Uriel

Mi niño estaba enardecido y bombeaba. Sacaba y metía. Yo arrimaba el mentón sobre la roca, comencé a sentir el estremecimiento en los huevos, ese que produce el semen cuando está por escupir hacia fuera. Mis testículos produjeron tanto esperma que corrieron por los conductos de mi verga y escupieron hacia el agua. Logré ver a mis espermatozoides ser llevados por la corriente del arroyo.

Amigos: hoy es mi última narración acerca de mi vida actual. Recuerdo detalles de mi “primera vez” con 44, cuyo relato fue el primero, el inicial. Aquella vez, pensé que sería el único. Fue entonces, cuando descubrí la necesidad de compartir con alguien. Los elegí a ustedes a través de un medio que parece frío: Internet. Lo experimenté como un espacio en el que existe la posibilidad cierta de que las personas se encariñen entre si. Ustedes me han “domesticado” como le dice el zorro al principito de Saint-Exupéry. Me sentí acompañado por los lectores. Varias veces me enviaron mail o escribieron sus comentarios al pie de mi historia.

En aquel tiempo “44” tenía 41 y yo apenas 21. Hoy, faltan días para que cumpla 45. Fue en una playa de la costa atlántica argentina, en los primeros días de febrero. Nos dimos cuenta de que no podíamos detener el impulso que cada uno sentía por el otro. Durante todo el año anterior, mis ojos claros lo buscaron insistentemente. Cuando él hablaba me sorprendía mirándole  los labios. Mi mirada se detenía en la suya, que al principio escapaba esquiva y con los meses se fue acostumbrando. Me comenzó a gustar que sus manos gruesas despeinaran mi negra cabellera y sus dedos, cual si fuesen tenazas, me atrapara mi blanca y respingada nariz.

En ese tiempo era compañero de facultad de Nicolás, su hijo mayor, quien me abrió la puerta de su casa. Cuando miré  por primera vez a su papá: me fascinó. Alto, atlético, con sus cabellos castaños y lacios siempre despeinados.  Su piel bronceada que le exalta la belleza. Sus dientes blancos y perfectos que lucen en una permanente sonrisa. Sus ojos, ellos son una trampa implacable. Son verdes y de un mirar bondadoso. Él se había dado cuenta de mi atracción por su persona. Huía. El hecho de que huyera en lugar de rechazarme me llenó de esperanza y me transformé en cazador. Busqué atrapar la presa y la hora llegó.

Les recuerdo que como instrumento de caza tengo una cara de niño bonito, buenas piernas, pero sobre todo un culo redondo y paradito. Glúteos que siempre han llamado la atención. Nicolás me había invitado a pasar las vacaciones con su familia en un pueblo de la costa. Una tarde, la hora culmen de la caza llegó. En la casa de veraneo quedamos solos 44 y yo. Veníamos del mar y su familia había salido de compras. Él se duchó y salió del baño desnudo, tan solo con slip. Encendió un cigarrillo, se recostó en el sillón y se puso a ver televisión. Entré a ducharme. Estaba excitado de haber contemplado su desnudez. Después de enjuagarme se me ocurrió una idea.

Salí completamente desnudo con un toallón en los hombros. Mientras me secaba, le di la espalda a propósito, mientras fingía ver televisión. Mi culo quedó expuesto. Con un pie me rascaba el otro y ese movimiento me obligaba a parar la cola. Esperé “algo” y ese algo llegó a través de un comentario lleno de picardía. 44 me dijo: “¡qué culazo que tenés pendejo!”. Fue la excusa que necesité. Tiré el toallón y me lancé desnudo al cuerpo desnudo de 44. Comenzamos una luchita. Continué “el juego” y pidiéndole que silbara le tomé con mis manos sus testículos. Descubrí que él tenía su pija erecta. Su pene estaba parado, duro.

Cuando sintió que le había atrapado sus genitales se sintió descubierto y se volvió loco. Me metió la mano en el culo. No reía. Jadeaba. La presa estaba atrapada. Se sacó el slip y lo tiró contra el piso. Me llevó de los cabellos hacia su miembro y le di la primera de tantas ordeñadas que le haría con los años. Chupaba golosamente ese caramelo. Lamía el glande, el tronco, los huevos. Pasaba mi lengua con delicadeza extraordinaria sobre la cabeza de su verga. Luego la tragaba entera y así reiteradamente. 44 gemía. Luego me puso de costado e intentó penetrarme, pero me dolió tanto que grité. Fue al baño y volvió con crema hidratante, la misma que descansaba su piel en la playa.

Me untó crema en el culo, me lubricó el esfínter. Se puso arriba mío y con su mano dirigió su tronco contra mi ano. Era nuevo en eso. No tuvo cuidado. Enterró su pija prácticamente de una vez. Estaba enloquecido. Era su primera experiencia homosexual. Bombeó, gimió, yo apretaba los dientes aunque en ese mismo momento sentía el placer de ser penetrado por un macho que vivía como tal. Derramó su semen dentro de mí. No me dio tiempo a mi orgasmo. No se dio cuenta. Luego del coito, se llamó a silencio. Me di cuenta de que estaba avergonzado. Yo sabía que era el comienzo de una larga tormenta. Sentía la satisfacción del cazador y me dispuse a disfrutar la presa.

Una relación hermosa de 3 años. Me sentí amado y protegido y devolví con amor y sexo. 44 quedará en mi vida para siempre. Ya es parte mía. Nunca lo olvidaré. Pero como les conté. La relación fue tormentosa. Hubo excitación, deseo, ternura, confidencias, pero también hubo subordinación, prepotencia, dominación y sobre todo: infidelidad. 44 está casado con una médica maravillosa: Salomé. Una mujer extraordinaria a la que mencioné muchas veces en mis relatos y le otorgué un capítulo aparte. El problema es, que Salomé no solo es su esposa sino que fue transformándose en mi mejor amiga. Eso influyó decididamente en mis afectos.

Cada vez que me acostaba con su esposo sentía la crueldad de mi engaño hacia ella. Sumaba el hecho de que 44 ama a su mujer. Hoy estoy seguro que yo podría renunciar a cualquier hombre, pero no aceptaría perder a mi amiga. El hijo menor de la familia estuvo desde siempre en la casa, incluido el día que fui por primera vez. En aquella oportunidad, apenas era un adolescente al que ni siquiera llevé el apunte. Uriel, así se llama, entró en mi vida hace un año. El hijo menor de 44 y Salomé es alto como su papá y de facciones parecidas.

Tiene 19 años, piel bronceada, ojos verdes achinados. Una verga como la de su progenitor y un trasero redondo y levantado. Piernas de futbolista (deporte que practica con pasión). El muchacho hereda de su madre una larga cabellera rubia que le cuelga como hilos de oro y  unos labios gruesos y sensuales. Comparte con su mamá una serie de ideales como la solidaridad, la honestidad, la verdad, la justicia y el amor por los pobres. Es inteligente y maduro. Estudia abogacía. Uriel se enamoró de mí e insistió a pesar que le rechacé en varias oportunidades. Un día tuve sexo con él, otro día me enamoré de él y otro, su padre nos descubrió en su casa, en una escena pasional.

Rafael es un gendarme amigo de la infancia de mi padre. Me confesó hace poco su condición gay. Además supe por él, que papá es su amor no correspondido desde hace 25 años. Esa revelación me conmovió totalmente y fue logrando una mutua seducción. Tuve sexo con él en dos oportunidades. El militar es soltero y me ha propuesto formalizar una pareja. Quiere pedir un traslado y que nos vayamos a vivir juntos, lejos de mi entorno. El sabe que Uriel es mi novio y que siempre que nos quedamos a dormir en su casa, tenemos relaciones sexuales. Una noche Uriel y yo nos quedamos a dormir allí. Estábamos en la habitación “entregados al placer, cuando la puerta se abrió.

Los dos miramos hacia ella. No podía creer lo que veía: Rafael completamente desnudo se dirigía hacia nosotros. Dijo: “¿puedo?”. Su intención era gozar de un trío. Mi novio y yo nos miramos. Uriel reaccionó e interrogó: “¿Qué estás haciendo?”, el militar dijo: “¿puedo acostarme con ustedes? ¿Puedo participar?”. El hijo de 44 se puso de pie, lo miró furioso y luego me dijo: “Emmanuel nos vamos de aquí. Vístete”. Mientras se vestía yo permanecía inactivo. Entonces Uriel me dijo: “¿qué esperas para vestirte? ¡Nos vamos inmediatamente de esta casa!” Rafael me miraba sorprendido. Yo no reaccionaba”.

Miré al muchacho y miré al gendarme. Ante la inminente partida de Uriel, el soldado me clamaba con sus ojos que no me marchase. Llegó a murmurar “quédate”. Uriel nos miró sorprendido y confundido. El benjamín de Salomé, en silencio me alcanzó la ropa y me la puse. Después  estiró su mano y me dijo: “vamos”. Me aferré a esa mano y mientras nos retirábamos de la habitación miré al militar. Rafael bajó la cabeza y se rindió.

A los dos días, al salir del colegio en el que trabajo, me esperaba 44: “Emma,  necesitas hablar con tu padre. El sabe la verdad de tu condición sexual. Rafael habló con tu papá. No pienses mal del milico. Parece que lo hizo con buena intención”. Le pregunté: “¿cómo sabes todo esto?”. Me respondió “El gendarme le dijo a tu padre en que situación te encuentras. El miedo que tienes de confesarles la verdad acerca de tus opciones. El terror que tienes de mostrarte a ellos como sos. Le contó acerca de tu generosidad de renunciar a disfrutar de lo tuyo para no hacerlos sufrir. Para no decepcionarlos.

Le dijo que eso no podía seguir así, y que un padre lo es, sea la condición que sea la que vive el hijo. Le dijo que sos un excelente muchacho y que está en sus manos que seas feliz”. Estaba muy perturbado y volví a interrogarle: “Pero… ¿cómo sabes todo esto?” 44 continuó: “Porque también le dijo que tu novio es Uriel. Le dijo a tu padre, que mi hijo está lleno de valores. Tu padre lloró. Cuando yo entraba a su oficina el militar salía de ella. Llegué en el momento oportuno. Tu padre me recibió afligido y aprovechó de desahogarse. Me preguntó si yo sabía algo de vos y de Uriel. Le respondí como se había enterado y me habló sobre la visita de Rafael.

Me senté y compartí con él la experiencia de tener un hijo gay. Le conté que estaba orgulloso de mi Uriel. Le recordé que él tenía que estar igualmente orgulloso de vos, porque sos un tipo  íntegro…en fin, yo, mejor que mucha gente, se lo bueno que sos”. La oficina de mi padre me pareció más lejana que nunca. Siempre supe lo conservadores que son mis padres. Hoy sé que papá llegó a renunciar a un gran amor para no contradecir las pautas sociales. La formación que nos dieron a mi hermana y a mí, ha sido la clásica de un hogar católico: con muchos valores, pero también con algunos prejuicios.

Toqué su puerta e ingresé. Nuestras miradas se encontraron y ninguno de los dos dijo nada. Observando la tristeza de mi padre solo atiné a decir: “papá, vengo a pedirte perdón por la frustración que sientes…pero todo lo que te dijo Rafael es cierto…no es mi culpa, tampoco la tuya ni la de mamá…no se que pasó…soy así, y si quieres que me vaya de casa, te comprenderé…” Papá no hablaba. Cerró sus ojos y dos gruesas lágrimas se le corrieron por las mejillas. Luego me llamó con sus brazos, puso mi cabeza sobre su pecho, me abrazó fuerte y mientras sollozaba decía: “¡mi chiquito!, hijito te quiero mucho, perdóname que hayas tenido que dar vos la iniciativa”.

Nos abrazamos y lloramos juntos. Nunca lo había sentido tan padre como en ese momento. Hablamos mucho tiempo. Le contaba cosas tan escondidas en mi vida y él me miraba sereno a los ojos. Le pregunté si mamá lo sabía. Me dijo: “Es hora de decírselo, es una buena madre para estar ocultándole lo importante. Lo importante sos vos. Vamos hijo. Aunque para ella sea una sorpresa fuerte es necesaria la verdad. Ah! Me olvidaba. Rafael ha sido trasladado. Dice que no sirve para las despedidas. Viaja este fin de semana. Me pidió que entraras en tu correo, que allí te saluda…anda, lee eso mientras yo me preparo para que regresemos a casa”.

Nervioso ingresé a mi correo. En la bandeja había un mensaje con el asunto: “siempre amigos”. Abrí el mensaje de Rafael. Decía: “Emmanuel: ¡me gusta tu nombre! Después de conocerte disfruto pronunciarlo. Amigo: no se si al leer este mail ya hablaste con tu padre. Me imagino que si. Prometió llamarte allí mismo. Apenas salí de su oficina me puse a escribir estas palabras. Si lees esto antes de hablar con tu papá, entonces vuelve a leerlo después que eso ocurra para comprenderme. No soy un metido, ni tampoco me movió otra intención que la de tu felicidad. Posiblemente sea reprochable mi iniciativa, pero quiero decirte que no estoy arrepentido de haberlo hecho.

Amiguito, sé lo que es vivir en el ropero. Lo que es callar sentimientos. También he vivido renuncias forzadas. Es difícil estar escondiéndose siempre. Mejor ponerse una sola vez colorado que mil veces amarillo. Lo se por experiencia. Te amo y no quiero para vos lo que yo viví. Mis padres murieron sin saber mis preferencias sexuales. Murieron sin el nieto que soñaban. Traté de esconderme siempre y esconderse es quedar solo. El miedo a reconocer termina dejándonos en soledad. Me atreví a hablar con tu papá…porque te quiero y también porque soy la única persona capaz de tratar con él este tema. 25 años de postergación me dieron la autoridad suficiente.

¿Por qué me voy?…en primer lugar porque no me gusta la ciudad. Extraño la frontera…Yo que siempre he vivido en “las fronteras” jajaja. Pero también decidí partir porque cada vez que te veo me comienza a palpitar más rápido el corazón y se me estremece el ombligo. Indicadores que me hacen sospechar que volví a enamorarme y otra vez de la persona equivocada. Uriel tiene casi tu edad. Habrá más afinidad. Dile que me perdone. Disfrútalo….ah! y si alguna vez se separan recuerda que en la frontera hay uno que se anota como postulante. Fue un gusto conocerte. Evitaré las despedidas físicas por lo que aprovecho ahora para darte un beso. Hasta siempre. Rafael.”

Es mediodía y hace calor. La moto ha logrado trepar con facilidad la sierra. Vamos a la cabaña del tío de Uriel. Recuerden que el dueño le encargó que mantenga la casa. Desde que somos novios hemos decidido que el mantenimiento de la misma debe ser frecuente. Sobre todo ahora que estamos en primavera. Uriel lleva como casi siempre un jeans que le marca las piernas y el culito. Su torso desnudo como si fuera el jinete salvaje de la moto. Dos trenzas de los costados  se estiran y se unen en su nuca sujetando su cabellera rubia que le cae disciplinada por la espalda. Sus gafas lo hacen mayor de edad y también le dan la facha de actor de cine. Voy aferrado a su cintura.

Vamos felices. Llegamos. Abrimos puertas y ventanas con la necesidad de aires nuevos.
El arroyo cristalino en época estival se vuelve una tentación. Tiramos nuestros toallones en el suelo y nos dispusimos a tomar sol. Es día de semana y falta tiempo para las vacaciones. El turismo no ha llegado todavía. Nos pusimos a tomar “mate”. Uriel me dice: “tengo que contarte dos cosas. Una que el próximo año se casa Nicolás. Termina su carrera en la facultad en diciembre y planean casarse en abril”. Le respondí: “espléndido, pero ya lo sabía… ¿la otra?”. Uriel me dice “Mis padres decidieron como regalo de casamiento para Nico, esa casa que alquilan.

…Pero ahora viene lo mejor…papá dijo que la ley pareja no es rigurosa y con mamá van a pasar a mi nombre un departamento con el que un cliente le pagó a mi padre. Fuimos a conocerlo, es pequeño y agradable”. Le pregunté: “¿dónde queda ese departamento?” Después de escuchar la dirección, sonreí. Le dije: “me alegro. ¿Puedo bautizarlo? ¿Puedo ponerle un nombre a ese departamento?”. El hijo de 44 dice: “¡Estupenda idea! ¿Qué nombre le pones?”…Le respondí: “¿Me amas?”. Él me dice: “Como a mi propia vida”…Le dije: “Entonces llámalo Sebastiano, recuerda que es mi segundo nombre”. Riéndose dijo: “suena bien…se llama Sebastiano” ambos reímos.

Estábamos al borde de un codo del arroyo en el que hay un pozo natural. Empujo al agua a mi chiquillo que disfrutaba intensamente. Me zambullo en el arroyo y le tomo por los pies. Él mete la mano y me atrapa del culo. Forcejea y mi short de baño vuela hacia la rivera. Me zambullo de nuevo y esta vez le bajo el suyo. Tropieza, cae y revoleo al aire su short como botín de guerra. Desnudos, exuberantes, como Dios nos trajo al mundo, comenzamos a acariciarnos. Apoyó su espalda en una piedra y abrió sus piernas invitándome a que le de una mamada. Mis labios atraparon  su verga. Estaba dura como el acero. Uriel flotaba en el agua y movía su cadera.

Yo le chupaba el tronco mientras me retenía en la misma piedra. Mi diablillo gritó: “nooo…no quiero volcar así, quiero derramar en tu culo”. Comprendí. Dejé libre su verga excitadísima y me abracé a la peña. Mi rostro se posó sobre la roca bañada por el río. Puse firme mis pies en el fondo abriendo mis piernas y parando mi culo. Sentí caer su cuerpo en mi espalda. Con un brazo me rodeaba la cintura y con el otro dirigía su pene en mi orto. Seguro de la ubicación, hizo  envión con la cadera y su glande entró como un corcho en la botella. Reíamos y gritábamos. Me tomó con las dos manos la cintura mientras me apoyaba contra la piedra.

Un nuevo envión y percibí como su pija invadía mi esfínter, lo estiraba y se abría paso hacia adentro. El pendejo parecía que me domaba a cielo abierto. Gritaba como si domara un caballo. Miraba las nubes mientras me golpeaba dulcemente en las costillas.
Mi niño estaba enardecido y bombeaba. Sacaba y metía. Yo arrimaba más fuerte el mentón sobre la roca, comencé a sentir el estremecimiento en los huevos, ese que produce el semen cuando está por escupir hacia fuera. Mis testículos produjeron tanto esperma que corrieron por los conductos de mi verga y escupieron hacia el agua. Logré ver a mis espermatozoides ser llevados por la corriente del arroyo.

Uriel gimió. “Estoy por acabar amor…allí va”, y un torrente se metió en mi orificio. No quiso compartir con el río ni siquiera una gota. Quedé aprisionado entre su pecho y la roca. Uriel me besó la comisura de mis labios. Escuchamos ruidos, giramos la cabeza y vimos 3 viejas que llegaban distraídas y huyeron despavoridas. Mientras las veíamos huir reíamos a carcajada.

Uriel me propone. “¿te atreves a dirigirle una palabra al Dios que crees?”. Le dije: “Acepto”, y le tomé la mano. Uriel, con una mano me arrojó suavemente agua y dijo: “Emma, aquí en este lugar de la naturaleza que nos hace feliz, le pido al dios más poderoso que haya que siempre esté enamorado de vos. Ahora te toca a ti”. Mirándole dije: “Uri aquí en este lugar en el que soy feliz, le pido al Dios más poderoso que es el amor, que siempre me movilice amarte en las buenas y en las malas. Hasta donde la vida desemboca en la muerte”. Arrojé agua en su rostro.

Me dice: “ahora debemos zambullirnos”. Impulsamos nuestros cuerpo hacia el fondo y allí él buscó mis labios y supe que en el beso largo, en la profundidad, se consumaba nuestro compromiso. Estábamos desnudos, como si esto fuese signo del caminar que comenzábamos. No estamos solos. Cada uno cuenta con el otro y los dos sentimos una vocación particular para la felicidad.

Amigos lectores. El adiós siempre duele, más cuando alguien es parte del otro. Siento que ustedes han comenzado a ser parte de mi vida. Quiero cerrar este último capítulo agradeciéndoles la lectura y el compartir. Saludos de Uriel. Los quiero mucho.

Autor: Emmanuel

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