Miedo a los ascensores

Siempre le tuve temor a los ascensores. Cuando me mudé al 7mo. piso del Cervantes Center, me convencía a mi misma con el placer que me daba la excelente vista panorámica de mi departamento y con la cercanía a la empresa donde trabajo. Jamás pensé que la experiencia que iba a vivir cambiaría mi percepción sobre el sentido de viajar en ascensor.
Los primeros días lo usé casi sin pensar ocupada como estaba en armar mi nuevo departamento. Una vez instalada comencé a subir y bajar a la misma hora y  a entrar en contacto con las personas que habitualmente subían y viajaban en el mismo horario. Cada día de mañana bajábamos seis; a mi regreso de la empresa, por la noche subíamos cinco, cuatro hombres y yo. Sola. La primera vez que subí me sentí algo incómoda – sola entre cuatro hombres – subiendo en silencio. Todos con trajes impecables y corbatas que cambiaban cada día. Dos de ellos siempre de anteojos oscuros. Impecable calzado los cuatro. La mayoría de las veces atendiendo sus móviles de última generación. Uno privilegiaba el uso de la tableta. Se ponía en un rincón y parecía subir mirando algún video. Subíamos los cinco en la planta baja y me cedían el primer lugar para entrar, por lo que yo me ubicaba en el fondo del ascensor contra el espejo posterior. El último en subir apretaba con su dedo medio cada piso. Lo hacía con mucha suavidad y firmeza. Fue la primera mano que comencé a mirar con mas atención. Se notaba una piel suave y recia.
A los quince días ya nos saludábamos atentamente. Ellos mostraban conocerse hace mucho tiempo porque conversaban mucho entre si. Todos seguían a pisos superiores al mío. Por lo que bajar significaba pasar en medio de ellos y…sus miradas que me recorrían.
Noté sus miradas especialmente el día que cuando estaba por bajar se me cayó el celular sobre la alfombra del ascensor y al descender a tomarlo los cuatro se agacharon para alcanzármelo, de manera tal que sus cuatro manos y la mía casi llegaron al mismo tiempo al teléfono  Dos de ellos alcanzaron a rozar mi piel. Noté que la vista de los dos que estaban sin anteojos se dirigieron mas a mi blusa escotada que al celular del suelo. Alcé el celular, di las gracias y salí. Los cuatro sonrieron sin decir nada y noté que – mientras se cerraba la puerta del ascensor- comentaban algo entre sonrisas. Uno de ellos se pasaba la lengua por sus labios y otro me despedía con un ademán de su mano y una mueca de seducción. Era el mas alto y rubio de los cuatro.

Después de tres meses la situación seguía de la misma manera. Hasta que llegó aquel viernes en el que que volví del trabajo, llamé el ascensor desde la planta baja y al abrirse la puerta estaban ellos cuatro, solo que cuando yo subí, ninguno bajó. Ingresé y mientras el dedo aquel apretaba el piso cuarenta y dos, me vi rodeada por los cuatro que comenzaron a girar en torno mío. Algo atemorizada quedé enmudecida y tieza, pero uno de ellos me ofreció un ramo de rosas. Mientras el segundo destapaba un perfume atrapante, el tercero tomaba su tableta y comenzaba a filmarme el rostro, con primeros planos de mis labios y comenzando a recorrer con su cámara mi cuerpo con movimientos envolventes. El cuarto se arrodilló ante mi y sólo dijo:

– Hasta donde tu desees…- mientras sus manos tomaron mis tobillos y comenzaron a abrir suavemente y con firmeza mis piernas.

Ya los dos restantes dejaron de girar a mi alrededor y tomaron mis manos. entre los tres me pusieron contra el espejo. El cuarto continuaba filmando. Intente decir algo pero un dedo con un perfume embriagante se posó sobre mis labios, mientras comenzó a dibujar toda la extensión de mi boca. La otra mano acarició mi rostro y deslizó dos dedos por detrás de mi oreja, y se entretuvo en mi lóbulo. Al mismo tiempo comencé a sentir que las manos que habían tomado mis tobillos comenzaban a deslizarse hacia arriba recorriendo convencidas el interior y exterior de mis piernas, que querían temblar. La presión del dedo anular en el interior de mi pierna hizo que yo levantara mi cuerpo sobre la punta de los dedos de mis pies, con una mezcla de temor y deseo que esa mano llegara hasta las orillas de mis bragas de seda. La cámara seguía registrando cada rincón, y el cuarto hombre apoyaba mis brazos contra el espejo con fuerza.

A las manos que subían comenzaron a sumarse otras manos que se deslizaban desde el cuello para abajo y ya no alcanzaba a notar cuantos manos me acariciaban. En ningún momento me violentaban. Cada centímetro recorrido iba a compañado de las mas dulces expresiones que uno u otro deslizaba susurrando en mis oídos. Uno se puso a un lado, otro a otro lado, y el que seguía de rodillas ante mi ahora sumaba su rostro que se acercaba hacia mi vientre y su boca bajaba sobre mi falda hasta encontrar el camino mas caliente y zigzagueante hasta mis labios inferiores que ya quedaban a la altura justa de su boca.

¿Cuáles eran las manos que comenzaron a rodear mis senos? Ya no podía distinguirlas, pero tensaban mi piel hasta hacer endurecer mis pezones que comenzaron a desear salirse. Alguien comenzó a desprender mi camisa y otra boca descendió desde el cuello hasta uno de mis pezones que comenzó a rodear, primero con su lengua y dedos y luego succionó con dulzura, firmeza y un ritmo enloquecedor. Otras manos dejaban al aire el otro seno mientras otra mano tomaba mi propia mano y la deslizaba por un miembro que endurecido quería deslizarse fuera de un pantalón. Quise retirar mi mano pero la sostuvieron con firmeza contra aquel miembro erecto. MI otra mano fue deslizada dentro de un pantalon y sentí el calor y suavidad de la piel de uno de ellos.

En un momento dado tenía un miembro en cada mano; mis senos eran succionados con pasión por dos bocas; a la que se sumaba una tercera sobre mis bragas dibujando con su lengua entradas y salidas de pasión que hicieron que yo me mojara y corriera apasionada. El ritmo de mis manos corriendo la piel de aquellos endurecidas vergas, comenzó a sacar expresiones de placer. El ascensor seguía subiendo.

No me preguntes en que piso fue el momento en que me encontré con mi cara frente al espejo mi camisa , totalmente deprendida y labios que mordían mis muslos, mientras dos manos abrían mis piernas desde los tobillos. Mis bragas fueron corridas a un lado y mi culo comenzó a sentir caricias peneanas que subían  y bajaban buscando mi orificio anal. Sentí que unas manos se untaban en lubricante de aroma embriagador y cada aspereza de mi piel cedió a un camino de placer por el que comenzaron a entrar y salir, tres vergas en forma alternativa, cada una llegando a tocar diversos rincones de mis deseos.

No sé cuantas veces me corrí. Mi coño sentía a la vez dedos que entraban y salían y mi clítoris explotaba de placer. Cuando todos acabamos, estábamos parados en el piso siete. Yo me acomodé la ropa y comencé a bajar. Cuando crucé el umbral del ascensor una voz volvió a decir:

– Hasta donde tu desees…-

Otra agregó: – Hasta mañana –

Y los cuatro sonrieron. Yo bajé con mis rosas, mi perfume y mis deseos…

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Caldera diabólica

La textura de su cuerpo joven, al calor de la cama, el silencio de la noche y las involuntarias caricias que en medio de la lucha nos hacíamos habían terminado por vencer una resistencia mía que nuca fue bien estructurada, de modo que cuando sentí la cabeza de su miembro indomable separando mis labios mayores terminé por relajarme y dejarle el camino libre a su penetración.

Creo que no vale la pena insistir en que lo que voy a relatar es real, porque la verdad es que la mayoría de la gente piensa que los relatos que en esta página se leen son imaginarios. Tampoco en mi caso importa mucho eso pues en lo que a mí respecta el único objetivo que me ha llevado a escribirlo es poder alivianar una presión interior que me ha comenzado a agobiar y pienso que ventilando esto con otras personas puedo aliviar las presiones y seguir siendo feliz. Porque soy feliz. Esto comenzó hace justamente un mes cuando aterricé en este país después de haber aceptado la gentil e insistente invitación de mi amiga Marcela.

Yo había permanecido 10 años en el extranjero, período durante el cual me había separado de mi marido. Acepté la propuesta de la empresa editorial en la que trabajo de cumplir un período de seis meses aquí y como Marcela me invitara a compartir su hermoso, aunque pequeño departamento, vi como muy auspiciosa la idea de volver a encontrarme con esta amiga de la juventud.

Marcela y yo fuimos compañeras de colegio y de universidad. Amigas de esas profundas, sin secretos ni misterios y además físicamente muy parecidas – Somos de la misma edad, digamos así alrededor de los 35, morenas ambas, de buena figura y como si fuera poco de la misma profesión, ambas estudiamos bibliotecología y hemos hecho buena carrera, yo en España y ella aquí en América. Ella también ha tenido un matrimonio y aunque también fracasó en el intento, sin embargo tienen el consuelo de un hijo de 18 años, recién ingresado en una Universidad de otra ciudad.. Yo no tengo hijos. El reencuentro con Marcela ha sido sensacional. Reconocernos, analizarnos, hacernos miles de preguntas y al final de todo eso darme cuenta que unos meses maravillosos me esperaban.

Nos acomodamos muy bien en el departamento que tenía dos dormitorios y un amplio diván en el living donde debería acomodarme yo pues al día siguiente llegaría de vacaciones Miguel, el hijo de Marcela, que permanecería tan solo unos días para luego salir de campamento con otros compañeros de Universidad.

La llegada del muchacho ocasionó en nosotros una nueva explosión de alegría pues Miguel, aunque un poco retraído, tenía la simpatía y la sonrisa de su padre a quien yo había conocido. La cena de bienvenida había sido exquisita y a mí me pareció que estaba formando parte de un pequeño grupo familiar muy parecido a lo siempre había anhelado tener, de modo que esa noche me dormí agotada y feliz.

Habría de ser cerca de las tres de la madrugada, pues nuestra cena familiar había concluido a las dos, cuando pude percibir pasos en el living de la casa. Entre sueños creí ver la figura de Miguel que silenciosamente, para no despertarme, cruzaba el espacio entre su dormitorio hasta la cocina para abrir el refrigerador y sacar algo desde su interior. Volví a meter la cabeza bajo mis cobertores y creo que me dormí, no se cuanto tiempo, al perecer solamente unos minutos. Me desperté sobresaltada. Miguel estaba sentado al borde de mi cama. Lo miré sorprendida y al querer decir algo sentí su mano sobre mis labios. No ejercía presión y me hacía señas de que no hablara poniendo su dedo vertical sobre su boca. Yo no estaba asustada, más bien divertida, creí que era una broma, pero casi de inmediato sentí el contacto directo de su otra mano englobando unos de mis senos sin el menor recato.

Yo estaba desnuda y en ese preciso momento a la luz tenue que entraba por la ventana pude percibir que él también lo estaba. Tuve la intención de gritar pero de inmediato me di cuenta que eso despertaría a Marcela e imaginé el escándalo que podría generar, de modo que guardé silencio y traté de apartar su mano de mi pecho, pero el muchacho había cambiado rápidamente de posición, había arrancado los cobertores de su sitio y su cuerpo desnudo se extendía pesadamente sobre el mío, sus labios se hundían en los míos para asegurarse que yo no gritaría. Yo no lo hice. Pero había dejado de luchar, pensé, en mi ingenuidad, que aun era tiempo de hablarle y persuadirlo de lo disparatado de su intento.

El muchacho tenía un suave olor a alcohol que no me era desagradable por cuanto seguramente yo también lo tenía. Él me abrazaba con fuerza e intentaba besarme y la fuerza de su erección que sentía directamente entre mis muslos me daba a entender sin lugar a dudas cual era la intencionalidad de sus acciones. Yo diría que entablé con el una lucha silenciosa allí en medio de la oscuridad, lucha que he de reconocer que fue más bien breve. La textura de su cuerpo joven, al calor de la cama, el silencio de la noche y las involuntarias caricias que en medio de la lucha nos hacíamos habían terminado por vencer una resistencia mía que nuca fue bien estructurada, de modo que cuando sentí la cabeza de su miembro indomable separando mis labios mayores terminé por relajarme y dejarle el camino libre a su penetración.

Entonces me entregué plenamente. Quise percibir cada centímetro de su entrada, me sentí más que húmeda, receptiva y caliente, dejé que besara mis pechos ardientes y le entregué mis pezones duros, me moví acomodándome para facilitarle todas sus audacias y reprimí mis gritos ahogados de placer mientras él se hundía en mi todas las veces que quiso y yo levantaba mis muslos casi hasta acariciar sus mejillas. Un orgasmo común nos recorrió mientras él estaba llenándome de su semen espeso y yo sentí correr su río por mis comisuras mientras apretaba sus nalgas para sentirlo más cerca. Una hora después él abandonaba sigilosamente mi cama en medio de los últimos besos de esa pasión nocturna y repentina que se me antojaba desesperada y completa.

Al día siguiente su madre y yo debimos salir a nuestros respectivos trabajos y durante el desayuno al cual Miguel no apareció hablamos con Marcela de cosas rutinarias sin que ella me diera señas de haber percibido algo de lo sucedido en su departamento durante la noche. Yo no me atreví a mencionar palabra de nada.

Solamente volví a ver al muchacho a la hora de la cena en que nada especial noté en él, pues estaba sereno, callado y simpático como lo había conocido. La cercanía de la noche producía en mi una ansiedad particular pues no sabia lo que realmente pasaría…

En medio de la noche estaba más despierta que nunca. Ya no era ansiedad lo que me embargaba. Supe que era deseo. Franco deseo por ese macho joven que me había poseído como nadie. Mi estructura completa de mujer madura estaba dispuesta y alborotada y mi cuerpo latió como una bestia excitada cuando percibí su figura acercándose a mi cama. Esta vez fui yo quien sacó el cobertor y me ofrecí desnuda, palpitante, mojada y erecta. Ahora él se apoderó de mí con la sapiencia de un macho posesivo, me traspaso sin contemplaciones, sus caricias se hicieron deliciosamente bruscas y puso en la posesión una dosis cautivadora de brutalidad que me hacía temblar las entrañas de placer. Los orgasmos se me sucedían como relámpagos y en medio de ellos él me dio vuelta y sentí la frialdad de la crema que esparcía sobre la entrada de mi culo. Supe lo que venia, y adopté la posición adecuada. Yo nunca había practicado sexo anal pero ahora lo deseaba con todo mí ser.

Sentí como su cabeza penetraba en mi expandiéndome en medio de un dolor esperado y deseado y me sentí como yo le abría mis más recónditos lugares y sentí como avanzaba en mi y por fin me di cuenta que ya nada restaba por introducir ahí. Me moví como su hembra como su bestia, como su yegua y por primera vez en mi vida me sentí poseída completa. Fueron muchos minutos de placer, más de dos horas de goces repetidos y cuando él abandonó mi cama yo era una hembra agotada perforada y feliz.
Las noches siguientes fueron la creciente reiteración de estas felicidades con el hijo de mi amiga, que nada sospechaba de nuestra promiscua felicidad. Sin embargo yo, por ningún motivo quería que este secreto pudiera de algún modo alterar la armonía en esa casa y fue así como en medio de mi felicidad creciente y justamente a fin de conservarla, decidí contarle a Marcela lo que estaba sucediendo entre su hijo y yo.

Fue antes de la cena del viernes que sostuvimos con Marcela una conversación íntima, en la cual terminé por contarle que su hijo querido se había convertido en mi amante por obra y gracia de un deseo que ninguno de los pudimos resistir y que me había convertido a mi por primera vez en mi vida en una mujer feliz en el plano de la intimidad sexual. Le narré detalladamente aquellas sesiones nocturnas que sucedían a pasos de su dormitorio sin que ella hubiese sospechado nada y esta mujer parecía orgullosa del desempeño sexual de su hijo y así me lo manifestó diciendo que era para ella una felicidad saber que Miguel era un hombre bien macho capaz de hacer feliz a una hembra madura como yo. Al final nuestra conversación había sido alegre y relajada pues ella bromeaba acerca de las sensacionales sesiones de sexo que tenían lugar a pasos suyos mientras ella dormía como un ángel.

Esa misma noche nos dimos con Miguel a las caricias más intensas y desprejuiciadas conscientes ambos que su madre, enterada de lo que sucedía, no intentaría sorprendernos, de modo que luego del relajo y habiéndose marchado mi amante, me dormí pero tan solo por poco rato porque sentí de pronto que alguien se metía en mi cama. Era el cuerpo desnudo de Marcela.

Sentí el intenso calor de su piel y antes que pudiera decir palabra, ella apretó su mano sobre mi boca rogándome silencio, como lo hiciera su hijo la primera noche. Marcela se abrazó a mí y me dijo que no había aguantado el deseo de compartir el lecho conmigo, por cuanto desde el momento que yo le había contado todo, no había pensado en otra cosa sino en irse a la cama conmigo para así compartir la atmósfera de deseo desenfrenado que estaba formándose en su departamento.

La confesión caliente de mi amiga no hizo en mí sino despertar de nuevo el deseo sexual apenas dormido después del sexo con Miguel. Así me abrace a esta mujer desnuda de rara belleza y comenzamos a acariciarnos como solo pueden hacerlo dos mujeres maduras dominadas por el deseo.  Ella me confesó que nunca había estado con una mujer y como yo le dijera lo mismo comenzamos a explorarnos con una curiosidad desatada. Nos besábamos como locas y nos amamos de mil formas, inventando caricias que solamente habíamos escuchado o leído pero nunca practicado. A mí me gustó lamer su sexo porque lo encontraba de una suavidad inaudita, mientras sus dedos entraban en mi vagina como si quisieran encontrar en su fondo un escondido tesoro. Nos enseñamos la una a la otra a buscarnos nuestras partes más sensibles y a brindarnos los más refinados orgasmos y ella se encendían mucho más cuando yo le contaba de la forma como su hijo me penetraba y cuando le daba detalles de las dimensiones y características de su miembro, su sexo derramaba en mi boca los más deliciosos orgasmos plenos de líquidos calientes que yo tragaba mientras volvía a besarla.

Los días y sobre todo las noches que vinieron han sido de una pasión desatada que he disfrutado casi hasta el delirio puesto que nada le hemos contado a Miguel de lo nuestro pues no queremos que el rechace nuestra relación lésbica. Así yo sigo haciendo el amor con él furiosamente y cuando él regresa a su cuarto luego de nuestras sesiones de sexo desesperado, yo dejo transcurrir un tiempo prudencial y me voy a la cama de Marcela en la cual nos entregamos a nuestras prácticas encantadoras en medio de besos y sollozos de placer. Yo tenía miedo que esto terminara o se complicara si algo hacíamos mal dentro de nuestro esquema, pero la verdad no esperaba que sucediera lo que ha sucedido.
En tres días más Miguel se iría de campamento. Marcela ha estado particularmente cariñosa con él, siempre lo ha sido, pero ahora lo acaricia y lo besa a cada instante, como si un súbito ataque de amor maternal la hubiese invadido. Miguel quizás no percibe esto, pero yo como mujer, sé perfectamente hasta donde una caricia es filial o es una clara manifestación de deseo sexual. Marcela le da a Miguel comida en la boca con su cuchara, le acaricia el cabello y cuando le habla se acerca tanto a él que si Miguel simplemente sacara la lengua podría perfectamente lamerle las tetas que Marcela tiene tan grandes como las mías.

Más lo peor de todo ha sido que cuando le he manifestado todo esto a Marcela me ha dicho sin ningún tapujo que ella está caliente con su hijo y que lo único que desea es acostarse con él. Me ha agregado que gran culpa de lo que le pasa la tengo yo pues ha sido por mi conducta que ella ha descubierto a Miguel como hombre. La verdad es que le encontré razón y con la misma sinceridad que ella me ha hablado yo le he dicho que lo mejor que podemos hacer es que ella duerma la noche siguiente en mi lugar y que cuando Miguel vaya al sexo conmigo se encontrara con ella y allí ya no habrá vuelta atrás.
A Marcela mi idea le ha parecido maravillosa y anduvo nerviosa todo el día lo mismo que yo porque lo que habría de suceder en la noche pasaba todos los límites de cualquier calentura imaginable.

Era tanta la calentura que nos había invadido a ambas ante la perspectiva del encuentro entre la madre y el hijo, que en un momento durante la tarde en que estábamos solas en la cocina Marcela se levantó la falda y me mostró su sexo rojo de labios separados y palpitantes a lo que yo le mostré el mío que latía como loco. Entonces nos abrazamos y nos masturbamos mutuamente para poder calmar al menos momentáneamente nuestros ardores. Estábamos al borde de la locura erótica En la noche, cuando todo era tranquilidad en el departamento yo me fui al cuarto de Marcela y allí la encontré desnuda y ardiente lo mismo que yo. Nos hicimos el amor un par de veces y luego ella se fue a ocupar mi lugar y yo me quedé en su cama vigilante en la oscuridad.

A los pocos minutos escuché los pasos de Miguel dirigiéndose desnudo, como todas las noches hasta el diván donde esperaba encontrarme. Mi corazón latía acelerado, mi cuerpo sudaba intensamente y mi sexo parecía dilatado por el deseo y la ansiedad. Allí a pasos míos, un hombre que esperaba gozar mi calentura, estaba encontrándose con el cuerpo desnudo de su madre abrazada por el incestuoso deseo. Se hizo un silencio que me pareció eterno, mi corazón parecía haberse detenido, mi mano se había inmovilizado sobre ni sexo mojado y de pronto escuché pequeños ruidos provenientes desde mi diván. Me puse de pie y me acerqué a la puerta entreabierta del cuarto, miré hacia el diván y pude percibir el movimiento típico de dos cuerpos haciendo el amor.

Estaba hecho, ya no había vuelta, ella lo había logrado, él la había recibido y estaban en su incesto maravilloso, ambos se quejaban seguramente disfrutando en plenitud su pecado caliente y maravilloso. De solo imaginarlos mi sexo comenzó a latir desesperado. No bastaron mis caricias superficiales y debí profundizar en él con cuatro de mis dedos que se hicieron veloces para arrancar mis orgasmos mientras Miguel y Marcela alcanzaban la gloria.
Mañana Miguel se va de campamento.

He hablado con Marcela y me ha contado de manera casi exaltada las dimensiones gigantescas del placer que ha experimentado sobrepasando según ella todo lo que pudiera haber esperado en el plano emocional y sexual. Está como fascinada. Ninguna de las dos tiene celos de la otra pero Marcela teme que Miguel sienta vergüenza de su relación con ella y no quiera volver al departamento donde sabe que lo esperamos.

Mientras tanto nos hemos entregado con Marcela a nuestro amor de mujeres esperando la vuelta del macho. Para eso solo falta una semana y yo estoy ahora muy confusa. Pero feliz.

Gracias por oírme.

Autora: Vinka

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