó a acariciar mi culo y muy lentamente se fue dirigiendo hacia mi coño que lo esperaba ardiendo de deseo, sentía un calor enorme en el centro del mismo, un deseo de sentir algo dentro, lo comenzó a acariciar despacio siguiendo la línea de mis labios, bajó hacia el centro del mismo y me metió un poco uno de sus dedos pero sin profundizar mucho, sólo la punta del dedo, mojándolo con mis jugos y acariciándome el clítoris a continuación. Con su mano en mi clítoris y su polla en mi boca sentí mi primer orgasmo, me dio un estremecimiento de gusto y placer que me hizo soltar un gemido algo fuerte, a pesar de la polla de Juan en mi boca y que hizo que nos miraran todos los que estaban en la última fila y de otras filas más allá, debió ser ahí cuando ya fui para todo el barrio la puta de Mary.

Al sentir que me corría Juan dijo: “Joder, ya te has corrido, mira que eres puta” Mientras yo seguía chupándole, a pesar de que me dolía la boca de tenerla tan abierta, empecé a sentir unas pequeñas convulsiones en su pene y entonces él me interrumpió, tirándome de los pelos para que dejara de mamarle.

Le miré y me dijo que me sentara encima de él. Me colocó de espaldas a él y me dijo que fuera bajando poco a poco. Su mano movía su polla por mis labios, desde mi clítoris hasta la entrada, se empapaba de mis jugos y de mi corrida y volvía a mi clítoris, así sentí mi segundo orgasmo, me abracé a él apretando los pechos contra el suyo y mi boca contra la suya para amortiguar el grito que salió del fondo de mis pulmones.

En ese momento cuándo todavía sentía los estremecimientos del orgasmo en mi vientre, colocó su polla en la entrada de mi coño y me empujó de las caderas metiéndola entera dentro de mi coño,  el dolor que sentí fue terrible cortando mi orgasmo de golpe, fue como si me partieran por dentro, me quedé paralizada con la boca abierta de par en par y tapada por la boca de Juan. Poco a poco fue pasando el dolor y empezó a venir el placer, sentirme llena de su polla, dilatada, me producía un placer desconocido, el más fuerte que había sentido hasta entonces, salvo el de mis dos primeros orgasmos.

Poco  a poco, muy lentamente, mientras Juan me acariciaba los pechos empecé a moverme, sintiendo como esa polla se deslizaba arriba y abajo de mi coño, casi enseguida comencé a sentir un placer enorme, que ocupaba todo mi cuerpo, que empezaba dentro de mí, en mi columna y llegaba a mi coño estallando dentro de él. Fue mi tercer orgasmo y el más satisfactorio y profundo de los tres, fue tan intenso y gustoso que en ese momento me convertí en una adicta a ese placer, desde entonces no he podido pasar más de un día sin sentirlo, sin gozar tan intensamente como esa vez, con la ventaja de no tener que aguantar el dolor previo.

Mientras me corría sentí como Juan lo hacía dentro de mí, sentí su semen derramarse en mi interior, proporcionándome un extra de placer. “Salte” me dijo al poco tiempo cuando ya su polla se había empequeñecido en mi interior. Me levanté y me senté en mi asiento arreglándome las ropas pues mi mini estaba en mi cintura y mi camisa completamente abierta.

Cuando salimos del cine nos fuimos a un parque en donde buscamos un lugar alejado de la entrada, tumbándonos en el césped. Nada más tumbarnos Juan me volvió a desabrochar la camisa y comenzó de nuevo a acariciarme los pechos, besarme apasionadamente, me desabrochó la mini y me la quitó. Me di cuenta que no llevaba el tanga, lo había olvidado en el cine, el primero de los muchos tangas que he perdido desde entonces en cines, parques, casas, coches, etc.

Sin mini, con la blusa completamente desabrochada estaba prácticamente desnuda del todo, me abrí de piernas y me ofrecí con ganas, con deseo. Esta vez todo fue más rápido y directo. Juan en cuanto vió mi sexo mojado, hinchado y abierto para él, se desabrochó los pantalones y sacándose la polla se tumbó encima de mí, metiéndomela de un solo empujón.

No había pasado ni un minuto cuando me volví a correr, apretándome contra Juan, abrazándole fuertemente y besando su boca para amortiguar los gritos de placer que salían de mi garganta. Joder, Mary, pero qué fácil te corres, que gusto das, que calor tienes en tu coño… Ven, ven cariño, vente otra vez en mí, me encantó antes sentir tu semen saliendo dentro de mi.

Juan aceleró sus embestidas y cuando sentí sus contracciones y su semen golpeándome el fondo del coño volví a correrme, las contracciones de mi coño en el orgasmo apretaban la polla de Juan dentro de mí y me daban más placer prolongando mi orgasmo.

Nos quedamos un rato descansando. Me vestí y me llevó a casa, donde esa noche dormí profundamente como nunca lo había hecho hasta entonces, relajada, satisfecha.

A partir de ese día me convertí en la auténtica puta del barrio, por mi cuerpo pasaron todos los chicos del mismo. Conocí el tamaño, forma y sabor de todas y cada una de las pollas de los chicos y pasé a ser la chica más invitada a merendar primero, comer más adelante y cenar cuando había disponibilidades económicas. Me convertí en una adicta del sexo, me encantaba practicarlo, sentir dentro de mi una buena polla, cuanto más grande mejor, nunca decía que no a tener una buena tarde de sexo, unos buenos magreos en mis pechos, me dejé besar, acariciar y follar por todos los chicos que me invitaban a salir, y desde esa primera vez, como ya he dicho, me fueron invitando uno tras otro para divertirse con mi cuerpo.

Supe que me llamaban la puta del barrio y que me querían sólo para sexo, que ninguno quería ser mi novio, pero era algo que no me importó, ellos me usaban y yo aprendí a usarlos a ellos para mi placer, sin falso moralismo y sin vergüenzas.

Desde entonces, aún cuando suene exagerado puedo asegurar que no ha pasado ni un solo día en mi vida en que no haya tenido relaciones sexuales, afortunadamente era y soy multiorgásmica y con mucha rapidez para tener mis orgasmos, lo que me ha hecho disfrutar de miles de ellos a lo largo de todos estos años desde aquella tarde-noche en que sentí mis primeros cinco orgasmos.

Autora: Mary

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Virgo en el inquilinato

Aunque ella abría más las piernas y hacía movimientos para que se lo metiera más adentro yo evitaba las ganas de metérsela de un solo tirón. Así fui entrando y saliendo hasta que llegué a su himen, no lo pensé más y se la metí hasta lo más profundo de sus entrañas. Un polvo gigantesco se me vino como desde la cabeza y me agarré con las manos, como si fuera un náufrago, de sus hombros.

Yo tenía por esa época 26 años. De noche iba a la universidad a estudiar biología y de día era profesor en una escuela secundaria. En esos días me había separado de mi mujer y me había ido a vivir a una alcoba que me alquiló una familia. Todo mi patrimonio era mis conocimientos y una motocicleta tipo Lambretta en la que me movilizaba durante mis actividades diarias.

Mi nueva vivienda estaba ubicada en un barrio más bien modesto, habitado por obreros y oficinistas menores. La familia que me dio hospedaje era numerosa y los hijos menores eran ya adolescentes. Provenían de un pueblo pequeño de la costa de donde habían salido en busca tal vez de mejores oportunidades en una ciudad más grande. Yo salía diariamente de la universidad a eso de las diez de la noche. Algunas veces pasaba a visitar a mí ex mujer a la que trataba de recuperar. En otras me iba para mi hospedaje. Cuando llegaba, generalmente la gente de la casa ya se estaba yendo a dormir y solamente una de las hijas se quedaba en la mesa del comedor que al mismo tiempo era su mesa de estudio.

La muchacha me saluda muy amablemente cuando yo llegaba y fue cuando entonces empecé a notar que sonreía y me miraba de forma coqueta. Ella debía tener unos 18 años y cursaba el décimo año en la escuela secundaria. Para su edad estaba más bien atrasada en sus estudios. Era una mujer de buena estatura, de pelo negro rizado y unos ojos grandes también negros. De cara no era muy atractiva pero se le notaba un buen cuerpo del que se destacaban unas nalgas preciosas. Sus senos eran medianos, su boca carnosa y su piel trigueña. Se llamaba Andrea.

Pero lo que ha de pasar pasa y llegó el día en que las relaciones entre Andrea y yo empezaron a cambiar. Una vez después del saludo usual me hizo el comentario que tenía unos temas de química que no entendía muy bien y que esto la estaba atrasando en sus estudios. Esto lo dijo con una mirada bastante coqueta que me puso en alerta de que ella quería algo más que mi ayuda como profesor. De ahí en adelante comencé a ser más simpático con ella y me ofrecí a explicarle los temas de química que necesitaba.

Empecé a salir de la universidad directo para mi vivienda para darle clases de química a Andrea quien había aceptado mi ofrecimiento. A medida que fuimos entrando en confianza comencé a preguntarle si tenía novio. Me sorprendió que me dijera que no había tenido ninguno. Le pregunté a donde le gustaba ir a bailar pero me confesó que no tenía amigos que la invitaran. Todas las preguntas que le fui formulando apuntaban a la misma conclusión: esta mujer era virgen.

Después de una semana de clases, noté como Andrea se sentaba a estudiar ya no con el uniforme del Liceo sino en bata de dormir. Entonces empecé a hacer avances más bien lentos pero seguros. Yo le decía lo rico que sería darle un beso, insinuación que fue aceptando de buena gana. Luego noté que no usaba brasier debajo de la bata de dormir, lo que me permitía verle bien los senos cuando me acercaba a explicarle sobre el cuaderno de notas. Comencé entonces a acariciarle las tetas, al principio por encima de la bata y luego las tomaba completamente entre mis manos y le pellizcaba los pezones, que se ponían duros y eran grandes como de mujer negra.

Días después cuando nos asegurábamos que todos se habían retirado a sus aposentos, nos íbamos a un pasillo que había entre el comedor y mi cuarto y ahí empecé a chuparle las tetas, me sacaba la verga, se la ponía en sus manos para que la acariciara y se la frotaba contra su cuerpo para que la sintiera. Andrea me decía que nunca había estado con un hombre y que no quería correr ningún riesgo Yo le decía que no se preocupara que había otras maneras de gozar sin correr los riesgos de un embarazo. Yo notaba como ella me miraba y se excitaba al ver mi verga bien parada. Yo la abracé con pasión y la besé mientras recorría su cuerpo. Suavemente palpé sus senos mientras ella me abrazaba con gran excitación dejando que le hiciera mis caricias por todas partes. La amplitud de su bata de dormir facilitó que mis manos llegaran hasta sus muslos y pudiera palpar esas nalgas espléndidas, que eran mejores de lo que me había imaginado. Levanté su bata y puse mi verga directamente entre su panty para que se fuera acostumbrando.

Mientras tanto mis manos buscaron sus labios vaginales por entre el panty buscando como llegarle con mis dedos directamente a su raja para meterle mi dedo índice adentro. A veces nos sobresaltábamos cuando oíamos algún ruido y nos separábamos momentáneamente hasta comprobar que nadie venía. Otras veces, cuando presentíamos que estábamos en peligro de ser pillados, ella huía rápidamente y se metía a su habitación y yo a la mía, pero siempre con el deseo intacto para reanudar nuestra relación en la noche siguiente.

Día a día nuestras conversaciones se hacían más calientes y un día sin más rodeos le dije que quería que se metiera mi verga en su boca. Ella aceptó y solo de pensarlo mi verga se puso tiesa como un tubo metálico. Nos escondimos en un rincón del pasillo, me saqué la verga y ella se arrodilló. Se la notaba nerviosa y curiosa a la vez. Mi verga apuntaba directamente a su boca. La cogió con su mano y la subió para mirar por debajo y descubrir mis huevos. Los acarició mientras me miraba a los ojos. Se acercó como a oler mis genitales y finalmente me dio un beso en la punta. Luego comenzó a lamerla y a humedecerla con su saliva. Siguió lamiendo de abajo a arriba, suavemente. Luego empezó a concentrarse solo en la cabeza de mi verga, lamiéndola y succionándola con sus labios.

Andrea empezó a mordisquear mi pene suavemente. Luego se concentró en mis bolas. Las sacó bien de entre los calzoncillos y se puso a lamerlas mientras con su mano me masturbaba con suave entusiasmo. Le dije entonces que estaba a punto de derramarme, que le iba a echar el polvo en su boca y que debía aprender a tomárselo y a limpiar luego mi verga sin perder una sola gota. Este comentario la arrechó aún más y volvió a mamar con mucho entusiasmo. No pude contenerme más y un polvo descomunal espeso y caliente se derramó en su boca. Ella siguió chupando y tragando. Se lo tomó todo y me miró como buscando mi aprobación. Le acaricié la cara, le dije que lo había hecho muy bien pero que tenía que practicar más. Ella asintió con una sonrisa, me beso y huyó hacia su cuarto.

Siguieron muchos días donde veía como Andrea se volvía una adicta a mi verga y disfrutaba enormemente tomándose mi semen. Comprendí que estaba lista para avanzar a otra experiencia. Mi objetivo fue entonces su culo. Le dije entonces que ya era hora de que aprendiera otras emociones sin correr ningún peligro. Le pedí una noche que se subiera la bata para verle bien su cuerpo y comprobar si era tan bonito como yo creía. El espectáculo que vi hizo que pensara que valía la pena seguir avanzando despacio como había planeado. Contemplé una figura escultural producida por una cintura estrecha, un vientre plano y unas nalgas muy provocativas. Hice que se quitara los pantys y se hiciera de espaldas a mí y mientras le cogía sus tetas con mis manos le restregaba mi verga entre sus nalgas. Bajé una de mis manos hasta alcanzar su chocha y noté una humedad creciente y viscosa. Comencé entonces a tocarle el clítoris y eso la aceleró y comenzó a moverse y a jadear.

Despacio le introduje un dedo en su chocha mientras ella gemía y se movía como si estuviera haciendo el amor con mi dedo. Cuando se calmó un poco seguí besándola lamiendo sus tetas para luego bajar y lamer sus muslos y el pelo de su pubis, hasta que mi lengua llegó a sus labios vaginales. Subí un poquito y toque su clítoris con la punta de la lengua. Olía sabroso. Cuando lo hice Andrea produjo un orgasmo que la hizo arquear de placer. Me llamó la atención que sus ojos estuvieran enrojecidos pero entendí que por su cuerpo había pasado como una tormenta de lujuria. Me puse de pie mientras ella buscaba afanosamente mi pene para metérselo en su boca. Era como si quisiera comérselo todo entero. Le dio un fuerte beso a la cabeza de mi polla, me levantó los testículos y se introdujo los huevos en su boca, uno por uno. Su lengua recorría toda mi verga, la llenaba con su saliva y volvía a acariciarme los testículos. Andrea lamía y me miraba profundo a los ojos, y volvía a lamer, pasaba una y otra vez su lengua de abajo arriba, y se tomaba cualquier chorrito de semen que tratara de escapar por la cabeza de mi polla. No aguanté más y moví mi verga entre su boca hasta descargarle un chorro tibio y espeso de leche blanca.

A la noche siguiente la oportunidad fue única pues sus padres y algunos de sus hermanos se fueron para una fiesta familiar. La besé en la boca y en sus tetas. Me arrodillé y le acaricié su clítoris con mi boca hasta que sus labios vaginales se inundaron de placer. Unté mi mano de sus líquidos, la volteé un poco y se los unté entre sus nalgas. Le dije entonces que abriera las piernas, se doblara por la cintura, estirara los brazos y se apoyara con las manos en el suelo. El culito de Andrea era totalmente virgo, así que sintió algo de molestia cuando le metí primero un dedo y después otro. Pero vi que le gustó y entonces puse mi polla en la entrada de su ano y empecé a penetrarlo muy despacio. Yo pude ver la cara de ansiedad de Andrea pensando en que le iba a dolor o que no podía entrar, pero seguí empujando. Cuando la mitad de mi verga estaba dentro de su culo ella misma ayudaba con sus nalgas a que entrara más adentro. La tomé de las caderas y se la metí de un golpe.

Andrea lanzó un gritó por fortuna más bien sordo pues nadie se despertó y comencé entonces a metérsela y a sacársela hasta que vi que estaba pasando del placer al dolor. Me detuve y se la saqué lentamente. Ella en un gesto de ternura y como de agradecimiento, se volteó, acercó mi verga a su cara y se puso a acariciarla con su boca. Le dio muchos besos y la lamió toda. Le pregunté que donde quería que le echara el polvo y sin dudarlo respondió: “En el culo”. Naturalmente que cumplí con sus deseos.

En las semanas siguientes nos dedicamos a ensayar todo mi repertorio de sexo oral y anal. Andrea era una alumna muy competente. Mi paso siguiente fue convencerla que debía visitarme en mi alcoba para poderle acariciar bien su raja. Al fin ese anhelado día llegó y una noche también propicia ella accedió a entrar a mi cuarto con la promesa de que no la fuera a embarazar. Yo estaba preparado con mis condones pues era consciente de que me podía meter en un problema. La desnudé y la metí a la cama. La acomodé de espaldas, me quité yo también la ropa y me acosté sobre ella. Se notaba nerviosa pero jadeante.

Le puse mi verga en sus manos mientras le besaba las tetas. Luego uno de mis dedos comenzó a explorar su vagina, a tocar su clítoris y a comprobar que estaba bien lubricada. Le dije que me la mamara antes de ponerme el condón. Le abrí y le flexioné las piernas para que su chocha quedara completamente expuesta y abierta. Sus labios vaginales se veían rosados y húmedos. Coloqué la punta de mi polla en su raja totalmente mojada y caliente. Entonces empecé a penetrarla mientras ella me sujetaba de mis caderas y con miedo pero con decisión me empujaba hacia ella. Estaba muy estrecha a pesar de estar bien lubricada. Tenía que actuar con delicadeza para no espantar a la liebre.

Aunque ella abría más las piernas y hacía movimientos para que se lo metiera más adentro yo evitaba las ganas de metérsela de un solo tirón. Así fui entrando y saliendo hasta que llegué a su himen. Cuando lo encontré ya no lo pensé más y se la metí hasta lo más profundo de sus entrañas. Un polvo gigantesco se me vino como desde la cabeza y me agarré con las manos, como si fuera un náufrago, de sus hombros. Me quedé como dormido por un par de minutos y me bajé de mi potra zaina. Andrea mostraba una sonrisa espléndida. Me besó en los labios, se puso su bata de dormir y en puntillas regresó a su cuarto.

Fueron como dos meses más de practicar un sexo delicioso. Hacía como cuatro meses que había comenzado a darle a Andrea unas clases de Química, de las que solo aprendió y con notable rapidez a manejar todas las vocales del sexo. El apetito sexual de Andrea estaba desbocado y presentí que su entusiasmo por mí podría conducir a compromisos que no me interesaban. Pocos días después hablé con su madre y le dije que estaba precisamente cumpliendo mes y que le desocupaba su cuarto. Ese mismo día empaqué mis pertenencias y me fui antes que Andrea regresara del Liceo. Ella me estuvo llamando después a donde yo enseñaba.

Siempre inventé excusas para no verme más con ella. Después de muchos intentos no volvió a llamar. Unos años después nos encontramos por casualidad en el centro de la ciudad. Saludé y seguí de largo sin detenerme. No volví a saber de ella. Mejor así pues yo regresé a vivir con mi mujer.

Autor: OG

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