Cajón del Maipo. Capítulo 1: camino al auto.

Guardaba los últimos atavíos para el fin de semana. Posterior al almuerzo, me tomó toda la tarde elegir cada prenda, cada accesorio, cada objeto que daría forma a mi ser durante esos días. Sonó mi celular, su voz áspera se anunciaba allá abajo. Le indiqué que no demoraría más de 5 minutos y estaría lista. Rápidamente terminé las mudas, me puse los lentes, arreglé un poco mi breve falda, tomé el bolso, la cartera y me apresuré a salir.

Cerré la puerta y emprendí la caminata hacia el ascensor. Los tacos de mis botas hacían eco en aquel  solitario pasillo, mi cuerpo se contoneaba con su carnal repiquetear. Mis caderas se liberaban candentemente con el rítmico taconeo, mis labios al rojo eran manoseados por mis dientes. Era mi proceso de liberación cada vez que salía del closet. Con un dedo llamé el ascensor, cuidando no dañar la uña larga que lo coronaba. Dejé el bolso en el piso aguardando al elevador.

Mientras miraba a ninguna parte, con la cabeza hacia arriba un ring me alertó de la llegada del ascensor. Las puertas se abrieron, y en su interior apareció uno de los bulliciosos vecinos del piso de arriba, por sus prendas iba al segundo piso, al gimnasio. Como siempre me saludó muy animado, mientras me agachaba a recoger el bolso. Sospecho que miró mis piernas, y quizás dejé entrever algo más que ellas, pues a eso que llamaba falda era muy corta. El bulto tras su short lo dejó en evidencia. Lo saludé de beso, se ofreció a cargar mi bolso, a lo cual amablemente me opuse. No quería que mi hombre se pusiera celoso. Sin embargo, apunté mi cola hacia él, y me agaché a dejar el bolso en el suelo. Las puertas cerraron y presioné el -1, para dirigirme al estacionamiento.Al darme vuelta, de reojo noté que su bulto había recibido mi coqueto mensaje. Lo miré sin sacarme los anteojos y le dije que sus fiestas eran muy agitadas. Mientras sonreía maliciosamente me dijo que estaba invitada cuando quisiera, ya que siempre me había negado a ir.

Llegamos al segundo, miró mi bolso, me besó en la mejilla y me deseo buen viaje. No pude dejar de notar su espalda, sus brazos, su cuerpo entero. Ese hombre sabía quién era, y me deseaba.El beatle café que había puesto debajo de mi chaqueta me hizo sentir un poco de calor, debo reconocer que esos breves minutos con mi vecino en el ascensor me habían agitado un poco.

Sonó la campana indicando el -1, las puertas se abrieron y estaba él, con su sonrisa tan varonil esperándome mientras me envolvía con una rápida mirada, me besó tibiamente, tomó mi bolso y nos dirigimos hacia su auto. Caminamos abrazados, el muy pesado me dio un pequeño agarroncito en la cola. Nuevamente el sonido de mis tacos alertaron mis sentidos, sentía que el diminuto colaless negro –como la faldita- no sería suficiente para contener mis impulsos, que cada vez se tornaban más salvajes.Me abrió la puerta, entré y la cerró. Me crucé de piernas, él echó el bolso en el portaequipajes, entró y mientras encendía el motor otro beso, más cálido esta vez, recorrió mis labios. Suavemente tomé su cara y correspondí su amorosa petición.Salimos del estacionamiento, se aproximaba el atardecer de esa fría tarde de viernes. Estábamos comenzando el camino hacia un fin de semana de descanso, y uno que otro arrumaco.

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