Ni Gorda ni Flaca (Parte 2, Final)

Agustín fue a reemplazar a Carlos en menos de un segundo. Tan rápido fue todo que mi novia no pudo cambiar de posición, o siquiera moverse. Ella seguía con su conchita y cola sobre mi cabeza, pegadas a mi rostro, que quedaba aplastada sobre el sillón, mientras mis amigos se la cogían sin misericordia; todo para mostrarme que ella no era ninguna gordita.

Así que en instantes tuve una segunda pija recorriéndome toda la cara con cada una de las embestidas que le entraban a mi novia. Bruni enseguida comenzó a jadear, y a juzgar por la superficie de verga que se friccionaba en mis mejillas, ésta era bastante más ancha. Igual que los jadeos. Agustín parecía más salvaje que Carlos. La tenía tomada de las nalgas, clavándola como un poseso desde el minuto cero, con velocidad, con violencia. Se ve que la conchita de mi novia le enguantaba bien (es que en serio él la tenía muy ancha) porque a cada rato se frenaba, para calmar la calentura y no acabar, y así seguir cogiéndomela.

En uno de esos descansos Agustín sacó la pija casi en su totalidad, dejando la cabezota de su verga en la puerta, apenas suspendida en el aire. Mi Brunita ronroneó y reclamó la falta de pija con un movimiento involuntario de su pelvis, y la cabezota de la verga de mi amigo fue a caer directamente sobre mi rostro. Estaba muy húmeda, pegajosa y bastante caliente. Sentir esa pija sobre mi rostro me desesperó del asco, pero estaba aprisionado por todo el peso de mi novia y no podía sacármelo de la cara. Agustín, tan borracho como cualquiera de nosotros, se rió un poco y comenzó a hamacarse contra mi novia, como cogiéndola. El problema era que su pija estaba afuera, rozando por completo toda mi cara. Su cabeza se metía apenas unos milímetros en la conchita de Bruni, el resto de pija me lo debía aguantar yo. Agustín se estaba pajeando sobre mi rosto, sin querer, y yo ni siquiera podía hacerme entender para que supiera que le estaba errando.

—Goggig megstgs goggiendo a meggijaaa..

Agustín siguió como si tal cosa, cogiendo la nada, friccionándose sobre mi rostro. En un momento pidió más vodka y Carlos le trajo una botella. Si bien yo estaba atrapado bajo el peso de los cuerpos, mi rostro quedaba libre. Agustín destapó la botella y comenzó a verter tragos en mi boca, forzándome a tomar y tomar.

—Vas a necesitar un poquito de ánimo ahora, cornudo… —explicaba mientras me metía el vodka.

A los pocos minutos dejó de hamacarse sobre mi novia y se me acercó para decir:

—Cuerno, se me secó la pija, voy a necesitar un poco de lubricación para seguir cogiendo…

Yo estaba demasiado alcoholizado para entender por dónde venía la mano. Sentí que en una de las veces que la pija me acarició la cara hacia abajo, al regresar en dirección a mi novia el recorrido fue otro. Y de pronto sentí una carne dura y gomosa penetrar entre mis labios y avanzar dentro de mi boca, provocándome un escalofrío.

No sé ni cómo me di cuenta que era una pija. El alcohol podría haberlo ocultado bien, pero lo que tenía en la boca era indudablemente un buen pedazo de pija. Traté de escupirlo hacia afuera, cerré mis labios, solo que la vergota era tan gorda y ancha, y había calzado tan bien dentro de mí, que realmente se hizo difícil expulsarla. Hasta que por fin lo logré.

—Muy bien, Cuerno, ahora que me lubricaste te la puedo seguir cogiendo…

Aunque yo no entendía, me di cuenta que me habían usado para facilitar la penetración de mi novia.

Le mandó una estocada a fondo.

—Ahhhhhhh… —gimió entonces Bruna.

Otra.

—Ayyy, Diossss… —suspiró, vencida por el placer.

—Se me volvió a secar, Cuerno.

Agustín volvió a sacar por completo la pija y esta vez, advertido, me vi venir la vejación. Cerré la boca para que no me entrara nada. Agustín empujó y la cabezota embadurnada con los flujos de mi Bruni me caminó toda la línea de los labios, sin lograr entrar. Ahí Agustín se me acercó y estiró sus manos, y metiéndome unos dedos me abrió la boca a la fuerza. Sentí cómo reacomodó su cuerpo y adiviné que el vergón infame me taladraría. Me entró su pija con tanto ánimo que me la clavó hasta la garganta.

—Muy bien, Ramiro… Así se tiene que comportar un buen cornudito…

El muy hijo de puta comenzó a hacer pequeños movimientos hacia adelante y atrás, siempre adentro. Yo sentía el buche lleno de carne dura y caliente; todo lo que tocaba, no solo con la lengua sino las mismas paredes de la boca, estaba abrazando el vergón de Agustín, así que sentía la piel de la pija recorrerme todo por dentro, un instante hacia afuera, otro instante hacia adentro, y así. Fueron dos minutos de una humillación total, que los efectos del alcohol no lograban esconder.

Gracias a Dios la sacó y volvió a penetrar a mi novia.

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh…!! —gritó ella, muy fuerte, muy puta.

—El Cuerno te está ayudando, ¿sabés, Bruna?

—Sí… sí… Que ayude, que siga ayudando así aprende cómo tratarme…

Y se la volvió a clavar.

—¡Dios, Dios, Diosssss…!!

—Tomá, puta… —le murmuraba Agustín.

—¡Turro, qué pedazo de pijaaahhh…! —se desinflaba mi novia de calentura.

Y se la serruchaba suave y lentamente.

—Tragá verga, putón… Así… Así…

—¡Uhhhhh…! ¡Síii…! ¡Más fuerte! ¡Dame más duro!

Cada tanto el vestidito blanco se le corría al putón, digo, a mi noviecita, pero Agustín, con las mismas manos que le abría las nalgas redondas y voluminosas, le volvía a subir la falda hasta la mitad de la cola. Y penetraba con más ganas, ya con cierta furia.

—Cuerno, se me volvió a secar.

Esta vez, creo que por el vodka que me habían obligado a tomar, obedecí como un imbécil y abrí la boca.

—¡Muuuuy bien, Cuerno…! —me festejaron mis victimarios—. Así me gusta, que te portes bien y obedezcas a los que se cogen a tu novia…

Yo asentí humillantemente con la cabeza, en un movimiento casi imposible, patético.

—Abrí más grande, Cuerno…

Obedecí y abrí la boca más grande.

—¡Muy bien, Cuerno, muy bien…!

Un segundo después la vergota ancha de Agustín penetraba mis labios y me recorría por dentro toda la garganta.

—Así, Cuerno… ¡Uhhh…! ¡Síii…!

Me bombeaba, el hijo de puta. Me bombeaba adentro con ese gomón asqueroso. No fuerte, más bien suave y tranquilo, como gozando. ¡Me estaba cogiendo por la boca otra vez, como cuando éramos chicos y me castigaban por haberme puesto de novio con Estelita, la gorda del barrio!

—Ensalivá bien, ¿eh? Que ahora voy a romperle ese hermoso culazo a la putita de tu chica.

Bruna levantó la pelvis, dándome un baño de aire, de frescura, que bebí como si fuera oxígeno bajo el agua.

—Mi amor, ensalivalo bien que por fin me vas a hacer la cola.

Y yo chupaba y chupaba, recorriendo con mi lengua la cabeza de la pija y tratando de dejarle la mayor cantidad de saliva posible.

Medio minuto después Agustín dejó de bombear dentro mío y debo reconocer que tuve un minúsculo gesto instintivo, creo que más bien un reflejo, y estiré los labios para retener la cabeza de la pija que abandonaba mi boca. El violador volvió con Bruna. A clavar. Por la concha y a fondo. Hasta hacerla gemir y putear de placer.

Y entonces comenzó a puertear el exquisito orificio de aquella no menos exquisita cola.

—Le vamos a hacer el culo a este putón, ¿eh, Cuerno?

Yo asentía con la cabeza aprisionada, contento como un imbécil. La concha usada de mi novia me aplastaba la cara, y cada vez que Agustín le aprisionaba el orificio de su ano hacia abajo, enterrándole un dedito bien despacio, mi cabeza se hundía bajo ellos.

—Mi amor, por fin me vas a llenar la cola de pija…

Me hablaba a mí, ¿no?

Le estuvieron dilatando el ano unos cuantos minutos —Agustín y Carlos, que estaba otra vez al palo— masajeándolo y llenándolo de saliva. En un momento Agustín se alzó sobre sus rodillas y fue a alcanzar la cola de mi novia con la pija. Sentí un leve respiro y enseguida el peso de él sobre Brunita me aplastó hasta hacerme doler el cuello.

Sentí más presión hacia abajo.

—¡Ahhhhhhh…! —gritó mi novia, muy fuerte.

—¿Te duele, mi amor…? —Agustín pareció levemente preocupado.

—Ggghhh… Fffgzzss… Ñññ… —me quejé.

—Un poco, sí… Pero seguí…

Más movimientos. Otra vez el dolor insoportable.

—¡Ahhhhhhhhhh…! —ella.

—¿Te la aguantás, mi amor…?

—Sí… Sí… Pero despacio que me estás partiendo…

—Te metí media cabecita, hermosa… Igual no te preocupes que ahora me lubrico un poco más…

Sentí que el peso despareció y revivió mi cuello chamuscado.

—Abrí la boca, Cuerno.

Abrí la boca bien grande.

—Ensalivá.

Y otra vez a tragar esa buena verga… quiero decir, esa verga.

—Ensalivá bien así no le duele a tu novia…

Ensalivé con todo mi corazón, mientras Carlos seguía escupiendo el agujerito de Bruna y lo agrandaba con sus dedos.

Agustín me sacó la pija y otra vez fue a subirse sobre la cola de mi novia. Cuando mi cabeza se aplastó contra el sillón escuché un nuevo grito de mi Brunita.

—¡Ahhhhhhhhhh…!

—Tranquila, mi amor… Me quedo ahí…

—Sí, sí… No te muevas…

En ese instante en que el tiempo se detuvo sentía claramente sobre mi rostro el latir de la cola de mi novia. Llena de pija y a medio romper, el culo de mi amorcito se resistía a la invasión bombeando sangre a la zona dinamitada. Pero mi novia quería que la corrompieran. Quería esa brutalidad hasta los huevos para regalarme vaya a saber qué lección. Sentí cómo se relajó para acostumbrarse a esa verga y re comenzar la penetración.

—Muy bien, Bruna… Dilatá… Así…

—Sí, Agus… pero no me claves todavía…

—Tranquila, mi amor… Tenemos toda la noche para enterrártela como Dios manda…

Carlos seguía escupiendo sobre la penetración, aunque no entraba saliva porque el orificio del ano estaba taponado por la pija de Agustín. Alguno la masajeaba abajo como para excitarla. O distraerla.

—Cornudo, si pudieras ver cómo dilata tu novia con la chota bien adentro estarías orgulloso de ella… Sabe relajar… como si ya le hubieran hecho la cola un montón de veces.

No podía escuchar muy bien lo que me decía mi amigo, que seguro era algo bueno sobre mi Bruni.

—Mgggffhhzziagsss…

Carlos le propuso a mi novia:

—Mostrale al cornudo lo que se va a perder por andar diciendo que estás gordita…

Bruni pareció encenderse, más de venganza que de deseo.

—Sí… Sí… Cornudo hijo de puta, mirá cómo me van a llenar la cola de verga… Mirá bien, cornudo…

—Mfffghhh… SSgghññ…

—¡Clavame, Agustín! ¡Clavame para que el cornudo aprenda a respetarme y tratarme como a la novia ejemplar que soy!

Agustín sonrió, escupió sobre la penetración y le abrió los gajos en un mismo movimiento.

—Sí, bebé… Te la mando hasta los huevos…

—¡Síiiiii…! ¡Por Dioooossss…!

Y comenzó a taladrar.

—Tomá, bebé…

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!

No fue hasta los huevos, por los movimientos que noté. La cosa no estuvo así de fácil, pero tampoco tan difícil para una cola supuestamente virgen, como me había hecho creer hasta ese día Bruna.

—¡Qué buen pedazo de culo que tenés, mi amor!! ¡Cómo te lo estoy gozando…!

—¡Clavame, Agustín! ¡¡Llename de pija!!

—Desde que llegaste a la fiesta con el cornudo que no hago otra cosa que mirarte y desearte este tremendo culazo que tenés…  ¡Te lo lleno de pija, bebé…!

Se hamacaban sobre mí. El turro de Agustín se la iba enterrando más y más con cada embestida, aunque el que debía soportar la peor parte era yo. Bueno, mi novia también parecía dolorida, pero al menos ella gozaba como una puta.

—¡Ya tenés media pija adentro, mi amor…!

—¡¡Síiiiaaaaaaaahhhhhhhh…!!!

Al cabo de una media hora la hermosa y carnuda cola de mi novia estaba taladrada por la verga de Agustín hasta la base, tragándose toda esa pija como si fuera un dedito meñique.

—¡Mi amor! —se entusiasmó Brunita—. ¡Tengo el culo relleno de verga! ¡Mirá, mi amor, mirá! ¡Por fin me estás haciendo la cola!

Bueno, yo no estaba haciendo mucho, más que lubricar a mis amigos para que se la empernen a ella, pero de alguna manera me sentía participe

—¡Dejalo salir, quiero que me vea clavada hasta los huevos!!

Me dejaron salir y medio mareado por el dolor de cuello, me arrodillé ante el sillón, donde a escasos centímetros de mi rostro Agustín perforaba la colita virgen de mi novia. Hacia adentro. Hacia afuera… Hacia adentro… Hacia afuera…

—¡Ahhhhhh…! ¡Ahhhh…! ¡Ahhhh…!

—Ramiro, qué pedazo de puta tenés de novia…

—¡Cornudo, mirá bien! ¡Mirá bien y aprendé a tratar a tu mujer!

Yo estaba como en trance.

—¡Necesito lubricación, Cuerno! —me exigió de pronto Carlos, sin el mínimo rodeo.

Agarré la botella de vodka y le robé un trago generoso. Y abrí la boca como si ensalivar la pija de mis amigos fuera lo más natural del mundo, y mientras al lado Agustín seguía taladrando la cola perfecta de mi novia, Carlos, de pie, me tenía arrodillado entre sus piernas ensalivándolo desde la punta de la pija hasta la base.

—Muy bien, Ramiro… Tragá pija… Tragá pija, cornudo…

Y yo estiraba la cabeza hacia arriba, tratando de cumplir mi parte, cualquiera sea el rol que estuviera cumpliendo.

Estuvimos así unos cinco o diez minutos hasta que Agustín anunció.

—Te acabo, Brunita… Estás demasiado buena para aguantar más…

—Síii… Llename la cola… Llename la cola de leche para el cornudo…

—Yo también me voy… —anunció Carlos. Mi borrachera se disipó unos instantes, abrí los ojos con total sorpresa. Se ve que Carlos se dio cuenta y me tomó la cabeza por los pelos para que no dejara de ensalivarlo.

—Chito, Cuerno… —me advirtió—. Seguí chupándole al macho de tu novia, que es lo que corresponde… —No me dejaba salirme de su pija. Sus manazas me tenía sujeto a ella y mi voluntad no era la más firme. Así que seguí chupando—. Tragá, Cuerno… Tragá pija que enseguida vas a tragar leche…

Yo hacía con la cabeza que no, pero Carlos me sujetaba bien y mis movimientos hacia los costados no alcanzaban a hacerme zafar de la pija, así que seguía tragando carne. De pronto Carlos comenzó a jadear sonoramente.

—Uhhhh… ¡Síiii…!

Mis ojos se abrieron más. Ya estaba sintiendo desde hacía unos minutos una cosa viscosa en la lengua, medio asquerosa.

—Agarrame la pija por el tronco, cornudo… con las dos manos…

Obedecí como un imbécil.

—Pajeame, así… Uhhhh… Sí… Sí, Cuerno, así… ¡Uhhhhhh…!

Estaba de rodillas, tomándole la pija con ambas manos y sosteniéndome con la boca, que iba y venía sobre su tronco en una mamada fenomenal, tambaleándome un poco, aunque sostenido de mis cabellos por el propio Carlos, que me los tironeaba hacia atrás y adelante para guiar a su ritmo la felación a la que me sometía.

A mi lado Agustín seguía sodomizando a mi novia, que comenzaba a acabar como una puta, influenciada por verme chupando la pija del que fuera su macho un rato antes.

—Me viene la leche, cornudo… Abrí la boca bien grande que me viene…

No sabía qué hacer. Miré a mi Bruna buscando un consejo, pero estaba tan llena de pija y morbo que no me veía. Ya que no lograba zafarme, debí seguirle el juego a Carlos, pero en medio de su acabada iba a escupir todo por la comisura de mis labios.

Carlos se arqueó y gimió como un animal.

—¡¡Ahhhhhh…!! ¡¡Me viene!! ¡¡Me viene, Cuerno…!!

Se dobló sobre sí mismo y sin soltarme los pelos con una de sus manos, fue a tomarme la mandíbula con la otra, no permitiéndome bajarla o ladearla.

—¡¡Sentila, Cuerno…!! ¡¡Ahhhh…!! ¡Acá viene…! ¡Ahhhhh…!

Me moví más fuerte. Me agarró más fuerte.

—Viene, Cuerno, viene, viene, viene, vieneeeee…

—Mfffgggghhh…

—Ahhhhhhh siiiiiiiiiii…

—GGGHHHHH…

—¡¡¡SIIIIIIIII…!!!!

—GGHHHHFFFGGHHH…!!

—¡Te estoy acabando, Cuerno!! ¡¡Te estoy acabando!!

No podía escaparme para ningún lado, y la leche comenzó a invadirme a ráfagas breves y rápidas, y a llenarme toda la boca.

—¡¡Tragá, Cuerno!! ¡¡Tragá la leche del macho de tu mujer!! ¡¡Tragá, putito, tragá!!!

No podía escupirla, y la manaza me aprisionaba. En un momento me di cuenta que si quería respirar, no me iba a quedar otra que tragar. Miré a mi fiel Brunita, la cabeza hacia abajo, los cabellos sudados y pegados a su rostro, jadeando, movida una y otra vez con los violentos topetazos de Agustín, que ya le acababa adentro y se la gozaba a morir. Tragué.

—Muy bien, Cuerno… Así se tiene que comportar un noviecito como vos… —Y volví a tragar—. Mirá, Bruni… Mirá al cornudo cómo toma la leche de tu macho…

Bruni giró, despejó sus cabellos y me vio arrodillado y con el garguero trabajando para tragar lo que me surtía Carlos desde su vergón. Se revolucionó. Y comenzó a agitarse otra vez y a gritar en medio de un orgasmo que le vino repentino, tan solo de verme.

—¡¡Ahhhhhhhh…!! Cornudo, así te quiero ver siempre… Desde ahora vas a tragar pija cada vez que me den… ¡Cómo vas a tragar pija, cornudo…! ¡¡Cómo vas a tragar pijaaaaahhh…!! ¡Por Dioooosss… Síiiiiiii…!!

—¿Escuchaste, Cuerno? —me retó Carlos—. Desde hoy vas a tragar pija de los machos de tu novia…

Arrodillado como estaba, asentí mientras miraba hacia arriba a Carlos, a los ojos, y me quitaba su cabezota rechoncha de los labios, a la vez que me secaba una gota de semen.

Eran las once de la mañana cuando nos fuimos todos a dormir. Ellos a la cama matrimonial, y yo al sillón donde habían estado sodomizando a mi Bruna. A la tarde siguieron y yo debí seguir chupando pija.

Desde ese momento comencé a verla sexy. Es cierto que también desde ese día ella cambió su forma de vestir y algunas costumbres. Empezó a ir al gimnasio y a andar muy atractiva todo el día, no de puta, pero sí sensual, y se permitió hacerse garchar por mis amigos. No solo por Carlos y Agustín, sino el resto de la banda, uno siete chicos más.

Y sí: comencé a tragar pija en forma casi proporcional a los cuernos que me fue poniendo. Pija de sus machos. O como dice ella, de nuestros machos, porque ya no tengo permitido cogerme a mi propia novia: mi única actividad sexual es ensalivar a sus machos para que le hagan la cola o por simple placer de ellos o de mi Bruni.

Eso sí, la buena noticia es que me curé, porque ya no la veo gordita a mi novia Bruni.

Fin (final)

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 1, de 2)

Bruna es mi novia desde hace unos meses y, si se las tuviera que describir, no sabría cómo hacerlo. Mi primer impulso sería decirles que es una gordita. Pero les estaría mintiendo. Bruna no es gordita, creo que ni siquiera rellenita. Pero la impresión que da —o que me da a mí, al menos— es que es gordita. Un poco por la cara, y bastante por la pancita que tiene. Bueno, no tan pancita, es más bien una panza. Para mí es bastante grande, para los demás parece que no tanto. Fuera de eso —de la panza— no es gordita. Aunque a mí igual me lo parece. Los muslos no son los de una modelo. Son llenos, no gordos… bueno, no sé. La cola redonda, inflada… linda cola. Espectacular cola, si no fuera que parece la cola de una… No sé, mejor les cuento lo que opinaron mis amigos cuando la conocieron, porque lo que es yo, no voy a ponerme de acuerdo nunca, ni siquiera conmigo mismo.

Para mí Bruna siempre había sido gordita; siempre la vi como gordita. Ella se vestía con ropa holgada, pantalones que no le marcaban la cola, se recogía el cabello y la verdad es que conmigo nunca se producía. Más allá de la ropa, yo la veía rellenita. Especialmente cuando se desnudaba y hacíamos el amor.

Ustedes dirán: qué importancia tiene. Bueno, la tuvo. Porque a partir del segundo mes el cuerpo de ella, o su panza, ya era medio una obsesión para mí y me des-erotizaba por completo. Primero, porque ella se vestía siempre de la manera más anodina y ordinara que había, lo cual ya no me despertaba gran cosa. Y cuando íbamos a la cama… verla medio gordita, verle la panza y esa ropa interior casi de vieja… ¡qué quieren que les diga, no se me paraba mucho!

Estuvimos así tres o cuatro meses más. Sin coger porque a mí no me terminaba de funcionar a pleno. Intentábamos, pero la mayoría de las veces yo no podía. Créanlo o no, a ella parecía importarle poco. Se desquitaba con una porción de torta o unas facturas y se iba a dormir. Y ahí era peor, porque cuando la veía comiendo, la veía más horrible.

Pero un día pasó algo. Uno de mis amigos hizo de su cumpleaños una fiesta de disfraces, y Bruna se mostró muy entusiasmada.

Ya saben que para las mujeres las fiestas de disfraces son una excusa para vestirse de putas sin culpa y sin que nadie las acuse de… putas. Bruna se preparó toda la semana para esa fiesta.

El sábado se metió en el vestidor por espacio de dos horas, y cuando salió casi se me para el corazón (y no solo el corazón). Ahí estaba mi gordita, mirándome provocativa bajo la puerta, pero hecha una perra en celo, fuertísima como nunca la había visto, desparramando ya no sensualidad, sino sexualidad. Estaba enfundada en un vestidito blanco muy breve que terminaba en una minifalda corta, demasiado corta en realidad —¡extremadamente corta!—. No podía ni agacharse dos centímetros que se le subía la faldita y se le veía claramente el borde bajo de la cola. Si se agachaba un poco más, directamente se le veía la tanguita, también blanca. Me preocupé al descubrir esto, ya que en uno de sus movimientos descuidados vi que llevaba una bombachita muy sensual, bien de guerra, metidísima entre las nalgas. Por suerte —pensé— esa cola era nada más que mía y si esa noche se me paraba… Iba con botas muy altas, la turra, y se había arreglado el pelo de una manera que parecía recién salida de la ducha. ¡Estaba para matarla! ¿Dónde habían ido a parar los kilos que llevaba antes de entrar al baño?

—¿De qué…? ¿De qué te disfrazaste, mi amor…? —atiné a preguntar.

Se acercó a una bolsa sobre una silla, de la que sacó un gorrito blanco que reconocí enseguida.

—De marinerita.

Nos fuimos a la fiesta y en el taxi aproveché para manosearle los muslos desnudos, un poco la cola; lo que podía. Yo estaba alzadísimo, y mi novia lo festejaba, aunque comenzó a reprimirme en cuanto notó que el taxista espiaba por el espejito.

Ya sé, van a decir que soy un hijo de puta. Pero la verdad es que con ese freno que me puso, me fui enfriando. Cierto es que ella estaba más sexy que nunca, y muy hermosa, pero se ve que me fui acostumbrando y se me hizo evidente lo de siempre: que mi novia no tenía una gran cintura, y la panza seguía ahí. No digo que no estaba linda —porque lo estaba, doy fe— pero ya al entrar al departamento de mi amigo yo la veía como siempre, solo que mejor vestida.

Me di cuenta que Bruna causó en mis amigos la misma impresión que había causado conmigo. Se quedaron todos boquiabiertos, los pocos que la conocían murmuraron entre ellos su aprobación. Los que no, la zalamearon con adulaciones pegajosas, bordeando lo pajero.

Un rato después y cuando pude separarme de mi novia, Carlos, el anfitrión, se me acercó conspirativo.

—¡Boludo, me dijiste que tu novia era una gorda!

—¡Gorda, no! Gordita. ¡Te dije gordita!

—Pero qué gordita, ¿estás en pedo? ¡Está re fuerte!

—Es por el vestido, pero fijate la cintura…

—Está re buena, ¡Mirá el culazo que tiene! ¡¡¡Y las tetas!!! Te felici…

—Sí, sí…  A mí me gusta, no es que no me guste… Pero nobleza obliga: es gordita.

—¡Vos estás enfermo!

No me lo decía mal, sino sorprendido. Me dejó y fue a atender a otros invitados. La fiesta estaba llena de gente. Las mujeres, como era de esperarse, casi todas disfrazadas de algo-putas. Una de enfermera puta, otra de bruja puta. Todas de putas. Pero la que acaparaba la atención era Bruna. Inesperadamente, estaba más sociable que nunca. No es que no fuera sociable, pero parecía más animada, más segura de sí misma. Creo que era porque se daba cuenta que todos los hombres en ese cumpleaños —absolutamente todos—, se la querían coger. Sentirse deseada la habría dado confianza, imagino. Estaba sola la mayor parte del tiempo, mis amigos me solicitaban a cada rato para ayudarlos, y también para manifestarme su sorpresa por lo buena que estaba mi novia y felicitarme por ello. Bruna, entonces, aprovechaba e iba a charlar con unos y otros. La vi riéndose, tomando vino, hablando con otras chicas, tomando champagne, seduciendo sin seriedad a unos muchachitos, tomando un daiquiri, eligiendo música con otro de mis amigos, tomando un vodka con Gancia.

Yo también tomaba a la par, solo que no estaba tan acostumbrado. Me juntaba de a ratos con ella, pero mis amigos me solicitaban una y otra vez. Aproveché en un momento en que Bruna no estaba a la vista para acercarme a Lucila, una morocha delgada y hermosa, bien flaquita como las modelos europeas. No sé bien qué pretendía yo. Con mi novia en la fiesta, difícilmente pudiera seducirla y sacarla de allí. Quizá quise conseguir su teléfono, no recuerdo; el alcohol comenzaba a hacer estragos. La cuestión es que apenas me insinué, la morocha me miró a los ojos, aguantó una risita, luego simplemente se rió en mi cara y me dijo:

—Pero… ¿para qué querés mi teléfono si a vos no se te para…?

Me quedé helado. Por un segundo la adrenalina me puso sobrio.

—¿Cómo que no se me para…? ¿Estás loca? ¡Eso es mentira! ¿Quién te…?

—No te enojes, bebé… —fue condescendiente—. Me caés bien… pero el sexo me gusta demasiado como para estar haciendo beneficencia por las noches… Perdoname, pero en la cama necesito un macho de verdad…

Me puse de mil colores, no me había sentido tan humillado en toda mi vida. En eso la vi a mi novia charlando y riendo con dos chicas y dos chicos más, y uno de ellos la tenía medio abrazada por la cintura. A mi novia. Nada grave, casi como de casualidad, pero Bruna no le había sacado la mano. Fui hasta ella y la increpé al oído.

—¿Vos estuviste diciendo que a mí no se me paraba…?

—Ay, mi amor, no sé… puede ser… Estuve hablando de sexo toda la noche con todo el mundo…

—¿Pero cómo vas a decir semejante…?

Mientras hablaba, vi que mi novia se había medio recostado sobre el chico que la abrazaba. No había mucha luz, pero sí la suficiente como para darme cuenta. Me tranquilizó que no la tenía tomada de la mano o algo personal, aunque la terrible cola enguantada en esa minifalda escandalosa se recostaba sobre la pierna del vividor.

—Es que tomé mucho… —se disculpó Bruna—. Por ahí se me fue un poquito la lengua, la verdad que no sé…

Fue cuando me llamó Agustín, el más crápula de mis amigos. Casi me arrancó del pequeño grupo, lo que salvó a mi novia del reproche.

—¡Hijo de puta! —me festejó—. ¡Me dijiste que tu novia era una mina del montón y es una terrible perra!

—¡No es una perra, no sé qué le picó hoy que se vino así!

—No lo digo por cómo está vestida, boludo, si están todas de putas… ¡Lo digo porque tiene un lomazo!

—No sé… Está un poco pasadita de… Está bien —reconocí finalmente—. Admito que por ahí estoy un poco susceptible con ese tema, pero ya sabés por qué es…

Mi amigo se hizo a silencio mostrándome su arrepentimiento.

—Éramos chicos… Tenés que dejar de enroscarte con eso… Vas a terminar cagándola con tu novia, que está más buena que el dulce de leche.

—Para mí no está taaan buena, pero igual la quiero…

—Más vale que la vas a querer… No sabés la suerte que tenés… No sabés cómo te envidio… No sabés cómo me gustaría cogerla…

Era ya una conversación de borrachos.

—Y yo que puedo, no se me para… Nunca me motivaron las gordas…

—Dejate de decir boludeces, lo único que tiene es un poco de panza que se le va con cuatro meses de gimnasio…

En algún momento se ve que me dormí. No sé cuándo. No sé cuánto. Pero me desperté en el sillón del living, con todo dándome vueltas producto del alcohol que todavía me tenía bien ebrio. Estaba solo. La fiesta había terminado y había botellas y paquetes de porquerías por todos lados. La luz era bastante poca, solo un velador iluminaba el ambiente.

Unas risas que venían de la habitación me dijeron que no estaba para nada solo. Eran las risas de mis amigos y de mi novia, y sus voces que hablaban como en susurros fuertes. También parecían borrachos.

Me quise levantar para ir a ver qué pasaba y me caí, arrastrando algo de la mesita ratona. Todos vinieron por el ruido.

Me encontraron en el piso, caído, y fue un estallido de risas general. Estaban dos de mis amigos —Carlos y Agustín— y mi novia, ellos en camisas sueltas y calzoncillos, y mi novia casi igual que como la había visto por última vez, solo que el escote de su camisa parecía más importante.

Carlos me fue a socorrer, mientras me gastaban bromas.

—Mi amor —intervino Bruna, tentada—. ¡Nunca te vi tan pasado de copas!

Yo no estaba de humor, me sentía realmente mal, todo me giraba alrededor.

—Vamos a casa, tengo mucho sueño…

—No podés manejar así, mi amor…

—¿Por qué están en calzoncillos…?

—Le estábamos demostrando a tu novia que no está tan gorda como vos decís…

En ese momento no estaba en condiciones de advertir lo absurdo de lo que me estaban diciendo. Solo asocié palabras y disparé.

—Pero si está gorda.

—¡No estoy gorda, Ramiro! —me gritó Bruna—. ¡Me tenés harta con mortificarme de esa forma! —Mi novia se puso seria y como angustiada—. ¡Sos un hijo de puta!

No sé qué me decía. No me importaba. Yo solamente quería dormir en mi cama y que el living del departamento de mi amigo dejase de dar vueltas.

—Sos un boludo, Ramiro. Bruna no es gorda, y te lo vamos a demostrar. Todo depende de cómo la mires, no de lo que mires. —Se dirigió ahora a mi novia—. Parate derechita, bombón.

Bruna se paró erguida delante de mí, que todavía permanecía sentado en el sillón. Agustín se sentó a mi lado. Carlos fue a no sé dónde y regresó con un centímetro.

—¡Mirá!

Se le puso a un costado y con el centímetro le midió el busto a mi novia. En el tambalear de la operación, las manos y uno de los brazos le frotaron los pechos notoriamente. Bruna rió un poco. Carlos también. Finalmente me dio el resultado.

—120. ¡Una diosa!

—¡Cualquier gorda tiene 120! —dije, rebelde. Mi novia me miró con rencor.

Carlos le tomó los brazos y me los mostró.

—¡No tiene brazos de gorda, pelotudo!

No, no los tenía. Carlos se arrodilló y con las dos manos comenzó a maniobrarle los muslos. Con el movimiento, la falda de mi novia se había subido un poco y se le veía la bombacha blanca en la parte de la conchita. Mis amigos se quedaron sin aliento y Agustín fue a agacharse, solo para mirarla. Ahí me di cuenta que bajo sus calzoncillos, estaban al palo.

Carlos midió los muslos y me dijo:

—53. Muslos de puta madre.

—Sí, sí… Tiene lindos muslos… —admití, pero en casa parecían de gorda. No sé por qué ahí y ahora parecían de una terrible hembra.

Carlos fue a medirle la cola. Bruna sonrió divertida, se dio vuelta y se arqueó un poco, sacando bastante su fabulosa cola, que les dejaba entregada. Era innecesario, era parte de un juego. Pero Agustín, que se había arrodillado, tuvo entonces un primerísimo primer plano de su culazo cortado a la mitad por la minifalda, y la tanguita blanca enterrada entre los glúteos.

—Yo quiero medirle los pechos —dijo Agustín, saltando del piso.

Carlos le midió la cola y esta vez también fue parte del juego manosearla bien manoseada. Bruna tenía dos manos en su cola y reía alcoholizada. Agustín le tomaba la medida del busto, pero no tenía centímetro.

En dos minutos mi novia estaba siendo hurgada por mis dos amigos de forma descarada, ella de pie y dejándose vejar alegremente, con el vestido todo desencajado, la minifalda subida y ya casi toda la bombacha al aire, el escote desbordado, sin corpiño —que había perdido en la habitación— los pelos revueltos, ebria y caliente; y yo frente a ella, a treinta centímetros, sonriendo borracho en el sillón.

—¡110! —gritó Carlos al terminar de medirle la cola, y todos gritaron como si se hubiera proclamado la constitución nacional.

Bruna me miraba y me sonreía con cierta revancha en los ojos. Carlos se le puso de costado y la miró con ojo clínico.

—¡Yo la veo bárbara a tu novia, ché! —dijo y se le acercó. Comenzó a manosearle las piernas—. Hermosas gambas… —La otra mano se la metió en la cola, como una pala que la recorrió desde arriba hacia abajo. Pude ver claramente la expresión de mi Bruni cuando Carlos se aventuró bien abajo, ya adelante, y ella hasta cerró los ojos—. Buenos pechos… —concluyó metiéndole mano por el escote. Sin soltarla de arriba fue hacia atrás de ella y dijo—: De atrás está mejor que de ningún lado, Ramiro… Tiene una cola… —Lo dijo con lujuria, y volvió a empalarle la mano recorriéndole toda la raya de la cola, pero por sobre la bombacha (la minifalda ya estaba arriba) y otra vez mi novia entrecerró los ojos y se arqueó mucho más cuando él llegó abajo.

Esta vez, sin embargo, Carlos se quedó allí y la siguió manoseando asquerosamente. Era una imagen extrañada, además por el alcohol. Como la tenía de frente, veía a mi novia levemente a horcajadas hacia mí, con la minifalda subida por el manoseo. Podía verle la conchita enguantada en la tanga blanca, interrumpida rítmicamente por la mano  de Carlos que se le colaba por la entrepierna una y otra vez, todo el tiempo, para darse y darle placer. Agustín seguía midiéndole el busto, lo que significaba que le metía mano dentro del escote, y como ya no había corpiño, imagino que ella ya tendría los pezones rosados y duros de tanta fricción.

—Yo te digo cómo hacer para no verla gordita a tu novia… para verla tan fuerte como la veo yo…

Bruna giró su rostro, libidinoso rostro, y con la boca abierta de deseo le pidió:

—Sí, decile…

Carlos sacó a Agustín de encima de mi novia y la llevó a ella hacia el sillón, el mismo en el que estaba yo sentado y me había despertado hacía unos minutos.

—Parate, Ramiro —me ordenó.

Me puse de pie con dificultad, tambaleante. Carlos tomó de la cintura a mi novia y la depositó sobre el sillón, poniéndola de rodillas como un perrito… bueno, una perrita. Los dos muslos eran unas columnas duras y poderosas, la cola le quedó bien paradita, cortada a la mitad por la minifalda, que había sido reacomodada en un absurdo gesto de decencia.

—Meté la cabeza entre tus brazos, mi amor —pidió Carlos. Mi novia obedeció. Agustín permanecía expectante.

Carlos se ubicó detrás de ella, también arrodillado, y posó sus manos sobre los generosos glúteos de mi Bruna, sobándolos. Me llamó.

—¿Ves? —me preguntó cuando estuve a su lado—. Mirá cómo se ve desde acá.

Miré. La verdad es que no sé si por el alcohol o el cansancio, o por la postura de mi novia, la cola aparecía como formidable.

—Está buena.

—¿Ves, boludo? ¿Qué te dije? Mirá estas piernas… —y la manoseaba—. Mirá esta cintura… —le subió la minifalda nuevamente hasta arriba y mi novia quedó expuesta ante mis amigos, solo protegida con la tanguita calzada bien profundo entre sus nalgas. La verdad era que así tenía una mejor cintura, pero tampoco era una modelo—. Con esta posición se te para sí o sí… ¡mirá! —y se señaló su propio bulto, que dentro del calzoncillo se presumía importante.

Se bajó un poco el bóxer y peló una pija grande y rechoncha, totalmente erguida y en plenitud.

—¿Ves? Así se te va a parar… —Se la tomaba con una mano y se la masajeaba como para parársela todavía más, mientras con la otra tenía tomada a mi novia de una nalga.

—Sí, sí —dije desesperado. Veía a mi amigo arrodillado detrás de mi novia, las piernas de él casi pegadas a las piernas de ella. Mi novia se asomaba de entre sus brazos y echaba miradas hacia atrás, cada tanto, pero más hacia Agustín, con quien sostenía un diálogo mudo que les provocaban sonrisas. Yo quise agregar—: Entonces ahí le meto con todo…

—No, Ramiro, mirá… —comenzó a magrearle las nalgas y meterle unos dedos en los pliegues de la tanga, allí donde cubría la conchita de mi novia—. Así tenés que hacer…

Le metió un dedo, luego dos dedos, y comenzó a pajearla suave y rítmicamente. “Así, Ramiro… Así le tenés que hacer…” Mi novia comenzó a arquearse y respirar distinto. Carlos le corrió un poco la tanguita y ya le metió cuatro dedos y la seguía serruchando.

—Acercate, mirá bien… —Me acerqué—. No seas boludo, poné la cara pegada a la cola de tu novia.

Sin preguntar ni decir nada, puse mi rostro a un costado de la cola de Bruna, mientras vi con cierta zozobra cómo Carlos se tomaba la pija gorda y dura y la enfilaba para la conchita de mi novia, todavía entangada de blanco.

—Mirá bien, ¿eh? Así le tenés que hacer a tu novia…

Se acercó más y más, ya casi para tocarla con la pija. Mis ojos estaban a centímetros de todo y yo —como hipnotizado— no atinaba siquiera a decir nada.

—Correle la bombachita para el costado, cornudo…

Borracho, obedecí. Tomé a mi novia de una de las nalgas y la magreé con lascivia. El contacto con esa piel tan de ella y tan mía me calentó. Metí la mano debajo de la tanguita, a la altura de la concha, y mis dedos rozaron su humedad tibia y deseable. Me estremecí y la dejé desnuda ahí —solamente desnuda ahí— expuesta por completo a la vergota dura y venosa de mi amigo. Le corrí la tanguita para mi lado, y la sostuve con mi dedo índice haciendo de gancho, para que no se volviera a su posición y molestara a Carlos.

Tenía la acción a no más de cinco o diez centímetros. Ver la cabezota gigante de la pija de mi amigo, el chorizo venoso detrás que empujaba como un ariete de profanación, toda esa carne, toda esa pija yendo despacio pero directo a la conchita de mi novia… Era mucho y era como si nada a la vez.

—Así, Ramiro… Mirá bien…

Y miré bien. Miré cómo la cabeza tocó la conchita de mi novia y cómo empujó y le costó penetrar la primera fracción de segundo. Cómo la cabezota se quedó allí en una breve vacilación; breve, un suspiro. Hasta que perforó.

—¿Bruna? —la llamé. Ella se giró para mirarme y Carlos empujó nuevamente y le enterró apenas la mitad de la cabeza.

—Ahhhhh… —jadeó Bruna, entrecerrándome los ojos.

—¡Mirá, cornudo! —se enojó Carlos. Es que yo había volteado para verla a mi novia. Vi que la cabeza de la pija de mi amigo ya estaba adentro, tragada por la conchita golosa de mi novia—. No te molesta que te diga cornudo, ¿no, Ramiro?

Ni me daba cuenta qué me estaba diciendo. Todos mis sentidos ahora estaban en esa pija entrando centímetro a centímetro en los pliegues de mi amada gordita.

—¡Qué bueno, Ramiro! Siempre quise decirte cornudo, no sé por qué…

—Por la novia que se echó —festejó Agustín, y rieron un poco, menos mi novia, que ya comenzaba a jadear.

—Mirá, cornudo, mirá bien… ya le entró la mitad…

—Sí, Carlos, veo…

Mi novia ya tenía la mitad de la verga adentro, mientras Carlos seguía empujando muy despacio.

—Vení, parate y ponete al lado mío. —Lo hice. Mis ojos estaban muy cerca y a la altura de los suyos—. ¿Ves…? —preguntó mientras me mostraba el cuerpo de guitarra de mi novia, pero yo solo podía ver esa vara gruesa clavada hasta la mitad, dura y quieta, a medias dentro de ella—. La agarrás de la cintura así… —Y se aferró de la cintura de mi novia—. Y empezás a enterrarle la verga despacito… —Y empezó a penetrarle la media pija que le faltaba. Mis ojos no podían apartar la vista de esa perforación lenta y soberbia—. Y se la clavás… así… así… Uhhh… ¿Ves, cornudo, que tu novia no es gorda…?

Le fue enterrando la pija centímetro a centímetro, despacio, con delicadeza. El otro zángano acompañaba en silencio la coronación de otro cornudo en el mundo, aunque yo no me daba cuenta, creo que por el alcohol. Es que así como Carlos me lo explicaba, parecía que todo era una molestia suya para enseñarme a valorar a mi novia. Le fue clavando la pija hasta que su abdomen chocó con la cola de mi Bruni.

—Abrile un poquito las nalgas, cornudo, así se la clavo hasta los huevos.

—¡Ya se la clavaste hasta los huevos!

—No… Abrila y vas a ver que puede entrar un poquito más.

Le pedí permiso a mi novia.

—¿Te puedo abrir un poquito más, mi amor?

—Sí, Cuerno…  —me sonrió ella.

La abrí y Carlos la agarró de las nalgas, con lujuria, me miró a los ojos sonriendo y movió brutalmente la pelvis hacia adelante, remachando a mi novia literalmente hasta los huevos.

—¡Ahhhhhhh…!

—¿Te dolió, Bruni? —me preocupé.

—No, Cuerno… —y esta vez directamente se rió en mi cara.

Carlos comenzó a sacársela lentamente.

—Vení, cornudo, mirá desde acá…

Me acerqué otra vez y a su lado. Me mostró la pija toda afuera, húmeda del flujo de mi amorcito. Y comenzó a enterrársela otra vez. Mi novia volvió a gemir.

—Ahhhhhhh…

—Mirala bien… —Y otra entrada de verga. Carlos ya comenzaba a moverse más rápido—. ¿Qué ves…?

—¡A mi novia cogida por un terrible pedazo de pija!

—No, boludo, mirala a ella… —Y otra estocada a fondo.

—Ahhhh… Sí, Carlos, así… —gemía mi novia.

—Ahora vení acá… —Me puse otra vez junto a él. Como si fuera él, solo que yo estaba parado y él le estaba enterrando la pija a mi novia, sin piedad y sin forro—. Mirala desde acá… ¿le ves la pancita…?

Desde arriba, solo se le veía la espalda, que se movía sensualmente con cada empujón de Carlos.

—No.

—Pero le ves los hombros, la espalda…

Me hablaba como si nada, pero no dejaba ni por un segundo de bombearla y usarla.

—Uhhhh… por Diosss… —murmuraba mi novia.

—Sí, sí…

—El cabello cayendo re sensual… Mirá…

Y otra clavada a fondo.

—Ahhhhhh… —gemía mi nena.

—Sí, es cierto…

—Y mirale la cintura, boludo… Mirá la cinturita que tiene…

Carlos era un genio. Mientras ella estuviera en cuatro patas y yo cogiéndomela desde atrás, la cintura como que se le angostaba.

—Tenías razón, Carlos… —De seguro la adrenalina de la cogida y de ver a mi novia siendo profanada por mis amigos me fue despabilando. Las cosas me seguían dando vueltas y me sentía tan mal como cuando me desperté, pero comencé a preguntarme si todo lo que estaba sucediendo debía ser así o había algo mal—. ¿Pero no debería estar yo ahí, en vez de vos…? Porque Brunita es mi novia, ¿no…?

—Mi amor, no seas tan detallista… —opinó Bruna—. Agus, servile un poco más de vodka, el cornudo lo necesita…

—¡Y mirá la cola! —seguía entusiasmado Carlos. Justamente de ahí la agarraba, de las nalgas. Tenía clavados los dedos y enrojecía los cachetotes blancos de la cola de Bruni. Y le surtía pija sin misericordia.

—Una cola hermosa —le admití mientras Agustín me inclinaba el vaso que yo ya tenía en la boca, para apurar mi trago—. Dan ganas de hacérsela —agregué secándome el vodka con la manga.

—Y se la vamos a hacer, Ramiro. Quedate tranquilo, y te vamos a enseñar de qué manera, para que no la veas tan gordita a tu novia, que es una diosa… Mirá cómo se queda para que vos aprendas…

Se quedaba quietita, mi Bruni. Aunque quizá porque estaba entretenida con algo que ahora le metían en la boca. Bruni comenzó a cabecear rítmicamente con una verga en el buche mientras Agustín la tomaba de sus cabellos.

—Tragá, bebé… Así… Tragá pija, tragá…

Y mi nena tragaba.

—¡Qué rica que está tu novia, cornudo…! ¡No sé qué carajo le ves de gorda, si está buenísima…! —Carlos le surtía pija ya moviéndose muy fuerte. La seguía tomando de la cola, a veces de la cintura para darse más fuerza y penetrarla más profundo. Mi novia gemía con cada sacudida, y ya mi amigo comenzaba a gemir también.

Carlos comenzó a sacudirse más y más. La verga le sobresalía brillosa como el sol y se le volvía a esconder dentro de mi Bruni. Comenzó a agitarse ya fuerte y a pegarle chirlos a la cola.

—¡Qué buena estás, puta…! Ahhhhh…

—¡Ey!¡No le digas así a mi novia!

—Te estoy enseñando cómo tratarla, cornudo… Ahhhh, por Diosss… Abrile las nalgas, Cuerno… Abrile que te muestro cómo te la tenés que enlechar…

Fui de un salto a abrirle las nalgas. Si había algo que me hacía volar hasta el cielo era acabarle adentro a mi novia.

—Así, Cuerno… Así te la tenés que coger… —me decía Carlos, aferrado a la cintura de su víctima y hamacándose dentro de ella como un mono en celo.

Bruna soltó por un segundo el vergón de Agustín, que estaba mamando, y giró divertida para constatar cómo yo miraba su violación.

Carlos comenzó a bombearla más rápido, y a bufar notoriamente. Sacudía a mi novia tanto que a ella le costaba retener en su boca la pija de Agustín.

—¡Qué buena puta que tenés, Cuerno, qué buena puta que tenés!!

Yo sonreía orgulloso, con mi rostro pegado al culazo de mi novia y mis dedos abriéndola para que Carlos me enseñe más cómodo. La telita de la tanguita se tensaba con cada sacudida de mi amigo y a veces me costaba retenerla bien abierta para no tocarlo a él.

Tan cerca estaba que podía ver claramente las venas hinchadas de la pija de mi amigo, y la porosidad de la cabeza cada vez que salía del todo para taladrar nuevamente a mi novia.

—Así la vas a llenar, asíiii…

Yo le abría más las nalgas a ella, la perforación era escandalosa.

—¿Ves, Cuerno? ¿Ves bien?

No le respondí porque estaba absorto observando el pistón de carne entrar y salir dentro de esa conchita inocente, a centímetros de mis ojos. Carlos habrá entendido que yo no veía bien y me tomó la cabeza y me empujó hacia la penetración que él mismo sojuzgaba. Mi cara fue a dar a la concha empapada de mi novia y, como además estaba siendo penetrada, el vergón de Carlos también me rozó la cara. Y el hijo de puta apretaba mi cabeza contra verga y concha, y me gritaba:

—¡Mirá, Cuerno, mirá cómo te la enlecho!

—No pfffedo verff nada, Cagglogggs… —Mi cara pegada a ellos estaba soldada con tanta presión, ejercida por sus manos y movimientos, que no me permitía hablar bien. Sentía la conchita exquisita de mi Bruni en uno de mis ojos y la pija yendo y viniendo sobre mi nariz y parte de una mejilla.

Sin dejar de bombear, Carlos empujó violentamente mi cabeza contra el sillón, pero por debajo de mi novia, que seguía en cuatro patas. La puso encima de mí y le trajo las rodillas hacia él, empujando la cola de ella hacia abajo. Mi cabeza quedó aprisionada entre el sillón y mi Brunita, así que para no asfixiarme la puse de costado. La concha me quedó entonces sobre la oreja, por lo que se me dificultó escuchar. Carlos se apoyó desde arriba con las dos manos sobre las ancas de mi amorcito y comenzó a perforar empujando hacia abajo. En su recorrido hacia la concha de mi novia, la pija dura y carnosa me acariciaba toda la mejilla, de ida y de vuelta.

—Te la enlecho, Cuerno… ¡¡Te la lleno de leche!!

Yo no escuchaba más que una voz indescifrablemente grave, y los gemidos de mi novia directo desde su cuerpo.

—¡Te lleno de leche, putón!

—Llename, Carlos… ¡¡Llename toda!!

Carlos ya comenzaba a temblar, pero no dejaba de bombearla con velocidad. La pija entraba y salía y me impregnaba la mejilla de pija, de fricción, de disfrute de ella.

—Te lleno para que aprenda el cornudo, mi amor…

—Llename para el cornudo… ¡¡Para que aprenda a valorarme!!

—Te lleno, mi amor, te lleno, te lleno te lleno te llenoooo…

—Síiii, para el cornudo, síiiiiiiii…

—Para el cornudooooaaahhhh…

Sentí sobre mi rostro cómo los chorros de semen latigueaban dentro de la pija e iban a dar al interior de mi novia. Lo sentía en la cara, como pequeños temblores, y en el vientre de Bruna, a quien se le había puesto la piel de gallina y acababa en pequeños espasmos de placer.

—Tomá, puta… Toda para el cornudo… Toda para vos…

Y le seguía acabando.

—Sí, sí, Carlos, para el cornudo…

Mi novia le festejaba a Carlos la dedicatoria. Como sus piernas  estaban demasiado abiertas, los primeros hilos de leche comenzaron a salírsele y bajar desde su concha para dar sobre mi rostro. Por suerte casi todo fue bien adentro de mi novia y resultó poco lo que tuve que soportar.

Carlos le acabó por completo adentro y se desinfló sobre Bruna, aplastándome todavía peor. Tenía la pija clavadísima hasta el fondo y la hacía descansar. El problema, me percaté recién ahí, era que sus holgados huevos también descansaban, pero sobre mi rostro, incluso uno de sus testículos se recostaba directamente sobre mis labios, que yo obviamente mantenía sellados. El semen de mi amigo seguía cayendo de la conchita de mi novia y goteaba sobre mi cara. En eso, Carlos se salió, cansado, con esfuerzo, y sacó lentamente su pijón embadurnado de flujo y semen. La verga se salió y fue a dar sobre mi mejilla, dejándome un reguero de leche a lo largo de mi rostro.

—¡Caggglogggsss…! —me quejé.

—No te pongas impaciente, Cuerno, que ahora mismo te enseñamos cómo romperle el culo a tu novia, y que te parezca delgadita como a vos te gusta.

Así aplastado como estaba y con media cara embadurnada de semen, no pude estar más contento con la propuesta. Seguramente producto del alcohol que corría por mis venas, pero lo cierto es que en ese momento pensé que ¡qué bien, que por fin le iba a hacer la cola a mi novia!

Aunque eso, claro, será contado en la próxima.

(concluye en la parte 2)

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Dándole al Joystick

Dándole al Joystick (toda la noche)

Por Rebelde Buey

Florencia tiene un cuerpo perfecto (al menos para mi gusto). Es nada más verla y tener una erección. Es increíble lo que me sucede con ella. Nunca jamás me pasó algo parecido con nadie. Ni remotamente parecido.
Pero a ella no le sucede lo mismo. Nos amamos más allá de lo físico, claro. Pero debo confesar que si yo no sintiese semejante atracción y, por ende, miedo de perder eso tan preciado, nunca la hubiera dejado tener un amante fijo.
El amante se llama Diego y si lo ves, no podés creer cómo a mi novia le puede gustar. No es atlético ni buen mozo, para mí tiene cara de nabo, pelo enmarañado y ondulado, y encima tampoco es brillante. Pero el hijo de puta se la garcha, mínimo, una vez por semana. Y las semanas que se la coge dos veces, puede pasar que se la coja más que yo, lo cual, obviamente, trae reclamos míos hacia Florencia y peleas en la pareja.
En fin, que desde hace dos años Diego se la coge todas las semanas, y yo terminé acostumbrándome y aceptándolo como algo normal.
Hasta que un día Flor vino con una idea surrealista: quería que yo vaya a lo de su amante, y que de alguna manera estuviera en la casa mientras ella se lo cogía en la habitación.
-Vos estás loca -le dije.
Pero ella ya había pensado todo. Diego tenía una PlayStation 3 y un montón de juegos. Su idea era ir uno de los días que estuviera alguno de sus sobrinos, que lo visitaban justamente para darle toda la noche a la Play y, mientras el sobrino y yo jugábamos, Diego y ella irían a la habitación, casi a escondidas.
Le dije que no, pero esa misma noche, mientras me cogió como los dioses, me hizo claudicar y aceptar esa locura. No me importaba tampoco tanto, porque contaba con una ventaja: Diego no sabía que yo estaba al tanto de que él me cogía a Flor, de modo que lo más probable era que él no aceptara llevarla a la cama en mi presencia. Diego no era uno de esos tipos dominantes que atropellan y todo les importa un carajo. Me tranquilicé. Aquella idea morbosa de mi novia no iba a prosperar.
Sin embargo, dos viernes después fuimos a la casa de Diego con la excusa de jugar a la Play. Diego estaba visiblemente nervioso, pero no dijo nada. Yo tampoco. Lo saludé como otras veces que lo había visto. Flor estaba radiante y hermosa, tratando de que charláramos entre nosotros como viejos amigos.
La primera sorpresa me pegó como una trompada en la cara. El sobrinito de Diego no era tal. Era un flaco de unos 27 años llamado Matías, muy bien vestido y simpático. Flor no pareció sorprenderse por su presencia. Pero a mí me puso a la defensiva. ¿Por qué estaba ahí? ¿Ese flaco era el que iba a “distraerme”? La idea de quedarme jugando con un sobrinito mientras mi novia cogía en el otro cuarto me dejaba relativamente tranquilo porque el chico no se enteraría de gran cosa. Pero Matías se iba a dar cuenta y la perspectiva de quedar como un enorme cornudo no me hizo mucha gracia.
Comimos algo y tomamos unas cervezas, mientras charlábamos de boludeces. Era casi gracioso ver a los flacos aguantarse las miradas sobre mi novia. Ella se había ido con una minifalda bastante corta, una remera y unas botitas. Estaba muy sexy, sin parecer una puta. Por suerte evitó todo tipo de histerias o mostrarse en exceso. Disfrutaba de hacerse la legal delante de mí, y no de mostrarse puta. Yo me quería ir, pero no lo iba a hacer. En el fondo tenía miedo de que, si me iba, no solo Diego se garcharía a mi novia, sino también Matías.
Pronto estábamos los cuatro frente al televisor, joysticks en mano, jugando un partido de futbol.
Con la excusa del anfitrión, Diego me dejaba jugar todo el tiempo a mí. Matías simplemente acaparó uno de los controles y no lo soltaba con nada. Me di cuenta que Flor se había parado detrás del sillón, a mis espaldas. Cuando Diego se paró a su lado, Flor apoyó sus dedos en mi hombro.
Me costó concentrarme. No iba a darme vuelta porque le arruinaría el juego a mi novia, pero sabía que la minifalda era toda una invitación para el manoseo, y la había visto elegir una diminuta tanguita negra con encaje. Los dedos de mi novia me presionaron un poco y los ojos de Matías comenzaron a bailotear hacia ellos. Estaba más desconcentrado que yo y comencé a hacerle goles.
Le estaban manoseando a mis espaldas esa cola perfectísima, sobándola, hurgándola seguramente en sus agujeritos, y yo transpirando delante de ella y sin poder hacer nada. De pronto noté que tenía una leve erección y eso me dio más bronca que lo que estaba pasando atrás mío.
Flor se reclinó hacia mí, como para hablarme, pero de lo que se trataba era de dejarle la cola a completo merced de su Diego.
-Mi amor -me dijo con voz entrecortada. -Te están llenando el arco… Tenés que defenderlo mejor…
No quise darme vuelta. No sabía qué hacer, en realidad. Creo que Matías tampoco, porque miraba pero no quería mirar. Me llegué a preguntar si estaría sobre aviso, o era tan ignorante como -se suponía- lo era yo.
El timbre me sobresaltó. Pero solo a mí.
-¿Pidieron una pizza? -dije desde mi inocencia más completa.
Diego fue a abrir. Sin dejar de jugar, escuché gran alboroto en la puerta, saludos efusivos y risas. Todas masculinas. Giré un segundo para ver venir a tres flacos más, de entre 27 y 33 años, uno bajo y flaquito y dos grandotes, uno de ellos demasiado grandote y morocho, con una traza que metía miedo. Era el único que no sonreía y no hizo otra cosa que mirar a mi novia de arriba abajo como si fuera una cosa usable, o una puta. Nos presentaron. Se hizo un silencio incómodo cuando me anunciaron como “el novio de Florencia”. En ese momento supe que todos sabían lo cornudo que era. O al menos, que iba a ser. Porque si Flor se llevaba a Diego a la cama, iba a ser imposible parar al grandote.
Yo estaba desconcertado, aquello era demasiado. Matías ofreció su joystick y uno de los nuevos lo agarró, para comenzar a jugar. Yo debería haber hecho lo mismo. Si supuestamente no sabía lo que iban a hacer, por una cuestión de cortesía me correspondía tener el mismo gesto. Giré un poco para ofrecer el joystick y por el rabillo del ojo vi a mi novia detrás de mi respaldo, y al morocho grandote detrás de ella. Diego, rápido de reflejos, me atajó y me hizo girar nuevamente hacia adelante. Eso me dio la pauta que el grupo no sabía que yo sabía que mi novia estaba en plan de regalo.
-¿Hay algo para tomar? -dijo el morocho grandote. Su voz era firme.
-En la cocina -dijo Florencia. -Vení que te muestro.
Vi cómo mi novia iba bamboleando su minifalda, con el otro atrás, mirándole su andar.
-¿Jugamos un cuadrangular? -propuse.
-No, mejor “ganador queda” -dijo Diego.
La única forma de tenerme toda la noche sentado frente al televisor era que se dejaron ganar para que yo permanezca allí.
Comenzamos a jugar. Florencia apareció por detrás mío y preguntó dónde quedaba el toilette. Diego le indicó. Y ella salió del living hacia el pasillo que daba al baño y a las habitaciones.
Jugué. Gané. Pasó otro y le iba ganando cuando escuché los pasos del morocho grandote yendo hacia las habitaciones. No dije nada, pero mi mente se fue del partido. Hice un esfuerzo sobrehumano para no girar mi cabeza, pero la distracción pagó con un gol. Los otros cuatro chicos estaban tensos y en completo silencio. El grandote se perdió en el pasillo y en seguida mi rival se dejó hacer un gol. Los partidos duraban unos diez minutos. Cuando terminó ese, el cual por supuesto gané, ni mi novia ni el grandote volvieron.
¡Hija de re mil putas! Florencia se estaba garchando al morocho sin haberlo acordado previamente conmigo. Yo había levantado temperatura, transpiraba. Y tenía una erección a medias, que repuntaba y se aflojaba según los pensamientos que tenía.
Al promediar el segundo partido hubo un par de segundos donde el juego se pausó y hubo un silencio casi total. Fue cuando se escucharon muy levemente unos suaves jadeos de mujer, que venían del pasillito. No fue tan evidente como para provocar un escándalo, el silencio fue tan breve que incluso para alguien que estuviera distraído -como yo, jugando- hasta habría pasado inadvertido.
Pero lo escuché. Y también lo escuchó Diego. Mi interés desde ese momento fue tratar de escuchar los jadeos de mi novia por encima del sonido del videojuego. Era realmente difícil. Pero unos minutos después, los jadeos de mi novia comenzaron a hacerse un poquito más fuertes y pude percibirlos nuevamente, aunque todavía bajos.
Diego se levantó y puso la radio en el equipo de música.
Luego del tercer partido que me dejaron ganar, el morocho todavía no había re aparecido. Negro turro, se la estaba gozando como un hijo de puta.
Casi al terminar el cuarto apareció. Solamente él. No mi novia. Se sentó en un sillón del costado, se tomó medio litro de cerveza de un tirón y se puso a mirarnos.
Me puso tan nervioso que aunque se dejaran ganar, terminé perdiendo. Me tuve que levantar y para evadir la mirada del morocho, me fui a la cocina y encontré media botella de vino. Me la mandé de una.
Estaba confundido, asustado, nervioso. Mi novia se había ido al carajo con todo ese jueguito. Volví luego de mojarme la cara. Faltaba uno de los chicos del grupo, el otro morocho. ¿Estaría en la pieza cogiéndose a mi novia, él también? Por la mirada de desprecio que me regalaba el grandote me di cuenta que sí. Estaba jugando y entonces aproveché para observarlo. Estaba totalmente despreocupado, muy seguro de sí. Empecé a imaginármelo cogiéndose a mi novia y tuve una erección instantánea. Tuve el morbo de verle el bulto pero con los pantalones holgados no pude adivinar nada. ¿Qué pretendía, yo? ¿Quería que la tuviese grande? ¿Por qué le miraba ahí? En ese momento se estaban cogiendo nuevamente a mi novia. Imaginármela con esa cola redonda y ese cuerpo perfecto, siendo poseída por estos desconocidos me estaba excitando cada vez peor. Algo andaba mal en mí.
Veinte minutos más tarde yo estaba ganando otro partido y Matías rumbeaba para la habitación. Yo ya estaba más cómodo, más relajado. Y un poco más en mi papel de cornudo boludo que le están cogiendo a la novia sin darse cuenta.
Hablaba mientras jugaba, los cargaba cuando les ganaba (o se dejaban ganar) y charlaba con ellos más distendido. El alcohol había hecho su efecto y los había soltado también a ellos. Los hijos de puta, cuando yo les hacía un gol o hacía alguna jugada destacada, a modo de agresión aprobatoria me insultaban, primero con el clásico “hijo de puta” pero enseguida se pusieron osados y comenzaron a decirme “cornudo”, no como cornudo sino como un insulto bueno.
“¡No seas cornudo, no me podés hacer es gol!”
“¡Cornudo, dejame meterte aunque sea una!”
Cornudo esto, cornudo aquello.
Se miraban entre ellos y se reían. Y se pasaban de la raya constantemente. La cerveza los hacía más osados, y el vino, a mí, me hacía más permisivo.
Para cuando los cinco se habían garchado a mi novia a mis espaldas, ya todos me nombraban únicamente por cornudo. Se había convertido en mi sobrenombre.
-Cornudo, pasame el celular que tengo que llamar a unos amigos.
Y yo se lo pasaba y respondía a ese mote con total naturalidad.
Entonces apareció mi hermosa novia, pero solo por un rato. Con el cabello más revuelto, la ropa hecha un desastre pero con la minifalda puesta. Al menos, conservaba las formas. Tomó Coca Cola, tomó cerveza y estuvo charlando un rato.
Pero en cuanto a mí me tocó jugar un partido, se levantó y se fue nuevamente a la habitación, y detrás de ella, literalmente detrás de ella, ya sin el más mínimo disimulo, el hijo de puta del grandote la siguió y se metieron en el pasillito que llevaba las habitaciones.
Jugué un partido completo y parte de otro y el morocho se la seguía cogiendo. Pero mi vejiga explotaba y necesitaba ir al baño. Tenía la cabeza tan llena de alcohol que no me era sencillo pensar ni moverme. Le di el joystick a Diego y me fui al baño.
El baño estaba a un costado del pasillito. Pero la habitación estaba al fondo, pegado, y la puerta no del todo cerrada. La claridad con la que se escuchaban los jadeos de mi novia y del grandote me sorprendieron. Fui al baño e hice lo más rápido que pude. Salí y disfruté de ese concierto exquisito que era mi novia jadeando con pija nueva.
No eran jadeos electrizantes ni de película porno. Eran jadeos tranquilos, sensuales, cadenciosos. Cada tanto se escuchaba la voz del morocho diciéndole alguna cosa, pero no se entendía bien. Y mi novia respondía con algún gemido más excitado. Tenía una erección formidable que ya me molestaba en el pantalón. Metí mi mano para acomodarme la pija y sentí un alivio doble, por zafarla de esa posición, y por el roce con mi mano.
De ahí a acariciarme hubo un solo paso. Me asomé por el hilo de luz que dejaba la puerta y pude ver el movimiento de los cuerpos. No se veía mucho y mi semi ebriedad no ayudaba, pero el cuerpito perfecto de mi novia siendo usado por ese hijo de puta se adivinaba bien. Me acaricié un poco la pija sin sacarla del pantalón.
Taté de acompañar los jadeos de ella con mis movimientos. En un ratito la muy puta de mi novia recibió no solo toda la pija sino también toda la leche tibia de su nuevo macho.
-Sí, mi amor… -susurraba.- dámela toda… dame toda la lechita.
Y el bufido semi gutural del morocho acabándole como un animal en celo. Casi me voy en la mano con la escena, pero la adrenalina me puso un poco más sobrio y tomé conciencia de que si me descubrían allí, se perdía el juego de mi novia.
Me fui a jugar al PlayStation nuevamente. Nadie sospechó nada.
En fin, esa noche mi novia terminó siendo usada por segunda vez por los amigos de Diego. No solo eso, a las 4 de la mañana cayeron tres tipos más, que pudieron disfrutar de Flor al menos una vez cada uno.
Desde esa noche ya nada volvió a ser igual en nuestra pareja. Florencia tuvo que convencer a Diego y sus amigos de que yo no sabía nada, de que era medio tonto y que con alcohol era capaz de no ver lo evidente. Todo para satisfacer su morbo.
Y ahora, más o menos mes por medio, nos reunimos con Diego y sus cada vez más numerosos amigos en reuniones donde corre el alcohol, yo me hago el borracho o el dormido, y veo o estoy en presencia de cómo uno por uno van, sigilosamente, pasando al cuartito donde los espera mi novia para ofrecerles ese cuerpito perfecto que debiera ser mío y nada más que mío.

Fin.

Pueden visitar mi blog personal, donde tengo algunos relatos más.
Lo tienen en mi perfil o en
http://rebelde-buey.blogspot.com/

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El adulterio de mi esposa

La polla estaba encajada en el chumino de Beatriz al máximo de lubricación, yo estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

No sé qué harían ustedes si alguna vez pillan a su esposa follando con un chico joven. Yo lo que hice fue esconderme para que no me vieran, callarme para que no me escuchasen y asomarme por entre los arbustos para no perder detalle del polvo que se estaban metiendo, aunque les aclaro que aunque hubiese querido hacer algo, lo más probable es que no hubiese podido, porque estaba tan empalmado viendo joder a mi esposa, que dudo incluso que pudiera haberme puesto de pie.

Hola, soy Doroteo, tengo cuarenta y seis años, estoy casado, o mejor dicho felizmente casado, tengo tres hijos, dos chicas de veintiuno y diecinueve años y un chico de dieciséis años. Vivo en Valladolid, una ciudad de tipo medio en la España del interior que cuenta con una población que supera los trescientos mil habitantes, aunque hace pocos meses se inauguró el tren de alta velocidad que nos comunica con Madrid, que dista apenas doscientos kilómetros y el recorrido en el tren se hace en aproximadamente una hora, lo que a buen seguro hará que nuestra ciudad tome mayor relevancia y progrese económicamente.

Profesionalmente tengo una empresa que cuenta con algo más de cien trabajadores, estoy bastante involucrado en la vida y desarrollo de mi ciudad y familiarmente mi esposa es la auténtica “alma máter” tanto de mi familia como de la suya. La conocí en la Universidad, yo estudiaba en la facultad y ella era la hija de los cocineros de la cafetería. Ella era una chica simpática, desenvuelta y guapa. La “jodía” de la chica era tan guapa que tenía encandilados a todos los estudiantes, aunque finalmente fui yo quien me la ligué y quien se casó con ella.

Ya de casados Beatriz se fue haciendo cargo de ambas familias, de la de ella y de la mía, y se diría que cualquier evento o celebración, necesariamente se le consultaba. Para mí siempre fue un apoyo impagable, pues desde que comencé mi vida profesional, hasta la fecha, no he hecho más que subir escalafones, en gran parte gracias a su saber estar en todo momento. A veces, en reuniones de amigos siempre decía que la mujer del Cesar no sólo tiene que ser decente, además tiene que parecerlo. Eso algunos lo entendían como un aviso para que no diesen escándalos y mantuviesen discreción. Ya les digo, un dechado de virtudes.

Pues bien, ocurrió que con motivo del veintidós aniversario de bodas, yo estaba de viaje de negocios y no pudimos celebrarlo, por lo que le propuse que a la vuelta nos iríamos unos días a Canarias. Y ahí fue donde se produjeron los hechos que les voy a relatar.

Nos hospedamos en un hotel de lujo, pero ya saben que hoy en día los hoteleros el único lujo que respetan es el de la ocupación, y con tal de llenar las habitaciones, poco les importa ofrecer las no reservadas a tour operadores a precios de ganga. Y era el caso que en el hotel había un grupo de chicos ingleses que a todas luces se habían aprovechado de una de esas gangas y no hacían otra cosa que beber y meter bulla.

Recuerdo incluso que Beatriz a la hora de la comida y viéndoles lo poco que comían y lo mucho que bebían criticó en privado su actuación. Ese mismo día, por la noche, había una fiesta en la discoteca del hotel. Ambos nos pusimos nuestras mejores galas y bajamos a divertirnos un rato, hicimos amistad con otros clientes y lo estábamos pasando francamente bien. Yo quizás me excedí un poco en la bebida y al notarme algo cargado, decidí salir al exterior para refrescarme algo, aunque no le dije nada a mi esposa, pues estaba entre un grupo de amigos y no parecía que hiciese falta alguna.

Al salir al exterior busqué un templete que tiene el hotel algo alejado del edificio principal. Las luces estaban apagadas y parecía un lugar discreto para respirar un poco de aire puro y que se me pasara algo el mareo.

En esas estaba cuando observé que una mujer acompañada de un hombre salían al rato por la misma puerta que yo utilicé hacía tan solo unos diez minutos. Los vi que se dirigían al lugar donde yo estaba, aunque la poca luz no me dejaba verles, pero según se acercaban, el vestido amarillo de la mujer la delataba, era mi esposa y venia acompañada por un chico bastante joven, me pareció que era uno de los chicos ingleses que tanto alboroto metían.

Yo me quedé sorprendido, porque incluso mi esposa según se acercaba al templete donde yo estaba, no hacía más que mirar para atrás, como cerciorándose de que nadie les seguía. Obviamente si lo que quería asegurar es que yo, su marido, no la viese, pues iba lista, porque estaba justo donde ellos se dirigían.

¿Qué hacer?, me pregunté según se acercaban. Esperarlos y recibirlos, o esconderme entre unos arbustos que rodeaban el templete. Elegí hacer esto último, aunque para decirles la verdad, en ese momento no podría decirles exactamente la razón que me hizo tomar esa decisión, el caso es que me agaché y me escondí entre los arbustos.

Nada más llegar al templete, me quedó muy claro las razones que les traía a ese lugar. El chico, que tendría poco más o menos la edad de mis hijas, ya le había sacado a mi esposa Beatriz las tetas y se las venia sobando y chupándoselas a conciencia. Como pueden suponer yo me quedé paralizado de ver a mi esposa en ese trance y con ese chico, pero la cosa aún ni había comenzado.

La colocó justo al lado donde me encontraba escondido, le metió mano a la entrepierna y le bajó las bragas hasta la altura de las rodillas. Beatriz estaba en ese momento de espaldas, de modo que sus nalgas relucían espléndidamente ante mis atribulados ojos. No estarían a más de tres metros de distancia, de modo que no se me escapaba detalle de todo lo que decían y hacían.

El chico le decía a Beatriz lo buena que estaba y ella le decía la polla tan rica que tenia. Todo eso mientras se besaban, se acariciaban, se tocaban, hasta que Beatriz le dijo algo que me dejó “pasmado”:

-Esta tarde en la piscina me has puesto como una burra, si no es por que mi marido estaba que no nos quitaba ojo de encima, te había follado allí mismo.

Joder, si yo ni siquiera me había fijado que Beatriz estaba en la piscina con un chico, aunque ahora si, ahora si que me estaba fijando, porque justo en ese momento la estaba tumbando en el suelo y se la iba a montar.

La tendió en el suelo, terminó de quitarle las bragas, le abrió un poco las piernas, se encajó entre sus muslos y con bastante delicadeza, se la fue metiendo centímetro a centímetro. Beatriz disfrutaba del momento a tope, se relamía, arqueó el culo y cruzó sus piernas sobre las del muchacho a la vez que sus manos se aferraron a sus nalgas.

Lo tenía atrapado, sus cuerpos estaban aferrados, aunque el chico tomó la iniciativa y en esa misma posición comenzó a metérsela y sacársela. Era un metisaca pausado, arqueaba el culo y lo dejaba caer pausado sobre la barriga de mi esposa, le debía estar metiendo la polla hasta el ombligo, porque lo hacía meticulosamente, con maestría, se la estaba follando con una intensidad extrema, como si el mundo se fuese a acabar, como si fuese el último polvo de sus vidas.

Me dio envidia de la pasión que mi esposa derrochaba follando con aquel chico, conmigo creo que nunca folló con tanta intensidad. La polla la debía tener tan majestuosamente encajada en el chumino de Beatriz que se escuchaba perfectamente el choc, choc, del metisaca, lo que significaba que el chocho de mi esposa debía estar al máximo de lubricación.

Aunque a mi me estaba sucediendo prácticamente lo mismo que a Beatriz, estaba tan empalmado viendo como se follaban a mi amada esposa que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no correrme, aunque ellos si, ellos si que se corrieron, pude hasta ver como a Beatriz se le ponía la carne de gallina en medio de unos espasmos llenos de voluptuosidad y de jadeos que le salían del alma.

Al cabo del rato se levantaron, se arreglaron un poco las vestimentas y se dirigieron hacia la puerta de entrada al hotel. Antes de marcharse el muchacho intentó besar en los labios a Beatriz, pero ella no se lo permitió y le dio una explicación que me dejó sorprendido: no es amor, es sexo.

Eso me halagó un poco, aunque la verdad lo que más me halagó fue ver tiradas en el suelo las bragas de Beatriz, que recogí con mimo, las acerqué casi, casi, con devoción a la nariz y pude disfrutar por unos segundos del profundo aroma a chumino que aún desprendían.

Minutos después  aparecí por el salón donde estaba Beatriz. Estaba radiante, disimulaba riéndose con otra clienta tomándose una copa de champaña, como si no hubiera roto un plato en su vida, mantenía con altivez lo de la mujer del Cesar, que además de virtuosa debía parecerlo. Bueno, ella precisamente virtuosa no lo era, pero lo disimulaba a la perfección. Me dedicó la mejor de sus sonrisas, sus ojos derrochaban brillantez, su cara dulzura, sus labios calidez, su cuerpo sensualidad, tenía un culo maravilloso y el chumino lo debía tener encharcado de flujo.

-Dónde te has metido que llevo un buen rato sin verte- me preguntó con todo el cinismo del mundo. Yo le contesté con una explicación inocente y medio creíble y se quedó de lo más satisfecha. Su infidelidad había quedado a buen recaudo, lo que no suponía es que en uno de mis bolsillos se escondían sus braguitas.

La invité a dar por terminada la fiesta y a subirnos a la habitación, lo que aceptó de muy buen grado. Ella ya llevaba la fiesta en el cuerpo. Al subir en el ascensor los dos solos y agarrados de la mano, le di un beso en la boca y ella me la abrió suavemente y sacó su lengua al encuentro de la mía. Eso me halagó, quizás no habría la pasión del sexo que derrochaba con el chico, pero me pareció que si había amor.

A continuación deslicé una mano entre sus piernas y como era de esperar llevaba el chumino al aire.

-No llevas bragas- le dije haciéndome el sorprendido. -Hoy no me las puse- me contestó con rotundidad, aunque desde luego mentía. -Si, si que te las pusiste, te pusiste una tanguita negra. Me sorprendió porque siempre dices que las tanguitas no son nada cómodas-

Ella se quedó sorprendida y no dijo nada. En ese momento el ascensor llegaba a la planta y se abrían las puertas, aunque antes de salir eché mi mano al bolsillo y saqué sus braguitas diciéndole:

-Toma, te las olvidaste en el suelo bajo la pérgola del bar exterior del hotel.

Se quedó lívida, no pudo o no quiso pronunciar palabra. Le pasé la mano sobre su hombro y la invité a salir del ascensor. Me dio pena verla tan desconcertada, de modo que cogí su mano y juntos caminamos por el pasillo en busca de nuestra habitación sin decir absolutamente nada. Al llegar frente a la habitación me adelanté y abrí la puerta, la invité a entrar y nada  más cerrar la puerta se volvió hacia mí y con voz temblorosa me dijo:

-Llevaba mucho tiempo queriendo decírtelo, pero nunca me había atrevido, lo siento mucho, entenderé que quieras divorciarte. -Yo no quiero divorciarme- le contesté con rotundidad y añadí: lo que yo quiero ahora mismo es tumbarte en el suelo y follarte.

Ella no dijo nada, pero se tendió sobre la moqueta rosa de la habitación, se subió el vestido hasta dejar al descubierto su chochito sin bragas y me tendió las manos para recibirme. Yo casi me desplomé sobre ella, busqué afanosamente su boca y le introduje la lengua hasta encontrar la suya y las entrelazamos a la vez que mi atribulada polla penetraba furiosa dentro de su más que lubricado chumino para correrme casi de inmediato.

Los dos nos quedamos en silencio, tendidos sobre la moqueta, abrazados y desnudos, y así, en esa posición, nos dieron las claras del día. Tempranito, sin siquiera desayunar abandonamos el hotel y salimos hacia el aeropuerto en dirección a Madrid. Ya acomodados en un lujoso hotel de la Castellana se abrazó a mí, me miró a los ojos y me contó minuciosamente todas sus infidelidades.

-Habrá más, le pregunté con extrema precaución, aunque ella me contestó con rotundidad. -Probablemente sí, pero sólo si tú lo quieres. Nunca más te lo volveré a ocultar.

Bueno, algo había ganado. Nuestras relaciones sexuales cada vez se espaciaban más y cada vez eran más monótonas. Desde ese día follábamos como si el mundo se fuese acabar, además siempre había el aliciente de que cualquier día mi esposa podría cometer adulterio y yo sería testigo de excepción.

Autor: Pancho Alabardero

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A mi madre se la follan en el pueblo

Parecía querer mostrarme con lo que estaba dispuesto a taladrar a mi madre y lo que vi me dejó consternado. Era un pollón enorme, probablemente más del doble que la mía en longitud y sobre todo en grosor. Mi madre le miraba extasiada. Se la veía decidida a dejarse llevar y disfrutar de ese momento, a sentirse deseada por un chico que podría ser su hijo.

Hola, me llamo Mario, tengo 19 años y vivo con mis padres en Valladolid. Siempre me he considerado muy afortunado por la vida que tengo, al menos hasta hace  un par de meses, cuando fui testigo de algo que cambió mi forma de ver las cosas radicalmente. Desde entonces, no logro conciliar el sueño por las noches sin que esas imágenes pasen una y otra vez por mi mente.

Empezaré por describir a mi familia. Mi padre se llama Joaquín, es un hombre normal, típico padre de familia que junto a su éxito profesional está criando una incipiente calva y una buena barriga cervecera. A sus 45 años es todo un ejemplo de hombre de negocios y de valores familiares por encima de todo. Mi madre Ana sin embargo, es una mujer cuya vida rutinaria no ha mermado ni un ápice de su atractivo. La bici y el aerobic que hace en el gimnasio desde hace años, ha mantenido su metro sesenta y siete en perfecta forma y su cuerpo indica 5 años menos de los 42 que tiene en realidad.

Mantiene un culo prieto, con carne donde agarrar, y a eso hay que añadir un hermoso rostro de pelo castaño (aunque varia según como se lo tiña), unos enormes ojos negros y unos labios carnosos y muy sensuales. Pero lo que más llama la atención son sus tetas. Tiene unas tetas increíbles (puedo decir ahora que las he visto), bastante grandes, que siguen llamando la atención al igual que lo harían hace 20 años y que igualmente siguen desafiando a la gravedad, manteniéndose firmes y redondas. Todo esto junto a su exquisito gusto a la hora de vestir y su plena dedicación a la vida familiar la han convertido a los ojos de todos nuestros conocidos en la madre y esposa perfecta. Pero para mi desgracia, todo lo que he presenciado este verano me ha hecho ver que también puede ser la zorra perfecta.

Todo comenzó a comienzos de junio cuando mi padre se empeño en reformar la casa en que se crió y que había heredado de mis abuelos en un pueblo pequeñito al lado de Cuéllar (Segovia). Mis abuelos se vinieron a vivir a Valladolid cuando mi padre era pequeño por lo que apenas habíamos ido antes por allí. Mis padres fueron a pedir varios presupuestos para hacer la obra y al final decidieron encargársela a Manuel, que resultó ser un amigo de su infancia. Había que hacer el tejado nuevo y alguna cosa más. A mediados de julio mi padre y mi madre cogieron las vacaciones, un mes completo, y decidieron que fuésemos allí a pasar el verano y ver cómo iban las obras…

Prácticamente estrenamos el coche nuevo para ir allí. Un Mercedes CLS negro impresionante, con el que a mi padre se le caía la baba y que mi madre apenas se atrevía a conducir por ser demasiado grande. Cuando llegamos encontramos a Manuel y a su hijo Sergio allí, trabajando. Al vernos aparecer bajaron del tejado y se acercaron a saludar. Sergio flipaba con el coche y no dejaba de preguntar a mi orgulloso padre por él, sobre los extras, el motor,…

Manuel es un tipo de la edad de mi padre, muy grande, fuerte y algo rudo. Sergio, su hijo, tiene algún año más que yo, unos 25 creo. Es un chaval con el pelo casi rapado y con una cresta, estilo Beckham, de rostro muy anguloso y moreno, y con un cuerpo atlético como el que siempre he querido tener yo. Es un auténtico maromo, que vuelve locas a las chicas con su espectacular musculatura, supongo que esculpida a golpe de andamio. Mide 1.85m, lleva una especie de brazalete tatuado en el bíceps y una serpiente en el cuello. Vamos, que es un poco macarra.

Pasó una semana de aburrimiento, en lo que lo único que hacía era estudiar en el jardín de la casa las asignaturas que había suspendido en la universidad, al tiempo que mi madre tomaba el sol y el gallito de Sergio lucía musculitos sin camiseta. No dejaba de fardar con mi padre del éxito que tenía con las pibas y le insistía una y otra vez en que le tenía que dejar probar nuestro coche nuevo, que con él no se le resistiría ninguna.

Pero ese jueves 24 de julio jamás lo olvidaré. Me sorprendí porque Sergio, que hasta entonces me había ignorado totalmente, me comentó que eran las fiestas de pueblo cercano, situado a unos 25km y que si me apetecía ir con él y sus dos amigos. No tenía muchas ganas pero con el aburrimiento que tenía encima, acepté y a buena hora. Me comentó de ir a partir de las doce y que volveríamos sobre las 5 o las 6 de la mañana. Mi padre me dijo no, que tenía que estudiar y que no iba. Mi madre, más benévola, respondió que fuese, que sobre las 3 se acercaría ella a buscarme. Quedamos en eso. Las fiestas resultaron ser un auténtico rollo en el que la única diversión era beber y yo, con mi falta de costumbre, me agarré un pedo de campeonato.

Por si fuera poco los amigos de Sergio, que eran aún más macarras que él, me convencieron para que me fumase un porro y la combinación fue trágica. Cuando llegó mi madre a las 3 me encontró hecho unos zorros. Si me mantenía en pie era gracias a que me sujetaba en la barra del bar que habían montado en la plaza del pueblo. Todo me daba vueltas y mi mente parecía que se conectaba y desconectaba por momentos, ya que no era capaz de escuchar conversaciones enteras. Me pareció ver que mi madre recriminaba a Sergio, un poco apartados ambos, haberme dejado llegar a ese estado, pero no me enteraba mucho… Al poco creía estar oyendo a sus amigos hacer comentarios sobre mi madre:

– Joder con las tetas de la titi esta… Tiene razón Sergio con lo de que la madre de éste tiene un polvazo – decía uno sin apartar los ojos de los pechos de mamá – Ya te digo, vaya melones. Verás como este cabrón aprovecha en cuanto pueda y consigue abrirla de patas, jajaja – Joder, seguro. La pava esta no sabe la follada que la espera.

Pude ver que mi madre y Sergio se acercaban mientras los dos chavales miraban y se reían de los comentarios que hacían cada uno sobre la anatomía de mi madre. Ella o no lo oyó o decidió hacer oídos sordos. Entonces uno de ellos se puso a su lado:

– Hola, ¿qué tal? Soy Víctor. ¿Te puedo invitar a algo? – Le preguntó – ¡Ah! Hola, yo soy Ana. No, no tomo nada – ¿Ah, no? ¿Y para qué has venido? – A por mi hijo, soy la madre de Mario.

El otro se puso al otro lado de mi madre apartándome de un empujón, que si no es por Sergio que me sujetó, me hubiese llevado directamente al suelo:

– Hola yo soy Carlos, ¿bailas? – Le preguntó – No gracias, ya nos vamos – Contestó mi madre con la mejor de sus sonrisas – Esperaos un poco, que es pronto. – dijo Carlos pasando su brazo alrededor de los hombros de mi madre – Nos podemos divertir. No te quejarás, que además estamos buenos que te cagas, ¿o no? – añadió Víctor, mientras Sergio se partía de risa.

Yo intentaba no perder detalle de lo que ocurría entre esos dos listillos y mi madre. Los chavales tenían buena planta y eran guapetes de cara además de simpáticos, pero bastante macaras y no me fiaba un pelo de ellos.

– Vaya peligro que tenéis. Ayudadme entre todos a llevar a Mario al coche -respondió mi madre.

Cuando llegamos al coche alucinaron con él. No me extraña, porque esos dos nos habían llevado a Sergio y a mí en una Citroën Berlingo, sin asientos atrás y con un colchón en el piso. No paraban de hablar del coche. Mi madre comentaba que vaya situación, conmigo así, a esas horas y por esa carretera comarcal… que tenía que haber convencido a Joaquín, mi padre, para que hubiese venido él a buscarme. Esos dos decían que no se preocupase que estaban allí “pa lo que hiciera falta”, que si quería nos acompañaban al pueblo. Sergio riendo les dijo que no hacía falta, que volviesen en su coche cuando quisieran, que ya se ocupaba de “todo” él. Entre Sergio y Víctor me subieron al asiento de atrás, en su lado izquierdo, tras el conductor.

Según lo hacían oí a Víctor preguntarle con todo descaro que si pensaba follársela. Sergio le contestó que estuviese tranquilo, que se lo contaría todo. Después mi madre se inclinó para abrocharme el cinturón y según lo hacía le oía decir que parasen quietos, que si no les daba vergüenza… Decidió darle las llaves a Sergio y dejarle conducir. Ni que decir tiene que ese cabrón aceptó encantado. Se montó mi madre delante y después Sergio, que bajando la ventanilla se despidió de sus amigos. Estos sonriendo le decían que aprovechase, que vaya suerte que tenía, que quien le iba a decir que esa noche por fin lo iba a “probar” bien… Sergio sin parar de reírse les contestó que se apartasen y le dejasen arrancar, que estaba impaciente por “probarlo”…

Todo me daba vueltas y apenas podía mantener los ojos abiertos. Mi madre preocupada se volvía y me preguntaba que cómo me encontraba. No podía ni contestar y ella insistió en que intentará dormirme. Cerré los ojos… Apenas podía escucharles pero algo llegó con claridad a mis oídos:

– ¡Vaya buga! – decía Sergio- No sé qué me gusta más, si el coche o las tetas de la dueña…

Entreabrí los ojos y vi a mi madre mirarle durante un segundo con cara de sorpresa para luego romper en una carcajada.

– Jajaja, ¿pero como eres así? – dijo mamá dándole una palmada en el muslo. – Tú ten cuidado, que casi me tocas algo más que la pierna…jajaja.

Pasó algo de tiempo y, aunque no podía seguir toda la conversación debido a mi estado, nada me volvió a mosquear. De vez en cuando abría uno de mis ojos para intentar ver lo que pasaba. Nada me llamaba la atención hasta que, en una de ellas, vi como Sergio ponía “inocentemente” su mano en el muslo de mamá. Al parecer, quería que ella se girase para comentarle algo, pero desde ese momento no volvió a levantar la mano de la pierna de mamá. Ella no hacía nada que pareciese indicar que le molestaba. Probablemente se sentía halagada porque ese chico, de poca más edad que su hijo, trataba de flirtear con ella y por eso le permitía cierto contacto físico. Porque tal y como ponía su manaza sobre las piernas de mi madre, era imposible que ella no lo notase.

Empecé a flipar, no sabía si oía bien, pero me parecía que la conversación entre los dos iba tornándose cada vez más subida de tono, con Sergio tratando de sacar detalles de su vida sexual a mi madre a cambio de contarle toda tipo de detalles de sus encuentros con otras chicas de su edad. Yo empezaba a estar mosqueado al ver a mi madre tan cómoda con esa mano tratando de sobarla disimuladamente todo el rato. La mano de Carlos llevaba ya en su muslo casi 10 minutos y cada segundo parecía subir un poco más y por fin, para mi alivio, mi madre notó que esa mano ya había subido demasiado. Casi le estaba rozando la ingle cuando le apartó la mano, pero sin brusquedad y le dijo riéndose:

– ¡Pero bueno! Jaja, ¿a dónde vas con esa mano? –le preguntó mamá sin enfadarse, más bien riéndose como si le hiciera gracia aquel joven tratando de meterla mano. – ¿A caso te gustaría que te tocase yo tan arriba en el muslo? – Diciendo esto, puso su mano en el muslo de Sergio, aunque bastante más abajo de donde él había llegado a tocarla, pero algo encontró allí que le hizo ahogar un “oh, dios mío” y apartar la mano enseguida. – Te lo dije Ana. Ya te lo avisé antes. – Y te aseguro que con el tamaño de mi verga no bromeo.

Mi madre le miraba, como entre confundida y avergonzada, mientras él se reía y le decía:

– Venga mujer, no te asustes. – No…yo…es que… – mi madre intentaba decir algo pero se la veía demasiado nerviosa, y ni siquiera se atrevía a girarse hacia él. – Has tocado algo demasiado grande que te ha asustado, ¿verdad? – le susurró el otro mientras le comenzaba a acariciar el brazo. Mi madre dio un respingo, y se le puso la cara roja. – No pasa nada, mujer. Tú tienes unas tetas enormes que me gustaría tocar, y yo tengo una polla enorme que probablemente tú estas deseando volver a tocar. – dijo Sergio volviendo a poner su mano sobre el muslo de mamá.

Afortunadamente mi madre le volvió a apartar la mano. Pude ver que además de confusa, estaba bastante excitada, cosa que me molestó bastante, pues no me hacía gracia verla cachonda, aunque fuese un poco, por tocar un nabo de alguien que no fuera mi padre, y en especial si era de un chaval de casi mi edad. Yo iba a decir algo cuando escuché algo que me dejó helado:

– Dime Anita, ¿no te gustaría tocar un buen pedazo de carne como el que has tocado antes? Estoy muy bien dotado y ahora mismo estoy muy cachondo gracias a ti.

Sergio había cambiado completamente de tono al hablar a mi madre, de bromista a un tipo confiado que estaba seduciendo a una mujer casada y madre de un hijo que estaba allí mismo

– Venga… sé que quieres tocármela, lo estás deseando y yo también. Quiero que la notes bajo mi pantalón.

Abrí los ojos al instante y se me quedó cara de tonto al ver como él había cogido la mano de mi madre y la estaba acercando a su entrepierna. Mi madre se resistía o eso me parecía, pero él no tardó en conseguir su objetivo. Cuando tuvo la mano de mi madre en total contacto con su paquete, ella se quedó con la boca abierta, como si se le hubiera cortado la respiración. Yo debía estar soñando, fruto de las copas y del porro que me habían dado. No podía creer que fuese cierto lo que veía y oía:

– Dime Anita… ¿qué te parece ahora? – preguntó Sergio mientras llevaba la mano de mamá arriba y abajo por su entrepierna. Mamá no decía nada y sólo vi que tragaba saliva. – ¿Es grande o no? ¿Eh? jeje – dijo Sergio. – Sí…., sí que es grande….es…enorme…sí… – consiguió responder mi madre.

Apenas me atrevía a mirar. Era humillante. Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada. Él se limitaba a guiar la mano de mi madre a través de su paquete, supongo que complacido, y mi madre sólo miraba al frente sin saber qué hacer con semejante bulto entre sus manos. Al cabo de un rato volví a mirar y vi que Sergio soltaba su mano, pero mi madre a pesar de ser libre de dejar de tocarle, siguió con el mismo movimiento que había estado siguiendo junto a la mano de él. Era evidente que estaba perdiendo el control sobre ella misma por momentos y él veía que mi madre ya cooperaba.

No sé si me dormía o tenía lapsos en los que perdía la consciencia pero ya sólo de vez en cuando era capaz de abrir los ojos y de poder escuchar o imaginar parte de lo que hablaban. Me sentía cada vez peor. Tenía un mareo increíble y todo me daba vueltas y para colmo la forma de conducir del macarra de Sergio me estaba matando. Como siguiera tomando las curvas así iba a echar la pota en los asientos del coche nuevo. Cerré de nuevo los ojos esperando que todo pasara. No sé cuanto pasó pero cuando volví a mi estado de semiinconsciencia noté que el coche se paraba. Me alegré de haber llegado a casa, estaba realmente mal.

Tenía apoyada la cabeza sobre el cristal de la ventanilla y cuando abrí los ojos me extrañó la penumbra que había fuera. Medio escuché a mi madre preguntarle que porqué paraba ahí. Al mirar de nuevo pude darme cuenta que estábamos junto al frontón que está a las afueras de nuestro pueblo. No entendía nada. Apenas podía oírles pero me sorprendió escuchar:

– Bueno, bueno… veo que te está gustando tocarme el paquete y a mí me está apeteciendo sobarte un poco esas tetas. Es justo, ¿no?. Anda sé buena y pórtate bien conmigo… Me conformo con que me las enseñes. Llevo una semana sin dejar de pensar en ellas… y ya has visto cómo me empalmas.

Cuando abrí de nuevo los ojos vi a Sergio intentando morrear a mi madre pero ella apartó la cara. Cerré de nuevo los ojos pero su voz me llegaba cada vez con más claridad:

– Pero, ¡qué coño…! Venga no seas puta. ¿Tú tocándome la polla y ni siquiera me dejas besarte? Déjame sólo probarlas, joder… Sólo te las quiero tocar un poco, y enseguida nos vamos. Y podrás seguir tocándome el bulto hasta que lleguemos… Venga Anita, que me muero por sobarte esas tetazas. Y seguro que tú también te mueres de ganas de un buen magreo…. ¿No te gustaría que te tocase las tetas, te las estrujase, te las chupase, que te succionase esos pezones deliciosos que debes tener…? Venga, sólo tocaré un poco…nadie lo va a saber. Y no te preocupes por este, que no se entera de nada…No ves que está durmiendo la mona…Podríamos hacer de todo y ni siquiera se enteraría. Va pedo total, tú relájate…

Estaba flipando. Me podía creer que ese pedazo cabrón intentase enrollarse con mi madre, pero que ella hubiera dado pie a la situación me resultaba increíble. Entreabrí de nuevo los ojos y al ver lo que ocurría, casi se me para el corazón. Pude ver a Sergio besando con auténtica lascivia a mi madre y le agarraba y sobaba las tetas a conciencia. No podía creerlo. Estaba a punto de ver a mi madre traspasar la línea del tonteo para llegar al adulterio, y lo estaba haciendo a un metro escaso de mí, con un capullo casi de mi edad y en el coche nuevo del que papá estaba tan orgulloso. Sergio metió su mano en la entrepierna de mamá, provocándola un suspiro que interrumpió el intenso morreo que la estaba dando, momento que aprovechó él para comenzar a desabrochar la blusa a mi madre.

Cuando volví a abrir los ojos aluciné. Le había bajado las copas del sujetador y la tenía con las tetas al aire. Comenzó a chupar uno de sus pezones, provocando un espasmo de placer en mi madre. Cuando volví a mirar ya tenía el sujetador en una de sus manos. Tras tirarlo a mi asiento, la agarró de la barbilla y la hizo abrir la boca para dar entrada a su lengua y comenzó a embadurnar los morros de mi madre de saliva. Cuando sacó su enorme lengua de la boca de mamá, ella puso sus manos sobre su cabeza, rindiéndose ante él y ofreciéndole sus increíbles tetas. Inmediatamente se lanzó sobre sus pechos, cogiendo cada uno de aquellos melones y saboreando cada centímetro de teta que tenían entre sus manos. Mamá bajó las manos para acariciar la cabeza de aquel capullo que estaba dejando sus tetas brillantes de saliva. Cuando tuvo las tetas bien húmedas, agarró suavemente del pelo a ese cabrón consiguiendo separar los labios de él de sus pezones. Me quedé helado al oír lo que le decía mamá llena de excitación y sonriendo de placer:

– ¡Aaahhh, siiii…! Nunca me han comido las tetas así… Hummm… Creo que me van a reventar los pezones. – ¡Jajaja, ya te digo si están duros tus pezones! ¡Vaya tetas! Mira que me las había imaginado, pero si llego a saber que tienes unas peras así, te las como en tu casa el primer día delante de todos! ¡Vaya melones que te gastas! Parecen de una veinteañera de lo firmes que están, jajaja. No he catado unos así en mucho tiempo. ¿Qué talla usas? Porque estas no se ven todos los días – le oí decir al muy capullo.

Una 110, respondió mamá, que reía con los comentarios que hacía de sus tetas, mientras le acariciaba la cabeza y él seguía lamiendo y lamiendo sus melones. Cerré los ojos pensando que todo acabaría ahí, pero mucho me equivocaba, porque al poco oí el ruido de una cremallera y escuché de nuevo:

– ¡Oh, siií! Tócala bien, que tiene que crecer mucho más… Sigue palpando así y vas a ver una auténtica XXL.

Miré al instante y me quedé atónito al ver que mi madre tenía extendido el brazo hacia él. No podía ver más, pero por el movimiento de arriba abajo que apreciaba, estaba masturbando a aquel desgraciado. ¡Qué coño, le estaba haciendo una paja monumental! Y la cara que estaba poniendo mi madre era de un alucine de cojones. Como la que puse yo cuando le oí decir:

– Si quieres también la puedes probar…seguro que te mueres por saber cómo sabe

Respiré aliviado al ver la reacción instantánea de mi madre. Le decía que estaba loco, que esto había llegado demasiado lejos y que ya había dejado de ser una broma. Que ella era una mujer casada y que esto era una tontería, que se había terminado. Me parecía increíble todo lo que acababa de ver pero respiré al ver que mi madre empezaba a mostrar un poco dignidad. Pero él insistió:

– Venga Ana, lo estás deseando y no puedes decirme que no. Cómete mi polla, siéntela en tu boca, te encantará como sabe… y no te preocupes por tu hijo. Está dormido y a tu marido nadie le podrá decir nada. Sé libre y disfruta de mi polla. Seguro que nunca has probado una así, tú chupa y verás como disfrutas.

Estaba a punto de pararlo todo, pero antes de poder hacerlo mama se inclinó sobre la polla de Sergio y supuse que se la metió en la boca y que comenzó a saborearla, porque enseguida comenzó un movimiento con la cabeza que hizo suspirar a Sergio de placer y decir:

– Ohhhhh siiii, Anitaaa… Madre mía como la chupas… Joder con la mujercita casada… – Glup, glup….slurp….glup..- se oía a mi madre chupar con deleite.

Tras un rato de mamársela a Sergio, por fin se la sacó de la boca para tomar aire, pero apenas tuvo tiempo ya que el bruto de él la agarró de la cabeza y le metió la polla en la boca sin darle tiempo ni a coger un suspiro.

– ¡Ven aquí, guarrilla! Y sigue chupando. ¡Que la tienes a tu entera disposición, jaja! Verás, te voy a enseñar a mamar bien este pedazo de carne que te ofrezco. – ¡Uhhnnmmgg!¡Glug!¡Ugh!¡Uhhmmmgg! – trataba de gritar mamá protestando por la brusquedad de él, que movía la cabeza de mamá como si se estuviera haciendo una paja a dos manos y ella intentaba mamar como podía, pero apenas conseguía respirar y tragar saliva.

Cuando parecía que por fin cogía el ritmo, Sergio le agarró de la nuca y obligándola a abrir la boca todo lo posible, empezó a meterle toda su polla en la boca, tratando de que se la tragara entera, provocándole arcadas a mi madre. Lo sé porque al tiempo que guiaba la cabeza de mi madre le decía:

– Venga Anita, tú puedes…jajaja…vaya golosa que estás hecha, así, hasta el fondo…quiero notar tu garganta… ¡eso es! ¡Buena chica, hasta el fondo, jajaja! – ¡Glaggghh! ¡Wuegg…! – mi madre estaba a punto de vomitar

Cuando el macarra ese por fin estuvo satisfecho, dejó a mi madre sacar su nabo de la boca lo más rápido que pudo e intentó coger aire.

– ¡Joder…casi me ahogo! Menuda cacho de polla…¿no ves que es imposible que me la trague entera, so bruto? –le dijo a Sergio mamá.

Pero el cabrón de Sergio la cogió de la barbilla y levantándola hacia el asiento de ella le agarró con brusquedad de las tetas con ambas manos, mientras le volvía a clavar un beso lleno de babas en la boca de mi hasta entonces querida madre.

– ¡Deja de quejarte tanto, cerda, y ven que voy a saborear esa boquita de puta que tienes!

Se acercó a ella y la besó en la boca de nuevo, y mi madre devolvió el beso con sensualidad. Sergio debió aprovechar ese momento para accionar uno de los botones del asiento eléctrico en el que estaba mi madre porque al tiempo que la morreaba comenzó a tumbarse hacia atrás.  Ahora tenía a mi madre a escaso medio metro y podía verle a él meterle la lengua todo lo dentro que podía, mientras con sus manos sobaba todo el cuerpo de mi madre con unas ansias increíbles. Pronto una de ellas desapareció entre los muslos de ella y no tardó mucho en arrancar un profundo gemido de placer a mi madre, que se quedó mirando con cara seria a Sergio, sin decir una palabra, mientras este sacaba sus dedos de entre las bragas de mi madre y se los llevaba a la boca. Yo podía notar como temblaba ella, no sé si de miedo o excitación. Él tras chuparse los dedos le dijo:

– Bien, veo que estás bien mojadita, jaja. Estás lista para que te haga sentir en la gloria… Déjame quitarte esto para que todo sea más fácil…

Dijo el muy cabrón al tiempo que subía la ya elevada falda de mi madre hasta sus caderas y comenzaba a tirar de sus braguitas negras hacia abajo, deslizándolas hasta los tobillos y sacándoselas con cuidado de no engancharlas con los tacones de aguja que llevaba. Tras olerlas las tiró hacia mi asiento y casi me da con ellas en la cara. En apenas unos segundos se despojó de su camiseta y del resto de su ropa y antes de que pudiese darme cuenta comenzaba a pasar del asiento del conductor al de al lado, poniéndose sobre mi madre. Comenzó a besarle el cuello y a lamerlo. Después, el hijo de puta me miró fijamente a los ojos y dándose cuenta de que estaba lo suficientemente consciente como para darme cuenta de lo que estaba ocurriendo le susurró al oído a mi madre que estuviese tranquila y que se relajase, que yo dormía y que no me iba a enterar de nada de lo que estaba a punto de pasar. Que iba a disfrutar como nunca y que estaba a punto de descubrir lo que era una buena follada.

Quería hacer algo para impedirlo pero me encontraba en un estado de semiinconsciencia que no me dejaba moverme ni articular palabra, pero en cambio me permitía estar lo suficientemente lúcido como para darme cuenta de lo que allí ocurría. El cabronazo se echó hacia atrás, casi recostándose sobre el salpicadero, dejándome ver orgulloso y por primera vez en toda la noche su pedazo de polla. Parecía querer mostrarme con lo que estaba dispuesto a taladrar a mi madre y lo que vi me dejó consternado. Era un pollón enorme, probablemente más del doble que la mía en longitud y sobre todo en grosor. Mi madre le miraba extasiada. Se la veía decidida a dejarse llevar y disfrutar de ese momento, a sentirse deseada por un chico que podría ser su hijo… Volví a mirarle a él que sonriendo burlonamente dijo:

– Deja que coja un condón del pantalón, no te vaya a preñar… – Sí, tomo la píldora pero cógelo. No me lo perdonaría nunca si pasase algo.. – Mmmmm, ¿te cuidas?. Entonces mejor la follada a pelo, que te va a gustar mucho más. Una polla en condiciones como la mía la tienes que sentir bien, sin gomas ni nada. Ya verás como aúllas de placer cuando me sientas descargar dentro. Voy hasta arriba de leche y te voy a inundar el coñito… – dijo al tiempo que mirándome se ponía sobre mi madre y llevaba con sus fuertes manos las piernas de ella a ambos lados de su cintura. – Prepárate para gozar nena… me muero por probar tu chochito y reventártelo bien…

Ya no había vuelta a atrás, sabía que ese pedazo de hijo de puta estaba a punto de tirarse a mi madre, la iba a penetrar con ese pedazo de polla que daba pavor verla y por si fuera poco, pensaba correrse dentro de ella el muy cabrón. No podía creer lo que estaba pasando,  veía a mi madre ahí, a las afueras del pueblo, en el coche de mi padre, tumbada en uno de los asientos, llevando únicamente su falda recogida en la cintura y sus zapatos negros de tacón de aguja. abierta de patas y con un macarra hiperdotado encima de ella, a punto de taladrarla salvajemente…Parecía una auténtica actriz porno a punto de protagonizar una escena de alto voltaje. Las palabras de Sergio me devolvieron de nuevo a la cruda realidad, comenzaba a hablarle de nuevo al oído:

– ¡Vas a ser mi guarrilla!, ¿qué quieres que haga con esto? – ¡Fóllame por favor!, ¡fóllame!… – No reconocía a mí madre diciendo eso y me di cuenta de que estaba haciendo con ella lo que quería. – ¡Eso pensaba hacer! ¿Preparada para sentir una auténtica XXL dentro? – Decía al tiempo que me miraba y cogía con una mano a mi madre de la cadera y con la otra guiaba su polla hasta su chocho y empezaba a presionar.

¡Gmmmm! – consiguió articular mi madre al notar como su polla pugnaba para abrirse paso, cómo lentamente trataba de introducir su punta, cómo trataba de traspasar la entrada de su vagina haciéndole un poco de daño. Parecía que no quería acabar de entrar pero de improviso, la punta la atravesó de golpe.

– ¡Gmmmm! – protestó, pues le ha dolido un poco. – ¡Pssssshh, calla!, relájate que ya está dentro y ahora empieza lo bueno. Vas a gozar como no lo has hecho hasta ahora, ¡nunca me había follado a una casada con un coñito así de estrecho! Joaquín te da poca caña en casa, ¿eh? Parece que esté sin usar…

Qué pedazo de cabrón, tirándose a mi madre y encima mofándose de mi padre. Me parecía increíble lo que estaba presenciando. Ese hijo de puta me miraba fijamente mientras hacía que el conejo de mi madre se fuera adaptando al grosor de su miembro, y no dejaba de luchar por entrar en ella. La presión que ejercía parecía que comenzaba a transformarse en una sensación verdaderamente placentera para mamá. Sergio comenzaba un lento vaivén en su interior y yo veía como poco a poco introducía más y más su polla en mi madre… Agarrándose fuertemente del asiento comenzaba a mover la polla adelante y atrás. No podía creer que el sexo de mi madre hubiera sido capaz de albergar a ese monstruo. Debía sentirse llena por completo, probablemente como nunca antes.  No lo podía creer pero mi madre comenzaba a gemir…

– Joder, como sabía que te iba a gustar. ¿Disfrutas, eh?. Tienes un conejo increíble, voy a tener que follármelo más veces si quieres dejar de tenerlo así de apretadito. Parece mentira que habiendo parido sigas así de estrecha, Anita. Es increíble. He desvirgado a más de una del pueblo que no lo tenía así de rico, créeme. – ¡Aaaaahhhhhh! Siempre he sido así. Ni en el parto logré dilatar y terminaron haciéndome la cesárea – Acertó a decir mi madre entre gemidos. – Joder nena, eres única. Casada, madre, y con el coñito de una cría. ¡Qué conejo! Tú lo que necesitas es un entrenamiento constante a base de grandes pollas y verás si dilatas bien. Yo me puedo encargar personalmente de montarte a diario si quieres. Y para asegurarme te haría una buena barriga, ya verás como ahora sí serías capaz de parir. Se nota que aquí han entrado pocas pollas, ¿eh? – Le dijo el muy cabrón mirándome y sonriendo…

– Hasta hoy sólo dos. ¡Me corro, paraaaa….! – No podía creer lo que oía, ¿dos?. Siempre supuse que mi madre habría estado únicamente con mi padre… – Si nena, disfruta de tu tercera. Así que dos, ¿eh?. Pero no serían como la mía, ¿verdad?. Sigue corriéndote y disfruta, putita… – Ni por asomo, aaahhh. Con la de Joaquín apenas siento nada… Con el otro sí, la tiene más grande pero no como la tuya… que placer…

– ¡Uffff, puta guarra…! ¡Vaya coñito más caliente y estrecho que tienes, joder…!¡Y vaya tetas! ¡Te voy a arrancar los pezones! – gritaba Sergio extasiado, mientras le succionaba los pezones con tal pasión que parecía que se los iba a arrancar de verdad. – Nunca he sentido algo igual, me corro de nuevo… – dijo mi madre. – Tú disfruta, que la tengo prácticamente toda dentro, princesa. Sólo falta un poco más. Eres una yegua de primera. Disfruta de tu potrillo y de su gran miembro. Te has adaptado enseguida a todo un semental. Goza con ella, sigue corriéndote… Te voy a convertir en mi nueva putita. Cada vez que vengas te voy a montar bien duro…

– Para, no puedo más…te lo suplico. – a él eso le calentaba más y subía el ritmo. Entre gemidos le recordaba a mi madre lo guarra y lo zorra que era, que era una “calentorra” como todas, y que le perdían las maduras por lo guarras que eran follando… – Oohh, siiii. ¡Fóllame más! – Respondió mi madre dejándose llevar

Mi madre encadenó ese orgasmo con otro aún más intenso. No podía dejar de correrse al tiempo que seguía oyendo las palabras que Sergio le decía al oído y que parecían ponerla tan y tan cachonda…Parecía una auténtica gata en celo para mi desgracia y yo no dejaba de alucinar con lo de ese amante que debía haber tenido. ¿Quién sería ese otro hijo de puta que se la había follado? De repente y en plena follada, Sergio dio una estocada mucho más enérgica y profunda y el gemido que dio mi madre me asustó. Él le tapó la boca con una de sus manos:

– ¡Oohh, nena! Has podido con toda…¡Pssssshh, calla y no le despiertes y disfruta! Tienes mis 23cm completamente dentro. Es el coño más cojonudo que he probado en mi vida. Tan estrecho y tan tragón al tiempo. Oh siií, que gustazo me está dando metértela entera. Hacía tiempo que no la clavaba tanto, créeme. No todas se dejan. Disfruta de ella y sigue corriéndote… que ahora sí que tienes el coño bien abierto y listo para gozar… – Aaahhh, la siento en el cuello del útero….- Lo sé, pero ¿a que te gusta? Esto lo aprendí con una madurita como tú. Tú tranquila y disfruta con mi pollaza sin preocuparte por nada, ni por tu marido ni por tu hijo, que no se entera de nada.

Sergio le decía que pensara sólo en su coño y en ella, mirándome a mí fijamente a los ojos. Que lo que tenía que hacer es gozar, que una jamona como ella había nacido para ser montada y que supo que estaba necesitada en cuanto la vio. Le preguntaba el muy arrogante si había gozado alguna vez tanto, que lo menos se había corrido ya tres veces…Ella le decía que en su vida había sentido nada igual, que con mi padre pocas veces llegaba al orgasmo y que normalmente tenía que acabar ella sola. Oía todo esto entre gemidos y jadeos que me estaban volviendo loco. El muy cabrón le decía que cómo con un cuerpo como el suyo no salía a buscar más a menudo guerra fuera de casa, que iba a encontrar un montón de candidatos dispuestos a montarla.

Parecía que quería hacer de mi madre una puta. Le comentaba en plena embestida que tenía un cuerpo y un coño hechos para dar y recibir placer y que no debía preocuparse por Joaquín, mi padre, que aunque se lo notase a partir de ahora mucho más abierto, seguro que no le decía nada. Que las casadas del pueblo a las que se tira se lo comentan, que cuando se las follan ahora en casa los maridos se extrañaban de lo dado de sí que lo tienen, pero que no les dicen nada por no afrontar la cornamenta o las posibles consecuencias…

Decía que a una de Zaragoza que baja a veranear le hizo un crío hace dos veranos y que no viera cómo le sigue llamando pidiéndole más y más polla cada vez que baja al pueblo. Y que el marido ahí como si nada… Menudo pedazo de cabrón que estaba hecho. Debía ser el semental del pueblo dispuesto las 24h a montar a todo aquello que llevase faldas… Salí de la nube en la que estaba envuelto, abrí de nuevo los ojos y vi que seguía dándole bien duro sin apartar su mirada de mí. Volví a oír sus palabras con claridad:

– Joder, y yo que pensaba que no iba a conseguir que te me abrieras de patas, pero a merecido la pena esperar. Follarte aquí me está dando un morbazo que te cagas, tía. Qué gustazo darte así de duro junto a tu hijo. Y es una pena que él no se esté enterando de nada… Me gustaría que te viese así, espatarrada y con mi estaca dentro y que viese como le hacía a su madre una buena barriga… ¿No ha querido nunca Joaquín tener más críos? Dime que siiií… Te quiero preñar este verano. Déjame que le haga un hermanito a tu hijo… – decía el muy cabrón sonriendo y mirándome. – Estás loco, no puedo másss…

– Ni yo tampoco ¡Quería reventarte bien el coño en el primer polvo, pero no voy a poder aguantar mucho más! ¡Te voy a llenar entera! ¡Que polvazo que tienes cabrona! Ha sido todo un desvirgue el que te he hecho, ¿eh? – Gritaba clavándole la polla salvajemente. – No, por favor. Dentro no, paraaa… – Ya es tarde cariño, prepara el coño que estoy hasta arriba de leche. Ojalá fallen las pastillas esas y le damos un hermanito a tu hijo… Aaaahhh, qué gustazo me va a dar correrme en ti…- No, por favoorr… – Ya me viene y verás como te gusta. Ahhhh!, ¡toma!, ¡toma!, ¡toma! – Gritaba clavando su mirada en mí

Sergio aumentó la fuerza de sus embestidas y pude ver como su espalda se arqueaba hacia atrás y los músculos de sus nalgas se tensaban. Estaba empezando a depositar toda su leche hirviendo en el coño de mi madre al tiempo que daba un bufido como el de un toro. Debían ser unos intensos, calientes e interminables chorros porque mi madre comenzó a correrse una vez tras otra descontroladamente. Debía sentir cada uno de ellos, dos, tres, cuatro chorros…..y así hasta ocho (por lo que oí al cabrón de Sergio al día siguiente) y a cada cual más intenso, al tiempo que sentía esa majestuosa polla palpitar una vez y otra en su hambriento chocho.

– Aaaahhh…. noto tu semen….te estás corriendo en mí….Aaaahhhh…- Sí cariño, ahhhhhhh, y no veas que corrida, ahhhhhhhhhhhh…- Me estás llenando por completo, siento tu leche hirviendo… me corrooooo. – Aaaahhhhhh, cómo te gusta, ¿eh? Ahhhhhhh, toma lefa, toma másssss,- Siiiiiiiiií, me gustaaaa, aaahhhhhhhhhhhhhhh. – Ahhh, jamás me he corrido tanto. Me estás sacando hasta la última gota tigresa, ahhhh. Tenía que verte Joaquín aullar así y lo que está tragando tu coño, a ver si aprende a follarte en condiciones. ¿Imaginas su cara al verte así, aquí conmigo en plena monta?
– Ohhhhh, la leche que me estás echando dentro…

– Siií, tómala toda… directamente al útero, a ver si te preño….Te hacía falta, cariño. Las tías con conejos como el tuyo necesitan que las follen bien, en su casa o fuera de ella. A tí habría que llenarte el coño de leche varias veces al día para dejarte satisfecha…aaahhhh. Quiero que seas mi putita… ¡Aaahhhh! Dime que me dejarás follarte bien duro y llenarte entera de leche cada vez que quiera….dime que que lo harás… Aaaahhhh. – No sé…. me moriría si Joaquín o Mario se enterasen de esto… – Tú tranquila que no tienen que saber nada. Tu marido confía en mí y ya ves que follada con tu hijo delante y ahí está sin coscarse de nada…

Tras acabar de correrse en ella dejó caer su cuerpo sobre mi madre. Ella seguía con las piernas alrededor de sus caderas y con la polla de Sergio en  su interior. Las manos de él buscaban sus pechos, jugaban con sus pezones, pellizcándolos y tirando de ellos, y su boca buscaba la de mi madre. La besaba con auténtica lascivia. Después comenzó a besar su cuello, a lamerlo, para enseguida bajar y volver a succionar sus todavía erguidos pezones. Hasta hoy yo sólo había visto unas tetas como las de mi madre en la tele y ahí estaba el muy capullo disfrutando aún de ellas. Las chupaba y mordisqueaba diciendo que eran fantásticas pero que las quería probar llenas de leche, que así deberían de ser la hostia. Qué cabrón, la sola idea de que preñase a mi madre me volvía loco. Comenzó a susurrarle al oído…

– ¡Oh, nena! ¡Eres fantástica! Eres de esas pocas tías que se vuelven locas de placer al sentir que se están vaciando en ellas… Joder que manera de correrte según te estaba llenando el chochito, ¿eh? Con los espasmos que dabas me has exprimido la polla como ninguna antes. ¡Dios, lo que vamos a disfrutar tú y yo! Dime que te gusta sentir el calor de la leche dentro, princesa, dímelo…- Nunca había tenido tantos orgasmos seguidos. Mi marido siempre se corre dentro de mí, pero no sé si es porque acaba enseguida o porque no me echa tanta cantidad, pero nunca había sentido algo así. Has hecho que me vuelva loca de placer y con él apenas llego…

– Nena, si no te corres en casa es porque Joaquín no te sabe follar. Tú eres el sueño de cualquier tío, una maciza que busca polla fuera de su casa y por si fuera poco Multiorgásmica. Y me encanta haber sido yo quien te haya demostrado que lo eres… Lo que vas a gozar a partir de ahora. ¿Te apetece echar otro? Ya ves que no se me baja… – Ahora no, es tarde. Sácamela ya. Si se despierta Joaquín y ve que no hemos llegado va a sospechar…

Vi como el capullo ese desenfundaba su pollón del chocho de mi madre. Era increíble que después del polvo que la había echado siguiera con ella así de dura. Se incorporó y volvió a pasar al asiento del conductor. Volví a hacerme el dormido mientras mi madre recuperaba sus braguitas y su suje de mi asiento. Podía oírles mientras se vestían. Él decía que no le cabía en los bóxer de lo tiesa que la tenía y mi madre entre risitas le respondía que no le extrañaba, con ese tamaño. Él la respondió que era ella la que se la ponía así y que bien que la había gustado. Que tetas como las suyas no eran fáciles de encontrar pero que pollones como el de él tampoco. Sergio arrancó el coche y cuando comenzó a moverse volví a abrir los ojos.

Al salir de la explanada del polideportivo para entrar en el pueblo, pude ver un poco alejado el coche de sus amigos y a estos subiéndose a él. ¿Qué hacían aquellos dos allí?  Seguro que los muy cabrones sabiendo lo que iba a pasar se habían acercado a verlo todo. ¿Habrían visto la follada salvaje que le había dado a mi madre cuando consiguió que se abriese de patas? La sola idea de que esto fuese cierto me corroía por dentro….

Al día siguiente me desperté a las tantas. Cuando salí al jardín allí estaban Manuel, Sergio y el ingenuo de mi padre que hablaba con él. Mi padre le preguntaba que cómo lo habíamos pasado. Llegué hasta ellos cuando Sergio respondió con una sonrisa burlona en su cara:

– De “Puta madre” Joaquín, ¿verdad Mario? ¿A que lo pasamos “Teta”? Yo por lo menos…

No lo podía creer. Dudaba de si aquel cabronazo respondía con segundas o me lo parecía a mí…En mi cabeza, aún aturdida del alcohol, se repetían sin cesar (puta madre, teta…) y me recordaban lo ocurrido la noche antes. Fue al ver la forma en que nos miraba a mi padre y sobre todo a mí, ese brillo en sus ojos, esa sonrisa y la forma en que se tocaba el paquete cuando comprendí que ese pedazo de cabrón estaba disfrutando ahora casi tanto como anoche con mi madre… No sabía ni donde meterme cuando oí a mi padre:

– Ya me ha dicho Ana que te dejó probarlo anoche. Te quedarías a gusto, ¿no?. Con las ganas que tenías… – Joder Joaquín, vaya si lo hice. Lo “Probé A Fondo”. Ocasiones así no las tiene uno todos los días. No tuve que insistirle mucho para convencerla… – Qué va, hombre. Si ya le dije yo que te lo pensaba dejar. ¿Y qué te pareció?

No podía creer nada de lo que oía. La conversación que llegaba a mis oídos debía ser paralela a la que mi padre pensaba que mantenía con el macarra de los cojones. Y éste seguía y seguía aturdiéndome con lo que decía:

– La hostia, Joaquín. Increíble. Te lo digo en serio. Si ya disfrutas con sólo ver por fuera ese pedazo de carrocería, una vez que te has “metido dentro” no veas, es un “auténtico gustazo” – Ah sí, ¿eh?. ¿Qué te pareció cuando te metiste dentro? – Preguntó mi padre sin sospechar nada de lo ocurrido. – La hostia Joaquín, aunque me sorprendió por el su tamaño… – ¿Y eso?

– Joder, no imaginaba así a un modelo de esa gama… La impresión que tuve al entrar es que era “demasiado estrecho”, lo imaginaba mucho más amplio… – Decía sonriendo el muy cabrón aludiendo claramente al coño de mi madre, y el cornudo de mi padre seguía y seguía… – Pues te aseguro que es más amplio de lo que parece en un principio. Aun no lo he usado mucho pero nosotros tres viajamos en él de primera…

– No, si fue al principio, en cuanto “monté”. Pero oye, “entrar dentro” y “sentir el tacto de esa piel”, ¡fue para “correrse de gusto”, Joaquín! ¡Qué suavidad! – Ese pedazo de hijo de puta gozaba con lo que decía…- Te gustó el acabado, ¿eh? El pack de cuero es una pasta pero merece la pena. – Ya te digo… En cuanto “monté”, sentí ese tacto y cómo se adaptaba a mí, comencé a flipar. Mira que he probado modelos, pero ninguno así… Y tienes razón, cuando llevas rato dentro no te da ya esa impresión de poca amplitud. Fue al montar. Luego te das cuenta que puede llegar a ser amplio de cojones… Estoy convencido de que tienes razón y que tres van de primera en él. Dos adelante y uno atrás es lo ideal para ese modelo…

– Te lo voy a tener que dejar otro día, joder. Que parece que te gustó y que sabes apreciar un alto de gama  – seguía y seguía mi padre. – A ver si es verdad, Joaquín… Que un modelo así es para disfrutarlo joder y es un crimen que lo tengas ahí “sin usar” (decía riendo el muy cabrón). Yo estoy dispuesto a hacerle un buen rodaje este verano si quieres… Iba a estar todo el día “montado” en él y te lo iba a dejar suavizado, verás como lo ibas a notar cuando lo usases tú. No te iba a parecer el mismo…ahora está como agarrotado aún joder y yo estoy dispuesto a hacértele un buen rodaje. ¿Qué me dices?

– Bueno, deja que lo piense… que miedo me das…  – Tú confía en mí Joaquín. – Le respondió mirándome y sonriéndome descaradamente

Este fue el primer encuentro que tuvieron este verano y al que han seguido muchos más, unos presenciados por mí y otros afortunadamente no. El muy cabrón incluso ha hecho que participasen sus amigos, como en el que ocurrió a los dos días.

Me gustaría que me comentaseis lo que os ha parecido mi experiencia y si deseáis saber todo lo ocurrido después. Ha sido un mes de follada tras follada.

Autor: Mario

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